Capítulo I
Son ridículas... sencillamente ridículas, estas fondas de los pueblos.
En general, casas de cierta fanfarronería que empezaron A construir el comerciante X o el notario Z, al jubilarse, y que «vieron» la muerte de sus dueños antes que ellas estuviesen concluidas en todos los perfiles. Y así se quedan inconclusas para siempre. Escaleras sin baranda, a lo mejor, o con una provisional-definitiva; timbres que no suenan; techos sin pintar...
El comedor, ya se sabe: estrecho y largo, con aspiraciones de salón; el patio con columnas, con corredor encima, con mecedoras... Y luego, viajantes, viajantes...; la mesa llena de viajantes y cajas de viajantes por todos los rincones.
Además -¡no lograba entenderlo Luis!-, estaba en plena Mancha (el país de los carneros y las dehesas) y acababan de ponerle en la cena unas chuletas empanadas que antes parecían unas tortillas de cordel. Sobre esto de las famas regionales tenía ya el joven madrileño sus escamas: gente alegre, por ejemplo, la andaluza... y hasta se dijese que lloraban cantando en sus guitarras; buen vino en Jerez... y en otro viaje tornó una copa, al paso, en la estación, y parecía petróleo.
¡Oh, su Madrid!... Allí sí que eran tiernas las carnes de la Mancha, y bueno y barato el jerez, y alegre la alegría de Andalucía... Exportación. Las provincias se quedaban sin todo por enviárselo a la corte.
Encendió el puro, en el zaguán, y se lanzó por las calles.
Yacían en una semiobscuridad eléctrica digna del siglo. «¡Para lo que hay que ver!» -podía decirse aquí, como cuentan que decía el oculista que iba dejando ciega a su clientela.
Luis no tenla más amistades fuera de la fonda que dentro de la fonda. Llevaba en la localidad media semana. Los días se los pasaba en las sierras, al sol, entre jarales. Las noches podría pasárselas luciendo su uniforme nuevo de teniente de Ingenieros si se viesen (o pudiesen verlo) en alguna parte las muchachas. Pero no salían, no salían quizás nunca de casa las muchachas de este pueblo con honores de ciudad. En vista de lo cual descuidaba Luis un tanto su tocado: botas de campo, guerrera gris, y sin sable...
¿Por qué no había siquiera teatro en el Teatro? ¿En qué diablo se divertía la gente?... Las damas estarían rezando, salvo tal cual cara bonita que se adivinaba en la sombra de las rejas con el novio. Los hombres... eso sí, en el Casino, a todas horas.
Llegó a la Plaza. Llegó al Casino. Entró. En la sala de la izquierda tomaban ya sendos cafés con copas tres viajantes. En la sala de la derecha un señor leía un periódico, y otro, joven, tumbado en un ancho butacón, pelaba primorosamente una bellota. Saludó, pidió café, y estuvo viendo al joven indígena pelar bellotas. Era una exquisita y delicada operación: se comía una, y sacaba otra; primero la consideraba, la examinaba, como para persuadirse de su bondad; luego, con el cortaplumas, le quitaba el cascabullo y le hacía cortes circulares en la cáscara; sacada ésta, empezaba un minucioso y cariñoso raspado de la almendra... y, por fin, se la comía el operador, muy lento, en tres minutos, en seis minutos, mientras iba procediendo a otra mondadura.
Terminado el café, Luis se levantó, volvió a cambiar otro cortés saludo con el del periódico y el de las bellotas, y fue a la sala de juego. Grande animación. No era jugador, y no jugaba. Limitábase a mirar. La primera noche, al verle de uniforme, y joven, los banqueros sonriéronle con cierta curiosidad. Debieron de creerse que era un punto. Brindáronle un asiento, en el otro frente de la mesa, y tres o cuatro se apremiaron a cedérselo. Él lo rehusó. En las otras noches, al ver que no jugaba, perdió todo el prestigio. No ya un joven teniente de Ingenieros, jefe de la Comisión Geodésica que traía por fin, con doce soldados y un sargento, la triangulación de la comarca; se hubiese de tratar de un emperador que no jugase y fuera igual para los altivos jugadores. Un jugador no reconoce otras jerarquías, otros respetos, que los de sus colegas. Es más el que apunta más -y el que no apunta no es nadie. Cuando entraba, pues, el joven militar, gallardo y todo, no le hacían más caso que al perro del conserje.
