Acto I - Escena I
Acto primero
COMEDIA EN TRES ACTOS
En el hall del palacete del señor Díaz
Escena I
SEÑORA DÍAZ y CRIADA
SRA. DE DÍAZ. -(En traje de calle.) Juana. Avise a la niña que van a dar las nueve. Que se apure.
CRIADA. -Está bien. (Suena un timbre.)
SRA. DE DÍAZ. -¿El señor se ha levantado?
CRIADA. -No sé, señora.
SRA. DE DÍAZ. -Toda la mañana ha estado sonando la campanilla. ¿Por qué no ha subido Manuel? ¿No está en casa?
CRIADA. -No sé, señora.
SRA. DE DÍAZ. -Vaya a buscarlo en seguida. ¡Ah! Bájeme los guantes que están sobre la mesita del tualé.
CRIADA. -Señora; no puedo hacer tanta cosa a la vez.
SRA. DE DÍAZ. -Lo que no debe hacer usted es contestar.
CRIADA. -(Mutis.)
SRA. DE DÍAZ. -(Se vuelve hacia un espejo y corrige la posición de su sombrero.)
Acto I - Escena II
Escena II
SEÑORA y SEÑOR DÍAZ
SR. DÍAZ. -(Que ha descendido tambaleante la escalera.) ¡Jorgelina!
SRA. DE DÍAZ. -(Con un movimiento nervioso.) ¡Jesús! ¡Me has asustado!
SR. DÍAZ. -Dime: ¿has dado orden a los criados de que no me atiendan?
SRA. DE DÍAZ. -¿Cómo puedes pensar semejante cosa, Eduardo? Precisamente acabo de observarle a Juana que...
SR. DÍAZ. -Hace muchos días que no me sirven como es debido. Tengo que llamar media hora para que acudan; me suben los periódicos cuando se les antoja, y ponen mal gesto o rezongan si algo les observo. Todo esto no está en razón puesto que los trato bien.
SRA. DE DÍAZ. -Pero encuentras razonable atribuirme las faltas de los criados.
SR. DÍAZ. -Pienso que sería más lógica en ustedes que en ellos esa hostilidad.
SRA. DE DÍAZ. -¡Oh! Sería curioso que empezara a atacarte ahora la manía de las persecuciones.
SR. DÍAZ. -Mecha ya no sube a ayudarme.
SRA. DE DÍAZ. -Bien sabes que está enferma.
SR. DÍAZ. -He notado además que se están tomando demasiado interés por mí y por mis asuntos Eso me perturba. Desearía no tener que repetir estas observaciones. Si molesto, me voy. No quiero ser molestado.
SRA. DE DÍAZ. -En verdad, sería preferible una separación definitiva, a este divorcio deprimente en que vivimos.
SR. DÍAZ. -¿Lo desean ya?
SRA. DE DÍAZ. -No, Eduardo: no lo deseamos. Lo que queremos es que vuelvas a la vida de antes, a ocupar tu lugar en el seno de los tuyos y en la consideración de las gentes. ¡Esto no debe continuar así!
SR. DÍAZ. -¿Sabes si ha llegado la correspondencia de Europa?
SRA. DE DÍAZ. -No sé. No, no te vayas. Escúchame.
SR. DÍAZ. -Tú debes salir, yo tengo que hacer. Nos distraeríamos.
SRA. DE DÍAZ. -No. Atiende. ¡Te exijo que me atiendas!
SR. DÍAZ. -Te advierto que no me negaba por descortesía, sino por sentido práctico. Salvo que tengas algo que comunicarme.
SRA. DE DÍAZ. -No te robaré mucho tiempo. Respóndeme categóricamente. ¿Tienes algún agravio conmigo?
SR. DÍAZ. -No. ¿Por qué me haces esa pregunta?
SRA. DE DÍAZ. -Porque cada vez me resulta más inexplicable tu conducta.
SR. DÍAZ. -Creo haberla explicado satisfactoriamente.
SRA. DE DÍAZ. -Pero no la justificas. Eres demasiado normal, demasiado equilibrado para convencer a nadie de tu extraña misantropía.
SR. DÍAZ. -¿Misántropo, yo?
SRA. DE DÍAZ. -¿Quieres que nos entendamos? Esta vida nuestra se hace cada vez más dolorosa. Hace un momento te quejabas de los criados. ¿Cómo te han de respetar si ven que has abdicado tu autoridad; sí para ellos no eres más que un pobre ente sin voluntad a quien su familia ha relegado al último piso de la casa por sabe Dios qué lacras morales?
SR. DÍAZ. - ¡Oh!
SRA. DE DÍAZ. -¡Eso! Un pobre diablo a quien no toman en cuenta quizá por creer que nos halagan, que eso entra en sus obligaciones. No eres mucho más para nuestras relaciones. Un extravagante cuando no un monomaniático lastimoso.
