Preliminares
Censura
Del Doctor Pedro de Abella, catedrático de artes en la universidad de Zaragoza
Por comisión del señor doctor Juan Perat, canónigo de la santa iglesia metropolitana de la Seo de Zaragoza, y en lo espiritual y temporal vicario general por el ilustrísimo y reverendísimo señor don Pedro Apaolaza, arzobispo de Zaragoza, del Consejo de Su Majestad, etc., he leído al Católico Fernando, que renaciendo en nuevas memorias podrá servir de ejemplo a los príncipes y de idea a los mayores monarcas. Ofrécelo su Autor ilustrado con erudición curiosa, enseñanza advertida y política prudente, sin haber en él algo que pueda deslucir el renombre de católico, ni ofender a las buenas costumbres. Así lo siento, en Zaragoza, en Palacio, a 9 de noviembre 1640.
El Doctor Pedro de Abella
Licencia
Doy licencia para que se imprima. En Zaragoza, a 12 de noviembre, 1640.
El Doctor Juan Perat, Oficial y Vicario General
Censura
Del doctor Juan Francisco Andrés de Uztarroz de orden del Excelentísimo Señor Duque de Nochera, Príncipe de Scila, lugarteniente y capitán general en los reinos de Aragón y Navarra
Eterniza las memorias, señor excelentísimo, del glorioso rey don Fernando II de Aragón y V de Castilla este breve diseño de sus heroicas acciones, coloriendo artificiosamente Lorenzo Gracián con el ingenioso pincel de su pluma, no sólo su idea, pero dibuja, en diferentes lejos y distancias, las virtudes y deliquios de otros príncipes. Gloriarse puede la villa de Sos por haber nacido en ella, en la antigua casa de los Sadas, príncipe tan singular, cuya dicha pudieran envidiar muchas ciudades. No puedo dejar de darle muchas gracias al Autor de este erudito trabajo por haber sabido escoger Mecenas de tan excelentes y aventajadas partes, cuya prudencia se acredita con acciones propias. Publíquelo la peregrinación que Vuestra Excelencia hizo por Francia, Flandes, Alemania, Inglaterra, Polonia y otras provincias, dejando sus esclarecidos lares por volver a ellos rico de experiencias y glorioso de trofeos, habiendo vertido en Argentina, en defensa de la religión católica, mucha sangre de sus generales venas. Diga la militar disciplina cuántas veces vio a Vuestra Excelencia acaudillar numerosos ejércitos, y con el valeroso denuedo que reconoció, de orden del señor Infante Cardenal, las fortificaciones y cuarteles de Veymar para descubrir sus designios. Y, habiéndolo ejecutado dichosamente como práctico soldado, predijo los intentos del enemigo, que, a no haberlos previsto su marcial viveza, pudieran haber causado algún desorden. Hable Viena, Corte de los emperadores de Alemania, las veces que vio Vuestra Excelencia embajador elocuente en sus estrados y doseles. Pero yo solamente diré que debe Vuestra Excelencia ennoblecer con su protección El Político de Lorenzo Gracián por dos causas: la primera, porque la nobilísima Casa de Vuestra Excelencia sabe defender los Serenísimos Reyes de Aragón. No lo callarán las historias, ni son hazañas que las puede oscurecer el olvido, pues no hay quien ignore la prudencia y el valor de los dos famosos caballeros, don Antonio Carrafa y don Diomedes, su hijo, por cuyo medio recobró el magnánimo rey don Alonso el opulento reino de Nápoles, y Vuestra Excelencia, como sucesor de tan esclarecidos príncipes, defenderá esta obra. La segunda causa por la cual hallará tutelar asilo el Autor de este desvelo político, es por ser Vuestra Excelencia. protector de los varones doctos, heredando esta inclinación con la sangre, pues sabe Italia que el Palacio del Excelentísimo Señor don Fernando Carrafa, padre de Vuestra Excelencia, fue museo de eruditos y célebres ingenios. Merece El Político que Vuestra Excelencia le haga la honra que al Héroe y la que previene al Ministro Real, dándole la licencia que suplica, por no hallarse en este libro cosa que ofenda las buenas costumbres ni las regalías de Su Majestad. Así lo siento, en Zaragoza, a 21 de noviembre, año 1640.