En cambio, a la asamblea, y a él mismo, en verdad, causábales casi veneración un señor guapote y respetable, de finísimos modales, que apuntaba cada vez paquetes de a cien duros, billetes a puñados, de cien pesetas, de quinientas pesetas, de mil..., con una perpetua sonrisa afable de desdén entre los labios. Un viejo apoplético, a quien llamaban D. Basilio, todo calvo, jugaba fuerte también, pero retratando en su faz una codiciosa emoción que daba miedo: las venas, gordas y tortuosas, se le inflaban por la congestión casi violácea del cráneo, como si le fuesen a estallar.
Sin embargo, pronto Luis se fastidiaba, y se iba a pasear su soledad y su aburrimiento por el fresco de la noche. Partió, y se dio a vagar por la ciudad, igual que en las pasadas. Un Abril sereno, ligeramente fresco. A las diez no había un alma por las calles, y, sobre todo, en cuanto se alejaba un poco de la plaza. Andando, andando, bostezaba. Se acordaba de Madrid. Apolo, la puerta de la Peña, el Real... ¡cómo estarían a estas horas! Principalmente, el Real.
Luis era un apasionado de la música. La solución, aquí, sería acostarse, y más teniendo que madrugar para largarse al monte con sus soldados y pantómetras; sino que, acostumbrado a trasnochar, no dormiría...
Encendió ahora un pitillo y procuró distraerse con la arquitectura de las casas. El pueblo no tenía carácter. Ni antiguo ni moderno. Una monotonía cruel de fachadas blancas y balcones con macetas. De trecho en trecho tapias, molinos aceiteros y arroyos de alpechín.
Iba a las afueras. Una plazoleta lo detuvo. Era irregular y presentaba un aspecto teatral y pintoresco. Entre frondas de unas huertas recortábanse los muros y el cimborio de un convento en ruinas. A un lado, viviendas pobres, de un piso; y al otro, un enverjado jardín, en cuyo fondo de arboleda se alzaba un palacete. Un fino arete de luna en cuarto, que parecía tener prendido cerca de una punta un gran lucero, hundíase, tras la veleta del cimborio, en la agonía profunda de lo azul. En vez del clásico gato negro, destacándose en silueta, el breve argénteo resplandor mostraba la de dos cigüeñas en otro campanario sin campanas -y abajo, en mitad de la plazuela, en la claridad rojiza de una luz, había una gran cruz de escalinata y un pilarón con una argolla.
La argolla debió de servir allá en tiempos medioevales para suspender a los ahorcados.
Por la imaginación de Luis pasaron las leyendas de los siglos. Cosas de horror y de tragedia. Las cornejas del convento debían de ser entonces fatídicos espectros. Pero, ahora, eran cornejas... y todo esto una decoración que el maestro Muriel pudiese acomodarle a un paso de sainete..
Pensó que, en estos pueblos, la vida habíase vuelto insoportablemente idiota al ir perdiendo su barbarie. La barbarie fue, al menos, el arte de las gentes que no han podido concebirlo de otro modo. En los grandes centros, con un olvido total de historias y romances, preocupan otras cosas: la música de un Wagner, la suntuosidad de un Music-hall, el maillot que van tendiendo a suprimir las «helénicas» danseuses... Aquí se confundían con su mismo y eterno bostezo colosal, en el casino lleno de moscas y colillas, el siervo y el señor. Un día, y otro día y, otro, y otro... con sus tardes y sus noches, hasta que al cabo de los años se muriesen, aquel rico de la banca apuntaría sus montones de dinero junto a aquel otro que pelaba primorosamente las bellotas.
