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Los abismos

Felipe Trigo · 1920 · Free in the US

64,871 words · about 4 h 33 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

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Licence: PD-US · Published in 1920 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=Los_abismos&action=history). · Wikisource contributors

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About this book

Author
Felipe Trigo
Language
Spanish
Published
1920
Length
64,871 words · about 4 h 33 min
Sections
23 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (23)
  1. Capítulo I about 6 min
  2. Capítulo II about 6 min
  3. Capítulo III about 8 min
  4. Capítulo IV about 13 min
  5. Capítulo V about 9 min
  6. Capítulo VI about 11 min
  7. Capítulo VII about 11 min
  8. Capítulo VIII about 8 min
  9. Capítulo IX about 6 min
  10. Capítulo I about 15 min
  11. Capítulo II about 14 min
  12. Capítulo III about 14 min
  13. Capítulo IV about 7 min
  14. Capítulo V about 14 min
  15. Capítulo VI about 12 min
  16. Capítulo VII about 12 min
  17. Capítulo VIII about 17 min
  18. Capítulo IX about 17 min
  19. Capítulo I about 14 min
  20. Capítulo II about 7 min
  21. Capítulo III about 21 min
  22. Capítulo IV about 16 min
  23. Capítulo V about 14 min

Continue:

Capítulo I

A mi querido amigo D. José Torralba

Tendido en el diván, envuelto en la caricia blanda del pijama, satisfecho de sus horas de trabajo y con una felicidad en el corazón, que de tanta, de tanta, casi le dolía..., esperaba y perdía el pensamiento y la mirada hacia el fondo de etérea inmensidad que, cortado por las góticas torres blancas y rojas de San Pablo, el cielo abría sobre el retiro. Las nubes, las torres, las frondas, teñíanse a través de las vidrieras del hall en palidísimos gualdas y rosas y amatistas.

Entró Clotilde, la doncellita de pies menudos, de alba cofia, de pelo de ébano. Traía el servicio del té, y se puso en la mesita a disponerlo, avisando que ya llegaba la señora.

-¿Y la niña?

-Vestida, señor. Va a venir. Va a salir.

Un gorjeo de risas, inmediatamente, anunció a Inesita..., precediéndola en el correr mimoso que la dejó colgada al cuello de su padre. Jane, la linda institutriz, quedó digna en la puerta.

Pero la niña, espléndida beldad de cinco años, angélica coqueta a gran primor engalanada, huyó pronto los besos locos con que Eliseo desordenábala los bucles, los lazos y flores de la toca.

-¡Tonto! ¡Que me chafas!

-¡Oh! ¡Madame!

Sí, él, impetuoso adorador de la belleza, besando y abrazando a la divina criaturita había pensado muchas veces que puede haber en las caricias a los niños, paralelamente con la gran voluptuosidad sexual de la pasión a las mujeres, y ennobleciéndola, explicándola de antemano por todas las inocencias de la vida, una purísima y tan otra voluptuosidad de los sentidos, capaz de enajenarlos en los mismos raptos de embriaguez.

¡Inesina! ¡Trasunto de su madre! ¡Cómo iba desde chica impregnándola el amor a lo gentil!

Otro beso, aún, del ángel..., en una previsora y versallesca inclinación de minué..., y la deliciosa coquetuela dejó surgir a la ingenua glotoncilla, llena de fuerza y de salud, que la hizo coger y aplicarse a devorar el más grande pastel de la bandeja.

Sonaron pasos y sedas leves, fuera, y Eliseo compuso su actitud. Bajó los pies del mueble. Exquisitamente respetuoso con su Libia, tratábala con las cortesías que una reina pudiese merecerle.

-¡Hola! -saludó Libia, entrando y dejándole ver en la sonrisa el triunfo de glorias de su boca.

-¡Hola! -sonrió Eliseo.

Avanzó ella, con el ritmo de su larga elegancia desmayada, y se sentó. Espectro ideal de una ilusión de maravilla. Al marido, al poeta, al inmensamente enamorado, causábale la impresión de que su Libia no pesaba, no pisaba en las alfombras; de que se deslizaba siempre silenciosa y ondulante, tal que las mujeres de niebla que cruzan los ensueños.

