Criterios de edición
<< Ir a: Información acerca de la edición de El Discreto << Ir al texto: El Discreto La presente edición toma como base la primera edición impresa de El Discreto publicada en Huesca en 1646:
EL DISCRETO/DE/LORENZO GRACIAN,/Que publica/DON VINCENCIO IVAN/DE LASTANOSA./Y/LO DEDICA/AL/Serenissimo Señor,/DON BALTASAR CARLOS/Principe de las Españas./Y/Del Nuevo Mundo./Con licencia./Impresso en Huesca, por Iuan/Nogues,Año 1646.
Manejo la reproducción digital de la «Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes» de la edición facsímil editada en Zaragoza por el Gobierno de Aragón y la Institución Fernando el Católico en 2002. Esta edición puede consultarse en línea en: http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=10693
Además la he cotejado con la magnífica edición de Aurora Egido,. que es la mejor y más completa edición crítica en la actualidad, y que tiene en cuenta la magna edición anterior de Miguel Romera Navarro. La anotación del texto de mi edición debe mucho a la de Aurora Egido, así como aspectos de la puntuación y la elección de variantes con respecto al texto original.
El criterio seguido en esta edición es el de proporcionar una edición crítica y anotada que haga el texto accesible a un lector actual. Para ello me baso en los siguientes puntos:
La ortografía se actualiza con arreglo a la última edición de la Ortografía de la RAE, así, por ejemplo, no se acentúan los pronombres demostrativos en función deíctica a no ser que se deba evitar una ambigüedad, en cuyo caso se acentúa cuando pertenece a la categoría de los pronombres. El resto de las normas ortográficas se rigen por la ortografía moderna. Sin embargo en casos como los de «comprehender» y «aprehender», y otros parecidos, donde se mantienen en su forma original, aunque tengan el sentido actual de «comprender» y «aprender», para respetar los posibles matices y plurisignificaciones que no son raras en un autor barroco y para mantener el peculiar léxico de Gracián, que en buena medida lo distingue estilísticamente de otros escritores contemporáneos. Evidentemente lo mismo sucede con «plático», aunque signifique «práctico», por las razones aducidas arriba.
La puntuación respeta los parágrafos de la edición de 1646 dejando un espacio entre ellos, lo que equivale al punto y aparte en ediciones modernas. Sin embargo, el uso bastante arbitrario de coma, dos puntos y punto y coma del original queda resuelto en una puntuación con criterios actuales respetando las unidades sintácticas de su escritura y apoyándome, sobre todo, en la edición de Aurora Egido, aunque en algunos casos, he modificado su interpretación cuando he estimado mejor otra solución. Los paréntesis del original se mantienen cuando significan incisos en la sintaxis. No he adoptado, pues, los más habituales modernamente guiones largos en parte por la comodidad de uso en wikisource, pero, sobre todo, porque, sin cambiar el sentido y la inteligibilidad del texto para un lector actual, remiten mejor a los hábitos editoriales del original de 1646.
Las fórmulas de cortesía y tratamiento respentan la edición de Egido [1997]. En el caso de las abreviaturas (como V. A., referida al rey Felipe IV, de los preliminares), se desarrollan, consignando el tratamiento completo (en el caso antedicho, «Vuestra Alteza»).
Anoto toda palabra que suponga arcaísmo para un lector actual, en especial aquellas que no figuran en la última edición del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (DRAE). Uso el Tesoro de la lengua castellana o española (Sebastián de Covarrubias, 1611), abreviado Cov. que es el diccionario más cercano en tiempo a la lengua de Gracián para aclarar significados no presentes en el DRAE, y el Diccionario de Autoridades (Aut.) (S. XVIII) cuando la acepción refleja fielmente el sentido que tiene la palabra en el texto de El Discreto. Para consultar los diccionarios de la Academia, desde la primera edición del de Autoridades, uso el Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española (NTLLE), disponible en línea en la página de la RAE. Por otro lado, en determinados casos, como la de la presencia y sentido del verbo «brujulear», he consultado el Corpus Diacrónico del Español (CORDE), consultable también en la página web de la RAE. .