¡Qué horror! ¡Nunca volvería a ocurrir nada en la paz de muerte de estos pueblos!... Hubiesen traído aquí a Napoleón, y al año se hubiese vuelto cazador de codornices.
Subió dos peldaños, de la cruz, y se sentó en el tercero. Encendió inmediatamente otro pitillo. Una barbaridad. De día, no intrigado y divertido con sus trabajos del campo; pero de noche, en las horas perdurables de estos pueblos, donde no ocurría nada jamás, agotaba un paquete de Susinis.
Tendió el oído, de pronto, porque empezó una música a sonar. Piano... ¡y manejado diestramente! Un bien llovido del cielo le hubiese cansado igual delicia por el alma. Entre el ramaje del hotel divisó un balcón entreabierto. Venía de él, esta sonata... esta sonata, sí... de Sinedy... el gran bávaro de moda...
Se levantó y se fue acercando. Se quedó en la esquina de la verja, lo más cerca posible del balcón, por no perder ni la más leve pulsación de la sonata. La que tocaba, o el que tocaba, era inteligente. Debía de tratarse del profesor de la ciudad.
Era un regalo. Dios se le apiadaba. En tantas días, en el aburrimiento homicida de este pueblo, oía música, y una buena música, por primera vez. Su ser la recibía como la tierra seca una lluvia de verano.
Aunque, no -rectificó en seguida; -maestro y todo el que tocaba, no debía de ser el profesor. El profesor de música de un pueblo tan prosaico no viviría seguramente en un palacete moderno con jardín. La verja cercaba toda la manzana. ¡Alguna señorita!
Tuvo una angustia. Concluida la sonata, volvía el silencio, y parecía que le habían retirado del alma los tules del amparo.
Pero tuvo en seguida una compensación enorme de alegría, porque el piano volvió a sonar, preludiando algo... y la... señorita, cantó. ¡Ah, qué maravilla! Voz extensa, llena, armoniosísima. Ópera, además:
Col pensiero il mío desir
A té ognora volerá,
E pur l'ultimo sospir
Caro nome, tuo sará.
¡Bravo! El lamento de la bella Gilda enamorada.
Luego derramó la poderosa contralto canciones de la Bohemia y la Tosca por la calma de la noche. Era tierna, pues. Amaba lo sentimental. ¿Sería guapa?... Su voz, a menos de contrasentido, dejaba adivinar un pecho, un cuerpo de buena moza.
Descansó ella, tocando el nocturno sexto de Fhlowat y el cuarto de Chopín, y cantó, como final, un pasaje de Lucrecia:
Il segreto per esser felici
Se io per proba...
E l'insegno agli amici...
¡Oh, sobre un desdichado de tres días... qué consuelo esta mujer que sabía el secreto para ser felices!
Mas no estaba en situación de revelárselo... puesto que cesaron el canto y el piano y se cerró el balcón.
Luis, por la entreabertura luminosa, sólo pudo ver un brazo blanco, que le pareció lleno de encajes y pulseras.
Un señor, momentos antes, había entrado por la verja.
Capítulo II
A la siguiente noche volvió el joven ingeniero al Casino y vio nuevamente al que jugaba miles de pesetas, sonriendo, y al otro que pelaba las bellotas. Sólo que éste, siempre con religiosa atención, pelaba las bellotas viendo jugar, de pie, junto a la mesa de la banca. El calvo de las venas gordas las tenía más hinchadas que otras veces.
Luis fue a la Plazuela. Le daba prisa un afán: el de encontrar el recreo de la cantante. Y respiró, en cuanto dobló la esquina del convento. El balcón estaba entreabierto, como anoche, y sonando el piano.
La delicia hacíale olvidarse de fumar. Unos ratos paseaba, otros se paraba -siempre cerca de la verja. La dama, la niña, la rubia, la soltera... ¡lo que fuese! cantaba con bríos y sutilezas desgarradas de pasión que volaban temblando por la noche y por el alma lo mismo que espadas de cristal... lo mismo que puñales encendidos...
