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El papá de las bellezas

Felipe Trigo · 1912 · Free in the US

12,294 words · about 52 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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About this book

Author
Felipe Trigo
Language
Spanish
Published
1912
Length
12,294 words · about 52 min
Sections
11 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (11)
  1. Capítulo I about 2 min
  2. Capítulo II about 2 min
  3. Capítulo III about 8 min
  4. Capítulo IV about 4 min
  5. Capítulo V about 3 min
  6. Capítulo VI about 9 min
  7. Capítulo VII about 5 min
  8. Capítulo VIII about 5 min
  9. Capítulo IX about 9 min
  10. Capítulo X about 3 min
  11. Capítulo XI about 2 min

Continue:

Capítulo I

En cuanto despertó el duque, púsose á toser como un desesperado. Del tabaco. Se lo decían los médicos. Veneno lento. Le causaba tos, anginas, palpitaciones cardíacas y trastornos visuales. Lo cual desaparecía así que fumaba menos ó por tres ó cuatro días dejaba de fumar.

Sacó un cigarrillo de su pitillera de piel de cocodrilo, y lo encendió.

¡Al diablo la higiene y los doctores!

¡Hombre! ¡pues tendría que ver...! Estos parecían preocuparse únicamente de descubrirle aspectos perniciosos á cuanto hace la vida llevadera: el vino, el juego, las mujeres, el tabaco...

Cuatro elementos sin los cuales él se habría pegado un tiro.

Y no porque el eximio duque de Puentenegro, heredero de cien nobles que lucharon en Flandes y en Italia, y que tenían llena la hispana historia con la gloria de sus nombres, dejase de ser un grande aficionado á altas empresas, sino porque las altas empresas, dignas de los grandes, habíanse agotado en el ambiente democrático actual.

¿Qué, meterse él, Hipólito, tal que sus hermanos y tantos otros, á minero, á ganadero, á productor de vinos, á fabricante de azúcar ó fabricante de papel, ni más ni menos que cualquier burguesete pelagatos?

¡Bah!... La misión de un prócer, á través de la presente plebeyez insoportable, debiera ser, y nada más, pasearle al mundo por las cochinas narices democráticas los faustos de su estirpe.

Así había él venido realizándolo siempre, siempre, desde el primer albor de juventud, para haber logrado esta insuperable fama de mundanidad y de elegancia, mal que bien, todavía prendida en el chic de su monóculo, do sus polainas blancas, de su pantalón arremangado y de su flor azul en el ojal.

Ciertamente que ahora, á los cincuenta y cinco años, y mientras que sus marqueses y condes hermanos, los mineros, seguían con más millones en la esplendidez de sus palacios, él, arruinado, sin un céntimo, hubiese tenido que pedirle prestado un coche á cualquiera de ellos, á querer seguir rodando por Madrid con blasones y lacayos familiares... ¿qué importaba?... «Altivo, para no descender jamás á la menor humillación, la memoria ya un poco lejana de sus autos y de sus excelentes cuadras de carreras persistía en la admiración deslumbrada de las gentes, conservándole la aureola de prestigios.

Ruina dorada y digna la suya, al fin; puesto que aún podía dormir, casi como destronado emperador, en chambres como ésta...

La revisó -á la luz que dejaba filtrar la seda salmón de las cortinas desde los balcones mal cerrados. En el lecho le cubrían holandas, ricos damascos grosella y un suavísimo edredón azul celeste; sobre su cabeza volaba un rojo dosel lleno de borlas y cordones: tendíanse por ambos lados del suelo pieles y alfombrillas persas, y á lo largo de los tapizados muros alzábanse no mal, entre muelles marquesitas y hondas otomanas, los paravents, los armarios blancos, los espejos, la mesita-tocador bien surtida de perfumes...

¡Bueno! ¡Un poco cursi todo!... Era la verdad.

Un poco cursi. ¡Pobres chicas!... y un tanto tendencioso.

El consabido lujo de alcoba de los portfolios galantes del París.

Por ejemplo, una de las biseladas y apaisadas lunas, había sido puesta con perversa ingenuidad de modo que copiase á los yacentes en la cama; y una gran oleografía, enfrente del Cristo de marfil, representaba una pagana Leda demasiado ostentosamente expuesta al pico de su cisne.

Ya iría haciendo modificar las cosas poco á poco.

Tiró el cigarro. Despertábase con hambre.

