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Además del frac

Felipe Trigo · 1910 · Free in the US

14,233 words · about 1 h to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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About this book

Author
Felipe Trigo
Language
Spanish
Published
1910
Length
14,233 words · about 1 h
Sections
9 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (9)
  1. Capítulo I about 6 min
  2. Capítulo II about 4 min
  3. Capítulo III about 7 min
  4. Capítulo IV about 7 min
  5. Capítulo V about 9 min
  6. Capítulo VI about 7 min
  7. Capítulo VII about 6 min
  8. Capítulo VIII about 13 min
  9. Capítulo IX under 1 min

Continue:

Capítulo I

Al buen amigo, al buen poeta Joaquín Alcaide de Zafra

Fumaba un magnífico cigarro, rubio y esquinoso y escogido, de quince centímetros. Estiróse el marsellés y el pantalón de punto, se inclinó ligeramente más hacia la izquierda, el cordobés y siguió para el casino. El caballo se lo llevaría Froilán a cosa de las once.

Era hermosa la mañana. Al sol, en la puerta del casino, estaban ya fumando y discutiendo Badillo, Cartujano, el secretario, el boticario, Pangolín y Atanasio Mataburros. José de San José llegó y tomó su silla. Por un rato escuchó, golpeándose las espuelas con la fusta. Sonreía. No sólo advirtió que Cartujano, con la presencia de él, tomaba vuelos, sino que pudo asimismo advertir de qué manera, por respeto a él, los demás cedían un tanto en su alborotada oposición de democracias.

¡Coile! ¡Nada menos que peroraba hoy de socialismo este Badillo! ¡Qué barbaridad!

José de San José, aunque le notó ante él desconcertado, le dejó disparatar un cuarto de hora. Luego le atajó:

-Hombre, Badillo... ¡no sea usted criatura! ¡Los hombres serán siempre como son! ¡Distintos, desiguales... unos tuertos y otros ciegos, unos buenos y otros malos!... En la Historia no hay otro caso de intento social igualitario, de amor libre, sobre todo, que el de los mormones... y... ¡ya ve usted!

-¿Qué?

-¡Que... nada! ¡Que va ve usted!

No veía nada Badillo, aunque se quedó con los ojos y la boca muy abiertos.

José de San José comprendió que no habrían oído nunca, ni Badillo ni ninguno de estos otros desgraciados, hablar de los mormones. Él tampoco estaba fuerte acerca de la vida y los designios de tal secta; pero había leído de ellos algo, ayer, en una ilustración, y era lo bastante...

-Además -díjole a Badillo, llegado tiempo atrás al pueblo para comerciar en granos y en paja empaquetada-, siendo usted, como dice, casi pariente del Badillo de Madrid, parece mentira que no sea usted conservador y hombre de orden...

-¡Toma! Y... ¿por qué?

-¡Pues más mérito!

-Claro, y ¿por qué? -inquirió también, triunfal, el «echao p'alante» Pangolín.

Corifeos del otro. Aspiraban, con el suelto y leído forastero, a meter cisma en un pueblo tan tranquilo. Habían tratado ya (secretamente, por miedo a San José) de... cosas...: de comités obreros, de sociedades de resistencia, de economatos... Es decir, de todo lo contrario a José de San José, amo de vidas y haciendas por tradición de la familia. Abogado, fuerte y guapo, soltero, poderoso, con seis yuntas de labor, con buen caballo de aseo y suscriptor de La Época... no sería fácil que le avasallase nadie ni estaba dispuesto a dejarse avasallar.

-Pues mira, Pangolín -dijo-; ¡porque sí!... Porque tú, pase que pienses de ese modo, con cuatro pelagatos; pero, quien tiene algo en la cabeza y es al fin pariente de un prohombre... de un marqués... ¡Digo, Badillo!

Hábil al mismo tiempo que violento, dejó reducido en silencio al concurso. A Badillo (¡que bien sabía José de San José que no había tal parentesco con el prócer!), con el «halago aristocrático»; a los demás, con el gesto de amenaza. Bastaría que él lo quisiese, para que nadie de Torrecilla del Pardal herrase más caballerías con Mataburros, comprase más quinina en la botica ni volviese a mirar al secretario... ¡Oh, esto de tener el porvenir de tantos hombres en un simple querer de voluntad!