¿Iría a ser tan bella, podría ser, podría llegar a ser tan diáfanamente bella la hija de los dos?... La niña heredaba de la madre la rubia palidez; de él, la corpulencia. Él, desde algún tiempo atrás, iba engrosando, más que de más, un poco..., y esto le inquietaba. Aunque, ¡no, lo justo, únicamente, para proclamar la estética euritmia de una vida satisfecha en un hombre de treinta años!...

Inesina, embelesándolos en un cambio granuja de sonrisas, comía y tenía, al fin, en cada mano un pastel.

-¡Qué mala es!- lanzó Libia.

-¡Qué mala es! ¡Qué buena es!- expuso Eliseo, con el mismo sentimiento de ternura que quitábale el valor, contradictorio a las palabras.

Hecha de todo y por todo la felicidad alrededor suyo, respirábala, condensábasele en el pecho tan intensa, tan intensa..., que casi le dolía. La complacencia de su alma se extendió un momento a la corrección, a la belleza y a la honda honestidad (armónicas e indispensables en su honesto hogar de corrección y de belleza) de aquella Clotilde, que les servía el té, y de aquella inglesita Jane, de color de estopa, que aguardaba rígida en la puerta.

De pronto, Inés dejó la mitad de cada pastel en la mesita.

-¡Hala! ¡Adiós!- se despidió -corriendo, tirando besos, volviendo la cabeza.

Tropezóse con Clotilde, que iba también a salir, y estuvo a punto de caerse y de caerla.

¡Ven, loca! ¡Loca! ¡Qué loca!

-¡Ah, loca! ¡Qué loca! -comentó asimismo el padre la rebeldía de la chiquilla a besarle nuevamente.

Siguiéronla con la mirada, cariñosos, y en la frente, de su Libia, inclinándose hacia ella, solos ya, dejó Eliseo el beso que no le quiso la rebelde.

La frente, las manos de Libia, quemaban. Además, el marido, contemplándola tan cerca, creyó advertirla los ojos encendidos, húmedos.

-¿Qué tienes?

-Nada.

-Sí, sí..., abrasas. ¿Has llorado?

-¿Yo?

-Estás ardiente.

-Bah, la reacción del baño. ¡Tan fría el agua! ¡He tenido que frotarme con colonia!

Volvía ella a sonreirse, refugiándosele en el hombro, toda dulce, y reparó Eliseo que no venía vestida: su lánguida escultura delatábase ideal de líneas en la amplitud del kimono blanco, cuyo enguatado forro de seda guinda, vuelto por las solapas y las mangas, hacía más nítidas las nieves rosa de sus brazos, suaves como lianas nobles del amor, de su garganta, larga como el cáliz de una orquídea...

-Pero, ¡mujer! ¿Así aún?... ¡Y son las cinco!

-¿Y qué?

-Que Astor no tardará. ¿Te olvidas del retrato?

-¡Bien, mira!- le tranquilizó Libia, inclinada a doblarse un poco el vuelo de la falda-. Estoy lista. Me falta el traje solamente.

Contra la interior sedilla grana del kimono mostró la hechicería de su pie, calzado por el finísimo zapato, y el prodigio esbelto de su pierna en los calados de la media.

-¡Oh, lujosa! -hubo de aplaudir el marido, a la evocación de otros más íntimos hechizos de la fastuosa beldad, en que era todo fausto, y en tanto que ella, casta, se cubría.

Contemplaron el retrato, obra ya casi acabada del grande amigo, del gran pintor. El enorme lienzo reposaba sobre el caballete, a la plena luz del hall, y constituía la suprema ostentación de las bellezas y elegancias de Libia. Hecho al pastel, su autor lo destinaba a la Exposición de Bellas Artes. Toda la figura, sentada sobre la tijera de un sitial dorado y perla, de frente, con una rodilla sobre otra, con el codo encima de las dos y la mano delicadísima en la barba, se destacaba clara y vaporosa sobre un obscuro fondo de brumas color oro, color cuero.

-¡Bah, Guillermo! ¡El insigne pastelista-retratista! ¡Bien va a lucirse contigo!... Otra gran medalla de honor, que esta vez será más tuya..., más mía, que no de él.

-¿Te da rabia?

-Casi celos. Es una... posesión de arte en ti, que fuese yo quien quisiera haberla realizado.

