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Motivos de Proteo

José Enrique Rodó · 1909 · Free in the US

115,302 words · about 8 h 4 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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Licence: PD-US · Published in 1909 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=Motivos_de_Proteo&action=history). · Wikisource contributors

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About this book

Author
José Enrique Rodó
Language
Spanish
Published
1909
Length
115,302 words · about 8 h 4 min
Sections
159 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (159)
  1. Introducción about 1 min
  2. I about 3 min
  3. II about 3 min
  4. III about 3 min
  5. IV about 2 min
  6. V about 2 min
  7. VI about 2 min
  8. VII about 1 min
  9. VIII about 2 min
  10. IX about 1 min
  11. X about 3 min
  12. XI about 2 min
  13. XII about 3 min
  14. XIII about 3 min
  15. XIV about 1 min
  16. XV about 2 min
  17. XVI about 1 min
  18. XVII about 6 min
  19. XVIII about 2 min
  20. XIX about 2 min
  21. XX about 2 min
  22. XXI about 1 min
  23. XXII about 2 min
  24. XXIII about 1 min
  25. XXIV about 2 min
  26. XXV about 2 min
  27. XXVI about 2 min
  28. XXVII about 3 min
  29. XXVIII about 1 min
  30. XXIX about 2 min
  31. XXX about 3 min
  32. XXXI about 3 min
  33. XXXII about 2 min
  34. XXXIII about 2 min
  35. XXXIV about 2 min
  36. XXXV about 6 min
  37. XXXVI about 3 min
  38. XXXVII about 2 min
  39. XXXVIII about 2 min
  40. XXXIX about 1 min
  41. XL about 5 min
  42. XLI about 19 min
  43. XLII about 3 min
  44. XLIII about 3 min
  45. XLIV about 4 min
  46. XLV about 4 min
  47. XLVI about 4 min
  48. XLVII about 3 min
  49. XLVIII about 4 min
  50. XLIX about 1 min
  51. L about 2 min
  52. LI about 4 min
  53. LII about 1 min
  54. LIII about 6 min
  55. LIV about 6 min
  56. LV about 9 min
  57. LVI about 3 min
  58. LVII about 4 min
  59. LVIII about 3 min
  60. LIX about 2 min
  61. LX about 2 min
  62. LXI about 3 min
  63. LXII about 7 min
  64. LXIII about 2 min
  65. LXV about 4 min
  66. LXV about 7 min
  67. LXVI about 6 min
  68. LXVII about 6 min
  69. LXVIII about 6 min
  70. LXIX about 2 min
  71. LXX about 2 min
  72. LXXI about 2 min
  73. LXXII about 3 min
  74. LXXIII about 5 min
  75. LXXIV about 2 min
  76. LXXV about 4 min
  77. LXXVI about 4 min
  78. LXXVII about 2 min
  79. LXXVIII about 3 min
  80. LXXIX about 2 min
  81. LXXX about 4 min
  82. LXXXI about 1 min
  83. LXXXII about 4 min
  84. LXXXIII about 4 min
  85. LXXXIV about 3 min
  86. LXXXV about 3 min
  87. LXXXVI about 4 min
  88. LXXXVII about 5 min
  89. LXXXVIII about 1 min
  90. LXXXIX about 2 min
  91. XC about 2 min
  92. XCI about 3 min
  93. XCII about 4 min
  94. XCIII about 3 min
  95. XCIV about 3 min
  96. XCV about 3 min
  97. XCVI about 2 min
  98. XCVII about 3 min
  99. XCVIII about 6 min
  100. XCIX about 1 min
  101. C about 14 min
  102. CI about 2 min
  103. CII about 2 min
  104. CIII about 1 min
  105. CIV about 3 min
  106. CV about 11 min
  107. CVI about 2 min
  108. CVII about 14 min
  109. CVIII about 9 min
  110. CIX about 1 min
  111. CX about 1 min
  112. CXI about 2 min
  113. CXII about 5 min
  114. CXIII about 3 min
  115. CXIV about 2 min
  116. CXV about 2 min
  117. CXVI about 2 min
  118. CXVII about 2 min
  119. CXVIII about 2 min
  120. CXIX about 3 min
  121. CXX about 2 min
  122. CXXI about 2 min
  123. CXXII about 2 min
  124. CXXIII about 2 min
  125. CXXIV about 1 min
  126. CXXV about 2 min
  127. CXXVI about 1 min
  128. CXXVII about 6 min
  129. CXXVIII about 2 min
  130. CXXIX about 4 min
  131. CXXX about 2 min
  132. CXXXI about 1 min
  133. CXXXII about 1 min
  134. CXXXIII about 3 min
  135. CXXXIV about 3 min
  136. CXXXV about 1 min
  137. CXXXVI about 2 min
  138. CXXXVII about 3 min
  139. CXXXVIII about 2 min
  140. CXXXIX about 5 min
  141. CXL about 4 min
  142. CXLI about 4 min
  143. CXLII about 2 min
  144. CXLIII about 2 min
  145. CXLIV about 2 min
  146. CXLV about 3 min
  147. CXLVI about 6 min
  148. CXLVII about 1 min
  149. CXLVIII about 3 min
  150. CXLIX about 3 min
  151. CL about 5 min
  152. CLI about 4 min
  153. CLII about 1 min
  154. CLIII about 2 min
  155. CLIV about 1 min
  156. CLV about 2 min
  157. CLVI about 2 min
  158. CLVII about 3 min
  159. CLVIII about 1 min

