Read here

Historia de los diez años de la administracion de Don Manuel Montt

Benjamín Vicuña Mackenna · 1862 · Scanned text

225,096 words · about 15 h 46 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

Scanned text — may contain errors · original scans are not available here · view the original source

Licence: PDM · British Library Digitised Books dataset db14 (doi 10.21250/db14) marks the OCR texts CC Public Domain Mark 1.0 (c. 1510-c. 1900 publications); text+metadata JSONL release doi 10.23636/r7w6-zy15 is CC0 1.0. Public Domain Mark is a status label, not a new copyright licence. · Digitised by the British Library (with Microsoft). Text: British Library Digitised Books, CC Public Domain Mark 1.0.

Text from British Library, read from page scans by OCR and set out for reading on screen; no words of the book are rewritten or summarized. How RedLectern is built

About this book

Author
Benjamín Vicuña Mackenna
Language
Spanish
Published
1862
Length
225,096 words · about 15 h 46 min
Sections
27 reader sections
Text
Scanned text, read from page scans by OCR; may contain errors
Rights
Public Domain Mark 1.0

 

Contents (27)

Continue:

Front matter

DIEZMOS I LÜDIIISTMIIIOI DE DON MANUEL MONTT, POR b. 7ICUÍÍA irizmn. REVOLUCIÓN DEL SUR, TOMO III. SANTIAGO DE CHILE. IMPRENTA CHILENA, CALLE DEli PEUMO, ESQUINA DE LA DE HUÉRFANOS, NI M. 29. 1862. DIEZ AÍ0S DE LA ADMINISTRACIÓN 33 sois ü^'if 'í/a¿ ilO'if tí^- HISTORIA DE LOS DIEZMOS DEliADilMISIlCII DE DON MANUEL MONTT, POR b. iizm Mzmn, REVOLUCIÓN DEL SUR, TOMO III. SANTIAGO DE CHILE, IMPRENTA CHILENA, CALLE DEL PEUMO, NÚM. 29, ESQUINA DE LA DE HUÉRFANOS. 1862. A lili PADRE. Tributo de mi profundo amor i de esa santa intimidad del alma que hace considerar al padre, en las dichas i en las aflicciones del hogar, como el mas querido de los her manos. Homenaje también de mi respeto a un civismo tan anti guo como mi nombre i en el que el éxito i los infortunios solo han pasado para poner a prueba su temple indestruc tible, i evidenciar la jenerosa convicción de amor a la de mocracia i a la libertad que aquel cobija, i de cuya nunca desmentida enerjia el espíritu que anima estas pajinas es solo una débil herencia. benjamín.

Santiago, junio de 1862. ADVERTENCIA. La historia de la revolución del sur en 1851 está apo yada, a nuestro parecer, en un número tal de documentos auténticos, que su sola nomenclatura bastará para dar una idea de su mérito, de su veracidad i particularmente de su comprobación, por haber sido tomados, con una feliz equivalencia, de entre los amigos i enemigos que se midie ron en aquella colosal contienda. Nos limitamos, por consiguiente, a publicar en esla Adver tencia una lista de aquellas piezas, que servirá también de referencia a las citas que deberemos hacer de esos docu mentos en la narración, o en el Apéndice de piezas justi ficativas; a saber: 1 .° Diario de campaña de dotí Antonio Garcia Reyes, secretario del jeneral en jefe del ejército del Gobierno. Este notable documento nos ha sido confiado en 1856 por don José Santiago Lemus, primer oficial de la secretaria, de cuya letra está redactado.

ADVERTENCIA. 2.° Diario de campaña de don Pedro Félix Vicuña, se cretario jeneral del ejército del sur. Sacamos una copia completa, de nuestra propia letra, en 1852, deesteesten o i minucioso trabajo, a la vista del ori jinal, añadiendo algunas notas i esplicaciones verbales que lo completaban. 3.° Diario de campaña de don Manuel Zañartu, comandante del batallón Carampangue. Hacia seis años a que solicitábamos en vano este notabilísimo documento, cuan do su autor ha tenido la bondad de enviárnoslo, copiado todo de su propia letra, mediante los buenos oficios de nuestro amigo don Pedro Ruiz Aldea. 4.° Diario de campaña de don José Maria Silva Chaves, comandante del 2.° batallón del Rejimiento Buin, en la campaña del sur. Este intelijente oficial ha tenido la pa ciencia de remitirnos últimamente de los Andes tan grande acopio de estrados cronológicos de su diario, apuntes i todo jénero de documentos, que mui pronto esperamos formar un mediano volumen de su interesante correspondencia. 5."

