Capítulo I
Sentíase esta tarde perezoso, Juan.
Miraba caer la lluvia en el jardín, por los cristales.
Había comido mucho. Callos. Le gustaban. Aquí, al estar como diciéndoselo su estómago y su conciencia, recta, escrupulosa, sufría por ello un poco de rubor. Para venir a este magnífico hotel, a esta mansión aristocrática un joven, además, que habíase puesto en camino de ser tantas grandes cosas en la vida, no debiera comer callos. Si eructase dejaría en la biblioteca un tufillo mesonil. Si entrase Garona después, lo advertiría... Y ¿qué iba a pensar de él este pulcro prócer, este poderoso y bondadoso protector que era como su Dios y su padre.
Sí, hoy se había hartado de callos... por sorpresa; pusiéronselos como extraordinario en el almuerzo -en la casa digna, o al menos limpia y seria, donde pagaba cuatro pesetas de hospedaje. Y era que, de los tiempos en que pagaba dos, conservaba él el plebeyo gusto por los callos y judías y manos de cordero y otra porción de cosas de taberna.
Bruuu... Eructó... ¡no pudo menos! Rojo de vergüenza miró en torno. Nadie. Una flaqueza. Sacó el pañuelo y lo sacudió, aventando el posible olor villano por la amplia biblioteca.
Sin embargo, físicamente, se quedó más descansado. Tendría que ir combatiéndose, una porción de antiguos hábitos groseros. Cosas de aquella humilde Gerona, donde no enseñaban los maestros nada de una fina educación. Cosas, también, de este Madrid, del Ateneo, en cuya biblioteca no encontraban los jóvenes y estudiosos provincianos tratados de urbanidad.
Por ejemplo, el Sr. Garona, cuando fue tomando con él estas paternales confianzas, le dijo un día: «Querido Juan, ¿por qué no se limpia usted los dientes?» Y otro día: «Querido Juan, ¿por qué no se corta usted las uñas y se hace lustrar las botas a diario?... Las botas deben estar siempre como espejos y las uñas a rape y limpias con cepillo y jabón». Y otro día, por fin: «Querido Juan, ¿por qué no se riza el bigote, cortándose un poco las guías?... Así, lacias, como las tiene usted tan largas se las retuerce al escribir, hay veces que le quedan una para arriba y otra para abajo. Los dientes, ya veo que se los limpió; mas no basta: debe usted ir a un dentista».
Ah, qué razón tenía el Sr. Garona, cuyo talento abarcaba todos los detalles!... Fue Juan al dentista, y éste le hizo saltar el sarro de los dientes.
Al salir, ya con el bigote cortado y rizado, se desconoció ante el espejo de su casa. Una dentadura perfecta, ideal, sobre la que, aumentaban su frescura los labios sonrosados. Estaba guapo... ¡guapo!
No, no era vanidad. Él, sin dejar de haber tenido sus antojos y sus más o menos necias horas de pasión, no podía llamarse hombre de mujeres; pero el trato con Garona le iba convenciendo de que asimismo en un político, en un orador parlamentario, un bello y simpático aspecto personal entra por mucho. Desde que tuvo la plena posesión de esta verdad, imitó a Garona cuanto pudo.
Un par de trajes, barbero cada día, dentífricos, y cuellos y corbatas del mismo corte y del tono de matices de Garona, quien también le había advertido últimamente: -«Sí, Juanito, mire usted, en casa, a mi mujer y a mí nos gusta de una manera exagerada la limpieza. A ese otro chico secretario que teníamos, no lo pudimos soportar. Era poco grata su figura. A más, le olía el aliento; y mi mujer, sobre todo, lo advertía en cualquier habitación, con sólo que la hubiese cruzado el secretario».
Sintió ruido Juan, y se volvió. No, no era nadie. Sin embargo, volvió a aventar el aire alrededor con el pañuelo.
Al poco, en otro balcón volvió a pararse detrás de los cristales. Llovía menos. Llovía con esa tenaz serenidad de los otoños en que le da por llover. Las hojas de los árboles pingaban. Los pobres gorriones, con las plumas en ovillo, no dejaban de volar, buscando donde guarecerse.