Continue:

Introducción

No publico una «primera parte» de PROTEO: el material que he apartado para estos «Motivos» da, en compendio, idea general de la obra, harto extensa (aun si la limitase a lo que tengo escrito) para ser editada de una vez. Los claros de este volumen serán el contenido del siguiente y así en los sucesivos. Y nunca PROTEO se publicará de otro modo que de éste; es decir: nunca le daré «arquitectura» concreta, ni término forzoso: siempre podrá seguir desenvolviéndose, «viviendo». La índole del libro (si tal puede llamársele) consiente, en torno de un pensamiento capital, tan vasta ramificación de ideas y motivos, que nada se opone a que haga de él lo que quiero que sea: un libro en perpetuo «devenir», un libro abierto sobre una perspectiva indefinida.

J. E. R.

I

I - Reformarse es vivir. Nuestra transformación personal en el tiempo.

Reformarse es vivir... Y desde luego, nuestra transformación personal en cierto grado ¿no es ley constante e infalible en el tiempo? ¿Qué importa que el deseo y la voluntad queden en un punto si el tiempo pasa y nos lleva? El tiempo es el sumo innovador. Su potestad, bajo la cual cabe todo lo creado, se ejerce de manera tan segura y continua sobre las almas como sobre las cosas. Cada pensamiento de tu mente, cada movimiento de tu sensibilidad, cada determinación de tu albedrío, y aun más: cada instante de la aparente tregua de indiferencia o de sueño, con que se interrumpe el proceso de tu actividad consciente, pero no el de aquella otra que se desenvuelve en ti sin participación de tu voluntad y sin conocimiento de ti mismo, son un impulso más en el sentido de una modificación, cuyos pasos acumulados producen esas transformaciones visibles de edad a edad, de decenio a decenio: mudas de alma, que sorprenden acaso a quien no ha tenido ante los ojos el gradual desenvolvimiento de una vida, como sorprende al viajero que torna, tras larga ausencia, a la patria, ver las cabezas blancas de aquellos a quienes dejó en la mocedad.

Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos contrastes. Sainte-Beuve significaba la impresión que tales metamorfosis psíquicas del tiempo producen en quien no ha sido espectador de sus fases relativas, recordando el sentimiento que experimentamos ante el retrato del Dante adolescente, pintado en Florencia: el Dante cuya dulzura casi jovial es viva antítesis del gesto amargo y tremendo con que el Gibelino dura en el monetario de la gloria; o bien, ante el retrato del Voltaire de los cuarenta años, con su mirada de bondad y ternura, que nos revela un mundo íntimo helado luego por la malicia senil del demoledor.

