Read here

Historia de mi vida

Antón Chéjov · 1920 · Free in the US

36,851 words · about 2 h 35 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

Free in the US: this text is in the public domain in the United States; it may still be in copyright elsewhere.

Licence: PD-US · Published in 1920 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=Historia_de_mi_vida&action=history). · Wikisource contributors

Text from Wikisource and set out for reading on screen; no words of the book are rewritten or summarized. How RedLectern is built

About this book

Author
Antón Chéjov
Language
Spanish
Published
1920
Length
36,851 words · about 2 h 35 min
Sections
18 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (18)
  1. Front matter about 13 min
  2. II about 11 min
  3. III about 9 min
  4. IV about 13 min
  5. VI about 9 min
  6. VII Llegó el otoño, lluvioso, cenagoso, sin sol about 14 min
  7. VIII about 6 min
  8. IX about 19 min
  9. XI about 4 min
  10. XII about 7 min
  11. XIII about 9 min
  12. XIV about 3 min
  13. XV about 3 min
  14. XVI about 8 min
  15. XVII about 5 min
  16. XVIII about 5 min
  17. XIX Al fin, recibí una carta de Macha about 13 min
  18. XX about 4 min

Continue:

Front matter

I

El jefe de la oficina me dijo:

—A no ser por lo mucho que estimo a su honorable padre, le habría hecho a usted emprender el vuelo hace tiempo.

II

Como no había teatro en la ciudad, solían organizarse funciones de aficionados, conciertos, cuadros vivos, a beneficio, naturalmente, de los pobres.

Entre los aficionados se distiguía la familia Achoguin, que tenía, como nosotros, su morada en la calle de la Nobleza. Casi siempre los espectáculos se celebraban en aquel amplio caserón. Los Achoguin pagaban todos los gastos y desplegaban gran actividad en los preparativos.

Era una familia de ricos terratenientes. Poseía en el distrito más de tres mil hectáreas de tierra y una hermosa casa de campo. Pero poco amiga de la vida campestre, se pasaba todo el año en la ciudad.

La constituían la madre, una señora alta, delgada, pelicorta, que solía llevar, a la usanza inglesa, una falda lisa y una chaqueta hechura sastre, y tres hijas. Al hablar de ellas no se las designaba por sus nombres de pila, sino que se decía sencillamente: la mayor, la de en medio y la pequeña. Las tres eran feas, de barbilla aguda, cortas de vista y tenían los ojos oblicuos. Vestían como su mamá. Su voz desagradable, opaca, no les impedía tomar parte en los espectáculos. Casi siempre estaban ocupadas en preparativos de conciertos, representaciones teatrales, charadas. Declamaban, recitaban, cantaban. Las tres eran muy graves y no se sonreían nunca; hasta el teatro cómico lo interpretaban de un modo tan serio, si se les asignaban papeles en él, que parecían, más que intérpretes de una farsa regocijada, tenedores de libros.

A mí me divertían las funciones de aficionados, sobre todo los ensayos, en los que reinaba un gran desorden y solía armarse una algarabía infernal, y al final de los cuales se nos convidaba siempre a cenar. Yo no tomaba parte alguna en la elección de obras ni en el reparto de papeles. Mi trabajo consistía en copiarlos, pintar las decoraciones, apuntar, imitar entre bastidores el ruido del trueno, el canto del ruiseñor, etc. Como iba mal vestido y carecía de una posición social honorable, me mantenía durante los ensayos un poco a distancia de la gente, a la sombra de los bastidores y no despegaba los labios.

Pintaba las decoraciones en el patio de casa de los Achoguin y me ayudaba en tal tarea un pintor decorador, o, como se denominaba él mismo, un "contratista de obras pictóricas", llamado Andrés Ivanovich. Era un hombre de unos cincuenta años, de elevada estatura, muy delgado y muy pálido, con la faz rugosa y unas grandes ojeras azules. Su aspecto enfermizo me asustaba un poco. Padecía no sé qué dolencia incurable. Con frecuencia se ponía a morir, pero guardaba cama unos días y se levantaba de nuevo, asombrado él mismo de seguir aún con vida.

