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HISTORIA DE CHILE TOMO I. La presente obra es propiedad del editor, segun se vé en la pajina XI del prólogo, en virtud del permiso concedido por el honorable Conse jo Universitario. El editor se reserva el derecho que la lei le concede. José Santos Valenzuela. JJ®SÉ SiuWTOeS VMEMZ11JIEIU, (Editor ¿e la Historia de Chile.) Pans Imp d Sabnúji.r dilu WstJjj- £r!rap,.,{£ _!• , . .et' Clule HISTORIA JENERAL DE LA REPÚBLICA DE CHILE DESDE SU INDEPENDENCIA HASTA NUESTROS DIAS, POR LOS SEÑOHEí Don J. V. Lastarria, don M. A. Tocornal, don D, J- Beuavenlc, don M. L. i don G. V. Amuoátcgui, don S. Saufueiiles, don A. García Reyes, don ü. Sania María, don D. Barros Arana, don M. Concha i Toro, don F. Errázuriz, etc. ele. Edición autorizada POR LA UNIVERSIDAD DE CHILE, Correjida i considerable me^tc aumentada por sus autores publicada, con notas ilustrativas i cimentarlo: segun documentos orijinales e inéditos Santiago de Chile.
IMPRENTA NACIONAL, CALLE DE LA MONEDA, NCJM. 46 — 1866. — PRÓLOGO ESDE su mas temprana edad, el que esto escribe, sintió tan viva inclinación al cul tivo de la historia nacional que, arraigada aquella con el curso de los años i de los estudios, ha venido a hacerse en él su ta ,rea predilecta a la mas intensa preocupación de su espíritu. A esa afición innata pero ardiente, a la admiración profunda por los grandes hechos de la revolución, al amor entusiasta por la memoria de sus ínclitos autores, al culto en fin, de las ideas que jerminaron en el pensamiento de aquellas jeneraciones dignas de imperecedero recuerdo, es a lo que obedecemos al emprender la presente obra, si bien en parte ajena, acreedora por lo mismo a que le consagremos nuestros mejores es fuerzos. Esplicar suscintamente el encadenamiento de los móviles que nos han inducido a este trabajo es por consiguiente poner en claro su objeto, su alcance i los recursos de que somos dueños para llevarlo a su cumplido término.
HISTORIA JENERAL DE CHILE. VI Esto es lo que vamos a emprender en este breve prefacio. Nacido cuando comenzaban a morir unos en pos de otros los grandes soldados i los mas ilustres pensadores de la re volucion, fué el culto de mi niñez acercarme a esos seres venerables e interrogar su memoria sobre los acontecimien tos de que fueron testigos o actores; i como tuviera la adver tencia de poner por escrito sus relatos a medida que los escuchaba he encontrado que en el curso de cerca de veinte años he hecho un abundante acopio de esta prueba oral pero respetabilísima de nuestro pasado. De los hombres era natural que pasara a los libros i de éstos alos documentos inéditos. Consagré así algunos años de mi juventud al estudio de las publicaciones nacionales existentes en la biblioteca pública de Santiago i al examen de los archivos de gobierno logrando de esta suerte, adelan tar considerablemente el propósito que acariciaba entonces como un sueño de oro, de escribir algún dia la historia de la revolución de mi patria.
Capítulo I
Carácter déla conquista de Chile i su influencia social. L descubrimiento i conquista del Nuevo Mundo habian robustecido, hacia mediados del siglo xvi, de tal modo en los españoles la conciencia de su valor i de su superioridad sobre los indíjenas, que su orgullo i ambición no reconocían ya límite alguno. El prestijio que les daba su civilización, el poder de sus armas siempre victoriosas i el superabundante fruto que recojian aun de sus mas insignificantes esfuerzos, afianzaban el señorío que aquellos conquistadores creían haber obtenido de la naturaleza sobre los americanos. Sus huestes se desbordaban en los vastos i risueños campos del continente de Colon i dominaban a sus infelices habitantes, proclamando el derecho funesto de con quista. Los naturales deslumbrados al aspecto de ese pueblo nuevo que servia a un monarca omnipotente i que se decia propagador de la relijion del Dios del universo, se sentían des fallecidos i se entregaban a poca costa al dominio de tan poderosos señores.
