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HISTORIA CRÍTICA Y SOCIAL DE LA CITJDAID DE SANTIAGO. \MP. >. RAC.ON. EL EX"" SEÑOR DON AMBROSIO O'HIGGINS DE VALLENAR, TENIENTE GENERAL DE LOs REALEi EJERClTOá, GOBERNADOR Y CAI'ITAS GENERAL DEL REINO DI. CHILE. PRESIDENTE DE LA REAL AUDIENCIA DE SANTIAGO Y VIREY DEL PERÚ. HISTORIA CRITICA Y SOCIAL DE LA CIUDAD DE SANTIAGO DESDE Sü FUNDACIÓN HASTA NUESTROS DIAS, ( 1541-1868.) POB B. VICUÑA MACKENNA. VALPARAÍSO: IMPRENTA DEL MERCURIO «le Kvoaredo S. Tornero. 1869. A LAS SEÑORAS DOÑA CARMEN MACKENNA DE VICUÑA Y DOÑA MAGDALENA VICUÑA DE SUBERCASEAUX, dos seres queridos que el amor reúne en un solo nombre, y para quienes el culto de mi alma es una ofrenda infinita de admiración y de ternura por todo lo que hai de puro, de no ble, de sublime en el alma de la mujer y de la madre, consagra estas pajinas, que, bajo las formas efímeras del lenguaje, guardan austeras enseñanzas, su hijo Benjamín.
Santiago, diciembre 31 de 1868. PREFACIO. PROPÓSITOS. - PLAN, - FUENTES. Es opinión de «Igunos que el mejor prólogo de las obras mo dernas dadat al público, es no poner ninguno, porque indisputa blemente más aprovecha al escritor lo que calla sobre el monto de trabajo i les nobles motivos de crítica o los propósitos de enseñanza, no menos que de solaz i amenidad que hayan prece dido a su labor, que cuanto pudiera decir por lisonjear a sus lectores o a sí mismo con su enumeración prolija: consejo de oro, particularmente en esta tierra en que es fama la han ganado tantos con solo vivir i morir callados! Con todo, se nos perdonará digamos unas cuantas palabras en beneficio de los que este libro lean, esplicándoles las tres cosas mas sustanciales que sus pajinas significan o contienen, a saber: 1.°, su propósito; 2.°, su forma filosófica i literaria; i 3.', las fuentes de que ha sido derivado.
Sobre lo primero tenemos mui poco que decir, porque las varias cuanto sanas intenciones que este libro encierra, irán apareciendo a la mente de cada uno a medida que avance en su lectura, i su desapasionado concepto, no el nuestro, será el que venga a calificar el espíritu de esta empresa, cuyo argumento, como el de toda historia loca1, es sumamente delicado. Oportunamente el frió observador de nuestro modo de ser político i social, o puramente doméstico, como pueblo, como comunidad, como familia, decidirá, por consiguiente, si el retrato de nuestro actual Santiago es una copia fiel de su orijinal, i si han sido agrupados con desgreño o fortúnalos singulares matices de raía i costumbres, vicios i grandezas, virtudes i preocupaciones que en el trascurso de los siglos han venido acumulándose en el vasto lienzo de nuestra prr senté sociabili dad.
Capitulo I
, £11 campamento de San Cristóval. Oríjen del nombre de Santiago. — El campamento de San Cristóval. — Probable derivación de este nombre. — Itinerario de Valdivia hasta el valle del Mapocho. — "El camino del Inca." — Razones que motivaron la elección del valle del Mapocho para fundar a Santiago. — Población indíjena dei valle. — Influencia del dominio de los Incas. — Vestijios del quichua ¡ del araucano en nuestra lengua. — Notable agricultura de los aboiíjenes en el valle del Mapocho. — Frutos naturales, cosechas i pr-'paraciones culinarias. — Ventajas militares que ofrecía la planta de la ciudad. — La Chimba. — ¿Por qué a Santiago se le ha llamado Chile? — Parlamento de caciques. — Aplazamiento característico de la rebelión hasta después de las cosechas. — Fundación de Santiago. Al declinar la tarde del dia 19 de enero de 1540 una cuadrilla de ciento i cincuenta lucidos caballeros penetraba en la catedral del Cuzco en actitud reverente i a la vez altiva.