De pronto, se abrió la verja, y volaron los gorriones, espantados. Una doncella del hotel llegaba, sin paraguas, de algún recado de la vecindad. Traía las faldas recogidas, e inclinaba la rubia cabeza hacia adelante, por evitarse en la cara la lluvia. Curvada así, medio corriendo, cruzó el jardín. Pero al tomar el sendero de esta puerta de servicio, se encontró cortada por un charco. Entonces se alzó más las faldas con ambas manos... ¡y cuánto, caramba... la bota, la media... hasta las corvas!... y pasó. En la escalerilla, aún veíale Juan las piernas... ¡Vaya unas piernas, la niña!... Creería la pobre que nadie estuvo viéndola cruzar...
El caso es que con mirarle las piernas no había tenido tiempo de mirarle la cara a la muchacha. ¿Era bonita?... Rubia, sí; esto lo vió. Luego no eran Martina, el ama de llaves, ni Andrea. Nueva.
Se entró Juan hacia el fondo, tratando de olvidar el suceso picaresco. Lo cierto es que no le caería esta chica completamente mal después de haber comido tanto.
Pero le hirió en seguida la desconsideración de su deseo. Él no había venido al noble hogar de su protector para conquistar doncellas, ni para desear siquiera a las doncellas. Compuso el gesto en dignidad, y pensó, con desprecio de sí mismo y de su estómago, que el mucho comer dispone el organismo a la pereza y a la más grosera liviandad. Volvió al rincón de las Gacetas y notó que todavía costábale trabajo doblarse y trepar por la escalera portátil.
Paseó de nuevo, tratando de poblar su mente con ideas del Diario de Sesiones.
«¡Ah, señores!, yo entiendo que la conducta de esa minoría pone en grave riesgo la pública tranquilidad. Amáis el motín. Esos aplausos al Sr. Soriano, que no es en el Parlamento español sino el representante de la procacidad y de la anarquía moral más espantosa...»
Se detuvo. En primer lugar, porque había ido alzando la voz sin quererlo, seducido por sus musicales inflexiones, y sería ridículo que cualquier sirviente le oyese desde fuera. En segundo lugar, porque Soriano, lejos de ser un diputado que contestase con ideas a las ideas, en seguida tiraba de lance, y hacíalo todo cuestión personal...; esto, a Juan, pacífico de suyo, le inquietaba..., si no de presente, de porvenir..., ante la eventualidad de que él, cuando lo fuese, tuviese que ser un diputado que no aludiera jamás al arisco diputado por Valencia. Pero, en fin, si ayer hubiera sido Rodríguez Sampedro, con ese vigor hubiese empezado él su réplica a Soriano.
Facha tenía Juan, ¡qué caramba! Con el fin de volver a comprobarlo, como siempre que se le ocurría la duda, pasó a la estancia contigua, en donde había un enorme espejo. Era un saloncito amarillo, de damasco, para fumar cuando se daba el té en la biblioteca.
Se puso ante el espejo y se miró. Marcó una reverencia, como si fuera el dueño del hotel que recibía a un amigo. Sonrió. Así inmóvil, con esta sonrisita que era, después de todo, la suya habitual (aunque acentuada ahora que tenía los dientes limpios), su aspecto resultaba amable y dulce. No muy alto. Sonrosado y gordito desde que poseía interior tranquilidad y pagaba cuatro pesetas del hospedaje. Elegante, desde que hacíale los trajes de veinticinco duros el mismo sastre que a Garona. Rubio, con los ojos medio verdes y con aquel profundo reposo de sabio en la faz, él mismo se sorprendía, aunque sin sorpresa, de que desde hacía dos meses le mirasen las señoritas por la calle. Sin sorpresa, porque le explicaba el agrado de ellas su radical transformación: antes no le miraba ninguna. Pero con sorpresa, al mismo tiempo, por la estultez de las mujeres, incapaces de comprender que un joven de veinte años se embelleciese y cuidase por resultar algún día un perfecto parlamentario con todos los perfiles.
