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Reveladoras

Felipe Trigo · 1920 · Free in the US

13,650 words · about 57 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

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Licence: PD-US · Published in 1920 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=Reveladoras&action=history). · Wikisource contributors

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About this book

Author
Felipe Trigo
Language
Spanish
Published
1920
Length
13,650 words · about 57 min
Sections
19 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (19)
  1. I about 3 min
  2. II about 4 min
  3. III about 3 min
  4. IV about 6 min
  5. V about 2 min
  6. VI about 4 min
  7. VII about 6 min
  8. VIII about 1 min
  9. IX about 4 min
  10. X about 3 min
  11. XI about 2 min
  12. XII about 2 min
  13. XIII about 2 min
  14. XIV about 2 min
  15. XV about 3 min
  16. XVI about 2 min
  17. XVII about 4 min
  18. XVIII about 3 min
  19. XIX about 2 min

Continue:

I

I

Gloria se peinaba al espejo, sostenido en la pared contra el tajo de la carne. Al otro extremo de la amplia galería, tirado en el canapé de mimbres, aguardaba Rodrigo a su hermana con los cromos, para pegarlos en las hojas nuevas del álbum que ya tenían orlas de platilla.

— ¡Gloria!

— ¿Qué?

— Que venga mi hermana.

Continuó la doncella pasando el peine de metal por los puñados de su pelo rubio, sacudido y abierto en manojos ondulantes sobre los brazos desnudos. La sofocaba el resol, filtrado en aquel ángulo desde un metro de altura, por la inmensa lona que entoldaba el patio.

— ¡Gloria!

— ¿Qué?

— ¿No has oído?

— Menos genio, ¿entiendes?... Me dijo que esta siesta no podría venir y me dió los cromos. Cógelos; aquí los tienes en el banco. — Pues tú los traes, ¡hala!

— ¡Uaaá! — hizo Gloria, volviéndose y enseñándole la lengua.

¿De dónde habría sacado la señora estos dos hijos tan bobos? Muchas noches se venían a la cocina a ver cómo pelaban patatas ella y la otra compañera, Vicenta; y si no estaba también la vieja ama Charo, les contaban ambas, por reírse, cuentos verdes... ¡por reírse al mirar la cara de tonto de Rodrigo, que no entendía, y la cara de Petra... ¡que ya los iba entendiendo de más y se disgustaba algunos ratos... «porque decían aquellas cosas delante del niño»!

¡Bah, qué niño... que cogía en el canapé más que un gastador!

Le estaba viendo Gloria en el espejo, sin dejar de peinarse.

Pero volvió él a llamarla con imperio y se levantó al fin, sin prisas, de más confiada en la bondad del muchachote, guapo como una niña e inocentón hasta lo increíble, a pesar de sus trece años.

A la vez que le irritaba a Rodrigo tener siempre que enfadarse antes que le obedecieran las criadas, le entristecía el desvío de su hermana para él, cada día más grande. Por eso rezumaban lágrimas sus ojos cuando se le acercó Gloria llevándole los cromos en el delantal, mal cubiertos los senos por el justillo suelto. — ¿Lloras porque no viene la señorita? — le increpó parándose en burlesca admiración.

— ¿Qué señorita?

— ¡Toma! ¡Qué señorita! ¡La señorita Petra! Tu hermana. Me mandan que la llame así. ¿No has visto que le preparan trajes largos?... ¡Tú eres tonto!

— ¡Mejor!

— No puede venir, porque está escribiendo una carta a... una carta para... Esto no me lo dijo ella, pero yo lo sé... Porque está escribiendo una carta... ¡una carta en papel de flores!

Se sentó al borde del canapé, a fin de vaciar los cromos en el asiento.

— Vaya, ¿a que no sabes a quién le escribe? ¿No lo sabes?... ¡Tú eres tonto, hombre!

— ¡Mejor! — gritó de nuevo Rodrigo, cerrando los párpados por deshacer las lágrimas.

