Read here

El pasado

Florencio Sánchez · 1910 · Free in the US

10,075 words · about 42 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

Free in the US: this text is in the public domain in the United States; it may still be in copyright elsewhere.

Licence: PD-US · Published in 1910 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=El_pasado&action=history). · Wikisource contributors

Text from Wikisource and set out for reading on screen; no words of the book are rewritten or summarized. How RedLectern is built

About this book

Author
Florencio Sánchez
Language
Spanish
Published
1910
Length
10,075 words · about 42 min
Sections
23 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (23)

Continue:

Personajes

Rosario

Ernesto

Silvia

Arce

Mameca

Criado

Titi

Un niño, 6 años

José Antonio

Una niña, 5 años

Acto I - Escena I

Acto primero

Escena I

En un hall lujoso.

(ROSARIO aparece sentada, atendiendo una conversación telefónica que tiene lugar en una habitación inmediata y de la cual se oyen repetidos campanilleos y ¡hola! Impaciente).

Silvia. -(Que vuelve del teléfono.) ¡Uff! No conozco cosa más inservible que un aparato telefónico.

Rosario. -¿Qué dicen?

Silvia. -No se entiende ni jota. Pido con el Club y me ponen con un aserradero, luego con una agencia de vapores, y cuando consigo comunicación, después de recorrer media lista de abonados, resulta que el aparato no funciona bien y no se puede pescar palabra.

Rosario. -¡Qué fastidio! Voy a mandar a Manuel.

Silvia. -¡No es para tanto mamá! ¡Parece que fuera la primera vez que falta Ernesto de casa! ¿Se habrá quedado en el Club?

Rosario. -¡De bonito humor anda el pobre!

Silvia. -Pues por eso mismo dicen que el poker es un gran calmante.

Rosario. -Habría mandado aviso. Me tiene muy inquieta su ausencia.

Silvia. -¿Qué podría haberle ocurrido?

Rosario. -No sé: ¡Algo! Es tan vehemente ese muchacho que bien puede haberle dado un giro más desagradable a su asunto.

Silvia. -¡Por Dios! Que sería curioso. ¡Un duelo! No hay rival afortunado y supongo no querrá batirse con la niña; ni con su papá, así con su hermanito. ¡Ah! Serías muy capaz de pensar en... ¡Qué desatino mamá! ¡Qué desatino! Es no conocer a Ernesto suponerlo un caso de crónica policial. En castigo de esa cavilosidad, así que venga se lo cuento.

Rosario. -¡Niña!

Silvia. -Verás como te pongo y lo que se va a reír de ti cuando sepa que te lo imaginabas ingiriéndose una disolución de fósforos o de bicloruro por... amores contrariados. Nada menos. ¡Se acabó! ¡Vaya! ¡Se acabó! ¿Eh? Y a ver si cambiamos de semblante, señora. Hacen tres días que no se le ve una sonrisa.

Rosario. -¡Me afectan tanto las contrariedades de mis hijos!

Silvia. -Cualquiera diría que está uno dejado de la mano de Dios.

Rosario. -Tampoco vivimos en el mejor de los mundos.

Silvia. -¿Por qué, mamá? Vamos a ver. (Sentándose a su lado.) ¿Por qué razón? Tenemos salud, tenemos fortuna, tenemos representación social, amor y paz en casa. ¿Qué nos falta? ¿Papá? Es verdad que sería más completa la dicha si viviera pero...

Rosario. -¡Hemos perdido también a José Antonio!

Silvia. -¡Oh! En todo caso a una posible parentela, a él no. Extravagante, raro o maniático, continúa siendo un afectuoso miembro de la familia.

Rosario. -¿Y la suya?

Silvia. -¿Qué nos importa? ¡Con hacernos la cuenta de que sigue soltero!

Rosario. -Cada día resulta más difícil hacerse esa cuenta.

Silvia. -No veo la causa.

Rosario. -Yo la siento en la misma felicidad de mi hijo, en la firmeza, en la tranquilidad, en el calor de ese hogar tan desparejo y tan inconveniente que ha formado.

Silvia. -¡Habrías preferido acaso que le fuera mal!

Rosario. -No sutilices, hija. Es bien triste no poder aumentar su dicha participando de ella.

Silvia. -¡Para lo que le importa a José Antonio nuestra concurrencia! ¡Vaya! ¡Vaya! Seguro que te empieza a contagiar abuelita con su manía de agrandar la mesa. (Signo negativo de ROSARIO.) ¿Sí, no será que empiezas a sentirte abuela?... ¿A que sí?... ¡A que he dado en la tecla! ¿Confiesa, acerté?

Rosario. -Quizá. Pero no es eso.

Silvia. -¡Te has vendido! ¡No me lo niegues! Pero resulta un renunciamiento mamá... ¡No estás vieja!