Alzó un brazo, ensayando otro gesto de oratoria, y... lo volvió a bajar, por dos voces, de hombre y de mujer, que acababan de hacer irrupción en el billar, tejiendo un diálogo:
-¿Conque te irás resueltamente?
-Que sí, vidita.
-¿Y por mucho tiempo?
-¡No sé! ¡Ya ves, afecto a la embajada!
-Claro; tú lo que tienes es ganas de ver París.
-¿Yo?... ¡Bah!
-Te conozco bien.
-Que no, vidita. Te juro que ne ha nombrado el gobierno. Yo no, ¡por ti me resistía!
-¡Bah, no merecías ni que te despidiese; pero en fin!
-¡Qué buena eres!
Sonaron besos. Juan se acercó intrigado a la leve entreabertura que dejaban las cortinas.
Por la puerta del fondo del billar desaparecía don Gaspar (el joven y elocuente diputado protegido de Garona), abrazando a una mujer rubia.
¡Ah! ¿Quién era esta mujer?... La indignación y el asombro tenían trémulo a Juanito. Rubia..., mas no le vió el rostro. Habíanle parecido sedas y encajes los de su vestido. Una especie de gran bata de casa. ¿Quién era? ¿Una dama que entraba de la calle para avistarse con los amigos de Garona?... No, imposible. Nada de traje de calle, ni tocado..., y rubia, rubia como la doncella que cruzó antes el jardín.
Para ser la doncella, sin embargo, le sobraban lujos y estatura.
¡Oh! ¡oh! ¡ah!... ¿Quién era esta mujer?. Pensó en las intrigas de tragedia y de misterio que suele haber en los alcázares, en los palacios, en estos modernos y aristocráticos hoteles, también, sin duda...; y un poco sobrecogido y aterrado se retiró a la biblioteca. Él, humilde serviciario, después de todo, no tenía derecho alguno a espiar, a intervenir en la vida íntima y cordial de esta mansión.
Como si el delito fuese suyo, por haber estado en donde no debía, se puso con más fervor que jamás a seguir ordenando las Gacetas.
Durante toda la tarde pensó mil cosas, acerca del incidente. La dama sería quizás alguna amante que Garona tendría en las profundidades del hotel para consuelo de la ausencia de su esposa. La dama podría ser una de las tantas amigas galantes con que Garona y sus íntimos celebrasen por el otro lado de la casa alguna juerga regia. Sin embargo, no creía que Garona fuese hombre de estos trotes, y rechazaba ambos supuestos. ¡La doncella rubia, por lo tanto..., pescada al paso, en un pasillo, por el elegante don Gaspar!
Seguía, seguía poniendo Gacetas en los altos anaqueles.
Seguía, seguía pensando en el asunto, al mismo tiempo.
La falta de don Caspar, si ella fuese la doncella, no sería tan grave. Pero la lealtad, la gratitud que Juan sentía en el mismo corazón hacia Garona, impulsáronle a meditar si debía contarle a su protector el suceso. Mas si le detenía esta moral obligación (querido y estimado, cual estaba él por el prohombre, como un hijo, antes que como un simple empleado de la casa), si la dama aquella fuese la amante de Garona. En caso tal, querría ello decir que don Gaspar el diputado era un ingrato y un traidor... y que él propio, Juan, cooperaría a esa traición y a esa ingratitud con complicidades de silencio... Sólo que, ¿y si se trataba de una juerga en que también Garona estuviese con otra bella pecadora allá por los otros fondos del hotel?
Un lío, en fin, en el hotel y en la cabeza del joven licenciado.
Siguió colocando las Gacetas. Quince años de Gacetas.
Había Gacetas para más de seis semanas, y ya iban coronando todas las alturas de la enorme estantería.
A las siete, terminado su trabajo, disponíase Juan a partir. Antes quiso sentarse a descansar, fumándose un cigarro, y cuando descendía de la escalera portátil, algo anómalo le hizo, primero, detenerse y luego, al volverse, resbalarse de un peldaño con estruendo, porque rodaron hasta el suelo cinco tomos de Gacetas. Era que había oído un ruido discreto de conversación, y algo así como si alguien hubiese entreabierto las cortinas de la sala de fumar. Las cortinas, en efecto, se movían. Pasos de fuga, en seguida... y, últimamente el silencio.