Sino que San José era noble y bondadoso. Talento superior, letrado entre estos brutos, se hacía estimar de todos, como de sus criadas y pastoras, por generosidad y por simpatía. El respeto que sabía inspirar -y era su orgullo- fundábase, antes que en nada, en su bello corazón y en su corrección caballeresca. No se cambiaba por un rey. Sabía ser rey, además, en su reino dulce de la aldea. Un rey que viniese aquí no obtendría, más admiraciones.

Fumaba San José. Los otros le miraban, mordiéndose los labios. Causaba envidia la limpieza de su cara y de sus trajes, de sus botas, de sus fustas. Todo nuevo. El sastre y el zapatero que le surtían, eran de Cáceres. Las espuelas brillaban como platas. Y luego... ¡tan joven! ¡tan buen mozo!

¡Uuuuuueeeeeiiiiiooooo uuuuu!...

-¿Eh?

-¿Qué?

Oíase algo horrendo...

¿Fantasma... a pleno sol?

Un ciervo herido, tal vez. Una bestia apocalíptica.

Lo que fuese... lo que fuese aquello, sonaba a la otra punta de la calle.

¡Uuuuoooiiiuuu!...

Y se acercaba... monstruo bramador... aullido de demonio...

-¿Qué?

-¿Eh?

-¿Qué es?

El lamento, el rugido, el alarido formidable, ondulaba y henchíase, llenando los espacios... Se paraban los paseantes y asomábanse a sus puertas los vecinos. Detrás de unos chiquillos aparecieron dos mulas espantadas, y un borrico con loza regaba en su fuga las cazuelas y pucheros... Detrás... ¡ah!... nubes de polvo y de paja, trayendo envuelto en su violencia al... ¡monstruo!... ¡al monstruo!...

-¡Es un ciclón! -pensó Badillo, de pie junto a José de San José y requiriendo su garrote.

Aunque, en verdad, más que ventolera, lo que se les echaba encima parecía como un tropel de toros... o como un tren loco, que en la vía, allá a dos leguas, hubiese perdido los rieles..., Juanón, el fornido mozo, había podido contener las mulas desmandadas, y otros el borrico de la loza.

Y... ¡taf!, ¡taf!, ¡taf!, ¡taf!... ¡Uuuueeeiiiooouuu...

¡¡Automóviles... qué concho!!

Uno delante... Otro... Otro...

Propiamente como rayos.

Nunca habíanse visto en este pueblo.

Pararon en la plaza, a doce metros del casino.

José de San José y Badillo tuvieron que explicar que eran coches que andaban solos. El secretario y el boticario y algunos más, sí, tenían noticias.

Completaron la endiablada expectación los anteojos, las caretas, las pieles... Gracias a que dos señores se quitaron los horribles capacetes, y una señora el velo, y todos pudieron ver que, efectivamente, se trataba de personas. De una especie de cerrado furgón, lleno de baúles, bajó un mozo y preguntó por el alcalde.

Pedían limones, seltz... para refrescar, porque iba muerta de sed la duquesa...

¡Ah, sí... los señores duques de Adamés, que venían por temporada a su inmensa posesión!

-¡Contra, los duques! -se le escapó en veneración a Mataburros.

La dehesa de los duques, Los Cimbrales, que empezaba en Torrecilla, del Pardal, tenía el histórico palacio a media legua y tendíase por los valles y montañas de tres pueblos.

Más de veinte años hacía que no habían venido a ella estos señores.

Al duque únicamente le recordaba Mataburros, porque, cuando niño, habíale acompañado con su padre en las grandes cacerías. Así se lo manifestó a los contertulios.

-¡Anda, hombre, salúdale! -excitó en seguida a José de San José.

Y ya que éste, mirando como lelo al corro que íbase formando, no se resolvía, lanzóse él mismo, gorra en mano.

Un pasmo, tanta audacia. Vióse a Mataburros, con sus grotescas figura y decisión de Sancho Panza, abrirse paso entre la gente, llegar al automóvil principal y darse a conocer:

-Señor duque, yo tuve el honor de cazar con vuestra, excelencia cuando chico. Soy el hijo del Pelao, y veterinario, para lo que pueda necesitar vuestra excelencia.

