Front matter
I
Hay dentro del recinto del hospital un pabelloncito rodeado por un verdadero bosque de arbustos y hierbas salvajes. El techo está cubierto de orín, la chimenea medio arruinada, y las gradas de la escalera podridas. Un paredón gris, coronado por una carda de clavos con las puntas hacia arriba, divide el pabellón del campo. En suma, el conjunto produce una triste impresión.
El interior resulta todavía más desagradable. El vestíbulo está obstruido por montones de objetos y utensilios del hospital: colchones, vestidos viejos, camisas desgarradas, botas y pantuflas en completo desorden, que exhalan un olor pesado y sofocante.
II
Hará unos doce o quince años, en aquella misma ciudad, en la calle principal de ella, vivía un funcionario público llamado Gromov, hombre de posición muy holgada y casi rico. Tenía dos hijos: Sergio e Iván. El primero murió de tisis cuando estaba haciendo sus estudios universitarios. Y desde entonces,
la familia Gromov tuvo que sufrir una serie de terribles pruebas.
Una semana después de los funerales de Sergio, el padre fué arrestado por fraude y malversación de fondos públicos; poco después moría de tifus en el hospital de la prisión. La casa y cuanto contenía se vendió en pública subasta. La viuda Gromov y su hijo Iván se quedaron sin recursos.
Antes de la muerte de su padre, Iván Dimitrievich estaba también estudiando en la Universidad. Su padre le enviaba mensualmente unos 60 ó 70 rublos, que bastaban ampliamente a sus necesidades. Ahora, por primera vez, se encontraba frente a frente con la miseria, y se vio obligado a buscarse un medio cualquiera de ganarse el pan. Desde por la mañana hasta muy entrada la noche corría de aquí para allá dando lecciones, copiando documentos, aceptando cuanto trabajo se le ofrecía. Con todo, estaba casi en la miseria; todo lo que ganaba se lo enviaba a su madre.
Pronto esta vida de sufrimientos quebrantó las fuerzas del joven Iván Dimitrievich: se debilitó, se enflaqueció, y, abandonados los estudios universitarios, volvió a su ciudad natal, al lado de su madre. Allí logró que le nombraran instructor en una escuela primaria, pero no pudo entenderse con sus colegas ni con los alumnos, y tuvo que dimitir al poco tiempo.
Poco después tuvo que enterrar a su madre. Durante seis meses no pudo encontrar ninguna colocación, y estuvo a pan y agua hasta que alcanzó la plaza de secretario del tribunal local, que conservó ya hasta el instante en que se declaró su locura.
Nunca, ni en la adolescencia, había gozado de buena salud. Siempre flaco y pálido, atrapaba fácilmente un catarro, era desganado, no dormía bien. Con sólo un vasito de vino, ya tenía náuseas y vértigos. Aunque muy aficionado a la sociedad, era tan irascible y desconfiado que no podía conservar sus relaciones, y no tenia verdaderos amigos. Hablaba con desdén de la gente de la ciudad, a quien detestaba por su ignorancia y vida insustancial, exenta de estímulos superiores. Y esto, en voz muy alta, casi a gritos, con ardor y vehemencia, aunque siempre con sinceridad. El tema favorito de sus conversaciones era la vida que le rodeaba, la falta absoluta, de preocupaciones ideales, la violencia de los fuertes y el servilismo de los débiles, la hipocresía y la perversidad que notaba en los habitantes de la ciudad. Acusador implacable, declaraba que sólo los cobardes logran lo que necesitan, y que la gente digna se muere de hambre; que no había buenas escuelas, ni Prensa honrada, ni teatro, ni conferencias públicas, y, finalmente, predicaba la unión y la colaboración estrecha de todas las fuerzas vivas del pueblo. En sus peroratas ponía siempre mucho fuego y pasión. Para pintar a los hombres y a las cosas sólo empleaba dos colores: el blanco y el negro; la Humanidad, a su ver, estaba partida en dos bandos: la gente honrada y los picaros. Los términos medios, los matices, no existían para él. Y aunque se expresaba con admiración y entusiasmo sobre el amor y las mujeres, no estaba enamorado. A pesar de la violencia de su lenguaje y de sus acusaciones implacables, en la ciudad era bastante querido; para hablar de él empleaban el diminutivo cariñoso: Vania. Su natural bondad, su solicitud, su pureza moral, así como su traje usado, sus desgracias familiares y su condición enfermiza, ganaban al pobre joven el afecto y la compasión de los vecinos. Además, era muy ilustrado, muy leído, y con reputación de diccionario enciclopédico en dos pies.