SR. DÍAZ. -Me interesa igualmente poco lo que puedan pensar unos y otros: criados y amigos.
SRA. DE DÍAZ. -¿Y nosotros? ¿Y nuestra situación?
SR. DÍAZ. -Bien han podido habituarse en cuatro años. En menos tiempo llegamos hasta aburrirnos de tener un enfermo crónico en la familia.
SRA. DE DÍAZ. -¡Oh! Eso es una crueldad injusta.
SR. DÍAZ. -Es una vulgar constatación. Por lo demás aquí no se trata de un enfermo ni cosa que se le parezca, sino de un sujeto que no tiene necesidad de abrevar en la fuente común para hallar un poco de dicha y que nada hace ni hará en perjuicio de la dicha ajena. El caso no puede ser mas sencillo. Con partir de ese concepto y con preocuparse menos de lo que piensen y digan las gentes, nos ahorraríamos inquietudes y prevenciones. Tranquilícense, pues. Y tú déjate de cavilaciones. Nada me has hecho, nadie me ha hecho nada. Déjenme en la paz de mi mansarda con mis diarios y mis papelotes y no se empeñen en torcer una resolución que es irrevocable, y mucho menos en hostilizarla.
SRA. DE DÍAZ. -No sé por qué, cuando más te esfuerzas en justificar tu actitud, más enigmática me resulta. Por última vez, Eduardo, ¿debo pensar que somos ajenos a ella?... ¿Que soy ajena a ella?
SR. DÍAZ. -Debes pensarlo.
SRA. DE DÍAZ. -¿Y por qué me has abandonado?
SR. DÍAZ -Vuelta a subir la montaña con el peñasco a espaldas. ¿Para qué me lo haces caer?
SRA. DE DÍAZ. -Has podido dedicar a tu obra la atención necesaria sin necesidad de renunciar a la vida en común.
SR. DÍAZ. -No; la convivencia me exigiría una participación activa en el tráfico social. He empezado demasiado tarde la obra para derrochar tiempo en trivialidades.
SRA. DE DÍAZ. -No todo es tráfico social en la convivencia afectiva.
SR. DÍAZ. -Naturalmente, pero lo demás no les falta.
SRA. DE DÍAZ. -¡Oh! ¡Eduardo, Eduardo!... (Se detiene mirándolo fijamente. El señor Díaz distrae su mirada en cualquier sentido y luego se pone de pie encaminándose a la escalera.)
SRA. DE DÍAZ. -(Con cierta vehemencia.) ¡No te vayas! ¡No me hagas eso! ¡Ven acá! Díme: si es verdad que nada tienes que reprocharme, ¿por qué me has repudiado? ¿Por qué me repudias?
SR. DÍAZ. -¡Otra vez con el peñasco a cuestas! ¿Hasta cuándo he de decirte que considero terminada mi misión en este hogar?
SRA. DE DÍAZ. -Te equivocas. No ha terminado. Quizá nuestros hijos necesiten ya tus caricias. Pero yo sí. Ellos van a formar nuevos jardines, nosotros quedamos para cultivar nuestros viejos rosales ¿Por qué hemos de dejarlos secar antes de tiempo? (Con mucha ternura, apoyándosele en el hombro.) ¡Devuélveme tu ternura, Eduardo! Me hace falta, nos hace falta a los dos un poco de realidad afectiva.
SR. DÍAZ. -(Se aparta suavemente de sus brazos y detiene un instante la vista en el sombrero.)
SRA. DE DÍAZ -¿Qué pasa? ¿Qué tengo en el sombrero?
SR. DÍAZ. -(Sonriendo.) Nada, nada.
SRA. DE DÍAZ. -Pero...
SR. DÍAZ. -No te inquietes Una reminiscencia. Un relámpago mental.
SRA. DE DÍAZ. -(Va al espejo y se mira.)
SR. DÍAZ -(Se aleja escaleras arriba.)
SRA. DE DÍAZ. -(Al volverse, con un gesto de desilusión.) ¡Oh, Eduardo! ¡Esto no tiene nombre!...
Acto I - Escena III
Escena III
SEÑOR DÍAZ y MECHA
MECHA. -(Al cruzarse con Díaz en la escalera.) Buen día, papá.
SR. DÍAZ. -Buenos días, rabonera. Tengo toda la correspondencia inglesa del «Amazón» por traducir. ¿Cuándo subes?
MECHA. - ¡Ah, papito! Cuando hagas poner el ascensor. Ya sabes que me fatiga subir tanta escalera.
SR. DÍAZ. -Si es por eso, hoy mismo llamo al ingeniero. (Mutis.)
MECHA. -(A su madre.) Ahí tienes tus guantes. ¿Qué te ha pasado?