-¡¡Del Pelao?

El duque le tendió una mano, y con la otra palmeábale en el hombro. Se informaba, del Pelao, ya muerto, célebre cosario, por quien él tuvo simpatías.

-¿Qué? ¡Bueno!... Y ¿cazas tú?

Ya lo creo que cazo, para lo que guste mandarme su excelencia.

-¿Como tu padre?

-¡No! ¡Claro que no como mi padre... ¡Mi padre... no hubo más que aquél!

-¡Bien! Aunque con los años voy perdiendo la afición, no dejaremos de matar algunas reses. ¡Ya te avisaré!

Volvió a tenderle la mano, le dio un magnífico cigarro, en despedida, y fue el momento en que llegó José de San José, tímidamente:

-Señor duque; para cuanto pueda ocurrírsele en el pueblo, tengo mucho gusto en ofrecerme a su excelencia.

-¡Gracias! ¿Es usted el alcalde?

No, señor. Soy José de San José.

-¡Aah!

Intervino Mataburros ante aquel «¡Aah!» de frialdad y de indiferencia:

-Aquí, éste, señor duque, es el amo de Torrecilla del Pardal. ¡Labra con seis yuntas!

-¡Aah! -volvió a decir el duque-. ¡Mucho gusto!

Y girando, se subió en el automóvil, donde ya una de las damas había bebido gaseosa.

Los automóviles partieron. La gente los siguió.

Entre el humo y el olor a gasolina que dejaron, sólo quedaban Badillo, Pangolín, el boticario, Mataburros y José de San José.

Mataburros recibía, por sus relaciones con el duque y por el soberbio habano de sortija, la admiración de los demás.

En cambio, San José sentíase humilladísimo con aquellos «¡Aah!», oídos por el pueblo, y que venían a ser como si le hubiese dicho el duque: «¡Que te alivies!»

No debió presentarse, para exponerse a tal desdén.

Su reinado en Torrecilla del Pardal había sufrido un golpe formidable.

Capítulo II

Pero formidable... el golpe que sufrió y seguía sufriendo el prestigio de José de San José en Torrecilla del Pardal. En quince días, desde que los duques arribaron, no le hacían caso ni los perros. Lo llenaban todo aquello duques; aquellos automóviles que no cesaban de cruzar, de paseo hacia la ciudad, por la carretera y por la plaza.

Hablaba él en el casino; sonaban de pronto el ¡taf, taf!... y las sirenas... y ¡aire, sus oyentes! ¡Desbandados!

Salía en su jaca, que habíale costado tres mil reales, y... ¡hala, otros dos o tres magníficos caballos de servidores del duque que venían por cosas a la tienda!

Mandaba por carne, y respondíale a la Tomasa el carnicero que teníala toda destinada a los señores duques; por uvas, por gallinas... y lo mismo.

Quería cazar; pedíale al Colás su perdigón, porque el suyo estaba malo, y ¡música! ¡Se lo había regalado al señor duque! Un perdigón que no quiso vendérselo el Colás por quince duros.

¡Oh, los duques... los dichosos duques!

Un chauffeur o un espolique de ellos cualquiera, tenían polainas de charol, reloj de oro y hasta anillos de brillantes. Las «nenas de mi alma» del Pardal andaban locas con los duques y con estas gentes de los duques, y hasta en el mismísimo Juzgado y el propio Ayuntamiento, ¡quién se lo dijese a San José!, metíase decisiva su influencia.

¡Sí, hasta en el Juzgado y el propio Ayunta miento! Mataburros, instalado en Los Cimbrales desde hacía diez días, cazando, y que tenía sin herraduras a las bestias del lugar, habíase valido del duque para que le alzasen una multa de consumos y le sobreseyeran una causa de elecciones. Órdenes del gobernador y del presidente de la Audiencia, a rajatabla.

Andaba dado al diablo San José, solo, paseando a pie por los caminos. Primero pensó regalarle al duque dos excelentísimos podencos que tenía, congraciarse así con él y cortarle su influencia a Mataburros. Luego, comprendiendo que ni con podencos ni con nada pudiese deslumbrar a aquel magnate, le odió... y odiaba, iba odiando, día por día, cuanto oliese a poder y aristocracia.