¿Qué?
Juan acabó de bajar y se instaló en una poltrona. Descansaba, fumando. Además, volvía a pensar en estos ruidos de misterio, relacionados con la escena que horas antes presenció. Sus meditaciones fueron truncadas por otro cortinón que se movió del lado del pasillo y esta vez vio al ama de llaves, a la vieja Martina, asomando con cautela..., y que pudo ver, así de frente, que había sido vista por él.
-¡Hola don Juan! -le saludó.
-Hola, Martina.
-No sabía que estuviese nadie aquí. Pasaba, sentí ruido y me he asomado.
-¡Pues, si... aquí estoy!
-¡Como estos días trabajaba usted arriba, en su despacho!
En la bondadosa humildad de Martina había un poco de turbación. Sonreía como pidiéndole perdones por haberle molestado.
Juan pensó que esta buena mujer habría podido percatarse de la imprudencia de la doncella, y que vendría buscándola.
-¿Está en casa el señor? -la interrogó compartiendo su interés y con cierto intento policíaco.
-No. Salió esta tarde. No ha vuelto del Congreso todavía.
-¡Ah! Entonces... ¿no hay nadie en el hotel?
-¿Cómo, nadie?
-Vamos..., digo... de visitas, de amigos del señor.
-Está la señora, solamente.
-¿Qué señora?
-La del señor.
-Ah, pero... ¿la mujer..., la señora del señor?
-¡Claro! Ha llegado esta mañana con las amas y los niños, del Norte. Tienen un hotel cerca de Gijón, y se pasa allí todo el verano.
-¡Aaah!
-¿Usted no la conoce?
-No. ¿Es rubia?
-Rubia.
-Conque... ¡rubia!... y... joven... y...
Juan se contuvo. Su asombro y su indecisión habían tenido ya tales matices de alarma, que Martina los advirtió, no obstante, y dijo como impulsada por un vago y súbito respeto de defensa:
-Sí, joven... más joven que el señor... pero ¡una santa! ¡Oh, don Juan, usted verá en cuanto la conozca! Como joven, alegre y suelta, claro es; vamos al decir, de buen humor...; pero también como ella sola buena, y madre de sus hijos.
Sintió la lección de respeto en la conciencia, el pobre licenciado. Definitivamente, con la vergüenza de haber injuriado en pensamiento a Garona y a su esposa, tuvo que admitir que se trató, en el suceso aquél, de la doncella. ¡Qué estúpido! ¡Haber supuesto también que un personaje que tenía tantas preocupaciones políticas y esta biblioteca fuese a andar, y en su propia casa, de juergas y jarana!
Cogió el sombrero y el abrigo y el paraguas, y se fue. Inmediatamente, Martina subió al encuentro de su ama, en un lejano tocador.
-¡Sí -le dijo,- señorita! ¡El que sintieron ustedes es don Juan, un joven secretario que ha tomado en estos meses el señor! Mas no importa; ¡perdóneme!... Él no ha sentido nada.
-¡Sí, hija, sí! -repuso Casilda con enojo-. ¡Pues mira que si no lo llegamos a advertir y salgo con don Gaspar biblioteca alante, nos lucimos!
-¡Perdón, por Dios! ¡No me acordé de advertirle a la señora que hay un nuevo secretario! ¡Además, no creí que estaría en la biblioteca, sino arriba!
-¡Torpe!
-¡Aparte de que pensé que no vendría don Gaspar hasta la noche!
-¡Torpe!, ¡torpe!... Bueno, vete.
Obedeció Martina, y Casilda continuó volviendo al orden sus rubios rizos, delante del espejo.
Capítulo II
-Siéntese. Ahora saldrá don Juan.
Victorino se sentó y volvió a asombrarse. Un cuarto en toda regla.
¡Caramba! ¡Luego era verdad que era Juan aquello! ¡Luego podía ser verdad que un chico serio y tonto de remate, licenciado en ciencias morales y políticas, y socio del Atenco, por añadidura, podía ser tenido en cuenta para algo!