— ¿Crees que una señorita de quince años va a pasar su vida jugando a las muñecas? Tendrás que jugar solo. Y di, vamos a ver, ¿a que no sabes tampoco por qué este invierno te sacaron la cama del cuarto? ¿Por qué quitaron de la habitación de Petra tu cama? ¿No dormíais juntos?

— ¡Pero han dicho que porque estuve malo y volverán a llevarme!

— ¡Bah, no sabes nada, chiquillo! ¡Si tú mirases!... Y te da miedo por las noches, y tu ama vieja te dice cuentos al dormirte, y te dará el pecho todavía. ¡Pobre niño chiquitín! — exclamó en seguida, pasando una mano al otro lado del canapé para inclinarse a Rodrigo y estamparle un beso —. ¿Quieres jugar conmigo? ¿Quieres? ¡Vamos, di!... ¡O quieres teta! ¡Verás, toma... yo soy tu ama!

Mientras él se tapaba disimulando el llanto y esquivándola, Gloria, doblándose hacia él, cubríale con el cabello la cabeza como en un fanal.

Un puñetazo descargó Rodrigo en aquel seno blanco y duro, cuyo contacto en la boca le había causado impresión de asco insuperable.

— ¡So puerca! ¡Cochina! ¡Ahora se lo diré a mamá!... Y le diré también que sales a peinarte al fregadero y llenas de pelos los platos. ¡So puerca! ¡Puerca!

Corrió lleno de ira, gruñendo, con los puños apretados, tropezándose en los muebles y sin hacer caso a la doncella que, allí sentada, al aire sus blancos senos de rubia, reíase llamándole y le indicaba que no despertase a la señora... ¡Vaya, ni que no supiese que el ama Charo le daba tetita al dormirle! ¡Pobre nenín, que ya no jugaría más con la hermana!...

II

II

Sin embargo, le había visto escapar tan decidido que, temiendo que el simplote fuera a contarlo, resolvió observar por allí dentro. Cogió su blusa en la cocina y se abrochó. Se anudó el cabello.

En el recibimiento no halló a nadie, ni en la sala. Todo estaba a oscuras y silencioso y cerrado el cuarto de doña Luz... Cuando se retiraba la llamó Petra, entreabriendo la puerta del tocador. Volvió «la señorita» a cerrar. La mandó sentarse. «Concluía.»

También se sentó Petra a escribir, doblada afanosamente en la mesita llena de pliegos rotos, con los pies cruzados a un lado de la silla, descubriendo al borde de la falda los tobillos y los zapatos finos como guantes. La hermosa trenza de azul de acero, en fuerza de ser negra, caíale por la espalda sobre el matine de medio luto.

Cerró la carta en un sobre y fué hacia la doncella, tímida, dulce, encendida por adorable rubor. — ¿Para quién es? — preguntó teniéndola en alto por un pico con dos dedos —. ¡Acierta!

— Para el señorito Román — respondió sin vacilaciones Gloria.

— Tómala. Se la das a la noche.

Guardando la carta, Gloria sonreía: un par de duros valdríala del rumboso pretendiente.

— ¡Le dice usted que sí, por supuesto!

— Lo has conseguido. Seremos novios — respondió la gentilísima chiquilla estirándose en la butaca, donde había ido a caer, como quien descansa de un trabajo —. Bien, ¿y qué?... Ahí le digo que le quiero, lo cual no es cierto, porque mal puedo quererle cuando no le he hablado nunca... ¡No creo que va a gustarme que digamos esta correspondencia en que se empeña mi amiga Pura, porque es la novia del amigo de éste... y en que te empeñas tú sin saber por qué!

— ¡Ah, «señorita»! (bueno, me dicen que te llame así, me da lo mismo...) Usted le querrá cuando le trate y le hable en la Alameda estas noches, después que pase la Virgen y se haya usted puesto de largo, quitándose del todo el luto. Allí, la música; las mamas se sientan bajo los árboles, y las niñas, de claro como palomas, vueltas y más vueltas a los jardines y de punta con sus novios las que lo tienen. Luego el teatro, luego los bailes... y la reja en casa de alguna amiga... Luego... ¡ah, usted no ha vivido, señorita, aún! — ¿Has tenido tú muchos?

