Read here

Los gusanos

Silverio Lanza · 1909 · Free in the US

11,822 words · about 50 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

Free in the US: this text is in the public domain in the United States; it may still be in copyright elsewhere.

Licence: PD-US · Published in 1909 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=Los_gusanos&action=history). · Wikisource contributors

Text from Wikisource and set out for reading on screen; no words of the book are rewritten or summarized. How RedLectern is built

About this book

Author
Silverio Lanza
Language
Spanish
Published
1909
Length
11,822 words · about 50 min
Sections
4 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (4)
  1. Primera parte about 13 min
  2. Segunda parte about 15 min
  3. Tercera parte about 16 min
  4. Cuarta parte about 5 min

Continue:

Primera parte

De la virtud y de los beneficios que proporciona

No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca ó ya la frente, silencio avisen ó amenacen miedo.

(Quevedo)

No me caso con Petra -dijo Manolo- hasta que yo no tenga una casa mía, para que á mi mujer no la puedan echar de ninguna parte: ni el casero.

Y Manolo, que era mozo de mulas, y ganaba nueve reales diarios, dejó de fumar, de beber vino, de jugar al mús, de ir al baile, y hasta de ir á paseo. Cuando estaba libre, tejía capachos de esparto para los molinos aceiteros, y se los pagaban bien. En un año ahorró setecientos y quince reales. No quiso prestarlos á réditos; y cuatro años después, compraba á Crisanto una casita que poseía de ochocientas cincuenta pesetas.

Lo supo el tío Gusano y dijo á Manolo:

-Hombre: ya sé que has fincado. Que sea enhorabuena. Y ¿á quién le has robado la casa?

-Yo no robo á nadie.

-Parece milagro.

-Abur.

-Convidas?

-Ya tiene usted de más con lo que tiene.

-Lo mismo digo.

No bastaba que Crisanto asegurase que vendía la casa, y que había recibido el importe: era preciso que de ello diesen fe el Notario, el Liquidador, el Registrador, y el Secretario del Ayuntamiento. Manolo pagó á estos señores los derechos personales y los derechos del Fisco; y entonces, supo que la sociedad no le reconocía la propiedad indiscutible sobre la casita, sino el derecho á litigar si alguien se apoderaba de la casa, ó creaba en ella servidumbres. Y supo entonces que, si llegaba ocasión del pleito, y lo perdía, y la sociedad le dejaba sin casa, no le devolvían el dinero que había pagado á esa sociedad; y que sería él quien abonase los derechos de sus imprescindibles abogado y procurador; más los derechos del abogado y del procurador de la parte contraria; más las costas designadas por los escribanos; más el papel consumido. Y también supo que, si la sociedad necesitaba dinero, se lo pediría á él, que era propietario, y ya no podía ocultar su riqueza como antes la ocultaba en una pata del catre.

Y, porque hay una relación íntima y desconocida entre las vísceras y el espíritu, llegó á las vísceras el malestar del espíritu, y Manolo cayó enfermo.

Entonces supo que, por ser propietario, no tenía derecho al socorro de la beneficencia municipal, y estaba obligado á pagar al médico y las medicinas.

Manolo pidió que le llevasen al hospital, pero el Estado había intervenido la fundación particular, quedándose con los fondos de ella, y creando un patronato caprichoso que, ateniéndose á la escasez de recursos, sólo socorría á los pobres; y el Ayuntamiento sólo pagaba las estancias de los toreros heridos en las fiestas de Agosto; y así evitaba, las reclamaciones de éstos.

El tío Gusano abrió la entornada puerta.

-¡Ave María!

-¡Sin pecado concebida! ¿Quién es? -dijo Manolo desde la cama.

-Soy yo.

-Adelante.

-Hombre: no creas que vas a morirte porque vengan los gusanos á verte.

-Nada de eso.

-Pero supe que estabas malo; y he venido para servirte.