Rosario. -(Un tanto halagada.) ¡Muchacha!

Silvia. -Y además... Y además tu hija se resentiría sino la reservases el placer de ascenderte a abuela con más honor. Al fin y al cabo no soy tan mal partido ni tan fea. Y ya se acabó, que es el más oportuno de todos los Santos. ¿Me entiendes? Y San afuera vacilaciones y San Adiós gravedad y San Deme un par de besos... Así. Y cuidadito Señora mía, con que vuelva a las andadas, por que si lo hace... no hay ascenso! ¿Salimos luego?

Rosario. -¡Si quieres!...

Silvia. -Si no quisiera no preguntaría. (Se aleja.)

Rosario. -Mandame a Manuel.

Silvia. -¿Volvemos?

Rosario. -No, es para otra cosa.

Silvia. -¡Ah! Si no, lo dicho. ¡No hay ascenso! (Mutis.)

Rosario. -(Hace ademán de responder y luego viéndola salir queda un instante abstraída con la vista fija en la puerta...)

Acto I - Escena II

Escena II

ROSARIO, ERNESTO y SILVIA.

Silvia. -(Reapareciendo con ERNESTO.) ¡Albricias! Aquí tiene al hombre. ¿Le cuento aquello?

Rosario. -Hijo. Me tenías inquieta.

Ernesto. -No se por qué.

Silvia. -¡Estaba por hacerte buscar por la policía, figúrate! ¡Pero qué cara traes muchacho!

Ernesto. -(Tirándose en un diván.) ¿No ha venido carta?

Rosario. -No. (Pausa.)

Ernesto. -¿Sabes que se van al campo?

Silvia. -¿Quienes?

Ernesto. -Ellos; toda la familia. Una verdadera fuga.

Rosario. -¿Por qué ha de ser fuga?

Ernesto. -En plena seasson, sin causa aparente, los petates y al campo por tiempo indeterminado. ¿No les parece extraño?

Silvia. -Absolutamente. La vida en el campo es muy económica.

Ernesto. -No digas idioteces.

Silvia. -¡Jesús! Todo el mundo sabe que andan mal de fortuna. Salvo que se la hayas reparado hijito.

Rosario. -(Contrariada.) ¡Oh! Silvia.

Ernesto. -(Para sí.) ¡Es bien extraño!... Bien extraño. ¡Sintomático!

Rosario. -Con semejante empeño, el asunto más claro se obscurece y se complica.

Silvia. -Déjalo, mamá; es el amor propio. Cualquiera convence a estos caballeritos de que podemos no quererlos o dejar de quererlos sin más razón que nuestro sentir.

Ernesto. -(Alzándose.) Estoy seguro de que aquí no hay tal cosa.

Rosario. -Pues si estás seguro del cariño de esa niña, no veo por qué razón has de desesperarte y afligirte así. Por otra parte debes tener en cuenta, que nada se había formalizado y por lo tanto son muy dueños los padres de intervenir en los sentimientos de la hija.

Ernesto. -Sí, estando mal encaminados.

Rosario. -Pueden creérlo así.

Ernesto. -¿A mi respecto, mamá?

Rosario. -¿Por qué no?

Ernesto. -¡Oh! Por muchos motivos: además del don de gentes que consagra derechos que no se pueden desconocer caprichosamente, han de mediar circunstancias, y muy serias para que a un hombre decente se le cierren las puertas de una casa, como lo han hecho conmigo.

Silvia. -Pero si eso es la cosa más natural y corriente. No les has resultado el yerno ideal y antes que las cosas pasaran a mayores resuelven hacértelo saber.

Ernesto. -No te acepto por modestia el poco favor. ¡No! ¡No! ¡No! Un hombre de mis condiciones morales, de mi fortuna, de mi apellido, es un yerno que no se rechaza y mucho menos a precio de sabe Dios cuántas violencias y sacrificios. Esto es lo que me perturba y me mortifica. Si el desahucio hubiera venido de Carmen. Si lo hubiera motivado la desigualdad de fortuna o de posición social, si pudiera achacarme un vicio o un defecto, me hubiera tragado en silencio mi contrariedad o mi desconsuelo. Pero en estas circunstancias, de ningún modo. Tengo la obligación de poner las cosas en claro.

Rosario. -¡Qué ofuscado! ¡Qué ofuscado estás!

Ernesto. -¿Me permitirías mamá, que te hiciera una pregunta? Un poco cruel quizás, pero muy justificada en estos momentos.

Rosario. -(Sobresaltada.) A mí... ¿De qué género?

Ernesto. -No, no te inquietes. Quisiera desvanecer una ingrata preocupación.

Rosario. -(Dominándose con esfuerzo.) Habla, hijo.