Si esta mujer tenía por hábito distraerse a estas horas de tal modo, él, el aburrido forastero, estaba salvado plenamente. Vendría a oírla, basta las once, hasta las doce.
En efecto, como anoche, a las doce en punto, un señor llegó -el padre o el marido, -y el balcón volvió a cerrarse. Era un hombre corpulento, envuelto en un gabán, hasta los ojos. Padre, más bien -por tal detalle. Hombre de edad, que se cuidaba... que se abrigaba en Abril como en Enero.
Siguió Luis acudiendo en las noches sucesivas. Su café, su rato de pie en la banca, a la espera de las diez, y su poética sesión de música en lo obscuro. La luna ya no andaba por el cielo, y las pobres bombillas de la plaza de Jesús, igual que las del pueblo todo, exceptuando la Plaza, se apagaban a las once. Economía municipal. Y mejor para el melómano, que recibía más hondo el halago de la música y de la voz divina a la luz de las estrellas.
¿Quién sería esta mujer? ¿Cómo sería?... Por de pronto, que estaba sola en el salón, sola quizás en la casa, decíalo claro el no advertirse ni el más mínimo rumor de charla en los silencios. Su madre dormiría. Su padre tornaba tarde, y le esperaba. Rica y sin hermanos, puesto que no veíase entrar por la cancela a nadie más.
Se inquietaba Luis pensando... (si ella fuese guapa, al mismo tiempo) en que quizás habría venido él a realizar el suceso más interesante de su vida en... este pueblo donde juzgó que nada pudiera pasarle a nadie nunca. La contralto, la posiblemente bella contralto, no sospecharía siquiera que en la sombra de la calle estuviésela escuchando... su destino, su futuro marido, tal vez!...
¡Oh!
El miedo a un desengaño le inquietaba. ¿Y si era fea?... ¡Resultábale tan dulce esta emoción de una ignota idealizada por la loca fantasía de unos arpegios!... ¡Bah! Romántico, romántico, Luis, allá bien dentro de este bruto sensual, que hace de todo hombre la vida, hallaba preferible a verla, ni a saber de ella nada, incluso renunciar a ella, con tal de conservarse en el misterio el vago ensueño de unas noches de ilusión. En su existencia quedaría de esta manera, al menos, la niebla del recuerdo de un delirio.
Sí, si; hallaba esto racional. Aquella mujer, por rubia, por linda que fuese, no podría llegar a lo que él se imaginaba. No trató, por consecuencia, de quedarse un día sin ir a los trabajos, a fin de rondar el palacete y mirarla en el balcón. No trató, tampoco, ni de preguntarle acerca de ella a los mozos de la fonda o del Casino. ¿A qué?... Se conformaba con los detalles que directamente iba recogiendo y que gratamente le aumentaban la ilusión: alma de artista, suprema alma que así sentía el arte más divino; mujer, además, educada fuera del ambiente de este pueblo, en colegios nobles, en grandes capitales donde habla oído tantas óperas... ¿Quién de aquellos burdos señoritos, que él veía jugar al monte, pudiese realizarla el ideal de un amor? ¿Qué previo divorcio espiritual se establecía ella propia en estas nocturnas soledades con todos ellos?...
Oíala, oíala Luis por las tinieblas, una y otra noche, como una sombra, como otra alma noble y pura. Sin embargo, allá a las doce, se alejaba un poco de la verja, hacia la cruz, porque ya cuatro o seis veces notó que el padre, el señor que entraba tan tieso en su gabán, le había visto y le había observado con recelo.
¡Ah, el brindis! Le gustaba a ella. Era lo que solía cantar más a menudo:
Il segreto per esser felici
Se io per proba...
¿Sería verdad que esta mujer supiese el secreto para ser felices?... Por intuición, si no per proba, pero...
Pero Luis tuvo que alejarse con toda rapidez. El padre acababa de torcer la otra esquina de la verja. Se acercaba. Se paró, el buen padre, mirando al fugitivo, y creyó Luis (que habíase detenido en la cruz) que el señor aquél esta noche vacilaba, antes de tocar la campanilla, sobre si ir o no a reconocerle.