-Muchas gracias.

-Y para decirte que, hace días, te incomodaste con este pobre viejo porque te dije que habías robado la casa; y ahora verás que, si no se la robaste á otro, te la robaste á ti mismo; y, por eso, estás en la cama.

-Puede que sí.

-El Evangelio.

-Ya sabe usted que no tengo médico ni botica ni hospital.

-Los tenías, y te los has robado.

-¡Qué posma se pone usted!

-Hombre: las fuentes nunca echan más que agua.

-Pero sirven para algo.

-Y yo.

-Usted regaña y no aconseja.

-Si no eres hombre de bien, roba lo que necesites; y si eres hombre de bien, devuélvete lo que te has robado.

-Es decir: que venda la casa.

-Bueno.

-No hay quien la compre.

-El señor Romualdo, el Pastor.

-¿Ha venido usted por mandado de Romualdo?

-¿Lo preguntas para pedir más caro?

-No, porque no la vendo.

-Es el trato que menos produce.

Se marchó el tío Gusano; y sobre el ruín catre quedó el recio cuerpo de Manolo, que latía sin esfuerzo, con intervalos breves y fijos: como el reclamo mecánico que pregona las horas en un reloj de cuco. Durmió, y se despertó sediento. No había agua en la jarra. Se levantó, y también halló el cántaro vacío. Se dió cuenta de su soledad, y se sentó en el borde de la cama. Después se vistió, cogió el cántaro, salió, cerró la puerta, y se marchó á la tienda. Compró pan y dos chorizos y, al regresar por la fuente, halló á Petra y la madre de ésta.

-¡Gracias á Dios, hombre!¿Y tú eras el malo?

-Ya estoy mejor.

-Porque el mal no ha sido cosa, según se ve, y no has dado tiempo á que mi marido fuese á verte, porque nosotras no está bien que vayamos á casa de un mocito.

-Claro.

-Y menos por interés ninguno; porque á ésta nunca le han faltado dos libretas, á Dios sean dadas; y ya ves si está gorda.

-Muchas gracias.

-Y ya ves que, si fuéramos al interés, pues te hubiéramos dicho que al comprar la casa, la hubieras puesto en la cabeza de ésta, que es lo regular.

-Yo creía...

-Y que te esperasen un poco; porque ya me ha dicho el sacristán que ahora no podéis casaros por pobres, y que por ricos hay que pagar todos los derechos; y que te costará los cuartos.

-¡Paciencia!

-Dios nos la dé á todos. Conque digo que nosotras vamos con los cántaros á cargar, y que celebro tu mejoría. Conque, adiós, y tú, chica, que no te tardes.

Echó á andar la vieja, y quedó Petra con Manolo.

-No has enviado una mala razón.

-Creí que lo sabías.

-¿Por quién?

-No, ha venido nadie á verme: la Alfonsa, la tabernera, para ver si me ponía el avío corno todos los días, y el tío Gusano, y Pocapena, el alguacil, para decirme que no me daban socorro ni cama.

-Ni te hace falta.

-Porque estoy mejor.

-Y porque eres rico.

-Parece que también te burlas.

-¿Yo?

-Pues ya sabes que para ti he comprado la casa.

-No es mala intención. Pero ahora buscarás otra propietaria.

-Yo no busco á nadie. ¿Que quieres decir?

-No te acalores. Pero que no te creas tu, ni nadie, que voy á casarme contigo sólo por el interés.

-Pero ¿qué riquezas pinta una nada de abrigo con cuatro paredes y cuatro tejas?

-Eso digo yo, pero que te atajo porque da que pensar que así que te fincas, haces que te da un mal, y no me dices nada.

-¿Es que crees que no he estado malo? Pues bien se me conoce.

-Yo no te noto sino que hueles á cerdo.

-Gracias, mujer.

-Bueno; á embutidos.

-Eso es otra cosa.

-¡¡¡Chica!!!