Tocó el timbre, para que le trajese la doncella el desayuno.

Capítulo II

-¿Señor duque?

-Adelante, Clarisa.

-Con permiso.

Pasó la simpática muchacha.

-Mira, Clarisita: tráeme... me vas á traer de desayuno, medio limón, té, rootsbif frío, queso de Roquefort con mostaza y una copa de Madera.

-Pero... ¡Señor duque!

-Vamos... de Madera. ¡Quiero decir, de-vino de Madera! -explicó el duque.

Y sonrió.

Las pobres menegildas madrileñas no estaban hechas á sus gustos pantagruélicos y exóticos, forjados sobre las costumbres rusas, inglesas, alemanas.

-Sí, sí, mujer. Trae todo eso. ¿Es que no lo hay, quizás?

-Si, señor duque; haberlo si lo hay. Pero... son las tres de la tarde.

-¡Las tres!

-¿Y á qué hora van á almorzar el señor duque y la señorita?

-¡Caramba, nena! ¡Conque las tres!... ¿Sabes que he dormido?... Abre, y que entre el sol Haz el favor de prepararme el traje claro, el de las listas...; no, el de cuadritos...; ó, no, mejor, el liso, el gris.

Mientras era obedecido, encendió perezosamente otro cigarro. Por un rato, siguiendo la veleidad del humo, planeó sus quehaceres de la tarde. Luego tornó la atención á Clarisa, honesta morenita «bastante bien empaquetada».

-¿Y la señorita?-preguntó.

-Acostada aún. Pero va también á levantarse. Ya ha pedido agua caliente.

-¿Sola?

-¿Qué, sola? ¿el agua?

-No. Ella.

-¿La señorita?

-Sí, la señorita; que si está sola en su cuarto.

-Creo que no.

-¿Con don Ramiro?

-No, señor duque; creo que no.

-¿Con quién, entonces?

-No sé. Vinieron tarde, anoche. Les abrió Cristina. Por la voz me pareció un poco don Arsenio, ó el señor Roca.

-¿Pues no dices que les has llevado agua caliente? ¿No les has visto?

-No, también Cristina. Puedo informarme, si al señor duque le interesa.

-¡Bah, quiá! ¡Déjalo!

Y como al mismo tiempo, con su perfecta naturalidad de gran señor, se desarropaba para levantarse, echando las desnudas piernas al borde de la cama, Clarisa dispúsose á partir, sintiendo alarmados sus pudores.

-¡Con permiso! ¿Se le ofrece al señor duque alguna cosa más?

-Nada, Clarisa. Anda con Dios. ¡Que esté pronto el almuerzo!

Partió la joven.

Hipólito la siguió con la vista, hasta que húbose perdido en el rojo cortinón.

Y cruzando la estancia, y tomando al paso del tocador, un frasco de Colonia, entró en la contigua con objeto de bañarse.

Capítulo III

Fresco, pimpante, remozado, con el monóculo puesto, con la flor azul en el ojal, Hipólito, siempre irreprochablemente galante en sus maneras (¡ah, sus maneras! ¡la suprema dignidad de sus maneras!), entreabrió á la puerta del comedor las colgaduras, sé inclinó, y con su voz armónica (¡ah, su voz armónica, pausada, un poco ronca, musical y grave cual si en ella tremolasen dos cuerdas de violonchelo á un tiempo!) pidió permiso:

-¿Se puede?

No obtuvo respuesta.

Entró. Cruzó á lo largo de la blanca alfombra y fué á tenderse en la poltrona.

Luz no había acudido.

Sacó un pitillo, lo encendió, y entretúvose en considerar este otro bien que le debían sus refinados gustos de comodidad á su armónica voz y á sus maneras: salón-comedor casi suntuoso, pálido, de gusto inglés, con bronces y platas y finísima vajilla, con flores, con butacas y divanes, con araña modernista, con alfombra...

Bueno, sí, sí... un poco cursi..., ¡claro!... pobres muchachas éstas!... La alfombra, por ejemplo,... ¡en Junio, con un calor que el Nuncio se tostaba!... y aquellos cuadros de desnudos...

Ya lo iría enmendando todo lentamente.

Llegó Luz.

¡Guapísima!... Había entrado con un gran bouquet de rosas, sin saber que él estuviese aquí; y, sin verle, habíase dirigido á ordenar las flores en un jarrón de enfrente.

