Capítulo 1
La noche tenía una diafanidad de maravilla. Víctor detuvo perezosamente su marcha de pereza ante la fronda del hotel. Había un coche a la puerta y dormía el cochero. Las dos. El problema eterno de su horrible libertad le abrumaba. Si quería, podía entrar. Si quería, podía seguir paseando de un modo filosófico las calles. Por lo pronto, quieto, aspirando el olor de las acacias en la fiesta de este Mayo serenísimo, deploró que la avenida se pareciese a tantas de París, de Roma, de Berlín. Las mismas filas de focos y faroles; las mismas cuádruples hileras de árboles; los mismos rieles y cables de tranvías... Él, en Berlín, en París, en Roma, a estas mismas horas, encontraríase también probablemente delante de un hotel con su misma horrible libertad de entrar o de seguir filosofando por las calles. ¿Dónde estaba, de la tierra toda, el pueblo nuevo de la grande vida?
Abrió la cancela. El minúsculo jardín le sumió en la perfumada sombra de sus cersis. Las ramas subían hasta los balcones, hasta los tejados y terrazas. Un pequeño hotel, tan bizarramente bello como un bello panteón. Entre las dos alas de escaleras vertíanse las conchas de la fuente. Los muros tapizábanse de musgos. Las dos grandes casas inmediatas abrumábanle, empotrábanle burguesamente en antro de rincón de selva. En los lienzos de pared había hornacinas donde pudieran ponerse santas o afroditas. Pensó que igual serviría este sitio para invocar a doña Inés, si hubiese estatuas, o para que a él le clavasen un puñal si fueran menos tontos los ladrones. Y pensó también que la meseta, a la altura de las copas de los cersis, sería excelente para decirle un sermón de loco a unos fantasmas. Abrió y entró.
Su casa. ¡Qué burla! Su hogar... y el de todo el mundo. Volvía a los cinco días y nadie le esperaba. «Se habrá ido al Escorial» -dirían el pintor y el poeta. Si faltase medio mes, dirían: «Se habrá marchado a Londres». Si faltase cuatro años, dudarían: «¿Se habrá muerto?».
Sin embargo, venía luz del comedor: el poeta debía de estar escribiendo al olor de los fiambres.
Llegó y se encontró a dos mujeres. Cenaban con los abrigos y los grandes sombreros puestos. Se asustaron. Él no había armado ruido por la alfombra. Hubo explicación. Nada de asesino; había entrado por la puerta y con la llave, y era uno de los tres dueños de la casa. Ellas siguieron comiendo pastel y le invitaron. Rubias, muy rubias, muy elegantes. Presentáronse a su vez: Claudia y Lucía, hermanas, y venidas el martes de Valencia. Bailaban en un cine. Estaban solas, aquí -y en un estudio de la calle Jorge Juan, Julio y Marcial y otros dos, con la Flora y con la Paca y las Eléctricas. A Víctor no le dio la noticia afán de ir -venía cansado. Entonces, Claudia, la mayor, vio la oportunidad excelente para volverse con ellos. Lo había ofrecido y la aguardaban: los abandonó con Lucía, que no debía estar en la broma, y por dejarla aquí -pues tenían un cuarto las dos, sin sirviente, y sola le daba miedo a Lucía; les dijo Julio que aquí hallarían a la criada y les dio la llave. Tomaron un coche, pero... ¡nadie!, ¡nada de criada tampoco en el hotel! Acababan de revisar las alcobas. En vista de ello, antes de recogerse a su casa, juntas, por quedarse Claudia haciéndole compaña a la medrosa, y habiendo en el aparador encontrado este pastel y estas pasas y este vino, tomaban un bocado, ¡claro!, por si en casa no tenían... ¡Cerraban tan temprano los cafés!
-¡Bravo, riquitas! -sancionó Víctor aceptando la copa de coñac a que también le convidaban.
