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El Criticón

Baltasar Gracián · 1657 · Free in the US

81,756 words · about 5 h 44 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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About this book

Author
Baltasar Gracián
Language
Spanish
Published
1657
Length
81,756 words · about 5 h 44 min
Sections
13 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (13)
  1. Preliminares about 10 min
  2. Crisi I about 25 min
  3. Crisi II about 26 min
  4. Crisi III about 29 min
  5. Crisi IV about 28 min
  6. Crisi V about 26 min
  7. Crisi VI about 33 min
  8. Crisi VII about 27 min
  9. Crisi VIII about 26 min
  10. Crisi IX about 24 min
  11. Crisi X about 26 min
  12. Crisi XI about 31 min
  13. Crisi XII about 33 min

Continue:

Preliminares

A DON LORENZO FRANCÉS DE URRITIGOYTI

Dignísimo Deán de la Santa Iglesia de Sigüenza

Esta Tercera Parte del discurso de la vida humana, que retrata la vejez, ¿a quién mejor la pudiera yo dirigir que a un señor anciano tan grave, entendido y prudente? Y está tan lejos de ser inadvertencia esta dirección, que blasona de industrioso obsequio. Mucho ha que comenzó v.m. a lograr madureces. Suelen alterarse los tiempos y entrarse unos en la jurisdicción de los otros: el otoño se muda en invierno, y la primavera usurpa porción del estío. Así, en algunos, la vejez se suele adelantar y tomar gran parte de la varonil, y ésta de la mocedad.

Describe este último de mis Críticos una sazonada vejez sin decrepitud, copiada de la perfecta de v.m. Ésta es la idea de prendas autorizadas bien conocidas, no bastantemente estimadas. Mas desconfiando mi pluma de poder sacar el cumplido retrato de las muchas partes, de los heroicos talentos que en v.m. depositaron con emulación la naturaleza favorable y la industria diligente, he determinado valerme de la traza de aquel ingenioso pintor que, empeñado en retratar una perfección a todas luces grande y viendo que los mayores esfuerzos del pincel no alcanzaban a poderla copiar toda junta con los cuatro perfiles (pues si la pintaba del un lado se perdían las perfecciones de los otros), discurrió modo cómo poder expresarla enteramente. Pintó, pues, el aspecto con la debida valentía, y fingió a las espaldas una clara fuente en cuyos cristalinos reflejos se veía la otra parte contraria con toda su graciosa gentileza; puso al un lado un grande y lucido espejo en cuyos fondos se lograba el perfil de la mano derecha, y al otro un brillante coselete donde se representaba el de la izquierda. Y con tan bella invención pudo ofrecer a la vista todo aquel relevante agregado de bellezas; que tal vez la grandeza del objeto suele adelantar la valentía del concepto.

Así yo, por no perder perfecciones, por no malograr realces, y tantos como en v.m. admiro (unos propios, otros ajenos, aunque ninguno extranjero), después de haber copiado lo virtuoso, lo prudente, lo docto, lo entendido, lo apacible, lo generoso, lo plausible, lo noble, lo ilustre que en v. m. luce y no se afecta, quiero carearle con una no fingida, sino verdadera fuente de sus esclarecidos padres, el señor Martín Francés, ornamento de su casa, esplendor de esta imperial ciudad de Zaragoza por su virtud, generosidad, cordura y capacidad, que todo en él fue grande, y de una madre ejemplo de christianas y nobles matronas, cuya bondad se conoció bien en el fruto que dio de tantos y tan insignes hijos, que pudo con más razón decir lo que la otra romana: Mis galas, mis joyas, mis arreos, son mis hijos.