Iban desnudos de sus cascos i celadas, pero llevaban en alto las espadas i se guían con la vista el pendón de Castilla que por delante de la columna, desplegado al viento, llevaba un capitán de guerra. Introducidos los conquistadores en el templo, un soldado de rostro varonil i de arrogante porte se adelantó hacia el sitial en que el obispo de aquella iglesia, i el primero que lo fuera de la América del Sur, frai Vicente Valverde, presidia la ceremonia relijiosa, i en sus manos, en presencia del estandarte real, depuso la promesa solemne, por sí i sus compañeros, de que en la conquista que iban a emprender desde la madrugada siguien te, su primer cuidado sería fundar una ciudad bajo la invoca ción del apóstol de los caballeros españoles, i edificar en el lugar mas privilegiado de su recinto una iglesia consagrada a la asun ción de la Virjen María.
El capitán que hacia aquel voto llamábase Pedro de Valdivia. Al siguiente dia, 20 de enero de 1540, los ciento cincuenta conquistadores emprendían su marcha con rumbo al Sud. Once meses después los peregrinos del Cuzco se detenían a orillas de un rio de corto caudal i de aguas cristalinas, que co rría al pié de un cerro que entonces no tenia nombre ni lo tuvo por muchos años, pero que hoi es conocido por el de San Cris tóval. (1) A la márjen meridional de ese rio resolvió el caudillo de los aventureros echar la planta de la ciudr.d que habia ofrecido al apóstol-soldado, así como erijir en su circuito la iglesia prome tida a Maria. Ese fué el oríjen del nombre de la capital de Chile, llamada desde su fundación Santiago del Nuevo Estremo, porque Pedro de Valdivia, como muchos de sus compañeros de conquista, era estremeüo.
Ese fué también el oríjen de nuestra Catedral, consagrada todavia hoi mismo a la asunción de Maria, por cuya causa se ha tallado el año último su colosal esfijie en lo mas prominente de su altar mayor. Las razones que aconsejaban al sagaz i esperimentado capitán estremeño la elección de aquel sitio para edificar la capital de un reino, honran en alto grado su previsión i su criterio. La hueste invasora había venido, en efecto, hasta aquel paraje, i una vez que hubo mentado por su espalda setentrional los Andes chilenos, recorriendo un pais agrio, quebrado, estéril, 6in terrenos aprovechables para el cultivo ni para la alimenta ción de un vecindario considerable. De Copiapó habia pasado al Huasco, en seguida a Coquimbo, i uno en pos de otro, en se guida, los cinco valles que corren en nuestro territorio norte desde Aconcagua al último nombrado; i en ninguno de ellos ¿e (1) En todos los documentos del siglo XVI en que hemos visto mencionado el cerro de San Cristóval se habla de él solo como de "el cerro grande que está a la otra banda del rio" u otra designación semejante.
Hubo después muchos capitanes del nombre de Cristóval, tan común entonces e orno el de Alonso, pero nos parece que el verdadero oríjen de la denominación del nuestro es la leyenda católica que atribuye a San Cristóval la virtud que los paganos asig naban al jigante Atlas, representándolo jeneralmente llevando en sus espaldas «1 peso del mundo que soporta el niño Jesús (a quien el santo lleva a cuestas) en una mano. De aquí proviene que los españoles llamasen con frecuencia algunas de sua montañas con el nombre de San Cristóval. Asi, por ejemplo, llámase un cerro que domina a Badajoz i también el pico mas alto de las montañas de Ronda, que sirve de punto de mira a los navegantes del estrecho de Jibraltar. En Chile un cerro alto que domina la villa de Yumbel llámase también San Crislival. habia echado de ver el aprovechamiento que necesitaba el por venir de una gran ciudad.
Por consiguiente, Pedro de Valdivia, siguiendo siempre el derrotero de su predecesor Diego de Almagro, habia torcido la brida de su comitiva en la subida del valle de Cancanicagua, por la parte de él que hoi se llama Quillota; i atravesando el drstrito aurífero de Marga-Marga, en el que su antecesor habia hecho lavar con ingrata suerte algunas bateas de mineral de oro, des cendió sobre Melipilla por la cuesta llamada al presente de Iba cache, pasando antes por el asiento que ocupa Casablanca i después por Talagante i los Cerrillos hasta llegar a la falda del San Cristóval. (1) Era, pues, la vasta planicie del Maipo i las márjenes del valle del Mapocho no comprimidas, cual los del norte, por enormes montañas, el sitio que la naturaleza ofrecía de preferencia para el asiento i regalo de los nuevos pobladores.
