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A prueba

Felipe Trigo · 1910 · Free in the US

13,606 words · about 57 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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Licence: PD-US · Published in 1910 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=A_prueba&action=history). · Wikisource contributors

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About this book

Author
Felipe Trigo
Language
Spanish
Published
1910
Length
13,606 words · about 57 min
Sections
8 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (8)
  1. Capítulo 1 about 4 min
  2. Capítulo 2 about 5 min
  3. Capítulo 3 about 9 min
  4. Capítulo 4 about 12 min
  5. Capítulo 5 about 8 min
  6. Capítulo 6 about 4 min
  7. Capítulo 7 about 10 min
  8. Capítulo 8 about 5 min

Continue:

Capítulo 1

Luis Augusto, sin chaleco aún, contemplaba en la baranda de la cama sus ciento seis corbatas. Dudaba cuál ponerse. Al fin, como en todos sus problemas graves, cerró los ojos, tendió la mano... y vio que había cogido una salmón y gris, a bandas transversales.

¡Bravo! Esto abreviaba-por más que hoy no caracterizasen las prisas su existencia.

Fiel al sistema, fue al armario y volvió a cerrar los ojos para tomar cualquiera de sus treinta (no; treinta y tres, con los tres de Alejandría) alfileres de corbata.

Se lo puso y le acudió a la mente un pensamiento filosófico:

«La abundancia es un castigo».

Cierto.

En corbatas, en zapatos y alfileres, en...

Una noche, en una fiesta madrileña, porque él pudo escoger, habló con diez cocotas, cenó con tres y se quedó con Sarah -¡casi horrible!- Es lo que sucede cuando alguien se ve agobiado de abundancia.

La espantosa indecisión repetíasele a cada instante.

Corriendo en automóvil había pensado algunas veces arrojar al camino sus maletas, y proveerse de un traje único, imitación-perro, o al estilo de los perros. ¡Ah, qué maravilla sus Kaiser, Sultán Stella y Machaquito! ¡Pfsui, aquí!... y voilá despiertos y vestidos a los canes, y siempre prontos a marchar.

Es decir, que Luis Augusto, sportsman por vocación, llegaba a la propia o parecida consecuencia, en cuestión de indumentaria, que los sabios alemanes profesores, vistos por él con el mismo levitón y el mismo panamá por las calles de Berlín y los lagos de Suiza y las pirámides de Egipto. Lógrase, pues, de igual manera, la ciencia de las ciencias, corriendo en Derecho Natural o en automóvil.

Tal conjunto de razones, instábale a casarse. Pensaba en Josefina, como quien piensa en la niña más bonita descubierta en otro cierraojos de viaje en un vapor. Corrió tras una regia golfa desde Berna; cruzó Italia; creyó que la encontraba, que la alcanzaba, que ella embarcaba en Nápoles (él engañado por unas grandes plumas de sombrero)... y... voilá que a bordo del steamer, recto hacia Argelia, se halló con la gentil y cosmopolita virgen negra y blanca.

Blanca, la tez -como de rubia de encanto. Negro, el cabello -como de trágico delirio. Misterio de inocencia que dormía. Su bella madre, en cambio, ya había tenido tiempo de despertar a cuanto era... ¡y no era más, de puro buena, que una infeliz medio simple, en toda la extensión de las palabras!

Por seguirlas al Cairo y al demonio, el sportsman había dejado su otó y su ayuda de cámara Godfrin en el centro de la Europa. -Telegrama: Godfrin le salvaría del martirio de elegirse los trajes cada día. Boda: Josefina libraríale de elegirse las cocotas cada noche.

Una delicadísima elección de gourmet de las mujeres, de exquisito diletante, de sabio del amor.

Mas... ¡ah! junto a la niña, junto a la bella junto a la pura... al sportsman de la gran velocidad en el amor y en los caminos, estaba el espejo diciéndole que tenía la cara dura... curtida por el sol, ajada por treinta arrugas a los treinta años.

Y le acudió otro pensamiento filosófico:

«La moda y los deportes nivelan de aspecto al elegante y al obrero».

