I
I
Athenógenes Aranguren de Aragón entró.
No era un juez como cualquiera. Ni por el nombre, que ya tenía en sí mismo una marca de rareza, ni por su traza y su traje. Joven, muy guapo, listo. Y fino y exageradamente elegante como un goma de Madrid.
Juez y todo, por sus años, que llegaban mal a veintisiete, habíase relacionado en la ciudad, tan pronto como llegó, con muchachos de buen tono. Con unos que tenían automóviles, con otros que tenían coches, y con otros, en fin, que tenían al menos bicicletas y caballos. Era conservador.
Al verle se le hizo sitio en el corro de la estufa. Los más humildes callaron. Los más selectos dirigiéronle sonrisas y afables acogimientos. Porque sobre estos muchachos ricos de los coches y los galgos, tenía Athenógenes, que ya había sido por tradición de su familia un gran sportsman en León, el prestigio de su talento y su carrera.
— ¡Hola! ¿Qué?
— ¿Qué hay? — ¿Qué se sabe en el Juzgado?
— ¿Qué se cuenta del Pernales?
— ¿Nuevas noticias?
— ¡Atiza esa estufa, Quintín!
El bello juez, rubio, que traía esta noche brillantes en la corbata y americana de cinta, sacó primero una larga cajetilla de cigarros color té, brindó, encendió luciendo su preciosa fosforera, y púsose en seguida a contar lo que sabía de los bandidos. El Pernales y el Chato de Mairena continuaban por tierras de Arahal; y lo de los otros tres de la dispersa banda, que se habrían corrido a Extremadura, según la Prensa, era incierto. Belloteros, puestos en fuga por los guardias al pie de Almendralejo, los que habían dado lugar a tal alarma. Belloteros. Es decir, rúrales raterillos, ladrones de bellotas.
Pero el caso estaba en que reinaba el pánico por estos días en Almendralejo, en Zafra, en Azuaga, y en esta pequeña ciudad tan tranquila, de donde tenía el honor de ser reciente juez Athenógenes. Un dato que sus convecinos le tomaban muy en cuenta para calcular acerca de la seguridad en los campos (porque hallaban natural que un juez no lo hablase todo en público), desprendíalos, por una parte, de verle toda esta semana atareadísimo desde que corría el rumor de los ladrones, y, por otra, de notar que no salía a cazar, ni en automóvil con los buenos camaradas que solían llevarle siempre. — ¡No! ¡bueno! ¡claro! — le explicaba él propio a los íntimos, con perfecta lógica forense —. Lo uno es consecuencia de lo otro. Tengo que hacer, porque tanto cuesta descubrir una verdad como comprobar que es mentira; y teniendo que hacer, no puedo ir en automóvil.
— ¡Hombre, pues mire, qué demonio! — deseó el fresco y hercúleo Teodoro Vega —. A mí me gustaría que vinieran los bandidos.
— ¡Coile! ¿Para qué?
— Vaya qué gusto!
— ¡Que viniesen! ¡Que fuese positivo que ya andaban por aquí!... Para salir tras ellos en seguida. Si no queríais seguirme, unos cuantos en mi automóvil y en los de estos dos, con los Winchesters, yo me iría a esperarlos, en mi dehesa, armando a los criados... ¡Es tan aburrida la vida sin algo excepcional!
— ¡Hombre, no seas loco!
— ¡Vaya, tú estás un poco de aquí, Teodorito! Le llamaban Teodorito por cariño y, no obstante su aspecto de clown inglés, dulce y simpático, pero fuerte como un roble. La gente grave ¡vamos, la verdad! creía de buena fe que estaba un poco loco; los jóvenes, en cambio, le admiraban y emulaban. En una ocasión había hecho el Don Tancredo con un toro, por apuesta. En otra, por gusto, hallándose imponentemente crecido el río, pilló un barco de pescador y se fué corriente abajo, rascando molinos y presas quince leguas. Además, se subía al techo por liso rincón de una pared, y apostó otra noche a que se tiraba por el puente... lo cual hubiese hecho si le dejan.