Algunas tardes, desde un cerro (porque no podía dejar de acercarse a contemplar, lleno de envidia, aquel palacio), veía correr por las llanuras el tropel de cazadores, a caballo, tras las liebres... con una amazona también, que sería la duquesita... la bella duquesita, a cuyo lado iría, quizá, tan orgulloso Mataburros... Volvíase al pueblo con el alma traspasada de dolor, y al cenar en casa, su hermana y su hermanito le hablaban de los duques: «¡Esos sí que son ricos, qué caray!» «¡Dicen que el automóvil negro vale seis mil duros! ¡Más que nuestras viñas!»

En efecto, su pobreza revelábasele inopinadamente a José de San José junto a aquel brillar de poderosos. Entre los tres hermanos, desde que quedaron huérfanos, poseían, y administraba él, un capital de seis yuntas de labor, o lo que era igual, que llegaría rabiando a quince mil duros. No habiéndolo ni siquiera semejante en Torrecilla del Pardal, ellos habrían podido seguir creyéndose unos Rothschild sin esta llegada de los duques.

La equivocación de San José había sido enorme, por lo tanto. Juzgándose de la estirpe de los privilegiados de la tierra, profesó en política como conservador y rabioso defensor de aristocracias. Ahora bastaba que hubiese llegado un aristócrata, un rico verdadero, para que se le dejase anulado con su fe y se le pospusiera incluso a aquel grosero y tonto Mataburros. Su misma novia, hija del riquete boticario, cuando iba a verla por la reja; su misma pastorcita Florentina, cuando iba a acostarse con ella algunas noches... habíanle perdido la consideración respetuosa de prohombre que antes le tuvieron.

¡Oh, sí, la novia, Estefanía, porque habíase cruzado en el paseo de la carretera, acompañada de su madre, con el duque, y éste habíalas saludado sonriente, defendía que el duque, aunque algo viejo, era aún muy guapo y gentil!

¡El colmo! ¡Que bastaría, quizá, que el duque las llamase, como había llamado a Mataburros, dejándole sin albéitar, para dejarle asimismo sin novia y sin querida!

Odió, pues... odiaba cada vez más la aristocracia... las tiranías, los despotismos. El insomnio, en el final de una noche que pasaba con su ya dormida y regordeta Florentina, llegó hasta hacerle comprender los anarquismos de Badillo. Salía de sus errores lamentables. Pensaba convertirse... charlando con Badillo al día siguiente. En lugar de seguir oponiéndose como un simple a los instintos democráticos de ciertos elementos de su pueblo, para que luego viniese un magnate y le pagase a él con aquel famoso «¡Que te alivies!», valdríale más declararse jefe democrático y ponerse al frente de Torrecilla del Pardal en masa contra todo duque y todo Dios... Mataburros, allá a su tiempo, ya detestado por Badillo en guisa de traidor, sería el primer ejecutado... el primer lanzado de este pueblo tan feliz, donde no habría más que un partido...

Pero... al otro día, cuando disponíase a visitar al esquivo negociante en paja, un criado de aquellos de polainas de charol, sobre un caballo de aquellos de mil duros, detúvose en su puerta:

-¿Don José de San José?

-Yo soy.

-Esta carta, de parte del señor duque.

Leyó él atónito.

El prócer, sabiendo al fin que José de San José era un bravo cazador, le invitaba a pasar una semana en el palacio.

-¡Aaaah! -lanzó el solicitado, con un amplio suspiro que no quería decir precisamente «¡Que te alivies!»

Y aquella tarde, después de haber limpiado por sí propio sus polainas, su jaca torda, su escopeta y sus podencos, partió hacia Los Cimbrales.

Al paso se encontró a Badillo con su jaula de perdices.

No le saludó.

¡Qué iba a ser este Badillo pariente de un marqués!

Capítulo III

«¡Guau!, ¡guau!, ¡guau!»

¿Eh?

«¡Guau!, ¡guau!»

Debía de ser un perro el que ladraba.

Bueno, ¡claro!, un perro. Pero, además, él quería decir un perro perteneciente a la jauría.

-¡Señora duquesa, me parece que ahí están!

-¿Quiénes?