-Tú... ¡autor! ¡Hazlo! ¡Ponme en un drama!- le mimó Libia, doblándose a él con un beso.

Lo tomó Eliseo, en la boca, y repuso dolorido:

-¡Ah, si pudiese! ¡Lo he pensado tanto, tanto..., al ansia de tenerte en mi obra transfundida!... Pero, alma, ya ves tú...; es verdad aquello, que dijo no sé quién, de que... «las mujeres honradas no tenéis historia». ¡No, no tenéis historia ni dramas, las honradas!

Otro dolor, el dolor sin duda del dolor de él, y más intenso, quizá, al reflejarlo la mujer delicadísima, que siempre compartíale sutil las emociones, la hizo a ella repentinamente separarse y quedarse demudada.

Mirándola, el marido tornó a su pasada duda, en inquietud:

-¿Qué tienes? ¡Oh, sí, sí, Libia..., tú has llorado!

-¡No! ¿Por qué? ¡Qué tontería!

-¡Se te conoce en los ojos!

-¿En los ojos? Ah, sí..., ¡tienes razón!... Lloré..., pero de risa... oyéndole las ocurrencias a ese diablito de Inés, en tanto bañábala Jane.

Y como, nada más de recordarlo, reíase otra vez nerviosamente la madre candorosa, puesta en pie para salir, para vestirse, porque había sonado el timbre del portón y debía ser Guillermo... Eliseo la miró partir y quedó riéndose (aun sin conocer cuáles fueron) de las ocurrencias de la niña..., de aquella traviesa Inés de todos los ángeles diablitos, que les formaba a los dos el raudal de la alegría...

Capítulo II

Guillermo, ¡sí!... Antes que él, en fuga, como siempre, forzada por la obligación y el respeto, Clotilde entreabrió el cortinón para anunciarle. Al pasar, el tenaz irreverente soltó una risotada y le cogió a la joven la barbilla...

-¡Muñeca!

Huyó Clotilde, roja, sin decir una palabra..., y mientras el gigantesco artista se acercaba y arrojaba a una silla su chambergo, Eliseo le reprochó:

-¡Hombre, por Dios, que no es esto una taberna!

No hizo caso el insigne pastelista. Se dejó caer en la poltrona. Jadeaba. Traía unos periódicos en la mano, y púsose a hacerse aire con ellos. Luego, bufó:

-¡Uf! ¡chico!... ¡Noventa y siete escalones...! ¡Acabo de contarlos!... ¿No podías mudarte de este lindo palomar, aunque fuese a una taberna?

-¿Y el ascensor?

-¡Nunca! ¡Jamás!... ¡me ahogo en toda jaula! ¡Prefiero reventarme!

Se abanicaba, resoplaba, aflojábase el ya bien holgado cuello sin planchar..., y Eliseo, casi apiadado, mirábale y recordaba con envidia el vasto jardín y el bello hotel de las afueras que se podía permitir este famoso y potentado pintor con automóvil. Él, modesto aún, lleno de las mismas esperanzas, tenía que contentar su afán de luz, de aire, vecino de los cielos, en el moderno y último piso de alquiler del palacio de unos duques.

Mas... sentíase feliz, feliz con una gran felicidad que le dolía, hecha de amor, de espíritu, de arte...; hecha, sobre todo, en él, en su mujer, hasta en sus criadas, de purezas y bellezas y respetos... Y le enojaba y le admiraba no poder seriamente rechazar la irreverencia que se le infiltraba de la calle con el gran corazón y la nobilísima amistad del camarada que era al mismo tiempo un jovial y como infantil aturdido incorregible.

-Oye, Guillermo- insistió condescendiente-, ¡sé formal! Mira que a la chica no le gustan, y a Jane menos, ni a Petra, tus bromas. ¡Capaces serán de despedirse!

-Hijo, ¿Y a qué tener muchachas tan bonitas?... ¡Toma! ¿Has visto ese periódico?... ¡Habla de ti!... Parece que van a traducir y representar en Roma tu última comedia... ¡Bravo! ¡Te vas volviendo a escape grande hombre!

Le arrojó el periódico, Il Corriere della Sera. Desplegó otro, alemán, ilustrado, y se enfrascó en revisarle los muñecos.