-Pero si he de irme, ¿quieres?... no como más. Esta, ¿queréis?... sabiendo que tú duermes también en el hotel, no tendría miedo... Vamos, verás, francamente -añadió levantándose y disponiéndose a partir-, no es que a mi hermana la asustase cenar en cueros, según estaban proponiendo las Eléctricas, porque presumen de estatua, sino que no la habrían, al fin, de respetar... Aquí, al menos, tú no estás borracho, ni ella. Además, te supongo, Víctor (¿Víctor, no dijiste?)..., te supongo un caballero capaz de corresponder a la confianza de mi hermana al quedarse. Comprende que cuando ni yo quiero que lo haga, ni ella quiere perder el juicio entre borrachos, será que necesite todavía saber lo que se pesca. ¡Adiós!
Partió, y a los dos minutos rodaba por la calle el coche. Lucía quiso inútilmente verlo por los vidrios del balcón: se lo impidió el ramaje. Era muy joven, tendría diez y siete años. Una chiquilla en una esbelta corpulencia de mujer. Menos diestra tal vez en hablar y provocar con la palabra que en despertar los deseos con la mostración de su talle sensual, habría querido que la viese Víctor así, de espaldas, completándole el encanto azul y rubio de su cara de Purísima. Volviendo a cerrar las puertas del balcón, se acercó a la mesa.
Traía un aire indeciso y pudibundo.
-¿De verdad que no saldrás? -le preguntó a Víctor sin sentarse.
-No.
-Entonces me acuesto. ¿En qué cuarto?
-En el que quieras. En el mío.
-¡Oh, tú estás cansado! -eludió ella con malicia.
-Pero mi cansancio puede menos que una rubia como tú.
-Me acostaré en el de la estufa. No duermen allí Marcial ni Julio, ¿verdad?
-Te veo informada de la casa.
-Comimos también ayer con tus amigos. Tú, ¿dónde andabas?... Hasta en tu alcoba había dos: una Pura y una Antonia. Creo que no las conocían. Las Eléctricas vivían aquí desde el martes.
-Aquí hay cama y mesa siempre para todas las bonitas. La posada del Amor. No se las pregunta quiénes son. Basta mirar si son bellas.
-Sí, le llaman a esto La posada del Amor. Ya lo sé.
Víctor recordó, aunque no quiso, perezoso, decírselo a Lucía, que en una cierta Pascua de Cuaresma se habían reunido en el hotel, entre amigas y compañeras de amigas, quince mujeres. Tuvieron muchas que dormir por los divanes -hasta que echaron diez el Jueves Santo y volaron las demás el Sábado de Gloria.
-¿Conque me acuesto allí?
-Tonta, en mi cuarto.
-¡No! -rechazó Lucía, esta vez vivamente.
Pero él se levantó, fue a ella y dijo besándola con menudos y tranquilos besos:
-¡Bah, mujer! Deja reparos. Debí de parecerte antes descortés... Creo que le dije a tu hermana que tenía, más gana que de nada, de dormir. Ahora, contigo solo, tú eres demasiado linda huésped para que pienses que me cuesta esfuerzo librarte de miedos en mi alcoba.
Lucía dejábase besar, pero de nuevo protestó:
-No es eso. Es... que yo no quiero.
-¡Ah! ¿Por qué? -dijo Víctor soltándola y sentándose- ¿Te desagrado? Sí. ¡Yo ya soy un poco viejo!
-No. Tú eres muy amable, como Marcial y como Julio; pero yo... ¡no puedo! Recuerda lo que te advirtió mi hermana.
-¿Algún amante, allá en Valencia... a quien le eres fiel en Madrid, bajo la guarda de tu hermana? Entonces, vete: respeto siempre a las que aman mucho.
En el silencio, ella sonreía maligna y pudorosa.
-Te engañas... ¡Al contrario! -susurró-. Precisamente al revés; es... porque yo no he tenido amantes nunca.
-¡Cómo! -no pudo Víctor menos de exclamar, todo en duda y en asombro-. ¿Con quién hablo! ¿Qué es lo que me cuentas, chiquilla?