Aclaro asimismo todas las referencias culturales, tanto de personajes como históricas o mitológicas. Asimismo, se indica el origen de sentencias, dichos, fábulas o refranes a los que Gracián alude sin consignarlos expresamente en el texto. No indico datos de los personajes que participan en los preliminares, pero sí lo hago si aparecen más adelante en el cuerpo de la obra.
He procurado ser breve en las notas, pero las alusiones de Gracián a veces requieren una explicación que quizá sea algo prolija para una edición de Wikisource. Sin embargo espero que cierta extensión en la anotación sea compensada por un cabal entendimiento de los múltiples matices del pensamiento y del estilo del aragonés. Si la riqueza y profundidad de su escritura llega al lector actual habrá merecido la pena el esfuerzo de la lectura con este tipo de criterios de edición, pues, como el mismo Gracián nos dice en los preliminares de El Discreto:
Digo, pues, que no se escribe para todos, y por eso es de modo que la arcanidad del estilo aumente veneración a la sublimidad de la materia, haciendo más veneradas las cosas el misterioso modo del decirlas. Que no echaron a perder Aristóteles ni Séneca las dos lenguas, griega y latina, con su escribir recóndito.(...)
Merezca, lector discreto, o porque lo eres o para que lo seas, tener vez este arte de entendidos, estos aforismos de prudencia, en tu gusto y tu provecho.
--Escarlati 02:31 13 jun 2006 (UTC)
Referencias bibliográficas:
Preliminares
[PRELIMINARES]
Al príncipe Baltasar Carlos
Señor:
Este feliz asunto, que la amistad pudo hacerle mío, dedicándole yo a Vuestra Alteza le consagro a la eternidad. Pequeño es el don, pero confiado; que si al gran Jerjes le cayó en gusto la vulgar agua brindada, con más realce será lisonja a Vuestra Alteza el singular sudor de un estudioso, ofrecido en este culto trabajo. Émulo es de El Héroe, más que hermano, en el intento y en la dicha; que si aquel se admiró en la mayor esfera del selecto Museo Real, este aspira al sumo grado del juicioso agrado de Vuestra Alteza. Examínese de águila esta pluma a los rayos de un sol que amanece tan brillante a eclipsar lunas y marchitar flores. Señor, pues Vuestra Alteza es el verdadero Discreto, dígnese dar a un imaginado el ser, la vida, la fama de tan augusto patrocinio.
Don Vincencio Juan de Lastanosa
Aprobación
Del doctor don Manuel de Salinas y Lizana, canónigo de la Santa Iglesia de Huesca
Por comisión del ilustre señor Jerónimo Arascués, doctor en Derechos, canónigo de esta Santa Iglesia de Huesca, oficial y vicario general del ilustrísimo y reverendísimo señor don Esteban Esmir, obispo de Huesca, del Consejo de su Majestad, vi El Discreto, que publica don Vincencio Juan de Lastanosa. Costome su lectura admiración y cuidado, que ha menester tenerle el más perspicaz ingenio, para no ocupar el tiempo sin lograrle; que hay distancia de lo que percibe el oído a lo que penetra el entendimiento. Solo el título promete mucho, pero desempeña más, que en genios de remonte de águila está asegurado el acierto en la dificultad del asunto. Todos los que ha logrado este autor (otros emprenden, él logra) son singulares; no lo atribuyo a afectación, sino a fuerza del natural, que el entendimiento siempre busca proporcionado el objeto, por diferenciarle de la voluntad, que es ciega. Dio las primeras luces de su idea a la enseñanza de un príncipe en El Héroe y Político, que es muy propio de sol dorar con sus primeros rayos las cumbres. Por ser tan eminente el modo de su enseñanza, dio Arte al Ingenio, que mal se caminara por senda tan desconocida y nueva sin arte. Forma ahora de política general un Discreto, si le halla entendido, que esta es prenda del natural y aquella del arte y la experiencia. Enseña a un hombre a ser perfecto en todo; por eso no enseña a todos. Autoriza cuerdamente su doctrina con ejemplos de insignes varones de todos siglos, que siempre han menester la virtud y magnanimidad, en nuestra flaqueza, el estímulo. El estilo es lacónico, y tan divinizado, que a fuer de lo más sacro, tiene hasta en la puntuación misterios. Mídese con la grandeza de la materia. Todo conseguirá la aprobación de los entendidos, que no acredita el aplauso de todos, cuando son tan pocos los doctos. Obra es no para ocupar las horas, sino para lograrlas, que ofrece poco a la lectura pero mucho al discurso. No contiene cosa contra la fe, antes la aviva, porque excita el entendimiento; ni contra las costumbres, pues no trata sino de enseñar a mejorarlas. Y así puede darse licencia para que se imprima. Éste es mi parecer, en Huesca, a 30 de enero de 1646.