— ¿Novios? ¡Regular!

— ¿A qué edad el primero?

Sepultóse Gloria en sus recuerdos, perdida en confusas lejanías.

— A los trece años — dijo luego —. Pero aquél puede decirse que no lo tuve yo, sino qué... me tuvo. En realidad, era el novio de una prima mía; un maquinista del tren. Estaba yo sola una tarde y entró él... me dijo que era guapa y me reí; me dijo que me quería y me reí... y...

Soltó una carcajada, contenta de poder jugar con intenciones equívocas que Petra no entendiese.

— Y nada... que me quiso aquella tarde, como si hubiese sido su novia..., ¡más!... Sólo que tenían hecho el ajuar mi prima y él, y al mes se casaron; se marcharon. Después me puse en relaciones con un señorito muy guapo — continuó, apresurada para aturdir a Petra con su sonrisa maligna y no dejarla preguntar —, el señorito de mis amos. Ya se ve; le entraba el chocolate todas las mañanas, y el señorito acabó por enamorarse. Una noche fuimos de máscara al baile, cenamos y me achispé un poco... ¡Le digo a usted que se divierte una de veras con los novios!

Petra estaba violenta, casi avergonzada de no sabía qué adivinaciones terribles, que no podía en modo alguno conciliar con la tranquila jovialidad de la criada. — ¡Bien!... ¡Vosotras... tenéis otra libertad! — repuso para atajar la conversación con un asomo de reproche digno, seco, que picó a Gloria.

— ¡Cómo! ¿Más libertad? ¿Y las señoritas?... He servido desde entonces a bastantes, y podría contar de señoritas largo y tendido. ¡Oh! En estas cosas no hay señorío que valga, y no es preciso ir a los bailes... ¿Conoce usted a Salvadora Villarreal?

— De vista.

— Pues a la reja, Salvadora Villarreal, cuando yo servía en su casa frente al Parque... ¡qué! ¡a media noche la dejó en camisa el novio!

— ¡En camisa!... ¡Oh, Gloria!

— Pero así como le digo a usted, yo que lo sé, porque se me vino llorando a mi cuarto a despertarme, ¡si usted no conoce el mundo, señorita!..., llorando a suplicarme que saliese a pedirles sus ropas a aquellos tres: al novio y dos amigos del novio, que habían sido también los novios primeros, todos en broma y en jarana por apuesta... saliendo, cuando ya estaba ella desnuda, de unos árboles.

— ¡Oh! ¡Calla! ¡Calla, Gloria!... ¡¡Qué sinvergüenza!!... ¡Eso es mentira, Gloria!... ¡¡Se necesitaría ser indecente para eso!!

Habíase levantado la chiquilla con nerviosa indignación, y Gloria se acercó para cogerle la barba, siempre sonriente...

— ¡Pobre Petrita! La verdad es que no me acostumbro a llamarte de usted. Daré tu carta a la noche- ¡Tú irás aprendiendo de lo que una novia es capaz poco a poco!

Dándola un sonoro beso, escapó.

Petra se desplomó en una butaca. Vaga repugnancia de no sabía qué perspectivas ingratas la invadía. Sintió impulsos de llamar a la doncella y romper la carta. Aquella carta escrita, en verdad, porque su criada y sus amigas de colegio se obstinaron; inútil, falsa, mala, puesto que mentía en ella, y puesto que por ella, como si efectivamente fuese el principio de una reprochable acción, huía y se escondió de Rodrigo y de su madre.

Le entraban ganas de llorar, sofocada por la visión de la novia en camisa, a la reja, vista a la vez por el novio y por los otros escondidos en los árboles... ¡vista también por Petra, aquí, a través de sus candores de ángel, a modo de odiosa pena de sonrojo y de deshonra al final de un sendero de pecados de amor, negro como la noche!...