Capitulo I. La Candidatura Del Jeneral Cruz

La Provincia de Concepción en 1851. — El jeneral Cruz. — Juicio de si propio, hecho por este caudillo. — Ajitacion local en favor de su candidatura. — El «Correo del Sur». — Acta de proclamación de la candidatura Cruz. — Vacilación i aceptación del jeneral Cruz. — Instalación de la «Sociedad patriótica de Concepción». — Sus trabajos preliminares a la elección. — Actus dolos pueblos de la provincia.— La «Union». — Actas de adhesión en otras provincias. — Carácter personal i localde la candidatura Cruz. — Sorpresa con que es recibida en la capital. — Juicio de la prensa del gobierno. — Alarma e intrigas del círculo Monttisla. — Llegan a Chillan cartas del Presidente Bulnes i del Ministro Varas, contrariando la candidatura Cruz, i efecto que producen. — Principales pasajes de estos documentos.— Carta que don Pedro Félix Vicuña escribe al jeneral Cruz sobre la situación de la República. — Una opinión de Bulnes sobre el jeneral Cruz en 1840. — Carta de don José Ignacio Palma al comandante Zañartu.— Actitud que asume el partido liberal en Santiago. — — Renuncia su candidatura don Ramón Errázuriz i es proclamadoel Jeneral Cruz. — Falacia de esta adhesionántes del «veinte de abril». — Antipatía conservadora del jeneral Cruz. — Carta de don Bernardino Pradel a don Joaquín Tocornal, trazándola política conservadora que se proponía el jeneral Cruz.— Carta del jeneral al deán Vera, en el mismo sentido.— Misión cerca del jeneral Cruz del ex-ministro Vial.— Situación de los par tidos, la víspera del 20 de abril.— Impresión adversa que causa en Concepción aquel levantamiento.— Notas de desaprobación que dirije al gobierno el jeneral Cruz.— Cumplimiento que da a las órdenes de éste enviando a Santiago el rejimiento de Caza dores.—Alegría de la prensa ministerial.— El jeneral Cruz reci be orden de presentarse en Santiago.— Instrucciones que deja a sus amigos.— Bando sobre las elecciones en la Provincia de Con cepción. 1.

La ínclita i vasta provincia de Concepción no presentaba en 1851 la imájen de desolación i abatimiento a que sus in fortunios militares de aquella época i posteriores exijencias de la política la han somelido, encerrándola en los páramos de su litoral. Era todavía aquella «fuerte Penco», cuyo or gullo i cuyas proezas cantaron a porfía los poetas. Vivían entre sus hijos casi intactas las tradiciones i el poderío de las tres grandes transformaciones que marcan la historia do la República, i que habian tenido su oríjon en sus confínes, la conquista, — la independencia,— la organización política. II. De sus campiñas I de sus bosques habian venido, tinta la lanza en la sangre araucana, a sentarse bajo sus doseles de oro en el holgado esplendor de Sanliago, los capitanes jenerales de la colonia El Bio-bio habia sido después la cuna de la libertad civil, i sus aguas, que apagaron la sed de tantos bravos en la hora del combate, lavaron al fin la úllima gota de sangre vertida por nuestra revolución.