El comedor, que no debía de estar muy lejos, enviaba emanaciones de jamón, de ternera, de manteca..., de todo eso a que huelen solamente las casas de huéspedes de a tres pesetas para arriba.
Vio sobre la mesa una boquilla de pitillo y la cogió y se la guardó, con un rápido movimiento de la mano. Luego vio un diccionario inglés, nuevo, manuable, y lo cogió también y se lo sepultó en el gabán.
¡Demonio! Pero, ¡si, no era éste su paisano! ¿Confusión de nombres?... La duda acababa de ocasionársela un retrato. Sólo que se parecían, las caras también, y... ¡bah!, ¡sí, Juan! ¡El mismo! ¡Con qué transformación!... Bien peinado, limpio..., casi guapo, en realidad... Si lo ven en Tarragona no lo conoce ni su hermana... ¡Guapo, nada! ¡casi guapo!... ¡Parecía mentira lo que cambia un joven sabio en cuanto come de fonda!
Volvió a sentarse Victorino, y se guardó de paso un lapicero.
No apartaba del retrato la mirada, después de haberla paseado por la sólida mesa de despacho, por la estera, por la buena cama que se veía en la habitación.
Su concepto de la vida trastornábase. La equivocación estaba acaso de su parte. Él, con talento, con más talento cien veces que este Juan, se había propuesto la conquista de Madrid en fuerza de cinismo. Por resumen doloroso de tres años pintorescos, quedábale ahora mismo un gabán roto y el recuerdo de algunos puñetazos dados y recibidos. Verdad es que tenía su nombradía por los cafés...
-¡Hola!
Victorino se volvió, se levantó y fue a recibir al prohombre.
-Hola, chico, ¿cómo estás?
-Bien, ¿Y tú?
-Tirando, hijo. ¡Caracoles, déjame que te felicite!... Llegué anteayer de la Coruña, de dirigir El Demócrata, y me lo dijeron ayer. Vine anoche, y no estabas... Pero, ¡demonio, Juanillo! ¡Cuenta, cuenta! ¿Cómo ha sido esto?... ¡Si estás hecho un marqués!...
Se reportó Victorino. Juan había aumentado su empaque grave con el cambio. Hoy, que Victorino venía a pedirle unas pesetas, favor, algo, debía atemperarse a su «modo», en vez de hacerle objeto de burlas e ironías.
Se sentaron.
-Un momento. Tengo prisa, ¿sabes?... He de volver a casa de Garona hasta las once.
-¡Ah, conque Garona! ¡De modo que Garona! ¡Vaya, cuenta, hombre! ¿Cómo te conoció?
-Pues, nada... ahí verás, querido Victorino, lo que son casualidades. Que acababa él de construir un hotel, y al mudarse necesitaba ordenar su biblioteca. Parece que fue un antiguo y asiduo ateneísta, de los buenos tiempos de la casa. Conoce a Teodoro, y le envió recado una tarde pidiéndole un chico capaz. Teodoro, que me quiere, me buscó, me lo dijo... y llevo dos meses con Garona, y me va tomando estima, y creo que acabaré por ser su secretario...: por lo pronto me ha puesto diez mil reales.
-Bravo, Juan. Eso es suerte. Yo, en cambio, vengo sin un cuarto de Galicia. El Demócrata tronó. Si tú pudieses hacer que Garona me diese un destinejo... ¿Tienes con él confianza?
-Hombre, confianza, no. Me estima... porque ve que soy trabajador y útil. ¡Me quiere, vamos... y se ha propuesto protegerme! Esto es cosa de los libros, de que te reías tú.
-Sí, hijo, en fuerza de machacar...