EL Doctor Juan Francisco Andrés de Uztarroz
Suma del privilegio
Tiene privilegio por diez años Lorenzo Gracián para imprimir un libro del Político don Fernando el Católico, sin que otra persona lo pueda imprimir sin su licencia, so las penas en el dicho privilegio contenidas. Despachado por José Yubero, en Zaragoza, a 27 de noviembre de 1640.
Al Excelentísimo Señor Duque de Nochera
Pongo un rey a todos los pasados; propongo un rey a todos los venideros: don Fernando el Católico, aquel gran maestro del arte de reinar, el oráculo mayor de la razón de Estado.
Sera éste (¡oh, excelentísimo Duque, Mecenas y maestro mío juntamente), no tanto cuerpo de su historia cuanto alma de su política; no narración de sus hazañas, discurso sí de sus aciertos; crisis de muchos reyes, que no panegiris de uno solo, debida a la magistral conversación de Vuestra Excelencia, lograda de mi observación.
Comentaré algunos de sus reales aforismos, los más fáciles, los accesibles, que los primorosos, los recónditos, esos cederlos he a quien presumiere alcanzarlos. Apreciaré reglas ciertas, no paradojas políticas, peligrosos ensanches de la razón, estimando más la seguridad que la novedad.
Protesto que no alienta mi pluma el favonio de la lisonja, pues nunca ésta buscó tan remotos los asuntos. Excusa, sí, mi osadía, y aun la solicita, mi suerte de hallarme, digo, con muchas noticias eternizadas por su propia real católica mano; deformes caracteres, pero informados de mucho espíritu. Oráculo dos veces por lo arcano de la inscripción, y más por lo profundo del pensamiento.
Quedó envidiando a Tácito y a Comines las plumas, mas no el cetro; el espíritu, mas no el objeto.
Fundó Fernando la mayor monarquía hasta hoy en religión, gobierno, valor, estados y riquezas; luego fue el mayor rey hasta hoy.
Concurrieron siempre grandes prendas en los fundadores de los imperios; que si todo rey, para ser el primero de los hombres ha de ser el mejor de los hombres, para ser el primero de los reyes ha de ser el máximo de los reyes.
Fueron comúnmente tan prodigiosos los hechos de todos los fundadores, que las narraciones de ellos se juzgaron antes por invenciones de la Épica que por rigores de la Historia. Los suyos los imaginaron más que hombres, hasta inaugurarlos en dioses: los extraños, echando por otro extremo, los tuvieron por héroes fabulosos.
Destinóse la elegante pluma de Jenofonte al glorioso cetro de Ciro, cabeza del imperio de los persas, y remontóse tanto, que se perdió de crédito, pues creyó la posteridad que había escrito, no lo que había sido Ciro, sino lo que debe ser un perfecto monarca.
Es el fundador de un imperio hijo de su propio valor; sus sucesores participaron de la grandeza. Hízose rey, que pudo, sobre la corona de los méritos, fabricársela de diamantes. Ellos, o nacen reyes, o son hechos reyes.
Fue Rómulo un prodigio de la capacidad y del valor, para fundar la monarquía romana, tan dilatada en espacios como en siglos. Déjoles a los suyos en su significativo nombre depositada, como en semilla, la virtud y vinculado el valor, para ocupar lo mejor del mundo, y fue tanto más cuanto comenzó de menos.
Las principales de estas heroicas prendas son antes favores del celestial destino que méritos del propio desvelo.