Su distracción favorita era la lectura. Ya en su casa, ya en el club, se pasaba las horas largas hojeando libros y revistas. En sólo la expresión de su cara se adivinaba al lector ávido, que lee como el borracho bebe o como devora el hambriento, tragando todo sin masticar. Se arrojaba con ansia sobre todo impreso, aun sobre los periódicos del año pasado y los calendarios antiguos. La lectura habla llegado a ser para él un hábito enfermizo, casi una anomalía.
En su casa, por la noche, solía leer en la cama hasta el amanecer.
III
Una mañana de otoño, con el cuello del gabán levantado, se dirigía por las calles fangosas a casa de algún vecino a quien tenía que prestarle algún servicio. Iba de mal humor, como, por lo demás, solía estar siempre por la mañana. En cierta callejuela se cruzó con dos presos cargados de cadenas y conducidos por cuatro soldados.
A menudo se encontraba Iván con prisioneros, y siempre sentía una profunda compasión hacia ellos; pero esta vez la impresión fué mucho más intensa y dolorosa. Y se dijo que él mismo podría un día ser conducido así, entre grillos, hasta la cárcel, por entre el fango de las calles.
Cuando hubo despachado lo que tenía que hacer, de vuelta a su casa, tropezó, junto a la oficina de correos, con un oficial de policía conocido suyo. Este lo saludó y lo fué acompañando un rato. El caso preocupó mucho a Iván Dimitrievich. Todo el día estuvo pensando en presos y en soldados carceleros. Poco a poco, una vaga angustia se fué apoderando de su ánimo, y ni siquiera podía entregarse a la lectura.
Por la noche no encendió la lámpara. No pudo conciliar el sueño en toda la noche, y estuvo pensando en que a él también le podrían arrestar, encadenar, encarcelar. De sobra sabía él que no había cometido crimen alguno, y estaba seguro de no cometerlo en su vida; pero, ¿acaso estaba a salvo de incurrir en alguna ilegalidad, aun sin querer, por un azar desgraciado? Finalmente, podía ser víctima de una calumnia o un error judicial cualquiera. En el estado actual de las leyes, los errores judiciales son siempre probables. Jueces, policías, médicos, juristas, todos, en virtud del hábito profesional, se van volviendo imposibles, y a menudo se inclinan a ver crímenes donde no los hay. Así, inconscientemente, se vuelven crueles, como el carnicero habituado a matar reses, que ni se acuerda de los sufrimientos que puede ocasionarles. En tales condiciones, condenar a un inocente, hacerlo arrestar, enviarlo a presidio, resulta sumamente fácil, y todo es cuestión de contar con el tiempo indispensable para llenar las formalidades del caso. Cumplidas las formalidades, se acabó todo, y sobre todo aquí, en esta miserable ciudad, perdida en el campo, a más de 200 verstas del ferrocarril. Aquí no hay medio de probar que se es inocente; no hay esperanzas de que la verdad triunfe y se imponga. Además, en esta sociedad perversa y corrompida, que considera la violencia como una necesidad absoluta, y que se indigna y subleva cuando los jueces pronuncian un veredicto absolutorio, ¿quién piensa en la justicia?
A la mañana siguiente, Gromov se levantó horrorizado, sudando frío, absolutamente convencido de que a cada paso lo podrían arrestar. El hecho de que estos pensamientos no lo abandonasen—se decía—, prueba que había en ellos un presentimiento de la verdad. No le habían de haber ocurrido sin alguna causa.
En este preciso momento, pasó frente a su ventana, lentamente, un agente de policía. Gromov se estremeció. ¿Qué significaba esto? Poco después, dos hombres se detuvieron frente a su casa, silenciosos. ¿Por qué callarían así?
A partir de ese día, Gromov vivió en una angustia mortal. Todo el que pasaba por la calle, o entrada al patio de su casa, le parecía un espía o un agen- te de la secreta. A mediodía pasaba, invariablemente, el jefe de policía, en coche, camino de su despacho; pero, ahora, a Gromov le parecía notar en aquel hombre cierta inquietud, y una expresión singular en su rostro. Probablemente, al jefe de policía se le hace tarde para comunicar que ha descubierto en el pueblo a un criminal importante.