Pondré luego al lado derecho, no un espejo sólo, sino cuatro, de cuatro hermanos dedicados todos a Dios en las más ilustres iglesias catedrales de España: el ilustrísimo señor don Diego Francés, obispo de Barbastro, espejo de ilustrísimos prelados en lo santo de su vida, en lo vigilante de su celo, en lo docto de sus estampados escritos y en lo caritativo de sus muchas limosnas; sea el segundo el señor arcipreste de Valpuesta, en la santa iglesia de Burgos, espejo también de prebendados, ya en la cátedra, ya en el púlpito, ya en la silla, asistiendo con ejemplar puntualidad al divino culto sin perdonar día, no perdonándole sus achaques una hora de alivio; el tercero (que pudiera ser primero) es el señor arcediano de Zaragoza, aquel gran bienhechor de todos, de nobles con consejos, de pobres con limosnas y asistencias de regidor mayor del Hospital General, de eclasiásticos con ejemplos, de sabios con libros que publican las prensas, con las suntuosas iglesias que les ha erigido, con capillas que ha ilustrado y fundado, nacido al fin para bien de todos, y de todas maneras venerable; sea corona religiosa el muy reverendo padre fray Tomás Francés, antorcha brillante de la religión seráfica, esparciendo rayos, ya de su mucha doctrina en los púlpitos (de que dan testimonio dos Cuaresmas, que predicó en este Hospital Real de Zaragoza, palenque de los mayores talentos), ya de su mucha teología en tantos años de cátedra, ya de su erudición en sus impresos libros, ya de su prudencia en los cargos y prelacias que ha obtenido, y secretario que fue de dos generales de su orden, doblada prueba de sus muchos méritos.

Al otro lado fijaré un coselete de otros tres hermanos seglares, nobles caballeros: don Martín y don Marcial y don Pablo, que también supieron hermanar lo lucido con lo christiano. Ni son menos de ver los lejos de sobrinos canónigos y seglares caballeros. Pero lo que yo más suelo celebrar es que todos, por lo christiano y por lo caballeroso, han sido los más plausibles héroes de su patria y de su siglo.

Con esto queda coronado el retrato de blasones y de prendas, que todas van a parar en v. m. como en su primer centro, a quien el cielo lo espere y prospere.

De v. m. su más afecto estimador,

LORENÇO GRACIÁN

CENSURA

Del P. Predicador Esteban Sanz

Este libro intitulado el Criticón, Tercera parte, que ha compuesto Lorenzo Gracián y v. m. me remite para la censura, he visto con particular atención y hallo que se exime de toda por el concepto grande que tiene adquirido el autor en la estimación de los más doctos con sus ingeniosos escritos, que son el Héroe, el Político, el Discreto, el Arte de Ingenio, la Primera y Segunda parte del Criticón y ésta, que es la Tercera, en que se excede a sí mismo en las metáforas, símiles, ejemplos, transformaciones, moralidades y alusiones de que usa diestramente para la reprehensión de los vicios y séquito de la virtud, objeto a que se dirigen las doce Crisis que construyen la primorosa fábrica deste cuerpo escrito, en quien soñando diestramente, deleita con dulzura, imitando al médico perito que, no pudiendo con remedios agrios restituir la sanidad al enfermo, recurre a los dulces para atraer con lo suave a la ejecución de lo útil: tal vez vale el arte donde la fuerza no vale. En fin, es tanto el acierto con que escribe, que cada letra parece un parto estudioso de su mayor atención, con que se asegura de lapso culpable en la enseñanza christiana. Y así le juzgo por digno de la licencia que pide, salvo, etc.

En este Convento de la Vitoria de Madrid, en 6 de mayo de 1657

Firmado: Estevan Sanz

Nos el Doct. D. Pedro Fernández de Parga y Gayoso, Canónigo Lectoral de la S. Iglesia Apostólica Metropolitana de Santiago y Vicario desta Villa de Madrid y su partido, etc., por la presente y por lo que a Nos toca, damos licencia para que se imprima y venda un libro intitulado Tercera Parte del Criticón, compuesto por Lorenzo Gracián, atento que de la censura del P. F. Estevan Sánchez, a quien le remitimos, parece que no contiene cosa contra nuestra santa fe católica y buenas costumbres.

Dado en Madrid, a 5 de mayo de 1657

Doctor Parga. Por su mandado, Juan Baptista Bravo

APROBACIÓN

Del P. Alonso Muñoz de Otalora, de los Clérigos Menores, calificador de la Suprema Inquisición