-Los perros. La jauría.

-¡Ah!

José de San José... ¡qué diablo!, era analista. Este «¡Ah!» de la joven señora duquesa, no le pareció, verdaderamente, ni un «¡Ah!» de regocijo ni un «¡Ah!», siquiera, de satisfacción. Más bien un «¡Ah!» de frialdad y de contrariedad porque reuníanse con la gente.

Refrenó su jaca torda, que tropezó en unas taramas, y corno quedábase detrás, pudo observar en su caballo a la duquesa. Era una amazona o un demonio. La luna, en las soledades de este monte, la prestaba nueva seducción. Llevaba un sombrero-petaca gris, con pluma de faisán. Los ojos negros. El pelo negro. ¿Cuántos años tendría esta hermosa criatura de duquesa? ¿Veinte? ¿Veintiséis?

¡Coile! ¡Hacíase un lío!... No sabía qué opinar de ella José de San José. Con menos, con bastante mucho menos, si ella fuese simplemente una pastora o una artesanilla del pueblo... y no una duquesa de Madrid, habríala dado un revolcón.

¡Ya lo creo! ¡Con bastante mucho menos! ¡Él... que no se paraba en barras con las nenas de su alma!... Pero... una duquesa... una gran dama como reina de Madrid...¿haría todas estas cosas... por simple educación de altísima duquesa que le tomase a él por un patán?

-Señora duquesa, por ahí. A ese lado encontraríamos los barrancos.

-¿Por aquí?

Para guiarla mejor, picó la jaca y se puso a su lado San José.

Callaba ella. Él... reflexionaba.

¿Qué concho de niña era esta y qué coile de padres de la niña eran aquellos duques de Adamés... que ella cazaba sola entre hombres, como un macho, y no sólo liebres y perdices, sino en ronda de jabalíes, como esta noche?... Los papás durmiendo a pierna suelta allá en la casa. ¡La niña de Dios sola con él entre los montes!..

¡Concho!

«¡Guau! ¡Guau!»

-Los perros, señora duquesa, ¿no oye usted?

-Sí, sí, hombre, ya los oigo. ¡Qué manía!

Esta vez le contestó indudablemente displicente y disgustada. Tal que hubiese podido contestarle a un edecán.

Luego...

Luego no debía forjarse ilusiones José de San José.

Luego las «confianzas» que habíale concedido esta espléndida mujer de ensueño, esta magnífica mujer de cuento de hadas y de príncipes... no pasaban del desdén que emplearía ella con sirvientes, con criados... Él, príncipe de su pueblo, verdadero emperador-don Juan entre las pobres muchachas de la aldea, no representaba para esta morena mujer de maravilla sino algo... como un poste.

Resumió, oyendo los perros más cerca cada vez. En los seis días que llevaba con los duques en la dehesa (porque le mandaron llamar, en clase de experto cazador que... «hubiese de divertir a los señores»- ¡oh, sí, sí! ¡Así llamaron también a Mataburros y al Chápiro Velarde, reteniéndolos a sueldo!...), en los seis días, y ya que a él, cacique y rico, no pudieron contratarle, «pagábanle» con una especie de campestre amistad, alojándole en una excelente habitación del palacio de la finca y haciéndole comer con ellos a la mesa. Y en la mesa, como en los automóviles, el pie y aun la rodilla de esta... recontra de duquesa, solían tocar los suyos con máximo descuido; y en los puestos de perdiz, ya en dos tardes, le había llamado al suyo esta... recontra de duquesa, a pretexto de que cantaba poco su reclamo, teniéndole en la estrechez del suelo con un muslo materialmente encima de su muslo. ¿Era, efectivamente, la estrechez... o era que... buscaba la... recontra de duquesa...?

¡Oh!

¡Problema! ¡Gran problema, y grave, para el pobre San José!... Otra noche le llevó a su cuarto y le estuvo enseñando media hora cosas y retratos de París, sentada encima de la cama. Y al mismo tiempo enseñábale una pierna hasta muy cerca de la liga. Mas... toda la aldeana y estudiantescamente sevillana experiencia mujeriega de José de San José, que no era poca, no bastaba ante lo tan inesperado y nuevo que venía a constituirle una, hermosísima duquesa; para saber si... habríala enamorado... o si fuese que le trataba ella con la despreciativa confianza que a un criado, que a un poste del telégrafo, ante el cual le importase un pito a una mujer lucir sus pantorrillas...