Bueno; con la luz de las estrellas, había la muy bastante para que hubiese visto que no fuera un ladrón, porque no suelen los ladrones disfrazarse de teniente de Ingenieros.
Capítulo III
El de las bellotas, pelaba esta noche las bellotas detrás del calvo jugador.
Luis entró y se situó, de pie, detrás del joven señor que jugaba tantos miles de pesetas.
Hubo un albur que el joven señor llenó de plata y de billetes; ganó, al caballo, y al volverse para aceptar en torno con un desdén amable el murmullo de tan general admiración, vio a Luis... y se quedó mirándole, tenaz y sonriente.
Luis no supo qué pensar de esta sonrisa. La agradeció, no obstante, aun sin corresponder a ella. Significaba quizás la simpatía de un hombre fino, de un hombre culto, hacia el culto forastero. Este fornido señor, guapote, de cuarenta años, debía de ser algún hidalgo rico que se aburría entre las gentes de su pueblo natal, a temporadas. A pesar de su manifiesto desaliño, su ropa era de buen corte. Con la sonrisa, en comunicación espiritual, había querido expresarle: «¿Eh?... ¡ya me ves aquí, siendo el asombro de estos toscos y pobres paisanos míos! ¡ya supondrás, sin embargo, que también conozco el mundo, como tú, y que no es mi vida de este ambiente!»...
Le miraba, le miraba Luis, cediendo a aquella simpatía, y notó de pronto que el hidalgo, después de llenar otro albur con sus billetes, volvía a mirarle y sonreírle...
Mas ¡oh! ¿Qué extraño agrio de ironía ponía en su boca? ¿Qué reto insultador lucían sus ojos?... Luis, sin rehuir por esta vez la procaz mirada del que, sin embargo, serenamente sonreía, rectificó instantáneo su criterio: «El tal hidalgo... parecía más bien un valentón impertinente encargado de resumirle el desprecio de los demás de la partida al joven forastero que venía todas las noches a mirar...»
-¡Levántate, Perico! -le dijo el insolente, con un tono de injuria mansa, a uno que ocupaba la silla de su izquierda, y que le obedeció-. ¡Levántate, porque va a sentarse este joven! ¡Quiere jugar!
-¿Yo? -recogió Luis con dureza.
-¡Sí! ¡Siéntese y juegue! ¡Lo pasará mejor que haciendo el burro por las calles!
Luis se inclinó hacia él, interrogándole, exigiéndole:
-¿Qué dice usted?
El señor se levantó.
-Digo... ¡lo que he dicho!
-Pues... ¡es usted un mamarracho!
La respuesta fue una bofetada en la cara del teniente... que, loco de rabia, al querer lanzarse a su agresor, se vio detenido por los brazos... Uno, dos, tres, diez... habíansele afianzado, cuantos estaban a su espalda. Pugnaba por desasirse, en vano, y gritaba desgarrados ultrajes su garganta... No, no conseguía sino repartir puntapiés y puñetazos al grupo que le inmovilizaba en aquel lado de la mesa... mientras que el provocador de la escena estúpida, de la escena inverosímil, sereno siempre y jaquetón, seguido por otro grupo, salía de la estancia, diciendo:
-Dejadle. Es un señor teniente de Ingenieros. ¡Él sabrá su obligación! ¡Y si la sabe... sé la mía!
Esto le aplacó al joven la violencia. No comprendía lo sucedido, pero el absurdo señor no le rehuía, por lo visto, la reparación caballeresca. Quedaba en un rincón de la sala, rodeado aún por los que volverían a impedirle seguir a su adversario; y con la mejilla roja por el bofetón, y con los dientes y los puños apretados, escuchaba frases entre amables y cobardes:
-¡Ah, cálmese usted, cálmese usted¡ ¡No ha sido nada!
-¡Caramba, don Julián! ¡Un hombre tan correcto!