Ni que cavase viñas, tendría él un moreno y seco rostro más de cavador; los dientes blancos, además, y el bigote recortado, prestábanle una apariencia de lobo en rabia o de vigilante de consumos. Absolutamente distinguido, sin embargo. El duque de hoy ha de tener cara de gañán. Lo intermedio, lo cursi y sin cachet, resulta la faz anémica del señorito ciudadano: habla de nómina y pobreza a diez kilómetros.

No obstante, le asaltó otra duda con sólo recordar el rostro de su niña y novia Josefina, dorado por las brisas, pero terso como un elástico marfil; ¿la igualaría él un tanto en juventud..., se quitaría de encima seis u ocho añitos, siquiera, afeitándose el bigote?

-¡Señor!

Un mozo.

-¿Qué hay?

-Le llaman por teléfono.

-¿Quién?

-Un amigo.

-¿Qué amigo?

-Calla su nombre. Un íntimo de usted, que le ruega se ponga al aparato.

-¡Ah!... bien.

Acabó de vestirse, intrigado. Viajero exótico había frecuentado poco Sevilla, y tenía pocos amigos en Sevilla. Íntimos, ninguno.

Bajó al salón. Púsose al teléfono.

-¿Quién llama?

-Hola, Augusto -oyó inmediatamente; -¿cómo estás?

-Bien, ¿y usted?

-¡Cómo, de usted! ¿No me conoces?

-Hombre... por la voz... ¿Quién eres?

-¡Brea!

-¿Brea? ¿Pepe Brea?... ¡Demonio!

-¡Chico, el mismo!... En un periódico acabo de ver tu nombre entre los viajeros de ese hotel... y digo, digo, ¡chacho, le saludo!... ¿De dónde vienes? ¿Adónde vas?

-¡Hombre, no lo sé! Y tú, ¿qué te haces en Sevilla?

-De paso. Salgo esta tarde en el Mazagán para Marruecos. Le voy a curar unas cataratas al Majzen, y llevo seis vagones de bellotas para hacer café.

-¡Demonio!

-Lo que oyes.

-Pero, tú ¿eres médico?... ¿Desde cuándo?... ¿Ni qué bellotas?...

-¡Negocios, hijo! Café para Marruecos: he montado en Fez un tostadero. Curo también la vista, con nitro y excremento de elefante. Vente a almorzar. ¡Tenemos que hablar mucho!... Me encontrarás rehabilitado, potentado, poderoso...

-Hombre, querido Brea, no me es posible. Vente tú, y aquí charlaremos. ¡En seguida!

Oyó faldas, Luis Augusto, y por volverse dejó el auricular.

Tres inglesas que venían a esperar la hora del almuerzo hojeando ilustraciones.

Augusto llamó de nuevo a Brea -y ya no estaba.

Dejó el teléfono. Sentóse en un sillón.

Se dedicó a pensar en su novia, en su niña, criatura-mujer encantadora.

Las esperaba, de paso también al comedor.

Pensaba pedirle a la mamá que la pusiese de largo en estos días.

Capítulo 2

A quien vio aparecer, al cuarto de hora, fue al amigo Brea, elegantísimo.

-¡Demonio!

-¡Chacho!

Se abrazaron.

La última vez, dos años antes, Luis Augusto había visto a Brea en Londres, de ambulante vendedor de panderetas.

Brea, ex-teniente, de Pavía, tenía veinticuatro años, había heredado a los veinte una fortuna, y la tiró a los veintidós.

En sendas poltronas, sentáronse.

-De modo que...

-Rico, chico. Tres meses más, y me encontrarías con un Panhard en plena Europa... O por los aires. Pienso dedicarme al monoplano.

Empezó el aristócrata perdido a detallarle su odisea.

Interesantísima... sólo que, al capítulo segundo, alzóse un cortinón de seda. En kimono de tono té, entró un arcángel. Detrás, una gran dama. Y el arcángel llevaba bajo hacia los hombros el nudo negro de su pelo, y por los tobillos el vuelo de la ropa.

Se levantó rápidamente Luis Augusto, y presentó al amigo. Palabras, cumplidos breves. Diéronse el brazo, y fueron a ocupar en el comedor una mesita.

Durante el almuerzo, Luis tuvo que dedicarse a conversar con la mamá, porque Brea floreaba y atendía incesante y absorbentemente a Josefina.

Un buquet de rojas fuschias, en un florero, impedíale a Luis recomendarle a Brea prudencia, con los ojos.