Seguían con los caballos, en silencio, guiándose por el ladrar y el latir de los podencos, y cada vez complicábasele más a José de San José su conflicto de... ridículo.

¡Ah, sí!... Habérsele desbocado a esta mujer el caballo o haber hecho ella que se le desbocase... para que la siguiese él; haberla tenido a tres kilómetros de todos los demás en aquellos pinos, a la luna... y no haber osado... ni aun ante las provocaciones de ella... ¡qué barbaridad!

Jamás había tratado él a una mujer que oliese a título siquiera. No las entendía. No se las explicaba, por lo tanto... y no quería meter la pata.

¡Oh, pero... con cuánto bastante menos, a ser una paisana, le habría sobrado para darla un revolcón!...

Como se lo dio a la Raimundita, la vaquera, porque no estaba su madre en el chozo...; como se lo dio a la Cruz, del juez municipal, aquella noche de la fuente...; como se lo dio a la Matildeta, la hija de su patrona de Sevilla, y quieras que no, grites o no grites, aquella mañanita, antes de la clase de Romano. Es decir, que con gentes de su laya, tenía más que probados los arrestos San José.

Ahora bien... ¡una duquesa!...

De Sevilla también, y cómo argumento de que las duquesas y condesas tienen una especie de suelta educación de marimacho, que les quita la malicia en muchas cosas... (en muchas cosas que en las simples burguesitas significarían horrores), recordaba los encierros de Tablada, en que volvía sola y a caballo una duquesa entre los toros.

-¡Eh!... ¿Qué?...

-¡Plam, pim, plum!

-¡Cuidado, señora duquesa, que viene un jabalí!

Se avisparon los caballos. La duquesa apercibió la carabina.

-¡Pie a tierra! -pidió José de San José.

Bajó veloz, y la ilustre compañera le imitó, sacando igualmente su cuchillo. El tumulto había empezado no lejos, repentino. Era terrible el alboroto de los canes. La fiera, el jabalí, gruñía y bufaba, armando un espantoso estrépito de colmillazos a las jaras. Sonó el lamento doloroso de algún busca destripado, y a la loca algarabía de los podencos se unió pronto el ronco ladrar de los alanos.

-Lo aculan, señora duquesa. ¡Ojo!... ¡Ya está ahí!

San José, valientemente, protegíala con su cuerpo. Pero la joven dama, brava también, no tuvo la paciencia de la espera. Rompió, y a pie lanzóse hacia el tumulto... Su compañero ató a una encina los caballos y volvió a alcanzarla. Crecían la confusión, los gritos, los rugidos. Pero el jabalí debió desentenderse del acoso, porque se le oyó escapar, en sentido opuesto al de la noble cazadora, y se oyó alejarse los ruidos de la jauría y los disparos y bocinas del mayordomo, de los sirvientes, de los cosarios... todos al tendido correr de sus caballos...

-¡Vamos! -gritó animadamente la duquesa.

Volvieron a montar y ella partió como una flecha.

«¡Ésta se mata!» -pensó, siguiéndola, José de San José. Galopaban entre jaras y madroños. Cuesta abajo. Seguían el ruido de los perros y los cuernos. De pronto, perdidos, entre monte alto, sufrieron gran contrariedad... Un pequeño arenal, en un profundo valle, les dejó ver cómo les cortaba el paso el río, hondo y caudaloso, invadeable...

-¡Hala! ¡Al agua! ¡Por aquí!

-¡No, por Dios, señora! -dijo en susto de audacia tanta San José.

-¿Por qué no?

-Porque tendríamos que pasarlo a nado.

-Pues... ¡aire!... ¡A dar la vuelta!

Galopó ella y él detrás. Llevaban la ribera, entre adelfales, buscando un sitio menos hondo. Sólo que el río iba torciéndose con larga curva en sentido opuesto al que habrían ambos deseado, y a los tres minutos no se oía siquiera la récova ni nada... en el diáfano e infinito silencio de la luna y de la noche. Y la curva del río, en fin, doblada bruscamente, dejólos atajados en una praderita semicircular de avenas locas y mastranzos.