III

III

Mas quien había llorado arriba, en la azotea, adonde subió en fuga de la ingratitud de la hermana que no quería nunca jugar, fué Rodrigo, escupiendo, pasándose lleno de ira la mano por los labios, a fin de borrarse la impresión sosa v abominable del pecho que, burlándose de él como si fuera un bebé, había intentado darle Gloria. Se acordaba de que ya otra vez hizo lo mismo, ¡la puerca!

Luego lo olvidó todo Rodrigo durante la siesta, matando avispas y calcando un mapa.

Cogía el ancho de la casa la azotea. Allí tenía el velocípedo, con amplitud para correr. Hacia el patio, desde una balaustrada llena de macetas, la continuaba el tejado de la galería. Unos camaranchones abuhardillados que servían para trastos y para evitarle al piso de abajo el calor le aislaban completamente de la calle. Petra teníala convertida en jardín, con sus flores, y Rodrigo en gimnasio al extremo lindante con la iglesia; por el otro una tapia de dos metros establecía la frontera con la azotea de la fonda, que en la pintoresca fachada principal ostentaba el rótulo de Hotel de las Colonias.

De silla y de mesa a un tiempo, en que instalaba sus papeles y sus pinturas, servíale al niño uno de los sofás de ladrillo que a lo largo de los desvanes se embutían entre puerta y puerta. Iba iluminando el mapa. De improviso derramó el vaso del agua, sobrecogido por un tremendo campanazo que le sonó encima. Daba las seis el reloj del Carmen. El dibujo se le había mojado... Tras de contemplarlo lastimosamente, decidió tenderlo al sol, en el suelo, sobre un periódico... Esperaría: tomó carrera y se prendió y subió de ríñones al trapecio, quedando sentado tranquilamente, en balanceo suave, caída la cabeza contra el cordel, en tanto contemplaba allá arriba las campanas que le asustaban siempre.

Eran los tejados de la parroquia — un pueblo singular y desierto como un cementerio de bárbaros panteones — la única decoración que le abstraía allí, donde el horizonte se estrechaba en cercanos muros por todas partes. Siguiendo el pretil que daba al patio, y perpendicular a la azotea, una estrecha explanada corría sobre la parte del edificio destinada a vivienda del párroco. En una rampa de cal se abrían tres escalerillas irregulares salvando el desnivel de los cruceros; y a partir de ellos, y de una linterna cuyas ventanas de visillo verde resaltaban sobre las pizarras de la media naranja del baptisterio, empezaba un laberinto de encrucijadas y angosturas como senderos que ascendían y bajaban en declives rápidos por encima de las bóvedas, detrás de los antepechos y cornisas y entre las cúpulas laterales y el gran cimborrio que volaba en el espacio cortando el azul con su panza colosal de renegridas tejas.

Otra escalera adosada al muro del cimborrio, en semicaracol, llevaba a la terraza del alto campanario que hacía de torre, donde los arcos, abrumados por nidos de cigüeñas, lucían los ladrillos como heridas sangrando en la argamasa. Nada de adornos ni de arquitecturas; se trataba del revés — que sólo Dios debía ver — del techo de un viejo templo, por dentro remozado y coquetón para los fieles; los andenes eran de hormigón, desconchado igual que las paredes, para bien de lagartijas; y en grietas, pilastras, tejadillos y agujeros, toda una fauna de volátiles se conmovía cada vez que venía a turbar el reposo de la siesta el poderoso vibrar de las campanas, tañidas por el rodaje del reloj o por los monagos colgándose en la sacristía de las maromas.