Manuel de Salinas y Lizana
Vista la Aprobación del señor canónigo Salinas, damos licencia que se imprima El Varón Discreto.
El doctor Jerónimo Arascués, Oficial y Vicario general
Aprobación
Del doctor Juan Francisco Andrés
El Discreto, de Lorenzo Gracián, que publica don Vincencio Juan de Lastanosa, se me comete de orden del ilustre señor don Miguel Marta, doctor en ambos derechos, del Consejo de su Majestad y Regente de la Real Cancillería del reino de Aragón, para que diga mi sentir y le asegure de los encuentros de las preeminencias reales y bien de la república, en cuyos escollos está muy lejos de peligrar la discreción. El asunto que describe es tan provechoso cuanto experimentarán los que atentamente le meditaren, que no basta leerle para comprenderle. La cultura de su estilo y la sutileza de sus conceptos se unen con engarce tan relevante, que necesita la atención de sus cuidadosos reparos para aprovecharse de su doctrina. Ostentó sus airosos rasgos en el Arte de Ingenio y Agudeza, y en otras fatigas de igual artificio, pero ¿quién admirará la singularidad de su idea, pues tiene por cuna a Bílbilis (hoy Calatayud), patria augusta de Marcial, que también se hereda el ingenio como la naturaleza? Las constelaciones influyen con más benevolencia en unos climas que en otros; de aquí nace la abundancia en unos y la necesidad en otros de varones sabios, aunque esta falta se ocasiona muchas veces de la violencia de los genios, señalando los padres a sus hijos las artes y ciencias que eligió un antojo, sin averiguar sus geniales inclinaciones; de esta causa se originan las desdichas o los aciertos de las repúblicas, porque faltando en ellas la sabiduría y madurez fácilmente vacilan, porque éstas son los ejes políticos donde se asegura la estabilidad. Pudiera la ignorancia desengañarse en sus desaciertos, pero depusiera su malignidad si llegara a conocerlos, y así vanamente desvanecida en su tema, procura adelantarlo y aun persuadirlo, pues desprecia las observaciones de aquellos que examinan la propensión del ánimo. En muchas provincias se platican los dictámenes del acierto y se lucen también, que las artes liberales, encontradas con los sujetos que las profesan, no resplandecen con eminencia, sino con mediocridad.
Estos errores podrá enmendar quien observare las reglas del Varón Discreto, porque sin la discreción será lo mismo que un diamante rudo, pues aunque tiene valor intrínseco, no le descubre hasta que el buril lo proporciona, debiendo más luces al artífice que a su oculto resplandor; y así merece darse a la estampa. Huesca, 5 de febrero, 1646.
El Dr. Juan Francisco Andrés Imprimatur: Marta Regens.
A los lectores
Don Vincencio Juan de Lastanosa
El cuarto (que es calidad) de los trabajos de un amigo doy al lucimiento. Muchos faltan hasta doce, que aspiran a tanta emulación. Puedo asegurar que no le desaniman al presente los pasados, aunque el primero fue un Héroe, cuya mayor gloria no es haberse visto impreso tantas veces y en tantas leguas, todas de su fama; no haber sido celebrado de las más cultas naciones; no haberle honrado tanto algunos escritores, que injirieron capítulos enteros en sus eruditas obras, como lo es El Privado Cristiano. Su verdadero aplauso, y aun su vida, fueron estas reales palabras que dijo, habiéndose dignado de leerle el gran Filipo IV de las Españas: «Es muy donoso este brinquiño; asegúroos que contiene cosas grandes». Que fue lo mismo que laurearlo de inmortal.