-¡Incomprensible! ¡Incomprensible!
-¡Es el amo del pueblo! ¿Sabe?
-¡Sí, es don Julián Monteleón!... ¿Se conocían ustedes?
Luis, tratando de separarse, sacó una tarjeta suya.
-Señores -suplicó-, no conozco a nadie en este pueblo. ¿Cuáles dos de ustedes quieren llevarle mi tarjeta?
-¿Para... batirse?
-¡Claro!
-Pero... ¡para batirse! ¡Qué barbaridad!
-¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad! ¡Le va a matar a usted, encima!
-¡Si es un hombre que sabe de armas como nadie!
-¡Qué importa! -exclamó Luis, irritado nuevamente. -¿Quieren o no?
La tarjeta, brindada al corro, tuvo la mágica virtud de dispersarlo. Luis quedaba únicamente con un mozo que recogía las raquetas y barajas de la banca. De fuera llegábale el hervor de comentarios del Casino entero, que habríase recogido con el don Julián en otra sala. ¿A qué ir? ¿A qué intentar una nueva venganza personal imposible, pues que volverían a sujetarle, e incorrecta, tras haberle como indicado el don Julián que le hablaría en otro terreno?... Supuso que no faltarían en la ciudad militares retirados, y se informó por el mozo. Obtuvo las señas de dos, un coronel y un capitán.
Partió del Casino. Se fue inmediatamente a visitarlos. Primero al coronel. Le contó el suceso, y reclamó su intervención. El digno coronel, sorprendido por el ex-abrupto increíble del exquisitamente educado y siempre correcto don Julián Monteleón, tuvo que prestarle fe a los hechos, sin embargo. El compañerismo le obligó a todo con Luis. Mandó llamar al capitán, y pusiéronse de acuerdo.
Pocos minutos después salían para el Casino, los padrinos, y Luis para su fonda.
En ésta, a la hora y media, reuniéronse otra vez. Claro y grave el caso, no hubo discrepancias. Don Julián habíale confiado la representación a otros dos amigos. A espada el duelo, por elección de los militares -que aun sabiendo la destreza del rival en armas blancas, sabíanle mejor en la pistola su peligrosísima maestría... Y como el incidente, que nadie se explicaba, había tenido tanta resonancia, prevaleció el acuerdo, (con objeto de burlarle al pueblo un caso de curiosidad allí nada acostumbrado) de celebrar el lance al amanecer, partiendo en carruajes hacia un lejano campo a media noche.
El coronel se retiró a descansar algunas horas. El capitán quiso quedarse acompañando a Luis, y éste no lo consintió.
-Sí, sí, dormiremos, señor Acedo, es preferible.
-Sí, sí, entonces le dejo descansar. Debe usted ir perfectamente dueño de sí propio. Monteleón es también hombre bravo y... experto.
Se fue satisfecho de la serenidad del apadrinado, pero inquieto al haber sabido que no conocía las armas, tal que el adversario, como un profesional, sino del modo corriente en Academias.
Inútilmente habían tratado de inquirir los dos padrinos alguna oculta causa del lance. Luis mismo, en las horas intranquilas de esta noche, no comprendía lo ocurrido. Por una parte, el suceso, brutal, repentino, incongruente. Por otra, aquella decantada buena educación de don Julián y aquel su profesionalismo de las armas. Habíanle informado el coronel y el capitán: Monteleón, que en su juventud pasaba largas temporadas en Madrid y en París, se había batido varias veces; desde que se casó vivía, sin embargo, burguesamente en el pueblo...
Luis, en suma, y sin que le agradase mucho la deducción, acabó por creer que este lance no fuese sino una manía, una especie de vieja afición despertada a la vista de un joven madrileño en el deportista de las armas. Le irritaba esto. Le indignaba, porque no había modo humano de evitarlo, ni aun dada la trivialidad del propósito, mediando un bofetón. Iba a servirle de juguete, de monigote, a un duelista retirado, ante sus amigos, como le servía al Guerrita de diversión un becerrillo, en las giras, para recordar sus glorias del toreo. ¡Oh, cómo le irritaba!... Tanto que ni el mismo recuerdo de su buena madre, con Luis por únicos amparo y cariño en el mundo, borrábale el empeño de una ceguedad asesina ante el hombre que así podría aprender cómo no impunemente se abofetea a un teniente del Ejército para llevarle de muñeco de comparsa.