La virgen blanca sonreía. Su inocencia no sabía qué contestarle al importuno -que, por suerte, manteníase en lo cortés.

El novio la miraba. Ella alzaba de tiempo en tiempo, hacia el novio, aquellos ojos verdes, de muñeca, que llegábanla rasgados a las sienes. Ojos enormes, inmensos. Ojos de equívoco y misterio, con profundísimos fulgores muy extraños e ignorados siempre y totalmente por la infinita pureza roja y nácar de la boca.

La mamá era alta; y la niña, pareciendo muy pequeña, era aún más alta. La mamá era gentilmente corpulenta; y la niña, pareciendo frágil y sumamente delicada, era de casi igual esbelta corpulencia que la madre.

Ésta, a los postres, correspondió a las insinuaciones de curiosidad de Pepe Brea con los rasgos generales de su vida, que ya le había contado a Augusto: «Venían de Londres, donde habían vivido siete años. Ella, argentina; la hija, chilena; y de Méjico, el marido, y negociante en algodón. Murió. Viajaban».

Buenas. Ingenuas. ¡Sí!

La ingenuidad y la bondad de una y otra, de Carlota y Josefina, valían por una ejecutoria de noblezas y por un caudal de esperanzas o ilusiones.

¡Dos infelices! ¡Dos seres de candor y de obediencia!... Aparte su loca tenacidad en estos viajes, sin rumbo, sin término ni objeto, especie de insensata fuga del gran dolor por el muerto dejado en Londres; aparte tal tenacidad, sentimental y recóndita, que las llevaba en un zis-zas de laberinto incomprensible por tierras y mares, podíanselas guiar con un cabello. Carecían de voluntad. Llegaban a una población y les daba igual ir a uno que a otro hotel, o pasear por uno u otro sitio. No inspirábalas curiosidad ninguna maravilla. Pero, sentían de pronto el ansia de partir, y con urgencia ineludible del minuto pedían un automóvil, un tren, un buque. El punto de destino, fijado por ellas siempre, siempre; el punto de definitiva parada no sabido por nadie, jamás!...

-Mira, chico -le dijo Brea a Augusto, tomando Marie Brissard en el patio de limones y azucenas, y en tanto ambas se fueron a vestir para salir. -Alá que cure al Majzen, y que se zurzan sus bellotas!... ¡Me quedo!

-¿Dónde?

-¡Con vosotros! ¡Con ellas!... ¡Con ella! ¡Esa nena es una bruja!... me ha matado!... La sigo hasta el infierno.

Tosió Luis Augusto, púsose muy serio, y bebió agua. Luego, dijo:

-¡Pepe!... Líbrate de... variar tu viaje. Estas mujeres están en mi suerte y mi camino.

-¿Las dos?

-¡Las dos¡

-¡Hombre! ¡pensé que sólo la mamá!... ¡También guapa!

-Nada de mamá. La hija. Voy a casarme con ella.

Pepe le miró con súbito respeto.

-Chico, perdón. Había creído que fueses el amante de la madre.

Serio, más serio Augusto, acercó al del loco el sillón de mimbres, y prosiguió su confidencia de esta suerte.

-Mira, Pepe. No sé si tú sabrás que la primavera de Egipto congrega allí a las gentes más ricas de Rusia e Inglaterra, y a las damas más bellas del mundo. Pues en el Cairo, en un hotel yo he visto a Josefina, jugando al tennis, llamar hasta el mismo éxtasis la atención de todos. ¿No es verdad que nadie como ella puede reunir la distinción y la inocencia y la frescura y la beldad y la elegancia?... Sábelo y envídiame; ¡mi novia es!

-¿Ya?

-Desde nuestro trece día de conocernos. Oye mi pasión, y no sabe contestarme, la chiquilla. ¡Qué importa! Se la dije en una noche azul, sobre el lago de Ysmailia. Inclinábase en la borda, y yo miraba el reflejo de la luna en una perla de su oreja. Nunca he visto nada más tremendamente sensual que aquella luz de aquella perla, entre aquel pelo negro-infierno y aquella carne rosa de la gloria!... ¡Oh, tú no sabes cómo es el seno de esa virgen, y su pierna!... ¡Oh, su pierna, Brea, tú!