Tampoco le retira la crisis real aquella célebre Política del rey don Fernando el Católico, que a votos de juiciosos es lo mejor de este autor. No la prodigiosa Arte de Agudeza, por lo raro, erudito e ingenioso, que antes de ella se tenía por imposible hallarle arte al ingenio. Contentole tanto a un genovés, que la tradujo luego en italiano, y aun se la apropió, que no se contentan éstos con traducir el oro y plata de España, sino que quieren chuparla hasta los ingenios. Ninguno, pues, de los que le preceden, juzgaría que le espanta, si los que le siguen, especialmente un Atento y un Galante, que le vienen ya a los alcances y le han de pasar a non plus ultra.
Mas a dos géneros de lectores he oído quejarse de estas obras: a unos de las cosas y a otros del estilo; aquéllos por sobra de estimación, y éstos por deseársela. Objetan los primeros, y aun se lastimaba la fénix de nuestro siglo para toda una eternidad, la excelentísima señora condesa de Aranda, en fe de sus seis inmortales plumas, de que materias tan sublimes, dignas de solos héroes, se vulgarizasen con la estampa y que cualquier plebeyo, por precio de un real, haya de malograr lo que no le tiene. Oponen los segundos que este modo de escribir puntual, en este estilo conciso, echa a perder la lengua castellana, destruyendo su claridad, que ellos llaman pureza. ¡Oh, cómo solemnizara este vulgar cargo, si lo oyera, el crítico Barclayo, y aun lo añadiera a su Satiricón, donde apasionadamente condena a barbaridad la española llaneza en sus escritores!
Intento responder a entrambos de una vez, y satisfacer a los unos con los otros, de suerte que la objeción primera sea solución de la segunda, y la segunda, de la primera. Digo, pues, que no se escribe para todos, y por eso es de modo que la arcanidad del estilo aumente veneración a la sublimidad de la materia, haciendo más veneradas las cosas el misterioso modo del decirlas. Que no echaron a perder Aristóteles ni Séneca las dos lenguas, griega y latina, con su escribir recóndito. Afectáronle, por no vulgarizar entrambas filosofías, la natural aquél y la moral éste, por más que el Momo inútil los apode a entrambos, de jibia al uno y de arena sin cal al otro.
Merezca, lector discreto, o porque lo eres o para que lo seas, tener vez este arte de entendidos, estos aforismos de prudencia, en tu gusto y tu provecho.
Soneto acróstico al autor
Del doctor don Manuel de Salinas y Lizana, canónigo de la Santa Iglesia de Huesca
Benjamín de Minerva, no ya en vano Al mundo el nombre recatar intentes. Lauro, el laurel con que el nativo mientes Te corona y te ostenta más ufano. Hombre que, humilde, hazañas de su mano A la noticia esconde de las gentes, Solicita con rayos más lucientes Aplausos del Apolo soberano. Repetidos blasones, El Discreto Goce ya de la fama, que ligera Rompe el aire tu nombre publicando. Atento ya el Varón, varón perfecto, Corra en la prensa con veloz carrera, Y váyanse hasta doce continuando, Así serás tú solo Norte de ingenios y laurel de Apolo.
Epigrama
Del doctor Juan Francisco Andrés a don Vincencio Juan de Lastanosa
Cuánto a tu genio toda España deba Contarán tus Medallas conocidas, Si antes la oscuridad desconocidas, Juzgó hasta que tu pluma las renueva.
Nuevos aplausos a los doctos mueva La edición de las luces escondidas A tus ansias debiendo esclarecidas El lucimiento, que su autor reprueba.