La Tercer Parte del Criticón, de Lorenzo Gracián, hermoso remate de esta obra y aseado aliño de su ingenio, he visto de orden de V. A., y aunque el nombre del autor bastaba para su crédito, hallo que la mayor calificación es lo que en ella enseña, graduando las edades y dando lo que toca a los tiernos años, a la lozana juventud, a la varonil bizarría, a la soberanía del imperio, y en ésta la madurez en el pensar, el peso en el hablar, lo grave en el discurrir y lo sentencioso en el razonar; pues en disfraces curiosos aplaude la virtud, condena el vicio, da lugar a la verdad, destierra el engaño, favorece el desinterés, reprehende la lisonja, y dando lucido principio a la vida, la esmalta peregrinamente con el feliz suceso que pone a la muerte, comprehendiendo la variedad del hombre desde el nacer al morir. Y como los siglos hacen hermanarse los fines con los principios, sin quitar la dicha del nacer le dio por la inmortalidad la gloria al morir, conformándose a la inconstancia que goza la carrera del siglo en que tiene su duración. Y con ser doce los capítulos, parece se ciñen todos a la sentencia de Séneca en el libro 5 de Benefic., cap. 8: Ut in orbe ac pila nil [imum est], nil summum, nil extremum, nil primum quia motu ordo mutatur et quae sequebantur praecedunt et quae occidebant oriuntur, omnia, quomo do ier[u]nt dunque, in idem revertuntur, ita in homine existima fieri; cum illum in multa nutaveris [unus] est. (En este globo del mundo no hay extremo ni primero, ínfimo ni supremo, porque el movimiento desta rueda todo lo baña, haciendo que el que era último preceda, y el que precedía se siga; que a quien dichosamente había soplado la fortuna hasta ponerle en la punta de la luna, a su mudanza caiga, y el que se veía caído suba hasta encumbrarse en el trono más realzado; que las cosas que iban a morir vuelvan a renacer, y las que estaban en el oriente, sin imaginar se topen en el ocaso; y aunque al hombre le veas vestirse desta variedad de colores que le hacen diverso a la vista, como desigual a la estimación, siempre es uno.)

Y así, en metáforas curiosamente disfrazadas, da a entender esta verdad el autor, con que dulcemente dispone para abrazarla, sin que pueda el presumido desvanecerse en la cumbre, ni el humilde desconsolarse en el valle, pues la rueda de la Fortuna, haciéndose deschasco a la del tiempo, en cuya variedad no hay cosa estable, ya hace al primero último, ya el último es primero. Y aun al galardonar, cuando el premio parece se había de aventajar según el mayor o menor realce del mérito, el más prudente padre de familias, el gobernador más sabio, el legislador más recto, el juez más desinteresado (al cap. 20 de San Mateo), a los primeros hace postreros, y a los postreros, primeros: Et erunt novissimi primi, et primi novissimi. Y así, en las metáforas ingeniosas y en los disfraces curiosos de los capítulos y lo que en ellos se discurre, hallará el curioso cómo se ha de gobernar para ni desvanecerse en el trono ni desconsolarse en lo bajo, porque aquel oriente tiene ocaso, y este ocaso suele parar en oriente. Y aunque se queda siempre hombre, el movimiento desta rueda trae estos vaivenes, con que el que pretende fijar el clavo a su fortuna felizmente aquí verá alicionado cómo (siendo esto cierto en lo humano), poniendo la vista más alta, podrá pasar de un oriente a otro sin dar en el abismo del ocaso; pues infundiéndole una alma inmortal en el gozo de la bienaventuranza, la puede hacer eterna en felicidades. Y así, el interés de imprimirse es grande para nivelar las acciones ajustadamente a la razón y asegurar el puerto en la mayor borrasca, que es el principal intento de nuestra santa fe, y muy conforme a ella lo que se discurre en los capítulos. Así lo siento.

En nuestra Casa del Espíritu Santo, de los Clérigos Menores,

a 10 de junio de 1657.

Alonso Muñoz de Otalora

SUMA DE PRIVILEGIO Y TASA

Tiene privilegio Francisco Lamberto, mercader de libros, para imprimir las Obras de Lorenzo Gracián, como más largamente consta de su original. Y le tasaron los señores del Consejo a cuatro maravedís cada pliego. Despachado en el oficio de Pedro Hurtiz de Ipiña.

ERRATAS

Este libro intitulado Parte Tercera del Criticón, en el invierno de la vejez, etc., con estas erratas, corresponde con su original.

Madrid, 30 julio de mil y seiscientos y cincuenta y siete

Lic. D. Carlos Murcia de la Llana

AL QUE LEYERE

A los grandes hombres nada les satisface sino lo mucho; por eso no depreco yo lectores grandes, convido sólo al benigno y gustoso, y le presento este tratado de la senectud con particular novedad. Nadie censura que las cosas no se hagan, pero sí que no se hagan bien; pocos dicen por qué no se hizo esto o aquello, pero sí por qué se ha hecho mal. Confieso que hubiera sido mayor acierto el no emprender esta obra, pero no lo fuera ya el no acabarla: eche el sello esta tercera parte a las otras.