Como razón topográfica, la elección del adelantado español no tenia reproche; pero es preciso añadir que en esto obedecia también a las sabias providencias que sobre la erección de poblaciones en América habia dictado Carlos V muchos años ha cia. (2) En otro sentido, lo que los castellanos buscaban casi esclusivamente en el Nuevo Mundo, eran estas dos cosas supremas: — oro i jentiles a quienes convertir a las creencias de Cristo; i como no les era dable alcanzar lo uno i lo otro, sino donde existiesen masas considerables i sumisas de indijenas, allí donde las en contraban, ponían sus reales i su altar. Ahora bien; ese agrupamiento indispensable existia entonces en Chile solo en el valle del Mapocho, que en lengua índica quería decir pais (mapu) de la jente (che). Al norte de este rio y su comarca, refiere el mismo Valdivia en su primera carta a Carlos V, que en siete valles no habia en contrado mas de tres mil aboríjenes, i éstos esparcidos, aislados, (1) El camino de Almagro y de Valdivia no pudo ser sino el del Inca, del que existen todavia visibles huellas en muchas partes de nuestro territorio setentrional i especialmente en la provincia de Copiapó, como lo demostraremos prolijamente en otra obra que tenemos preparada sobre Diego de Almagro.
El único autor que habla del itinerario de éste (Oviedo), cita después de Coquimbo el val e de Lúa, que no puede ser sino el de la Ligua. Gay menciona, al hablar de la marcha de Valdivia, el de Longotoma, que corre cuatro leguas al norte del de la Ligua, i describe después su ruta al sur por Tapihue i Talagante, a cuyo último punto descendió, segun él, por la montaña llamada hoi de Zapata. Parece, empero, mas natural que hubiera sido por Ibacache, como sucede Ikú bien que esa cadena es la misma que mas al oriente se llama de Zapata. (2) Ordenanzas de 1523. viviendo cada parcialidad casi ajena a la existencia de su vecina. En el valle del Mapuche, al contrario, los primeros historiadores, con su acostumbrada exajeracion, afirman que los pobla dores llegaban a ochenta mil. Una sana crítica aconseja, sin embargo, reducir esta cifra in verosímil a una espresion racional, i como tal el número de ocho mrl no nos parece ni corto ni escesivo para empadronar los aboríjenes de nuestro valle (lj.
(1) Jerónimo de Quiroga i Marino de Lovera se fijan en esta cifra; pero es preciso advertir que el último descubre su exajeracion de una manera asom brosa. Hablando, por ejemplo, de la indiada que derrotó a Valdivia en el llano deTucapel, dice que se componía de ciento cincuenta mil combatientes (páj. 115) i la que batió a Villagran en seguida en la cuesta de Marihueno perdió en muertos cien mil, pereciendo solo noventa i seis españoles. El mismo autor, que fué correjidor de Valdivia, asegura que en este distrito, i diez leguas a su cir cunferencia, habia quinientos mil indios, i el jesuita Escobar, que amplió su obra hasta 1595, asegura que en medio siglo de guerra iban ya muertos dos millones de ellos. El padre Ovalle acepta también el número de 80,000 pobladores indíjenas. "Al pié de este cerro, dice, (páj. 152) hallaron los castellanos poblado gran suma de indios que segun refieren algunos de los autores, llegaban a ochenta mil, ¡pareciendo al gobernador Pedro de Valdivia que supuesto que los naturales de la tierra habían poblado en este lugar, seria ;¡n duda el mejor de todo el valle."
Pero basta fijarse en las circunstancias de topografía que hemos señalado, la pobreza de los cultivos, la escasez de agua para los regadíos, el sistema aislado de valle a valle que existia forzosamente en la época indíjena, por la carencia de animales de transporte, para imajinarse que el solo valle del Mapocho, si. tuado entonces entre las planicies áridas de Colina i de Maipo, aun tomando en cuenta la frugalidad habitual del indíjena americano, pudiese alimentar mas de diez mil individuos. Pero hai, ademas de estas razones de inducción, datos evidentes que disminu yen esta misma última cifra de un modo considerable. Carvallo, por ejemplo, dice que él vio una información hecha en 1563 (28 años después de la fundación de Santiago) por un vecino llamado Eufio Hernández; i de ella resulta que el número de indios que existia entre el vallecito de Colina i los cerrillos de Apo chame (hoi cerrillos de Espejo) no pasaba de diez mil.