SRA. DE DÍAZ. -Lo de siempre. ¡Tu padre!...
MECHA. -¿Para qué se meten con él? Ya saben cómo es. ¿Qué te ha hecho?
SRA. DE DÍAZ. -No tiene remedio ya.
MECHA. -Sé que ayer estuviste arriba revolviéndole los papeles. Si llega a descubrirlo vamos a tener un disgusto serio. (Se deja caer en la silla con un gesto de fatiga y empieza a ponerse los guantes.) ¡Uff! ¡Cuánto daría porque no vinieran a buscarme! Me siento mal hoy.
SRA. DE DÍAZ. -(Dándose los últimos retoques ante el espejo.) Lo que es yo no las espero. (Volviéndose a Mecha, casi desvanecida.) ¡Muchacha!... ¡Muchacha!... ¿Qué tienes?...
MECHA. -¡Nada!... ¡Ya pasa!... ¡Un vahído!... ¡Una cosa muy extraña!
SRA. DE DÍAZ. -¡Qué palidez!... ¡Y estás transpirando!...
MECHA. -No te preocupes. (Intenta ponerse de pie pero se dejar caer en la silla.) ¡Oh! ¡Yo no voy! (Sacándose el sombrero.) Toma, ponlo en cualquier parte. Misia Edelmira no se resentirá. Podría ir Laura en mi lugar... ¿no te parece? Avísale.
SRA. DE DÍAZ. -(Toca el timbre.) Pero hija, ¿cuándo te vas a resolver a consultar al médico?
MECHA. -¡Para qué! No vale la pena, Un poco de debilidad, nada más.
Acto I - Escena IV
Escena IV
CRIADA. -¿Señora?
SRA. DE DÍAZ. -¿La señorita Laura está en cama?
CRIADA. -No señora.
SRA. DE DÍAZ. -Llámela.
CRIADA. -Ahí llega. (Mutis.) mala noticia.
SRA. DE DÍAZ. -Te espera una mala noticia.
LAURA. -¿Cuál?
SRA. DE DÍAZ. -Mecha no se siente bien y quiere que vayas tú en la comisión.
LAURA. -¡Ay, ay, ay!... No me agarran. Es muy aburrida la infancia desvalida.
MECHA. -Vístete.
LAURA. -Y más fastidioso es eso.
MECHA. -Podría resentirse Edelmira si no fuera ninguna.
LAURA. -¿Qué te pasa? Progresa la anemia, ¿eh? No; ¡no te hagas ver! A nosotros nos hace falta estrenar el panteón de la Recoleta y usar luto por un tiempo. Está de moda; es muy chic el luto.
SRA. DE DÍAZ. -¡Cállate, tilinga!...
LAURA. -Bueno. Total que no hay colecta pro infancia desvalida. (Suena la bocina de un automóvil.) ¡Ellas! ¿Te das cuenta?... ché.
MECHA. -No seas mala. Andá a vestirte.
LAURA. -Trancemos. Las aguardo, y si veo que se empeñan en llevarme, acepto. ¿Te parece?
Acto I - Escena V
Escena V
(La señora de Díaz va al encuentro de las señoras de Álvarez y de González, que entran saludando muy afectuosamente.)
SRA. DE ÁLVAREZ. -Como de costumbre, en retardo. En el trayecto de casa hasta aquí hemos encontrado dos comisiones en plena actividad. ¿Estaba usted por salir, Jorgelina?
SRA. DE DÍAZ. -Sí. Al Pilar.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Es cierto que entierran a Etcheverry. ¡Qué golpe para la pobre Claudia!... Una muerte así, tan inesperada...
SRA. DE GONZÁLEZ.-Dicen que ha sido un suicidio.
SRA. DE DÍAZ. -Se habla mucho de eso pero yo no lo creo.
SRA. DE ÁLVAREZ. -(A Mecha.) Ponte el sombrero, hija, y nos vamos. Estás de mal semblante.
MECHA. -Me siento mal, señora. Estaba pronta ya para ir y...
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Supongo que no renunciarás?...
MECHA. -Si me lo permite, sí, señora.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Qué tontería, muchacha. No sabes lo que te pierdes.
LAURA. -(A la señora de González.) -¿Lita ha ido a Palermo hoy?
SRA. DE GONZÁLEZ. -No; salió en otra comisión con Maruja Pérez y la señora de Oliva.
SRA. DE DÍAZ. -Yo creo que debe perdonarla, Edelmira. Esta muchacha no está bien.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Y a quién vemos, a esta hora, para que nos acompañe?
MECHA. -Podría ir Laura.
LAURA. Haces mal en comprometer a Edelmira.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Oh! con mucho gusto... Es toda una idea. Vístete, muchacha.
LAURA. -¡No sería hacerles perder mucho tiempo?