— Bueno, escucha, mira; tú, pues si es que quieres guerras y emociones, vete al moro, ¡qué contra!..., y nos dejas en paz con tus deseos.
Esto lo afirmó la prudencia de don Luis, hombre adinerado y tal cual supersticioso. Y como él, unos cuantos viejos, sin duda, quedáronse pidiendo a Dios que el conjuro del loco aquel no se efectuase.
El resto de la velada, a esta hora del bock de anochecer, y siempre la dirección de Athenógenes, fué, por los más resueltos, dedicada a idear colectivos planes de defensa en el caso de invasión de los bandidos, y proyectos de defensa personal, variados, según locomotase cada uno en auto, en carruaje, a caballo, en bicicleta.
Y a las seis, como sonaban las campanadas en el Carmen, llamando para la novena, el joven juez se levantó.
— ¿Vamos? — invitó a Teodoro y a Marcial.
— ¡Vamos! — respondieron éstos.
Y partieron, dejando sin su tono aristocrático a la sala del Casino.
Los viejos empezaron inmediatamente a bostezar y quejarse del reúma.
Dos jóvenes formaron su partida de ajedrez junto a la estufa, asistidos por tres más, de mirones.
— ¡Atiza esa lumbre, Quintín!
II
II
Con sus amigos, el juez y otros grupos de jóvenes más jóvenes, esperaban en el atrio. Sólo volvían a meterse en el templo para oír el coro de muchachas, el Ave María, cantado por Margot como un arcángel, y el sermón.
La gran pluma verde de Emeria no estaba aún (habíanlo comprobado) entre aquella ola de sombreros, que preferían el frente de la puerta. Y se la vió llegar: la pluma verde.
— ¡Emeria!
Llegaba rezagada, con su madre.
Athenógenes, Teodoro y Marcial hicieron calle frente al muro. Cruzaron ellas, fueron galantemente saludadas y saludaron a su vez, con miradas preferentes a Athenógenes. Marcial había tratado de estudiar el saludo de Athenógenes. Era un modo especial de descubrirse, de girar el sombrero a la derecha, alzando el codo. ¡Chic de veras!... O sic — que tampoco estaba cierto Marcial de cómo se decía.
Las vieron perderse en la cancela. Auténticos los terciopelos y joyas de la madre. Sin trampa ni cartón las sedas y brillantes de la hija. Y guapas ambas, hasta el punto de igualdad, sobre sus naturales diferencias de juvenil esbeltez y de matronesca frescura, que el juez, a no ser por sus miras de instalarse, de casarse, habría dudado mucho entre las dos.
De la mamá, viuda viajera impenitente a playas, a Madrid, a sus asuntos de arriendos y de minas, unas veces sola y las menos por la niña acompañada, contábanse historietas tan vagas como múltiples; pero en rigor, nadie podía señalarle un amante, un preferido, en esta minúscula ciudad timorata y pagada de conveniencias. ¿Era realmente una lista aventurera que sabía y podía «guardar las formas» (¡oh!, subrayaba aquí el inverso equivoco Teodoro), o sólo tal vez una «cosmopolita» cuya despreocupación de ademanes y de charla la vendían como informal?... En todo caso, sus buenos miles de duros le afianzaban el respeto de las gentes y el segundo puesto de la estimación general... porque el primero por su honradez y sus millones correspondíale de derecho a Margot y a la familia de Margot. ¡Bah!, sí, ¡esto, indiscutible! Margot, ligeramente menos linda que Emeria, era imponderablemente más honesta, más pura y angélica de corazón y de alma; y su padre, senador y máximo cacique.
— ¿A que no saben ustedes el último golpe de Emeria? — ¿Cuál? ¿Qué?
— ¡Venga, Marcial!
— Hombre..., ¡es un poco fuerte! En secreto... porque es un poco fuerte... Aparte de que, como fué conmigo, que soy casi pariente y la trato desde así..., la confianza lo disculpa.
— ¡Venga! ¡Venga!