Estos por su parte los consideraban incapaces de llegar a ser sociables i de comprender los principios de la relijion del Salvador, i como una especie de hombres marcados por la naturaleza con el sello de la servidumbre (1); i si alguna vez se levantó en el Nuevo Mundo una voz en defensa del pue blo desventurado que con tanta impudencia se ultrajaba, el estrépito de las batallas, el brillo de las hazañas, las ilusiones de la codicia i del poder ahogaron los ecos de esa voz i robuste cieron aquel funesto desprecio, haciendo que el español se considerase como el soberano natural de la América i se gozara en el esplendor de esta realidad, sin temer obstáculos ni con tratiempos. Los conquistadores habian impuesto ya su lei a los vastos i poderosos imperios de Méjico i el Perú, i centenares de pueblos americanos eran víctimas de sus depredaciones i de los mentidos derechos que sobre ellos se arrogaban, cuando, creyéndose estrechos en los límites del mundo que acababan de sojuzgar, quisieron estender su poder a las tribus remotas que ocupaban los fecundos valles de nuestro Chile.
Mas desde sus primeras incursiones en este pais, recibieron un desengaño terrible que irritó i mortificó su orgullo en alto grado: encontraron aquí hombres de bronce, en cuyos pechos rebotaban las balas de sus cañones, i los cuales miraban con impávida serenidad el tren militar del pueblo osado que pretendía arrebatarles su libertad; hallaron resistencias que pusieron a raya su conquista i que demandaban mas valor, mas constancia i mas recursos que los que habian necesitado para hacerse dueños de todo el continente avasallado. En Chile no existia el indíjena envilecido i pusilánime a quien bastaba engañar para vencer, mandar para esclavizar, sino un pueblo altanero i valiente, que lejos de correr a ocultarse en los bosques, esperaba a su enemigo en campo abier to, porque se sonreía con la seguridad de vencerle i de hacerle sentir todo el peso de su valor.
Esta circunstancia tan notable influyó precisamente para diversificar la conquista de Chile de la del resto de la América. Los españoles concibieron desde luego la necesidad en que se hallaban de multiplicar sus elementos bélicos i de proceder con mas prudencia i enerjía que hasta entonces, porque debian com batir con un pueblo valeroso i obstinado, que contaba numero sos tercios i que bacía la guerra con mas orden i disposición que los bárbaros que acaban de vencer. Desde los primeros en- (1) Robertson-, Historia de América, lib. VIH. cuentros principiaron a irritarse sus ánimos i si hasta esa época la crueldad con que acostumbraban tratar a los vencidos era efecto del desprecio que les inspiraban, en adelante lo fué del despecho e indignación que ocasionaba la resistencia. Ese des precio fué convirtiéndose insensiblemente en un odio verdadero, el cual subía de punto a medida que el araucano redoblaba su fiereza en defensa de su independencia; odio que mui pronto llegó a ser profundo i a dominar en todo las relaciones de am bos pueblos contendientes.
La guerra de la conquista, sin dejar de ser desigual i sobrado onerosa i desfavorable al pueblo indíjena, demandaba a los conquistadores tales costos i tanta contracción, que absorvió completamente sus cuidados i llamó con preferencia su atención. De su éxito dependía la existencia de las colonias que en el territorio conquistado se fundaban, porque los ejércitos arau canos, infatigables en su propósito de rechazar a los españoles, llevaban la desvastacion hasta el recinto mismo de las pobla ciones en que se albergaban las familias de sus enemigos. Val divia funda sucesivamente a Santiago, la Serena i Concepción, i estas ciudades, informes todavía, se ven amenazadas i com batidas, en los primeros dias de su existencia, por millares de indíjenas, que nada respetaban en su terrible furia: la pri mera de ellas salva incendiada i demolida en gran parte, a merced de una batalla sangrienta que se da dentro de sus mis mos muros (1); la segunda es destruida hasta en sus cimientos, alos cinco años de fundada, i Concepción es arrasada dos veces, sepultando en sus escombros hasta la esperanza de su restable cimiento.