Eliseo, que no hizo sino ojear por encima la noticia, porque ya la conocía, hubo de sonreír nuevamente al notar cómo su amigo tendía en abierto compás una pierna hacia el suelo y la otra encima de un sillón. Así le vería Libia, si llegase ahora..., harto acostumbrada, por suerte, al carácter de Guillermo; el cual, en cambio, reíase de las mutuas cortesanías del matrimonio. Igual, y aunque hubiese estado ella, habríale tocado los hombros o la cara a la muchacha.

Mirábale el autor dramático desde toda la disculpa de su alma delicada, correctísima. Era el buen pintor un hércules, un hombrote negro, feo, lleno de enmarañadas barbas y greñas, pero de una fealdad fuertemente simpática, leonina, que siempre habíale dado entre las mujeres gran partido, no obstante los descuidos de su traje, y era, además, un despreocupado bohemio de alta estirpe, que lo mismo se metía con una marquesa amante en un figón, que se iba de chaqueta a un palco del Real para no importarle, en el de enfrente, su mujer, su también gigantesca Ernestina, hermosa, estatuaria, asimismo despreocupada y loca amante, unas veces de un torero, otras de un actor, otras, acaso, del marqués de la misma marquesa en turno del esposo. Gran filósofo hastiado por todos los posibles triunfos y desengaños de la vida, con un bondadoso corazón de niño que se revelaba inmenso en la amistad y con unos puños de boxeador que surgían, a ser preciso, formidables, pasaba por la vida, a los cuarenta años, en afectuosa y cordial camaradería con su mujer, retratándola para todos los artísticos concursos, haciéndola célebre en Madrid y en París y en Londres con su hermosura hebrea, no siempre velada asaz honestamente, y perdonándola a fuerza de despreocupación y de sonrisas los múltiples trances galantescos a que la supondría expuesta con la libertad que concedíala en trueque de la que ella le dejaba.

Contábase de él que, una noche, bebiendo en su estudio de París champaña con tres amigos escultores, y hablando de paganas beldades femeniles, de las cuales ponía a la de su mujer como un arquetipo..., en un estético fervor de iluminado, los llevó a la estancia, al lecho donde ella dormía bajo una lámpara rosada; la descubrió, la mostró..., y volvió a ocultarla cautamente, dejando en su profundo sueño a la hechicera...

¿Ingenuidad, era todo esto cínica ingenuidad de niño, cínica ingenuidad perversa, delatora de una absoluta carencia de moral sentido, o era la serenísima conciencia de un hombre superior a no importase qué sociales trabas y prejuicios seculares?...

Eliseo, que estaba cierto de la infinita moralidad cordial de Astor, de la infinita y ruda nobleza insuperable en todo lo demás de su trato con las gentes, tenía que inclinarse, y no sin un casi terror de admiración, a lo segundo.

En todo caso, ¿cómo tomarle en cuenta la en el fondo nimia despreocupación más de una inofensiva caricia suya a una sirviente?...

Se admiraba, sí, él que sabíase tan opuesto, tan contrario, encantadamente prisionero de una felicidad flotante en los diáfanos respetos del alma de su hogar y de su Libia...; y como sintió a su Libia, de improviso, rumorosa de sedas entre sedas, deshízosele en respeto de venturosísimo cautivo la un poco envidiosa admiración que siempre le infundía el despreocupado, capaz de pasear triunfal de tal manera su extraña y libre dicha por el mundo.

La presencia de Libia bastó para acabar de imponerle al poeta su equivocación de aquella admiración. Resplandecía en su frente rubia la pureza de la madre -de lo que no era, de lo que no habría podido ser jamás, sugiriéndole al marido las ideas y sentimientos de bien otro angélico universo, la estéril hermosura de la un tanto bestial y pagana Ernestina del pintor.

Libia, la madre, la buena esposa..., la muy buena mujer de ensueño, no obstante..., venía radiantísima de lujo. Perlas en el pelo; perlas y brillantes en el lóbulo rosado de la oreja, en la garganta; brillantes y zafiros, y ópalos en las manos de ideal...; y en la estatua, por todo el fino y largo cuerpo de escultura desmayada, dóciles y finísimos cendales de una reina que fuese hada al mismo tiempo: sedas Liberty, malva..., tisúes de oro..., blancas transparencias también de tules plisados en trazos de piel marrón... ¡Ah, el contraste elegantísimo del leve tul y de las pieles! ¡La violenta y cadenciosa sinfonía por todo el cuerpo aquel del malva y del oro y del marrón!...