¡Guapísima! ¡guapísima!... Un tanto cursi, á la verdad, la bata de sedas lilas llena de randas y de cintas, con que ella había salido de la alcoba... pero, ¡guapísima! ¡guapísima, y auténticos aquellos pendientes de brillantes acerados, tamaño media peseta, del burro de Fajarnés!

¡Oh, y desnuda... ¡qué prodigio! Griega, enteramente. Clásica -y podía afirmarlo Hipólito, sabio en cuestiones de belleza: las piernas finas; los muslos largos, poderosos; los senos como dos triunfos del raso y de la rosa y de la nieve...

Se estremeció Luz, «su hija» ¡nada menos!... vuelta de improviso, habríale sorprendido en la cara, tal-vez, la expresión de estos pensamientos reprochables...

-¡Oh, padre mío! ¡Papá! -había exclamado ella, viniendo á arrojársele en los brazos.

Y él, que ya esperábala de pie, la acogió en los suyos abiertos, la estrechó á su corazón, y replicó, entre besos, con el mismo tono exaltado de ternuras:

-¡Oh, hija mía, Luz, muy buenos días! ¿Has dormido bien?

Aunque habitaban la misma casa, las sendas ocupaciones tan distintas hacíanlos verse de tarde en tarde -como, no fuera en estos viernes de los almuerzos y las cenas consabidos.

Por eso era mayor la efusión de sus abrazos.

Exacerbábasele á ella la ternura, allí, tan unida á él, sumiéndola, como siempre, en una vergüenza que la ponía á punto de llorar, é Hipólito, para cortarla esta emoción, la impulsó plácidamente hacia la mesa.

-Vamos, vamos á almorzar, nena. No estés triste.

La dejó sentada, y fué á sentarse. La bellísima mujer, más bella en el conflicto de sus rubores dolorosos y de su condescendencia á la alegría, se quedó extasiadamente observando los rítmicos movimientos del duque... ¡de su padre!

En el amplio comedor flotaba sobre ambos una santa paz de decoros y respetos. Clarisa les servía, igualmente infiltrada de tanta dignidad. Pero, sonó en esto el timbre de la escalera, sonó la puerta, é inmediatamente se oyeron las voces de una dama y de dos señores que, á pesar de las tímidas protestas de Cristina, pretendían entrar como en terreno conquistado.

Luz, lívida, se levantó.

El duque se quedó también suspenso y en escucha.

Los dos habían reconocido á Carmen la Churriana, á Felipe Lúgigo amante de ésta y al barón de Villalucena del Castil, joven provinciano que se arruinaba en Madrid rápidamente, y bravo competidor, con Fajarnés, en lo de regalarle á Luz fulgidos brillantes.

-¡Oh, no, no, que no entren! -impúsole á Clarisa, loca de indignación, la dueña de la casa. -¡Anda, ve, corre, cierra! ¡Que se marchen! ¡Que se marchen!

Los de fuera hablaban del auto que aguardábalos abajo para una excursión al Escorial... La imprudentísima Churriana reclamaba á Luz á grandes gritos... Lograron las sirvientes persuadirles de que Luz estaba ausente, y se los sintió partir entre no muy limpios reniegos del barón...

-¡Ah, papá, no ves? -clamó Luz, deshecha en lágrimas, cuando pudo volver á su asiento de la mesa. -¡Qué vida! ¡Qué vida! ¡Por Dios!

Sin dejar de comer con su distinción insuperable, Hipólito trató de consolarla:

-¡Anda, come, hija mía! ¡Por favor, no te disgustes!... Bien reconozco en ti la sangre de cien duques, la sangre hasta de reyes que corre por tus venas y mis venas.

Llevóse á la boca medio langostino, correctamente, y lamentó:

-¡Ah, si mis hermanos, si tu abuela, si nuestros ilustres ascendientes pudiesen adivinar y comprenderle tanto ultraje á nuestro orgullo!

Calló, para mascar bien el langostino. Bebió luego chablís, y digno, digno eternamente, con un velo de augusta serenidad forzada cubrió la acerbidad de su tormento.

Habían hablado de estas cosas tristes varias veces, sin hallarlas solución; por lo tanto, Luz, malherida en su flamante y aristocrática altivez, y recogida á la dulzura del cariño paternal, prefirió no insistir en el empeño.

Comió también, y demandó en seguida:

-Oye, papá...