-¡Eso; lo que estás oyendo!
-Y eso... ¿puede creerse, mujer?
-Creerse... y demostrarse, si hace falta.
-¿De qué modo?
-¡Del que quiera... quien lo quiera!
-¡Pues yo lo quiero! -lanzó Víctor irguiéndose en la silla.
Pero Lucía, con un gesto, le contuvo en su ademán de levantarse.
-¡Ah, serían precisas condiciones... condiciones!
-¿Cuáles?
-¿A qué decírtelas?
-Dilas.
-Bien; me importa poco. ¿Dónde andabas desde que hemos llegado nosotras de Valencia?... Si hubieras estado con Julio y con Marcial, con los amigos, las sabrías, porque las saben ellos, y en este Madrid lo sabe todo todo el mundo. El que me quiera la primera vez, o tiene que darme dos mil duros o ponerme casa y asegurarme dos mil pesetas mensuales.
Víctor, que de largo tiempo atrás solía pasmarse de pocas cosas en la vida, se quedó perplejo.
El cartel de venta había sido izado por la virgen rubia con tal simple y brava ingenuidad, que ni siquiera dudó más que ella intentase engañar al comprador neciamente. Y como ella le miraba en oferta; como ella le consideraba un instante en posible comprador, viéndole primero en la mano un gran brillante, viéndole pronto después, sin embargo, en los ojos, una pena y un desprecio, bajó púdicamente la mirada al disculpar:
-¡Ya ves tú, nosotras... no tenemos, para empezar bien, más remedio!... A mi hermana le dieron los dos mil duros. Un conde. Puedes creer que si estuviese ya como mi hermana... me importaría poco irme a tu cuarto de balde. ¿No he dejado que me beses?... ¡No; no somos egoístas!
Giró y se marchó despacio hacia la alcoba de la estufa.
Sintió Víctor, viéndola partir tan bella, tan miserable, en la soledad indefensa del hotel de vicio y de bohemia, el amargo y rabioso ímpetu de ir detrás y... violentarla, sin otro premio que la ira de quien se ve robar su joya de valía...
Desistió. Sería como si la hubiese visto entre el corsé los dos mil duros en billetes y en esta soledad se los quitase. Ella tendría un absoluto derecho a decírselo después en los cafés y en las calles: «¡Ladrón!». Por lo demás, no estaba dispuesto a darla dos mil duros; y aun hubiese de escupirla si por tres volviera la virgen a ofrecérsele.
Una piedad negra e infinita, que cogía desde esta niña rubia y este hotel al Universo, le ahogaba.
Se levantó y se fue a su dormitorio.
En la piedra de la mesa tenía las cartas de seis días. Púsose a romper sobres-. Una le pedía una cita. Otra pedíale cien pesetas; «estaba enferma, grave» -fecha de cuatro atrás- bien; se las daría, si no había muerto. Mery le enviaba besos desde Londres y Ricarda desde Niza. Pero había también una carta de Versala, sin letra de Clotilde; esto le alarmó, porque la mensualidad de la niña en el convento se la había girado al doctor hacía poco. Y escribía el doctor:
«Mi querido don Víctor: desde el sábado está su hija en cama con fiebre infecciosa. Aunque esta fiebre suele no ser de gran peligro, es larga, pesadísima, durando a veces ocho y nueve septenarios. Además, la niña es muy nerviosa y delira. Esta mañana tuvo dos ataques. El síntoma me inquieta, porque pudiera la infección hacerse cerebral. Si puede usted venir, venga a verla. No cesa de nombrarles a usted y a su pobre madre (q. e. g. e.) La bañamos. Creo que su excitación se calmaría si le viese a usted a su lado. De todas suertes le tendré al corriente día por día. Suyo afectísimo, Antonio Flores».
¡Oh!
Buscó si había otra carta con noticias más recientes. No hallándola, miró la fecha de la que acababa de leer, y se calmó; era de hoy.
¡Pobre Clotilde... y pobre Clotildina!