Cada vez que la campanilla sonaba, Gromov temblaba; toda cara nueva que veía en casa le inspiraba desconfianza y temor. Cuando, por la calle, se encontraba con guardias o gendarmes, fingía sonreír, se ponía a silbar, como para dar a entender que no tenía razón de temerles. Por la noche padecía insomnios, esperando que vinieran a arrestarlo de un momento a otro; pero, por temor de que el ama de la casa se diera cuenta, hacía como que roncaba y lanzaba profundos suspiros, simulando un sueño profundo. ¡No fueran a figurarse que tenia remordimientos de conciencia que le quitaban el sueño, y sospecharan de él!
Trataba de tranquilizarse, de convencerse de que sus temores eran infundados, que aquello era absurdo, que, aun cuando lo arrestaran, la cosa no sería tan terrible mientras realmente estuviera limpia su conciencia; pero el razonar consigo mismo, sólo le servía para angustiarse más y más. Finalmente, viendo que sus reflexiones eran inútiles, se resignó, y ya no se opuso más a sus pensamientos funestos.
Comenzó a evitar el trato y a buscar la soledad. La servidumbre, que de tiempo atrás le disgustaba, ahora se le había hecho de todo punto insoportable, Siempre estaba temiendo que sus compañeros de trabajo le jugaran una mala pasada: meterle dinero en el bolsillo para después acusarlo de cohecho; además, él mismo podía equivocarse al hacer una copia, y esto producir fatales consecuencias.
Nunca había trabajado más su pobre imaginación. Inventaba mil dificultades y obstáculos contra su libertad y aun contra su vida. Y, por otra parte, ya había perdido todo interés por las cosas del mundo interior, incluso la lectura y los libros. Su memoria comenzó a traicionarlo: se le olvidaban las cosas más sencillas.
A principios de la primavera, pasado el deshielo, se encontraron en una barranca, junto al cementerio, dos cadáveres en vías de descomposición: una vieja y un niño. Al parecer, se trataba de un asesinato. En el pueblo no se hablaba más que del crimen misterioso y de los asesinos ocultos.
A fin de que no sospecharan de él, Gromov paseaba por las calles, sonreía, y procuraba tener aire de hombre de conciencia tranquila. Pero, en cuanto daba con algún conocido, palidecía, se sonrojaba después, y se ponía a decir que no hay crimen más abominable que asesinar a los débiles.
Pronto se sintió fatigado de estos esfuerzos, y entonces se le ocurrió que lo mejor sería esconderse en los sótanos de la casa. En efecto, se pasó un día entero en el sótano, después la noche entera, y, además, todo el día siguiente, y por la noche, temblando de frío, se escurrió como un solapado ladrón hasta su cuarto, y allí permaneció inmóvil, atento a los rumores más insignificantes. Por la mañana, muy temprano, entraron obreros en la casa. Gromov no ignoraba que venían a arreglar el horno de la cocina; pero el terror le hacia imaginar en ellos a los temidos agentes disfrazados.
Lentamente, de puntillas, se salió de la casa, y, presa de pánico, sin sombrero, en mangas de camisa, se echó a correr por la calle. Los perros le seguían ladrando; los transeúntes, asombrados, le gritaban; el viento silbaba en sus oídos. Y él seguía corriendo, corriendo, enloquecido, espantado. Le parecía que toda la violencia del mundo venía tras él dándole caza furiosamente.
No sin trabajo lograron apoderarse de él y volverle por fuerza a casa. El médico, llamado al efecto, le prescribió un calmante, movió tristemente la cabeza y se marchó, tras de haber declarado al ama que no volvería, porque no hay medio de evitar que los hombres se vuelvan locos.
Como Gromov no tenía recursos bastantes para ser atendido a domicilio, lo llevaron al hospital municipal y lo instalaron en la sala de los enfermos venéreos. Pero no dormía por la noche, y era tan excitable y caprichoso, que molestaba mucho a los enfermos. El doctor Andrés Efimich ordenó entonces que lo trasladaran a la sala núm. 6.
Un año después, ya nadie se acuerda de Ivan Dimitrievich; sus libros, arrumbados en el desván por el ama, son ahora juguetes de los muchachos.