-¡Chist!...-la atajó el duque, advirtiendo que apenas había traspuesto la puerta Clarisa, -¡delante de las criadas, llámame Hipólito, y no papá! ¿A qué enterarlas?

-Bien, si ya estaba fuera. Digo que por qué has dicho sangre de reyes también... ¿es que fue rey alguno de nuestros antepasados?

Tuvo que sonreírse Hipólito. Luz le había lanzado tal pregunta en un fulgurador relámpago de todas las vanidades de su estirpe, como si positivamente fuese una Puentenegro Ruiz de España Ibraleón de Casas de Palencia, escrupulosamente interesada en depurar su ejecutoria, y no la hija anónima de Inés la Aljecireña, figuranta del Real.

Mas como, por otra parte-, era cierto que la rama de los Puentenegro podía pavonearse con el alto honor de una regia bastardía, por lucirlo, al mismo tiempo que adulaba á Luz, púsose á informarla.

La cosa venía nada menos que de Carlos II el Hechizado; y la hechicera que le hechizó, dijesen lo que dijesen las historias, fué una preciosísima señorita de la corte, condesa de Puentenegro, á la sazón, que por el don de su inocencia en los egregios brazos, recibió la ducal categoría. De aquellos amores, parece ser que hubo cinco, entre hembras y varones, de familia...; enterada la reina de la traición de su marido, se confabuló con los magnates para mandar desterrada á la ilustre Puentenegro á Córcega...

-¿Mira, ves? -comprobó Hipólito, quitándose y entregándole á Luz un anillo con las armas de su casa. -Por eso podrás notar que tiene nuestro escudo un Corzo, que quiere decir Córcega, un mar, el que rodea á la misma isla, y banda de oro diagonal... que significa la ascendencia ilegítima de reyes.

-¿Ilegítima?-inquirió la joven, luego de mirar el anillo heráldico, y toda inflamada en ingenua complacencia, -de modo que... también la condesa, -nuestra abuela, fué... como mamá!

-¿Cómo, como mamá?

-Sí, como mamá... contigo; sino que en vez de duque, fué rey el que la deshonró.

Se inmutó Hipólito; pero no supo rechazar, dado el supuesto de que él hubiese deshonrado á Inés la Algecireña, la bien poco honorable semejanza de conducta que Luz le señalaba á la una y á la otra. ¿Qué iba él á intentar siquiera explicarle á una ignorantísima muchacha las morales diferencias entre un pendón que se daba á duques y no duques por diez duros, y una ilustre condesita loca por un rey á cuenta de ducados?...

Además, desviaba la atención de esto la curiosidad de Luz, que, fija en la sortija, é inflamada en entusiasmo por los timbres de su raza, iba preguntando ahora los simbolismos de los otros signos del escudo: los; veros, los roeles... los cuarteles punteados ó rayados ó lisos para indicar que eran de azur ó de sinople ó de plata... El duque hizo gala de su sapiencia, en esta suerte de problemas, nada fáciles para los profanos, para los plebeyos; y la plebeya, según iban almorzando y escuchándole, aparecíasele más deslumbrada de aristocráticas grandezas y más contenta de ella propia, en la gratitud hacia él, cuya paternidad inesperada habíala descubierto aristócrata á sí misma.

-¡Oh, que lástima -lamentábase á la hora del café, -que no me dejes, que yo no pueda llevar un escudo así en la portezuela de mi coche!

Y puesto que Hipólito callaba penosamente, por no oponerse á la viva ansia de ella, una vez más, ya que su situación de ruina le impedía dignificar á la hija queridísima cuyo casual encuentro había querido Dios que fuese tan tardío, Luz se conformó con quedárselo mirando llena de piedad y de generosísima avidez, en su cariño.

-Mira, papá-le dijo, dejándose arrastrar por una patética explosión de sus afectos, -ya que tu económica situación no te permite, ahora cuando menos, sacarme y redimirme de esta vida de infamia, yo te ruego que, siquiera, y entretanto, me dejes hacer á mí cuanto á una buena hija corresponde. Tú debieras venirte á mi casa, no á dormir todos los días, no á almorzar y á cenar cada viernes, para que podamos vernos y hablarnos una vez en la semana; como ahora estás haciendo; sino á vivir, á trasladarte, á comer y á cenar siempre á mi lado ¿Quieres? ¿Por qué no quieres?