Ernesto. -Perdóname. No he pensado nada indigno. Mejor dicho; no he sabido explicarme.

Rosario. -¡No quieras disculparte! Te comprendo. Has ideado buscar en la tumba de tu padre una justificación de tus derrotas amorosas.

Ernesto. -¡Mamá! ¡No merezco esa injuria!

Rosario. -Perdóname a tu vez. Fue impensado el reproche. Tenés razón; la muerte violenta de tu pobre padre ha podido prestarse a conjeturas y comentarios de todo género, pero se produjo en la forma en que ustedes saben, en un exceso de melancolía o neurastenia. Fue un hombre de bien y no les dejó ningún legado desdoroso ¡ningún legado desdoroso! Su recuerdo no podrá ser obstáculo para la felicidad de sus hijos. Fue un caballero, el mejor de los caballeros, el más noble, el más generoso. Por eso Ernesto, me ofendió tanto tu sospecha y te contesté violentamente. Me pareció que después de haber mantenido tan vivos en ti estos conceptos no tenías derecho a ofender su memoria, ni con el asomo de una sospecha.

Ernesto. -¡Perdóname; mamá, perdón!

Rosario. -Sí; te perdono. Pero es preciso que aproveches la ocasión y no te dejes llevar por sentimientos que te ofuscan; hasta el punto de hacerte perder todo respeto por ti mismo y los tuyos.

Ernesto. -Pero mamá, si precisamente es ese concepto de nuestra fuerza moral, lo que me hace buscar la justificación del agravio.

Rosario. -¿En ti y en los tuyos?

Ernesto. -No tengo derecho a dudar de los demás.

Silvia. -¡Bah! ¡Bah! ¡Bah! ¡No digas pamplinas!

Ernesto. -Callaré cuando se me expliquen satisfactoriamente las causas de este extraño desahucio, y eso lo he de conseguir aunque arda el mundo.

Acto I - Escena III

Escena III

Dichos y JOSÉ ANTONIO.

José Antonio. -(Que ha oído las últimas palabras.) ¿De qué se trata? ¿Hay que llamar a los bomberos?

Silvia. -No, más bien es caso de duchas. ¿Vino abuelita?

José Antonio. -Sí; ahí está (SILVIA corre en su busca.) ¿Cómo te encuentras, mamá? Esta mañana cuando vine a buscar a abuelita me dijeron que no te sentías bien.

Rosario. -Fue cosa pasajera.

José Antonio. -(A ERNESTO.) ¿Qué te pasa? ¿Dura la crisis?...

Ernesto. -¡Una friolera! Ahora huyen y se llevan a esa pobre criatura al campo para que me olvide. El asunto va tomando las proporciones de un escándalo social.

José Antonio. -¡Qué me cuentas! ¿Y en Norte América, qué dicen?

Ernesto. -(Fastidiado.) Que no está para bromas.

José Antonio. -¡Ajá! Entonces arriaremos la bandera. (Se sienta; pausa embarazosa.) De modo que el asunto es realmente grave.

Ernesto. -Más que de lo que imaginas.

José Antonio. -¡Ajá!

Rosario. -¡Si supiera las proporciones que le está dando! Sermonéalo ¿Quieres? (Ademán de irse. Luego volviendo a JOSÉ ANTONIO.) Búscame antes de irte. Tenemos que hablar. (Mutis.)

José Antonio. -Supongo que no andarás haciendo papelones por ahí, como un chico sentimental. Sería indigno de tu corrección, Ernesto.

Ernesto. -En todo caso, me parece que no serías tú, el más indicado para recordármelo.

José Antonio. -¡Ajá! Estás agresivo.

Ernesto. -Contesta.

José Antonio. -(Poniéndose de pie, con firmeza.) No, señor, agredes.

Ernesto. -Tómalo como gustes.

José Antonio. -Desde luego (pausa) Estás desconocido, chico. ¿Te fastidia que no tome muy en serio tu decepción amorosa?

Ernesto. -Nada de eso. Quisiste darme una lección de compostura y te respondí como debía.

José Antonio. -¿Como debías? ¿Como debías? ¡Ajá! Pero qué idiotez la mía en no haber caído antes. No digas ni una palabra más. ¡Comprendido! No tiene derecho a hablar de corrección quién, como yo ha cometido un acto de lo más inconveniente y anti social. ¿No es eso? Y con el hallazgo acabas de resolver tu incidente pasional. La familia Arce te ha dado con la puerta en las narices porque acarreaba conmigo el parentesco desdoroso de un extravagante y una mujerzuela,

Ernesto. -Y si fuera así.

José Antonio. -Diría que nada tengo que lamentar, ni reprocharme. Ni siquiera eso. Primero porque no creo en el obstáculo y segundo porque no tengo la obligación de sacrificar mi dicha a la de nadie.