IV
El vecino de la derecha de Gromov es un mujik de cara redonda, mirada estúpida e insensata. Bestia de extremada voracidad y de no menor suciedad, había perdido, hacía mucho tiempo, el don de pensar y de sentir. De su cuerpo se exhala un olor repugnante. Nikita le pega con redoblada crueldad, lo abofetea de lo lindo, y lo peor es que la víctima no reacciona ni hace un solo gesto, ni expresa cólera o indignación; se limita a mover la cabeza tras de cada golpe recibido, como un tonel que recibe un puntapié.
El quinto y último habitante de la sala número 6 es un pobre hombre flaco, rubio, de mansa expresión, que había sido, en salud, empleado de correos. A juzgar por sus ojos tranquilos e inteligentes, que tienen siempre un fulgor malicioso, posee un secreto que esconde cuidadosamente a las indiscreciones del mundo. Bajo su almohada, bajo su colchón, guarda algo que no quiere mostrar a nadie, no por miedo del robo, sino más bien por pudor. A veces se acerca a la ventana, y, de espaldas a sus camaradas, oprime algo sobre su pecho, y después lo contempla un rato, cabizbajo. Si se le acerca alguien, se pone confuso y oculta el objeto al instante. Pero, con todo, no es difícil adivinar de qué se trata.
—Ya puede usted felicitarme—suele decirle a Gromov—. Me han dado la cruz de Estanislao de se- gundo grado, con estrella. Esta condecoración sólo se concede a los extranjeros; pero, para mí, se ha hecho una excepción. Si he de decirle a usted la verdad, es un favor que no me esperaba.
Sonríe lleno de satisfacción, y espera que Gromov le dé la enhorabuena. Pero éste contesta tristemente:.
—Yo no entiendo de eso.
—¿Sabe usted—continúa el antiguo empleado de correos—, sabe usted cuáles son mis aspiraciones?—Y guiñando maliciosamente los ojos, añade:—¡Aspiro a la orden de la Estrella Polar! La cosa vale la pena; es una orden muy rara: cruz blanca y banda negra. Hermosísima. Ya verá usted, ya verá usted cómo me salgo con la mía.
La vida en aquella casa es muy monótona. Por la mañana, todos los enfermos, con excepción del mujik, se lavan en el vestíbulo, en un tonel lleno de agua, y se enjugan la cara con los extremos de la bata. Después beben el té que les dan en tazas de plomo. Sólo hay derecho a una taza. A mediodía, comen una sopa de col y un plato de cereales. Por la noche, cenan los restos de la comida. Y en los intervalos, los enfermos están acostados, se duermen, se ponen a ver por las ventanas o se pasean de un rincón a otro de la sala.
Así transcurren todos los días. El antiguo empleado de correos habla siempre de las mismas condecoraciones.
Raro es ver caras nuevas en la sala número 6. El doctor no recibe ya más locos, y las visitas son muy de tarde en tarde: no abundan los aficionados a las casas de locos. Dos veces al mes viene el peluquero Simeón Lazarich. Nikita le ayuda a cortar el pelo a los huéspedes de la número 6, y los pobres reciben entonces tan malos tratos, que su aparición provoca un pánico indescriptible.
Aparte del peluquero, no viene nadie al manicomio; los enfermos están condenados a no ver más cara que la de Nikita todos los días. El doctor, tampoco viene casi nunca.
Pero he aquí que de pronto circula por el hospital un rumor inusitado: el doctor ha dado en frecuentar la sala número 6.
V
En efecto; la noticia era extraña, casi extraordinaria.
El doctor Andrés Efimich Ragin no es un hombre ordinario. Cuentan que en su juventud había sido muy devoto, y que se preparaba para la carrera eclesiástica. Después de alcanzar el bachillerato, en 1883, quiso entrar en el seminario para hacerse cura; pero su padre, médico también, se opuso resueltamente, y le declaró que lo desconocería si se empeñaba en seguir la carrera del sacerdocio. Andrés Efimich confesaba no sentir la menor vocación por la medicina ni por ninguna otra ciencia especial. Pero el destino había decidido que fuera médico. Tenía un aspecto rudo y tosco de mujik o de tabernero. Su rostro era severo; los ojuelos, pequeños; la nariz, roja. Era muy fuerte y corpulento, de brazos muy sólidos. Parecía capaz de derribar a un hombre de un golpe. Y, sin embargo, era tímido; andaba con suavidad, casi de puntillas. Cuando, en un paso estrecho, se encontraba con alguien, se apartaba invariablemente, y con una voz fina, casi femenina, decía: «¡Perdón!» Tenía en el cuello un tumorcillo que le impedía usar camisas muy almidonadas; siempre llevaba camisas blandas. Se vestía con cierto descuido; casi no cambiaba de traje, y cuando se ponía un traje nuevo, se diría que era usado. Con el mismo traje recibía a sus enfermos, comía, visitaba a sus amistades, y no por avaricia, sino por abandono de las cosas externas.