Muchos borrones toparás, sí lo quisieres acertar: haz de todos uno. Para su enmienda te dejo las márgenes desembarazadas, que suelo yo decir que se introdujeron para que el sabio letor las vaya llenando de lo que olvidó o no supo el autor, para que corrija él lo que erró éste. Sola una cosa quisiera que me estimases, y sea el haber procurado observar en esta obra aquel magistral precepto de Horacio, en su inmortal Arte de todo discurrir, que dice: Denique sit quod vis simplex dumtaxat et unum. Cualquier empleo del discurso y la invención, sea lo que quisieres, o épica o cómica u oratoria, se ha de procurar que sea una, que haga un cuerpo, y no cada cosa de por sí, que vaya unida, haciendo un todo perfecto. También he atendido en esta tercera parte huir del ordinario tope de los más autores, cuyas primeras partes suelen ser buenas, las segundas ya flaquean, y las terceras de todo punto descaecen. Yo he afectado lo contrario, no sé si lo habré conseguido: que la segunda fuese menos mala que la primera, y esta tercera que la segunda.

Dijo un grande lector de una obra grande que sólo le hallaba una falta, y era el no ser o tan breve que se pudiera tomar de memoria, o tan larga que nunca se acabara de leer: si no se me permitiere lo último por lo eminente, sea por lo cansado y prolijo. Otras más breves obras te ofrezco, y aunque no puedo lo que franqueaba a sus apasionados el erudito humanista y insigne jurisperito Tiraquelo sí aquello de un librillo en cada un año redituará mi agradecimiento.

—Vale.

Crisi I

CRISI PRIMERA

Honores y horrores de Vejecia

No hay error sin autor, ni necedad sin padrino, y de la mayor el más apasionado: cuantas son las cabezas tantos son los caprichos, que no las llamo ya sentencias. Murmuraban de la atenta Naturaleza los reagudos (entremetiéndose a procuradores del género humano) el haber dado principio a la vida por la niñez:

—La más inútil —decían— y la menos a propósito de sus cuatro edades: que aunque se comienza a vivir a lo gustoso y lo fácil, pero muy a lo necio. Y si toda ignorancia es peligrosa, ¡cuánto más en los principios! Gentil modo de meter el pie en un mundo, laberinto común, forjado de malicias y mentiras, donde cien atenciones no bastan. ¡Eh!, que no estuvo esto bien dispuesto, llamémonos a engaño y procúrese el remedio.

Llegó presto el descontento humano al consistorio supremo, que oyen mucho las orejas de los reyes. Mandólos comparecer ante su soberano acatamiento, y dicen oyó benignamente su querella, concediéndoles que ellos mismos eligiesen la edad que mejor les estuviese para comenzar a vivir, con que se hubiese de acabar por la contraria: de modo que si se daba principio por la alegre primavera de la niñez, el dejo había de ser por el triste invierno de la senectud; o al otoño de la varonil edad habían de salir por el contrario; y si por el sazonado, [por el] destemplado estío de la juventud. Dioles tiempo para que lo pensasen y confiriesen entre sí, y que en estando ajustados volviesen con la resolución, que al punto se ejecutaría Mas aquí fue la confusión de pareceres, aquí el Babel de opiniones, ofreciéndoseles cien mil inconvenientes por todas partes. Proponían unos se comenzase a vivir por la mocedad, que dé dos extremos, más valdría loco que tonto.

—¡Calificada necedad! —replicaban otros—. No sería eso entrar a vivir, sino a despeñarse; no comenzar la vida, sino su ruina, cuando no por la puerta de la virtud, sino del vicio; y apoderado—; éstos una vez de los homenajes del alma, ¿quién bastará a desencastillarlos después? Advertid que es un niño planta tierna que, en declinando a la siniestra mano, con facilidad se endereza a la diestra, mas un mozo absoluto y disoluto no admite consejos, no sufre preceptos, todo lo atropella y todo lo yerra. Creed que entre dos extremos, más arriesgada corre la locura que la ignorancia.

Sobre la achacosa vejez no tuvieron mucho que altercar, con que no faltó quien la propusiese porque no quedase piedra por mover y todo se alterase.

—¡Eh! —dijeron los menos necios—, que ésa no es edad, sino tempestad, más a propósito para dejar la vida que para comenzarla, cuyos multiplicados achaques facilitan la muerte y la hacen tolerable. Yacen dormidas las pasiones, cuando más despierto el desengaño, cáese el fruto de maduro y aun de pasado.