-Allá voy, madre.

-Hasta luego, Petra.

-Adiós, hombre, y que no te repita.

-¿El qué?

-El mal.

-Ni á ti el olor.

Reunióse Petra con su madre; y juntas, y riendo bajaron hacia la fuente. Volvió Manolo á su casa, y dejó sobre la mesa el pan y los chorizos.

Se sentó Manolo en la silla, y con los codos sobre las piernas, y la cabeza sobre las manos, estuvo en pertinaz meditación. Llegó la noche; volvió Manolo á la realidad, y aterido de frío, se echó sobre la cama, y se durmió.

Despertó al amanecer, según tenía por costumbre, y se sintió fuerte. La madrugada era agradable, y Manolo sacó agua del pozo; se lavó, comió gran parte del embutido crudo; bebió un sorbo de vino, y se dispuso á reanudar su labor en casa del amo, á comer en la taberna, como siempre, y á desposarse pronto.

Llegó á la casa del amo, cruzó el patio para ir á las cuadras, y vió á Pajitas, que salía de ellas.

-¡Hola, hombre!

-¿Ya estás bueno?

-Me parece. ¿Es que vienes por ganado para una huebra?

-Ya no estoy con mi tío Cayetano.

-¿Por qué?

-Me llamaron para quedarme en tu puesto.

-¿En mi puesto?

-Chico; á mí no me acumules nada. El amo me, llamó, me dijo que tú estabas rico, que te habías echado á no trabajar, que te hacías el enfermo, y que si me convenía, que antes era yo. Y yo le dije así: que yo no era de entra y sal si no es por hacer un favor. Y él me dijo que para siempre y que, si quería, a seco o como quisiera. Y yo le dije que á seco, porque tenía el calor de mi tío. Y él dijo que bueno. Y yo le dije otra vez que si sería para siempre, y más me dijo: que para ti no sería nunca, porque antes era el jornal para un pobre que para un rico como tú.

-¿Dónde está el amo?

-Pa mí que se ha ido á la ribera, porque se ha ido en la mula, porque dice que vadea mejor.

-Ya le veré.

-Y tú haces tu conveniencia, pero tan amigos, porque yo... ¿no es eso?

-Sí, hombre

Salió Manolo en busca del amo, y cuando llegó al ruedo y á las empedradas eras, brillaba, iluminada por los rayos del sol, la piranosa cúpula de la iglesia parroquial.

-Y, si le encuentro, me dirá lo mismo que me ha dicho Pajitas. ¿Voy á ir con amenazas? ¿Por qué? Pero le diré que no soy rico; que soy más pobre que antes, cuando él me daba trabajo y yo tenía más dinero que ahora; porque tenía lo que vale la casa, y lo que he tenido que pagar á los de justicia. Y antes, porque tenía guardado mi dinero y no lo veían, nadie me lo echaba en cara. Y, ahora, todo se vuelve desprecios y...

Sentóse en el pretil de una era, y, mucho después se levantó. Había decidido vender la casa; y fué en busca del señor Romualdo.

El señor Romualdo, hombre viejo y rico, estaba sentado á una mesa, y entretenido en liquidar, sin escribir, las cuentas de un montón de tarjas: con la suma de las mesadas que marcaban comestibles, jornales y préstamos en especie ó en dinero, las marcaba con centenas, decenas y unidades en las tres aristas de otras tarjas dedicadas á este fin.

Recibió agradablemente á Manolo; y le hizo sentarse.

-Me han contado de ti un favor y un disfavor, como en los juegos de prendas. Me han dicho que habías fincado, y que estabas enfermo.

-Verdad: sí, señor.

-Pero ya estás bueno.

-Parece que sí.

-Me alegro. Y, ¿traías algo?

-Venía para ver de vender la casa.

-¿Es mala?, ó ¿la quieres comerciar con ganancia?, ó ¿te ha salido mejor colocación para el dinero?