—¡A pesar de todo no me he muerto!—decía. En la ciudad le conocían, más que por Ivanov, por Nabó, no sé con qué motivo. Como a mí, le gustaba mucho el teatro. En cuanto sabía que se preparaba alguna función, dejaba todos sus trabajos y acudía a casa de Achoguin, a pintar las decoraciones.

El día siguiente a mi conversación con mi hermana trabajé en casa de Achoguin desde por la mañana hasta el anochecer.

La hora fijada para el comienzo del ensayo era las siete de la tarde. A las seis ya habían llegado cuantos habían de tomar parte en la función. Las tres muchachas—la mayor, la de en medio y la pequeña—se paseaban por el escenario, cuaderno en mano, recitando sus papeles. Nabó, con un largo gabán rojo y una ancha bufanda, miraba, de pie junto a la puerta, al escenario, como mira, en un templo, el altar un creyente devoto. La señora Achoguin se acercaba ya a uno, ya a otro de los concurrentes y le decía a cada cual una cosa agradable. Tenía la costumbre de mirar fijamente a sus interlocutores y hablarles en voz baja, como si estuviera conversando de un modo muy confidencial.

—Debe de ser dificilísimo el pintar las decoraciones—me dijo quedito, acercándose a mí—. He estado hablando con la señora Mufke de las supersticiones arraigadas en nuestra sociedad. ¡Es terrible! No sabe usted lo que yo he luchado contra ellas. Para que la servidumbre se dé cuenta de lo ridículas que son, mando encender todas las noches tres bujías en mi habitación y procuro hacer en día 13 las cosas importantes. La pobre gente está segura de que tres bujías y la fecha 13 traen desgracia...

En aquel momento entró la hija del ingeniero Dolchikov, una rubia muy bella, vestida, como se decía entre nosotros, lo mismo que una parisién. Nunca tomaba parte en las representaciones; pero en los ensayos se ponía siempre en el escenario una silla para ella y no empezaba la función mientras ella no llegaba, radiante, elegantísima, y no se sentaba en un sillón de primera fila.

Se la respetaba mucho, como a una persona que había vivido largo tiempo en la capital. Sólo ella podía permitirse, durante los ensayos, hacer observaciones críticas. Las hacía con una sonrisa de condescendencia y se advertía que consideraba el espectáculo un juego inocente de niños.

Se decía que había estudiado canto en el Conservatorio de Petrogrado y hasta que me gustaba mucho, y mis ojos solían no apartarse de ella en todo el ensayo.

Inesperadamente se presentó mi hermana en el escenario, puesto el sombrero y el abrigo, y acercándose a mí me dijo:

—¡Ven!

La seguí. Detrás del escenario se hallaba Ana Blagovo, también ensombrerada.

Era la hija del vicepresidente de la Audiencia, que residía en la ciudad desde hacía un sinfín de años, casi desde el día en que la Audiencia se creó. Como era de elevada estatura y muy bien formada, se la invitaba siempre a tomar parte en los cuadros vivos. Cuando aparecía en dios vestida de hada o haciendo de estatua de la Gloria, parecía turbada en extremo y se ponía colorada hasta la raíz de los cabellos. En las funciones de teatro nunca tomaba parte, y rara vez asistía a los ensayos, en los que, además, no salía de entre bastidores.

Aquel día sólo estuvo unos momentos y ni siquiera entró en la sala.

—Mi padre—me dijo secamente, sin mirarme y ruborizándose—le ha recomendado a usted. El señor Dolchikov le ha prometido darle a usted un empleo en el ferrocarril. Vaya usted a verle mañana. Estará en casa.

Yo la saludé y le di las gracias.

—En cuanto a eso—añadió, señalando al cuaderno de los papeles que yo llevaba en la mano—, lo mejor sería que dejase usted de emplear tiempo en ello.

Luego, ella y mi hermana se acercaron a la señora Achoguin, con la que hablaron en voz baja durante dos minutos, dirigiéndome frecuentes miradas. Parecían deliberar.