-Ha visto que los conozco por fuera y por dentro, y confía en mí para que le saque notas y estadísticas, sabes?... Tanto, que el arreglo de la biblioteca, lo que se llama el trabajo manual, de colocación, lo tengo casi interrumpido... Por cierto que... ¡sí, Victorino!... Si tú me prometieses ser formal, ¡bien sabes que te quiero!... en eso podrías desde mañana mismo emplearte. Mira, Garona ha despedido a su secretario cuando ha visto que yo lo puedo ser, y con ventaja. Lo seré. A ti... ya veremos, andando el tiempo. Lo importante es que te hagas grato a Garona. Desde mañana, por lo pronto -terminó Juanito levantándose- puedes ir. Te señalo dos pesetas.
-¿De tu peculio?
-No. Es que ya Garona me ha indicado varias veces que convendría llevar a alguien provisional, hasta terminar la biblioteca. Arreglarás la biblioteca. Realmente a mí me necesita para otra clase de trabajos.
Victorino meditó. Sintió un poco la humillación del escaso sueldo y de la subalternidad que le ofrecía este sabio botarate.
-Bueno, escucha tú -le dijo-; lo que podemos hacer es otra cosa. Yo voy mañana, y me presentas. Se trata de que me dé un destino. Si tú le ves esta noche, le dices de antemano que yo he hecho en El Demócrata furiosas campañas contra él, como es verdad, por eso de las Salinas, y que sabiendo tú que vengo a Madrid dispuesto a continuarlas, no ves manera mejor de desarmarme que...
-¡Quita, hombre! -le interrumpió Juan, asustado.- ¡Digo! Te creerás tú que se puede tratar a un hombre de estos... ¡Si es como mi padre!... ¡Ah, hoy, te lo juro... bailaría de coronilla si él me mandase bailar de coronilla!
-¡Mal hecho!
-¿Cómo?... ¡Le debo cuanto soy... cuanto seré!
-¡No llegarás a arzobispo! ¡Ya verás! Ése no es camino de ir a parte alguna.
-¿Tú crees?
-¡Claro que lo creo!
Juan se volvió, desdeñoso.
-Bien, pues cada cual con su creencia. Por mi parte, me dejaría picar por ese hombre.
-¡Es una acémila!
Juan, esta vez, no respondió. Cogió el sombrero e invitó a salir a Victorino. Por la escalera, en silencio, iba pensando en cómo pudiera a un listo darle Dios tanta torpeza. Él se sentía feliz, orgulloso, al fin, de aquella simplicísima y filosófica bondad que le habían dado los libros. Su tesoro, que se empeñaban en negar los contumaces, descreídos aun ante los más tangibles resultados. Por bueno, por trabajador y por sumiso habíale concedido un prócer su resuelta protección. Y todavía este pobre Victorino escéptico sería capaz de repetirle, como le había repetido tantas veces, que él no conocía ni jota de la vida. ¡Bien, allá el pobre Victorino, que creía ir aprendiéndola en cafés, y por ahí, piropeando a las muchachas!
-Oye, Juan, ¿me das tres duros? -le dijo Victorino en la puerta, al despedirse cada uno para un lado.
Juan se los dió, y aun le hizo comprender por el sonido, con cierta delicia saludable y generosa, que tenía en el portamonedas lo menos otros siete.
-Gracias. Voy a ver si en estos días me meto en alguna redacción. Si no, ya tendré presente tu oferta. Adiós, Juanito.
-Adiós.
El uno se fue por la calle abajo.
El otro, por la calle arriba.
Y Victorino pensaba: «Será capaz este melón de hacer algo de provecho»...
Capítulo III
Trabajaba.
Trabajaba esta mañana en su despacho.
Buscaba, por medio de la estadística, una demostración de que la incultura y la pobreza de un país no guardan relación con el número de crímenes. Si se aumentan las públicas escuelas y se alimentan las clases populares, gracias al abaratamiento de las subsistencias, disminuyen los atentados contra la propiedad, pero crecen en el mismo grado los delitos contra el pudor y los de sangre. Esto era natural, y hacía falta estar ciegos para no verlo: un bruto que no come, roba; pero un bruto que se harta, aunque se le enseñe a leer, mata... por celos, por furias de fiera alimentada, por una simple sinrazón de majería. La idea, o mejor dicho, el «hecho de observación», era de Colajanni o de Trerate, de uno de estos dos sociólogos amigos de Lombroso; pero el propio Juan habíalo comprobado en sí mismo, con un hartazgo de callos: la bestia humana surgió inmediatamente, con sólo haberle visto a una doncella las piernas... Sí, la tarde aquella turbáronle instintos de lascivia.... de irrespetuosidad hacia esta honesta casa de su protector, de crimen moral, por consecuencia... Si tal le sucedía a un culto ateneísta y licenciado, que a fuerza de la conciencia fuerte formada por sus libros supo dominarse, ¿pudiera nadie predecir adónde llegaría un bárbaro cualquiera bien comido, aunque se le enseñase a leer?