— Pues nada, esta tarde, tocaba ella el piano y entré, púseme detrás a oírla, volviéndole la hoja. Por el espejo advirtió lo fijamente que yo le miraba el cogote... ¡No sé si habréis notado que tiene unos ricitos rubios que encantan! «¡Qué miras? ¿Qué piensas?» preguntó de pronto, cesando de tocar y girando la banqueta. «¡No, no te lo digo! contesté; ¡me tendrías que dar un bofetón!» «¡Pues dilo!» «¡Que no!» «¡Que sí!» «¡Que no, mujer que es... una barbaridad!» «¡Pues la dices o no habérmela anunciado!» «¿Y no te enfadarás?» «¡Según, porque tú eres muy bruto!... pero, ¡venga!» «Bueno... pues viéndote el pelo de la nuca, estabas haciéndome pensar... si lo tenderás tan rubio en los sobacos!...» Me clavó los ojos, irritada; optó por sonreír y volvió las manos al teclado susurrando con clara vocecita pudorosa antes de seguir los valses: «¡Un poquitín menos rubio!... ¡Pero qué brutísimo y qué reteexcusado que eres, hombre!»
— ¡Jo, jo, jo!... ¡La niña! — admiró Teodoro a carcajadas. — ¿Veis, después de todo, qué ingenio? — atenuó el casi pariente —. ¿Veis qué mezcla de pudor y de malicia? ¿Qué te parece, Athenógenes?
— ¡Un poco fuerte... un poco fuerte, Marcial! — repuso el juez, bien apurado entre sus intentos de boda con la chica y las dudas de que fuera... una cualquier cosa. En su pensamiento cobró Margot mayores devociones... ¡Margot, la millonaria! ¡La ideal y la difícil! ¡La que no se le presentaba, al menos, tan clara como Emeria, por lo que no osaba decidirse a cortejarla, con el riesgo de un rechazo y de quedarse sin ninguna!
¡Oh, Emeria, más bonita y rica, hija única de viuda, cuya mitad del capital él poseería inmediatamente! Sin embargo, sabiendo que no desconocían estos amigos sus intentos con Emeria y que él antes dejaría que lo matasen que cometer una bajeza, una indignidad... antes que casarse con ella por los cuartos a costa de la más leve concesión al indecoro... érale dable suponer que, en realidad, Marcial no le diese al incidente sino el valor de una gracia... de un «rasgo ingenioso», que más hablara de la dúctil y elegante educación de la chiquilla que no de su fondo perverso. Y para saberlo, en vez de pedirle al amigo hecha su opinión, prefirió inquirirla con el sesgo sutil de otra pregunta:
— Oye, Marcial... y tú, ¿qué crees?... si en lugar de contenerte en el vello del sobaco... le hubieses nombrado, con descaro... el otro... (porque claro es que esa fué tu intención, por ella adivinada)... ¿te habría contestado lo mismo?
Inmediato y decisivo el efecto. El semipariente protestó con gravedad:
— ¡Hombre, no!... ¿Veis? ¡Ya me pesa el habéroslo contado!... Ni confianza ni música: una indecencia, y entonces sí que me larga el bofetón y llama a su madre y no vuelven más ni a recibirme.
— ¡Hombre, sí! — apoyó en el mismo tono Teodorito, que era, aunque aturdido, bondadoso e hidalgamente justiciero —. La niña tiene cosas... pero ¡nada más! Nadie hay en este pueblo que pueda decir contra ella ni tanto. Vamos, de su formalidad... de su verdadera conducta, ¡a pesar de sus cuatro o cinco novios y sus rejas! Con decirte, Athe, que a mí mismo me dejó porque dice que estoy loco... Si no, ¡vaya si me caso!
— Y a mí porque cree que soy «muy bruto»; o lo que es lo mismo, como me escribió desde Caldas: «materialote y descarado» — confesó Marcial —. Y a Segundo Jaime, porque dice que es muy feo; y a Román, por chico... ¡Es una romántica!