Ernesto. -No eres muy generoso que digamos.

José Antonio. -¿Acaso lo eres tú pretendiendo limitarme el derecho de ser feliz? Es necesario que te repongas. Ernesto. Estás haciendo cosas inconciliables con el buen sentido. Si la situación no tiene remedio, aguanta tu pena con toda hombría, afronta la lucha si conservas esperanzas, pero no te empeñes en darle al asunto otra trascendencia que la de un vulgar incidente amoroso, y mucho menos poniendo a prueba, como acabas de hacerlo, sentimientos que tienen la consistencia de lo bien definido y acendrado. Nos estás mortificando a todos.

Ernesto. -Lo comprendo, lo reconozco; pero te aseguro que habrías acabado de perdonar mi grosería, si pudieras darte cuenta exacta de mi estado de ánimo.

José Antonio. -¡Oh! Me lo figuro.

Ernesto. -No; se trata de algo más hondo y de un orden distinto al que te imaginas.

José Antonio. -Dilo.

Ernesto. -Es el desmoronamiento de mi personalidad moral.

José Antonio. -No te comprendo.

Ernesto. -Todas las circunstancias de este episodio, me están evidenciando, que no soy lo que he creído ser; que no tengo los derechos a la consideración social que me he arrogado.

José Antonio. -(Fríamente.) Tú sabrás.

Ernesto. -¡Oh! ¡Puedo jurar que la causa no está en mí!

José Antonio. -¿Y entonces?...

Ernesto. -Ese es mi abismo. He llegado hasta suponer que la muerte de nuestro padre...

José Antonio. -¡Cállate!

Acto I - Escena IV

Escena IV

Dichos y ROSARIO.

Rosario. -(A JOSÉ ANTONIO.) ¿Me has auscultado a ese enfermo? ¿Cómo sigue?

José Antonio. -Grave, señora. (A ERNESTO que hace ademán de irse.) Si quieres, mañana hablaremos de ese asunto.

Ernesto. -Bueno. (Mutis.)

Rosario. -Habrás visto que esto no marcha.

José Antonio. -Te equivocas. Lleva una rapidez vertiginosa.

Rosario -¿Qué quieres decir?

José Antonio. -Que es necesario adoptar remedios heroicos. Lo que tú crees que sea una ofuscación pasajera de Ernesto, tiene raíces muy hondas en el espíritu del pobre muchacho. La actitud de la familia de su novia era de por sí muy significativa. Añade a esto la repercusión social del incidente, los comentarios de un público naturalmente inclinado a escandalizar, las reservas leales o solapadas de cuantos hablan con el muchacho; y lo tendrán devanando el ovillo que ha de llevarlo a averiguar, o cuando menos a presumir la verdad. Contra todo esto ¿cuáles son tus recursos?

Rosario. -Acabo de escribir a Arce.

José Antonio. -¿En qué sentido?

Rosario. -Pidiendo una entrevista.

José Antonio. -¡Ajá! ¿Esperándote a todo?

Rosario. -A todo. Acabas de decirme que es necesario un remedio heroico.

José Antonio. -Está bien. Lo hecho, hecho está. Te advertiré sin embargo, que si la buena voluntad de ese señor no ha podido evitar el conflicto, menos bastará a reparar sus consecuencias.

Rosario. -Tengo la seguridad de conseguirlo todo. De otra manera no habría tomado una determinación tan deprimente para mí.

José Antonio. -He dicho que está bien.

Rosario. -Dispensa, no creí ofensiva la contestación desde que saben que estoy dispuesta a agotar todos los recursos antes de perder el respeto de tus hermanos.

José Antonio. -Si hubieras empezado por decirles la verdad, no te verías en este caso.

Rosario. -Tú mismo, me aconsejaste ocultarla.

José Antonio. -Cuando comprendí que llegaría tarde; cuando me dí cuenta que podría ser de efectos fatales para esas criaturas incapaces de comprender otros conceptos que los falsos conceptos que les habías inculcado. Hoy no pienso lo mismo, es más; creo que estás obligada a jugar el todo por el todo llamando a Ernesto, e imponiéndolo de su verdadera situación. Si ha de saberlo, ganarás más con que lo supiera de tus labios. El muchacho está en condiciones de discernir y aunque tiene mucho apego por sus prejuicios sociales, es un espíritu caballeresco y te quiere lo bastante para otorgarte su perdón.

Rosario. -¡Y su desprecio!...

José Antonio. -No has sabido prepararte otra cosa.

Rosario. -¿Nada vale entonces el afecto sembrado durante toda una vida de dedicación?

José Antonio. -Nada. Sembrada en mal terreno. No quisiste prepararlo bien.

Rosario. -¿Qué debí hacer? Fundar una moral, una escuela, una religión para ellos?