Cuando llegó al pueblo en calidad de médico municipal, el hospital se encontraba en un estado lamentable. En las salas, corredores y patio, había un olor imposible. Los criados, las hermanas de la caridad y los niños, dormían en la misma sala de los enfermos. Verdaderos ejércitos de ratas y chinches hacían intolerable la vida. No había instrumentos quirúrgicos ni termómetros. Las patatas las guardaban en las bañeras. El personal se enriquecía robando a los tristes enfermos. El predecesor de Andrés Efimich, a creer los rumores, vendía por trasmano el alcohol del hospital, y mantenía relaciones muy estrechas con las hermanas enfermeras, y aun con las enfermas.
En el pueblo estaban al tanto de estos desórdenes; pero la opinión pública no parecía hacer caso de ello. Para tranquilidad de conciencia, los vecinos se decían que, a fin de cuentas, el hospital está poblado de gente pobre acostumbrada a vivir mal, y que puede aguantar cualesquiera condiciones de vida.
¡Cómo ha de ser! ¡No podemos alimentarnos con perdices!
Después de su primera visita, el nuevo doctor se dijo que aquel era un establecimiento inmoral, sumamente dañoso para la salud de los vecinos. A su modo de ver, lo mejor hubiera sido dejar a los enfermos en libertad y cerrar la casa; pero no se le ocultaba que carecía de poder para obrar así. Además, sin duda los mismos vecinos desearían conservar su hospital, que por algo lo habían construido. Claro que esto no pasaba de ser un prejuicio; pero los mismos prejuicios, y otras sandeces que hace la gente, pueden algún día servir para algo, como sirve el estiércol para abonar la tierra. Todas las cosas buenas del mundo tienen, en su origen, algo repugnante.
Con estas filosofías, Andrés Efimich entró en sus nuevas funciones decidido a dejarlo todo tal como estaba. Desde el primer día manifestó la mayor indiferencia por cuanto ocurriera en el hospital. Se limitó a pedir a los criados y a las hermanas que no durmieran en la sala de los enfermos, e hizo comprar un par de armarios con instrumentos. En cuanto al personal, no vió la necesidad de renovarlo. En suma; todo siguió como antes.
El doctor aprecia en mucho la inteligencia y la honradez; pero carece de la voluntad que hace falta para obligar a los que le rodean a vivir de un modo inteligente y honrado. No sabe mandar, ordenar, prohibir, insistir. Se diría que ha hecho voto de no alzar nunca la voz, de no emplear jamás el imperativo. Le cuesta mucho trabajo resolverse a decir: «Dénme eso, tráiganme aquello.» Cuando tiene apetito, se dirige tímidamente a su cocinera y le dice:
—Si fuera posible, me gustaría comer un poco.
Sabe muy bien que el administrador del hospital es un ladrón y que merecía que lo hubieran echado a la calle hace mucho tiempo; pero no se siente capaz de hacerlo, le es de todo punto imposible. Cuando lo engañan y le presentan a firma, por ejemplo, una factura tramposa, se sonroja hasta los cabellos, como si él fuera el autor del fraude; pero, con todo, firma. Cuando los enfermos se quejan de hambre o de los malos tratos que reciben del personal, se pone mortificadísimo y balbucea muy confuso:
—Bueno, bueno, yo lo arreglaré... Creo que habrá sido un error.
Al principio, el doctor trabajaba con mucho celo; todos los días recibía a los enfermos desde por la mañana hasta la hora de comer, operaba y asistía a los partos. Así adquirió pronto en el pueblo reputación de buen médico. Las señoras decían que era muy atento y excelente para el diagnóstico, sobre todo en efermedades de señoritas y niños.