— ¡Y una caprichosa! Pero en cuanto a su honra, a lo que se llama su honor, apreciadísíma. Justamente creo que así es como se prueba una mujer, ¡qué demonio!
Hubo un silencio. Encendieron un pitillo, y el joven juez se alzó el cuello del gabán porque hacía frío, y era hombre él que se cuidaba.
Luego, ya satisfechos los dos amigos de haberle establecido bien la reputación de Emeria al forastero, no vieron el menor inconveniente en proseguir celebrando las frases y las gracias de la rubia ingeniosísima. Montaba a caballo, y una tarde se cayó en su dehesa, luciéndole el pantalón a los pastores: ella lo contaba, luego, celebrando con risas el lance y la ruborosa torpeza de los pobres hombres cuando quisieron levantarla... Otro día, en una excursión campestre «borrical», ella llevaba una burra, y el simple de Bonifacio Tul, un garañón que iba alborotado. «Arre, burra!», trataba Emeria, adelantando a los demás, de alcanzar siempre a Bonifacio, por amolarle..., y había que oírla referir con qué gedeónica sandez pedíala Bonifacio que no dijese burra, al menos... «que no dijese burra... a fin de no recordársela al jumento!»
Además, en lo que ambos podrían contar, como tales novios, de la reja, fuera no acabarse: siempre tenía una burla oportuna, de audacia en apariencia, de discreta eficacísima defensa en realidad, para cortarles a todos en su misma iniciación cualquier atrevimiento... Al que pretendía besarla, le sacaba una muñeca: «Anda, besa ahí... ¿qué más da? Te advierto que yo la quiero más que a ti y que la doy mil besos cada día.» Les encajaba, quieras que no, la muñeca, y les obligaba a besar, hasta cansarlos, los que llamaba ella «sus besos delegados»... Y lo más gracioso aún era que los pobres novios no tenían por qué tomarse la molestia de jactarse de estas... concesiones, porque se lo espetaba ella la primera a todo Cristo en las tertulias.
— ¿Comprendes, Athe — dijo ahora Marcial —, que Emeria nos resulte una extraña virtuosa muy terrible?... ¡Oh, sí, es una fresca... de pico! Nada la asusta: como a éste, que antes deseaba que viniesen ladrones. También ella, la otra noche, viende un Nuevo Mundo con el retrato de Trianero, que, como sabéis, es guapote y es el que aseguran que anda por aquí, soltó en casa de Margot y delante de todas las muchachas asustadas: «¡Ay, hijas, pues a mí no me importaba que me llevase este hombre!» Y señores, lo peor, ¡ved lo que son las mujeres cuando una hace la guía!..., lo peor es que acabaron la mayor parte por hallar elegante y fino al forajido... ¡Discusión de media hora contra mí y contra Vallés: se lo podéis preguntar!
— De modo — comentó Teodoro únicamente — que va a resultar que estamos todos deseando que vengan los ladrones... Sólo que yo, Marcial, no es... de pico, ni para que me lleven, sino para cargármelos si puedo.
— Hombre, ¡claro!, ni comparación...
Se oyó el Avemaría. La orquesta la preludiaba. Entráronse los tres. La voz de Margot llenaba el templo.
Y Athenógenes, recibiéndola en el alma como una fascinación, y recibiendo como otra fascinación de sus ojos las francas y entregadas miraditas de Emeria, luchaba con sus indecisiones, no sabiendo por cuál de ellas resolverse.
III
III
La Prensa, apoyada en gubernativas afirmaciones absolutas, había desmentido que en la provincia de Badajoz estuviesen ni hubiesen estado nunca los bandidos. El Pernales seguía por junto a Carmona; y al Trianero, la Guardia Civil acababa de batirlo en Huelva. Rateros harapientos, en suma, los que engendraron la alarma; hambrientos infelices que robaron mulas y bellotas tiempo atrás.