¿Qué es, si bien se considera, la «Atalía» de Racine, sino la tragedia de esta misma transformación fatal y lenta? Cuando la hiere el fatídico sueño, la adoradora de Baal advierte que ya no están en su corazón, que el tiempo ha domado, la fuerza, la soberbia, la resolución espantable, la confianza impávida, que la negaban al remordimiento y la piedad. Y para transformaciones como éstas, sin exceptuar las más profundas y esenciales, no son menester bruscas rupturas, que cause la pasión o el hado violento. Aun en la vida más monótona y remansada son posibles, porque basta para ellas una blanda pendiente. La eficiencia de las causas actuales, por las que el sabio explicó, mostrando el poder de la acumulación de acciones insensibles, los mayores cambios del orbe, alcanza también a la historia del corazón humano. Las causas actuales son la clave en muchos enigmas de nuestro destino. -¿Desde qué día preciso dejaste de creer? ¿En qué preciso día nació el amor que te inflama?- Pocas veces hay respuesta para tales preguntas. Y es que cosa ninguna pasa en vano dentro de ti; no hay impresión que no deje en tu sensibilidad la huella de su paso; no hay imagen que no estampe una leve copia de sí en el fondo inconsciente de tus recuerdos; no hay idea ni acto que no contribuyan a determinar, aun cuando sea en proporción infinitesimal, el rumbo de tu vida, el sentido sintético de tus movimientos, la forma fisonómica de tu personalidad. El dientecillo oculto que roe en lo hondo de tu alma; la gota de agua que cae a compás en sus antros oscuros; el gusano de seda que teje allí hebras sutilísimas, no se dan tregua ni reposo; y sus operaciones concordes, a cada instante te matan, te rehacen, te destruyen, te crean... Muertes cuya suma es la muerte; resurrecciones cuya persistencia es la vida. ¿Quién ha expresado esta instabilidad mejor que Séneca, cuando dijo, considerando lo fugaz y precario de las cosas: «Yo mismo, en el momento de decir que todo cambia, ya he cambiado»? Perseveramos sólo en la continuidad de nuestras modificaciones; en el orden, más o menos regular, que las rige; en la fuerza que nos lleva adelante hasta arribar a la transformación más misteriosa y trascendente de todas... Somos la estela de la nave, cuya entidad material no permanece la misma en dos momentos sucesivos, porque sin cesar muere y renace de entre las ondas: la estela, que es, no una persistente realidad, sino una forma andante, una sucesión de impulsos rítmicos, que obran sobre un objeto constantemente renovado.

II

II - La voluntad rige esta transformación y la orienta. Persistencia indefinida de la educación.

Hija de la necesidad es esta transformación continua; pero servirá de marco en que se destaque la energía racional y libre desde que se verifique bajo la mirada vigilante de la inteligencia y con el concurso activo de la voluntad. Si en lo que se refiere a la lenta realización de su proceso, ella se ampara en la obscuridad de lo inconsciente, sus direcciones resultantes no se substraen de igual modo a la atención, ni se adelantan al vuelo previsor de la sabiduría. Y si inevitable es el poder transformador del tiempo, entra en la jurisdicción de la iniciativa propia el limitar ese poder y compartirlo, ya estimulando o retardando su impulso, ya orientándolo a determinado fin consciente; dentro del ancho espacio que queda entre sus extremos necesarios.

Quien, con ignorancia del carácter dinámico de nuestra naturaleza, se considera alguna vez definitiva y absolutamente constituido, y procede como si lo estuviera, deja, en realidad, que el tiempo lo modifique a su antojo, abdicando de la participación que cabe a la libre reacción sobre uno mismo, en el desenvolvimiento de la propia personalidad. El que vive racionalmente es, pues, aquel que, advertido de la actividad sin tregua del cambio, procura cada día tener clara noción de su estado interior y de las transformaciones operadas en las cosas que le rodean, y con arreglo a este conocimiento siempre en obra, rige sus pensamientos y sus actos.