Una larga y ducal mirada de Hipólito, agradeció esta invitación.

-¡Gracias, Luz, hija mía!-replicó dulce y severísimo. -Gracias, muchas gracias; pero yo tengo mi casa y mi vida, y no debes exigirme, por favor, más sacrificio que éste que hago acompañándote los viernes á la mesa.

-Pues, ¿no duermes aquí?

-Sí, porque no te supone gasto alguno; y por sentirte más cerca de mi sueño.

-Podías ahorrarte, entonces, el alquiler de tu vivienda, de tu cocinero, de tus criados, ¡vente, papá!

-¡Jamás, Lucita mía! -se obstinó él, aceptando los besos con que Luz, después de haber rodeado la mesa y sentada en el brazo del sillón, acariciábale la frente. -Ni mi pasajero agobio es tan completo que de todo eso haya de privarme, ni debes olvidar que tengo pleitos, y amigos, y abogados que me visitan con frecuencia y que no podrían hacerlo en otro sitio que mi casa. Y, adiós, hijita, voy á salir. Son las cuatro. En el círculo me aguarda Campuzano.

Se levantó y deslizó, sacudiéndose del pantalón unas migajas.

-¿Tienes demás algún dinero?

-Sí, papá. ¿Mil pesetas?

-¡Vengan!

-Tengo más, si quieres más.

-¡No, no, en modo alguno, pobrecilla!

Salió Luz, para buscarlas.

Salió el duque, para coger en su alcoba el sombrero y el bastón.

Volvieron á reunirse cerca de la puerta, en el pasillo. Entregados y guardados los billetes, Luz le despidió con nuevos besos.

-¿Hasta la noche, verdad?

-Hasta la noche, nenita.

La hija besábale en la cura. Él, sin darse cuenta acaso, estrechábala con demasiada fuerza, cuerpo á cuerpo, y la iba buscando la boca con la boca... Pero fuese por advertencia á tiempo de él, fuese por instintivo rechazo de ella, apenas si hicieron más que tocarse levemente los ducales labios y los labios juveniles...

-¡Adiós!

-¡Adiós!

Dijéronse últimamente, sin nombres cariñosos, tocados de discreción por la presencia de Clarisa, que había acudido á abrir la puerta.

El duque, desentendiéndose de Luz y de sus malos pensamientos, los trasladó á la morena doncellita, al cruzar.-«Tampoco está mal empaquetada este muchacha!» -iba pensando.

Y Luz, llevando en la boca, abrasadora, aunque leve, la impresión de los labios de su padre, llena de pena aristocrática (un tinte de la pena que ella no conocía dos meses antes), se refugió en el comedor y se abrumó en una butaca con un abrumo de tragedia.

-¡Ella, la cocota, la descendiente de reyes, la duquesa de Puentenegro...! ¡Y pensar que sesenta días atrás había sido por tres noches la amante de su padre, sin saber que era su padre!!

Capítulo IV

-¡Hola, duque!

-¡Hola, duque!

-¡Muy buenas, señor duque!

Le saludaron, con deferentísimas estimas, con profundos rendimientos.

Sólo otro noble arruinado, que estaba en el hall, osó deslizarle á su tertulia:

-¡Caramba! ¿De dónde habrá sacado el dinero nuevamente?

No le hicieron caso. Cargáronle la insidia a cuenta de la envidia.

El duque, triunfal, distinguidísimo, contestaba principescamente á los saludos, cruzando salones y dirigiéndose al de juego.

Treinta y cuarenta. Se sentó y jugó. A las cinco había ganado seiscientas doce pesetas. A las seis, después de una terrible oscilación en que casi llegó á perder la mil de su cartera, habíalas recuperado, y ganado, además, tres mil. ¡Bien! Nadie habría podido notar la menor inmutación. Lo mismo mientras la suerte le ayudó, que cuando habíale sido adversa, conversaba indiferente con un joven. ¡Sabía que en el juego es donde se conoce mejor la educación de una persona!

Sin embargo, se administraba. Le era preciso administrarse.

Se levantó y salió del Círculo.

En la puerta tomó un auto -cuya capota hizo bajar. Espléndida la tarde.

-¡A la castellana! -mandó al chauffeur.