-¡Diábolo!... ¡Virgen, entonces... o... aún? ¡Mucho sabes!

No la ofendas. Me conoces. Soy un griego. Por mí, no habría quedado el querer saberlo todo ya a estas horas, de la niña Eva, de la niña-hechizo. Me contiene su candor. Además, filósofo, como lo soy, he llegado por la purísima beldad de Josefina a conclusiones formidables. Filósofo paradoxal... ¿entiendes?... ¡No, tú eres un salvaje, Brea; un inconsciente, un impulsivo! Tú seguirías a esa muchacha, te arruinarías por ella hasta vender de nuevo panderetas, y serías feliz guardando en tu memoria la de una noche entre sus brazos. Yo, al revés, me conceptuaría desdichadísimo si, en caso igual, reflexionase que había gozado fugaces el placer y la belleza, supremos como son, como serán, en Josefina, sin retenerlos para siempre. ¿Comprendes?... ¡Oh, no, no me comprendes! ¡Filosofía paradoxal!... Se casan otros por buscarse un refugio de paz a sus harturas, y yo me casaré, griego, epicureano, por ver reunido en una flor de vida el deleite sin fin de la gracia y la belleza, la pasión de todas las cocotas, el gozar de todas las cocotas, el mar de amor y de delicia que pudiesen darme juntas todas las cocotas!... ¡Oh, no, no me entiendes; Brea, tú eres un estúpido!

Había un fuego de ambición terrena de ideal en los ojos de Augusto, y se escondió. Tuvo que contemplar piadosamente al amigo loco y aturdido, que se limitaba a sonreír.

Fumó, bebió Marie Brissard, bebió agua, y se levantó, invitando a Brea a levantarse:

-¡Bueno, tú, mira, que vienen!

Josefina traía polo y guardapolvo. Su madre velo azul liado al sombrero y a la cara. Esperaba el automóvil.

-Qué, ¿nos acompañas?... A Tablada. Si partes esta noche, tienes tiempo. Al regreso te dejo en el hotel. Pero, oye, Brea... los hombros, las piernas, se los he visto yo únicamente a Josefina al bañarse en el Nilo y al jugar al lawn-tennis. ¡Yo también me voy mañana, y vuelvo! Tan resuelto a la boda estoy, que quiero traerme en regla mis papeles, de Madrid. ¡Me caso, antes que vuelva a salir de España la viajera!

Ellas, sonriendo, esperaban a los dos. Y Josefina se abrochaba una manopla.

Capítulo 3

Lisboa parecía el bello lugar de descanso elegido al fin por las damas. Junto a una quinta real, al otro lado del Tajo, frente al puerto, habían tomado en alquiler otra quinta. Era un viejo palacio de piedra, poéticamente obscurecido por das hiedras, por los musgos, por el mar. Hundíale en su verdor un bosque de araucarias. El parque, descendiendo en suavísimas colinas de palmas y de helechos, llevaba los muros de entrada hasta el río, donde un gran blasón de mármol pregonaba estirpes lusitanas.

Luis Augusto vivía perdido en la ciudad que se espaciaba enfrente. Alojado en el Palace-Hotel, de la Avenida, allí pasaba las noches; y las mañanas y las tardes, con su novia.

¡Para verla, cruzaba la ancha ría en un falucho. Y en él iba esta tarde -habiendo ya aprendido el nombre del patrón, que usaba faja roja y barretina: Ramahlo Raul d'Acosta.

«¡Mañana tendrá usted una sorpresa!» -había anunciado el día antes Carlota, que era la que siempre tomaba iniciativas en nombre de la hija y novia arcángel.

Llegó, desembarcó, y al cruzar el parque, en un macizo de arboleda, sintió el encanto de una cítara. Fue, casi de puntillas, como quien teme ahuyentar a una nereida, y descubrió que Josefina era la tañedora perezosa. Bajo la umbría de selva, la vio medio tendida en un ribazo. Vestía de blanco. Frisaban delicadamente su falda los miosotis, y el extremo rizoso y negro de su trenza deshacíase entre amapolas.

Ella, cantaba.

Él, tomado por el hechizo de la voz de oro, detúvose tras las ramas de un laurel.