-Eso: sí, señor.

-Entonces, se te puede comprar la casa.

-Bueno, y ¿cuánto da usted?

-Digo que esto no será como los Oleos, que no tienen espera; y me dejarás que lo piense algo.

-Usted verá.

-Te lo digo porque tu casa ha cambiado mucho.

-¿En quince días?

-En media hora. Y lo vas á ver. Siempre se ha dicho que las escuelas se harían en aquel barrio; porque el municipio tiene las láminas para ello, que no las puede tocar; y el terreno para ello, que está al lado de tu casa, vamos que entre tu casa y el terreno de las escuelas, está una tira mía que se la doy regalada á Pocapena para que la labre con lo que va hasta la cañada, y es lo de las escuelas. Y ya habrás visto que la labor de mi tierra va cruzada con la labor de la otra; y si te dicen que Pocapena, cuando labra, mete todos los años en mi tierra un pie de la otra, di que no es verdad; porque, aunque el municipio y yo no tenemos fijada nuestra cabida, porque el fijarla cuesta los cuartos, todo el mundo sabe que yo soy incapaz de robar á nadie y menos al Ayuntamiento, que sería robaros á todos. ¿Eh?

-Verdad.

-Pues ahora se trata de llevar las escuelas junto á la ermita de San Roque, comprándole al señor Segundo una fanega, y una cuartilla, en lo hondo, y que no cría nada; y que dice que es suya; y aguarde á que se acuerde el traslado para hacer la información posesoria. ¡Un apaño de los muchos que hay!

-¡Qué granujas!

-Esa es mi palabra. De modo que, si las escuelas se hacen en la cañada, vale tu casa algo.

-¿Y si no se hacen?

-Pues, hijo, di que nada; ó di una onza ó veinte duros: que eso no va á ninguna parte.

-¿Y por una onza se quiere usted quedar con la casa?

-¡Pero si yo no quiero quedarme con ella. Tú ofreces; y ofrezco yo.

Salió Manolo aturdido. Ante su espíritu habían pasado miserias ciertas ó presuntas; y sentía en el alma un asco súbito, mi olor de podredumbre social, insoportable é inevitable, que no era posible enterrar como el cadáver descompuesto; que no era posible evitar como los miasmas de pantano; y, que no era posible curar con energía y con amor como la úlcera. Y que tampoco era posible denunciar públicamente para prevenir la salvación propia y la salvación de todos los hombres; porque aquella podredumbre se ajustaba, como parásito, al derecho constituido. Y para vivir en él y medrar en él, se había de ser como el señor Romualdo, como el gusano de lo infecto: el gusano pardusco y baboso cuya fealdad ofende, cuyo hedor asquea, cuyo contacto es tóxico, y que nunca ha merecido un verso de los poetas que cantan las grandezas de la libertad y las grandezas de la tiranía; ni ha brotado de la paleta brillante y policroma de esos pintores que encierran en el plano de un breve lienzo las maravillas de espacios y de sentimientos inmensurables.

El pobre Manolo halló que, al comprar la casa, había perdido sus ahorros, y el salario y la beneficencia municipal, y la caridad privada, y la estimación pública, y... y, ¿por qué?

Y, pensando en ello iba, cuando vió, á lo lejos, que, en la puerta de su casa, había un grupo de gentes. ¿Serían amigos que le visitaban? ¿Habría fuego? No se veía humo. De todos modos, sería necesario asegurar la casa, como lo hacían los ricos.

Aceleró la marcha; le vieron llegar, y llegó.

-¿Qué pasa?

-Entre usted, y todo el mundo ahí fuera.

-¿Qué ocurre, señor Mariano?

-Habla usted con el juez.

-Para servirle.

-En uso de mis facultades he mandado abrir la puerta, porque usted no la abría.

-No estaba aquí. Si hubiera estado...

-Y ayer tarde, ¿dónde estuvo usted?