No logró dormirse. Puntuales, a las tres, llegaron con él coche los padrinos. Partieron. Trotaba tanto el coche por los campos, que Luis hubo de pedir la razón de tan larga caminata. Era que (aparte la curiosidad de la gente del Casino), por el alrededor de la ciudad, en un gran radio, no había sino tierras de cultivo que inundaban desde el ser de día los labradores.
Al alba llegaron a las márgenes de un río, entre arboledas. Ya esperaban Monteleón y sus padrinos, con un médico. Cumplido el ritual, empezó el lance.
Luis pudo advertir desde luego el aplomo y la habilidad de su adversario. Perfectamente cubierto con la guardia, parecía estudiar el juego de él..., y sonreía, pronto sin duda convencido de que no fuese el joven un terrible tirador. Pero Luis, rabioso por tales cosas, que venían a confirmarle sus recelos de la noche, en un ímpetu de ira perdió la observadora calma tenaz que a su vez habíase impuesto, y se lanzó a fondo como un rayo...
-¡Ah! -gritó Monteleón, rompiendo, parando, mas no con tal precisión, por la sorpresa, que no recibiese en el antebrazo la punta de la espada.
La sangre, brotó. Se suspendió el combate, y reconoció el médico un rasguño. ¡Nada!
Vuelta a la guardia. Monteleón, sin perder su aplomo, estaba serio. Convencido Luis de que todo se lo tendría que deber a su vehemencia, a su loca voluntad de no servirle de juguete inofensivo al hombre que le abofeteó, redoblaba sus ataques, acosándole, ganándole terreno..., imponiéndosele tal vez con el ceño duro que indicaba su designio de morir o de matar... Pero el acero salvaba siempre del acero al hombre aquel..., y en cambio sentía demás el insensato impetuoso cómo él, al final de cada ataque, se quedaba al descubierto... ¡qué importaba!... Una vez, tras otro acoso, Monteleón no quiso seguir retrocediendo... y pálido, pero más sereno, más sagaz, le gritó al joven, presentándole la punta:
-¡Cuidado!
La espada le rozó el hombro a Luis, con la suya completamente fuera de la línea. Contestó en seguida con un grito a la impertinente prevención, y se lanzó con más furia... Y esta vez... él solo habíase clavado en el pecho la espada del contrario... Fue un segundo, y no se dio cuenta él mismo, quizá, puesto que persistía en el ataque... Pero se acercaron los testigos, descubriéronle la herida, que sangraba en abundancia, y Luis, lívido de pronto, cayó a tierra...
-¡Muerto! ¡Se muere! -opinó con sobresalto el doctor, reconociéndole.
Luis, privado de conocimiento, tenía la palidez del síncope en el rostro. Su pulso se perdía. Sin duda descompuesto en su fondo, cuando se hubo lanzado al rival, la espada habíale alcanzado en el lado izquierdo del pecho, entre la segunda y tercera costillas. El médico taponábale la herida con huata. Atendíale al pulso. No podía estimar si la inclinación de la espada hubiese afectado al corazón. Gravísimo, de todas suertes... Y en un trágico silencio, el grupo rodeaba al infeliz.