SRA. DE ÁLVAREZ. -Eso dependerá de ti, en todo caso.
LAURA. -Bien. Ya estuvo. Diez minutos (Mutis.)
Acto I - Escena VI
Escena VI
SRA. DE ÁLVAREZ. -Supongo que tu malestar no depende de algún disgustillo con Enrique.
MECHA. -¡Oh, no, señora!...
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Ah! ¡Ahora que recuerdo! Qué tonta eres, criatura. Seguro que te ha comunicado ya la noticia.
SRA. DE DÍAZ. -¿Hay alguna novedad?
SRA. DE ÁLVAREZ. -(A Mecha.) ¿Cómo? ¿No sabes nada? Pues... Anoche hemos recibido carta de Álvarez. Escribe comunicando que se va a Baden-Baden por consejo de los médicos a someterse a un tratamiento, y con ese motivo -no te vayas a desmayar, muchacha- pide que le mandemos a Enrique para que le haga compañía.
MECHA. -(Reprimiendo un movimiento de sorpresa.) ¡Oh! ¡Ya lo sabía!
SRA. DE ÁLVAREZ. -Te había escrito... ¿verdad?
MECHA. -Sí; sí señora... ¡Sí, señora!...
SRA. DE DÍAZ. -¿De modo que se va Enrique?
SRA. DE ÁLVAREZ. -Naturalmente. Pero será un viaje muy rápido; de tres meses a lo sumo. Enrique estará de regreso a tiempo para cumplir su compromiso. No hay motivo, pues, para afligirse tanto, muchacha.
MECHA. -No, señora. No me aflijo. ¡Una cosa tan natural!
SRA. DE ÁLVAREZ. -No hay para qué decir que Enrique anda bailando de gusto. Creo que hasta se ha ido a esperar que abrieran la agencia de vapores para elegir camarote.
MECHA. -(Irónica.) ¡Naturalmente!...
SRA. DE ÁLVAREZ. -Perdón. He sido tal vez indiscreta, pero es la pura verdad. Es preciso imaginarse lo que significa para estos muchachos la perspectiva de un paseíto por Europa.
SRA. DE DÍAZ. -Si viera usted las ganitas que tiene Alfredo de hacerlo. Creo que sí se recibe este año es debido a la promesa que le hemos hecho de mandarlo por unos meses a París.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Por otra parte, es una ventaja casarse con un hombre que haya estado en Europa.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Claro está. Adorna mucho.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Va al matrimonio con una curiosidad menos.
Acto I - Escena VII
Escena VII
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Oh! señor Díaz. Qué feliz casualidad.
SR. DÍAZ. -(Saludando.) ¡Cómo está usted, Edelmira! (A la de González) ¡Cómo está usted, señora!...
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos?
SR. DÍAZ. -¿Su esposo de usted está bien?
SRA. DE ÁLVAREZ. -No mucho, Anoche hemos recibido carta.
SR. DÍAZ. -¿Está en el campo?
SRA. DE ÁLVAREZ. -No, en Europa.
SR. DÍAZ. -Ah! ¿Y el señor González también está en Europa?
SRA. DE GONZÁLEZ. -No, aquí.
SR. DÍAZ. -Con el permiso de ustedes. Un instante. (Mutis.)
Acto I - Escena VIII
Escena VIII
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Pobre Eduardo!... ¡Cómo está!... ¿Sigue con su manía?
SRA. DE DÍAZ. -Cada día peor. Metido allá arriba, se pasa semanas enteras sin que le veamos la cara.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Escribe mucho, ¿verdad?
SRA. DE DÍAZ. -Creo que no. Lee y lee siempre.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Diarios?
SRA. DE DÍAZ. -Exclusivamente. Recorta las crónicas policiales y las va pegando en unos grandes cuadernos, con no sé qué extrañas anotaciones.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Qué rareza! Todo eso para escribir un libro.
SRA. DE DÍAZ. -¡Figúrense! Tan luego él que nunca tuvo aficiones literarias.
SRA. DE ÁLVAREZ. -La neurastenia es una cosa terrible. Acaba con la gente más equilibrada. ¡Pobre Jorgelina! ¡La compadezco!...
SRA. DE DÍAZ. -¡Ay! ¡Déjeme!... No pueden ustedes imaginarse lo que nos contrista su estado. ¡Yo creo que lo hemos perdido para siempre!...
SRA. DE GONZÁLEZ. -Deberían ponerlo en tratamiento. No debe ser incurable. Dicen que en el sanatorio de Ramos Mexía se está muy bien. Hay muchos enfermos distinguidos.
SRA. DE DÍAZ. -¡Y quién lo recluiría!
SRA. DE ÁLVAREZ. -Sería muy fácil. Se le lleva engañado, y una vez allí...