Minuto y medio después, á toda marcha, entraba en el animadísimo paseo. Las gentes le miraban; las damas; y sobre todo las cocotas. «Adiós, duque!»; «¡Adiós, duque!»; «¡Adiós, Hipólito!... Naturalmente, él se había acostado con muchas. Constituían su especialidad, desde que se aburrió de las inútiles marquesas y condesas. Las jóvenes, las nuevas, le interesaban predilectamente; no sólo las conocía por la juventud y por las caras, sino por su modo de ir en los coches... ¡Pobrecillas!... poco, acostumbradas á la lujosa exposición, ó iban encogidas, sin moverse en sus asientos, temerosas, quizás, de estropearlos, ó, al revés, tumbadas y con los pies abiertos, como los estudiantes que por primera vez se asocian para dar el golpe y lucir los calcetines tomando entre dos ó tres un pesetero.

-¡Adiós!

¡Oh, Laura! Otra hija suya. Tan bonita y tan gordita. Discreta, habíale apenas saludado con el ramo de violetas, y con una sonrisa imperceptible. Un fuego y un encanto, la revoltosísima Laurita. También, acaso, como á Luz, habíale declarado demasiado pronto el secreto paternal».

Pero de sus cinco hijas, la más ardiente, la más castiza, era Totó. Tomasa, por nombre de su niñez de lavandera. ¡Qué brutal Aún conservaba Hipólito junto á la cintura, el cardenal del mordisco que aquella noche le atizó.

Luz, Laura, Totó, Margarita, Bebé la Carbonera... sus cinco hijas. ¡Oh, duquesitas infelices, tan contentas, sin embargo, al fin, de saberle su papá... como tan ajenas de saberse hermanas! Para vivir tranquilo, para reposar enteramente en la seguridad de los almuerzos y cenas de toda la semana, necesitaba otras dos.

¡Nada fácil encontrarlas!

No bastaba verlas bonitas y ostentosas por teatros y paseos, sino que hacía falta también conocer su origen con toda suerte de detalles...

Oprimió el avisador pneumático.

-Tú, chauffeur-ordenó, valiéndose del tubo. -¡A los Burgaleses!

Y mientras volvíase el automóvil, consultó el duque, impaciente, su reloj. Recordaba que á las siete tenía la cita con Maguilla.

Tres minutos después, ¡benditos automóviles de Círculo, que vuelan como los demás! encontró en el popular restorán á Maguilla, tomando un tenteempié de salchichón. Maguilla era un joven periodista, inteligente, pálido, sifilítico, muy metido entre mujeres, y que se tuteaba con el duque (salvadas, naturalmente, las distancias, los respetos) en fuerza de andar juntos en jaranas.

Además le servía de auxiliar y de... correo. Esta era la verdad.

Conversaron. Entráronse en materia desde luego. Interrumpidos un instante, allí en la intimidad del gabinete, por la llegada del camarero con un coñac para el duque, el joven periodista le siguió informando de todos los antecedentes familiares de Matilde la Chavala. Cumplía bien las indispensables condiciones. Danseuse de cines, teníala fija en Madrid y, retirada del trabajo, un viejo banquero -sin perjuicio de lo cual, la preciosísima muchacha procurábase aventuras por su cuenta. Sentimental y romántica, aunque tonta, contaba veintidós años, hacía seis que había muerto su madre, y ella...

-Bueno, pero ¡su madre...! es lo que importaba -excitó práctico el duque.

Maguilla ciñó sus referencias á la madre. Hija do un estanquero de la calle de Ferraz, nació el 68; de modo que por ahora, si viviese, podría frisar en los cincuenta. A los diez y siete, ó sea el 79 ó el 80, debutó como tiple en Variedades. Gran éxito. Su primer amante la disgustó con su familia. Un segundo amante la perfeccionó en el canto y en el baile, y la llevó á París. Gran éxito, y además, gran vida, en París, por cerca de tres lustros. Pero justamente el embarazo de esta chica, de Matilde, á la sazón...

-¿Cómo de Matilde? ¿Cómo á la sazón? -inquirió Hipólito. -¿Ya la tenía?

-¿A quién?

-A Matilde.

-¡Qué la iba á tener, si digo que entonces se quedó de ella embarazada!

-Vamos, de ella; ó mejor dicho, de otro y para que naciese esta Matilde... ¡Hay que expresarse, amigo periodista! Y bueno, toma, y vámonos, y sigues en el auto. Aquí huele muy mal á pies, á colillas, á demonios...