—Si le reclaman a usted—me dijo la señora Achoguin, acercándose a mí y mirándome con fijeza—ocupaciones más serias, puede entregar ese cuaderno a otra persona. ¡Deje usted eso, amigo mío, y vaya a sus quehaceres!

Saludé y me fuí muy turbado.

Apenas hube yo salido, vi salir a mi hermana y a la señorita Blagovo. Iban hablando con gran calor, probablemente de mí y de mi posible regeneración, y caminaban muy de prisa. Se veía que a mi hermana, que nunca asistía a los ensayos, le remordía la conciencia el haberse estado en casa de Achoguin, y tenía miedo de que mi padre se enterase.

Al día siguiente, a cosa de la una de la tarde, me presenté en casa del ingeniero Dolchikov.

Me acompañó un criado a un hermoso aposento, que era al mismo tiempo el salón y el cuarto de trabajo del ingeniero. Todo era allí agradable, elegante y producía una impresión extraña en quien, como yo, no estaba acostumbrado a ver un lujo parecido. Ricos tapices, amplios sillones, cuadros con marcos de terciopelo, bronces. Se veían en las paredes retratos de bellas mujeres de rostro inteligente, en actitudes descocadas. Una puerta de cristales ponía la estancia en comunicación con una gran terraza cuyas escalinatas bajaban a un ameno jardín. En la terraza se veía una mesa servida para el almuerzo adornada con profusión de rosas y lilas y bien provista de botellas.

Flotaba en el aire el aroma de un cigarro habano. Sonreían allí el sol, la primavera y la felicidad. Se advertía que en aquella casa moraban el contento, la satisfacción, la ventura.

Ante la mesa de despacho estaba sentada, leyendo un periódico, la hija del ingeniero.

—¿Quiere usted ver a mi padre?—me preguntó—. Está bañándose y no tardará en salir. Tenga la bondad de sentarse.

Me senté.

—Usted vive en la casa de enfrente, ¿verdad?—me dijo, tras un corto silencio.

—Sí.

—Algunas veces me distraigo mirando por la ventana—continuó, sin apartar la vista del periódico—y los veo a usted y a su hermana. Su hermana de usted tiene una cara muy simpática, una cara leal y seria.

En aquel momento entró Dolchikov frotándose el cuello con una toalla. —Papá, el señor Poloznev te espera hace un ratito.

—Si; Blagovo me ha hablado de él—contestó el ingeniero, volviéndose a mí sin tenderme la mano—. Pero no puedo ofrecerle nada, No tengo plazas.

Se detuvo frente a mí y me dijo, con un tono tan poco amable que parecía reñirme:

—¡Son ustedes una gente extraña, señores! Todos los días vienen una porción de caballeros a pedirme empleos, como si yo fuera un ministro. Yo, señores, no dispongo de empleos para intelectuales, es decir, para personas que sólo saben emborronar papel. En la vía férrea que estoy construyendo lo que necesito son mecánicos, cerrajeros, ingenieros, carpinteros, no escritores. ¡Conmigo hay que trabajar duramente y no burocratear! ¿Estamos?

Su persona producía la misma impresión de felicidad, de bienestar, que todo cuanto le rodeaba. Grueso, vigoroso, de carrillos rojos, de pecho ancho, limpia y fresca la piel recién enjugada, vestido con una ancha blusa de seda y unos holgados pantalones, parecía un cochero de opereta. Tenía los ojos claros e inocentes, la nariz aguileña, ni un solo cabello blanqueaba en su perillita redonda.

—¿Qué saben ustedes hacer?—prosiguió—. ¡No saben ustedes hacer nada los intelectuales! Yo, sin ir más lejos, soy ahora ingeniero, gozo de buena posición; pero antes de llegar a esto he pasado por todas las miserias, he trabajado como simple maquinista, he sido dos años, en Bélica, fogonero de locomotora. ¿Usted para qué sirve, para qué trabajo se considera útil?

—Sí; tiene usted razón—repuse, muy turbado ante la mirada severa de sus ojos claros e inocentes.

—Al menos, ¿sabe usted manejar el aparato telegráfico?—me preguntó, tras una corta reflexión.