MECHA. -¡Oh! Hagan el favor de no hablar así de papá. Bien podrían ahorrarse tanta conmiseración.
SRA. DE DÍAZ. -¡Mercedes!
MECHA. -(Exaltada.) No es tan lastimoso su estado. No está loco, ni enfermo, ni maniático. Es un buen hombre que se siente harto de nosotros; de tanta hipocresía, de tanta simulación, de tanta maldad. De toda la miseria moral de nuestra vida. Eso, eso es lo que tiene. ¡Nada más!
SRA. DE DÍAZ. -¿Te has enloquecido, Mercedes? ¿Qué ideas son ésas?
MECHA. -Recién empiezo a comprender la verdad.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Muchacha!... ¿A qué viene ese arranque?... Nosotros...
MECHA. -Sé lo que digo y por qué lo digo.
Acto I - Escena IX
Escena IX
ALFREDO. -No esperábamos encontrar tanto bueno por acá. (Enrique da la mano a la señora de Díaz y a Mecha, y Alfredo a las señoras de Álvarez y González.)
SRA. DE ÁLVAREZ. -Como Mecha no puede ir, esperamos que se vista Laura. No sabes la que te aguarda, Enrique. Está... pero furiosa por tu viaje.
ENRIQUE. -¿Se lo has anunciado? Yo pensaba darle la noticia esta noche y recabar su permiso. Creo que no reñiremos. En último caso siempre será ella la que disponga.
ALFREDO. -¿Saben que han puesto en fuga a medio Buenos Aires?
SRA. DE GONZÁLEZ. -¿Nosotras?
ENRIQUE. -Nadie está en su casa.
ALFREDO. -Y cosa de alquilar balcones para ver cómo huye la gente en cuanto aparece un automóvil con el consabido estandartito «Pro infancia desvalida».
SRA. DE GONZÁLEZ. -¡Qué exageración!...
ALFREDO. -(A Enrique.) ¿Subimos?
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Huyen ustedes también?
ALFREDO. -No. Le he traído a éste para darle un Baedeker y unos libros que tengo sobre París. Con permiso, pues. (Mutis.)
SRA. DE ÁLVAREZ. -Qué les dije. Trastornado con el viaje.
Acto I - Escena X
Escena X
SR. DÍAZ. -(Que aparece con un grueso paquete de diarios.) ¿Qué significa un automóvil con un estandarte, que he visto en la puerta?
SRA. DE ÁLVAREZ. -Que hoy es nuestro día. Hacemos una colecta «Pro infancia desvalida».
SR. DÍAZ. -¿Para qué?
SRA. DE ÁLVAREZ. -Para eso. Para nuestros asilos, y nuestros talleres. Para el sostenimiento de las instituciones benéficas que patrocinamos.
SR. DÍAZ. -Entendido. Para el mantenimiento de «nuestros hijos naturales».
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Qué dice usted, Eduardo?
SR. DÍAZ. -Nada con intención. Me acordé de un suelto de un diario...
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Sigue usted tan... entregado a las noticias policiales?...
SR. DÍAZ. -Sí, señora. Más que nunca. Pues... Me vino a la memoria un suelto leído hace algún tiempo, en el cual se publicaban ciertos datos estadísticos sobre natalidad ilegítima.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Eso es todo un problema social.
SR. DÍAZ. -¿Y saben cómo titulaba el diario la noticia? «Nuestros hijos naturales».
SRA. DE ÁLVAREZ. -Pues... francamente, no le veo la gracia.
SR. DÍAZ. -Claro está. Yo tampoco.
SRA. DE GONZÁLEZ. -A mí me resulta una insolencia
SR. DÍAZ. -Pues yo...
SRA. DE ÁLVAREZ. -A mí...
SR. DÍAZ. -Continúe usted.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Iba a decir una tontería. Siga, Eduardo.
SR. DÍAZ. -Casi me ocurre lo mismo. Con permiso. (Ademán de irse.)
SRA. DE ÁLVAREZ. -Venga acá. No sea huraño. ¿O tiene miedo del sablazo?... Dedíquenos un instante. Cuéntenos algo de su obra. ¿Tendremos pronto el gusto de leerla?
SR. DÍAZ. -No he empezado a escribir. Continúo documentándome.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿En la crónica policial?
SR. DÍAZ. -En la crónica policial.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Qué original! Será un libro trágico.
SR. DÍAZ. -Efectivamente. Trágico.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Se va a vender mucho, eso. Un éxito así como el de «Stella»de Emita de la Barra. ¿No lo ha leído usted?
SR. DÍAZ. -No, señora.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Es raro. Toda la gente bien lo conoce.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Lo que no acabo de explicarme es cómo hace usted para sacar provecho de ese tejido de fantasías y embustes.