¡Bah, leer! ¡Para que leyese periódicos, media docena de folletos que le metiesen el anarquismo en la cabeza!
Inglaterra, Francia, Alemania, los Estados Unidos, con todas sus escuelas y su industria, no habían visto disminuir su criminalidad, sino simplemente transformarse. El apache es un producto parisién: come, lee y escribe.
¡Oh, la dialéctica! Juan, que en sus primeros tiempos de Madrid no sabía si era demócrata, ahora se había hecho conservador, aristocrático, más que Garona aún. Y por si Garona lo quisiese aprovechar, iba a ofrecerle este tema de discurso contundente contra la interpelación que sobre la enseñanza y los consumos anunciaban ciertos diputados radicales: «Las clases pobres, ya que es imposible hacer un doctor de cada ciudadano, deben permanecer en aquella santa ignorancia medioeval que mantuvo un régimen de orden, y comer lo estrictamente necesario. No había otro modo de conservar un pueblo perfectamente dócil, perfectamente gobernable.»
Cogió otro libro y se dispuso a formular la estadística italiana.
Pero cantaba por la calle un ciego, y Juan se levantó con el objeto de cerrarle al balcón las vidrieras. Las había entreabierto para que entrase el sol, en este primer día claro después de tantos días de lluvia.
Cerró. Una visión le detuvo, sin embargo, a través de los visillos. En el mirador del centro, alzado sobre el templete de la entrada principal, cuidaba los canarios la señora. Él veíala casi enfrente, desde este despacho, desde este balcón que estaba en otra de las torretas laterales del hotel.
Suntuoso el mirador, con sus cristales curvos y sus adornos de mármol y de bronce. Grande como una sala; lleno de sol como una gloria. Recogidos a lo alto sus estores, veíanse colgar del techo las canastillas de orquídeas. Dentro, a pesar de ser Noviembre, podía estar la señora de claro, de verano..., según estaba siempre en esta confortable mansión calentada por estufas invisibles. Los canarios pipiaban, saltando en la dorada jaula, magnífica, de soberbio pie, y que parecía propiamente una custodia. La señora, al alzar por los alambres las manos llenas de sortijas, enseñaba ambos brazos hasta el codo, derribadas sus amplias mangas de sedas y de encajes. ¡Oh, qué disparate el socialismo! ¿Cómo iba cada ciudadano a poder tener una jaula como ésta, sólo para canarios, que valdría sus mil pesetas, y un hotel y unos jardines como éstos?
Pero los brazos, la albura y la elegancia de aquella especie de gran bata de la dama, llamaban su atención. Juraría Juan que esta bata fue la misma que le vió en la famosa tarde a la compañera de Gaspar. Y... ¡oh!... ¿era entonces que llevó su avilantez Marieta, la rubia doncellita, hasta adornarse para cosa tal con los lujos de su ama?
Se retiró de los cristales. Volvió a la mesa. Sin embargo, no pudo trabajar, con la obsesión del mirador, que seguía ostensible enfrente. Esta bata clara le inquietaba. En doce días de estar tratando a la señora, veíala por primera vez con el traje que acababa de traerle a la memoria la escena tremebunda. La duda tornaba a acometerle, y rubia también. ¿Fue ella, o fue Marieta?... En fin, sí... ¡fue Marieta!... por más que le tuviesen que caer demasiado holgadas, demasiado grandes, las ropas de tan espléndida mujer...