La persistencia indefinida de la educación es ley que fluye de lo incompleto y transitorio de todo equilibrio actual de nuestro espíritu. Uno de los más funestos errores, entre cuantos puedan viciar nuestra concepción de la existencia, es el que nos la hace figurar dividida en dos partes sucesivas y naturalmente separadas: la una, propia para aprender; aquella en que se acumulan las provisiones del camino y se modelan para siempre las energías que luego han de desplegarse en acción; la otra, en que ya no se aprende ni acumula, sino que está destinada a que invirtamos en provecho nuestro y de los otros, lo aprendido y acumulado. ¡Cuánto más cierto no es pensar que, así como del campo de batalla se sale a otra más recia y difícil, que es la vida, así también las puertas de la escuela se abren a otra mayor y más ardua que es el mundo! Mientras vivimos está sobre el yunque nuestra personalidad. Mientras vivimos, nada hay en nosotros que no sufra retoque y complemento. Todo es revelación, todo es enseñanza, todo es tesoro oculto, en las cosas; y el sol de cada día arranca de ellas nuevo destello de originalidad. Y todo es, dentro de nosotros, según transcurre el tiempo, necesidad de renovarse, de adquirir fuerza y luz nuevas, de apercibirse contra males aún no sentidos, de tender a bienes aún no gozados; de preparar, en fin, nuestra adaptación a condiciones de que no sabe la experiencia. Para satisfacer esta necesidad y utilizar aquel tesoro, conviene mantener viva en nuestra alma la idea de que ella está en perpetuo aprendizaje e iniciación continua. Conviene, en lo intelectual, cuidar de que jamás se marchite y desvanezca por completo en nosotros, el interés, la curiosidad del niño, esa agilidad de la atención nueva y candorosa, y el estímulo que nace de saberse ignorante (ya que lo somos siempre), y un poco de aquella fe en la potestad que ungía los labios del maestro y consagraba las páginas del libro, no radicada ya en un solo libro, ni en un solo maestro, sino dispersa y difundida donde hay que buscarla. Y en la disciplina del corazón y la voluntad, de donde el alma de cada cual toma su temple, conviene, aun en mayor grado, afinar nuestra potencia de reacción, vigilar las adquisiciones de la costumbre, alentar cuanto propenda a que extendamos a más ancho espacio nuestro amor, a nueva aptitud nuestra energía, y concitar las imágenes que anima la esperanza contra las imágenes que mueve el recuerdo, legiones enemigas que luchan, la una por nuestra libertad, la otra por nuestra esclavitud.

III

III - Orden y medida en el cambio. La curva.

Mientras nos sea posible mantener en la sucesiva realización de nuestra personalidad el ritmo sosegado y constante de las transformaciones del tiempo, rigiéndolas y orientándolas, pero sin quitarles la condición esencial de su medida, impórtanos quedar fieles a ese ritmo sagrado. La antigüedad imaginó hijas de la Justicia a las Horas: mito de sentido profundo. Una vida idealmente armoniosa sería tal que cada día de los que la compusieran significase, mediante los concertados impulsos del tiempo y de la voluntad, a él adaptada, un paso hacia adelante; un cierto desasimiento más respecto de las cosas que atrás quedan, y una cierta vinculación correlativa, con otras que a su vez preparasen aquellas que están por venir; una leve y atinada inflexión que concurriera a determinar el sesgo total de la existencia. Si los embates del mundo, y los mil gérmenes de desigualdad de todo carácter personal, no dificultasen el sostenimiento de ese orden, bastaría tomar nuestra vida en dos instantes cualesquiera de su desenvolvimiento, para de la relación de entrambos levantarse a la armónica arquitectura del conjunto: como por la subordinación de proporciones que faculta a reconstituir, con sólo el hallazgo de un diente, el organismo extinguido; o como por el módulo, que, dado el espesor de una columna, permite averiguar, en las construcciones de los artífices antiguos, la euritmia completa de la fábrica.

El tonificante placer que trae el adecuado cumplimiento de nuestra actividad espiritual, se origina de la rítmica circulación de nuestros sentimientos e ideas; no de otro modo que como el placer de la bien trabada danza, en la que puede señalarse la más exacta imagen de una vida armoniosa, tiene su principio en el ritmo de las sensaciones musculares. Danza, en la alteza griega del concepto, es la vida, o si se quiere: la idea de la vida; danza a cuya hermosura contribuyen, con su música el pensamiento, con su gimnástica la acción. Cantando el poeta del Wallenstein el hechizo de la activa escultura humana, pregunta a quien con ágil cuerpo sigue las sonoras cadencias: -«¿Por qué lo que así respetas en el juego lo desconoces en la acción: por qué desconoces la medida?»

Gracia y facilidad de hacer, son una misma cosa; los caracteres del movimiento bello son, al propio tiempo, elementos de economía dinámica. En lo físico como en lo moral, economizamos nuestras fuerzas por la elegancia, por el orden, por la proporción. Pasar de una a otra idea, de uno a otro sentimiento, como a favor de un blando declive, en gradación morosa y deleitable; relacionar entre sí las sucesivas tendencias de nuestra voluntad, de manera que no determinen direcciones independientes e inconexas, en que la acción acabe bruscamente al final de cada una, para renacer, por nuevo arranque y esfuerzo, con la otra; sino que todas ellas se eslabonen en un único y persistente movimiento, modificado sólo en cuanto a su dirección, como por un impulso lateral que le comunicara de continuo la inflexión necesaria: tal podrían definirse las condiciones de que dependen la facilidad y gracia de nuestra actividad. Así, quien sin cálculo ni ensayo se lanza de súbito a una empresa ignorada, padece desconcierto y fatiga; mientras que el esfuerzo es fácil y grato en el que con sabia previsión lo espera y por ejercicios preparatorios se apercibe a él. Para quien ha de abandonar de improviso una situación de alma en que gozó dicha y amor, la ruptura es causa de acerbo desconsuelo; en tanto que aquel otro que se aleja de ideas o afecciones que tuvo, por pasos lentos y graduados, como quien asiste, desde el barco que parte, al espectáculo de la orilla, los ve desvanecerse en el horizonte del tiempo sólo con tranquila tristeza, y aun quizá con delectación melancólica.