-Señores -dijo Monteleón, apartándose con el coronel y el capitán-: Siento lo acaecido, y aunque me quede el consuelo de no haber sido mi voluntad de matarle lo que ha matado a este joven, sino más bien su rabiosa ceguedad frente a mi espada, deseo también que ustedes sepan la verdadera causa del lance. Ante el resultado fatal, lo considero imprescindible para que ustedes no puedan continuar creyéndome un desalmado camorrista. Este joven asediaba mi casa con descaro sin igual todas las noches. Ni mi mujer ha llegado siquiera a percatarse de ello, ni yo soy celoso, como es sabido; mas no por eso he de ocultarles que me irritaba su insolencia; tan grande, que ni se retiraba apenas de mi verja cuando regresaba yo, no obstante conocerme del Casino. Juzgándole un insoportable impertinente, he querido castigarle. Busqué la ocasión, por medio de un pretexto cualquiera, capaz de eliminar de la cuestión mis celos, que no existen, y el nombre, principalmente, de mi esposa, que insisto en que ni vio jamás al desdichado. Mi objeto, pues, no habría querido ser otro que el dejarle advertido de algún modo..., del único compatible con la dignidad de un hombre de honor, pues no era el trance de índole que me pudiese consentir entrar con él en súplicas ni explicaciones. Él, según he visto por ustedes, ha sabido al menos conservar una digna reserva del motivo. Y ahora, también ustedes, hombres de honor, espero que reconozcan hasta qué punto mi proceder ha sido el imprescindible proceder de un caballero.
Estrecháronle la mano el coronel y el capitán, y añadió el hidalgo todavía:
-Ruégoles que cuenten conmigo para cuanto pueda hacer falta después de este infortunio.
Se acercaron al yacente. Entre el médico y los otros dos padrinos habíanle vendado gasas en el pecho.
-Al coche! ¡en seguida! -determinó el coronel, viendo que Luis reaccionaba.
Tomado en brazos, volvió el herido a incorporarse. A fin de transportarle tendido, Monteleón cedió su coche, que era un amplio familiar. Se iba a morir en el trayecto. El médico gemía su contrariedad desesperada por los peligros que la movilidad del coche acentuase en el largo viaje. Monteleón, entonces, indicó que a menos de un kilómetro estaba Las Mimbreras, una finca de él, con buena casa.
Tal recuerdo y tal oferta parecieron de una oportunidad providencial. Aceptado con ansia por el médico, por todos, partió el familiar con dirección a Las Mimbreras -mientras en el otro coche salió hacia la ciudad Monteleón, al galope de las mulas, para llevar cuanto antes a otros médicos.
Luis volvió por el camino a reaccionarse. No le consentían seguir sino tendido. Leía su gravedad en el gesto severamente inquieto del doctor. Con éste y con el coronel y el capitán, iba también Inchausti, padrino de Monteleón y casi pariente. Luis, con voz desfallecida, pidió que de la mejor manera posible avisasen a su madre. Dijo sus señas en Madrid. Tosió y echaba sangre. Tornó a quedarse sin sentido.
Cuando lo recobró, se encontraba en una cama. Eran las suyas una torpidez y una frialdad espantosas. Sin otros recursos clínicos, trataban de reanimarle con éter y botellas calientes a los pies. Insistía en el recuerdo de su madre. Quejábase, quejábase amargamente de la insensatez de este duelo, y alguna lágrima en sus ojos revelaba su mal resignada pena al perder la vida de manera tan idiota. Conmovidos sus padrinos, y con la sorpresa de ver que el joven parecía ignorar la causa, aludieron a ella, levemente, con ánimo de justificar en lo posible al Sr. Monteleón. Luis, por su parte, tuvo otra más grande sorpresa al enterarse de que aquel señor era el dueño de la casa que él había rondado por las noches... Aunque ya tarde, por desdicha, sinceró de toda intención reprochable sus paseos junto al hotel. Aparecíale más comprensible la conducta del marido, en quien no acertó a reconocer a este Monteleón que jugaba en el Casino, y afirmó que sólo le llevaban a la plaza de Jesús su aburrimiento y sus aficiones por la música... Probábalo el hecho de no esquivarse, apenas, cuando entraba aquel arropado personaje en el hotel... ¡El equívoco a que dio lugar, no había podido ser de más funestas consecuencias!
The opening of the book is shown; the full text loads in the reader.
Loading the full text…
The end
You’ve reached the end of A todo honor.