José Antonio. -No tanto. Enseñarle a concebir la vida de una manera más racional, con la noción de su verdadero estado moral como punto de partida. Allí está mí ejemplo.

Rosario. -¿Tu ejemplo?

José Antonio. -¡Sí! ¡Sí! ¿O es que tienes algo que reprocharme?

Rosario. -¡Oh, hijo mío, no hables de tu ejemplo, no hables de tu ejemplo!

José Antonio. -¿No me has comprendido? ¿No he sido correcto, deferente y cariñoso contigo? ¿Qué otra cosa podías exigirme, si hasta he llegado a justificar tu crimen, más, aún, hasta hacerme cómplice de tu crimen, prestándome a tu sistema egoísta y contraproducente de simulación?

Rosario. -¡Oh! No hables así ¡Tú no has sido un cómplice; te engañas! Has sido un juez y mi verdugo.

José Antonio. -¡No! ¡No es exacto!

Rosario. -Haciéndome apurar hasta la última de las humillaciones para arrancarme la confesión de mi falta.

José Antonio. -Quería saber.

Rosario. -Ultrajándome, luego de aquella manera tan despiadada y brutal.

José Antonio. -No era dueño de mí. ¡Acababa de matarse mi padre!

Rosario. -Es que no te satisfizo el castigo suficiente para concitar sobre mí todas las misericordias. Después refinaste el procedimiento, reemplazando la violencia de tus bofetadas por el veneno lento.

José Antonio. -¡No! ¡No! ¡Me arrepentí, reaccioné!...

Rosario. -¿De qué manera? ¿Volviendo a casa para hacerme presente mi falta y tu desprecio en todos los minutos de la existencia?...

José Antonio. -Vine a reparar.

Rosario. -Viniste a buscar a mi criada para hacerla tu esposa.

José Antonio. -No fue deliberado.

Rosario. -Con la afrenta reparabas el porvenir del pasado, y apurabas el castigo, negándome el derecho de intervenir en tu vida y la alegría de renovar en tus hijos las emociones de la maternidad. Ya ves que me has cobrado bien caro tu silencio.

José Antonio. -Mira que estás cometiendo la más grande de las injusticias.

Rosario. -Digo la verdad.

José Antonio. -Las puertas de mi casa han estado siempre abiertas. Mis hijos te esperan.

Rosario. -En tu casa está mi criada.

José Antonio. -(Reprimiendo un ademán violento, luego se acerca a ROSARIO y la contempla un instante.) ¿Qué debo pensar de ti, mamá?

Rosario. -Que estoy dispuesta a todo. He sufrido mucho para no saber defenderme.

José Antonio. -¿De mí?

Rosario. -De ti, en primer término. ¿Quieres entregarme al desprecio y a la maldición de tu hermano? ¿Que me repudie, que me insulte, que me castigue como lo hiciste tú?

José Antonio. -¿Qué te hace creer semejante cosa?

Rosario. -Todos tus actos.

José Antonio. -Y es ofendiendo mis sentimientos como piensas desarmarme. ¡Oh! Te ha perturbado la inminencia del peligro. Sabiendo que una sola palabra mía...

Rosario. -Te autorizo a que la pronuncies.

José Antonio. -No has sabido comprenderme. Peor para los dos. Defiéndete con tus armas. No hablaré.

Rosario. -¡Ah!

José Antonio. -(Tomando el sombrero y encaminándose a la puerta.) Pudiste conseguir lo mismo sin agraviarme. (Mutis.)

Rosario. -¡No!... ¡No!... ¡Hijo!... (Corriendo detrás.)

Telón

Acto II - Escena I

Acto segundo

La misma decoración.

Escena I

MAMECA, anciana de 75 años, bastante sorda y SILVIA.

Mameca. -(A SILVIA que lee un libro un poco alejada.) Ve si ha venido José Antonio, hija. Me parece haber oído una voz.

Silvia. -¿Usted, Mameca? ¡Qué ha de oír!...

Mameca. -¿Qué dices?

Silvia. -(Aproximándose y alzando la voz.) Que no ha venido.

Mameca. -¡Ah!... Ven. Siéntate aquí. Estoy segura que no se halla enfermo.

Silvia. -Sí señora. Está bueno.

Mameca. -¡Ah! ¿Está bueno? ¿Y entonces, por qué no viene?

Silvia. -No sé, Mameca. Quizá sus ocupaciones.

Mameca. -Nunca deja de venir aunque sea un ratito. Mira, hija. Estoy sospechando que aquí sucede algo.

Silvia. -¿Por qué señora?