—Sí; he estado empleado en Telégrafos.

—Bueno... Ya veremos. Por de pronto puede usted salir para Dubechnia. Allí tengo ya un empleado; pero no vale nada.

—¿En qué consistirá mi trabajo?

—Ya decidiremos. Váyase. Daré órdenes. Pero se lo prevengo: no se me emborrache y no me moleste con peticiones; pues de lo contrario le despediré.

Y se sentó en una butaca sin hacerme siquiera una inclinación de cabeza. La conversación había terminado. Saludé al ingeniero y a su hija y me fuí.

La impresión que me produjo tal entrevista no pudo ser más deprimente. Cuando llegué a casa y mi hermana me preguntó cómo me había recibido el señor Dolchikov, no tuve alientos para pronunciar ni una palabra: tan abatido estaba.

Al día siguiente me levanté antes de salir el sol para irme a Dubechnia. Nuestra calle estaba completamente desierta. Todo el mundo dormía aún, y mis pasos resonaban ruidosos y aislados en el silencio matutino. Las acacias, cubiertas de rocío, impregnaban el aire de una deliciosa fragancia.

Yo estaba triste y sentía en el alma tener que dejar la ciudad. La amaba mucho y me parecía bella y cómoda. Me placían el verdor de sus calles, sus dulces mañanas soleadas, el campaneo de sus iglesias. Sólo la gente que vivía en ella me era extraña, desagradable, odiosa a veces. Ni la amaba ni la comprendía.

No acertaba a explicarme por qué y cómo vivían aquellos sesenta y cinco mil habitantes. Sabía que Tula fabrica samovares y fusiles, que Moscú es un centro importante de producción, que Odesa es un gran puerto de mar; pero ignoraba él papel de nuestra ciudad en el mundo y la razón de su existencia.

Los vecinos de la calle de la Nobleza y de dos o tres calles más vivían de sus rentas y de los sueldos que cobraban como empleados del Estado; pero los de las otras calles que se extendían paralela y perpendicularmente en un área de tres kilómetros ¿de qué diablos vivían?... Esto era para mí un enigma. Vivían, eso sí, de una manera repugnante. No había en la ciudad ni un buen jardín público, ni un teatro, ni siquiera una mediana orquesta. Aunque poseíamos dos bibliotecas—una del Municipio y otra perteneciente al Casino—, no las solían visitar sino jóvenes israelitas, y las revistas permanecían meses enteros sin abrir. Gente rica, hasta intelectual, dormía en alcobas angostas, se acostaba en camas de madera llenas de chinches; los cuartos de los niños eran verdaderas pocilgas; la servidumbre dormía en la cocina, sin más lecho que el suelo, y se abrigaba con harapos. La alimentación era mala y poco abundante en la mayoría de las casas.

En el Consejo Municipal, en el Gobierno, en el Palacio Episcopal se hablaba sin cesar de la necesidad de dotar de aguas a la ciudad, donde las que había eran escasas y malsanas; pero se tropezaba con la falta de dinero. Sin embargo, había entre nosotros millonarios que perdían en una sola noche miles de rublos en el juego y que también ellos bebían agua insalubre, sin ocurrírseles síquiera hacer un pequeño sacrificio pecuniario en beneficio de la población.

Yo no podía concebirlo: estando en su mano favorecer la ciudad con notables mejoras, ponían el grito en el cielo porque el Gobierno le negaba un crédito al Ayuntamiento.

Entre todos los vecinos que yo conocía no había un hombre honrado. Mi padre recibía subvenciones, y se figuraba que se las daban por su bella cara; los estudiantes, para que los profesores no los tratasen con demasiada severidad en los exámenes, solicitaban de ellos clases particulares, que les pagaban carísimas; la señora del gobernador militar recibía fuertes sumas por que su marido librase a los mozos del servicio, y además se hacía llevar los mejores vinos y tomaba unas borracheras escandalosas; loe médicos aprovechaban cuantas ocasiones se les ofrecían de medrar a costa del pueblo, y el del Municipio, por ejemplo, recibía regalos de casi todos los carniceros cuyos establecimientos estaba obligado a inspeccionar. En todas partes se consideraba al solicitante un ser cuya misión era la de pagar, y en el Ayuntamiento, en las escuelas, en las oficinas se le engañaba, se le vendían certificados falsos, se hacía todo lo posible por sacarle los cuartos.