El esquema de una vida que se manifiesta en actividad bien ordenada sería una curva de suave y graciosa ondulación. Varia es la curva en su movimiento; la severa recta, siempre igual a sí misma, tiende del modo más rápido a su fin; pero sólo por la transición, más o menos violenta, de los ángulos, podrá la recta enlazarse a su término con otra, que nazca de un impulso en nuevo y divergente sentido; mientras que, en la curva, unidad y diversidad se reúnen; porque, cambiando constantemente de dirección, cada dirección que toma está indicada de antemano por la que la precede.

IV

IV - Armonía de las edades. Ancianidad gloriosa.

Del desenvolvimiento regular y fácil de la vida en esa curva que enlaza sus modificaciones, se engendra la armonía de sus diferentes edades, la belleza inherente al ser propio y genial de cada una: el orden típico que hace de ellas como los cantos de un bien proporcionado poema, en el que cada paso de la acción concurre a la unidad que consagrará majestuosamente el desenlace, o que acaso quedará suspensa, con poético misterio, por la interrupción de la obra, trunca mas no desentonada, cuando Naturaleza desista, a modo del poeta negligente, de terminar el poema que empezó: cuando la vida escolle en prematura muerte.

La verdadera juventud eterna depende de esta rítmica y tenaz renovación, que ni anticipa vanamente lo aún no maduro, ni consiente adherirse a los modos de vida propios de circunstancias ya pasadas, provocando el despecho, la decepción y la amargura que trae consigo el fracaso del esfuerzo estéril; sino que acierta a encontrar, dentro de las nuevas posibilidades y condiciones de existencia, nuevos motivos de interés y nuevas formas de acción; lo que procura en realidad al alma cierto sentimiento de juventud inextinguible, que nace de la conciencia de la vida perpetuamente renovada, y de la constante adaptación de los medios al fin en que se emplean.

Cuando de tal modo se la guíe, la obra ineluctable del tiempo no será sólo regresión que robe al alma fuerzas y capacidades; ni será como una profanación, por manos bárbaras, de las cosas delicadas y bellas que juntó en sus primeros vuelos el coro de las Horas divinas. Será un descubrimiento de horizontes; será la vida sol que, palideciendo, se engrandece. Así, sobre el conjunto de las historias gloriosas de los hombres, domina, como la paz de las alturas, la excelsitud de las ancianidades triunfales: la ancianidad de Epiménides, la ancianidad del Ticiano, la ancianidad de Humboldt; y más alto que todas, la ancianidad de Sófocles, cúspide de la más bella y armoniosa existencia en que encarnó la serenidad del alma antigua, y que, culminando a un tiempo en años y en genio, pone en labios de la vejez, de cuya poesía sabe, sus más líricos metros, que son la apoteosis de su tierra y su estirpe en el himno inmortal de los ancianos de Colona.

Arrobadora idealidad, austero encanto, los de la vida que acaba completando un orden dialéctico de humana perfección... ¿Vamos, por verlo, allí adonde nos conduce ese mismo nombre de Sófocles, si remontamos la corriente del tiempo?

V

V - Un friso del Partenón.

Henos aquí en Atenas. El Cerámico abre espacioso cauce a ingente muchedumbre, que, en ordenada procesión, avanza hacia la ciudad, que no trabaja; se interna en ella, la recorre por donde es más hermosa y pulcra, y trepa la falda del Acrópolis. En lo alto, en el Partenón, Palas Atenea aguarda el homenaje de su pueblo: es la fiesta que la está consagrada.