Mameca. -¡Ah! ¡Yo no sé! Pero algo me ocultan. Tu madre anda como un alma en pena; no se la ve, no va a la mesa. Cada día más chica la mesa; hoy no éramos más que nosotras dos a almorzar... José Antonio no viene ni a buscarme, ni a verme... y el otro muchacho, Ernesto, hace como una semana que no se deja ver la cara. Eso es muy triste.

Silvia. -¡Ah! Chocheces, abuelita, chocheces.

Mameca. -¿Qué decís?

Silvia. -Digo que haces mal en pensar en tonterías, ¿qué podría ocurrir entre nosotros?

Mameca. -No será cuestión de intereses ¿verdad?

Silvia. -No. Como te he dicho, mamá no anda muy bien, y en cuanto a Ernesto le tiene muy preocupado el bolsazo de Carmen Arce.

Mameca -¿Eh?

Silvia. -El bolsazo.

Mameca. -¡Ah! ¡Qué muchacho, qué muchacho! Será una peleíta... nada más. Siempre sucede entre novios. Mucha pasión, mucho desesperarse por cualquier contrariedad creyendo que hasta la vida puede costarles y cuando se casan se aburren de las mujeres.

Silvia. -¡Ah! ¡Pícaro, abuelito!

Mameca. -¿Eh?

Silvia. -¿Con que tenía usted quejas de abuelito?

Mameca. -Muchacha maliciosa. No, no fue malo. Me estaba acordando de mi pobre hijo. ¡Era tan sensible el pobre! Antes de conocer a tu madre, tuvo amores con la mayor de las de Peña, una muchacha de genio tan terrible y tan coqueta, que ¡Dios me perdone! Valió más que no se casaran. Bueno; cada pelea con ella nos costaba un disgusto a todos en casa por lo triste y compungido que se ponía. Llegaba hasta llorar como una criatura.

Silvia. -¿Y con mamá? ¿Eh? ¿Con mamá? ¡Ah!

Mameca. -Lo mismo, lo mismo.

Silvia. -¿Y se aburrió después de ella?

Mameca. -¡Niña! ¿Que cosas dices?

Silvia. -¿No ha dicho usted que los hombres así que se casan se aburren de las mujeres?

Mameca. -¡No señor, no es cierto!

Silvia. -Sí, abuelita. En este momento.

Mameca. -Mentira, mentira.

Silvia. -Está chocha, está chocha.

Mameca. -¿Qué?

Silvia. -Que está chocha.

Mameca. -No he dicho nada; no señor, no he dicho nada. Y cuidadito con faltarme el respeto.

Silvia. -No abuelita, no se enoje. Era una broma mía. Por oírla rezongar.

Mameca. -¡Ah! ¿Ves? Podré estar sorda, pero la memoria gracias a Dios...

Silvia. -¡Mira quién llega!...

Acto II - Escena II

Escena II

Dichos y JOSÉ ANTONIO.

José Antonio. -Buenas tardes. (Besa a MAMECA en la frente.) ¿Como está abuelita?

Mameca. -Te esperaba hijo.

José Antonio. -No pude venir. Un negocio. (A SILVIA.) ¿Y tú?

Silvia. -Bien, como siempre.

Mameca. -¿No has estado enfermo?

José Antonio. -No señora.

Mameca. -Gracias a Dios. ¿Y tus nenes? ¿Y tu señora?

José Antonio. -Buenas, muy buenas. Con ganas de verla.

Mameca. -¡Pobrecitos! Criaturas cariñosas. Me tienen tan regalona que cuando no vienen a buscarme lo paso de mal humor.

José Antonio. -¿Sabe que Pilulo está muy enojado?

Mameca. -¿Conmigo?

José Antonio. -Sí, señora; por su regalo, Dice que hubiera preferido pasteles.

Mameca. -¡Sí, muy bonito! ¡Herejes!...

Silvia. -¿Qué era?

José Antonio. -Unas estampas de San Luis Gonzaga.

Silvia. -(Ríe.) Ja, ja, ja.

Mameca. -Sí ríanse de la gracia. Lo único que te reprocharé toda la vida es que eduques a esas criaturas como unos judíos sin religión, ni nada.

Silvia. -Los judíos tienen religión.

Mameca. -Qué sabes tú mocosa. No tienen; no creen en Dios.

Silvia. -Le digo que sí.

Mameca. -¡Cállase la boca, atrevida! (Murmurando.) Los inocentes, sin moral, sin saber rezar ni el bendito...

José Antonio. -Tú siempre contradiciéndola.

Silvia. -Ya lo ves. Si no lo hago, extraña, imaginándose quién sabe qué cosas.

Mameca. -¿Qué estás hablando pizpireta? (A JOSÉ ANTONIO.) ¿Es de mí?

Silvia. -Empezaba a contarle lo que me dijo usted de los maridos.

Mameca. -Son invenciones. No lo creas José Antonio. ¿Y me llevas contigo?

José Antonio. -Sí señora.