Pero, poco a poco, empezó a cansarse de la monotonía y evidente inutilidad de todo esto. Hoy son treinta enfermos, mañana serán treinta y cinco, y pasado mañana cuarenta; y así, de día en día, de año en año, los enfermos van aumentando, y la mortalidad está lejos de disminuir. ¿De qué sirven, pues, tantos esfuerzos? Aparte de que, cuando en el término de unas cuantas horas se reciben a cuarenta enfermos, es físicamente imposible atenderlos y cuidarlos debidamente, de modo que el médico se ve obligado a defraudar a veces las esperanzas de su clientela. Según la estadística del hospital, el año pasado el doctor recibió unos doce mil dolientes; es decir, que hubo doce mil engañados. La mayoría deberían haber ingresado en el hospital, aun para recibir los cuidados más indispensables, pero era imposible; sin contar con que las condiciones higiénicas del hospital no se prestan en manera alguna para cuidar a un enfermo; está muy sucio, la alimentación es mala el aire está corrompido. «Puesto que no tengo fuerzas para cambiarlo todo—se decía el doctor—más vale no ocuparse de ello.»
Además, ¿para qué empeñarse en impedir que la gente se muera, siendo la muerte el fin natural de todos? ¿Vale verdaderamente la pena de prolongarle la vida por cinco o diez años a este comerciante, a aquel empleado? Cierto es que otros piden a la medicina consuelos para el sufrimiento. Pero, ¿debe uno proporcionar tales consuelos? Según los filósofos, el sufrimiento conduce a los hombres a la perfección; y ademas, si los hombres llegan realmente a descubrir el medio de aplacar sus padecimientos con píldoras y especialidades farmacéuticas, descuidarán la reli- gión y la filosofía, que era hasta ahora, no sólo una fuente de consuelos, sino de felicidad. Amén de que los hombres más eminentes han sufrido muchos males. Puchkin, por ejemplo, pasó unas horas terribles antes de morir; el pobre Heine estuvo paralitico muchos años. ¿Por qué, pues, empeñarse en ahorrarle sufrimientos a un triste empleado o a una burguesa cualquiera, cuya vida, desprovista de padecimientos, sería monótona e insípida, como la de un organismo primitivo?
A fuerza de razonar así, el doctor comenzó a abandonar sus deberes, y sólo se preocupaba del hospital dos o tres veces por semana.
VI La vida del doctor es muy aburrida
Se levanta a eso de las ocho, se viste, toma el té, lee después un poco en su gabinete y, a veces, visita el hospital. Allí, en el estrecho y oscuro corredor le están esperando los enfermos. Frente a ellos pasan continuamente, golpeando el suelo con los zuecos, los guardianes y los enfermos internos. A veces también conducen por el corredor a los muertos, hacia la sala mortuoria. Se oyen gemidos de los dolientes, se oyen llantos de niños, y el viento circula, libremente por el corredor, produciendo fuertes corrientes.
El doctor sabe bien que todo eso produce una im- presión dolorosa sobre los enfermos, pero nada hace para evitarlo.
En el vestíbulo sale a recibirlo el enfermero Sergio Sergeyevich, un hombrón de cara afeitada e inflada, de maneras corteses, cuidadosamente vestido y con más aspecto de senador que de enfermero. En la ciudad cuenta con numerosa clientela; usa corbata blanca, y se cree más sabio en medicina que el doctor, que ya casi no tiene clientes.
En un rincón de la sala de recibir hay un enorme icono. En los muros se ven retratos de obispos, una fotografía de un convento y coronas de florecillas marchitas. Es el enfermero quien se ha preocupado de decorar así la estancia. Es hombre muy religioso, y todos los domingos hace decir una misa en el hospital.
Aunque hay muchos enfermos, el doctor tiene su tiempo limitado; se reduce, pues, a preguntar a cada uno qué le duele, y después le prescribe aceite de ricino, o algo que no pueda hacerle bien ni mal. Sentado junto a su mesa, la cabeza apoyada en la mano, el doctor parece sumido en hondas reflexiones, y va preguntando sin saber lo que dice. El enfermero, a su lado, se frota las manos, y de tiempo en tiempo hace algunas observaciones.
—Padecemos y enfermamos—suele decir a los pacientes—porque no sabemos rogar a Dios tanto como debiéramos.
Evita las operaciones; ha perdido la costumbre, desde hace mucho, y la sola vista de la sangre lo pone nervioso. Cuando tiene que abrirle la boca a un niño enfermo, y el niño se opone y llora, el doctor padece verdaderos vértigos, quisiera taparse las orejas y huir y se apresura a recomendar cualquier remedio, hacendó señas de que se lleven achico.