Hijos fueron de esta divina elección suprema, y hermanos en la grandeza, Constantino y Carlos, para fundar los dos cristianos imperios, el uno en el Oriente y el otro en el Occidente.
Celebren todos los siglos, depositadas todas las prendas en el verdadero Gerión de España, los tres fundadores de sus tres católicos reinos, don García Jiménez de Sobrarbe, don Pelayo de las Asturias, don Alonso Enríquez de Portugal, que con gloriosa emulación pasaron a ser imperios extendiéndose cada uno por diferente parte del universo.
Con el valor se consiguen las coronas, y con la prudencia se establecen. Sobróle a Alejandro la braveza para conquistar y faltóle la sagacidad para establecer, si ya no fue envidia de que ninguno de sus sucesores le igualase, o soberbia de no imaginar a otro alguno capaz de tanto empleo.
Llenó el Oriente el Tamerlán más de terror que de señorío, bárbaro cometa que con la facilidad con que se forjó se deshizo, y comenzaba así en nuestros días Gustavo Adolfo el de Suecia.
No tengo yo por fundador de una monarquía al que la dio cualquier principio imperfecto, sino al que la formó.
Mucho se le debe en el poderoso imperio de los turcos al valeroso Otomán, que lo comenzó, pero mucho más al conquistador Mahometo, que lo estableció en Constantinopla, dejándolo tan acreditado como acrecentado.
Plantó la monarquía de Francia el valiente Faramundo. Regola Clodoveo con el licor celestial, coronándola más con sus cristianísimas virtudes que con sus fragantes lises.
Hay también grande distancia de fundar un reino especial y homogéneo dentro de una provincia al componer un imperio universal de diversas provincias y naciones. Allí, la uniformidad de leyes, semejanza de costumbres, una lengua y un clima, al paso que lo unen en sí, lo separan de los extraños. Los mismos mares, los montes y los ríos le son a Francia término connatural y muralla para su conservación. Pero en la monarquía de España, donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para conservar, así mucha para unir.
Ni se limita el fundar los imperios a un modo singular; halló muchos y especiales el ingenio. De esta suerte transformó César la aristocracia en monarquía y fueron tantas sus prendas como sus coronas. Los romanos conquistaron lo más y lo mejor del mundo, y él sujetó a los romanos. Avasalló otros tantos reyes cuantos fueron los senadores y capitanes que venció.
Dio lugar el gran Constantino a la monarquía pontificia y trasladó la suya imperial allá al Oriente, haciendo de sus victoriosas armas muralla fuerte a la Iglesia. Facilitó la conquista de todo el mundo al yugo de la fe santa, si hubieran sabido sus sucesores ejecutar la traza y lograr la ocasión.
Fue dos veces grande, por lo valeroso y por lo sagaz, Ismael Sofi, pues fundó su imperio de Persia, no de las ruinas del otomano, sino de lo más florido de él. Detuvo el curso a su felicidad en su mayor aumento, y por Divina Providencia (derechamente favorable a la cristiandad) enfrenó el orgullo turquesco a lo mejor.
Tiene la astucia su propio modo de fundar, que fue valerse siempre de la ocasión; y, después de haber la inconsiderada porfía de los príncipes cristianos consumido alternativamente sus fuerzas, agotado sus tesoros, desflorado sus ejércitos, salieron de refresco los turcos y alzáronse con todo, sin resistencia: están más llenas las historias de casos que de escarmientos.
Viose renovada la gloria antigua africana en su Jerife, bárbaro sabio que supo jugar a dos manos, ya de la política y ya del valor.
Émulo Quingui de Alejandro, y envidiándole el renombre, volvió a conquistar todo el Oriente, desde las murallas de la China hasta las selvas de Moscovia, dejando a sus sucesores, más en empeño que en herencia, el renombre de Gran Kan de la Tartaria.
Todos fueron cabezas de monarquías, correspondiendo en cada uno la grandeza de su ánimo a la de su imperio. Pocos de sus sucesores les igualaron, y aunque adelantaron los términos del mando, pero no los del valor.