Saludábanse Guillermo y ella. El pintor, de pie, no por cortesía, sino por ir más pronto a la tarea del cuadro, que duraba hora y media cada tarde.

-¿Y Ernestina, Guillermo?

-Que viene, me dijo.

-¿Hoy?

-O mañana. Quiere ver nuestro adelanto de estos días. Recelosa del retrato. A poco más, ayer reñimos.

-¿Cómo?

-Teme, Libia, verse eclipsada en la Exposición por ti la vez primera.

-¡Aaah!... ¿Y el suyo?

-Acabándose. No le gusta. Encuentra que estás tú mejor vestida.

-Iré a verlo también.

-Bueno..., ahora... ¡al potro!... ¡Y a callar!

La condujo al sitial dorado y perla. Sentóse ella, cruzó una pierna sobre otra, apoyó en la rodilla el codo y la barba en una mano, toda doblada hacia delante en la posición que, por serle la más típica, la más habitual a su comodidad, habíala dejado el pintor que la eligiese..., y el pintor, con verdadero desenfado de amigo y de pintor, la alzó y la arregló más los vuelos y plegados de las sedas y las pieles hasta dejar los seis centímetros de media que debían mostrarse en el tobillo, cuyo pie tocaba el suelo.

Empezó el trabajo... en un silencio religioso. Cuando pintaba, Guillermo era todo de su atención, de su abstracción, y contrariábale que nadie hablara ni le hablase.

El retratista y la retratada estaban en el hall, ella medio de espaldas a la sala y, protegida de tanta luz con un pabellón de felpa improvisado en los cristales. Eliseo los veía a los dos desde el diván.

Mordió Eliseo un habano, lo encendió y abandonóse nuevamente a la emoción de aquella paz, de aquella calma, de aquella felicidad que a su alrededor flotaba intensa, densa, de un modo podría decirse físico y que casi le dolía.

Constituyéndosela al fin inconmovible, hasta los principescos lujos de su mujer, que acarreáronle tiempo atrás fuertes apuros, se iban encajando en armonía con los medios pecuniarios de la casa. Él, por una innata repulsión a la antiartística pobreza, amaba estos lujos más que Libia. No podía culparla; habíala animado al principio, y Libia no hizo sino excederse un poco locamente, ya puesta en la pendiente fastuosa, y siempre en el horror de ambos a los previos cálculos y números.

Aún los trimestres del autor hallábanse gravados con los descuentos de joyeros y modistas; Pero los éxitos de Apolo y la discreta habilidad para dar cien vueltas a sus trajes que hubo Libia de aprender en la experiencia dolorosa, sin peligro alguno ya, permitíanla este infinito agrado, orgullo de los dos, de adornarse aún más que antes.

¡Qué bella estaba!

Capítulo III

Salió el pintor. Salió el marido...; y ella, que, con sonrisa mártir, había recibido el beso del insensatamente venturoso, vuelta en el sillón dorado y perla, se quedó escuchando hasta que sonó el portón a lo largo del pasillo. Entonces, brusca, se dobló a sus brazos sobre el brazo del sitial en una explosión de llanto.

Fue breve. Estaba harta de llorar.

Alzó enseguida la cabeza. Su faz había cambiado a lo espantoso.

Miró el retrato.

¡Ah, sus lujos! ¡Cómo en el lienzo aquel, cómo en la obra del artista insigne, para eterna afrenta de no se supiese que sórdida catástrofe, iban a quedar representados!

Más que un drama, sin que el confiadísimo Eliseo pudiera sospechar que ella lo tendría y que en él iba a arrastrarle.

Alzó la vista de un punto del espacio, donde habíasele condensado lo cruel, y la giró en afán de liberaciones por la estancia. Sobre la chimenea vio dos muñecas rubias de su hija; por las paredes, retratos suyos, de la niña, del marido; en la vitrina imperio, unas figurillas de juguete que eran de los tres, y que asimismo proclamaban la inocencia de sus almas. Cosas que la acusaban, que la abrumaban más en esta hora de expiación.