-En casa.

-Al hecho de autos. Esta mañana, en el lavadero, la tía Fulgencia Redondo y su hija Petra, su novia de usted, han dicho á cuantos las han querido oír, que ayer tarde, al regresar usted á su casa-habitación, olía usted á cerdo. ¿Está usted conforme?

-Sí, señor.

-Juez.

-Sí, señor juez.

-Ahora bien... Otrosí: el juzgado ha descubierto en esta misma casa, que es morada del procesado, un trozo de chorizo, del que el Juzgado se ha incautado como cuerpo del delito. El juzgado no necesita saber más. Puede usted retirarse: es decir, puede usted esperar. Extienda usted la declaración; y que la firme el reo. Y la diligencia para que el cabo envíe un guardia. Queda usted detenido desde este preciso instante. ¡Pocapena!

-Pero yo... ¿por qué?

-El juzgado no puede dialogar.

-Me parece que yo tengo derecho.

-Usted ejercitará ese derecho ante la vindicta pública, por sí, ó por el letrado que tenga su causa de usted, ó séase su causa-habiente; porque la ley no desampara al reo. ¡Pocapena! Pero, ¡jorobar!, ¿dónde está ese hombre?

Salió el juez municipal al patio; abrió la puerta de la calle y preguntó por el alguacil.

-Está aquí junto: ¡como es suyo el sembrado!

-¡Pues, que venga!

Fué Pocapena á la casa-cuartel de la Guardia Civil; y con él, volvieron el comandante del Puesto y un guardia.

-Señor secretario: ¿ha firmado el reo la requisitoria?

-Sí, señor.

-Pues extienda usted la diligencia de entrega á la Guardia Civil; y la firmará usted, cabo. Lleva usted este hombre á la cabeza de partido, y lo pone usted á disposición del señor juez del distrito. Y lo lleva usted atado, porque ya sabe usted que es suya la responsabilidad.

-Perdone usted, señor juez; yo tengo dispuesto el servicio de mi fuerza. No hay á mí disposición nada más que este guardia, que está de puertas; y, si fuese lo mismo hacer la conducción esta tarde, cumpliría la orden la pareja que vuelve de celebrar una entrevista.

-No es lo mismo.

-Está bien. Guardia, hará usted esa conducción.

El comandante del Puesto se encaró con el preso.

-¿Tiene usted que recoger algo?

-La manta.

-Y que no se lleve más -dijo el juez-.Todo esto se ha de embargar para costas; y el Juzgado sellará la puerta.

Salieron del patio á la calle que estaba llena de gente; y, cruzando el pueblo, fueron el guardia y Manolo hacia la carretera que conduce á la cabeza de Partido. Cuando los curiosos volvieron á sus cubiles dijeron, con la ligereza y con la solemnidad propias de los ignorantes, estas sentencias:

-¡Así ya podía comprar Manolo casas! ¡Ahora resulta que había robado unos cerdos en el cortijo de D. Esteban! ¡Ya lo decía yo!

Entretanto caminaba Manolo, y no llevaría andando un cuarto de hora cuando se le adelantó la tartana en que iban el juez municipal y el secretario.

Manolo fué ál juzgado, y después á la cárcel. Allí le dijo el alcaide que no podía dar el socorro de dos reales á los presos que tenían bienes; y Manolo vendió su manta, y se arranchó con los socorridos.

Por fallecimiento de su suegro se hallaba ausente el juez de instrucción y de primera instancia; y le sustituía el juez municipal, caciquillo sin cultura, obediente á las órdenes del escribano; y que tenía, como asesor, á un letrado viejo que pasaba su vida tras el mostrador, ó la caja, de su gran tienda de drogas.