El claro sol que entre todos ellos brilla es el Católico Fernando, en quien depositaron, la naturaleza prendas, la fortuna favores y la fama aplausos. Copió el Cielo en él todas las mejores prendas de todos los fundadores monarcas, para componer un imperio de todo lo mejor de las monarquías. Juntó muchas coronas en una y, no bastándole a su grandeza un mundo, su dicha y su capacidad le descubrieron otro. Aspiró a adornar su frente de las piedras orientales, así como de las perlas occidentales, que, si no lo consiguió en sus días, enseñó el camino a sus sucesores por el parentesco, que, donde no ha lugar la fuerza, lo ha la maña.
Fue Fernando de la heroica prosapia de los reyes de Aragón, que fue siempre fecunda madre de héroes.
Ayuda mucho, o estorba, para conseguir la celebridad esto de las familias. Secreta filosofía, manifiesto efecto de la Soberana Providencia, más favorable a unas que no a otras. Parece que se heredan, así como las propiedades naturales, así las morales, los privilegios o achaques de la naturaleza y fortuna.
Casas hay que llevan consigo hereditaria la felicidad, y otras la desdicha. La de Austria ha sido siempre felicísima, prevaleciendo eternamente contra todas las máquinas de sus émulos.
La de Valois, al contrario, en Francia, ha sido desgraciada, no perdonando esta infelicidad aun a las privilegiadas hembras.
Otras prosapias hay belicosísimas por naturaleza y por afición, como lo es la de Borbón, seminario de valerosos caudillos, cuya mezcla con la de Austria prometen en nuestro Serenísimo Príncipe de España, con la felicidad, el valor para ser monarca del Universo. Sea oráculo su real nombre BALTASAR REY, compuesto de las cuatro vocales, que dan principio a todas las cuatro partes del mundo, en presagio de que su monarquía y su fama han de ocuparlas todas.
La familia de los Césares en Roma fue estéril de sucesores, tanto en calidad como en número, ordinario castigo de la tiranía.
Casas hay cuyos príncipes tardan en hacerse, pero, en despertando una vez, recompensan la tardanza de los principios con un prodigioso exceso en los progresos.
La casa de los reyes de Aragón fue de príncipes eminentes en el gobierno. Todos a una mano selectos, políticos, sagaces, belicosos y prudentes, felicidad rara y envidiable de todos los demás reinos.
Nació y criose, no en el ocio ni entre las delicias del rey don Juan, su padre, sino en medio de sus mayores aprietos. Las luminarias de su nacimiento fueron rayos de las bombardas, y los regocijos de la Corte fueron triunfos de las multiplicadas victorias.
Príncipe niño, se vio cercado en el castillo de Girona con la reina doña Juana, su madre, aquella castellana amazona que capitaneó tantos ejércitos en Navarra, Aragón y Cataluña. Contra un niño y una madre hubo día en que se fulminaron al castillo cinco mil balas, pero, como la fénix, salió triunfante de este incendio, que todos los reinos parece que se conjuraron contra Fernando niño para sujetárse le después muy hombre.
De una heroica educación sale un heroico rey. Dura en la vasija largo tiempo el buen o mal olor del primer licor que tuvo. Ensaya el águila su generoso polluelo para ser rey de las aves a los puros rayos del sol. Críese un príncipe mirando siempre al lucimiento, a los brillantes rayos de la virtud y del honor.
Ayudole mucho a Enrique IV, el de Francia, para ser rey, y gran rey, el haber sido trasladado de la cuna al pabellón.
Más gloriosas fueron las abarcas del aragonés don Sancho que el zapato de ámbar de otros príncipes, pues éstos paran en asquerosos muladares y aquéllas en majestuosos timbres.