Convertida mas larde (en su tercera época) la colonia en república, de aque lla tierra, rica en grandes naturalezas, nos habian venido los caudillos i los majistrados. — O'Higgins ¡ Freiré en primera línea, Prieto ¡ Bulnes mas larde, (todos jefes supremos de la nación) representaban el jenio, el orgullo i la prepotencia de esa raza que por un apodo filosófico, se ha llamado arribana, quizá por su tendencia a sobreponerse a lodo lo que la república ofrece de encumbrado. III. Como topografía, desde el Maule al Toltcn, Concepción ha bia constituido ademas la mitad de Chile, siendo, sino la por ción mas rica, la mas vasta, la mas belicosa, la mas adies trada en las revueltas. Poco a poco, la sagacidad centralista de nuestros gobiernos «santiaguinos» habia ido quitándole, empero, su grandeza, haciendo suyos a sus hombres i cer cenándole después a trozos su estenso territorio.

Las pro vincias del Maule i Nuble la despojaron do su antigua frontera selenlrional, i mas tarde, la de Arauco, le arrebató su pu jante espalda. Asemejase por esto hoi dia a esos viejos soldados que el plomo de los combates ha mutilado. Sus dos jiganlescos brazos, el Maule i el Bio-bio, no son ya suyos! IV. Fuera de sus motivos de tradición i de poderío mililar, campeaban en diversos sentidos el año memorable de 1851 otras razones do engreimiento i de enerjía moral en el pueblo pcnquislo, para hacerlo una poderosa individualidad, casi ó un árbitro supremo, en la gran cuestión que entonces se debatía. Entregada su población, casi esclusivamente agrícola, al desarrollo de sus ricas producciones, que ya en aquel la épo ca alcanzaban precios crecidos, en fuerza de los descubri mientos auríferos de California, preocupábase mas de las especulaciones de sus cereales que de las controversias par lamentarias que resonaban en la capital llevando a lo lejos solo el eco de un vano bul licio.

Una sociedad que se denomi nó de Molineros del sur habia surjido del incremento dado a los cultivos, i lo mejor de su territorio, particularmente en la zona de la cosía, se cubría de máquinas para su esplo tacion. Por otra parle, la administración local estaba confiada a la mano de un majistrado cuyo prestijio cívico era tan an tiguo como su reputación de soldado; i encontrándose rica i tranquila, cuidaba poco de los azares que corría el resto del pais entre motines de cuartel i tumultos populares. La independencia individual que la abundancia, no menos que la subdivisión de la propiedad, consentían a los pen quistos, se unia a su orgullo de raza i aun de familia para asumir aquella posición elevada i prescindente de honores i de empleos ganados en el manejo de los ardides poli lieos. Aunque poco numerosa, la aristocracia de Concepción nunca ha cambiado sus blasones por los oropeles de la capilal, i aun hoi mismo, apesar de sus infortunios de diez años, sus hijos se mantienen en su «nunca domada fiereza».

Un santia guino es un provinciano en Concepción, como lo es el hijo de Valdivia i do Chiloé. La cercanía del puerto i su comer cio directo con la Europa vigoriza, ademas, aquella enerjía civil por el contacto de las luces i de esa despreocupación so:ial que siempre acarrea el comercio con los estranjeros. Los apellidos de Castellón, Pradel, Smilh, Sanders, Bogers.que figuran en primera línea enlre los patricios de esle pueblo, singular bajo tantos aspectos, esplican mui claramente aquella influencia venida de lejos. La provincia de Concepción se mantenía pues en una ac titud fría i casi desdeñosa en presencia de los acontecimientos, que traían en ciernes el magnifico cuanto desastroso desenlace de 1851. V. Pero aquella misma superioridad que nuestra émula del sur se atribuía a si propia, debia pronto llamarla sobre la are na, armar su brazo i lanzarla a la acción.

Si no había una causa política que asi lo demandara, existía un gran presli jio personal, un gran nombre público que le serviría de bandera i de palanca de ajilacion. Esle nombre era el del jeneral de división don José Maria de la Cruz, intendente de la provincia i jeneral en jefe del ejércilo del sud en aquella época. VI. El jeneral Cruz hubia sido soldado desde niño, i desde niño habia tenido la fama de los héroes. Cadete de la Patria vieja, habia hecho su primer ensayo disparando los cañones del silio de Chillan, de heroica memoria, bajo las órdenes de Carrera, i poco mas larde, caido aquel, peleando al lado de su emulo, el insigne U'IIiggins. Cúpole en el Roble vendar con su pañuelo la herida que recibiera en lo mas crudo del fuego aquel caudillo ; i vuelto del destierro, tocóle otra vez llevar la heroica palabra de aquel a las filas que rompieron el fuego en la cima de Chacabuco, pues él era entonces primer ayudante de campo del jeneral de vanguardia, Siguiéronse en breve los combates de la Patria nueva i en todos ellos ilustró su nombre, haciéndose conspicuo en Tal cahuano con una hazaña inmortal, pues escaló la muralla en el asalto, suspendido en hombros de un soldado que pronto nos hará recordar su oscuro nombre, (Matías Ravanales).