La tranquilidad reflorecía. El principio de una primavera hermosa llenaba de gente estos campos. Los cazadores del perdigón salían al alba, y al anochecer, solos, sin temor alguno ya a los forajidos. Las carreteras tornaban a animarse con los automóviles, con los carruajes en que paseaban su alborozo las muchachas, con los caballos tordos, negros, blancos, con las bicicletas.
Grú... grú... grú...» avisaba atrás un automóvil.
Era el Dion Bouton de Marcial. Segundo Jaime, que iba en su faetón con Athenógenes, apartó la jaca a la derecha.
— ¡Adiós!
— ¡¡Adiós!!
— Arsa... ¡qué rayo!
Segundo y el juez se quedaron entre la nube de polvo y gasolina. No conocieron a los acompañantes de Marcial, por las caretas.
— Irán a Badajoz.
— O a la feria de Alburquerque.
Caminaba despacio el faetón. El objeto de Segundo esta tarde cifrábase en confidenciar con Athenógenes. El, último novio de Emeria, que le dejó sin motivo, «la seguía adorando como un asno», según propia confesión. Sabía, lo mismo que los otros íntimos del juez, las vacilaciones de éste con respecto a Emeria y a Margot; y sin confesarlo, reconocía que los ojos de la ingrata, durante toda la novena, habían sido sobrado cariciosos para el temible rival.
— Bien — reanudó sus confidencias, apenas ocultando el egoísmo de pasión que le guiaba —, pues yo te afirmo, Athe, que exageran ésos en lo de la impasibilidad y las dificultades de Margot. Frecuento su casa, como sabes, y sé que le gusta hablar de ti. Su padre también te tiene en mucho; no sólo porque con el tuyo es compañero de Senado, sino porque le haces falta como juez, y porque admira tu elocuencia desde la discusión del Casino. ¿Qué? ¡Que es rica la muchacha!... ¿Acaso, Dios, no tienes tú con tu carrera y tu familia un brillante porvenir?... ¿Qué más quieren?
— Aparte — puntualizó Athenógenes — de que tampoco deja uno de tener donde caerse muerto.
— ¡Ea! ¿no ves...? Que ¡vaya, lo digo! yo que tú... Margort, sólo Margot... ¡y te la calzabas! Lo que hay, y valga esto por secreto, es que te teme Marcial, porque la quiere..., porque es él, desde hace mucho, quien abriga la esperanza de esa boda!
— ¡Hombre!
— ¡Oh, si ella le hubiera hecho caso alguna vez! Pero a él, y a otros tres o cuatro, les mantiene en ilusión el estar todos lo mismo. Margot nunca ha aceptado de nadie relaciones.
— ¿Y eso por qué? — se apresuró a indagar el forastero —. ¿No es chocante en una mujer de veinte años? ¿No será que no entre en sus cálculos casarse... o que la reserven para un matrimonio de familia?
— No. Es que es formal. La muchacha más buey más sencilla de la tierra. ¡Un ángel, en una mujer de primerísima! No quiso novios por no tontear como las otras; cuando se resuelva, será cosa de saber lo que se hace y de no perder el tiempo, estoy seguro. ¡Ah, si fuesen todas así!
Esta lamentación, tras los férvidos elogios, hizo que se acordase Athenógenes de Emeria. Cierto de su ventaja sobre Jaime, y deseando completar de ella los informes, deslizó: — Qué, Emeria... ¿es algo más loquilla?
— Hombre, como loquilla en el sentido malo, no. Pero, en fin, le gusta divertirse... y dice cosas... tonterías, y ha tenido novios..., novios, ¡antes que yo! No obstante, juraría que es a mí al que quiere... por más que estemos reñidos y ella juegue a darme rabias con... otros, y sería capaz de apostarme la cabeza a que solamente se casa conmigo.
Athenógenes, advirtiéndole el acento de fieros disimulos, comprendió que era un celoso — un terrible celoso quizás —. Mas no era él, en cambio, hombre que se atemorizase fácilmente, y le preguntó con ironía:
— Pues di... si mira a... otros, ¿cómo sabes que te quiere?