Su hija. ¡Como su casa, como su hogar... nada de él y todo de todos, y suyo también lo de los otros!
Su «hija» llevaba en el convento dos años. Desde que murió la amante desdichada a quien pudo él amar un poco más que a otras amantes. ¡Un poco más! ¡Pobre Clotilde! Murió... y le dejaba otra Clotilde niña sin padre conocido. Expiró llorando, y abrazada a él y abrazada a ella (al ángel de belleza y de inocencia que le creía su padre), le pidió que la amparase... Él, ¡qué hacer mejor!, la declaró su hija, la reconoció delante de un juzgado, como hija propia... Daba igual; ella podría heredarle (si no era su sino también morir primero) menos ingratamente que una imbécil parentela.
¡Pobre Clotilde!
Su sombra, que le pareció a Víctor que acudía invocada por su honda compasión, por su ternura, le recordó a la rubia virgen en subasta que dormía no lejos. Acaso de otra noche de subasta naciera Clotildina... ¡Y cuánto la amó su madre!... ¡¡Y cuánto entonces de amor inmenso y dormido, de humano corazón divino de mujer, habría, sin que ni el mundo ni ellas propias lo supiesen, hasta en estas vírgenes en venta!!
Tenía casi una lágrima en los ojos.
Se la arrancaba, a la vez, su olvido de la huérfana. Supo de un colegio, allá en Versala, donde él tenía a un doctor por viejo amigo, y la envió, y no habían vuelto a verse. ¡Escribirla, bah, cada domingo! ¡Leer sus cartas!... «Queridísimo papá...». -¡Pobrecilla!
Resolvióse a ir al día siguiente. Si muriese... quería él recogerla el último beso puro que hubiesen de darle unos labios... ¡Qué pena, habiendo tantas bellas bocas de mujer que podrían besar con más amor de diosa que los ángeles... con inmensamente más pureza que las niñas!
Se ahogaba.
Abrió la ventana y se asomó.
La noche tenía una infinita diafanidad de maravilla.
Capítulo 2
El parque, al sol, tenía una inmensa paz de maravilla.
En las platabandas que circundaban la glorieta, los bojes trazaban las cifras de María, y los tomillos de Italia las cifras de Jesús. Había palomas blancas, y las golondrinas rasaban como flechas las copas de los árboles.
De pronto volaron las palomas. Otra bandada blanca y bulliciosa corría acercándose. Eran las niñas -y los jardines se poblaron de gritos y de risas. Once se apoderaron del columpio; muchas jugaron al diávolo, y dos grupos de pequeñas a la comba. Solamente las cinco mayorcitas quedáronse acompañando a la inspectora en el banco del nogal. Estas seguían preguntándole a la hermana sobre la plática de hoy. Fue de la mentira. Pero a veces hacía falta y debía salvarse la intención, como hizo San Francisco: interrogado acerca de si había visto un fugitivo, dijo, por no delatarle, metiéndose en una bocamanga la otra mano: No ha pasado por aquí. «Y además, llegan a vuestra casa y preguntan por papá. -No está-; pues se miente; debe decirse: -No está- añadiendo bajo (para que usted le vea)»... ¡Oh, qué bien! -Sino que hubo que reñir a una muy mala pequeñina que poníase delante del columpio. Para aplacar la protesta, fueron la inspectora y las cinco a columpiar.
Llegaron otras dos hermanas, y luego tres. Las blancas capelinas, fruncidas bajo las tocas negras desde la frente al mentón, les ceñían la cara, dándoles una ancha y rosada frescura infantil. Eran jóvenes casi todas ellas, y las niñas acababan por tratarlas como a niñas. Quieras que no, subieron a una al columpio; y al fin columpiábanse también la hermana Carmen, la hermana Rosa y la hermana Veneranda... El parque estaba en plena gloria de risas y de gritos. Los diávolos bajaban y subían. Algunos a grandes alturas, por encima de los árboles. Pero a los diávolos (¡Ave María Purísima¡), se les cambiaba el nombre por carretes, y además se prohibía jugar cerca de la tapia que daba al campo, pues una tarde, mozuelos irreverentes, que volverían de cazar, osaron dispararles con munición a los carretes. Se comprendió cuando cayó uno acribillado y trompicando desde arriba. -¡Ah, qué bien se estaba aquí! Las colegialas reían con las hermanas y no querrían salir nunca del convento.