Ves desfilar los magistrados, los sacerdotes, los músicos; ves aparecer doncellas que llevan ánforas y canastas rituales, graciosamente asentadas sobre la cabeza con apoyo del brazo. Pero allí, tras el montón de bueyes lucios, escogidos, que marchan a ser sacrificados a la diosa; allí, precediendo a esa gallarda legión de adolescentes, ya a pie, ya en carros, ya a caballo, que entonan belicoso himno ¿no percibes un concierto venerable de formas y movimientos semejantes a las notas de una música sagrada que se escuchase con los ojos; no ves pintarse un cuadro majestuoso y severo: cuadro viviente, del que se desprende una onda de gravedad sublime, en que se embebe el alma como en la mirada serenante de un dios?... Grandes y firmes estaturas; acompasada marcha, en que la lentitud del movimiento no acusa punto de debilidad ni de fatiga; frentes que dicen majestad, reposo, nobleza, y en las que el espacio natural se ha dilatado a costa de una parte del cabello blanquísimo, que cae en ondas en dirección a las espaldas levemente encorvadas; ojos lejanos, por lo abismados en las órbitas; olímpicos, por el modo de mirar; barbas de nieve que velan en difusa esclavina la rotundidad del pecho anchuroso...: ¿qué selección divina ha constituido ese coro de hermosura senil, donde la mirada se alivia del fulgor de juventud radiante que recoge si atiende a la multitud que viene luego? Cada tribu del Ática ha contribuido a él con sus ancianos más hermosos; Atenas las ha invitado a este concurso; Atenas premiará a la que más hermosos los envíe; y coronando el espectáculo en que parece reunir cuanto hay de bello y noble en la existencia, para ostentarlo ante su diosa, señala así en la ancianidad el don de un belleza genérica, que es, en lo plástico, correspondencia de una belleza ideal, propia también y diferenciada de la que conviene a la idea de la juventud, en la sensibilidad, en la voluntad y en el entendimiento.

VI

VI - De cómo el tránsito violento suele ser necesario. Ejemplo de él en el desenvolvimiento natural.

La sucesión rítmica y gradual de la vida, sin remansos ni rápidos, de modo que la voluntad, rigiendo el paso del tiempo, sea como timonel que no tuviera más que secundar la espontaneidad amiga de la onda, es, pues, idea en que debemos tratar de modelarnos; pero no ha de entenderse que sea realizable por completo, mucho menos desde que falta del mundo aquella correlación o conformidad, casi perfecta, entre lo del ambiente y lo del alma, entre el escenario y la acción, que fue excelencia de la edad antigua. Las mudanzas sin orden, los bruscos cambios de dirección, por más que alteren la proporcionada belleza de la vida y perjudiquen a la economía de sus fuerzas, son, a menudo, fatalidad de que no hay modo de eximirse, ya que los acontecimientos e influencias del exterior, a que hemos de adaptarnos, suelen venir a nosotros, no en igual y apacible corriente, sino en oleadas tumultuosas, que apuran y desequilibran nuestra capacidad de reacción.

No es sólo en la vida de las colectividades donde hay lugar para los sacudimientos revolucionarios. Como en la historia colectiva, prodúcense en la individual momentos en que inopinados motivos y condiciones, nuevos estímulos y necesidades aparecen, de modo súbito, anulando quizá la obra de luengos años y suscitando lo que otros tantos requeriría, si hubiera de esperárselo de la simple continuidad de los fenómenos; momentos iniciales o palingenésicos, en que diríase que el alma entera se refunde y las cosas de nuestro inmediato pasado vuélvense como remotas o ajenas para nosotros. El propio desenvolvimiento natural, tal como es por esencia, ofrece un caso típico de estas transiciones repentinas, de estas revoluciones vitales: lo ofrece, así en lo moral como en lo fisiológico, cuando la impetuosa transformación de la pubertad: cuando la vida salta, de un arranque, la valla que separa el candor de la primera edad de los ardores de la que la sigue, y sensaciones nuevas invaden en irrupción y tumulto la conciencia, mientras el cuerpo, transfigurándose, acelera el ritmo de su crecimiento.