Desamparó al niño Jaime, famoso conquistador de Aragón, su mismo padre el rey don Pedro; aborreciole aun antes de engendrarle y arrojole después; al que no quisiera haberle dado el primer ser de naturaleza, no quiso darle el más principal de la educación, y aquí estuvo su mayor dicha, pues sustituyendo el valeroso caudillo, el Conde Simón Monforte le fue padre y ayo juntamente, que se han de criar los propios hijos como extraños, y los extraños como propios: la primera gala que se puso fue el arnés, y aquellos tiernos infantiles miembros que aún no sabían andar iban ya crujiendo la malla y la loriga.
De esta suerte se criaron todos los célebres monarcas: ésta es la educación de los héroes.
Creció Alejandro al ruido, no de las fiestas y entretenimientos, sino de las hazañas del rey Filipo, su padre, alimentándose de envidia, saciándose de emulación. Hijo fue del mayor rey de la Grecia y alumno del mayor filósofo del mundo, para ser el primer monarca magno.
Presidió Fernando, siendo de menor edad, a las Cortes de Aragón en Zaragoza, supliendo la capacidad muy de hombre la edad muy de niño. Escarmentaron padre e hijo en el príncipe don Carlos de Viana, aquél para confiar más de su segundo hijo, y éste para saber unirse y aunarse con su padre.
Socorrían los emperadores romanos su cansada vejez con ir introduciendo en césares sus hijos, y, cuando no los hallaban en la naturaleza, los buscaban en la adopción. De esta suerte el sabio Nerva adoptó al valeroso Trajano. Hacían un cuerpo entrambos; aquél era cabeza y éste brazos, repartiéndose las facultades: el viejo la prudencia y el mozo el valor. Y lo que recababa la confianza en los extraños, ¿por qué no lo ha de pretender la naturaleza en los propios?
El amor o el recelo paterno es un fatal escollo donde dieron al traste muchos sucesores. Sepultaron en Francia a Carlos el Inepto, aun antes de nacer, entre pegajosas delicias, con que siempre fue rey muerto. La afición o la desconfianza les ha inventado ya a los príncipes otomanos la dulce cárcel de los entretenimientos, de donde nunca más acertaron a salir. Porque no aspirase temprano al mando Dionisio el Segundo de Sicilia lo criaron como a otros muchos, de suerte que, después, ni aun tarde, fueron capaces dél.
Todas las artes se aprenden, y en todos los mecánicos empleos, aun en los más fáciles, hay tiempo de aprendices. Sólo al real, siendo el más arduo, se le hurta esta común providencia. «No hay cosa más dificultosa, decía Diocleciano, que imperar bien».
Entran algunos a ser reyes sin arte ni experiencia. Hallose de repente Nino el Segundo, el hijo de Semíramis, empeñado en el dificultoso gobernalle de un cetro. Viose Childerico, el francés, en medio de un océano político y no en leche, sino en sangre, y tal vez en pura hiel.
El riesgo grande, la experiencia ninguna. Concibió con esto don Sancho el Segundo de Portugal horror al oficio y, lo que es peor, desconfianza de sí, y, remitiendo todos éstos el trabajo, vinieron a quedarse con sólo lo gustoso y el título de reyes, hasta perderlo también.
Entregó Fernando la juventud a la milicia y la senectud a la política. Atendió en sus primeros años a conquistar, en los postreros a gobernar.
Piden las edades sus empleos: compete el valor a la mocedad y la prudencia a la vejez.
Ejercítanse las armas en la lozanía y ferviente edad con facilidad, y con felicidad también: dictamen del insigne Marqués de Mariñano, ponderado en otra ocasión.
Envidiaba Trajano a Alejandro el haber comenzado a reinar mozo, no por ambición del mando, sino por emulación de la suerte. Acabáronseles a muchos con los floridos años los felices sucesos, y perdió Pompeyo en la vejez cuanto adquirió en su gallarda mocedad.