Sin embargo, en el columpio tuvo que establecerse el orden de un modo repentino: llegaba la directora.
Llegaba... solemne, lentamente entre los álamos. Sin duda vio a la hermana Carmen por el aire y la oyó chillar... y venía disimulando haberla visto. Requeríalo el cargo que las iba recorriendo a todas, cada año, por turno. Cuando lo tuvo la hermana Carmen, tampoco se columpiaba. Y llegó la directora y se sentó. Al banco fueron a acompañarla algunas niñas. Todas informáronse de cómo seguía la enferma.
-Lo mismo. ¡La Virgen de Tur quiera salvarla!
-¿Viene el papá? -le preguntó una morenita, amiga de Clotilde.
-Mañana llega.
Hubo un alto en el columpio, y se diría que una oración pasó con el silencio por los labios y las almas. En seguida se mecieron solamente las chiquillas, y la hermana Carmen empujaba. La hermana Rosa y la hermana Encarnación se fueron a ayudar a las combas. Volvió a reinar la alegría. Quiso la hermana Veneranda enseñar al diávolo a una chiquitina, y no sabía ella repiarlo en el cordel. Mientras, se reía la directora; una rubia cubanita echábala piropos. ¡La directora, la grave directora, la hermana Nieves, más buena, más joven que casi todas las otras monjas del colegio! Ella no quería decir sus años, por no perder autoridad; pero la morena amiga de Clotilde los sabía, de cuando no era directora y jugaba al corro en el jardín: apenas llegaba a veintitrés. Una le rodeó a la toca sus trenzas rubias, por verla cómo estaría con el pelo; otra, sus negras trenzas.
-¿Cómo es usted, madre? ¿Rubia?
-No, mujer; ¿no estás viéndome las cejas?... ¡Qué loca!
-¡Ah, sí! Pero... ¡es usted tan blanca! -y se la inclinó al peto y le besó fervorosamente la medalla, con el fin de demostrar que no la quería menos porque no fuese rubia también.
Quiso la otra en seguida rezar por Clotilde, y las tres pusiéronse a rezar. La madre no había venido más que a descansar un rato, del cuarto de la enferma. Sin embargo, el rezo se interrumpió con la llegada de otra hermana: estaba en el locutorio esperando el párroco de las Mercedes. La directora se levantó, y se llevó, de paso, a la hermana Carmen. Le extrañaba esta visita. La compañía gustábale como una dignidad que le daba al cargo, tal que con sus damas una reina.
Ya iba delante, y muy serias las tres, cuando entraron en la casa. El anciano sacerdote traía cara de disgusto. Era un sabio arrugadito, tintado por la bilis, con lentes, todo calvo. Sentáronse. Mostró su asombro de que supiesen ellas el viaje del papá de la enfermita sin encontrarlas aterradas. En el convento vivían aparte del mundo; se desconocían cosas que no ignoraba él, por desdicha, y debía advertirlas: no es que fuese aquel señor un descreído, sino un malvado y un hereje; autor de novelas nefandas, debíales bien triste celebridad; los periódicos y revistas de la buena Prensa lanzaban sin cesar al escarmiento y la vergüenza sus escándalos. Por ejemplo: aquí, cerca del mismo Versala, en Tur, tuvo tiempo atrás una querida a quien volvió loca y mató a fuerza de martirios. Poco después su mujer corría la misma suerte, y de ella le quedó Clotilde. Finalmente, vivía en Madrid con otros de su laya y en perpetua bacanal, en una maldita casa donde tenían sobre los lechos, en vez de Crucifijos, Sagradas Hostias clavadas con puñales...