I sien Maipo no señaló su foja de servicios con hechos mas precla ros, fué solo porque cedió toda su gloria, como una heroica primojenilura, a aquel sublime mancebo hermano suyo (1j, quo, a la cabeza de la columna de Coquimbo, se lanzó por el callejón de Espejo a dar alcance a la victoria i a la muerle! Tal fué su carrera de subalterno. Como jefe, cúpole menos fortuna. Envolvióse su caballeria en el funesto combale del Pangal, i le prendió después uno do sus propios inferiores, cuando se inauguraba la guerra civil que sofocó en jérmen la magnanimi dad de O'Higgins, su caudillo i su amigo en 1823. Retirado desde esa época a su provincia nativa, dejó su hogar solo cuando la reacción del bando en que habia ser vido tomó el campo, a la vuelta do siete años. El coro nel Cruz hízose entonces jefe de la revolución reaccionaria de 1829 en el sud de la República, como sus parientes Prieto i Bulnes lo eran en la capital; i con tal pujanza acometió la empresa quo él mismo vino a Chillan, a fin de poner término a las vacilaciones del jeneral Prieto, antes del levantamiento, i sos- (t) El coronel don José Antonio Cruz, sarjento mayor del núm. 1 de Coquimbo en Maipo, donde recibid dos balazos, de cuvas consecuencias murió en 1830. luvo en seguida un vigoroso sitio en aquella ciudad, después de haber fugado de una prisión con el difraz de mujer.

La victoria le trajo por la segunda vez a la eminencia del poder i abrió una nueva faz de su existencia de hombre pú blico. El 25 de setiembre de 1830, fué llamado a desempeñar la cartera de ia guerra. Tenia entonces el jeneral Cruz poco mas de treinta años de edad i aunque en tan encumbrado puesto, dio en breve mues tras de sus severas dotes de alto funcionario.

Probo, leal, desinteresado, ardiente en sus resoluciones i obstinado para sostenerlas (I), ajeno a lodo círculo i desconfiado masporsis- (1) He aquí el juicio que de si propio hace el jeneral Cruz en una carta que tuvo la bondad de dirijirnos desde su hacienda de Queime, con fecha de marzo G de 1861 , a propósito de una publi cación política que habíamos hecho en Lima el año anterior i que contenia estas palabras, relativas a su candidatura parala presidencia en 18G1 que insinuábamos al pais desde el destierro. «Cruz es la encarnación del patriotismo ; gloriosos servicios a la patria desde la mas temprana edad ; una lealtad caballeresca en sus empeños públicos, la rectitud mas sana que solo el capricho lia entorpecido alguna vez sin deslustrar, i por último, la con vicción del progreso, a que solo la tenacidad del carácter privado pudiera hacer violencia, si no diera pruebas de su, abnegación como hombre, en la hora triste, pero inevitable, de Purapel.» «Nada de estraño es queU., como muchos, (decia el jeneral refiriéndose a este párrafo, arranque de republicana franqueza) me haya supuesto con esas cualidades jemales de caprichudo i tenaz, porque esas han sido las dos cartas puestas enjuego por mis ene migos, ornas bien dicho, por la envidia, desde que algunos in cidentes dieron lugar a que se comenzara a Gjarsc en mí; pues como habian ídolos a quienes se creía que esto perjudicaba i se deseaba exaltarlos, se ocurrió al juego con esas cartas que eran tan propias para hacerlas comodín.