Se levantó, le regaló doscientas pesetillas; y salieron en el automóvil, derechos al Retiro, á fin de completar entre las frondas poéticas, la interesante información.

Maguilla. aunque pálido y flaco, vestía con tina acepillada pulcritud que no desdecía de la del duque por las calles.

Capítulo V

En auto, naturalmente, y con otro gran señor auténtico, el marqués de Guanaján, vestidos los dos de smoking, el duque filaba hacia la Ciudad Lineal, para ver las luchas romanas, por la bella luna de los campos. Había comido con Luz, aunque por hallarse en fondos pudo hacerlo en restorán, y caballerescamente la había devuelto sus mil pesetas -aparte de haberla llevado un regalillo. ¡Oh, no! ¡Él no explotaba á sus hijas, pobrecitas!... Cuando el juego le favorecía, reintegrábalas, incluso con largueza. Era su savoir faire. Era su modo de inspirarlas cariño y confianza, y de no pasar con ellas por un granuja maqueroc ó por un padre sin decoro.

Llegaron. Pasaron á la cancha. El público rugía. Vervet se daba de trompazos con el negro Anglio. Cerca de la mesa del duque y del marqués, tomaba asimismo cerveza una huéspeda gentil de la Cañón. Decíase que aquella chica, histérica ó mema de remate, en la noche anterior habíase llevado al holandés, Stignner, habíase gastado cuarenta duros convidándole á Champaña,... y habíase quedado, al fin, en blanco... porque el recio luchador no quiso amorosamente derrochar las fuerzas recobradas en la cena.

Y á pesar de todo, el duque, el clásico aristócrata que resumía las elegancias madrileñas, harto estaba viendo aquí que le llamaba la atención á las mujeres más que Stignner y más que Vervet y Anglio y que todos juntos los hercúleos luchadores...

Una grande y sonora costalada, indicó que el negro había sido vencido. La muchedumbre rugió y desfiló, en mucha parte. No inspiraban curiosidad, tras esta artística barbarie de los hombres, los graciosos cantos y danzas de mujeres, que iban á seguir.

También el duque y el marqués salieron de la cancha.

-¿Eh? ¿Eh?-díjole el marqués al duque.-En cosa de espectáculos he aquí algo de tipo parisién. Lástima que no esté más cerca de Madrid.

Efectivamente, cruzándolo, miraban complacidos el cachet dél restorán; del amplio parque, al otro lado, con su aéreo aparato volador lleno de luces. No había, en verdad, ni la barca que se precipitaba al lago, vista por Hipólito en Majec-City, ni los camellos de Luna Park, para que luciesen. las piernas las cocotas: pero sí había tiro, tobbogan, y un negro con taparrabos, que se chapuzaba en un estanque así que acertaba á desprenderle del trapecio un pelotazo.

Además, había un casino-teatro, con juego. Refugiáronse en él, y dentro de su luminosa animación no tardó Hipólito en divisar á Matilde, con Maguilla.

Para esto había venido.

-Cita; convenio con Maguilla -sin que la supiese la muchacha.

Cruzó, al brazo del marqués y ya pudo observar cómo llamaba la atención de Matilde, igual que de las otras que jugaban en las mesas ó consumían licores y cervezas en los palcos.

Maguilla se encargó de excitarle á Matilde su ducal admiración.

-Es el duque de Puentenegro, ¿verdad?

-El mismo, Matildita.

-¿Y amigo tuyo?... ¡Te ha saludado!

-Y amigo mío.

-¿Con quién está?

-Con el marqués de Granaján.

-No, digo... liado.

-Con nadie. Es hombre á quien le gusta picar de rosa en rosa. ¿Tú... no le conoces?

Matilde vaciló.

-¡No!-respondió al fin, contrariada.

-Pues es extraño. Porque se trata de un hombre que se sabe á todas las hermosas al dedillo. Tanto, que se podría afirmar que no han sido consagradas como tales hasta que no han sido sus amigas.

Brillaron los ojos de Matilde. Al duque rodeábanle ya cuatro ó cinco mujeres, salidas de distintos sitios del teatro.

-¿Quieres presentármelo?

-¡Mujer!-repuso Maguilla, sonriente. -¡Si quieres!...Habrá que buscar una ocasión. ¡Vente á la ruleta!

Fueron. Jugaron cerca del duque. Al poco la presentación quedaba hecha; y no mucho después, los tres se retiraban á beber Champaña en otro palco, mientras el marqués de Guanaján se entretenía con seis artistas austriacas.