Lo que cantaba ella eran canciones bohemias, en dialectos italianos. Pícaras -y más que por la letra, que Luis Augusto no lograba comprender enteramente, lo adivinaba por el gesto y por la profunda intención del frasear de Josefina.

Canto, a media voz, para recreo de la gentil, de la... intuitiva, de la bebé-mujer soberbia, que en su misma vida de inocencia y de esplendor tenía los gritos todos de todas las pasiones.

«Así -pensó el filósofo -están en los capullos, latentes, ignorados; los faustos de las rosas».

Resuelto, él se había afeitado el bigote. Esto, sabía muy bien Augusto (porque decíanselo largamente los espejos), que habíale rejuvenecido hasta acercarle algo a aquel encanto de su novia. Además, aquí sola, ella, con su propia alma en silencio, con su propio ser de bravo capullo de amorosa en el verde ensueño de la música y del bosque, representaban sus diez y seis años lo menos veinte, veintiuno, veintidós.

A no ser por el peinado, nadie la creyese ahora tan chiquilla, y menos por el arranque de la pierna. Calzaba botas de lona, sin tacón, de garganta baja; y el ligero desorden de su falda dejaba ver la seda blanca y calada de las medias. Esbeltísima opulencia de carne rosa, tras de los calados -que cobraban un matiz indefinible de fondos de flor o de fondos de nieve tintada por la aurora.

¿Qué fugitivos tonos de aurora, o de celeste violeta, hay en la rosa carne muy blanca de las blancas?

Venne, ca'o notte e dolce

'o cielo ch'é nu manto;

tu duorme e i'te canto

'a nouna affianco a te.

Sí, esto se lo había oído Augusto a Tita Ruffo.

Sonreíase la cantora, expresándolo, y una luz diabla asomábase a sus ojos.

Al mismo tiempo, el novio estaba viéndola las piernas un poco más que cuando ella jugaba al tennis. Y con el ansia, sin tocarla, así, angélica, la habría querido desnudar completamente. Era su obsesión. Decir que él hubiera de haberse enamorado de la cara de ella nada más, fuese sandez... y puesto que la amaba toda, no quería amarla en el enigma, en el desconocimiento casi completo de su cuerpo, que habría de ser para el amor no menos principal.

¡Oh, sí!... no obstante esta faz suya de sportsman y de un poco cansado gustador de los placeres, ya muy arreglada sin bigote, los espejos del Palace Hotel decíanle también, a las horas de bañarse, cómo al fin su estatua atlética de Apolo era perfecta, y cómo era su ser entero una armonía. Pues... bien; desde tres noches atrás le constituyó un gran miedo en el amor de Josefina la duda, la terrible duda de que pudiera no formarle ella en la totalidad de su ser otra armonía; y fue que en el teatro de San Carlos había encontrado, para pasar la noche, a una joven austríaca, elegantísima, irreprochable de rostro y de líneas, a través de los vestidos... ¡Ay! lo que no estorbó que al despojarla apareciese con el pecho nada firme y las rodillas hacia dentro... ¿Quién lo habría creído, a juzgar por el escote y el tobillo?... Pues... bien; esto, para un diletante de la estética, podía pasar en fugaces amores de alquiler, despedida ella al fin por la mañana... mas, ¿cómo arreglarlo si «la cocota» que metiera en casa fuese nada menos que la propia famosa esposa del lazo indisoluble?... Pues... bien; a pesar del candor de Josefina, a pesar de todo, él debía saber a qué atenerse, antes de casarse.

Y tan impetuoso había sido el sentimiento, que entreabrió las ramas del laurel, y avanzó hacia Josefina.

-¡Oh! -hizo ésta, dejando súbita la cítara, para incorporarse y componerse el vuelo del vestido.

-Pues... bien, ¡sí! ¡vidita mía! -díjola él en reto de franqueza. -¡Estaba mirándote las piernas, yo!

-¡Aaah! -tornó a exclamar la candorosa, con un indefinible sonreír que aun se dijese el de su canto.

Él se sentó y la cogió una mano. La tendió su otro brazo por el hombro... y entonces Josefina huyó un poco la cabeza y le miró:

Contempláronse un momento, en ansia y susto; y luego él, le dijo a la asustada, a la extrañada:

-Dime, Josefina... ¿eres tan irreprochablemente bella como es tu cara... toda tú?