Olivares dice que los mapuches eran solo ocho mil, pero sospechamos que es error de copia, porque en otra parte asegura que Valdivia dio a Francisco Villagran un repartimiento de treinta mil indios en Maquehua (donde jamas habrá habido dos mil) i otro de doce mil a Pedro Olmos de Aguilera en la Imperial (Olivares, páj. 129 ) Pero ademas del dato auténtico de Carvallo, resulta que e'l mismo Valdivia en su tercera carta a Carlos V en 1546, (cinco años después de la fundación) asegura que era tan escaso el número de los indios, qne habiéndolos repartido en encomiendas a sesenta vecinos, se habia visto obligado a reducir los últimos a treinta, a fin de que sus dueños sacaran algún provecho. Carvallo añade que los indí*enas que ayudaron a edificar a Santiago bajo su primera planta, con tando con los yanacona, peruanos que trajo Valdivia, llegó a seis mil.
Góngora Marmolejo, que tiene la autoridad de un contemporáneo i era testigo de vista, afirma por su parte que en el primer encuentro que sostuvieron los españoles Una alta inspiración de política aconsejaba ademas al con quistador estremeño echar los cimientos de la cabecera del futuro reino en aquella localidad. El Mapocho era a la verdad la frontera meridional del vasto imperio incarial que Yupangui i sus sucesores habían ganado por el mediodía durante un siglo de lentas subyugaciones, segun era su política, i cuya gran nacionalidad acababa de derribar en su propio centro Francisco Pizarro i Diego de Almagro. Hasta aquel rio i a lo mas hasta el Cachapoal los incas tenían por suya la tierra. Los indíjenas eran sus tributarios (mita maes) i por tanto se mantenían sumisos, laboriosos i sujetos a su autoridad.
Su lengua (el quichua) i hasta su relijion, la ins titución que mas cuesta implantar en una conquista, imperaba en gran manera en todos esos distritos (1). Almagro habia con los mapuches solo quedaron trescientos de éstos en el campo, lo que prueba que, aunque los indíjenas habían venido en masa desde el Maule al Aconcagua, no podían pasar de cuatro o cinco mil combatientes. Por último, el jesuita Esco bar, que escribió en 1595, apunta que en los términos de la jurisdicción de San tiago, que se estendia entonces del rio Choapa al Maule, no existían ni siete mil indios, bien que ya habia hecho en ellos considerables estragos la viruela i otros males anexos a la conquista. En vista de todos estos antecedentes, creemos que el valle del Mapocho no podia tener mas de diez mil pobladores por ningún concepto.
Bien notoria es, ademas, la inaudita ponderación de los primitivos historiadores para creer, como cree también Prescott, por ejemplo, que Hernán Corté peleó en Otumba contra doscientos mil guerreros mejicanos i que en el Perú alzaban tal grita las masas de indios al pasar el Inca en sus viajes, segun refiere Ondergando, que con el estruendo caían aturdidos los pájaros. El mismo Val. divia, llevado de un propósito de acreditar sus conquistas, escribía al rei en 1551 que la tierra de Chile era "toda un pueblo i una simentera i una mina de oro, i si las casas no se ponen una sobre otra, no pueden caber en ella mas da lo que tiene." Pero esta es la poesía del knguaje de los conquistadores. Ya hemos visto cuál era la realidad. (1) El padre Rosales en su famosa historia inédita de Chile (que tuvimos ocasión de examinar en Valencia en 1860 mediante la complacencia de su actual poseedor señor Salva), dice que en Colína existia un templo dedicado al Dios de los peruanos Pachacamac.
Frente a la estación de la Calera, en el ferro. carril de Santiago a Valparaíso, hai una cuesta que separa el valle de Quillota del de Ocoa i que se llama también Pachacama i en cuyas faldas existió talvez nn templo bajo el mismo nombre del que existe todavia en el valle de Lurin a cinco leguas de Lima, maravillando al viajero en sus portentosas ruinas. Por otra parte, el idioma quichua estaba ya de tal modo divulgado entre los aborí genes de Chile, que al menos hasta el valle del Mapocho, puede decirse que la lengua de la raza conquistadora era la misma de la raza conquistada. Aun hoi mismo, por la tradición que han ido perpetuando de una en una las nodrizas indíjenas de loa primeros hijos de los conquistadores, existen palabras cuya ais», cali. encontrado en su camino el tributo de los chilenos, que valia cada año mas de doscientos mil pesos, i del que apartó como muestras dos pellas de oro que pesaba la una 11 libras y la otra 16.