Requieren las armas un grano de temeridad que no se encuaderna con la madurez; lo muy considerado de la mayor edad detiene el brío, enfrena la osadía, y nunca los muy prudentes fueron grandes batalladores.
Depuso presto el arnés el prudente de los Filipos de España. Pero Alejandro, con su temeridad, conquistó más que todos los reyes juntos con su mucho tiento. El determinado César triunfó con su mucha audacia de la mucha prudencia del Senado.
Ni es la menor de las conveniencias ocupar las armas la deleznable mocedad y escaparla, sino de los vicios de la negligencia.
Apetece la vejez todo lo contrario, ama la paz, porque el sosiego da leyes, reforma las costumbres, compone la república, establece el imperio.
Comenzó por rey de Sicilia, ilustre agüero de su gran cosecha de coronas. Entró luego en Castilla, empresa más ardua que las de Alcides, aunque entre la hidra con sus siete cabezas. Viose luego el exceso de su capacidad, la grandeza de su valor y conociose que había de ser un prodigio político.
La llave de un feliz y acertado reinado consiste en el arrancar y, permítaseme decirlo así, en acertar a encarrilar. Por donde comenzó a correr el caudaloso río, por allí prosigue, que después es género de imposible el mudarle la corriente.
Tienen los reyes grandes contrarios a los principios de su gobierno. Toda prudencia, toda atención, toda sagacidad, aún no es bastante en este dificultoso punto. En las entradas de los caminos es el riesgo de errarlos, que, acertados una vez, con facilidad se prosiguen.
Comenzó el que hoy es rey de la gran China con opinión y aun alarde de prendas superiores, a la expectativa de sus atentos vasallos, pero luego lo enviciaron, unos por un fin y otros por otro, y echaron a perder el mejor rey que hubiera eternizado la fama.
Conciben grandes esperanzas los vasallos del sol que amanece, y prométense siempre que ha de ser mejor el que comienza que el que acaba, por bueno que haya sido. Fue recibido Fernando a deseo de gran rey, y no sólo satisfizo, sino que colmó estas bien fundadas esperanzas; previó que los que procuraban que fuese rey de Castilla no lo hacían porque mandase él; mas, cebándoles en ésta su engañada ambición, valiose de sus intentos para revolver después contra ellos y, vencidos unos y otros, fue rey, rey.
Estimó los dictámenes del rey don Juan, su padre, prevaleciendo la prudencia especial a la común inclinación.
Notable propensión es en los príncipes seguir todo lo contrario del pasado o por novedad o por emulación, y reina esta pasión, no sólo en los extraños sucesores, sino en los propios hijos, que pudo la naturaleza unir las sangres, pero no los juicios; herédase tal vez el gesto, pero nunca el gusto.
Si esta connatural oposición se declarara contra los desaciertos, fuera loable, pero que se atreva a la mayor hazaña, mayor monstruosidad.
Que abomine Vespasiano y borre las huellas de Vitelio y los demás monstruos sus predecesores, es restaurar el imperio, es desagraviar la virtud.
Pero que Adriano condene los esclarecidos hechos de Trajano, el mejor emperador que adoró Roma, y llegue a tal extremo de disentir, que estreche los términos del Imperio por estrecharle la fama, derribe la celebrada puente del Danubio por derribar su memoria, no es emulación, sino atrocidad.
Aprobarlo todo suele ser ignorancia; reprobarlo todo, malicia; que, porque el pasado fue guerrero el sucesor haya de ser necesariamente pacífico, y esto, no por conveniencia, sino por nativa oposición, no es regla de política.
El mal es que, en lo bueno y en lo heroico, tienen algunos por imperfección la imitación; mas en el vicio se compiten a porfía. Vanse encadenando los príncipes ingloriosos, pero los heroicos son raros y singulares. A un delicioso Tiberio sucede un detestable Calígula; a éste, Claudio incapaz; a Claudio, el perverso Nerón; de suerte que van en tropa encadenándose los malos; pero a un Augusto, a un Trajano, a un Teodosio, luego los pierden de vista, no hay quien prosiga en imitarlos.