Y la pobre gente sabía muy bien que sin una gratificación no se podía conseguir nada, y pagaba a los empleados su tributo de cientos de rublos, y a veces hasta de treinta o cuarenta "copecks".

Los que no tomaban gratificaciones—por ejemplo, los jueces o el fiscal—, eran altivos, fríos, de ideas estrechas; trataban a la gente con desdén; jugaban, bebían; sólo se casaban con muchachas ricas, y su influjo en la sociedad no era nada beneficioso.

Únicamente las doncellas eran puras de alma. Casi todas tenían aspiraciones nobles y un corazón limpio y entusiasta; pero no comprendían la vida; su concepto del mundo pecaba de cándido; reputaban normal cuanto pasaba en torno suyo. Luego, de casadas, envejecían de un modo prematuro y se hundían en el cieno de una existencia gris, vulgar.

III

El camino de hierro en construcción cerca de la ciudad atraía gran número de obreros. Las vísperas de fiesta se paseaban por las calles en nutridos grupos, atemorizando a los indígenas. A veces, cometían robos. Era frecuente vendos, con la cara cubierta de sangre, destocados, la blusa hecha jirones, conducidos al puesto de Policía por haber hurtado un samovar o una pieza de ropa tendida.

Sus lugares predilectos eran los mercados y las tabernas. En la anchura abierta a los cielos de las plazas públicas comían, bebían, gritaban, juraban. En cuanto veían una mujer de conducta no muy austera la saludaban con un coro de agudos silbidos.

Los lonjistas, para divertirlos, les daban "vodka" a los gatos y a los perros, o ataban a la cola de un can una lata vacía y asustaban con grandes gritos al pobre animal, que, aterrorizado, corría que se las pelaba, chillando y moviendo con la lata un infernal estrépito, en la creencia, sin duda, de que le perseguía un monstruo, y no paraba hasta las afueras, adonde llegaba sin aliento. No pocas veces la cerril diversión acababa volviéndose el can loco.

La estación se había emplazado a cinco verstas de la ciudad. Se decía que los ingenieros le ha- bían pedido al Ayuntamiento cincuenta mil rublos para hacer pasar el camino de hierro por la ciudad, y que el Ayuntamiento no había querido dar más que cuarenta mil, lo que había sido causa de que las negociaciones fracasaran y la línea se construyese a gran distancia de la población. Luego, el Ayuntamiento lamentó no haber aceptado las proposiciones de los ingenieros; pues se vió obligado a hacer un camino hasta la estación, lo cual era mucho más caro.

La línea estaba ya casi terminada; los rieles y las traviesas colocados. Pequeños trenes cargados de materiales de construcción y de obreros circulaban ya. Sólo faltaban los puentes, de cuya construcción estaba encargado el ingeniero Dolchikov. Muchas estaciones también estaban edificándose aún.

La de Dubechnia era la más próxima a la ciudad, de la que distaba diez y siete verstas.

Yo avanzaba sin apresurarme. Los campos verdeaban a uno y otro lado del camino. Todo estaba inundado de sol. El paisaje era agradable, pintoresco. A lo lejos se divisaban la estación, algunas colinas, unas cuantas casas de campo.

Yo respiraba a pleno pulmón y me sentía feliz. Procuraba no pensar en nada, para saborear más por entero aquellas horas de libertad. Desechaba todo pensamiento relacionado con mi padre, con el ingeniero Dolchikov, con el empleo que me esperaba en Dubechnia. ¡Ah, si fuera posible no estar sujeto al hambre! Entonces podría uno ser libre como un pájaro. El hambre era mi más terrible enemigo. Cuando tenía hambre, el deseo impetuoso de llenar la barriga turbaba mis mejores pensamientos.