-Mira, duque -decía Matilde, ya medio borracha de vino, y de sentimentalismo, y tuteándole, allá á las dos de la mañana. -Te voy á llevar en un coche, á mi casa... ¡Yo te quiero, yo le quiero para mí!

La femenina concurrencia andaba pendiente de aquella buena suerte de Matilde.

¡El duque! ¡Ah, el duque!

Imposible, sin embargo. El duque, en esta misma noche tenía que resolver una cuestión de honor. Era el presidente de un tribunal que debería examinar con todo escrúpulo si debía ser descalificado, un caballero... un ingeniero que había tardado más de sesenta horas en designar padrinos para un lance, después de haber querido apalear á los que hubo de enviarle el adversario...

-Bien, entonces, mañana, mañana... ¡Cenarás conmigo! ¿Lo prometes?

-Sí, mujer.

-No, no, es que has de darme tu palabra.

-¿Mi palabra:?... ¿y si al fin no puedo ir?

-¡Tu palabra! ¡Tu palabra!

-Bueno. Matildilla: mi palabra. Mañana, espérame á cenar.

Capítulo VI

Era la tercera de las noches que, prudentemente distanciadas, Hipólito pasaba con Matilde. Fumaba él, de espaldas en el lecho, mientras ella, de codo contra el almohadón y con el negro pelo formándose dosel á las ebúrneas desnudeces hermosas y gitanas de los hombros, contábale su vida.

Recurso de todas estas mujeres con quienes, de otro modo, no se sabría qué hablar después de las caricias. Ansia de Matilde, además, en este caso, por sincerarse de torpezas con el gran señor que se había dignado aceptarla, agasajarla, y lucirla y darla cartel por teatros y paseos.

-Sí, mira, Hipólito; tú me creerás una salvaje cazada en el desierto... ¡y no!... Nací en París, y tengo más ilustración que muchas, puesto que soy, puesto que fui maestra de escuela, aquí donde me ves!

-¡Caramba! ¡Maestra de escuela!

-¿Te extraña?... Pues lo soy. ¡Vaya si lo soy!... Verás, mis tíos, unos hermanos de mi madre, que aún viven en la calle de Arlabán...

Hipólito concentró su atención para escucharla. Este detalle no convenía en los que le proporcionó Maguilla. Sin embargo, pronto se reajustó en la historia de Matilde, sin alterar lo principal, que para los designios del ilustre duque concentrábanse en la madre; y dejándola largamente referir cómo al quedarse huérfana, á los cuatro años, la recogieron sus parientes y trataron de encaminarla al bien, se dedicó á reflexionar si no fuese ya el momento de lanzarse á la escena trágica descubriéndola el «terrible secreto de familia»...

Guapa; apetitosa y hechicerísima gitana, de verdad... con su fuerte busto bravo, con su roja boca fresca y sus ojos tan profundos; pero bien saciado el de sus hechizos. Una mujer ¡qué diablo! (teoría del duque) lo mismo que un museo, no puede inspirar curiosidad sino en tanto que van conociéndose uno por uno todos sus misterios de belleza.

Por esta parte, pues, quedábase tranquilo de no imposibilitársela prematuramente como amante, según la impaciencia lo llevó á hacer, quizás, con Luz y con Laura.

Y en cuanto á hallarse para «el trance trágico» no mal apercibido, tenía la seguridad -después de sus indagaciones de tres días. La casa y las propias confesiones de Matilde, habíanle comprobado los datos de Maquilla, con relación á fechas y lugares, proporcionándole otros nuevos.

-Bueno -proseguía Matilde,- no creas que te cuento que estudié para igualarme contigo en finuras porque la instrucción que se da en España á las maestras, y especialmente en urbanidad, dista mucho de ser lo que debiera: sino para decirte que no soy tan bruta como otras... Aparte de esto, y por desdicha, el título sólo me sirvió para perderme, á pesar del intento de mis tíos. ¡Mira, es una indecencia! Hay que ver lo que en las oposiciones pasa...! Tres veces las hice, sabiendo más que nadie, y no me dieron plaza, porque sólo se las daban, si las maestritas eran lindas, á las que se acostaban con los jueces!... hasta que viéndolo así, más que claro, también me resolví...¡qué iba a hacer! ¡Sería mi sino... igual que lo había sido el de mi madre!

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