Se sacó del pecho la carta feroz de la francesa:

«Muy señora mía: Para tratar de salir definitivamente de nuestra enojosa situación, ruégola que esta tarde, a las siete, venga a verme.»

Las seis. A las siete, arrastrando sus infinitos miedos, tendría que estar en casa de esta mujer que ya escribíala como en conminación fiscal. Poco después, arrastrando la realidad de su inmensa desventura, tendría que volver a encontrarse frente a las nobles confianzas de su Inés y su Eliseo.

Se levantó. Se retorció en una especie de penoso desperezo, y lenta, ingrávida, fantasma que ya no fuese de este hogar amenazado de destrozo, ni del mundo, cruzó el despacho y el salón, entre el ruido de sus sedas.

Tuvo que reposarse, apoyada en un sillón. El blanco lecho de Inés, al paso de la alcoba..., sus cosas, sus vestidos, seguían a gritos acusándola de la insensatez con que ella había arrojado por siempre a la miseria a la hija de su sangre.

Otro impulso, y entró y se encerró en el tocador.

Desde el centro, se vio copiada entera en un espejo. Estaba pálida, y horrible, lo mismo que una muerta.

Y... ¡ah, sus lujos... vistos nuevamente en la viva insolencia del cristal!

El cristal, ante los ojos tétricos de Libia, cobraba las diáfanas profundidades de un abismo. Lo que iba a ser, tendría que ser. Resignada, se puso a quitarse aquel colorinesco y rico traje de soirée, para ponerse otro... Los lujos no deberían servirla para haber llegado con ellos en cínica ostentación hasta el borde del desastre.

Mas, ¡oh!.. toda ella era teatral y fastuosa. Al sacarse las pieles y sedas y tules del vestido, el espejo la seguía copiando en un blanco esplendor de gasas y de encajes... Las caladas medias, el traslúcido y pequeño cubrecorsé-pantalón, ceñido abajo por las mollas de las ligas y arriba por los pálidos rizados del escote...

Tembló, rebelde. Crispáronsele las manos a los adornos del pecho, y en un rapto de locura pareció querer desgarrarse el pecho, el corazón, aquellos fastos miserables, siquiera, que de tal modo la infamaban.

Habíase clavado las uñas. La sensación de dolor, completándola físicamente el martirio, la lanzó al fatídico cajón de su secreto. Quería considerar todavía y por última vez el problema pavoroso... con más calma, con la terca decisión de volver a estudiarlo, y quizá resolverlo sin violencias.

Llegó a la mesita escritorio, sacó el fajo de papeles, y se instaló, junto al balcón, en el sofá.

La seca escuetez de una cifra la hirió en el primer papel que extrajo del paquete.

«36.540 pesetas.»

Volvía a asombrarse.

¡Santo Dios! ¿Era posible?... ¿Cómo deberle a madame Georgette semejante atrocidad?

«¡36.540 pesetas!»

Lo hallaba absurdo. Suma ratificada por ella, coincidía con la de la modista...; pero, quizás, seguramente, las dos se equivocaban.

Febril, se dedicó a ir revisando las facturas. Las más antiguas tenían fecha de dos años. Amable la francesa, su pérfida amabilidad (¡harto veíalo al fin!) pudo servirle igual para robarla. Aun poniendo a mil pesetas cada traje, resultaba inverosímil que en dos años, ¡qué disparate!, la hubiese hecho treinta y seis...

Un relámpago le resucitó en los ojos la esperanza. Torpe para las cuentas, hasta ahora no había encarado de este modo la cuestión. ¡Ah, si fuese ella la que, descubriéndola ladrona, pudiese llevar ante el juez a la modista!

Este razonamiento de la imposibilidad de treinta y seis trajes en dos años tenía una fuerza que podía apoyar en la menor investigación de sus roperos...

Se levantó convulsa, iluminada. Fue a los roperos. Abrió las puertas. Miró los trajes. Apenas si había once... Y cuatro abrigos... Y tres salidas de teatro... Sin embargo, no halló sencillo el cómputo, y se limitó, para evitarse a sí misma aquella cocotesca desnudez, a cubrirse con un obscuro vestido de pañete.