El mismo Valdivia halló en Talagante una co'onia de mila maes que esplotaban aquel valle bajo la disciplina inmediata de los delegados del Inca. El jefe político de las reducciones del Mapocho, no era tampoco, como en breve veremos, un cacrque indíjena, sino un noble del Cuzco llamado Vitacura (1). lejítima etimolojia estaba ya borrada en tiempo de la conquista, pues lo mismo se decia huaina (joven), chasque (espreso), tambo (posada), en el Cuzco que en Santiago. I aquí es digno de observarse que esta mezcla de palabras invadió de tal modo la propia lengua de los conquistadores por la asimilación de las razas, que aun conservamos, sin fijarnos, infinidad de voces quichuas o chilenas, que se aplican precisamente a personas, cosas i condiciones en un sentido familiar i frecuente. Asi, por ejemplo, tenemos respecto de las personas huaina por mancebo; huacho por bastardo, che por jente, i entre otras la3 palabras chape i chascas (ambas quichuas i araucanas a la vez), aplicadas a I03 cabellos.
Para designar ciertas enfermedades quedan también algunas palabras como chavalongo, chavaí dolor; lonco cabeza; arestín por sarna, pahua por hinchazón, i do aqui pahuacha, potra o potroso i otras; como objeto de uso, ademas de las muchas denominaciones indíjenas, conservamos las de poncho, chano, diamanto, para designar un solo artículo o sus variedades, siendo de notarse la semejanza de otras que tienen analojia de significado, como huasca (soga), huaraca (honda), huirá (mimbre), huincha (lazo o cinta delgada). En la labranza se mantienen muchos nombres (fuera de los de animales, insectos, yerbas, flores, aves, todos indíjenas), como el de lampa por pala o azada, pirca, por tapia, chancho por puerco, debiendo hacer notar que entre los indíjenas de Chiloé solo se da el nombre de cochi a este animal.
Por último, hasta para designar ciertas condiciones del cuerpo i del espíritu usamos cada dia espresiones jenuinamente bárbaras i abo. ríjenes, como por ejemplo guara por gracia, donaire. Tuturutú es una palabra esencialmente quichua i en el mismo malicioso sentido la usan en Lima, en Arequipa, en el Cuzco y en Santiago. Otro tanto puede decirse del hua'so o huasa, palabra quichua i araucana a la vez, que significa espalda, ancas, i de aquí fué que a los hombres que los indios veian sobre la espalda o ancas de los caballos comenzaron a llamarlos huasos, por lo que la jenuina espresion tan popular no es propiamente hombre de campo, sino hombre de a caballo. El estudio de las etimolojias quichuas i araucanas es sumamente curioso i llegará a ser tema de serias investigaciones cuando los espíritus se preocupen de estudios serios también.
Por ahora solo conocemos los calepinos quichuas de Torres— Rubios y González— Olguin, y la gramática araucana del jesuita Febrespero aun con estos pobres elementos una persona medianamente sagaz podría hacer una descomposición de nuestro idioma familiar, casi tan curiosa e intere eante como la que algunos filólogos españoles han hecho estudiando las raice¡ árabes del castellano, que en realidad, en las cosas que significan progreso, poe sia, imajínacion es árabe puro. Nuestro estudio filolójico seria tanto mas curioso euanto que hai palabras como gaucho, por ejemplo, derivadas hasta del latin de gaudeos. gauderios, nombre que se daba a la jente alegre en las Pampas i eñ Montevideo. (1) El valle del Mapuche estaba cultivado por mitamaes del gobernador orejón Vitacura, quien dio permiso a Valdivia i lo recibió con buen semblante.