Aquella mañana, por ejemplo, todo era en torno mío bello, resplandeciente; estaba yo solo en mitad de los campos sin límites, miraba cernirse en el aire una alondra canora... y pensaba: "¡Con qué gusto me comería un pedazo de pan con manteca!"

Sentado un instante a la orilla del camino, quería entregarme de lleno al deleite de aspirar la fresca brisa matinal, y—¡ay!—de pronto se me venía a la imaginación el olor delicioso de las patatas fritas.

Era robusto, corpulento, y tenía un apetito de lobo; pero rara vez podía satisfacerlo, y casi siempre estába hambriento. Quizá debido a eso no ha extrañado nunca que la gente del pueblo hable de comer casi constantemente y sólo piense en el pan cotidiano. El hambre es el motor principal de la actividad humana.

En Dubechnia estaba terminándose la edificación de la estación. Ya había comenzado a alzarse el piso superior. En el inferior trabajaban los pintores.

Hacía un calor horrible. Los obreros trabajaban sin energía enervados por el ardor del sol. Algunos estaban sentados, dormitando, sobre montones de ladrillos y piedras, y el sol les quemaba la cara.

Ni un árbol en una gran distancia. El hilo del telégrafo, sobre el que reposaban algunos pajarillos, sonaba con un rumor monótono.

Empecé a vagar por entre los montones de materiales sin saber lo que debía hacer. Recordaba que el señor Dolchikov, cuando le pregunté cuál era mi obligación en Dubechnia, me había contestado: "Ya veremos." Yo no veía nada. ¿Que podía ver en aquel desierto, entre aquellos montones de materiales en desorden?

Poco a poco la fatiga y el fastidio fueron adueñándose de mí. Las piernas apenas me obedecían y sentía un deseo creciente de agazaparme en un rincón.

Después de ir y venir durante dos horas por los alrededores de la estación, paré mientes en una serie de postes telegráficos que se alejaba y desaparecía, a unas dos verstas de distancia, tras una tapia blanca. Los obreros me dijeron que allí estaban las oficinas, y caí al fin en la cuenta de que allí era adonde debía dirigirme.

A los veinte minutos me hallaba a la puerta de las oficinas.

Estaban instaladas en una vieja casa de campo abandonada hacía mucho tiempo. Las paredes estaban medio en ruinas, y el tejado, cubierto de orín y lleno de remiendos. En torno del edificio se extendía un gran patio que parecía una pra- dera pues verdeaba la hierba en él por todas partes. A derecha e izquierda veíanse dos pabelloncitos parejos en tamaño y construcción. En uno de ellos, las ventanas estaban cubiertas con tablas, y diríanse unos ojos ciegos. Junto al otro, cuyas ventanas se hallaban abiertas, había ropa secándose al sol, colgada de una cuerda, y se paseaban unos ternerillos. El último poste telegráfico se alzaba dentro del patio, y el hilo penetraba, por una ventana, en uno de los pabellones.

La puerta estaba abierta, y entré. Ante una mesa sobre la que había un aparato de telegrafía estaba sentado un señor de cabello obscuro y rizoso, con una larga blusa blanca.

Levantó la cabeza y me miró severamente; pero en seguida una sonrisa iluminó su rostro.

—¡Calla! ¿Eres tú, Poloznev?

Yo también le reconocí al punto. Era Iván Cheprakov, mi compañero de Liceo. Le habían expulsado, cuando cursaba segundo año, porque le sorprendieron fumando.

No olvidaré nunca mis excursiones cinegéticas en su compañía. Cazábamos pájaros y luego los vendíamos en el mercado. Acechábamos horas enteras, en otoño, las bandadas que huyendo del frío emigraban a países más cálidos, y hacíamos en ellas estragos valiéndonos de pequeños cartuchos. Muchos de los pobres pájaros heridos morían entre nuestras manos; otros curaban y los vendíamos, haciéndolos pasar por machos aunque no lo fuesen. Cheprakov era de constitución débil; tenía el pecho angosto, la espalda encorvada, las piernas largas. Vestía con un gran descuido. Llevaba la sucia y estrecha corbata mal anudada; no usaba chaleco; sus botas sobrepujaban en vejez a las mías. Sus movimientos eran bruscos, nerviosos: se estremecía a cada instante como si siempre se encontrase bajo el imperio del miedo. Hablaba de un modo incoherente y se interrumpía con frecuencia.