Los españoles abandonan entonces la idea de regularizar la administración de sus pueblos i se apresuran a for tificarse en el territorio que podían ocupar sus armas: establecen colonias militares, plazas de armas i bastiones en todos los puntos ventajosos, pero estas prevenciones no hacen mas que redoblar el furor de los araucanos, los cuales cada momento mas sobervios con sus triunfos, no perdonan medio de destrucción i aniquilan el poder español en donde quiera que se les presenta. La guerra se encarniza i se hace interminable, sucé dense unas a otras las batallas i en cada una de ellas se destruye de tal manera a la hueste vencida, que parece terminada para (1) Qi;iROGA,en su Compendio histórico. siempre la contienda; pero los ejércitos se suceden a los ejérci tos, la sangre que se prodiga fecunda el valor i multiplica los combatientes; ya no hai medio ilícito de ataque, se fomenta el espionaje, no se desprecia estratajema por reprobada que pa rezca, se emplean la astucia i la traición; la lealtad i la jene rosidad huyen de esta lucha sin ejemplo; los prisioneros se es clavizan o se inmolan en espiacion del crimen de sus hermanos, los jenerales mismos se hacen morir en un patíbulo, en medio de la algazara sarcástica délos vencedores.
Cortez consuma en pocos años la conquista de Méjico, Pi zarro asesina alevosamente al Inca del Perú i se hace dueño de sus vastos dominios, sin verter mas sangre que la de los inocentes vasallos de aquel monarca; pero Valdivia es en Chi le la víctima desventurada de la rabia de los araucanos, i los conquistadores que le suceden, apesar de su admirable de nuedo i de sus heroicos esfuerzos, no pueden domar al pueblo infatigable que los rechaza i sucumben también bajo la maza poderosa del salvaje. Firme la España en su propósito, reem plaza los guerreros i los anima a que sostengan sin recompensa i sin esperanzas siquiera una guerra prolongada, la mas cruel i obstinada de que pueden presentar ejemplo los anales del mundo. Mas la desvastacion los fatiga, la resistencia los exas pera i al fin consienten en reconocer la superioridad de los araucanos sobre los demás pueblos de la América, prefieren establecerse en la porción de terreno que aquellos les dejan libre i se dedican a la consolidación de sus colonias, pero sin arrimar las armas, porque necesitan estar combatiendo i siempre dispuestos a defender la posesión de este pais, que les cuesta mas sangre i mas dinero que el resto de sus conquistas en el Nuevo Mundo.
(1) Hacia el año de 1622 propone Felipe III la paz en una carta dirijida al Congreso de los nobles de Arauco. Esta era la primera vez que el orgulloso monarca del mas estenso i potente imperio de la tierra, se humillaba hasta dirijirse personalmen te a un pueblo de la desventurada América, reconociendo es plícitamente su suberanía e independencia e invitándolo a ce lebrar un tratado, en que se sellara para siempre la amistad de los dos estados i se pusiera término a una guerra desoladora, (1) Molina, Historia de Chile. cuyo estrépito asombraba a la Europa entera. I no era ésta una inconsecuencia en el sistema de conquista adoptado por la Es paña, sino Un reconocimiento solemne del estéril resultado de su empeño i un homenaje debido a la nación que habia tenido la superioridad de mantener su independencia, defendiéndola en batallas ordenadas i rechazando con lealtad i valor al con quistador, tal como lo hace un pueblo organizado que sabe apreciar su dignidad.
El rei católico queria la paz, proponiendo que el Bio-bio sirviera de barrera al uno i al otro estado, de modo que a ninguno le fuese lícito traspasarlo con ejércitos; que ambos se entregaran recíprocamente los desertores i que los misioneros españoles tuvieran la libertad de predicar el evanjelio a los infieles. Pero la paz no se realizó, sin embargo de haber sido propuesta sobre tan moderadas condiciones i de haber sido aceptada por los araucanos, porque muchos de los jefes del ejército conquistador tenian todavía ínteres en la conti nuación de las hostilidades, i abrigando la esperanza de medrar, se aprovecharon para paliar sus perniciosos intentos de las difi cultades que presentó la estradicion que el Toqui araucano exi jia, como condición previa, de varias de sus mujeres que se habian refujiado en la colonia española.
(1) La guerra se en cendió nuevamente con redoblado furor i continuó con los mismos desastres i depredaciones que hasta entonces. Mas este accidente no alteró en nada la necesidad que la Es paña tenia de procurarse un avenimiento para conservar sus posesiones. El cansancio i aun los temores empezaban a reemplazar el denueno tenaz desplegado en los primeros años de la conquista, i los colonos deseaban la paz porque no podían so portar la inseguridad i la perpetua alarma en que vivían a causa de las hostilidades. Emprendiéronse nuevas negociacio nes, con mejor éxito, i después de algunos contratiempos, se ajusto en 1641 un pacto de amistad, que llenaba las aspiracio nes i el cual fué celebrado con solemnidades que testimoniaban el regocijo causado por un acontecimiento de tan señalada im portancia.