Sorteó Fernando monarquía augusto, recíproca felicidad de parte del príncipe casar con monarquía igual a su capacidad y valor; de parte de la monarquía, alcanzar esposo igual a su grandeza y poder.
A una pequeña planta, cualquier pequeño vaso le es campo espacioso; un árbol gigante, una empinada palma, un descollado cedro, hállase violentado en la vasija estrecha: no puede espaciarse, no puede campear.
Si un Carlos Manuel de Saboya hubiera sorteado un imperio tan grande como su generoso espíritu, hubiera dejado atrás al mismo César; violentose a la pequeñez de un corto estado y, de un sol que podía ser, se malogró a una pequeña estrella.
Insufrible tormento es de un ánimo heroico ver que no alcanzan las fuerzas de su reino a las de su valor, y gran dicha no tener que envidiar la ajena monarquía.
Codició tal vez Enrico IV de Francia el valor de los españoles.
Por lo contrario, es grande infelicidad de una monarquía no tener esposo igual a su calidad y poder. Desestímale por incapaz a Vladislao II Polonia; aborrécelo por vicioso a Favila España. Y a un rey desacreditado, ni sus vasallos le acuden, ni los contrarios le temen. Las grandes y dificultosas monarquías piden príncipes grandes en la capacidad y en el valor, y el de prendas grandes campea más en la monarquía grande. Nada le debió a César el valeroso Carlos de Borgoña, y nada debió a Octaviano el Grande Cosme de Florencia, que, si fueron más celebrados aquéllos, no fue por ser mayores hombres, sino por ser mayores príncipes.
Cuando el monarca no es igual a la monarquía por defecto de la edad, aunque fue siempre peligroso y principio de su ruina, como en Arcadio, con todo esto lleva lo mejor, que se mantiene con la esperanza, pero cuando por naturaleza Alejo IV el Griego no lo es, da en desesperación.
Grande suerte es la recíproca igualdad, y como un linaje de casamiento que depende de lo alto. Y, cuando no la hubiere, vale más que peque por exceder el rey a la monarquía que no al contrario; pero el príncipe guárdese entonces de mostrar desestimación, que a César le costó la vida.
Pareciéronle a Fernando estrechos sus hereditarios reinos de Aragón para sus dilatados deseos; y así anheló siempre a la grandeza y anchura de Castilla, y de allí a la monarquía de toda España, y aun a la universal de entrambos mundos.
Reinó en creciente de imperio, que ayuda mucho a la plausibilidad de un monarca; depende mucho la grandeza o la pequeñez de un rey del estado de la monarquía, que va mucho del reinar en su creciente al reinar en su menguante.
La juventud lozana y vigorosa engendra hijos robustos y esforzados, pero la vejez, destituida de sus antiguas fuerzas, falta del calor nativo y cercada de achaques, produce hijos débiles y flacos.
Fueron comúnmente en todas las monarquías insignes reyes los primeros porque todo les ayudaba a la virtud; un valeroso Rómulo, un Numa feliz, un belicoso Hostilio, un integérrimo Anco, un sagaz Prisco y un político Sergio fueron las primicias de la monarquía romana. Duró más la excelencia en sus reyes que en sus emperadores, porque aquéllos eran hijos de su gallarda juventud, éstos de su cansada vejez; aquéllos vencían, éstos triunfaban.
Florecen en los principios el cuidado y el valor, entra después la confianza, síguela la flojedad y rematan con todo las delicias.