¡Oh! ¡No esperaban las hermanas tal horrenda cosa... y tal conflicto! ¿Debía consentirse, pues, que ni siquiera el réprobo pasase los umbrales del convento? La cuestión se discutió. Clotilde no era la única pobrecita niña hija del pecado que estaba aquí, con la piedad de ellas hacia tales inocentes, en el abandono de una madre o de un padre ricos, y con el cristiano deber de las cristianas por disputarle al Mal almitas blancas. A Clotilde, bella y buena, queríanla más, justamente porque nadie venía a verla desde que estaba en el colegio. Aparte su gravedad, que lo impedía, fuese el hacerla salir, como entregarla al enemigo; pero su padre tendría derecho a ella, según las profanas leyes, y a verla aquí, según el reglamento. Y en fin, ya que tampoco el designio del sabio sacerdote cifrábase en que echasen a la niña, sino solamente en avisar a las hermanas de la casta de hombre que las iba a visitar, el delicadísimo acuerdo quedó fundado en estas bases: pasiva hostilidad, y toda la brevedad posible en las visitas. El buen párroco, por otra parte, sabía la noticia del viajero porque el médico se lo acababa de contar, mostrándole un telegrama: venía, pues, el hereje, llamado y por cumplir; lo probable sería que se largase al día siguiente.
El párroco se despidió.
Y ahora sí, estaban aterradas las tres monjas. Siguieron deliberando, y la directora llamó a todas las hermanas a capítulo. Buscaban una línea de conducta. El terror invadió también a las demás, y aparecíaseles el réprobo como un demonio. ¡Las Hostias clavadas con puñales! La menos joven, la hermana Petra, que ya pasaba de cincuenta años, propuso que nunca se le recibiese sino por tres juntas, para que mientras una le hablase, dijeran las otras incesantemente: «¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!...». Además, se reforzarían los escapularios y aumentarían sus oraciones.
Quedó la directora sola, después -reclamada la comunidad por sus cuidados con las niñas. -Primero rezó, arrodillándose ante una Pura. Luego volvió a sentarse en el mismo sillón gótico en donde habíanla hecho temblar las revelaciones tremendas, y pensó, fortalecida, que era un poco cobarde e infantil la resolución adoptada. Tres, o todas, como cada una de ellas, debían tener, en su misión santísima, la heroica fe y el valor que afrontase los espantos. Desde la autoridad de su cargo temió haberle dado a las hermanas ejemplo de debilidad. Recordó que no formaba sino estricta obediencia de su regla combatir el miedo; allá en la Casa Matriz, la madre general, cuando novicias, obligábalas a llegar hasta los rincones más obscuros de los claustros, donde la alucinación de chicuelas hacíalas ver al enemigo, y las mandaban velar solas a los muertos.
Se avergonzó la directora. Llevaba en el corazón a Dios, al Invencible, y diríase que todas lo habían dudado al aceptar en salvación el mutuo vil amparo de ellas mismas. Se levantó y se vio en la faz, al paso, en la dorada cornucopia, un rubor de vivo fuego. Mal sabía cumplir su dirección en esta casa. Dispondría un trisagio en desagravio. Para recibir al réprobo, el convento no debía cambiar absolutamente en nada sus costumbres. Si era un cínico, que osara blasfemar o querer quitarle las reliquias a la enferma, ella se sobraría para imponerle el duro correctivo.
Y bajó -con no sabía qué detestable impresión de cuernos y de rabos y de pelos largos y de azufre-, bajó por la ancha y soledosa escalera, en que ya brillaba el farolito, hacia el cuarto de la enferma.
Capítulo 3
DETENTE -fue lo primero que vio Víctor en el pórtico-, EL CORAZÓN DE JESÚS ESTÁ CONMIGO.
Diríase que se lo mandaba a él la santa placa.