SR. DÍAZ. -Ah, señora mía. No tomando en cuenta los embustes ni las fantasías. Me basta con el hecho en sí y las causas que lo han determinado.
SRA. DE GONZÁLEZ. -¡Pues no ha emprendido usted chico trabajo, que digamos!...
SRA. DE GONZÁLEZ. -Debe ser muy monótono eso. La misma cosa todos los días. La misma puñalada, el mismo robo, el mismo suicidio. ¡Por casualidad un suceso interesante!
SR. DÍAZ. -Para mí lo son todos. La puñalada de ayer y la puñalada de hoy son dos dramas distintos. Extraerlos del relato trivial, analizarlos y catalogarlos, es por ahora mi tarea. ¿Quieren un ejemplo? ¿Han leído ustedes la noticia de ayer del suicidio de una familia entera, una mujer que se asfixia con sus cuatro hijitos?
SRA. DE GONZÁLEZ. -No. Pero he oído conversar de eso a los sirvientes.
SR. DÍAZ. -Una cosa vulgar. Igual al de antes de ayer y al de la semana pasada -dramas de la miseria-, pero con la diferencia de que en el caso anterior el marido estaba en la cárcel. Un homicidio por celos, supongamos, mientras que en el presente, el marido, el padre de esas cuatro criaturas...
SRA. DE ÁLVAREZ. -Estaba enfermo en un hospital.
SR. DÍAZ. -No. Había abandonado a los suyos por igual causa. Ya ven ustedes dos sucesos idénticos y dos dramas distintos. Este descubre que su mujer lo engañaba, y desaparece abandonando su hogar.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Mal hecho, ¿qué culpa tenían las pobres criaturas?
SR. DÍAZ. -¿Y qué debió hacer?
SRA. DE ÁLVAREZ. -Velar por sus hijos, abandonando a esa mala madre.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Claro está; quitarle los hijos.
SR. DÍAZ. -¿Y con qué derecho le arrebata esas criaturas a su cariño?
SRA. DE DÍAZ. -¡Ave María! ¡Qué ideas, Eduardo!... Esa mujer no amaba mucho a sus hijos, cuando olvidó así sus deberes.
SR. DÍAZ. -¿Estás tú segura de que una mujer que engaña a su esposo no quiere a sus hijos? ¿Estás bien segura?...
SRA. DE ÁLVAREZ. -Hombre... todo puede ser. Pero ¿cómo resolvería usted ese problema?
SR. DÍAZ. -A eso voy. Esa será mi obra. Desentrañar del mismo seno de la vida, del drama de todos los días y de todos los momentos, las causas del dolor humano y exponerlas y difundirlas como un arma contra la ignorancia, la pasión y el prejuicio. No lo hemos perdido todo en la desgarrante contienda de los siglos. Hay síntomas de que la conciencia y la piedad, subsisten en el hombre. Digámosle a su cerebro palabras de verdad, e impetremos su clemencia con la oración del sentimiento.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Y usted cree, Eduardo, que eso no lo hacemos todos?...
SR. DÍAZ. -¡Ustedes!... ¡Ustedes!... No. ¡Qué han de hacerlo!
SRA. DE ÁLVAREZ. -Por lo pronto le rezaré a usted la oración del sentimiento, diciéndole que existen millares de criaturas cuyo único amparo es el óbolo de las personas caritativas, y que aquí hay una bolsa que impetra su compasión.
SRA. DE GONZÁLEZ. -¡Bravo, Edelmira! ¡Muy bien!...
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Pronto, ese cheque!...
SRA. DE GONZÁLEZ. -¿A que no lo firma en blanco?
SR. DÍAZ. -Para eso entiéndanse con el ministro de Hacienda. ( Por su señora.)
SRA. DE ÁLVAREZ. -No se escurra venga acá, señor piadoso.
SR. DÍAZ. -Por lo demás, no creo en semejante caridad.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Explíquese.
SR. DÍAZ. -No. Sería muy largo.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Cuando menos pensará, como ciertas gentes, que nuestra caridad no es más que un pretexto para divertirnos. Le exijo una explicación.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Eso es. Le exijimos una explicación.
SR. DÍAZ. -Ustedes se han propuesto sacarme de mis casillas. Les haré el gusto. Pues... uno de los capítulos, más terribles de mi libro será precisamente el referente a «nuestros hijos naturales».
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Oh! ¿Qué tiene eso que ver...?
SR. DÍAZ. -Mucho, mucho. ¿Para quienes son esos así los y esos talleres? Supongo que no serán para mis hijos legítimos, ni para sus hijos legítimos.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Eso es una butade indigna de usted.
SR. DÍAZ. -Pardón. Mi sinceridad no admite sobreentendidos.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Adelante, pues.