Iban sucediendo los esclarecidos reyes francos en su florida monarquía, con empeños de toda virtud, después del ínclito Clodoveo. La fama fresca de Childeberto solicitaba a los Clotarios, y la de estos a Dagoberto; mas poco a poco fue descaeciendo el valor, hasta amenazar ruina en el delicioso Childerico. De estas cenizas muertas renació en Carlos Martel. Volvió en sí el valor gálico en Pipino y llegó a su mayor pujanza en Carlo Magno, pero, ¡oh, inestabilidad de las cosas humanas!, viose segunda vez a pique en Carlos, llamado el Simple, y más en Carlos el Inepto. Aquí se declaró la especial Divina Providencia por este cristianísimo reino, pues proveyó de Hugon Capeto, que restauró para muchos siglos la monarquía, continuándose su felicidad en tantos famosos reyes, unos santos, otros valerosos y otros sabios. Émulo de tantas glorias, Luis XIII, restaurador invicto de las Galias, ha desterrado de toda la Francia la herejía, y se confiesa que ha de ahuyentar de todo el mundo la infidelidad, que quien comenzó persiguiendo los herejes debe acabar contrastando los mahometanos.
Dura por algún tiempo aquel primer calor nativo con que se formó el político cuerpo de un imperio; permanece aquella sustancia radical del poder, de la prudencia y del valor. ¿Quién pudo detener el ímpetu con que arrancó la felicidad otomana, creciendo siempre desde Otomán, su primer príncipe hasta el afortunado Solimán? Descaeció ya en el segundo Selim, contrastada de un Pontífice santo, resistida de un monarca católico. Creció con las discordias de los príncipes cristianos y con las mismas se conserva; pudo una breve Santa Liga enfrenarla victoriosa, cuánto más acabarla descaecida.
Es la Providencia suma autora de los imperios, que no la ciega vulgar fortuna. Ella los forma y los deshace, los levanta y los humilla por sus secretos y altísimos fines; los fieles para centro de su gloria, los infieles para emulación de aquellos y castigo, resplandeciendo siempre en unos y otros la armonía prodigiosa de su saber y poder.
Fue siempre gran ventaja suceder a la corona fragante, como Jerjes a la cídaris y empuñar el cetro floreciente, como Dagoberto el de los lilios.
Suma infelicidad de un príncipe llegar a la monarquía ya postrada, caído el valor, valida la ociosidad, desterrada la virtud, entronizado el vicio, las fuerzas apuradas, la reputación fallida, la dicha alterada, todo envejecido, y, como casa vieja, amenazando por instantes la total ruina, si no es que la ocasión esté aguardando el caudal de un Vespasiano, de un Claudio Segundo que la restauren, el valor de un Pipino y de un Hugon Capeto que la renueven, que las ocasiones que a los grandes hombres los encumbran, a los enanos son tropiezos que los despeñan. Lo ordinario es adolecer el príncipe de los mismos achaques de la monarquía, que antes se le pegará el letargo al sano que la salud al enfermo; en este mísero estado estaba España cuando entró a reinar en ella el desdichado Rodrigo, príncipe de más que medianas prendas, mas entró en el reino como en un golfo de vicios y delicias, acabado ya el antiguo valor godo de sus Alaricos, Ataúlfos, Sisebutos, Recaredos, Sisenandos, Suintilas y Wambas. Todo estaba arruinado, hasta las materiales defensas, minadas las costumbres por la torpeza y desidia de Witiza.
Es grande la fuerza del deleite, grande la violencia del vicio, y, aunque un príncipe, un Magno el Segundo de Suecia, sea de generoso natural, un Nerón de heroica educación, les contrastan las delicias, y poco a poco vienen a enviciarlos y a perderlos.
Sólo en Aragón faltó esta dependencia del estado de la monarquía, porque fueron extravagantes sus reyes, todos a una mano esclarecidos desde Ramiro el Primero, y aun desde García Jiménez, hasta el Católico Fernando, ninguno fue incapaz, ni delicioso, y, al contrario de otras monarquías, el último fue el mejor; creció la virtud con impulso natural en sus reyes, que es mayor en el fin que en el principio.
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