Empero los araucanos no desmayaron jamas de su furor, sino por momentos; la guerra interrumpía siempre las treguas que los españoles obtenían de tan tenaces enemigos, i la colonia no (1) Molina, Historia de Chile. se libertaba sino por intervalos mas o menos prolongados de los desastres i de la destrucción. Los tratados de paz que se ajustaban, no sin gran dilijencia de parte de los colonos, eran solo verdaderas suspensiones de armas, que ostensiblemente no tenian otro objeto que el de recobrarse ambos belijerantes de sus pérdidas, para volver a atacarse con redoblado encono. De esta manera la guerra era perpetua i siempre demasiado costo sa, por cuanto no se respetaba principio alguno ni se adoptaban medios que templaran sus rigores. La España mantenía un ejército avanzado a la frontera i aprovechaba las oportunidades de atacar, i los araucanos permanecían sobre las armas i prac ticaban frecuentes incursiones al pais de las colonias, arrasán dolo sin piedad i cometiendo todo jénero de depredaciones.
Los esfuerzos que alguna vez se hicieron para regularizar la guerra fueron vanos, i antes bien continuaron en progreso la traición i el vandalaje i subió de grado el odio de ambas naciones. Por este lijero bosquejo en que he tratado de caracterizar la conquista veréis, señores, que las colonias españolas en Chile se establecieron i se desarrollaron en medio de la alarma i de los contratiempos que ocasionaba una guerra tan obstinada, cruel i dificultosa. La guerra meció la cuna de las primeras jeneraciones de nuestra sociedad i protejió su precaria existen cia; la guerra fué el único desvelo de este pueblo desde sus pri meros momentos de vida, o diré mejor, fué la espresion única i verdadera de su modo de ser. El perpetuo peligro de que se hallaba amenazado fué endureciendo paulatinamente su carác ter, haciéndolo triste i sombrío i hasta cierto punto enervando su natural actividad; porque teniendo siempre al frente un enemigo poderoso, que acechaba el momento oportuno de aniqui larlo, i que no le dejaba seguridad ni quietud piara organizarse, solo cuidó de defender su existencia a fuerza de sangre i de contrastes.
A cada paso tenia que lamentar una desgracia o ce lebrar un triunfo, que nuevos acontecimientos venían a con vertir en ilusorio i estéril. Las batallas eran el único arbitrio de defensa a que podia apelar, los incendios, la desolación de los campos i ciudades i la pérdida de un ejército eran los únicos sucesos que lo ajitaban i que venían con frecuencia a patenti zarle su desventura i a sofocar en su mente toda ilusión risueña, toda esperanza de un porvenir mas feliz. Las comodidades de la vida doméstica, los beneficios de la industria, los goces de la sociedad le eran desconocidos, o por lo menos eran bienes de un orden secundario, en cuya posesión no pensaba, porque no tenia tranquilidad. De modo, pues, que este pueblo a que hoi pertenecemos, antes de ser industrioso fué guerrero, i antes de saborear placer alguno de los que constituyen la dicha del hombre social, soportó las angustias de una guerra eterna i funesta.
La ciega sumisión del soldado i la dura esclavitud de un hu millante vasallaje, la desesperación de las derrotas sangrientas i el terror de un poder doméstico que sojuzgaba hasta las con ciencias apagaron i casi estinguieron en su alma los jérmenes de todo sentimiento social i de toda aspiración brillante: era un pueblo dormido que solo despertaba para batallar, un pueblo que no estaba organizado mas que para la guerra. (*) Los españoles se habian visto precisados a separarse de su sistema, porque sus fuerzas solas no eran suficientes para resistir a la omnipotencia de los araucanos. Habian comunicado su espíritu militar a sus colonias chilenas i contaban en ellas el refuerzo que habian menester para defenderlas. Amediados del siglo pasado las plazas de armas del reino de Chile eran las únicas en toda la América del sur que tenian la ventaja de poder servirse de las milicias que formaban los ve cinos de las poblaciones i campañas inmediatas, en estado de tomar las armas, porque era crecido el número de estas milicias i podian juntarse fácilmente por el buen orden de su discipli na.