¡Ah, la niña... y su sonrisa... su sonrisa muerta en un asombro de rubores!... Rápida se levantó. Huyó. Por vez primera habíala hablado Augusto así. Él la vio tan blanca desaparecer en los laureles... ¡Le había entendido, cuando menos!

Tomó él la cítara, y partió detrás. Había perdido unos instantes. No la halló. Iba pensando que... acababa acaso de agraviar hondamente a su inocencia. La había tratado siempre como a niña... la mano entre las manos, con amor y con respeto... en las noches de luna sobre el mar. Pero, hacíale falta verla desnuda enteramente... y recordó, confiándole al recuerdo su designio, la gran ductilidad condescendiente de la niña y de la madre. Cosmopolitas, puras de intención, porque él lo quiso fueron en Suez una noche, desde un templo cristiano, donde ambas rezaron de rodillas, a un music-hall, donde serenamente vieron danzar a las lúbricas bayaderas punto menos que en pelota. Limpieza y castidad de corazón que defendíalas las serenidades de los ojos. -«Dicen que son como las sacerdotisas de esta religión» -dijo luego Josefina por breve comentario. Y el sensual, el libertino, confirmóla: -¡«Sí, las bayaderas!» -«¡Vaya, vaya!» -exclamó únicamente la mamá.

Llegó al palacio. Dorotea, la doncella de Coimbra, le llevó al salón-estufa. Grandes sedas se tendían desde el techo hasta las palmas. Entre el ramaje erguíanse las estatuas; y las vidrieras de color daban tonos vivos a las venus. Carlota esperábale, leyendo en el Corriere della Sera un crimen de Millano y sentada a la mesa de té junto a un cersis. Josefina apareció con timidez por otra puerta... y sonreía -bajos los ojos.

Sentáronse los novios. El té transparentó sus oros en el fondo dorado de las tazas. Augusto le miraba a Josefina los tobillos... y ella recogió los pies.

¡Ah, nunca! Vio que constantemente los pudores saldríanle al encuentro a su designio... y, sin embargo, no se casaría, no se podría casar, absolutamente no debía casarse sin verla en cueros. En nombre del arte, harto desnudas tenía aquí mujeres de mármol delante de los ojos. Bien merecía la venus de carne ser vista desnuda en nombre del amor.

¡Oh, si un verdadero amateur fuese a adquirir una escultura, y se la diesen con falda y con levita y con boa, a salga luego, dentro, lo que salga!!...

Había acabado el té.

Carlota se levantó, y le hizo una señal de inteligencia a Josefina.

-Luis Augusto -dijo -¿espera?... Es nuestra sorpresa.

Fuéronse las dos. A fin de entretenerle dejáronle La Vie au grand air y un anillo persa de seis aros -rompecabezas, esto, dificilísimo de armar.

Tardaban. Tardaron. -No mucho, sin embargo, para la transfiguración de maravilla que al fin vio Augusto.

-¡Pasa! -había dicho Carlota, apareciendo y levantando en una arcada sederías.

Y entró una dama. Olímpica. Imperial. -Era la niña. Era Josefina vestida de mujer. Augusto vio joyas, bucles, encajes, líneas elegantes y poderosamente acusadas de corsé, por debajo de pálidas y ajustadas granadinas.

-¡De largo! ¡Su novia!... ¡Tal que la quería! -rió Carlota.

-¡Voilá! -pudo asentir simplemente el encantado.

Y ella, púdica y coqueta... ¡bien de largo!, se recogió la cola y fue al piano que escondíase en la frondosidad de tamarindos. Púsose a tocar danzas rusas. Un estanque circular, bordeado por líquenes, orquídeas y orejas del profeta, había dejado entre ella y él, en su pedestal del centro, a la Aphrodita.

El embeleso le duró al griego Luis Augusto unos minutos. Luego se indignó. Filosofaba, con aquella gran filosofía que le había metido en el alma el automóvil. ¡Voilá! El traje, la modista, habíanle repentinamente transformado las castas curvas indecisas de la arcángel, en las bravas curvas de mujer. ¡El traje! ¡la modista!... y ¿qué había en ella, por debajo, de verdad?... Noble y profundamente enamorado como estaba, dispuesto a la boda que parecía esperar apenas esta especie de social sanción de indumentaria, se acordó... de tanto desengaño, del último desengaño aquél de la cocota. ¡Quién pensara por su paso y por su pie que tuviese las rodillas hacia dentro!... Claro, claro, se indignaba, se indignó; francamente se indignó. Había salido Carlota, y fue rápido al piano:

-¡Oh, tú, mi Josefina!