Volvió a su asiento. La revisión de cuatro o seis facturas más, acabó de consternarla. «Por un abrigo largo, piel renard... 1.800 pesetas.» «Por un abrigo de nutria...2000»... También, ropas de Inesina. Justificábase la cuenta. ¿A qué obstinarse en regatear, partida por partida, nuevas rebajas que en nada modificarían la situación?

Apartó desalentadamente los papeles, y huyó de ellos, volviendo a levantarse.

Un retrato de su hija hízola llorar más hondas amarguras. Lo besaba. Oprimíaselo al corazón.

Con el retrato en la caída mano y con un codo en el testero del lecho, púsose en seguida, nuevamente, a considerar lo inútil de recurrir a su familia o de echarse en lágrimas a los pies de su marido confesándole el horror inevitable. Éste se sabría igual cuando horas después ella volviese de casa de Mme. Georgette, con el alma desgarrada, y cuando días después viniesen los embargos, la miseria, el éxodo de ella y de Eliseo y de la hija de los dos ocultando su vergüenza de mendigos.

Sentía frío.

Un frío glacial de desamparo.

Abrumada por su pesadumbre de maldita, que pesábale como un ondulante universo negro en la conciencia, dejó el retrato, vagó unos pasos sin sentido, y tornó a caer en el sofá.

Había cerrado los ojos. Miraba ahora dentro de sí misma, puesto que fuera no veía la salvación, y hundíanse sus ansias en el mínimo consuelo de buscar una disculpa. No fueron exclusivamente suyas la ceguedad y la imprudencia.

Cuando soltera vivía con casi estos mismos lujos, igual que las hermanas y la madre, en su casa; el padre, no rico, alto funcionario de Estado, actualmente en Alemania, consumía el sueldo en la ostentosa y digna relación con la buena sociedad. Así hubo Elíseo de conocerla, entre las glorias de un triunfo suyo, de teatro, y debió hallar indelicado el imponerle la decepción de la pobreza de ambos al día siguiente de su boda.

Hijo Eliseo de un profesor de Instituto de Jaén, y acostumbrado en su familia a la modestia, ganaba quizá bastante, pero poco, de todas suertes, para sostenerle a su mujer los hábitos de elegancia y distinción que él mismo amaba por un culto fervoroso hacia lo artístico.

La irreflexiva imprudente encontró, pues, un imprudente reflexivo que hubo de alentar su inexperiencia; un gentil apasionado que desde su humilde condición, sentía el pesar de rebajarla en rango, y un artista soñador siempre lleno de esperanzas de riqueza, de triunfos plenos capaces de llevarles a la vida esplendorosa que debía esperar de sus talentos. Fácil para ella el crédito con las modistas y joyeros de sus padres, cuando no podía pagar en otras, a las primeras cuentas importantes Eliseo la disculpó: «¡Sí, sí, bien, Libia, no te apures! Tú no puedes dejar las amistades de tu casa, y tienes que vestir. Mi éxito de la Princesa dará para ese pago.»

Efectivamente, la liquidación del primer mes de aquel éxito, sin contar con otros que aguardaban, hízoles salir del disgusto pasajero. Persuadida Libia de que las cuentas se podían pagar en más o menos plazo, contrájolas más grandes. Él se aplicó a escribir y a sus tertulias literarias; ella, a demostrar a las viejas relaciones familiares que había hecho un excelente matrimonio. Y a las segundas cuentas presentadas, con un poco de sorpresa del marido, éste se rehizo y replicó: «¡Bueno, Libia, no te inquiete, no te importé! Tomaremos un empréstito. Llegará el éxito definitivo que me consagre gran autor, y fuese injusto que, entretanto, yo te redujera a las feas incomodidades de una vida que no tardará en volvérsenos espléndida.»

Siempre más rico de imaginación que de dinero, se limitó a recomendarla prudencia; y la gentileza de aquellas modistas y sombrereras y joyeros que cobraban, multiplicáronle a la inexperta chiquilla, que ya era madre, sin embargo, las sendas de perdición. A sus rumbos, sin otro objeto que hacerse en todas partes admirar como bella y elegante, se unieron la de la niña y los del ama; pasó otro año, y las cuentas nuevas alcanzaron un nivel tanto más terrible cuanto más mermadas hallábanse las rentas del autor por deudas y por réditos. Fue el principio del fin. Fue el primer casi disgusto de los dos. Acabó de intervenir en los agobiados trimestres una especie de junta de acreedores, y entonces sí, digno, comprendió Eliseo y la hizo comprender aquella veloz marcha hacia la ruina. Digna Libia, prometió una circunspección que los salvase.