(1) En 1777 se dio a estos cuerpos mas perfecta organización i en 1792, sin contar el copiosísimo número de milicias urbanas, ascendian las provinciales regladas a 15,856 plazas en servicio espedito. (2) Por estos datos se deja ver que los conquistadores, abandonando sus recelos, se consagraron a establecer en Chile cuerpos de milicias mejor reglados i disciplinados que los que tenian en su propio pais. Mas tarde veremos cómo influye i se desarrolla el espíritu de discipina militar en los criollos i de qué manera ha contribuido a fijar hasta cierto punto uno de sus mas sobresalientes rasgos característicos. (*) No nos parecen del todo exactos estos conceptos del autor. Llena esta la liistoria colonial de rasgos que caracterizan la enerjía de los criollos i especialmente en casos de relijion i de conciencia, que son a lo que parece aludir mas especialmente el autor. ..Los chilenos, dice Molina, escritor de la época colonial i jesuita, hablando de su independencia relijiosa, han sido siempre opuestos a la introducción de nuevas órdenes relijiosas etc...
(Historio nri!, paj. 311).— V. M. (1) Noticias secretas de América por don J. Juan i don A. iw. Ui.loa. (2) Molina, Historia de Chile, cap- XI, lib. IV. II. J. DE C TOM. I.
Capitulo II
Idea del sistema colonial español. O solamente el carácter de la conquista modificó la existencia de esta nación; hai todavía otro elemento que sin duda ha ejercido un influjo mas poderoso en su jénio e inclinaciones sociales, tal es el sistema colonial adoptado por la España. Sabido es que los españoles conquistaron la América, empa pando en sangre su suelo, no para colonizarla, sino para apoderarse de los metales preciosos que tan abundantemente pro ducía. Torrentes de aventureros se desbordaban sobre el Nuevo Mundo predominados por la esperanza de reunir injentes rique zas a poca costa i dirijian a este solo objeto su actividad, sin omitir arbitrio ni violencia alguna que les fuese necesario em plear para obtenerlo. Al fin la realidad fué haciendo decaer la ilusión, i convencidos los conquistadores por su propia esperiencia de que no era tan excesiva, como se ponderaba, la fe cundidad de las minas americanas, fueron abandonando sus arrojadas especulaciones i dedicándose paulatinamente a las em presas de agricultura i comercio.
Pero este nuevo jiro de sus aspiraciones no dio de sí cuanto podia, atendidas las ventajas que brinda el suelo americano, porque no tenian gusto ni inte lijencia para esplotareste nuevo venero de riqueza, i su gobier no, por otra parte, con su absurdo sistema industrial, estancaba en su oríjen todos los bienes que podian prometerse. Al establecer la España sus colonias en América, trasplantó a ellas todos los' vicios de su absurdo sistema de gobierno, vicios que se multiplicaron infinitamente por causas que tenian su oríjen en el sistema mismo. Las colonias chilenas fueron divididas en provincias, que, gobernadas por un jefe subalterno, tenian un cabildo de rejidores perpetuos i de alcaldes, los cuales administraban justicia i eran elejidos por aquellos entre la primera nobleza. Estaban estos cuerpos sujetos a un presidente, gobernador i capitán je neral del reino, nombrado por la corte de España i dependien te de ella, escepto en los casos de guerra en que reconocía la preeminencia del virei del Perú hasta cierto punto.
Aquel alto funcionario de Chile, como represéntate de Su Majestad Católi ca, era el supremo administrador de las colonias; como capitán jeneral, era el jefe del ejército i tenia bajo su potestad a los tres grandes oficiales del reino, que eran el mastre de campo, el sarjento mayor i el comisario, i también a los gobernadores mi litares de las cuatro plazas marítimas de Valparaíso, Valdivia, Chiloé i Juan Fernández: como presidente i gobernador, te nia el poder jurisdiccional i presidia a la Peal Audiencia i a los tribunales de hacienda, de cruzadas, de tierras vacantes i comercio, que eran los encargados de la administración de justicia en los diversos ramos a que estaban destinados. La Real Au diencia juzgaba en última instancia todas las causas civiles i criminales de alguna importancia i se componía de un rejente, un fiscal o procurador rejio, un protector de indios i de varios oidores, todos nombrados i pagados con gruesos estipendios por el rei.