Mameca. -Bueno hijita; acompáñame a mi cuarto, con eso me arreglo un poco.

Silvia. -Venga usted, señora presumida, a emperifollarse.

Mameca. -¿Qué?

Silvia. -(Dándole el brazo y encaminándose hacia la puerta derecha.) Digo, que el día menos pensado no la vemos más.

Mameca. -Sí; cuando me muera.

Silvia. -No; cuando haga una conquista.

Mameca. -Burlate, burlate. Ya vendrán otros a vengarme.

Silvia. -¿Mis nietos? ¿Mis nietos?

Mameca. -Pero ¿han visto el atrevimiento? Una niña no habla de esas cosas.

Silvia. -Usted lo ha dicho. Y bien claro. (Remedando.) Ya vendrán tus nietos a vengarme.

Mameca. -¡No seas descarada muchacha! ¡No seas descarada! Qué manera de mentir.

Silvia. -¡Sí, señora; lo ha dicho y lo ha dicho! (Hacen mutis discutiendo.)

Acto II - Escena III

Escena III

JOSÉ ANTONIO y ROSARIO.

Rosario. -(Desde adentro.) ¡No haga caso señora! Es muy loca. (Al aparecer advierte a JOSÉ ANTONIO, y un tanto cohibida.) ¡Ah! ¿Recibiste mi carta?

José Antonio. -Sí. Por eso he venido.

Rosario. -(Avanzando.) ¿Me guardas rencor?

José Antonio. -No, mamá. ¿Me lo guardas tú?

Rosario. -¡Oh! ¡Perdóname! Te he llamado para pedirte consejo.

José Antonio. -¿No será porque me necesitas?

Rosario. -Sí, también. Pero quiero ante todo tener la seguridad de que has olvidado mis agravios. ¡Ah, hijo! Si pudieras imaginarte cuanto padezco, ya habrías venido a ofrecerme tu perdón. Lo que hayas sufrido tú por mi culpa, lo que sufrirán tus hermanos si llegan a conocerla, aun el dolor inmenso que llevó a tu padre a quitarse la vida, todo, todo, será poco comparado con mis padecimientos. No es el remordimiento ni mi falta lo que me atormenta... Todavía no sabría decir si me he arrepentido. Es la fatalidad, el destino... ¡No sé!... ¡Una fuerza ciega, feroz, implacable, que me castiga!... (Pausa.) Todo lo había resuelto el sacrificio de tu padre... Su grandeza de espíritu me iluminó devolviéndome la conciencia de mis deberes maternales. Y cuando me consagraba a reparar mi pecado con una abnegación digna por cierto de aquella otra, te me presentaste tú, como un rayo de la fuerza vengadora a destrozarme el alma con la más indecible de las crueldades... Cuanto te dije anteriormente, todo era verdad; aunque entonces hablaba el rencor quiero que me oigas hoy, repetírtelo así sin altanería, humildemente, para que me comprendas mejor. Yo te he visto después del ultraje tolerado; justificado, perdonado; perdonado a pesar del sacrificio de mi altivez y de mis derechos de madre, perseguirme y acosarme como a una fiera maligna.

José Antonio. -Te engañabas.

Rosario. -¡Oh! Nada hiciste para que lo creyera. Atacabas mis costumbres, mis creencias, mi moral; querías disolver, destruir todo lo que para mí era respetable; apoderarte de tus hermanos, desalojarme de sus afectos, arrancármelos a mi cariño tanto más intenso, cuanto mayores eran las zozobras y las angustias en que me tenías.

José Antonio. -Combatí tus prejuicios, mamá. Por tu bien, para evitar este desastre que tu ofuscación no te dejó prever.

Rosario. -¡Yo lo creía así! Ahora veo más claro. Pero eso no me quita lo sufrido. En nombre de tanto padecimiento, quiero ahora que me perdones y que me salves. ¡Que me salves José Antonio, que me salves! Ernesto está a punto de descubrirlo todo.

José Antonio. -¿Cómo? ¿Qué pasa?

Rosario. -¡Sospecha ya! Ayer ha venido como un juez a interrogarme. Serio, severo, desconfiado. Quería saber las causas de nuestra enemistad con la familia de Arce.

José Antonio. -¡Ya!

Rosario. -Yo he perdido ya mi serenidad. No pude dominar la inquietud y no sé lo que le respondí.

José Antonio. -¡Cómo!...