— De una muchacha — repuso Jaime — ¡eso se sabe siempre cuando se la ha hablado un año por la reja!
Su tono esta vez fué definitivamente fanfarrón, alabancioso — cual si guardase un secreto de los que obligan de veras.
El joven juez le acosó:
— También la habló Marcial por la reja, y Román y Teodorito!
— Pero es que hay rejas y rejas... y modos de... ¡Oh, amigo! ¡Permíteme que me calle!
— ¿Te dió a besar la muñeca?
A la afable burla, Jaime respondió excitado:
— Me dió a besar... o a no besar... ¡lo que a nadie!, ¡lo que ahora mismo pongo el pescuezo a que...! Oye, escucha — se atajó de pronto —, debo callar y me callo. No es que afecte a su honor seriamente lo que aludo; pero sí te probaría, si lo supieses, que ella quiere a aquel a quien le concedió tales favores. ¡Y hablemos de otra cosa!
Le dió un fustazo a la jaca, que en su libertad había acabado por pararse a comer ramas de un tronco, y Athenógenes respetó delicadamente la tardía prudencia del amigo. El uno dedicábase a guiar. El otro, mirando cómo al trotar erguía la breve cola el caballo, a deducir sobre una proporción entre la fealdad de Jaime y la gentileza de Emeria, la posible gravedad de los favores. ¿Serían de tal índole que se la imposibilitasen a él? ¡Cuan lejos el bello juez se encontraba, con sus designios de boda, de honorable establecimiento, cuyas bases tendrían que ser la pureza de un cariño y el sólido resplandor digno de una posición que aún más abrillantase la suya... del furtivo cazador de dotes. La indecisión le seguía. Margot, sí, más adorable, más noble; pero problemática. Emeria, más salada como mujer, y ofrecida enteramente. No había por qué descontar a ésta... aún. El celoso, por vanidad, y «porque se la dejasen libre», abultaría probablemente el valor de los favores. ¡Le adivinaba! Descubríaselo, asimismo. la ruptura de relaciones por la propia Emeria... ¿es que tan sin más ni más una mujer despide a un novio que «la ha comprometido»?
Sonó otro coche, detrás, oído desde el faetón hasta ya casi alcanzado por la cascabelería de la jaca, y al volverse los jóvenes vieron la victoria tronco miel en que venía Margot con su madre. Emparejáronse un momento, y al saludo y a la atención clavada de Athenógenes correspondió Margot con una larga sonrisa. Eran muy veloces los caballos miel, y se adelantó la victoria; mas no sin que una sombrilla cielo se alzase un poco y sin que unos ojos cándidos y grandes volviesen a mirar.
— Vaya, ¿lo ves? ¿Te convences? — dijo contento Segundo.
Y contento, loco al fin el juez, de alegría, porque ciertas sonrisas de bocas qué no suelen sonreír son una entrega, se limitó a responderle:
— ¡Arrea! ¡Síguela, Segundo!
La jaca trotó y galopó no lejos de los caballos miel toda la tarde. Unas veces los seguía, otras los pasaba; y cruzábanse miradas y palabras y cumplidos un instante entre la victoria y el faetón. Si el haber sido vistos al regreso el bello juez y Margot, en juego tal, por todos los demás coches, no hubiese sobrado para extender en los días siguientes la nueva de que ambos se gustaban, habría sido bastante Segundo Jaime, que se encargó de irlo diciendo, y a «su ingrata» la primera.
Las amigas dábanle norabuenas a Margot. El bello juez, el Ángel caído, según le nombraban todas dulcemente (porque además de parecer un ángel rubio, sabíase que en León, por hablar con una novia, se cayó desde un tejado), no había vuelto a pasar por la calle de... la otra.