SR. DÍAZ. -La crónica policial, me ha enseñado a encarar de otra manera el problema social que ustedes creen haber resuelto con la fundación de unos cuantos asilos.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Es cierto que son pocos, pero la caridad pública no da para más.
SR. DÍAZ. -Aunque fundaran mil. Aunque fundaran tantos asilos como templos! Estamos creando el mal para aplicarle el remedio. ¡Y qué remedio!...
SRA. DE ÁLVAREZ. -No entiendo.
SR. DÍAZ. -Empecemos por respetar el derecho a la maternidad... La limitación de ese derecho es causa del tributo enorme de vida que nos cobran los asilos, las cárceles y los cementerios. En lugar de instituciones pro infancia desvalida, fundemos ligas por el respeto a la mujer en su función más noble. La maternidad nunca es un delito. Si se infringe una ley social, se ha cumplido la ley humana que es la ley de las leyes.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Ay, Dios mío! Eso es anarquismo puro. Usted quiere destruirlo todo.
SR. DÍAZ. -Esto es un evangelio que se podría practicar, aún sin destruir los fundamentos de la presente organización social. Se puede muy bien abogar por la maternidad legalizada respetando la maternidad anormal. El día que ese convencimiento encarnara en todos los espíritus, la misión de ustedes, señoras mías, habría terminado o se modificaría sustancialmente.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Y mientras llega ese dichoso día, ¿qué liemos de hacer?
SR. DÍAZ. -Trabajar para que llegue, renunciando en primer término al ejercicio de una caridad perniciosa.
SRA. DE GONZÁLEZ. -¿Perniciosa?
SR. DÍAZ. -¡Oh!, señora! No me obligue a decir lo que son los asilos y las escuelas que dan ustedes a la infancia desvalida! Trabajar para que llegue ese dichoso día. Eso, eso deben hacer. Ustedes que han sentido coronada la fecundidad con la gloria de las caricias infantiles, deben abogar contra el prejuicio para que no haya tantos hijos sin madres y tantas madres sin hijos.
MECHA. -(Que ha estado oyendo a su padre con angustia creciente, estalla en sollozos convulsivos.)
SR. DÍAZ. -¡Qué tiene, hijita! (Acuden todos un tanto alarmados.)
MECHA. -(Dominándose.) No se alarmen. Ya pasa. ¡Estoy tan nerviosa!
SRA. DE DÍAZ. -Esta muchacha nos va a dar un disgusto. Hace tiempo que no está bien y no quiere atenderse.
SR. DÍAZ. -¿Quiere que mande llamar un médico?
Acto I - Escena XI
Escena XI
LAURA. -No le hagas caso papá. Romanticismo.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Bien podías tú, haber demorado un poco más. En marcha, pues. Eduardo, queda pendiente nuestra discusión. Le preparo una derrota que... ya verá usted. ¿La llevamos hasta el Pilar, Jorgelina?
SRA. DE DÍAZ. -Tengo el coche. ¿No me necesitas, Mecha?
MECHA. -Me siento bien ya.
SRA. DE DÍAZ. -Hasta luego. (Mutis.)
Acto I - Escena XII
Escena XII
SR. DÍAZ. -(Las acompaña hasta la puerta y regresa tomando hacía la izquierda.)
MECHA. -(Después de un momento de vacilación.) ¡Oh! ¡Papá!¡Papá!...
SR. DÍAZ. -(Volviéndose rápidamente.) ¡Qué, ¿Qué hijita?...
MECHA. -(Angustiada.) Tengo que hablarte.
SR. DÍAZ. -Habla... ¿Por qué estás tan agitada?
MECHA. -No. Será después... después.
SR. DÍAZ. -Como quieras. Me extraña ese gesto, hija.
MECHA. -No. No es nada. Quería decírte que he sido mala contigo. No he concluido las traducciones.
SR. DÍAZ. -¡Bah! ¡Era sólo eso! Hay tiempo, no te fatigues.
MECHA. -¿Me perdonas?
SR. DÍAZ. -¡Tonta! (La besa y se va.)
Acto I - Escena XIII
Escena XIII
MECHA. -(Después de un instante de honda cavilación, se alza resuelta y llama.)
CRIADA. -¿Señorita?
MECHA. -Suba al cuarto de Alfredo y dígale al señor Enrique que tenga la bondad de venir. (Mutis de la criada. Pausa larga.)
Acto I - Escena XIV
Escena XIV
ENRIQUE. -¿Me llamabas?
MECHA. -Sí.
ENRIQUE. -Espero que no tendremos la función de costumbre.
MECHA. -Yo también lo espero. ¿Estás resuelto a irte?
ENRIQUE. -Sí.
MECHA. -¿A consumar la gran canallada?...
ENRIQUE. -Nuestra situación está desde hace tiempo perfectamente definida, de modo que las escenas a estas alturas, sobran.