La crítica que Ja maledicen cia promueve en su salón, siempre es desparramada, porque la envidia se hace cargo de vulgarizarla, segura de que no será mo lestada con exijencias de esplicación, como que son muchos los hombres quese deleitan en la depresión de los otros, i mui raros tema que por carácter, hízose luego en el gabinete, no el ad versario, porque tal no cabía, sino el contrapeso de Portales, i de tal manera, que mui pronto dejó el puesto, mas no su honra, en manos del arrojante dictador de la Reacción. Ofendido con su pariente el jeneral Prieto, porque habien do sido el caudillo militar de la revolución , habia aceplado el mando supremo de ¡a República, que parecía caberle asi por derecho de conquista, i decidido, por otra parte, a no hacerse cómplice de la política viólenla de Portales, el joven ministro se retiró al sud, en cuyos campos vivió aislado, casi cscénlrico, i dando siempre prueb as de un desprendi miento anliguo de todo lo que era pompa i lucro de poder.

El clarín de las armas le sacó de su retiro al cabo de los los que prestan la atención bastante en el examen de los hechos que se propalan, i asi es que ellos corren sin contradicción. Con conocimiento deaquel juicio tan jeneralizadn, muchas veces he pasado revista sobre todas mis acciones públicas i privadas para descubrir cual de mis actos habría dado márjen al acarreo de esa sindicación, i puedo asegurar (quien sabe si ofuscado de un amor propio exesivo) que no he encontrado uno que le mereciera, si no es que se estime por capricho i terquedad el haber sacrificado muchas veces mis intereses, antes de pasar por actos que creía podían poner en problema mi integridad, o que estimaba como indebidos e injustos. Sí esto me ha acarreado aquel concepto, recibo el epíteto como una honra. Esa sindicación ha tenido oríjen de los que, acostumbrados a considerar a los subalternos com° máquinas, que solo deben moverse a su capricho, no han podido sobrellevar el que uno se les atreviese a observarles, o resistirle s, llamando en su ausilio la atención de que le era de obligación cumplir con los deberes de su empleo.

Celebraría que alguno de los muchos que deben haberle impuesto de ese jenio, queme suponen característico, le hubiese dado alguna razón del acto o hecho de que partía su creencia, i que U. tuviese la bondad de trasmitírmelo, porque estoi seguro que la satisfacción saldría de la esplicación de algunos de esos incidentes de negativa o resistencia a que be aludido» años, ¡ sabida es su noble conduela de soldado i de chileno en la ardua campaña del Perú, en la que él mandó en segun do el ejército chileno. De regreso a su patria, su ilustre compañero de armas el jeneral Bulnes, le honró con varios puestos durante su de cenio, confiriéndole principalmente el desempeño de la intendencia do Concepción, puesto que era mas adecuado a su índole laboriosa, modesta i concentrada. VIL Al comenzar la era do la revolución a que el jeneral Cruz dio su nombre, contaba pues cuarenta años do servicios constantes a su patria, en su doble carrera civil i militar.

Su prestijio nacional era, en consecuencia, lan antiguo como brillante. Respetábanlo sus conciudadanos por la memoria de sus hazañas, por los sacrificios evidentes de su patriotismo, i mas que todo, por la convicción do su allae incontrastable probidad. Mas de cerca, amábanle sus gobernados porque tenia todas las prendas de un caballero, unidas a un aclivo celo por el bien público, i a una laboriosidad estraordinaria de detalles en la administración. No fué pues en manera al guna digno do estrañeza que en aquella borrascosa crisis, cuyas peripecias vamos a narrar, el pais entero hubiera vuelto los ojos hacia él, como guiado por un instinto salvador, cuando en el desquiciamiento de lodos los derechos de la soberanía, su espada de jeneral en jefe del ejércilo del sud brillaba en alto, aunque lejana, como una enseña de reparación i de justicia.