De memoria se sabía Rodrigo aquellos vericuetos. Saltando el tabique — gracias a que apenas si subía allí de mes en mes el sacristán — los recorría a menudo en divertidas cacerías de cernícalos y gorriones; cuando no por el placer de trepar y descolgarse como en una excursión entre montañas — o mejor aún por sentarse en la torre bajo la campana gorda y contemplar el panorama de la ciudad y de los campos. La soledad se le metía en el alma, causándole una especie de crispatura de terror que le gustaba y que aguantaba bien, particularmente por las tardes, cuando el alegre escándalo de las aves le rodeaba en los aires y a lo lejos oía cantar en la galería a sus criadas; porque hay que confesar que nunca de noche, aunque se hallase a gusto tomando el fresco en la azotea, pudo a solas soportar la visión de las moles oscuras, ni siquiera al resplandor de la luna, que las azulaba con azul fantástico haciendo fosforescer reflejos de cristales y arrojando de cúpula a cúpula siniestras manchas de sombra bajo el alto cielo...

IV

encabe|título=Reveladoras|autor=Felipe Trigo|notas= En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. |anterior=III |sección=IV |siguiente=V

IV

Le obligó a volverse en el trapecio un ruido de botellas que se quebraban y de perros ladrando.

Vió por la tapia del hotel una naranja lanzada al alto... y en seguida otra... y otra... que empezaron a cruzarse en un subir y bajar gracioso. Momentos después no eran tres, sino seis o siete las naranjas, trazando por el aire un arco en que se perseguían sin cesar...

Incapaz de resistir la curiosidad, se arrojó del trapecio. Iba a verlo. De puntillas y cargado con la escalera blanca de la percha, la adosó al tabique, comenzando cautelosamente a subir.

Una niña estaba en la terraza de la fonda, rubia como las muñecas, cuya melena rizada le caía sobre el guardapolvo de dril ondulando en el gentil balanceo de los brazos y sujeta por una diadema de piedras verdes. Estaba de espaldas. No le sintió. Las naranjas volaban como una guirnalda sobre su cabeza, dilatándose, extendiéndose, ciñéndosele otra vez hasta parecer que le llegaba a rodar por las sienes, obedientes a las rosadas manos que las impulsaban con ligereza de encanto — mientras que el talle flexible y firme se tendía o se doblaba, ora sobre la punta de los pies erguida, ya a uno y otro lado, o con el busto atrás y la cara al cielo, rodilla en tierra, en tan violenta flexión, de todo el cuerpo, que tocaban el zapato blanco las puntas de la áurea cabellera... Y siempre la hermosísima criatura rodeada por aquel aro girador que parecía extasiarla fingiendo los anillos de una rojiza serpiente... Cerca de un banco, tenía una cítara y un arpa. Enfrente la contemplaban, atados y mimosos, dos perros de San Bernardo.

Cada vez que la niña, arrodillándose, echaba atrás la cabeza, Rodrigo se ocultaba tras la tapia. Por último le vio; los perros gruñían y habían ladrado. Ella interrumpió su juego. El, deslumbrado por la brillantez singularísima de aquel rostro, se quedó mirándola también. Había recogido en la falda las naranjas y enseñaba los encajes azules de su enagua de seda, a media pierna, estallando la vigorosa pantorrilla en el calcetín escocés.

— ¡Molk! ¡schut! — le gritó dando en el suelo una patada al perro, que refunfuñaba aún.

Inmediatamente sonrió a Rodrigo, dedicándole una reverencia.

— ¿Quién te enseña eso? — preguntó éste animado por la plácida jovialidad.

— Yo lo aprendo — respondió la muchacha con acento extranjero, dulcísima la voz y amable.

— ¡Será muy difícil, ya lo creo!

— ¡Oh! Aquí en el suelo, no; se hace. Es que quieren que lo haga en panneau sobre Stern, que galopa muy alto.

— ¿Cómo?

— Corriendo encima del caballo.

— Pues te caerás. ¿Quién te coge a ti?

— Nadie. Voy de pie encima. ¿No me has visto en el circo?

Redobló hacia la niña su curiosidad. Se acordó de haber leído anuncios por las esquinas con la llegada de una compañía ecuestre.

— ¡Ah! ¿Tú eres titiritera, entonces?