"Por Esta circunstancia era, pues, de una importancia definitiva para Valdivia, puesto que le permitía hacer pié seguro en un sitio conveniente para emprender después contra los belicosos promaucaes del Maule i los Araucanos del Biobio, a cuyo territo rio se proponía llevar en breve sus armas. Santiago, segun se verá mas adelante, no era para Valdivia un fin: era apenas un punto de iniciativa. En otro sentido, aquellos indíjenas, si bien sujetos a una in fluencia estranjera, no podían considerarse como bárbaros. Tenian cierta agricultura especial enseñada por los peruanos) que los convertía en colonos de inmediata utilidad. En su propio idioma nos han quedado, como ya insinuamos, las palabras i las nociones de su labranza. Tenian en efecto sementeras que ellos denominaban cajis, i sus heredades que hoi llamamos todavia chácaras en las que cultivaban el maíz, una especie de judia llamada fréjol (1) i la papa, tres producciones indíjenas de América i la última con especialidad de Chile, donde todavia crece salvaje.
Cultivaban también la quinua, semilla amarga pero sana i nutritiva importada del Perú, en cuyos valles interiores se cultiva todavia; el tabaco (puter) cuya simiente debió venirles esta causa no menos que por la grande anchura, fertilidad i sanos aires de este valle, que es de lo mejor de las Indias i aun de la cristiandad, determinó el je neral de hacer aqui asiento i aun de dar trasa de fundar una ciudad lo mas breve posible." (Marino de Lovera, pajina 45.) Nos parece oportuno advertir aquí que durante la conquista se llamaban mitimaes a los indios tributarios de los lucas del Perú, como lo eran a la sazón los chilenos. Los españoles llamaban yanaconas a sus indios de servicio, fueran peruanos o chilenos, i a los yanaconas por estension los llamaban mitimaes o indios de encomienda o repartimiento.
También los llamaban a todos los indíjenas indistintamente conas o anaconas cuando estaban subyugados y servían. La palabra encomienda tenia su oríjen en la fórmula hipócrita del título en que se imponía la esclavitud al aboríjena, pues por ella se encomendaba éste a la conciencia i cuidado de su amo. El repartimiento, era la distribución por cabezas, que segun las localidades se hacia de los indios, i de aquí vino lo que se llama hoi inquilinaje, que no es sino una modificación del repartimiento i de las encomiendas, abolidas en Chile solo a fines del pasado siglo por el ilustre O'Higgins. (Véase la obra titulada: Entretenimientos de un prisionero en el Rio de la Plata por el barón de Juras Reales. Barcelona 1828.) Como estas palabras son de frecuente uso en toda obra que se ocupe de la era colonial, nos ha parecido conveniente esplicarlas en este lugar.
(1) Frísol dicen los primitivos historiadores: porotos los llaman todavia la» jentes del pueblo. El valle de Purutum es todavía famoso por el escelente cultivo de sus porotos. desde mas lejos, i Antonio de Herrera habla de una especie de avena que llamaban leca, de la que hacían harina moliéndola entre dos piedras (1). Aprovechaban ademas los frutos naturales, como los del arrayan, del cohuil, del pangue (las nalcas), elgui llave, el maqui, el quilo i la sabrosa frutilla (fragaria chilen sis). Del maíz i del grano del molle hacían chichas espirituosas para su regalo i borracheras. Poseían un conocimiento aventa jado de irrigación, como que sus maestros habían sido los ad mirables injenieros hidráulicos de laNasca i Cajamarca, i cual lo atestigua todavia el notable acueducto que llamamos el Salto del agua; i a la verdad que en agricultura tenian por añejas los bárbaros de hace tres siglos ciertas cosas que hoi nosotros cono cemos solo como novedades, pues en algunos de sus valles usaban, como ahora, el huano del Perú, lo que hacia que los mai zales de Copiapó fueran, segun un cronista de Indias, «tan altos como lanzas» (2); al paso que en sus sementeras domésticas nos han dejado preparaciones que todavia regalan nuestro paladar.
Las humilas (humintas decían los indios) i la chuchoca, como con dimentos del choclo o grano del maiz, el chuño del liulo i de la papa, el sabroso hurpo (hulpo) tan frugal como agradable, están probando que los galopines castellanos tuvieron algo que apren der de las cocineras indíjenas, madres i abuelas de las que hoi todavia nos preparan i sazonan cada dia la cazuela i el huacha lomo, símbolos indispensables de la vitalidad orgánica del chi leno. Las indias del Mapocho sobresalían especialmente en las preparaciones del maiz, del que segun el jesuita Febres conocían no menos de seis variedades, entre las que no debe olvidarse la curahüa i su deliciosa harina (el llalli) cuya tuesta ha dado nombre a uno de los barrios mas populosos de Santiago: «La villa del Cóbil.» En cuanto a sus habitaciones, i aunque Valdivia las pondera de «mui bien hechas i fuertes, con grandes tablasones i muchas mui grandes, i de a dos, cuatro i ocho puertas» (3) no seria acertado juzgarlas superiores a los mismos ranchos que sus des cendientes han continuado fabricando hasta hoi dia sin ninguna mejora visible, como sucede también con las rucas, que dan abrigo todavia al araucano, i que forman la principal fisonomía de los arrabales de nuestros pueblos, desde Santiago a Angol de los Confines.