El que llegó a estar más adelantado fue el partido de la edad varonil.

—¡Ése sí —ponderaban los resabidos— que es gran comenzar, el medio día de la razón y a toda luz del juicio! Ventaja única, entrar a entero sol en el confuso laberinto de la vida. Ésa es la reina de las edades y lo mejor del vivir. Por ahí comenzó el primero de los hombres, así le introdujo en el mundo el soberano Hacedor, ya perfecto, ya consumado, hecho y derecho. ¡Alto!, pídasele al divino Autor sin más altercación esta excelencia.

—Aguardá —les dijo un cuerdo—. ¿Y quién vio jamás comenzar por lo más dificultoso? Esto ni lo enseña el arte ni lo platica la naturaleza; antes bien, ambas a dos proceden en todas sus obras haciendo ascenso de lo fácil a lo dificultoso, de lo poco a lo mucho, hasta llegar a lo muy perfecto. ¿Quién jamás comenzó a subir por el reventón de una cuesta? Apenas comenzaría a vivir el hombre y bien a penas, cuando se hallaría abrumado de cuidados, ahogado de obligaciones, consumido antes que consumado, empeñado en ser persona, que es lo más difícil de la vida. Y si no son a propósito para comenzar los achaques de viejo, menos lo serán los afanes de hombre. ¿Quién querrá la vida si sabe lo que es, y quién meterá el pie en el mundo si le conoce? ¡Eh!, dejadle vivir al hombre para sí algún tiempo, que toda es suya la niñez y la mitad de la juventud, ni tiene menores días en toda la carrera de sus años.

De ese modo ha sido tan ventilada la disputa, que aun dura y durará, sin haberse podido convenir jamás ni vuelto con la respuesta al Hacedor soberano, el cual prosigue en que comience el hombre a vivir por la niñez ignorante y acabe por la vejez sabia. Estaban ya nuestros dos peregrinos del mundo, los andantes de la vida, al pie de los Alpes canos, comenzando Andrenio a dar en el blanco, cuando Critilo en los dejos de cisne. Era la región tan destemplada y tan triste que, entrados en ella, a todos se les heló la sangre.

—Éstas —decía Andrenio— más parecen puertas de la muerte que puertos de la vida. Y era muy de observar que los que antes pasaron los Pirineos sudando, ahora los Alpes tosiendo; que lo que en la juventud se suda, en la vejez se tose. Veían blanquear algunos de aquellos cabezos, cuando otros muy pelados, cayéndoseles los dientes de los riscos. No discurrían bulliciosas las venas de los arroyuelos, porque la mucha frialdad los había embargado la risa y el bullicio. De modo que todo estaba helado y casi muerto. Aparecían desnudas las plantas de sus primeras locuras y verdores, y desabrigadas de su vistoso follaje; y si algunas hojas les habían quedado, eran tan nocivas que mataban no pocos al caer, aunque decía la amenazada vieja: «A la de mi naranjo me apelo.» No se veían ya reír las aguas como solían; llorar sí, y aun crujir los carámbanos. No cantaba el ruiseñor enamorado; gemía sí, desengañado.

—¡Qué región tan malhumorada es ésta! —se lamentaba Andrenio.

—¡Y qué malsana! —añadió Critilo—. Trocáronse los fervores de la sangre en horrores de la melancolía, las carcajadas en ayes: todo es frialdad y tristeza.

Esto iban melancólicamente discurriendo, cuando entre los pocos que llegaban a estampar el pie en aquel polvo de nieve descubrieron uno de tan extraño proceder, que dudaron ambos a la par si iba o si venía, equivocándose con harto fundamento, porque su aspecto no decía con su paso: traía el rostro hacia ellos y caminaba al contrario. Porfiaba Andrenio que venía, y Critilo que iba, que aun de lo que dos están viendo a una misma luz hay diversidad de pareceres. Apretó la curiosidad los acicates a su diligencia, con que le dieron alcance muy en breve y hallaron que realmente tenía dos rostros, con tan dudoso proceder que cuando parecía venir hacia ellos se huía dellos, y cuando le imaginaban más cerca estaba más lejos.