— Acróbata y excéntrica musical — rectificó la niña con una suerte de ofendido orgullo.

Soltó las naranjas en el banco, se sentó al extremo y cogió la cítara.

— ¿Ves? Toco esto, y el violín, y el arpa, y en botellas y copas de agua. Hago el volteo también en mi jaca Káiser. Me llamo Elia Deval. Miss Elia. ¿Has visto los carteles? Pues... ¡yo soy!

Callaba Ricardo, admirado y un poco ahora con ganas de reír ante la nueva reverencia llena de cortesanía y de gracia que acompañó la chiquilla a su presentación. Lista, desenvuelta, tan rubia, tan rubia y linda, estábale haciendo recordar las princesitas encantadas de los cuentos que él leía. Y le parecía una mascarita miss Elia, una muñeca que se riese y que tuviese los ojos de cristal verde y hechos de dientes de nácar. Pero ¡qué bonita!... Cuidado que lo era de verdad su hermana Petra, y, o ésta le ganaba, o es que le chocaba a Rodrigo la animación de feria de sus colores... La cítara tenía incrustaciones de marfil y níquel y las cuerdas de plata. El arpa era dorada y roja.

Cruzadas las piernas, el codo en el respaldo y en la mano reclinada la cabeza, prosiguió Elia su presentación. Su madre era inglesa, pero ella vino de Londres a los tres años. Llevaba nueve en España. Estaba ahora con otras de la compañía: la tenía Grossi (un clown italiano) y la equilibrisa Andrée, que conoció a su madre, muerta por un caballo en Lisboa. No había tenido padre nunca. Andrée la quería bien; Grossi la pegaba cuando la caía Káiser. Del clown eran aquellos perros y los cuidaba; valía cada uno seis mil francos. Se trabajaba en el circo de más: por las tardes ensayo, y de noche concluían las funciones muy tarde...

— Y tú, ¿eres español?

Esta vez serió Rodrigo. Le hizo gracia la pregunta; como si a la edad de ellos se pudiera ser español, ni inglés, ni nada. Y contestó modestamente:

— He nacido en esta casa. Pero, anda, luego tocas. Vuelve a hacer eso: ¿cómo se llama?

— Juegos icarios. ¿Nunca lo has visto?

— Nunca he ido al circo ni al teatro. Hace ocho años que murió papá, y luego una tita mía, y hemos estado de luto. ¿Qué haces para que no se caigan las naranjas?

— ¡Cogerlas! Para aprender hay que acostumbrarse poco a poco.

— Si te viese aprendería. Le diré a mamá que me lleve al circo. ¿Vais a estar mucho?

— No sé.

— ¿Vives ahí en la fonda?

— Aquí vivo.

Tras una pausa, interrogó ella a su vez:

— Y tú, ¿qué eres?

— ¿Yo? — repuso el niño sonriendo —. Nada.

Sólo que en seguida sintió vergüenza, delante de una muchacha más pequeña que ya tenía una profesión, y queriendo, además corresponder a sus galanterías, puntualizó (con una modestia llena de arrogancias para el porvenir) que no era nada aún, pero que estudiaba y sería gobernador , como fué su padre. El señor cura, don Alberto, le daba lección en casa, pues aunque iba a examinarse de segundo curso en el Instituto, tenía matrícula de enseñanza libre. Por las tardes paseaba con el señor cura, y antes con la mamá y con la hermana, al machón de la fábrica de electricidad, o a la vía, donde hacían tijeras y sables aplastando alfileres al pasar el tren. Habían estado cerca de cuatro años en su cortijo de El Galapagar, al morir su padre; mas tuvieron que venir para que fuese Petra al colegio de las monjas, y allí se había ido ella echando amigas... Por eso no había visto nunca el circo, y salía ya con el señor cura casi siempre...

Subiendo de la galería se oyeron voces.

— ¿Ves? Me llaman. Don Alberto va a venir. Anda, juega un poco a las naranjas, que te vea.