Y reunidos en aquel establecimiento los dos jueces municipales, el secretario del uno, y el asesor y el escribano del otro, se acordó lo accidental, que era procesar y encarcelar á Manolo, designado por la opinión pública como autor de un robo de cerdos; y lo esencial, que era lograr de los altos poderes, ó sea del gran cacique D. José, que los comandantes del Puesto, y los jefes de línea, tuvieran el respeto debido á los jueces municipales que, por ser legos en derecho, en cortesía, en sintáxis y en delicadeza, habrían de encarnar mejor el espíritu democrático que informa las constituciones de las modernas colectividades sociales.

Y los reunidos aplaudían esta frase del guasón escribano, mientras Manolo dormía al arrullo de su pura conciencia.

Segunda parte

De la popularidad, y de los beneficios que proporciona

Vás marchando entre lágrimas y cieno, y aire de tempestad tu rostro azota: tu iniquidad, como sutil veneno, la fuerza de tus músculos agota. ¡Oh, sociedad rebelde y corrompida!, perseguirás la libertad en vano; que, cuando un pueblo la virtud olvida, lleva en sus propios vicios su tirano.

Núñez de Arce

«Querido compadre: Te envío esta carta por el guardia Martín, que tú conoces, porque estuvo á tus órdenes y es buen sujeto y va ahí por asuntos personales.

Gracias á Dios, todos buenos, y tu ahijada te está bordando unos tirantes que es un primor. La mujer con sus males de siempre y yo pensando en el día que podré irme á mi casa á comerme las cien pesetas que es el máximo que puede corresponderme y que me cuestan muchas penas y toda una vida de pasar trabajos.

Lo principal de ésta, es para decirte que aquí tenemos de juez municipal al que tú conoces, y el hombre ha metido en la cárcel del partido á un desdichado que nada tiene que ver con el robo de cerdos en el cortijo de don Esteban.

Pues bien, hablando el otro día con Ramón, el barbero y ministrante, le pregunté por Ulpiano, que lleva dos semanas sin parecer por el pueblo, y Ramón, que siempre ha hablado mal de él porque le debía el Ulpiano unos duros, se hizo el desentendido y cambió la conversación. Pero me tragué la partida y me fuí la otra tarde al correo á la hora de recoger Saltamontes las cartas, y vi una para el Ulpiano. Me vine al cuartel, cogí una receta del Ramón, volví al correo y vi que era el Ramón quien escribía al Ulpiano que vive ahí, según el sobre, en la posada de Mira al Sol.

Creo que ese es el principal autor del robo de los cerdos que ha pagado con largas á Ramón lo que le debía, y que el Ramón le avisaba de que yo pregunto por el Ulpiano.

Dame las noticias que puedas y si hay algo daré noticia al señor jefe de la línea, para que disponga este servicio como guste.

Y me envías la respuesta con Martín que es de toda confianza.

No te envío recuerdos de la familia, porque no les dije que te escribía, pero tú sabes cuánto te quieren todos como a Soledad.

Adiós, tu compadre y amigo, que te abraza.

Tampoco firmo por si se pierde ésta».

«Querido compadre: Martín te lleva para mi ahijada una participación para la lotería de Nochebuena. Los tiempos no dan para más, pero también os enviará Soledad alguna cosilla en Año Nuevo.

Las cartas para Ulpiano López vienen á la posada, pero manda á recogerlas, porque él está encerrado en la venta de Campo-Llano con su querida, que es una hermana de la ventera. El ventero sopla (porque le tengo alineado); y te diré que los cerdos robados fueron once, y los robaron el Ulpiano, su antiguo consorte en Ocaña, Gregorio Ruiz, y un muchacho que no conozco. Les ayudaron el manigero de D. Esteban, su mujer y el porquerizo. Sacaron los cerdos, de la pocilga, á las nueve de la noche; los llevaron al monte, y los vendieron á todo riesgo (á siete duros cabeza), á los hermanos Santa Cruz, y estos gitanos los habrán vendido en Navalarga.

El Ulpiano no se me va, y el Gregorio lo tienes seguro mientras no sospeche, y esté ahí la Colorada.