—No os espantéis —dijo él mismo advirtiendo su reparo—, que en este remate de la vida todos discurrimos a dos luces y andamos a dos haces; ni se puede vivir de otro modo que a dos caras: con la una nos reíamos cuando con la otra regañamos, con la una boca decimos de sí y con la otra de no, y hacemos nuestro negocio. Y si alguno nos pide la palabra, de que no nos está bien la obra, apelamos del decir al hacer, de la facilidad del prometer a la imposibilidad del cumplir, de la lengua a las manos: que hay dos leguas de distancia, y catalanas. Estaremos asegurando una cosa a la española y desmintiéndola a la francesa, a fuer de Enrico, que de un rasgo firmó las dos paces contrarias sin refrescar la pluma ni tomar tinta de nuevo. Hablamos en dos lenguas a la par, y al que dice que no nos entiende, que nosotros no entendemos. Hay primero y segundo semblante: el uno de cumple y el otro de miento: con el primero contentamos a todos, y con el segundo a ninguno. ¡Cuántas veces lloramos con el que llora y a un mismo tiempo nos estamos riendo de su necedad!; que con el un brazo estaba agasajando aquel gran personaje que todos conocimos al que llegaba a hablarle, y con la otra mano se la estaba jurando al paje que le había dado entrada. Así que no os fiéis de caricas ni os paguéis de gustillos. Pasad adelante a ver la otra cara, la verdadera, la de hablas; la de después, la de sobras; que si bien reparáis, hallaréis la una frente muy serena y la otra borrascosa. Blasfema esta boca de lo que aquélla aplaude. Si los ojos de la una son azules y de cielo, los de la otra muy negros y de infierno; si aquéllos quietos, éstos otros guiñando. Veréis la una faz muy humana, cuando la otra muy grave; tan jovial ésta cuan saturnina aquélla. Y, en una palabra, todos en la vejez somos Janos, si en la mocedad fuimos Juanes. Sea ésta la primera lición y la que más encargada nos tiene la célebre tirana deste distrito y la que ella más platica.

—¿Qué tirana es ésa? —preguntó asustado Andrenio.

Y el Jano:

—¿Nueva se te hace? Pues de verdad que es bien vieja y bien sonada, conocida de todos, y ella desconocida con todos. Témenla los nacidos por su crueldad, huyendo deste su caduco imperio, procurando cejar en la vida y echando borrones de mala tinta sobre el papel blanco de las canas; y si alguno llega por acá, es a empellones del tiempo y muy contra su buen gusto. Mirad aquella hembra qué mala cara hace, y cuanto más va, peor, viéndose ya prendida de más años que alfileres. Aquí cautivan los fieros ministros de la fea Vejecia a todo pasajero, sin que se les escape ni el rico, ni el poderoso, ni el galán, ni el valiente; cuando mucho, alguno de los que saben vivir. Tráenlos a todos como por los cabellos, dejándolos tal vez más rotos que una ocasión venturosa.

Unos veréis que vienen llorando, otros tosiendo, y todos en un continuo ¡ay! Ni hay que admirar, que es indecible el mal tratamiento que les hace, increíbles las atrocidades que en ellos ejecuta, tratándolos al fin como a cautivos, y ella tirana. Y aun quieren decir que tiene de bruja, ella y todas las de su séquito, lo que les falta de hechiceras: chúpales la sangre y las mejillas, hártelos de palos, dándoles más que del pan, y dice que es su sustento. Aseguran ser parienta tan allegada a la muerte, que están en segundo grado; y con todo, no son sanguíneas ni cercanas en sangre, sino en huesos. Más amigas aún que parientas, viven pared en medio, teniendo puerta abierta a todas horas, y así dicen que el viejo ya come las sopas en la sepultura, que de los mozos mueren muchos y de los viejos no escapa ninguno. No os la pinto porque la veréis presto, y por gran dicha.

Y decía una linda:

—¡Primero me caiga muerta!

Esto le estaba ponderando [a] Andrenio, cuando advirtió que con la otra boca se estaba haciendo lenguas en alabanza de Vejecia, informando de todo lo contrario a Critilo: celebrábala de sabia, apacible y discreta, estimadora de sus vasallos, asegurando que los premiaba con las primeras dignidades del mundo, procurándoles las mayores honras y concediéndoles grandes privilegios. No acababa de exagerar por superlativos el magnífico agasajo y el buen pasaje que les hacía. ¡Oh, con cuánta razón el otro sátiro de Esopo abominaba de semejantes sujetos que con la misma boca ya calientan, ya resfrían, alaban y vituperan una misma cosa!