Pronto el aspecto tímido y estúpido de los enfermos le fatiga; la presencia del enfermero, los retratos de los obispos, las preguntas mismas que está dirigiendo a los enfermos desde hace veinte años, todo le cansa, y a los cinco o seis enfermos se despide, dejando el resto a cargo del enfermero.
Con el dulce pensamiento de que ya en el pueblo no le quedan clientes que lo molesten, vuelve a su departamento, se sienta en su gabinete, y helo otra vez leyendo. Lee mucho, y siempre con mucho interés. La mitad del sueldo se lo gasta en libros. De las seis habitaciones de que dispone, tres están repletas de libros y de viejas revistas. Tiene preferencia por las obras de historia y filosofía; en materia de medicina sólo recibe una revista, El Médico, que lee siempre comenzando por el final.
Y así se pasa las horas muertas leyendo sin moverse de un sitio y sin dar señales de fatiga. Lee muy lentamente, sin tragarse las páginas como antaño su enfermo Gromov, y deteniéndose en lo que no encuentra claro o le resulta agradable. Junto al libro hay siempre una garrafa de vodka y una manzana o un pepino con sal, puestos directamente sobre el tapete de la mesa, sin plato. De tiempo en tiempo se sirve un vasito de vodka, y, sin quitar los ojos de la lectura, busca a tanteos el pepino y da un mordisco.
Hacia las tres se acerca con mucha suavidad a la puerta de la cocina, tose y dice a la cocinera:
—Daría, siento ya un gusanillo... Si fuera posible, quisiera comer.
Después de comer una comida muy mediana y muy mal servida, pasea mucho tiempo, los brazos cruzados sobre el pecho, por todas las habitaciones, y medita. El reloj da las cuatro, el reloj da las cinco, y él continúa rumiando sus meditaciones. De tiempo en tiempo la puerta de la cocina se abre con un rechinido, y se ve pasar a la cocinera con su cabeza rojiza y somnolienta.
—Andrés Efimich, creo que ya es hora de la cerveza—dice con cierta inquietud.
—No, todavía no—responde éste—. Voy a esperar otra media horita.
Por la noche viene a verlo casi siempre el director de correos, Mijail Averianich, único habitante de la ciudad, cuya compañía parece soportable al doctor.
Mijail Averianich había sido en otro tiempo rico propietario y oficial de caballería; arruinado, tuvo que entrar como empleado en la oficina de correos. Es apuesto, usa unas hermosas patillas blancas; tiene modales muy distinguidos y voz sonora y agradable. Posee una envidiable salud, es hombre de corazón muy sensible, aunque algo nervioso e iracundo. Cuando, en la oficina de correos, alguna persona del público protesta o simplemente exige algo, Mijail Averianich se pone rojo de ira, todo el cuerpo le tiembla y grita a voz en cuello:
—¡Ya se está usted callando! ¡Aquí no manda nadie más que yo!
Gracias a esto, el correo ha adquirido desde hace tiempo una sólida reputación de lugar desagradable y expuesto a escándalos.
Mijail Averianich estima y quiere bien al doctor, a quien considera como hombre instruído y de noble corazón; pero a los demás vecinos los trata con desprecio y los considera como a súbditos suyos.
—Aquí estoy—dice al llegar a casa del doctor—, ¿Qué tal, querido amigo? Ya estará usted de mis visitas hasta aquí, ¿verdad?
—Al contrario, hombre, me dan muchísimo gusto—le responde el doctor—. Siempre es usted bienvenido en esta casa.
Y los dos amigos se sientan sobre el canapé del gabinete. Un buen rato se lo pasan fumando sin decir nada. Después el doctor llama a la cocinera:
—Daría, ¿quiere usted hacer el favor de darnos cerveza?
Daría trae la cerveza.
La primera botella se agota en silencio; el doctor, siempre entregado a sus reflexiones, y Mijail Averianich con aire alegre y animado, como hombre que tiene muy buenas cosas que contar.
El doctor comienza siempre la conversación.
—Lástima—dice hablando con parsimonia y tristeza sin mirar a los ojos de su interlocutor—que no haya en este lugar gente aficionada a la buena conversación y capaz de sostener una charla interesante. Para nosotros resulta una dura privación. Ya ve, usted, aquí, ni los intelectuales sobresalen del bajo nivel de las capas inferiores del pueblo.
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The end
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