MECHA. -Oyeme esta última súplica que no va dirigida a tu caballerosidad, porque no la tienes, sino a lo poco que te resta de hombría de bien. Cásate conmigo. Ahorrémosle a mi familia la vergüenza que le espera, y yo te prometo no hacer uso jamás de mis derechos de esposa, no intervenir en tu vida, separarme en el acto de ti.
ENRIQUE. -¿Y yo qué gano con eso? Mira. Si estás tan en peligro, lo más que puedo ofrecerte es que te vengas conmigo a Europa.
MECHA. -Ya no te quiero. Si te quisiera te seguiría al fin del mundo aunque te supiera capaz de la ignominia de lanzarme a la vida del arroyo, que no otra cosa harías conmigo.
ENRIQUE. -La verdad es que con tan buenos sentimientos a mi respecto, no resulta muy explicable la insistencia en que nos casemos.
MECHA. -Te repito que por la tranquilidad de los míos, me resignaría al sacrificio de esta unión nauseante.
ENRIQUE. -Yo te advertí...
MECHA. -Cállate. No era por salvarme que me inducías al crimen. Era por salvarte tú, tú, tú... Porque eres cobarde y vil. Lo has improvisado en complicidad con tu respetable familia.
ENRIQUE. -(Severo.) ¡Mercedes!
MECHA. -Si, tus cómplices, tus cómplices: Y todavía soy suave. Hay palabras más aplicables al caso... ¡Más justas!...
ENRIQUE. -¡Mercedes!... ¡Mercedes!...
MECHA. -Basta. Quiero tu última palabra.
ENRIQUE. -La he dicho.
MECHA. -Bien. ¡Fuera de acá!
ENRIQUE. -(Se encamina a la escalera.)
MECHA. -No. ¡Fuera de esta casa!... ¡A Europa! Huye hoy mismo, ¡cobarde! Huye. Dentro de un instante, todos van a conocer mi vergüenza y tu infamia! ¡Huye! ¡Cobarde!... ¡Vil! ¡Vil! ¡Vil!... (Después que Enrique ha salido, arrebatada, busca algo que no encuentra en los muebles, y con un gesto de suprema desesperación se lanza a la escalera. A los dos o tres escalones se detiene, vacila y cae.)
Acto I - Escena XV
Escena XV
SR. DÍAZ.-(Aparece por la lateral, recoge los diarios que ha olvidado y al volver la vista, advierte a Mecha y corre en su auxilio.) ¡Hija! ¡Hijita mía! (La alza con esfuerzo, la conduce a un diván y le afloja las ropas monologando ternuras del caso. Viendo que no vuelve en sí, corre al timbre y llama.)
SR. DÍAZ. -(A la criada.) ¡Agua... sales... cualquier cosa! Corra usted que la niña está mal!
CRIADA. -¡Ay, Dios mío! (Mutis para volver en seguida con un frasco de sales.)
SR. DÍAZ. -Hable por teléfono al médico y si no está llame a la asistencia. Que vengan en seguida. (Mutis de la criada. Mecha reacciona lentamente.)
MECHA. -¡Oh! ¡Papá! ¡Papacito!
SR. DÍAZ. -¿Se siente mejor?
MECHA. -¡Oh, sí!... (Lo abraza sollozando.)
SR. DÍAZ. -Llore. Eso alivia.
MECHA. -Sí. ¡Alivia! ¡Alivia!... (Una pausa.)
SR. DÍAZ. -¿Y cómo fue eso, hijita?...
MECHA. -¡Oh! ¡Es una vida que protesta, que clama por la verdad! (Arranca con violencia los broches del vestido.) ¡Así!... ¡Así!... ¡Gloria mía!...
SR. DÍAZ. -¿Qué quieres decir?
MECHA. -Tu nos defenderás, ¿verdad?... A los dos...
SR. DÍAZ. -¡Oh! ¡Pobrecita!... ¡Pobrecita!... Sí... sí... Los defenderé... (Muy conmovido.) Tu hijo tendrá madre... y tendrá... ¡un abuelo!...
Telón
Acto II - Escena I
Acto segundo
La misma decoración
Escena I
SRA. DE DÍAZ. -¿Nada más, doctor?
Dr. X. -No. Está muy bien. Sería conveniente. eso sí, evitarle toda violencia moral.
SRA. DE DÍAZ. -Perdóneme, doctor. Ya que ha tenido usted que intervenir en este doloroso accidente quisiera contar con su ayuda...
DR. X. -Usted dirá.
SRA. DE DÍAZ. -Conoce usted las rarezas de mi marido. Ha tomado el caso con una sangre fría alarmante y no hay forma de convencerlo del hundimiento moral de esta casa.
DR. X. -¡No es para tanto señora, no es para tanto!
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The end
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