Suele el curso de la vida moral, según lo determinan los declives y los vientos del mundo, traer en sí mismo, sin intervención, y aun sin aviso de la conciencia, esos rápidos de su corriente; pero es también de la iniciativa voluntaria provocar, a veces, la sazón o coyuntura de ellos; y siempre, concluir de ordenarlos sabiamente al fin que convenga. Así como hay el arte de la persistente evolución, que consiste en guiar con hábil mano el movimiento espontáneo y natural del tiempo, arte que es de todos los días, hay también el arte de las heroicas ocasiones, aquellas en que es menester forzar la acompasada sucesión de los hechos; el arte de los grandes impulsos, y de los enérgicos desasimientos, y de las vocaciones improvisas. La voluntad, que es juiciosa en respetar la jurisdicción del tiempo, fuera inactiva y flaca en abandonársele del todo. Por otra parte, no hay desventaja o condición de inferioridad que no goce de compensación relativa; y el cambiar por tránsitos bruscos y contrastes violentos, si bien interrumpe el orden en que se manifiesta una vida armoniosa, suele templar el alma y comunicarle la fortaleza en que acaso no fuera capaz de iniciarla más suave movimiento: bien así como el hierro se templa y hace fuerte pasando del fuego abrasador al frío del agua.

VII

VII - Cambio consciente y orientado, siempre.

Rítmica y lenta evolución de ordinario; reacción esforzada si es preciso; cambio consciente y orientado, siempre. O es perpetua renovación o es una lánguida muerte, nuestra vida. Conocer lo que dentro de nosotros ha muerto y lo que es justo que muera, para desembarazar el alma de este peso inútil; sentir que el bien y la paz de que se goce después de la jornada han de ser, con cada sol, nueva conquista, nuevo premio, y no usufructo de triunfos que pasaron; no ver término infranqueable en tanto haya acción posible, ni imposibilidad de acción mientras la vida dura; entender que toda circunstancia fatal para la subsistencia de una forma de actividad, de dicha, de amor, trae en sí, como contrahaz y resarcimiento, la ocasión propicia a otras formas; saber de lo que dijo el sabio cuando afirmó que todo fue hecho hermoso en su tiempo: cada oportunidad, única para su obra: cada día, interesante en su originalidad; anticiparse al agotamiento y el hastío, para desviar al alma del camino en que habría de encontrarse con ellos, y si se adelantan a nuestra previsión, levantarse sobre ellos por un invento de la voluntad (la voluntad es, tanto como el pensamiento, una potencia inventora) que se proponga y fije nuevo objetivo; renovarse, transformarse, rehacerse... ¿no es ésta toda la filosofía de la acción y la vida; no es ésta la vida misma, si por tal hemos de significar, en lo humano, cosa diferente en esencia del sonambulismo del animal y del vegetar de la planta?... Y ahora he de referirte cómo vi jugar, no ha muchas tardes, a un niño, y cómo de su juego vi que fluía una enseñanza parabólica.

VIII

VIII - Mirando jugar a un niño.

...A menudo se oculta un sentido sublime en un juego de niño. (SCHILLER. Thecla. Voz de un espíritu).

Jugaba el niño, en el jardín de la casa, con una copa de cristal que, en el límpido ambiente de la tarde, un rayo de sol tornasolaba como un prisma. Manteniéndola, no muy firme, en una mano, traía en la otra un junco con el que golpeaba acompasadamente en la copa. Después de cada toque, inclinando la graciosa cabeza, quedaba atento, mientras las ondas sonoras, como nacidas de vibrante trino de pájaro, se desprendían del herido cristal y agonizaban suavemente en los aires. Prolongó así su improvisada música hasta que, en un arranque de volubilidad, cambió el motivo de su juego: se inclinó a tierra, recogió en el hueco de ambas manos la arena limpia del sendero, y la fue vertiendo en la copa hasta llenarla. Terminada esta obra, alisó, por primor, la arena desigual de los bordes. No pasó mucho tiempo sin que quisiera volver a arrancar al cristal, su fresca resonancia; pero el cristal, enmudecido, como si hubiera emigrado un alma de su diáfano seno, no respondía más que con un ruido de seca percusión al golpe del junco. El artista tuvo un gesto de enojo para el fracaso de su lira. Hubo de verter una lágrima, mas la dejó en suspenso. Miró, como indeciso, a su alrededor; sus ojos húmedos se detuvieron en una flor muy blanca y pomposa, que a la orilla de un cantero cercano, meciéndose en la rama que más se adelantaba, parecía rehuir la compañía de las hojas, en espera de una mano atrevida. El niño se dirigió, sonriendo, a la flor; pugnó por alcanzar hasta ella; y aprisionándola, con la complicidad del viento que hizo abatirse por un instante la rama, cuando la hubo hecho suya la colocó graciosamente en la copa de cristal, vuelta en ufano búcaro, asegurando el tallo endeble merced a la misma arena que había sofocado el alma musical de la copa. Orgulloso de su desquite, levantó, cuan alto pudo, la flor entronizada, y la paseó, como en triunfo, por entre la muchedumbre de las flores.