Le obedeció Elia, sonriosa y dulce, con su hábito de artista complaciente con el público. Y empezó a explicarle, arrojando las naranjas despacio:

— Mira, así... y se coge ésta con cuidado... Y ésta... Y ésta... ¡Lo aprenderías, no es difícil! Hazlo con dos primero... Fíjate: se tira una... cuando baja la otra... La una... la otra... Sin mirar la mano, arriba sólo... Y si se quiere, atiende, se van pasando de mano... tira la derecha... coge la izquierda... Así... Así... Así... A ver si puedes. ¡Tómalas!

Le echó las dos naranjas, que cogió Rodrigo sucesivamente al vuelo, con lo cual cobró ánimos. Afirmándose en la escalera, lanzó primero una y luego otra por el aire... Ambas le botaron en el pecho, rodando a los pies de Elia, que reía.

El se reía igualmente, discípulo dócil, en confesión de ineptitud.

Y le vió ella de pronto desaparecer, como un muñeco de sorpresa.

— Bueno, ¡adiós! — había dicho.

Notas de WS

V

V

Partía escapado a buscar a Petra y subirla para que viese también a miss Elia, tan pequeñita, y que sabía hacer tantas cosas y tenerse de pie sobre caballos al galope. Le dirían a la mamá que los llevase al circo.

Un rumor de conversaciones le detuvo en el recibimiento.

Su hermana y su madre estaban con amigas que cada vez venían con más frecuencia..., que venían ya casi todas las tardes. A la izquierda vió por la tijera de la puerta, en el balcón, a Petra, acompañada por Aurora Reina, que se le había vuelto antipática desde que le dijo un día, igual que Gloria, «marica» y «Periquito entre ellas», mandándole que las dejase y se fuese a jugar con los amigos. ¡Cómo si él, que nunca salía sino con el cura, pudiera tener amigos ni los quisiese tampoco!

No se atrevió a entrar; se acercó a la derecha hasta la puerta del saloncillo, donde estaba su madre, y conoció por la voz a doña Nieves, la mamá de Aurora. Estaba también Josefina, aquella señorita alta y guapa, más joven que ninguna, y que le cargaba a él por sobona y besucona... ¡cogiéndole sin cesar sobre la falda para acariciarle igual que a una niña de seis años!

Por el llavero las veía y oía que le decía a su mamá doña Nieves:

— Tiene usted a la muchacha boba de puro no separársela de al lado... ¡y hay que vivir, querida! Serán indispensables en la aldea lutos de siete años; mas no aquí. Se ha metido usted a vieja antes de serlo. Quien se aísla de la sociedad, se olvida, y las amistades valen lo mismo que el dinero. ¡Cada cosa a su edad, amiga Luz! Así como así, ese chico que la ronda es lo más distinguido de la ciudad; una suerte para ella si llegase a casarse. ¡Déjesela a mi Aurora, que lo entiende!

Comprendió Rodrigo que estorbaría si entraba, que también doña Nieves le mandaría a jugar como otras veces. Se alejó en busca del ama Charo, para vestirse, llevando la sensación de que sobraba por todas partes dentro de su casa en cuanto iban estas gentes extrañas a apoderarse de las salas y los balcones y a hablar de cosas que ni le importaban, ni por último debía escuchar... A Josefina y doña Nieves, tan festejadas por los demás, no podía soportarlas Rodrigo. Diríase que habían venido a apoderarse de todo, a mandar en él, en su casa, en su hermana y en su madre. Le ayudó el ama a vestirse. Llegó el señor cura y pasearon esta tarde por el fuerte de San Juan, cogiendo lirios. Antes de dormirse esta noche estuvo pensando mucho rato cómo diantre podría la titiriterilla jugar con seis naranjas a un tiempo...

VI

VI

Sintió a la niña en su azotea y corrió a la tapia.

— Buenas tardes, Elia,

— Buenas tardes, Rodrigo.