Este tribunal supremo fué establecido en 1567 i encargado del mando político i militar de las colonias; en 1575 fué suprimido, porque los defectos de su constitución i de su man dato multiplicaban a cada paso los embarazos en la administración, i después de treinta i cuatro años, en 1609, fué restable cido con solo el encargo de administrar justicia en los .términos indicados. (1) (1) Molina, HíSoría de Chile. He aquí una idea del poder administrativo de las colonias chilenas: todo él estaba reducido a una rigorosa unidad, impe raba de un modo absoluto i dependia únicamente del rei, que no solo se consideraba soberano, sino también dueño de sus va sallos americanos i de todas las tierras que habian conquistado en el Nuevo Mundo, i cuyo dominio habia sido santificado por una bula del papa. El monarca español gobernaba las Américas por medio de un consejo supremo, que llamaba de Indias, donde se consideraba presente su augusta i sacrosanta majestad, i del cual ema naban todas las leyes, todos los reglamentos, todas las medidas, ora fuesen jenerales o locales, que era necesario dictar para re jir unas colonias que se hallaban a una distancia de millares de leguas i cuyo carácter i circunstancias no eran ni siquiera remo tamente conocidas.
Lo mas digno de notarse con relación al gobierno de América es que a cualquiera resolución que se es pidiese por el órgano de los ministros de la corona o por el del consejo de Indias, con tal que fuese sobre algún asunto ameri cano, se daba todo el vigor de una lei verdadera, aunque no tuviese los caracteres de tal. El número de estas resoluciones no tenia término, porque se espedían arbitrariamente i sin con cierto, i llegó a aumentarse tan prodijiosamente que hubo tiem po en que la lejislacion positiva colonial formaba un verdadero laberinto. Era propiamente un hacinamiento sin plan ni siste ma de cédulas, reales órdenes, cartas provisiones, ordenanzas, instrucciones, autos de gobierno i otra infinidad de despachos incoherentes, heterojéneos i absurdos, todos los cuales, por la dilación i distancia de unas provincias a otras, no habian llega do siquiera a noticia de los vasallos americanos.
(1) Diferentes tentativas se hicieron para recopilar i ordenar todas estas dis posiciones durante el siglo xvi i también en el xvn, hasta que bajo el reinado de Carlos II, en 1680, se formó la célebre Eecopilacion de Indias, en cuatro gruesos volúmenes, tomando en cuenta los muchos ensayos i proyectos de codificación que antes se habian formado sin el menor fruto. (2) Estas leyes han sido consideradas por algunos partidarios del sistema español como las mas justas, propias i adaptables a (1) Lei que declara la autoridad de la Recopilación de Indias. (2) Id id. laprosperidadde las colonias americanas, deduciendo de esta pe regrina opinión los mas fuertes cargos contra la independencia de la América. (1) Entre nosotros mismos no falta quien par ticipe hasta cierto punto de esta creencia, i quien sostenga la sabiduría de tan monstruosa lejislacion, que por desgracia i no sé por qué aberración inesplicable se considera vijente en una república soberana e independiente, que dejó de necesitar las leyes coloniales desde el momento que proclamó su independen cia.
Por eso creo, señores, mui propio de este lugar hacer un examen, aunque lijero, de los vicios que elevan este' código al mas alto grado de imperfección. Bastaría al efecto echar una ojeada a sus antecedentes, a los elementos que se tomaron para componer este verdadero mo saico, de variedad infinita, sin ajuste ni armonía en sus pro porciones. Casi todas esas leyes habian sido espedidas por sujes tiones de los empleados que la España mantenía en sus colonias; todas eran por lo jeneral referentes a circunstancias especiales, i las que no tenian este carácter, se dirijian a reglamentar la administración independientemente de las modificaciones a que podia dar lugar tanto la arbitrariedad de los mandatarios, cuan to las ocurrencias varias e imprevistas que influían en el ma nejo de los negocios.