IX

IX - Sentido de esta parábola.

-¡Sabia, candorosa filosofía! -pensé. Del fracaso cruel no recibe desaliento que dure, ni se obstina en volver al goce que perdió; sino que de las mismas condiciones que determinaron el fracaso, toma la ocasión de nuevo juego, de nueva idealidad, de nueva belleza... ¿No hay aquí un polo de sabiduría para la acción? ¡Ah, si en el transcurso de la vida todos imitáramos al niño! ¡Si ante los límites que pone sucesivamente la fatalidad a nuestros propósitos, nuestras esperanzas y nuestros sueños, hiciéramos todos como él!... El ejemplo del niño dice que no debemos empeñarnos en arrancar sonidos de la copa con que nos embelesamos un día, si la naturaleza de las cosas quiere que enmudezca. Y dice luego que es necesario buscar, en derredor de donde entonces estemos, una reparadora flor; una flor que poner sobre la arena por quien el cristal se tornó mudo... No rompamos torpemente la copa contra las piedras del camino, sólo porque haya dejado de sonar. Tal vez la flor reparadora existe. Tal vez está allí cerca... Esto declara la parábola del niño; y toda filosofía viril, viril por el espíritu que la anime, confirmará su enseñanza fecunda.

X

X - Actitud en la desilusión y el fracaso. Todo bien puede ser sustituido por otro género de bien.

En el fracaso, en la desilusión, que no provengan del fácil desánimo de la inconstancia; viendo el sueño que descubre su vanidad o su altura inaccesible; viendo la fe que, seca de raíz, te abandona; viendo el ideal que, ya agotado, muere, la filosofía viril no será la que te induzca a aquella terquedad insensata que no se rinde ante los muros de la necesidad; ni la que te incline al escepticismo alegre y ocioso, casa de Horacio, donde hay guirnaldas para orlar la frente del vencido; ni la que, como en Harold, suscite en ti la desesperación rebelde y trágica; ni la que te ensoberbezca, como a Alfredo de Vigny, en la impasibilidad de un estoicismo desdeñoso; ni tampoco será la de la aceptación inerme y vil, que tienda a que halles buena la condición en que la pérdida de tu fe o de tu amor te haya puesto, como aquel Agripino de que se habla en los clásicos, singular adulador del mal propio, que hizo el elogio de la fiebre cuando ella le privó de salud, de la infamia cuando fue tildado de infame, del destierro cuando fue lanzado al destierro.

La filosofía digna de almas fuertes es la que enseña que del mal irremediable ha de sacarse la aspiración a un bien distinto de aquel que cedió al golpe de la fatalidad: estímulo y objeto para un nuevo sentido de la acción, nunca segada en sus raíces. Si apuras la memoria de los males de tu pasado, fácilmente verás cómo de la mayor parte de ellos tomó origen un retoñar de bienes relativos, que si tal vez no prosperaron ni llegaron a equilibrar la magnitud del mal que les sirvió de sombra propicia, fue acaso porque la voluntad no se aplicó a cultivar el germen que ellos le ofrecían para su desquite y para el recobro del interés y contento de vivir.

Así como a aquel que ha menester aplacar en su espíritu el horror a la muerte, y no la ilumina con la esperanza de la inmortalidad, conviene imaginarla como una natural transformación, en la que el ser persiste, aunque desaparezca una de sus formas transitorias, de igual manera, si se quiere templar la acerbidad del dolor, nada más eficaz que considerarlo como ocasión o arranque de un cambio que puede llevarnos en derechura a nuevo bien: a un bien acaso suficiente para compensar lo perdido. A la vocación que fracasa puede suceder otra vocación; al amor que perece, puede sustituirse un amor nuevo; a la felicidad desvanecida puede hallarse el reparo de otra manera de felicidad... En lo exterior, en la perspectiva del mundo, la mirada del sabio percibirá casi siempre la flor de consolación con que adornar la copa que el hado ha vuelto silenciosa; y mirando adentro de nosotros, a la parte de alma que llega tal vez a revelarse si lo conocido de ésta se marchita o agota, ¡cuánto podría decirse de las aptitudes ignoradas por quien las posee; de los ocultos tesoros que, en momento oportuno, surgen a la claridad de la conciencia y se traducen en acción resuelta y animosa!

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