-¡Ah, bah! -exclamó la intrépida amazona bajando del caballo-; ¡estoy cansada, y mi pobre Parsifal también, a reventar!

Se tendió en la hierba y soltó la brida.

Parsifal, en efecto, jadeaba. Habían corrido mucho. José de San José, que también echó pie a tierra, ató las dos cabalgaduras al tronco de una adelfa. Luego se sentó, respetuoso, a distancia de la joven.

Ésta sacó un susini y púsoselo en la boca. Fumaba más que un murciélago, la tal recontra de duquesa.

-¿Me da usted fuego? -le dijo a San José.

Él se aproximó para darla una cerilla. Ella le brindó un cigarro y le invitó a sentarse cerca.

-¡Hombre, Pepe -díjole en seguida, tumbándose cara al cielo en el mullido lecho aquel de avena loca-, la verdad es que si reparan esas gentes que usted ha hecho por que nos perdamos esta noche de este modo, vaya a ver qué pensarán!...

-¡Oh, señora duquesa! ¡Yo!...

La joven cruzó una pierna sobre otra, y añadió:

-¡Pensarán que usted ha querido, abusar de mí por estos campos!

-¡Oh, señora duquesa!

-¡Y yo también lo pienso... porque es propio de ustedes, los hombres, abusar!

-¡Ah, señ!... ¡Por Dios, señora duquesa!

-Hombre, déjese de duquesados...; diga Celia, simplemente. ¿No somos amigos?

Y le tendió una mano, en amistad, toda afable y perezosa; y Pepe, al estrecharla, todo en fuego, viendo a la luna, además, aquella media en la pierna por lo alto, pensó...

-¡Celia! -dijo, girándose hacia Celia en brusco modo tal que le soltaba las palabras en los ojos-. ¡Celia!... ¿Y usted me lo consiente... y no se enojaría si yo... abusase... si yo... Celia?...

¡Oh, sí! ¡Cómo la luna le dejó ver que Celia sonreía, que Celia le invitaba, le esperaba!

De tan brusco, el doble beso que estalló puso en susto a los caballos...

Capítulo IV

Dejaban en la cárcel a Badillo, por haberse permitido hablar mal de un aristócrata. ¡De uno, de uno cualquiera, que, según El Imparcial, hacía moneda falsa; y no del duque! A poder, José de San José procesaría también a El Imparcial.

Él tenía el «aristocratismo» en el propio corazón, para todo y para siempre.

-¿Qué importaba que estuviese ya en Madrid su duquesita? ¡Su Celia, sí, su Celia! ¡Había dormido con su Celia cinco noches!... Pero, así dicho... dormir, o, aún dicho mejor, acostarse... en la misma cama de ella y no dormir... mientras allá los duques, los suegros fastuosos, en sus estancias del otro fondo del palacio.

El propio Mataburros, asombrado, habíale visto casi besar a Celia algunas veces.

Por él pueblo no corría más que esta voz:

«¡José de San José volvió loca a la hija de los duques... la deshonró, durmió con ella!»

Y claro es que José de San José no había vuelto, ni por sueño, a ver a Estefanía ni Florentina.

-«¿Te casas? ¿Os casáis?» -le preguntaban los que tenían la dicha de encontrarle en raras ocasiones.

-Pshé... ¡veremos! ¡Quizá no! -solía el afortunado contestar solemne y displicente.

Las gentes comentaban, con el orgullo de aquel José de San José que rendía de amor a las lindísimas duquesas y que luego despreciaba a las duquesas:

-«¡No, no; dice que no se casará!»

-«¡Dicen que los duques, enterados, piensan obligarle, puesto que él la desprecia!»

San José dejábalo creer... Mas, era lo cierto que cifraba su gran preocupación, precisamente, en aquel extraño qué me importa de los duques.

¡Oh, la honra de su hija!... Pues, ¡nada!...; por una parte, ésta, Celia, habíale escrito desde Madrid una sola carta en que decíale «que la olvidase..., porque aunque ella hubiera de sufrir también horriblemente tratando de olvidar, no les quedaba otro remedio, dado que sus padres no querían casarla en modo alguno sino con un pariente que teníanla elegido desde chica»...; por otra parte, él, el propio José de San José, viendo que no obtenía respuesta de ella a nuevas cartas, resolvió enterar de «lo ocurrido» a los papás, con un anónimo capaz de resolverlos a exigirle un casamiento de... restitución de los decoros... y ¡música... silencio, igual que si les rascase a los dos las pantorrillas!