Elia subía infaliblemente después de comer a cuidar los perros, los monos y las dos catalas. Rodrigo la vió ir a su oficio, de jaula en jaula, riñendo a Gut, que trepaba por la alambrera y no dejaba nada a los otros; acariciando a Molk, que gruñía y estiraba la cadena, moviendo la lanosa cola por plantarla las manazas en los hombros.

No la interrumpía Rodrigo hasta que ella distribuía los dos panes despedazados en su falda. La castigaría el clown de hacerlo mal... y ya en las tardes anteriores habíale contado Elia a su amiguito la crueldad con que la pegaban por cualquier cosa: cuando en los ensayos sobre su jaca andaban torpes, le tendían indiferentemente el látigo a la jaca o a ella... Y había llorado la pobrecilla refiriéndolo, haciendo llorar al niño también.

Otra tarde manifestó temores de no poder hacer por la noche, en la gran batuda, un salto mortal de costado que querían que diese y que habían ensayado poco. La iban a hundir a latigazos, dentro, como siempre que lo hacía mal en la función, y por más que el director la mimaba en la pista al ver que reía cariñosamente el público...

— Oye — propuso Rodrigo lleno de piedad —, ¿no has visto mi gimnasio? Ahí está, y un trampolín con arena. Lo malo será que te caigas, si es eso tan difícil; pero si crees que no, ven... ¡ensaya en mi gimnasio!

El estorbo estaba en la tapia, porque Elia no tenía escalera. Sin embargo, halagada por la invitación, bien pronto la pequeña artista halló modo de mirar si servía el gimnasio. Una silla rota, sobre la que colocó dos viejos cajones de petróleo, permitió formar una movible torre a que se encaramó en seguida. «¡Magnífico!» ¿Y no le reñiría la familia de Rodrigo?

— Aquí no viene nadie por la siesta, con este sol.

— Pues ¡hala!

De un salto, apoyada en las manos, quedó sentada en el caballete, una pierna, luego otra... y se tiró ágil desde arriba, aun antes que Rodrigo tuviese tiempo de brindarle la escalera.

— ¡Caramba! ¡Se conoce que eres gimnasta!

— ¡Oh, verás! Y eso que no podré así. Espérate. ¿Tienes una cuerda?

La encontraron y se ató a la cintura el vuelo de la falda cruzándoselo entre los muslos y transformándolo en un gracioso pantalón.

En seguida ensayó, causándole al amiguito admiración y espanto con sus molinetes en la barra, de donde se arrojaba disparada en vueltas por el aire; con sus dominaciones en las anillas, con sus equilibrios en el trapecio, en que de pronto, a un ¡hip! salvaje, daba caídas atrás con todo el cuerpo para quedarse colgada de los pies con la hermosa melena de oro barriendo el suelo. El trampolín le produjo a Rodrigo mayor miedo todavía, porque no se trataba de simples saltos mortales, sino de lanzarse recta por el alto y dar la vuelta como una varilla flexible, o bien de ir a caer de cabeza y saber doblarse con vigoroso empuje a media vara del suelo, en forma que se pusiera de pie después de haber rodado sobre la nuca y la espalda; el salto de costado, principalmente, debía de ser de inmensa dificultad, pues aunque Elia se despedía bien sobre la pierna derecha no podía revolverse por el aire sin perder la lateralidad, cosa que la desesperaba y que la hacía caer de mal modo algunas veces.

— ¡Pero eso es un disparate, tú! ¡Vas a hacerte daño! — repetía el jovencillo, alarmado y rebosando lástima.

Le brotaron las lágrimas una vez que su amiguita fué trompicando hasta arrastrar la cara por la arena, empujándole a él, que cayó también, porque había intentado inútilmente detenerla. — ¡Mira! ¿Sabes?... Eso no quiero verlo. No quiero que lo hagas.

Y como estaba plantado ante el trampolín para impedirlo, ella replicó:

— Ya te decía que no podré a la noche. Descompondré la batuda, porque los que vienen detrás o han de pararse o me caerán encima. ¡Van a pegarme mucho!

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