Margot defendíase de tales plácemes, ruborosa y encantadamente, no porque rabiase la otra, pues no era vanidosa ni tenía por qué entablar rivalidades, sino porque le gustaba el juez...; porque la enamoraban del juez la belleza, la finura, la elegancia...; porque sabía que también a sus padres les placía del juez el talento y sus dotes de mundo insuperables... Y el nombre del juez, reservado de amigas en sus labios, secreto en el corazón, le sonaba a música divina: Athenógenes Aranguren de Aragón... ¡Digno del de ella! Margarita Rivadalta de Figuero... No, no compondrían sino muy bonitamente, como las dos personas mismas, en pareja... Y se reía, se reía acordándose de cuentos o de historias que corrían sobre algunas bodas imposibles, sólo por los nombres; por ejemplo, el tan sabido de un Cilla con una Mier, que resultaría para la pobre esposa Mier de... ¡qué barbaridad!
Pero un día, a los bien pocos, ya no pudo esquivarse a los plácemes de nadie. En plena calle Campoamor y en pleno anochecer, los había visto a la reja todo el mundo.
No eran gente que buscase sombras, y justamente daba el foco de El Águila Real frente a la ventana. En el cuarto de hora que Athenógenes hízola escuchar su gentil declaración, pudo por primera vez gozarse en contemplarla cerca y a su antojo. Era una cara de paz, de nobleza, de pureza... un poco redonda, entre los obscuros y abundantísimos rizos del helénico peinado, y blanca como una hostia. Ligeramente cortada la nariz; los ojos grandes, enormes, de una inocencia apasionada que chispeó en algunas frases; y la boca aristocrática. Su cuerpo... ¡ah, su cuerpo, sobre todo!... En esto llevábale ventaja a Emeria...: una candorosa poderosa estatua de macizas esbelteces, de elásticas y flexibles gallardías...
IV
IV
Llegó el perro ladrando, terrible, y uno de los jinetes le descargó un latigazo. Gimió el perro; pero mordió más enfurecido los corvejones del potro. «¡Mata ese perro!», mandó el que delante cabalgaba, y a la orden, el de atrás, eligiendo bien el sitio, gracias a la clara luna y a la ceguedad del animal, lo atravesó con el chuzo.
El perro quedóse agonizante en el camino.
El potro, la yegua y las dos mulas armaban poco ruido en el polvo.
— ¿De modo, Rascao, que el guarda...?
— Er guarda, ahí, en la cazita. Laz majadaz eztán ar lado allá der río, a má e media legua, y no verán ná loz paztorez manque ze arme fregao. Loz zeñorez en la finca, allí... y en er bajo el aperaor y tres mozos.
Desde los últimos olivos vieron por la loma la casita del guarda, la alameda, y en lo alto la casa principal con seis balcones, entre la corralada y el jardín.
El jefe se apeó. Los otros le imitaron. — ¡Atai aquí las bestias!
Las bestias fueron atadas a los troncos. Revisó cada cual en su cintura sus pistolas, sus cuchillos; requirió cada uno su escopeta, exceptuando el Rascao, que sólo llevaba armas cortas, y avanzaron.
Olía a tomillo. El rocío del hierzabal mojábales los pies. El jefe vestía coquetamente gorra de liebre, marsellés, faja carmín y polainas.
— Niños, ¡ojo! — previno —. Si se pué no matar, no se mata. ¿Pa qué?
Llegaron a la caseta, y se apostó tras la esquina con el Raigón y el Obispo, mientras llamaba el Rascao.
El guarda despertó:
— ¿Quién va?
Salía su voz a través del ventanillo, y el Rascao corrióse un poco:
— Zoy yo, señó Gabrié... ¡Levánteze! Zoy yo, er escardaor Damián, que ha extao eztoz díaz con oztedez.
— ¿El andaluz?
— Zí, zeñó; er mezmo. Que me afuí pal pueblo ezta mañana, de pazo pa mi tierra, como zabe ozté... y man dao un recae urgente pal zeñó. Yo creo que es un telegrama.
— ¿Pa qué señor?
— Toma, pa don Anicanó Rivadalta...; pa quién va zé?
— Ya abro, hombre, ya abro. Aguate a que me vista. Pero, de todas las maneras, qué raro es que te l'haigan dao a ti. ¿No había más quien lo trújese? ¿Y cómo estaba tú por la zuidad habiéndote dío par pueblo?