—¡Líbreme Dios de semejante gente! —dijo Andrenio.

Y el Jano:

—Esto es tener dos bocas, y advierte que ambas dicen verdad: remítome a la experiencia.

Ya en esto vieron discurrir por todas partes, honras y coyunturas, los desapiadados verdugos de Vejecia. Y aunque procedían a traición y a lo de mátalas callando, se hacían después bien de sentir, donde quiera que una vez entraban: espiones de la muerte que con unas muletillas dejaban de correr y volaban hacia la sepultura. Iban de camarada de sesenta en setenta; tropa había de ochenta, y éstos eran los peores, que de allí adelante todo era trabajo y dolor. En agarrando alguno, con bien poco asidero le llevaban a la posta de una muletilla a padecer y podrecer. A los que huían, que eran los más, les perseguían fieramente tirándoles piedras, tan certeros, que se las clavaban en las ijadas y ríñones, y a muchos les derribaban los dientes y las muelas. Resonaban por todas aquellas soledades los ecos de un ¡ay! tras otro. Y ponderaba el Jano para buen consuelo:

—Aquí tantos son los ayes como los ages, que el viejo cada día amanece con un achaque nuevo.

Estaban actualmente setenta de aquellos verdugos (peores que los mismos diablos, a dicho del Zapata, pues no bastan conjuros para sacarlos) batallando con una abuela que habían cautivado sin más averiguación que serlo; aunque pasaba muy de rebozo en un manto de humo, que en humo del diablo vienen a parar de ordinario los dejos del mundo y carne, venía muy desenvuelta, cuando más envuelta; porfiaba que aún no había salido del cascarón, y ellos con mucha risa decían:

—¿Pues cómo entraste tan presto en el mascarón?

Ceceaba con enfadoso melindre, y desmentíalo su porfiado toser. Tiráronla del manto, con que la que negaba un achaque manifestó tres o cuatro: cayósele la cabellera y quedó monstruo la que fue prodigio, y la que había atraído tantos, sirena, ahora los ahuyentaba, coco.

Pasaba un cierto personaje muy a lo estirado, echando piernas que no tenía. Púsoselo a mirar uno de aquellos legañosos linces y reparó en que no llevaba criado, y con linda chanza dijo:

—Éste es el del criado.

—¿Cómo, si no le lleva? —replicó otro.

—Y aun por eso. Habéis de saber que la primer noche que entró a servirle, llegando a desnudarle, comenzó el tal amo a despojarse de vestidos y de miembros: «Toma allá, le dijo, esa cabellera.» Y quedóse en calavera. Desatóse luego dos ristras de dientes, dejando un páramo la boca; ni pararon aquí los remiendos de su talle: antes, removiendo con dos dedos uno de los ojos, se lo arrancó y entregósele para que lo pusiese sobre la mesa, donde estaba ya la mitad del tal amo; y el criado, fuera de sí, diciendo: «¿Eres amo o eres fantasma? ¿Qué diablo eres?» Sentóse en esto para que le descalzase, y habiendo desatado unos correones: «Estira, le dijo, de esa bota.» Y fue de modo que se salió con bota y pierna, quedando de todo punto perdido, viendo su amo tan acabado. Mas éste, que debía tener mejor humor que humores, viéndole así turbado: «De poco te espantas, le dijo. Deja esa pierna y ase de esa cabeza.» Y al mismo punto, como si fuera de tornillo, amagó con ambas manos a retorcer y a tirársela. El mozo no bastándole ya el ánimo, echó a huir con tal espanto, creyendo que venía rodando la cabeza de su amo tras él, que no paró en toda la casa ni en cuatro calles alrededor. Y con todo esto, se agravia de que le tengan por viejo, que todos desean llegar, y en siéndolo no lo quieren parecer: todos lo niegan y con semejantes engaños lo desmienten.

Ya, a los ecos del toser, al asqueroso estruendo del gargajear, alargaron la vista y descubrieron un edificio caduco cuya mitad estaba caída y la otra para caer, amenazando por momentos su total ruina, palpitándole los corazones a las arrimadas hiedras de los nepotes, validos y dependientes. Era de mármol en lo blanco y frío, y aunque muy apuntalado de Cipiones en vez de Atlantes, nada seguro; y con tener fosos abiertos y cerradas barbacanas, lo que menos tenía era de fortaleza. Pero ¿qué mucho se estuviese derruyendo, si se veía lleno de hendrijas y goteras?

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