Aquella esclarecida reputación, el poder de las armas en las fronteras, i el carácter peculiar del pueblo penquislo, combinándose por lasóla presión de los acontecimientos, iban, por consiguiente, a producir la revolución del sur, de 1851, movimiento esencialmente provincial en sus tendencias, em papado del espíritu de localidad en su acción i que tenia en su primera iniciativa solo el influjo de un nombre por toda mira social. Desemejáronse en esto, por completo, los dos grandes mo vimientos revolucionarios que prendieron entonces en las estreraidades de la República. El de Coquimbo fué una irra diación jenerosa i ardiente del principio que habia encendido la capital, creando en su seno aquel volcan cuyo estallido cubrió ol pais de duelo en la madrugada del 20 de abril ; i por eso, porque aquella era una alianza desinteresada, traída en brazos de un emisario que habia partido incógnito de la capital, i porque aquel movimiento operó, de esta suerle, una completa unificación de la idea comu n que trabajaba al partido popular, se esplica el que esa idea, vencida en un campo de batalla, fuese a revivir en un heroico asedio.

Por eso también la revolución del sud, hija de un nombre mas que de un prinoipio, sucumbió a su vez después de una victoria. En medio de la apatía política en que se mecía la provincia de Concepción en los primeros dias de 1851, un ojo investigador habría echado pronto de ver que exislian, mui cerca los unos de los otros, los elementos de una gran aji tacion política, un pueblo (no una provincia), un ejército, un caudillo. Faltaba solo la razón de ser a aquella organización, i como fuera suficiente el mas leve motivo para provocarla, no tardaría aquella en ser llamada a la acción. Encontrábanse en los primeros dias de febrero, en la pintoresca ensenada de Penco viejo, gozando del beneficio quo los aires de la costa i los baños de mar ofrecen en el ardor del estío, algunas familias de Concepción, i en medio déoslas, unos pocos jóvenes de cierta importancia provincial.

Notá banse entre los últimos el redaclor del periódico oficial de Concepción (1), don Adolfo Larenas, el capitán del bata llón Carampangue don Juan Antonio Vargas Pinochet, los jóvenes comerciantes don Francisco Smith i don Uermene jildo Masenlli, socio de aquel, i algunos oíros de menos valia. Hacíanse en las íntimas i frecuentes reuniones que per mite el solaz del campo, comentarios mas o menos graves sobre los sucesos que se desenvolvían en la capital de una manera tan rápida como alarmante, figurando siempre, entre los palos de la Sociedad de la Igualdad i el motín de San Felipe, la siniestra candidatura de don Manuel Montt. En una de estas ocasiones, ocurrióse a algunos de aquellos jóvenes, indiferentes pero bien intencionados, lanzar como un punto cualquiera de discusión la idea de levantar en frenle de la candidatura oficial, decretada en Sanliago, i co- (1) El Correo del sud.

Tan fríamente se tomaba la política en Concepción en aquella época que este periódico se ocupaba solo de cuestiones anexas a la localidad. Asi, el editorial, correspondiente a su número del 4 de enero de 1851, trataba sobre pesos i medidas; el del 11 de enero, de colejios; el del 2o, del cólera morbus; el del 1.° de febrero, de puertos de la provincia, i por último, el del 8 de febrero (dos dias antes de la promulgación de la candidatura Cruz) del comercio de Concepción con el Perú. municada a las provincias como un reto, otra candidatura popular, pero armada también i revestida con el prestijio de la autoridad. Aquel pensamiento prendió de súbito en el ánimo de los circunslantes, i al fin de una animada conversa ción, reinó la mas perfecta uniformidad sobre aquel plan, tan fácil en su iniciativa, como atrevido en sus consecuencias.

En la juventud de los hombres, la acción larda poco en seguir al pensamiento. Pocas horas después de aquel múl tiple diálogo de los baños de Penco, lodos los que en él habian tomado parle, recorrían las calles de Concepción, acompa ñados de sus amigos, invitando al vecindario para una gran reunión política que debia tener lugar el 10 de febrero. Acordóse entre los promotores de aquella convocación al pueblo, no solicitar la autorización previa del jeneral inten dente a quien iban a proclamar, porque temían, no sin razón, que la susceptibilidad caballeresca de aquel majistrado fuera un prematuro obstáculo a sus intentos i los desbara tara antes de nacer. IX.