No lograba persuadirle, a pesar de todo, la afirmación que él quería dejar inconmovible en su conciencia por no profanar ni con sospechas la pureza de este hogar. Contra su voluntad, acordábase de ciertos pormenores observados en su trato con la dama... Sí, sí... de... ciertos pormenores que ella...
«Imbécil» -se injurió a sí propio. Y el disgusto le levantó.
¿Qué, que fuese, como joven, algo alegre y espontánea?... «¡Una santa, una santa! ¡Un modelo de esposas y una verdadera madre de sus hijos!» -según le dijo Martina.
Juan juzgose indigno. Cogió el libro y los papeles y se marchó del despacho. Por un sagrado terror, huía hasta de la distante e ignorada presencia de ella, evitándose las divagaciones injuriosas.
Bajó la escalerilla de caracol que conducía a la biblioteca y se dispuso en una mesita a continuar las estadísticas.
Mas no pudo. Su disgusto interior era muy grande. ¿Por qué insultaba en pensamiento a esta señora? ¿Por qué ofendía a su protector? Se quedó reflexionando... recordando. Al ser presentado a ella por Garona, tuvo el espanto de creer reconocer a la que llevaba abrazada D. Gaspar. Y... ¡oh, qué absurdo! ¡un hombre, D. Gaspar, que debía a Garona cuanto era!, un abolgadillo que también dos años antes había venido de secretario a la casa, y actualmente habíase encaramado ya nada menos que en la embajada de Francia!... Imposible. El concepto de tamaña ingratitud no cabíale a Juan en la conciencia.
A pesar de lo cual, una terquedad estúpida le hacía recordar con recelo ciertas cosas, ciertos «pormenores de su trato con la dama.»
Reíase mucho, ella; era desenvuelta y miraba de un modo singular.
Cuando le encontraba en los pasillos, se le quedaba mirando y sonriendo.
Él almorzó con el matrimonio un día, porque habíase retardado en el trabajo, y no dejó la señora de mirarle ni un segundo desde el frente de la mesa. Además tendría tal hábito de sentarse con las piernas estiradas, que él, por no tocar a los de ella, se vió en la precisión de encoger los pies algunas veces.
Desde entonces, no había tarde ni mañana en que hubiese dejado de entrar con cualquier motivo en el despacho. ¡Mujer más deliciosa, más insinuante!
-«Sí, sí -fue anoche mismo a anunciarle-, ya le he dicho a mi marido que me parece usted inteligente. Le pondrá tres mil pesetas. Al lado suyo usted prosperará con rapidez». -Charlaron, y la dulce bondadosa...
Sonó la puerta.
¡Ella!
Juan se estremeció. Púsose de pie instantáneamente.
-¡Hola! -oyó que saludaba, lanzándole una de sus sonrisas.
-Buenos días, señora -se apresuró Juan a responder con una inclinación.
Dejó ella de sostener con la alhajada mano el portiére, que le había formado un dosel verde-ceniza a su elegancia perla, y, avanzó hacia el interior.
-Siéntese, hágame el favor; y siga, siga su tarea. Yo vengo en busca de unos libros.
-¿Qué libros, señora?
-Oh, nada. ¡Yo los buscaré! Hágame el favor de sentarse y proseguir. No quiero distraerle. ¿Estorbo?
-¡Oh! ¡usted, señora! ¡Encantado!
-Bien. Con su permiso. Gracias.
-¡De nada, señora, por Dios! ¡Usted es muy dueña!
Ella, lanzándole otra sonrisa, se torció hacia la estantería de la derecha. Había caído sobre los lomos rojos de la Revue Diplomatic.
Él se sentó azoradísimo por esta sonrisa, que esta vez había tenido no se supiese qué particular dedicación o qué sorpresa. Quiso trabajar, ruboroso y preocupado. Poco hecho a cortesías, llegaba a dudar si cada vez que metíase en cumplimientos y en frases de etiqueta, por ser fino, no dijera alguna estupidez. Ella habría sonreído por esto. Ella quizás le miraba siempre con curiosidad como... a un bicho raro del Ateneo, incapaz de decirle a una gran dama dos cosas a derechas ni de hacer dos reverencias sin tropezarse con los muebles.
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