-¡Qué!!! -clamó ésta, imposibilitada de seguir la música, sujeta por el brazo.

-¡Oh, tú!

-¡¡Qué!! ¿No toco?

-¡No! ¡Aquí... la estatua; tú... donde la estatua... como la estatua... y yo, allí... para mirarte!

Era una orden insensata, que marcaba el ademán.

No te comprendo! -dijo la purísima virgen con su sonrisa de misterio en su cara de amapola.

-Mira, oye, Josefina... -prorrumpió violento él. -¡Te adoro!... ¿Te acuerdas de las sagradas danzas de Suez, de... aquellas bayaderas...

Cayó en un desalentado silencio repentino. La explicación, para la novia angélica, era difícil y brutal... como lo sería para un caballo que pudiera entenderle al futuro dueño desconfiar de sus bellezas. A tratarse en Josefina de una experta de salón, de una niña al menos no guardada eternamente por su madre, la investigación pudiera irse realizando en una lenta empresa de feliz galantería... Mas ¡no! ¡He aquí que entraba la mamá!

Estuvo triste Luis el resto de la tarde. Infantilmente pasada en hacerle ver uno por uno los diez trajes que le habían llegado a Josefina como primera remesa de París, los cuales ella se probaba muy contenta, yendo y volviendo veloz al tocador, el de la boda fue el que desoló más al prometido. ¡Bah, sí!... ¡quería decirse que se la tapaba más, que se le hacía aún más problema y enigma de aquel cuerpo, según se iba acercando el día el que lo hubiera de desvelar entero e irremisiblemente suyo para siempre!... Antes, al menos, por debajo de las faldas se le veían perfectamente los tobillos.

Y fue tanta, su zozobra, su inquietud, que en el parque de araucarias, cuando el sol habíase puesto, Carlota, delicada, se informó -aparte ambos un momento:

-¿Qué tiene, Luis Augusto? ¿Le apenan estas cosas de la boda?

-¡Carlota -dijo él parándose junto a ella y tomándola la mano en amistad -¡es solemne la ocasión! ¡Hay algo bien caro en la intimidad del sentimiento, del sentimiento de mi amor, y que yo no me atrevo a decirle a Josefina! ¡Venga usted, me va usted a oír cosas de una humana franqueza formidable... por lo mismo que las respeto a ustedes y que respeto mi felicidad y la de su hija!

Brindado el brazo, condújola principescamente hacia un cenador de pensamientos negros, grandes -en tanto se quedaba Josefina entonando con la cítara sus canciones del colegio:

Oh! j'avais une marguerite;

elle etait pâle comme moi...

Mais, hélas! se pasá bien vite.

Dans mia chambre

il fait si froid!

Je la trouvait

sur la montagne;

je la gardait

comme un tressor.

Petite fleur!

par ta compagne

mon coeur fleurise,

fleurise encore!

Capítulo 4

Sentó a Carlota en un versallesco sofá de mármol, de la rotonda, y él dijo, sentándose al extremo, y muy cortés -para cuyo mayor efecto se había quitado la gorra y se había puesto el monóculo:

-Señora, voy a hablarla a usted en un lenguaje que no es quizá de país alguno, por su giro de conceptos, pero que es del mundo; pero, que es... del espíritu de una civilización del fondo del corazón y de la conciencia misma de la Europa, caído a él desde la práctica intuición del vivir refinadísimo del gran París, del gran Berlín, del grande Londres... Y discúlpeme que tome la cuestión por las alturas de la perennemente humana y más transcendental filosofía. ¡En primer lugar, soy un filósofo, soy un reflexivo!

Se quedó mirándola al través de la limpia lente transparente, y le hizo sonreír la sensación de su dominio sobre la criatura de ignorancia y de inocencia. Sin embargo, precisamente por estas cualidades, veía menos fácil la empresa de formular su petición. No empezaba mal, aturdiéndola con aquella filosofía que ni él mismo había entendido.