Como de sorpresa, reunióse, pues, el pueblo en la noche del 10 de febrero, en número de mas de cíen ciudadanos, i después de las manifestaciones acostumbradas en tales oca siones, se levantó una acia de proclamación del jeneral Cruz, como candidato para la presidencia de la República, cuyo tenor es como sigue: «En la ciudad de Concepción, a diez dias del mes de febre ro de mil ochocientos cincuenta i uno, reunidos los ciudada nos que suscriben, con el fin de convenir en la designación de un candidato para la presidencia de la República, i te niendo presente: «1.° Que la proximidad del período constitucional en que debe hacerse la elección indirecta de presidente, exije im periosamente que lodos los ciudadanos interesados en el bien del pais cooperen al mejor resultado posible, por medio de una elección digna do la nación. «2.° Que la provincia de Concepción, escenta hasla hoi de todo movimiento político e indiferente a la voz de los partidos, no debe, empero, conservar una actitud silenciosa i desentendida de los resultados funestos que pudiera aca rrear a la nación una indiscreta elección del hombre a quien deben confiarse la salud i prosperidad públicas. «3.° Que no estando uniformada la opinión jeneral de los pueblos respecto a la candidatura para la próxima presiden cia de la República, usan los habitantes de la provincia de Concepción del libre derecho de emitir su pensamiento a esle respecto, i presentar un candidato de su elección a lodos sus conciudadanos. «4.° Que la persona mas a propósito para ejercer la primera majistralura, debe reunir no solo todo el prestijio ne cesario, sino también las cualidades morales que aseguren al pais la estabilidad del orden público, el mejoramiento do las instituciones, i todas las reformas que necesite el réji men administrativo de la República.

«5.° Finalmente queimporta mucho para la tranquilidad pública, al tratarse de hacer uso de los derechos i prero galivas concedidas por la constitución al pueblo chileno, fijarse en el candidato que reúna las mayores simpatías en todas las provincias del Estado. «Después de haberse oido la opinión de todos los ciudadanos présenles, unánimemente fué designado como el candidato mas digno de ocupar el alto puesto de presidente de la República, como el que ofrece mas garantías al pais, i en alencion a sus méritos, patriotismo, integridad i prestijio , el jeneral de división don José Maria de la Cruz, cuya candidatura suscribieron i prometieron sostener los señores siguientes : El señor Dean don Mateo de Alcázar, el señor arcedeano don Pedro Pascual Rodríguez, el señor canónigo don Fran cisco de Paula Luco, el señor canónigo don José Tomas Jarpa, José Maria Fernandez Rio, Nicolás Tirapegui, Rafael A. Masenlli, Vicente Peña, Gaspar Fernandez, Francisco Masenlli, Francisco Pradel, Tomas K. Sanders, Antonio Sie rra, José Maria del Rio, Pascual Binimelis, Manuel Rioseco Rivera, Ucrmenejildo Masenlli, Ramón Zañartu, Juan Manuel Golbek, Francisco Cruzat, Francisco Smith, Julián Lavandero, Antonio González, José Maria Serrano, Anjel Fonseca, Ramón Fuentes, Camilo Menchaca, Víctor Lamas, Fernando Ba quedano, Tomas Rioseco, Adolfo Larenas, Jorje Rojas, Igna cio Cruz, Ricardo Claro, Manuel Prieto, Pedro 2."