— ¡Pues ezo, zeñó Grabié!... Qu'es der pueblo er mandao; y de la guardia ceví, que jué a veme a la posá, con esto de los laironez... Aluego se conoce que recibión er telegrama anocheció; y zabiendo ya que yo zé aquí, por ajorrarse traelo, m'han buscao de propio... ¡Vaya zi no hay ziete leguas, que a poco me pierdo cien veces!
Hubo una pausa. Lo más difícil de la diplomática misión quedaba hecho. Se oyó al guarda conversar con su mujer, y luego la puerta.
— ¡Trá cá hombre! — pidió Gabriel, tomándole el papel al Rascao —. ¡Cuarquiá despierta al amo a estas horas.
El Trianero, el Obispo y el Raigón escucharon que Gabriel volvía a cerrar con llave; es decir, que aprisionaba a su mujer y a los chiquillos, suprimiéndoles unos más que atar si acudían al zafarrancho.
Los dejaron alejarse treinta pasos, y como sombras de la sombra, por detrás de la vivienda, tomaron la alameda, que seguía de cerca y paralelamente la ruta de los dos. No había sacado escopeta Gabriel. Bien calculado el momento, a distancia igual de ambas casas, desviáronse a su alcance, con mañas de lobo, de cancho en cancho y de matujo en matujo. — ¡Alto al Trianero! — le intimaron por detrás.
El guarda se volvió. Se vió apuntado por tres bocas de escopeta, al tiempo que el Rascao se le abalanzó y le sujetaba fuertemente. Su asombro, su pánico, le dejaron tan sólo proferir un grito prolongado y sordo..., un grito que se da ante los fantasmas. Y la cosa fué sencilla: el aterrado, el que más que sujetado era sostenido por el otro, en vez de bocas de escopeta tuvo en un segundo sobre el pecho tres puñales. Incapaz siquiera de pedir clemencia, le oyó al Trianero, que le asestaba un negro pistolón:
— Te vuela la cabeza si no hases tó cuanto te diga... ¡y sin chistar! No se trata de martratal a naide, ¿estamos? Tus amos serán sagraos pa nosotros, que no queremos más que pasta. Tú te allegas, llamas a quien puea abrí, y dises lo der telegrama...; y en cuanti la puerta esté franca, s'acabó tu comisión. ¡Arrea p'alante y a portase..., que de ti y de tos los probes somos amigos nosotros y ná desagradesíus! ¡Amárrale, Raigón!
Raigón le ató los codos, le empujaron, y echaron a andar tras él.
Acabaron de animarle y de instruirle por el resto del trayecto. Pero aún su voz temblaba, cuando tuvo que decir en la reja a que llamó por su indicación un bandido:
— Abre, Tanasio, que están aquí los siviles con un parte pa l'amo.
Un minuto después, Tanasio, de espanto ante ....
V
V
En la ciudad caía la nueva como una ceniza de volcán que fuese cerniendo el aire. Se supo por cien soplos, aun antes que llegase la familia, a las once. Desde el hermético landó, tirado por mulas de labranza, y no por los magníficos caballos, pasó a encerrarse en su mansión la familia consternada. Un grupo, en trágica manifestación silenciosa, siguió al coche, viéndolos entrar. La casa quedó con las puertas en duelo. El adminisrador recibió las visitas de cuantos fueron a testimoniarles el pesar, y a inquirir también detalles con una curiosidad conmovida y perversa.
Primero había corrido que los muertos fueron dos: el guarda y una sirviente..., y atropelladas todas las mujeres. Al fin, por las criadas mismas, que llegaron por la tarde en un carro, se aclaró que sólo murió la cocinera, ahogada por los trapos de la boca y a consecuencia de tener en la narices pólipos que no la dejaron respirar. En cuanto a atropellada, sólo lo fué la señorita..., la pobre señorita Margot — aun al alba encontrada como muerta y con inequívocas señales cuando llegaron los pastores.
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