Corrióse la mirilla, un fuerte cerrojo después, y por último la llave y el picaporte, y entró delante el doctor. La hermana portera hizo sonar «a médico» dos golpes de campana. Esperaron, presentando don Antonio a Víctor e inquiriendo noticias de la enferma, que había pasado en calma la noche. Pero sonó también un timbre, y la hermana portera, por acudir a la llamada, hízoles pasar a un pequeño recibimiento que estaba a la izquierda del portón.
El cuerpo de entrada, cuyo suelo era de mármol, adornábase con macetas de azucenas.
-¡No sé! Nunca me detienen -dijo don Antonio. -Será porque viene usted. Sus libros, para monjas, ¡claro... deben de darle una fama!
Y no de sus libros, de su vida, que era la forzosa negación de sus libros, sufrió el novelista bochorno. En el ambiente de azucenas advirtióse él mismo la emanación de perfumes acres con que todo lo impregnaban las mujeres del inmundo hotel.
Volvió la portera, invitándolos a entrar. Sabía el doctor adónde, y a su lado cruzó Víctor un claustro de columnas finas que tenía en su centro un jardín y una cisterna. La madre los recibió en una puerta lateral. Por otro ángulo cruzaba leve otra monja, revolando silenciosa su negra túnica por el níveo pavimento.
-La madre directora... El papá de Clotilde -presentó mansamente don Antonio.
La madre inclinó apenas la frente a la reverencia de Víctor, que se admiró de verla tan joven. Si le había mirado, debió de ser con la sagacidad instantánea de quien sólo ansía ser vista con la mirada en el suelo; estaba pálida y serena. Guió. Era alta. Dentro del saloncito, detúvose un segundo ante una colgadura, completándole al doctor detalles de la noche. Al doctor, no a Víctor. Este sentíase restado de la atención de la monja; intruso aquí, no se recibía de él más que al papá de Clotilde, ¡a lo único falso, pero grande, al menos, que había en la realidad de su existencia miserable! La madre alzó la colgadura. Pasaron.
En su dorado lecho yacía la enferma boca arriba, muy pálida. Una cofia recogíale los rizos en las sienes. Dormía. El médico la pulsó, indicándole a Víctor que no le reconocería aunque quisiera despertarla. Él mismo, sin otras inspecciones, respetó este sueño, logrado a fuerza de bromuro. Grande la fiebre; y como la madre llevaba la termométrica observación en un cuaderno, ella y el doctor, para mirarlo, volvieron pronto al saloncito. Sólo entonces, Víctor, él intruso, osó doblarse a contemplar «a su hija».
Tendría siete años. Su cama no era ya la cuna en que la dejó la pobre muerta. ¡Cuánto había crecido! En la celeste colcha marcábanse las puntas de los pies. Bella cómo un arcángel. Resplandecía en su rostro, con la inexpresión de su inconsciencia, una idealidad de gloria y de infinito... una paz de eternidad, tal que si fuese ella el centro mismo de la eterna paz que flotaba en el convento. Olía a inciensos y a éter. Fue a besarla, y un escapulario le contuvo; estaba sobre el embozo, sacado, por el cordón, del cuello de la niña, y justamente en medio de su pecho: DETENTE, EL CORAZÓN DE JESÚS ESTÁ CONMIGO.
En la enorme costra de impurezas que envolvía su alma, Víctor sintió removerse amarga su bondad. Otras almas buenas, grandes, vivas aquí en la muerte de la vida, no podían comprender con su inocencia infantil que también el alma de una madre, viva en la enorme vida de la muerte, estuviese con él, junto al lecho azul y blanco, diciendo: «¡Bésala, sí!... ¡Besa con tu noble amor de humanidad a la hija mía sin padre!». Acabó de inclinarse, y robó un beso, un solo beso en la frente de la niña, como quien robara algo del convento.
¡Oh!, un robo; la pureza y la bondad, en la propia mansión de la bondad y la pureza!