Mas ¡ah!... el propósito duró dos meses, tres quizá, mientras duraron también las galas de la dama bien surtida...; y ella, o acaso él, triste de verla triste, y feliz con otro estreno, compraron el brillante nuevo o el nuevo traje de caras sedas que retornáronla a la horrenda tentación. Se había hecho presentar por Ernestina a Mme. Georgette, que confiada en la garantía de la presentación y en la no regateada sencillez de los primeros pagos de Eliseo, hubo de irse luego conformando (¡francesa y bien funesta amabilidad, la suya!) con las sumas por Libia entregadas entre ruegos de espera y de secreto para el pago del total...; y he aquí que el total, sin saberse cómo, a los dos años, cuando más el marido noble y bueno encontrábase en la cándida ignorancia de aquellas cuentas, contento de ir a verse libre de atrasos para siempre, a los ojos asombrados de ella presentaba la cifra brutal, impagable, inverosímil.

Abrió los ojos, los ojos asombrados, y volvió a ver la enorme cifra en el papel:

«36.540 pesetas».

¿Cómo solventarla dada la económica situación de ellos y agobiado con descuentos de otras deudas por quién supiese cuánto tiempo aún?...

Mme. Georgette habíasele manifestado últimamente ejecutiva, inexorable. Inútiles las lágrimas y súplicas. Las sombras del juez, del embargo, del escándalo social, sólo cedieron al confesar la ingenua y espantada Libia que ni aun reduciéndola a la miseria y al descrédito podría quedar la deuda medio satisfecha: no valdrían la quinta parte de la suma los muebles y efectos todos de la casa puestos en subasta... Sólo cedieron, sí, sólo apaciguáronse de este modo las tercas aunque siempre bien habladas amenazas de Georgette; sólo de manera tal quedó conjurada la inminencia de enterar a Eliseo del conflicto que él no podía evitar...; y hoy, al fin, el rigor de la modista, reexcitado, a no dudar, por su egoísmo de sacar lo que pudiese, siquiera, sin importarla más de ajenos infortunios..., la llamaría para notificarla el comienzo brutal de lo espantoso.

No la frente, ahora, sino todo el cuerpo, todo el ser de la infeliz, tronchado en llanto y convulsión, cayó de bruces a lo largo de aquellos papeles que eran en sus lujos y en su vida fatídicas banderas de derrota...

Capítulo IV

Todas las tardes, al anochecer, el bello hotel número 4-A de la calle Villamagna era el centro, el templo de una peregrinación elegantísima.

Robes -Mmz. Georgette- Manteaux

leíase en dorada y rasgueada letra inglesa por los tres balcones de la fachada principal. Y ante la cancela, de vuelta del paseo en la Castellana, deteníanse blasonados coches con magníficos caballos, y excelentes automóviles que vibraban tomando turno de espera, mientras las damas cruzaban el jardín.

Un negro de gallarda figura e impecablemente vestido de frac rojo, desde la escalinata del vestíbulo, exornada con las estatuas castas de una Minerva y una Hebe, y sombreada por los sauces, recibía y guiaba a las visitas, según su pretensión. Había señoras que deseaban probarse sus vestidos, y pasaban al despacho del taller; había otras que iban a conferenciar solamente con madame, y pasaban a la suave intimidad azul de un gabinete; habíalas también, en fin, cuyo objeto no era otro que cambiar impresiones entre ellas mismas, y subían hacia el salón.

Templo; o mejor dicho, club femenino que había instituido poco a poco la costumbre. Cuatro o seis señoritas de obrador, maniquíes para las pruebas, rubias y morenas, blancas, para gustos diferentes en los trajes y en los tipos, finas y bonitas, todas, sabían, además, llenar a maravilla su misión de cumplimentar y entretener a las ilustres concurrentes, mostrándolas ilustraciones de modas extranjeras, hasta que las podía conceder unos momentos la dueña de la casa.

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