Me acaban de decir que ha muerto el sargento Ramales. Habrá sido de un sofoco. También tenía allí un cacique tan malo como el tuyo.

Da recuerdos de nuestra parte á Eugenia y á la chica, y recibe un abrazo de tu compadre,

Francisco».

Manolo, después de quedarse sin manta, se quedó sin una peseta, pero sus compañeros le enseñaron que el dinero llega por tres caminos: el de ganar, el de robar y el de pedir. Y estando cerrados los primeros era necesario pedir á quien tuviese. Además le enseñaron que el rico da uno por amor; dos por honor, y todo, por temor. La consecuencia de estas enseñanzas fué que Manolo escribió al señor Romualdo suplicándole algún socorro; y terminaba la carta pidiendo á Dios le conservase el almiar y el plantío libres de los fáciles incendios que producen las chispas de los cigarros y las cenizas del picón.

El señor Romualdo contestó en seguida. Dolíase de no tener dinero disponible, pero compadeciéndose del preso, le enviaba un billete de cincuenta pesetas.

Enternecióse Manolo, pero le advirtieron que no contestase, y que escribiese al señor Deogracias pidiéndole un socorro, y exponiéndole la tacañería de Romualdo.

Deogracias envió cien pesetas, Romualdo envió otras ciento, y Manolo se dispuso á disfrutar, en la cárcel, de una larga y agradable vida.

Pero no fué así.

D. Miguel, Juez de Instrucción y de Primera Instancia, volvió á Vallindo; tomó posesión, recibió las naturales visitas de pésame, y se enteró por el escribano de que había un procesado por robo de cerdos. En seguida supo, por el jefe de la línea, los detalles del robo, y aquella noche fueron capturados Ulpiano y Gregorio. El asesor tendero fué al juzgado, pasó á saludar á su señoría, y le aseguró que Manolo era sujeto de mala conducta, protegido por el cabo de Montivega.

El Juez se hallaba en perfecto equilibrio mental. Era un caballero joven, guapo, ilustrado, que al conseguir un puesto en la carrera judicial, pidió la mano de una linda señorita, cuyo padre vivía sórdidamente, y había obligado á sentar plaza a su hijo varón que, luchando, logró ingresar en la Academia de Toledo, y ser oficial de Infantería. El viejo miserable negó su permiso, y D. Miguel tuvo que depositar á su futura, y casarse con ella sin recibir de su suegro sino los más groseros insultos.

Acababa de morir el viejo dejando á sus hijos una respetable fortuna en valores del Estado, y escondida en el secreto de una arca, y D. Miguel, recordando los millones que poseía y la independencia que le aseguraban, se sentía apto para ser justo, y deseaba que toda la Magistratura tuviese igual independencia, para que nunca el hambre, disimulada por un sueldo mezquino, pusiese á ningún juez en la disyuntiva de sacrificar su vida en aras de la virtud ó sacrificar su honor en aras del cacique.

Las insidiosas advertencias del viejo asesor, despertaron las sospechas de D. Miguel, y estudió el asunto. Obtuvo las confesiones de Gregorio y de Ulpiano, recogió las buenas referencias acerca de Manolo, se convenció de que éste se hallaba enfermo cuando se realizó el robo, y se rió de aquellos jueces municipales, impuestos por la maldad política, y para quienes un trozo de añejo embutido era cuerpo de delito en un inmediato robo de cerdos.

D. Miguel se lió la manta (ó los millones) á la cabeza, sobreseyó respecto á Manolo, y le dejó en libertad.

Manolo recibió alegremente la noticia, soportó los abrazos y los encargos de sus compañeros de prisión, y salió á la calle. Después fué al juzgado, firmó, y le dijeron que el juez municipal de Montivega ya tenía conocimiento de la providencia del señor Juez de Instrucción. A Manolo le pareció natural que el acuerdo justo se llamase providencia.