Los males que nacían de estas causas, sin tomar en cuenta lo tiránico i absurdo de tales resoluciones, no se remediaron, pues, con haber reducido a un solo cuerpo sin doctrina ni sistema tantas i tan contradictorias disposiciones, sino que por el contrario quedaron subsistentes i se multiplica ron hasta lo infinito, porque siempre continuó la práctica de espedir cédulas i reales órdenes para cada caso que se ofrecía, sin tomar otros antecedentes que los que sujerian las pasiones mas viles a los que tenian interés en que se espidiesen. Mui pronto excedió el número ele estas nuevas resoluciones a las re copiladas i se aumentaron también las contradicciones hasta el punto de no ser posible distinguir las leyes vij entes de las que (1) El Observador de Londres, en su número de enero de 1820 decia- «ninguna nación ha tratado a los pueblos en sus establecimientos ultramarinos con mas humanidad i blandura que la nación española.
Los escritores mas iuiciosos lo reconocen i entre ellos el mismo barón de Humboldt... «Xa blandura de las leyes españolas, dice el, comparadas con las del Código negro de la mayor varíe ele las otras naciones, es innegable." También habría podido el Observador citar la opinión de Robertson que aluci nado con la apariencia de las leyes de Indias intento en algunos pasajes de su Ilú toriade America vindicar a los monarcas de España i disculpar su despotismo habian sido revocadas en todo o en parte. La ciencia de la le jislacion colonial española llegó a ser por este motivo una ver dadera nigromancia, en cuyos arcanos solo estaban iniciados los que tenian bastante osadía para hacer imperar su capricho o su interés, invocando en su apoyo una lei de Indias u otra cédula cualquiera de Su Majestad.
Por esto dice un observador que "los juicios civiles i erirni minales, los asuntos de renta, i los de policía sufrían tanta va riedad i oposición de decretos i reales órdenes, que no se halla ba un fundamento en que estribar ningún reclamo, queja o solicitud. Todo nacía, dependia i terminaba en la arbitrarie dad de los ministros de la corte i de los jefes de América. Ellos siempre se daban entre sí la mano i las determinaciones eran mutuamente sostenidas, segun convenia a sus ideas de gober nar despóticamente Al mismo tiempo, en cualquiera paso que se diese, en el gobierno de América se habia de encontrar siempre el obstáculo de alguno de los muchos fueros iprivilejios de las corporaciones i profesiones que abundaban en ella." (1) Todos estos vicios tenian su oríjen i su mejor apoyo en las le yes mismas i multiplicaban los embarazos que hacían mas oscura i absurda su aplicación.
Esto en cuanto a la forma de la lejislacion. Su fondo era de otro carácter: un solo pensamiento capital dominaba todas las resoluciones de la corte i de los mandatarios de las colonias, tal era el de mantener siempre a la América en una ciega depen dencia de la España, para sacar de su posesión todas las venta jas posibles. Bajo este punto de vista la metrópoli tenia un sistema, un espíritu que daba unidad a todas las resoluciones i que santificaba todos los arbitrios que se le presentaban por inicuos i reprobados que fuesen. El Nuevo Mundo era para ella una mina riquísima que debia esplotar, aprovechándose de sus frutos, aun cuando fuera desvastándola i sin curarse de hacerla productiva para lo futuro. A este propósito habia sujetado a los indíjenas a la mas humillante i grosera servidumbre, declarándolos esclavos en ciertos casos i disfrazando en otros la esclavitud con un finjido i sarcástico respeto a su libertad, sin em bargo de someterlos a la mita, al repartimiento i a las demás cargas con que los oprimía.
Las leyes sobre impuestos estaban (1) La Biblioteca Americana. justamente calculadas para beneficiar las arcas reales, i saca? de las colonias todos los tesoros que fuese posible, aun a costa de los mismos elementos de producción. (*) El comercio estaba monopolizado en beneficio de la misma corte, la industria fa bril i la agricultura envueltas en mil trabas i gravadas con tantas gabelas, que aparecia palmariamente la intención de estancarlas en su jérmen e impedir su desarrollo. El sistema financiero de la España habia sido trasportado en esta lejisla cion a la América, con su verdadero carácter csclusivo i sin mas diferencia que la de estar recargado de otros vicios i absurdos que facilitaban a la corte los medios de obstruir i de cortar las vías del progreso en las colonias. La comunicación i comercio con las potencias estranjeras se vedaban de tal modo que no solo era un crimen mantener estas relaciones, sino que también se apelaba a la mentida soberanía de los mares para mandar a los gobernadores, como se ordenó por una real cédula de 1692 "que tratasen como enemiga toda embarcación estranjera que surcase los mares de la América sin licencia de la corte, aun que fuera aliada la nación a que correspondía."
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