Martínez, Tomas 2.° Smith, Juan J. Reyes, José Antonio Sanhueza, Pedro Maria de Acuña, Bernardo Bioseco, Agustín Martínez, E. Lavandero, Domingo Martínez, Ildefonso Luna, Bartolomé del Pozo, Matías Bioseco, Nicolás del Pozo, Justo Guzman, Eulojio Masenlli, José Maria Villagran, Buperto Martínez, Manuel Santamaría, Desiderio Sanhueza, Agustín Pradel, Pablo nerrera, Francisco del Campo, Domingo Rioseco, Leo nardo G. Fernandez, José Maria Bodriguez, Francisco Rive ros, José Luis Sambrano, José María Muñoz, José Matías Flores, Apolinario Mallorga, José A. Vargas, José María Me rino, Santiago Ferrer, José María Palacios, José Verdugo, José Agustín Burboa, Juan de Dios Merino, A. Jones, Neme cio Martínez, Juan Antonio Vargas, Clemente Herrera, Julio Martínez Rioseco, R. Mora, Maxiraiano del Pozo, Guillermo Gutiérrez, José María Castro i Cortez, P. L. Verdugo, José E. Aguayo, Juan Muñoz, Julián Campar, Zenon Martínez Rioseco, Francisco García, M. Pereira, Jorje José lluiz, Ma nuel J. Lara, Juan Anjel Aguayo, José Rodríguez, José Prie to, Ramón Osorio, Fermín Espinosa, Agustín Vergara, José María Jofré, José Antonio Jara, Domingo Tenorio, Juan de la Cruz Merino, Agustín Bastidas, José Luis Chaves, Juan de la Cruz Ferrer, C. Federico Benavente (1).

X. Aquella reunión casi espontánea de 104 ciudadanos, entro jos que se contaban todos los próceres do la jerarquía pro vincial, instalóse, medíante aquel acto, en club político con el Ululo de Sociedad patriótica de Concepción, i desdo luego puso mano a sus trabajos, dírijídos a uniformar la opinión en la provincia, i gradualmente en toda la República, en favor de la candidatura que acababa de promulgarse. La formación de sociedades análogas seria el principal resorte quo impulsaría a aquellos fines ; i desde ese momento, la provincia de Concepción, que como lo declaraba en su pro pia acta, so habia mantenido «escenta de lodo movimiento político e indiferente a la voz délos partidos», dio la voz de alarma, alia i sonora, a toda la nación. (I) Esta aeta recibió muchos centenares de firmas en pucos dias i particularmente en una reunión popular que tuvo lugar una semana después en la barranca llamada de Villagran.

El primer paso que debia encaminar los propósitos de la Sociedad patriótica, era la aceptación que de los principios de su acia incumbía hacer al jeneral Cruz. Nombróse, en consecuencia, una comisión que pusiera aquella en su cono cimiento, i que una vez alcanzada la suficiente aceplacion, iniciara los trabajos populares que debían segundar sus mi ras. Componíase esla comisión de los ciudadanos don Fran cisco de Paula Luco (joven canónigo, mui popular en Concep ción) Nicolás Tirapegui, Francisco Masenlli, Camilo Menchaca, Vicente Peña, Francisco Smilh, Tomas Rioseco, Yiclor Lamas, Tomas Sanders i Adolfo Larenas. Desempeñaba el último el importante puesto de secretario de la Sociedad patriótica; i en calidad de tal, resolvióse a anticipar privadamente los oficios de la comisión directiva, poniendo en conocimiento del jeneral Cruz, en la mañana del siguiente día (11 de febrero), el objelo de la visita que esta debería hacerle pocos instantes mas tarde.

Solemne era el momento i grave el conflicto en que se veía puesto el viejo soldado al recibir en su silla de inten dente, aquel anuncio. Repugnaba a su hidalguía el que el pueblo que estaba encargado de dirijir a nombre i por dele gación del gobierno de la capilal, le proclamase como can didalo, echando así una sombra sobre su intachable conducta de funcionario, ajeno siempre a toda cabala de partidos. Mucho mas delicada le parecía su posición cuando recordaba que aquel paso se daba en beneficio directo de su persona. Por olía parle, aquel hombre reservado no lenia apego al guno al mando supremo, ni ardía ya en su pecho otra arabicion quo la de conservar ileso un nombre que habia llevado con lanía gloria en las armas i en los altos puestos de su patria. Su deseo mas sincero i mas entrañable era pues el huir aquella honra que tanto se teme i tanto a la par fas cina; pero sobre sus escrúpulos de dignidad i sobre sus as piraciones intimas, pudo mas la voz de un pueblo que le aclamaba su caudillo i le ofrecía su corazón, con la misma espontánea jenerosidad con que mas tarde le ofreceria su brazo.

The opening of the book is shown; the full text loads in the reader.

Loading the full text…