¡Diplomacia, qué caramba!

-Señora -repitió con el mismo tono galantesco, afirmándose el monóculo y guardando en el asiento perfecta compostura -ruego a usted que vea en mí, aquí, en este parque de Lisboa, en este delicioso extremo del más culto continente de la tierra, al hombre que ha viajado mucho, que ha pulsado y rectificado todos los sociales valores, y que se debe expresar, por consecuencia, con una sinceridad cosmopolita... ¡cosmopolita, sí, sí, esa es la palabra!... ¡cosmopolita... y absurda si se trata de medirla por la norma limitada de una moral portuguesa, española, inglesa o alemana... de una moral, en fin, con apellido; pero absolutamente natural y noble con respecto a la moral inmensa de la vida! Tras este ruego, ¿me concedería usted autorización para considerarla como a una culta dama de enorme comprensión, que a más de poseer el positivista espíritu del tiempo, por haber vivido en Londres, ha recorrido la tierra igual que yo, domando sus prejuicios de moral delante de los desnudos árabes de oriente, aquellos beduinos, por ejemplo, que en Aden abordaron el vapor, y delante de las lúbricas y bellas bayaderas de la India?

Guardó silencio. Esperaba la respuesta, y no la obtuvo. Todo confusión, en el ansia de Carlota. La pobre figurábase quizás que Luis Augusto iba a lanzarla una declaración de amor personalísima.

-¡No le comprendo! -suspiró.

-Pues... las bayaderas... ¡aquellas de Suez! ¿Eh, Carlota?

-Ah, sí... las... de la danza de vientre, sí. Las bayaderas... ¡Vaya, vaya!

-¿Eh?... Voilá! -marcó el sportsman satisfecho.

Sin embargo, más que la desorientación de la dama, le preocupó un momento su frase de memorativa aclaración... «las de la danza de vientre»! -¿Cómo diablos sabría el nombre de guerra de tal danza?...

Bueno. Se acercó en el banco versallesco, la pidió permiso para encender un jugoso habano y prosiguió:

-Carlota, ¿ha leído usted a D'Annunzio?... Bien, pues habré de memorarle que un bravo y noble personaje romancesco de ese escritor, que es el exquisito novelista de nosotros, los sportsmen, de nosotros, las mentales gentes distinguidas en un libro delicado, El Inocente, duda de que un tierno hijo de su mujer lo sea suyo: lo coge, aprovechando en la alta noche la ausencia de la infiel, le quita delicadamente las ropitas, y lo expone al frío horrible de un balcón, hasta hacerle tomar la pulmonía que haya de matarle. ¿Eh? ¡voilá!... la moral ultramoderna... el positivismo selecto y elegante que les deja a las bárbaras plebes miserables los aun para ellas tan precisos lazos de la ley. ¿Eh, Carlota?... Pues, yo, con usted, y con referencia a su bella hija, a mi adorada Josefina, no trato ni siquiera de transgredir ninguna ley penal, en nombre del honor y del buen tono; sino simplemente una costumbre imbécil, ciega y peligrosa, en nombre del amor... que es al fin perfectamente humano y lo único que hace hermosa la existencia.

-Usted dirá -pidió en la breve pausa la confundidísima señora.

Y él, imperturbable, siguiendo en su discurso la ruta tomada de improviso, aun le aumentó su gran curiosidad con nuevas incidencias.

-Yo digo, Carlota, que en el Nilo, que en Suez, ante aquellos cazadores de caimanes y ante aquellas bayaderas, la vi a usted con tranquila complacencia fijarse los impertinentes para mirar la desnudez... Usted y Josefina pudieron contemplar estéticamente el espectáculo, ¿no es eso?... ¡Bravo! Luego, la desnudez, la humana desnudez, puede ser un casto e importante elemento de la estética.

Fumó Augusto, ajustándose el monóculo; iba a escupir... pero no escupió, dándose cuenta de la incorrección delante de una dama; y dijo:

-Carlota, es para mí tan esencial en el desnudo humano la línea de belleza, la belleza llevada hasta su misma perfección, la divina belleza irreprochable, intachable, insuperable... que... que... que siempre he conceptuado como el más alto ideal de mi ambición el poseer... el poseer... el... ¡Bueno!... que siempre he conceptuado que... que...

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