¡No, no comprendía José de San José esta manera de ser tan rara de los duques!... El boticario mismo, con ser un pelagatos, le hubiera querido matar, a menos de casarle, si él da la mitad del escándalo, siquiera, con la pobre Estefanía.

Por suerte... ¡qué iba él a mirar más a Estefanía!

Sentíase consagrado de duquesa..., de grandeza..., y en un tal y tan profundo hechizo, que ni le parecía que hablaba más que con una humilde sierva, cuando hablaba con su propia hermana, ni creíase ya pertenecer por nada, ni por alma ni por cuerpo, a esta plebeyísima aldehuela de Torrecilla del Pardal!

Paseábase solo, como un loco, con su ensueño y su quimera.

Celia, en automóvil, llena de brillantes, o en sus brazos y llena de sedas y de encajes y de anillos y pulseras con corona, formaba su obsesión.

A ratos volvíale el temor de que él no la había encontrado pura, virgen...

Pero, a ratos también, los más, recordaba las tiernísimas protestas de ella en tal sentido..., cuando habíala oído entré besos y gritos de pasión jurarle que le había entregado vida y alma por un amor incontrastable... indominable...

En la duda, que seguíale, cien veces intentó consultarle, el caso al médico del pueblo.

Por eso hoy, después de dejar preso a Badillo, íbase también delante con el médico. Sin embargo, desistió de invitarle con tal fin a pasear: la consulta, sobre ser ridícula para quien tanta fama gozaba de expertísimo Tenorio, vendría a mermarle méritos a su conquista principal, a su conquista capital de una duquesa.

«Sí, debía de ser pura!» -calmábase a sí mismo, tirando ya sin ningún acompañante hacia Los Cimbrales.

Gustábale andar por esta regia finca, llegando hasta el palacio en donde tanto disfrutó. Y parecíale suyo, aquel palacio..., como había sido suya, tan suya, la bella duquesita.

No... no se acostumbraba al pensamiento de que no hubiesen de ser suyos esta vasta posesión y este palacio. Una letra de honor les tenía girada en anticipo. ¡Él la cobraría!

Meditaba, meditaba, formándose su plan, los días enteros.

Ni cuidaba de sus tierras, ni había vuelto a jugar al tute en el casino. Tenía un pequeño retrato de Celia, y lo miraba a todas horas: en el campo, al acostarse...

«A mi Pepe», habíale, escrito él mismo bajo el busto, imitándola su letra, ya que ella no había querido dedicárselo.

No acababa de entender que a Celia, a sus padres, a estas altas gentes del honor, el honor los tuviese sin cuidado.

Porque... ¡vaya!, o era habérselo hecho perder el acostarse él con la hija, o no sabía para cuando dejarían los duques el dar por una restitución da honor su vida y su fortuna.

¿Habrían recibido el anónimo?

Por si acaso, escribió otro más «definitivo»:

«Señor duque: si duda que su hija perdió su virginidad en Torrecilla del Pardal, por culpa y obra de ese pilló José de San José, hágala reconocer por los doctores.»

Y... ¡que si te gustan los peces!... la respuesta, ni palabra.

El duque tendría, quizá, un secretario que no querría darle el disgusto de estas delaciones.

Otra noche, renegado ya José de San José, púsose a redactar un nuevo anónimo con mayores amenazas. Y ahora, al duque, llamábale de tú:

«Te advierto que el pillo José de San José, no deja de alabarse en todas partes, de la deshonra de tu hija. Lo mismo hace con respecto de otra hija mía a quien deshonró. Por eso te escribo tantas veces: ya que yo no puedo, debes tú pegarle un tiro. Y si no lo hicieses, también te aviso que procuraré que se lo pegue otra persona... puesto que ya sé quién es el noble y rico pariente que quieres para yerno, y le escribiré contándole estas cosas, si pasados ocho días no tomas tú cualquier resolución. Además...»

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