—Oye... ¿Qué iba yo a decirte?... No me acuerdo...

Despaciosamente me puso en autos de todo lo relativo a Dubechnia. Me contó que la finca donde me hallaba a la sazón pertenecía a sus padres, y que el otoño anterior había sido adquirida por el ingeniero Dolchikov, el cual opinaba que era mucho más ventajoso poseer tierras que guardar el dinero en el Banco, y había ya comprado en nuestra región tres grandes fincas. La madre de Cheprakov—su padre había muerto hacía mucho tiempo—no había consentido en vender Dubechnia sino con la condición de poder habitar durante dos años después de la venta en uno de los pabellones. Además, Dolchikov le había dado una colocación a mi amigo en la oficina.

—Ha hecho un magnífico negocio comprando Dubechnia—dijo Cheprakov—. Es un cuco. Sabe sacar provecho de todo.

Luego me llevó a su pabellón a almorzar.

—Vivirás conmigo en mi pabellón—decidió de pronto—. Comerás con nosotros. Aunque mi madre es avara, no te hará pagar demasiado.

Las habitaciones que habitaba su madre eran muy reducidas. Estaban atestadas de muebles que se habían transportado allí de la casa grande después de la venta de la finca. Hasta en el vestíbulo y en el pasillo había numerosas mesas, sofás y butacas. El mobiliario era viejo, de caoba.

La señora Cheprakov, una dama corpulenta y anciana, hallábase sentada en un gran sillón, junto a la ventana, y hacía calceta. Me recibió con un empaque presuntuoso.

—Te presento, mamá, a mi amigo Poloznev—le dijo su hijo—, que va a ser empleado aquí.

—¿Es usted noble?—me preguntó ella.

—Sí—repuse.

—Tenga la bondad de sentarse.

El almuerzo dejó mucho que desear. Se compuso de un pastel de queso amargo y una sopa en leche.

La señora Cheprakov guiñaba de vez en cuando, ora un ojo, ora otro. Eran movimientos involuntarios y morbosos. Había un no sé qué en toda ella que anunciaba una muerte próxima. Hasta se me antojaba que olía a cadáver. La vida estaba casi apagada en aquella mujer, en la que lo único que sobrevivía era la idea de su nobleza, de los muchos siervos que tuvo en otro tiempo, de su calidad de viuda de un general y de su derecho, por tanto, a ser tratada de excelencia. Cuando se acordaba de todo eso, su cuerpo se animaba un poco, y le decía a su hijo:

—Juan, ¿has olvidado cómo se coge el cuchillo?

A mí me hablaba con un acento afectado de gran señora.

—Sabrá usted por Juan que hemos vendido la finca. Es sensible, pues le teníamos mucho cariño. Pero Dolchikov ha prometido nombrar a mi hijo jefe de la estación, y seguiremos viviendo aquí... El señor Dolchikov es muy bueno. Y guapo, ¿verdad?

Hasta no mucho tiempo antes, la familia Cheprakov había sido muy rica; pero después de la muerte del general había poco a poco venido a menos. La señora Cheprakov empezó a armar pleitos con sus vecinos, a querellarse por cualquier motivo ante los tribunales, a reñir con los proveedores y los obreros, a quienes no quería pagar. Siempre desconfiada, sospechando siempre que intentaban robarle, su estúpida adminístración dió al cabo al traste con su fortuna. A los pocos años de la muerte del general, Dubechnia se hallaba en un estado desastroso y no parecía la misma finca.

Tras la casa grande había un viejo jardín descuidado, abandonado, cubierto de una vegetación salvaje.

Subí a la terraza, todavía muy hermosa y bien conservada. A través de una puerta vidriera vi una vasta estancia—el salón, a lo que induje—en la que había un piano antiguo y grandes lien- zos patinosos con marcos de caoba, restos de lujos pretéritos.