(1) El jesuita Febres habla de otra semilla famosa llamada nuegen en eu Arte de la lengua chilena. (2) Herrera, libro I, Decada VII. (3) Carta al rei de 25 de sstiembre de 1551. Fuera de estas consideraciones jenorales, qire debían pesar poderosamente en la balanza de la elección, ocurríase natural mente al conquistador de Chile i a sus capitanes, muchos de los que eran hombres graves i de seguro consejo, como mas adelante veremos, otros de estratejia i de conveniencia militar, que no podian escaparse a la mente de soldados, muchos de ellos encanecidos en la guerra con los bárbaros de América. Por aquella época, en que las mieses se ostentaban en todo su esplendor, presentaba en efecto la planta en que hoi la capital de Chile luce las galas de su opulencia, el aspecto de una mese ta de mediana elevación sobre las barrancas del rio Mapocho, que dividiéndose, al tocar por el oriente el contrafuerte del cerro de Santa Lucia, en dos brazos paralelos, circundaban aque montículo, i después de apartarse por considerable distancia, iban a reunirse en dirección al poniente (1).
Por consiguiente, existia una especie de península (si es que no era una isla lonjitudinal) bastante espaciosa i a la vez aislada por dos corrientes que le servirían de defensa i de elementos de salubridad i aseo, fuera de que la colina rocallosa que exis tia en una estremidad de aquella área, al paso que hermoseaba de una manera admirable el panorama, serviría de refujio en el caso de una adversidad militar (2). Bien madurados todos sus planes dentro de su cavilosidad, que era mucha, i de su secreto que era mayor, Valdivia, si tuado, por no despertar susceptibilidades peligrosas, desde el primer dia de su llegada al Mapocho, en su márjen de recha o la Chimba (3), frente a la que servia de asiento a la po- (1) El sitio de bifurcación de los dos cauces del Mapocho era evidentemente el que se llama todavia las Cajitas de Agua, i era en ese punto jeneralmente donde rompían, buscando su antiguo nivel, las diversas inundaciones que ha i asolado a Santiago, segun en su lugar veremos.
En cuanto al punto de confluencia de los dos cauces, no sabríamos decir ahori si ésta tenia lugar por algún bajio del barrio de Yungai, evidentemente situado en inferior nivel a la ciudad antigua, o si siguiendo la dirección de las chácaras de Chuchuneo iba la Cañada a tocar otra vez el Mapocho en los bajos de Pnda huel. Nos inclinamos sin embargo a la primera opinión. (2) La importancia estratéjica del cerrillo de Santa Lucia, que para el vulgo fué jeneralmente la gran causa determinante de la elección de Valdivia, tuvo en ella, a nuestro entender solo una influencia mui subalterna, porque la arma mas poderosa de los castellanos i la mas temida de los indios era el caballo, que ne cesita terreno desembarazado. I así aconteció que en la primer batalla que ocurrió con los indios, los que la decidieron fueron los jinetes que salieron a campo raso a fuera de las palizadas.
Siglos mas tarde Marcó del Pont i su consejero militar el fraile Martínez demostraron con su» curiosos castillos que el Santa Lucia podia servir para asolar a Santiago mas no para defenderle. (S) Chimba es una palabra quichua que quiere decir simplemente al otro blacion indíjena, llamada estrictamente de Buelen, citó a sus capitanes a un consejo de guerra i en seguida, con aprobación de éstos, convocó a todos los caciques del territorio llamado entonces propiamente Chile (1) a un parlamento, que fué el primero que tuvo las solemnidades que prescribían las pragmáticas reales. Historiadores hubo que nos conservaron los nombres de las principales reducciones presentes en aquella junta política cele brada a cielo raso al pié del San Cristóval. Marino de Lovera, que militó bajo las banderas de Valdivia, menciona a los caciques do Colina, Lampa, Butacura, (Batuco?)
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