¡Su hija! Las cartas, ¡oh!... «Querido papá». Y en dos años no la vio, y en dos años cambió tanto, que él no la hubiese conocido si la encuentra en una calle. ¡Qué importaba! ¡Su hija, su hija!... Era su dolor, y lo había sido muchas veces, no poder ser lo mismo el padre de todas las niñas como esta. Sin él, ésta vendería en Madrid revistas y caricias con guiñapos...; ésta yacería con su fiebre y con hambre en el banco de un paseo..., lejos de tener aquí besos de buenas, sedas de lujo. ¡Ah, cuán menos la hubiese conocido a los dos años, dejada sola, si la encuentra en Recoletos... y cuánto más importaba, pues, amar que conocer a los hijos!
Clotilde. La contemplaba. ¿Iría a morirse?... El amor de la muerta, de la madre, que ya era amor de Dios, esperábala quizá... y la espectral belleza de alma pedía, envolviéndole: «Si muere, despídela tú...; envíame y recoge en tu pureza con su último suspiro y de su último suspiro el beso de pureza que yo no supe darte!». Dos lágrimas, que cayeron en la frente de la niña, fueron de un corazón la respuesta y la promesa. «Si muere, yo cerraré sus ojos, yo guardaré su último suspiro...». Mas volvía la monja, sin ruido, con su también espectral deslizarse de sandalias en la estera y en la alfombra, y Víctor tuvo veloz que quitarse con los dedos la huella de sus lágrimas... de las dos únicas lágrimas que tan raramente le subían del corazón como una esencia carísima y preciosa.
El médico ordenó desde la puerta:
-¡Salgan! ¡Déjenla dormir!
Una orden para él, para el intruso. Le limitaban su afán, sin duda por indicaciones de la madre, y salió. El doctor, haciéndole sentarse, se puso a contrastarle sus pronósticos, muy graves, con la térmica gráfica.
La madre, mientras, en la alcoba, hacía por confirmar que el réprobo no arrancó el escapulario del pecho de la niña, ni la corona ni las flores a la Virgen. Tenía, además, otro asombro: el réprobo lloraba... ¡Sí, ella le vio húmedos los ojos... y estaba viendo las lágrimas en la frente de la enferma!... ¿Cómo ésto? ¿Por qué lloró?... ¡Un hombre que venía porque le llamaban y que había entrado tan impasible hasta el lecho donde se moría su hija!...
Salió también al saloncillo llena de confusión, de dudas, de miedo... rezando... Cogió un devocionario y se sentó.
Al levantarse don Antonio, Víctor le imitó para salir; aquél dijo:
-No. Siéntese. Puede esperar un poco, ¿verdad, hermana?... mientras yo en la enfermería... Hay otras cinco niñas que ver. A Clotilde la hemos aislado aquí por tratarse de infecciosa.
Aguardaba al médico la hermana Petra en la puerta, y le acompañó.
Víctor habíase quedado inmóvil, mudo.
-¡Siéntese! -insistió la directora.
-Gracias.
Le indicaba lejos el sofá, y Víctor obedeció. Ella leía y él, enfrente, sin ninguna impertinencia, pudo observarla. Su cara se envolvía entre sombras, hacia el libro doblada la cabeza, en el capuz del manto. Sus manos, en cambio, recogían la plena luz de la ventana como un mate marfil. Era fina, con esa finura de raza que se refleja toda e indudable en el aspecto, y acaso la selecta educación de su niñez la tenía violenta en esta actitud de lectora arisca ante un hombre que, fuera lo que fuese, sabía mantener su visita con corrección irreprochable.
A los pocos segundos la turbación de ella era mayor, y acabó por entrecerrar el libro y abatírselo a la falda.
-Hermana, si lo deja por mí -la invitó Víctor-, siga leyendo.
-No, gracias. Terminaba una oración. Dispénseme.
Y como le miró, al contestar, sorprendida por la extrema cortesía del réprobo, se deshizo un poco su visión de cuernos y de rabos. No obstante, añadió, volviendo a bajar los ojos y sin saber si así también, cortés, pagábale, o le oponía una idea de Dios como una valla:
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