En el jardín, al otro lado de la terraza y no lejos de ella, veíanse algunos cuadros de amapolas y de claveles medio secos, y numerosos abedules y tilos jóvenes, que solían crecer demasiado cerca unos de otros y se quitaban espacio mutuamente.

Más allá no había otros árboles que algunos cerezos, manzanos y perales, dispersos entre la hierba que hacían del jardín un prado, y tan altos y copudos que no era empresa fácil reconocer a primera vista su especie.

Se advertía que nadie cuidaba del parque, cuyas plantas estaban enfermas, roídas por los gusanos, mutiladas. La parte donde se hallaban los cerezos, los manzanos y los perales la tenían alquilada unos fruteros de la ciudad y la guardaba un campesino medio imbécil que habitaba allí mismo, en una barraca.

El jardín descendía por aquella parte hasta el río y lo limitaba una línea de sauces y cañas. En la ribera había un viejo molino, con tejado de paja, que producía un ruido ensordecedor como si le poseyese una gran cólera. Junto al molino, el agua era profunda e inquieta y abundaba la pesca.

En la ribera opuesta agrupábase el caserío de la aldehuela de Dubechnia.

Era un lugar poético y pintoresco. A la sazón pertenecía todo aquello al Ingeniero Dolchikov.

Comencé mi nuevo servicio.

Sentado ante el aparato telegráfico, descifraba numerosos despachos que transmitía a las estaciones próximas; copiaba gran cantidad de informes que se nos dirigían, redactados en un estilo terrible, por empleados que apenas sabían escribir.

Pero la mayor parte del tiempo no tenía nada que hacer y me paseaba a lo largo de la habitación, en espera de telegramas. A veces dejaba en mi puesto a un muchacho para vigilar el aparato y me iba a vigilar por el jardín mientras que mi sustituto no me anunciaba la llegada de un despacho.

Comía en casa de la señora Cheprakov, cuya mesa era bastante mala. Sólo muy raras veces se servía carne: casi todos los componentes del "menú" se reducían a queso y sopa en leche. Los miércoles y viernes—días de ayuno—las comidas eran aún más parcas. La señora Cheprakov me miraba guiñando morbosamente los ojos, y yo no me sentía a gusto en su compañía.

Como había tan poco trabajo en la oficina, Cheprakov no hacía nada en absoluto. Empleaba el tiempo en dormir o se iba, escopeta en mano, a la orilla del río a cazar gansos. Por la noche se emborrachaba en la aldea o en la estación, donde se vendía "vodka", y volvía a casa tambaleándose, y antes de acostarse se miraba largo rato al espejo, entablando coloquios consigo mismo. —Buenas noches, Iván Cheprakov—se decía—. ¿Qué tal?

Cuando se emborrachaba se ponía muy pálido, se frotaba las manos y lanzaba leves carcajadas. Algunas veces se quedaba en pelota y corría por el jardín como Dios le echó al mundo. En más de una ocasión le vi cazar moscas y le oí asegurar que estaban exquisitas.

—¡Están un poco agrias—añadía—, pero no importa!

IV

Un día, después de almorzar, entró en mi cuarto, jadeante, y me gritó:

—¡Ven en seguida! ¡Tu hermana está ahí!

Salí corriendo.

En efecto: ante la casa grande había parado un carruaje, junto al cual se hallaban mi hermana, Ana Blagovo y un señor con uniforme de oficial. Cuando estuve cerca le reconocí: era el hermano de Ana Blagovo, un joven médico militar.

—Hemos venido—me dijo—a merendar con usted. ¿Aprueba usted la idea?

Mi hermano y su amiga se advertía que deseaban preguntarme qué tal estaba allí; pero me miraban sin hablarme. Yo también guardaba silencio. Comprendieron que distaba mucho de ser feliz. Los ojos de mi hermana se llenaron de lágrimas, y la señorita Blagovo se puso un poco colorada. Nos dirigimos al jardín. El doctor marchaba delante, y decía a cada momento con entusiasmo:

The opening of the book is shown; the full text loads in the reader.

Loading the full text…