Rosario. -No, no llegué a delatarme, pero le di el viejo pretexto de un rencor de juventud de colegio con la madre de su novia. ¡Ya ves; qué tontería! El muchacho no podría creerlo, exige más... exige la verdad, ¿me comprendes? Y terminamos de una manera violenta. Aún no ha vuelto a casa, y yo estoy, desde entonces, como un reo descontando uno a uno los minutos que me separan del momento angustioso. ¡Sálvame! ¡Sálvame! Tú tienes bastante ascendiente sobre él. Búscalo, aconséjalo, cálmalo, y si Dios no quiere evitarme la nueva prueba, házmela menos dura diciéndole tú la verdad de mi falta y de mi terrible expiación. Hazlo José Antonio, yo estoy muy transida y atribulada, ¡no tendría fuerzas para resistir el choque!

José Antonio. -Sin embargo, sería más conveniente que tú..

Rosario. -No, hijo. No me exijas, por Dios, el tormento de esa confesión. Tú estás más sereno, sabes razonar, conocer su espíritu. Te será más fácil, estoy segura, hallar argumentos capaces de atenuar su dolor y despertar su clemencia. ¡Yo no! ¡Qué horror!... Me moriría... Me moriría... Me moriría... ¡Oh, pobre de mí!... (Llora.)

José Antonio. -¡No te aflijas! No hay que desesperar ni precipitarse. Si no ha ocurrido nada más que lo que me cuentas, no es tan inminente el peligro.

Rosario. -(Reanimándose.) ¿Crees que se podría hacer algo todavía?

José Antonio. -No te hagas ilusiones. Ernesto debe saber la verdad.

Rosario. -(Contrariada.) ¡Oh!

José Antonio. -Es preciso definir cuanto antes esta situación. El asunto es encontrar la forma conveniente para todos.

Rosario. -Yo tuve esperanzas en Arce, pero sin duda no ha querido verme...

José Antonio. -Los amores de Ernesto son una cuestión secundaria. No resolveríamos nada con que los Arce volvieran sobre sus pasos. Quedaría latente el peligro de una crisis moral, quizá más grave que ésta. Hay que empezar por el principio.

Rosario. -Sin embargo, si pudiéramos seguir ocultando...

José Antonio. -No insistas, mamá, no insistas. Mira que puedo creer que te perturba el amor propio. Hace un instante estabas resignada a una solución. Manténte firme, y confía en mí. Yo no tengo, créelo otra preocupación que el bienestar común cimentado en la buena fe, la sinceridad y el amor. Busquemos la línea recta. ¿Crees, por ventura, que conjurado el peligro momentáneo, conquistarías la tranquilidad y el reposo a que tienes derecho?

Rosario. -Tal vez. (Se levanta.)

José Antonio. -No, señora, no, no; no te tienes lástima. Volverían los días de zozobra e inquietud a atormentarte la vida. Hoy es Ernesto, mañana podrían reproducirse el caso con la pobrecita Silvia...

Rosario. -¡Oh! Es cierto. Tienes razón. Haz lo que consideres mejor. Me entrego a ti definitivamente. ¡Oh, si te hubiera comprendido antes! Te creía enemigo.

Acto II - Escena IV

Escena IV

Dichos; un criado.

Criado. -(Anunciando.) El señor Arce.

Rosario. -(Vivamente.) ¡Él! (Luego dominando su impresión consulta con la mirada a JOSÉ ANTONIO, que rehuye una respuesta volviendo el rostro.) ¿Tú dirás?

José Antonio. -(Pausa.) ¡Oh! ¿Para qué todo esto?

Rosario. -¡Ordena!...

José Antonio. -Recíbelo.

Rosario. -¿No te mortifica?... (Al criado.) Hágalo pasar al salón.

José Antonio. -Recíbelo aquí. Yo me voy.

Rosario. -(Al criado.) Dígale a ese caballero que pase. (A JOSÉ ANTONIO que se aleja.) Tú me esperarás ¿verdad? No temas. No haré nada deprimente. Es una tentativa que puede sernos provechosa.

José Antonio. -¡Quién sabe!... (Mutis.)

Acto II - Escena V

Escena V

ROSARIO, y ARCE.

Arce. -Cuento con su perdón, Rosario. No me ha sido posible venir antes.

Rosario. -En realidad ya no le esperaba.

Arce. -¡Oh! Nunca debió usted suponerme capaz de una descortesía...

Rosario. -¡Han cambiado tanto las cosas!...

Arce. -Efectivamente, pero...

Rosario. -Bien, Daniel. No debemos evocar recuerdos.

Permítame que vaya directamente al objeto de mi llamada. Se trata de Ernesto.

Arce. -¡Ah, de su hijo!

Rosario. -Sí, de mi hijo. Me ha extrañado en verdad la severidad de usted con el pobre muchacho.

Arce. -Yo ignoro...

Rosario. -¡No, Daniel! Usted no tiene derecho a desinteresarse del asunto. A Ernesto le han notificado la formal oposición de ustedes a sus amores con Carmen, y el deseo de que no insista.

The opening of the book is shown; the full text loads in the reader.

Loading the full text…