Atardecía. Llegar de noche á Montivega, sin que nadie le viese, era muy agradable, pero temía que la puerta de su casa estuviese sellada, y durmió en Vallindo.

Se despertó, se desayunó y emprendió la marcha.

Aquella sonrisa que descubría una dentadura blanca, menuda y fuerte, había desaparecido de la cara de Manolo. Iba resuelto á ceder su casa á Deogracias y á Romualdo para que cobrasen sus créditos, y marcharse á trabajar muy lejos: á América si le era posible. Todo menos soportar el desvío agresivo de sus paisanos.

-Al transponer el Cerro del Agua, vió á un acarreador de Deogracias. Salía de la vereda á la carretera, y llevaba aceituna al molino.

-¡Escucha! ¡Si es Manolo!

-¡Hola, hombre!

-Pues chico, que ayer se dijo que estabas libre y que vendrías hoy, y lo cual que, á la cuenta, yo soy el primero que te ha visto.

-Así parece.

-Pues mira, que me alegro. Y quisiera decirte que nos alegramos todos.

-¿Sí?

-Y lo cual que, el amo mesmo dijo anteayer en la limpia que allí hacía falta un hombre como tú. Es decir, que si tú se lo mientas, no lo negará. Conque ya sabes que lo tienes por tuyo.

-Vaya, vaya.

-Y la Petra y su madre más caídas que una soferapéndola, porque se echan la culpa de que por ellas irse de pico, en el lavadero se supiese lo que tú hiciste.

-¿Lo que yo hice?

-Sí, hombre. Lo cual que á mí, ya ves, como si fuésemos hermanos; y lo que hablemos se sabrá por el macho que nos escucha.

-Entonces, ¿tú crees que yo robé los cerdos?

-Hombre, yo creo en Dios porque lo dice el cura de balde; y... Mira: allí viene el amo en el tordo. Lo cual que vamos á aligerar, porque luego dice que en cuatro viajes se me acaba el día.

-Aligera tú.

-Bueno. Pues lo dicho: tan contento, y como toda la vida. ¿No es eso?

-Me parece.

Abrasaba la frente de Manolo, se espesaba la saliva, sudaban las manos y sentía calofríos en la espalda. Había comprendido que nadie creía en su inocencia y que, sin embargo, le querían como nunca; que por su maldad supuesta, era héroe en Montivega, donde por bondad efectiva, vivió Manolo desconocido ó menospreciado.

Llegó el señor Deogracias, paró la jaca esperando que se le acercase Manolo, y gritó:

-¡Vamos allá!, buen amigo. Yo voy á ser el primero que te dé la enhorabuena.

-Muchas gracias.

-De modo que agua de cerrajas. Quien no pega y amaga, ni alpechín ni agua. Eso lo vi yo venir. Ulpiano cayó porque es un perdido, y cayó Gregorio por es un bocón, pero yo sabía que tú no caías y me alegro, por éstas que me alegro. Y más porque le hayas dado en la cabeza á Mariano, que es un tío bruto con malos centros, y nos tiene más cansados de juez municipal que si fuese tarta de almendra. Y esa te va á hacer la rosca lo vas á ver. Conque ¿te llegó la miseria que te envié?

-Sí, señor: muchas gracias

-¡Pero si no decías nada! Que te enviase un socorre. Y, ¿qué es eso? Pues ahí van cien pesetas para que fumes.

-Muchas gracias.

-Y las cosas no se hacen así, porque todos vamos de reata: quien primero, y quien va el último. Y se habla claro como yo te voy á hablar antes qué te metas en el pueblo y te hagan coger la mosca de taberna en taberna.

-Usted me manda. Y crea usted que vengo dispuesto á que cobre usted en seguida lo...

-Pero, oye, ¡que van á creer que he salido al camino para darte el alto!

The opening of the book is shown; the full text loads in the reader.

Loading the full text…