A cuál debamos más no fácilmente Se podrá discernir; aquél oculta Su propio nombre artificiosamente.
Tú, porque del retiro le resulta Mayor gloria, divulgas diligente Las sutilezas de su lima culta.
Notas del editor:
Realce I
Genio e ingenio
Elogio
Estos dos son los ejes del lucimiento discreto; la naturaleza los alterna y el arte los realza. Es el hombre aquel célebre microcosmos, y el alma, su firmamento. Hermanados el genio y el ingenio, en verificación de Atlante y de Alcides, aseguran el brillar, por lo dichoso y lo lucido, a todo el resto de prendas. El uno sin el otro fue en muchos felicidad a medias, acusando la envidia o el descuido de la suerte.
Plausible fue siempre lo entendido, pero infeliz sin el realce de una agradable genial inclinación; y, al contrario, la misma especiosidad del genio hace más censurable la falta del ingenio.
Juiciosamente algunos, y no de vulgar voto, negaron poderse hallar la genial felicidad sin la valentía del entender; y lo confirman con la misma denominación de genio, que está indicando originarse del ingenio; pero la experiencia nos desengaña fiel, y nos avisa sabia, con repetidos monstruos en quienes se censuran barajados totalmente.
Son culto ornato del alma realces cultos, mas lo entendido entre todos corona la perfección. Lo que es el sol en el mayor, es en el mundo menor el ingenio. Y aun por eso fingieron a Apolo dios de la discreción. Toda ventaja en el entender lo es en el ser, y en cualquier exceso de discurso no va menos que el ser más o menos persona.
Por lo capaz se adelantó el hombre a los brutos, y los ángeles al hombre, y aun presume constituir en su primera formalísima infinidad a la misma divina esencia. Tanta es la eminente superioridad de lo entendido.
Un sentido que nos falte nos priva de una gran porción de vida y deja como manco el ánimo. ¿Qué será faltar en muchos un grado en el concebir y una ventaja en el discurrir, que son diferentes eminencias?
Hay a veces entre un hombre y otro casi otra tanta distancia como entre el hombre y la bestia, si no en la substancia, en la circunstancia; si no en la vitalidad, en el ejercicio de ella.
Bien pudiera de muchos exclamar, crítica, la vulpeja: «¡Oh, testa hermosa, mas no tiene interior! En ti hallo el vacuo que tantos sabios juzgaron imposible». Sagaz anatomía mirar las cosas por dentro. Engaña de ordinario la aparente hermosura, dorando la fea necedad; y, si callare, podrá desmentir el más simple de los brutos a la más astuta de ellos, conservando la piel de su apariencia. Que siempre curaron de necios los callados, ni se contenta el silencio con desmentir lo falto, sino que lo equivoca en misterioso.
Pero el galante genio se vio sublimado a deidad en aquel, no solamente cojo, sino ciego Tiempo, para exageración de su importancia aprecio de su eminencia; los que más moderadamente erraron, lo llamaron inteligencia asistente al menor de los universos. Cristiano ya el filosofar, no le distingue de una tan feliz cuanto superior inclinación.
Sea, pues, el genio singular, pero no anómalo; sazonado, no paradojo; en pocos se admira como se desea, pues ni aun el heroico se halla en todos los príncipes, ni el culto en todos los discretos.
Nace de una sublime naturaleza, favorecida en todo de sus causas; supone la sazón del temperamento para la mayor alteza de ánimo; débesele la propensión a los bizarros asuntos, la elección de los gloriosos empleos, ni se puede exagerar su buen delecto.
No es un genio para todos los empleos, ni todos los puestos para cualquier ingenio, ya por superior, ya por vulgar. Tal vez se ajustará aquél y repugnará éste, y tal vez se unirán entrambos, o en la conformidad o en la desconveniencia.
Engaña muchas veces la pasión, y no pocas la obligación, barajando los empleos a los genios; vistiera prudente toga el que desgraciado arnés; acertado aforismo el de Quilón: «Conocerse y aplicarse».
Comience por sí mismo el discreto a saber, sabiéndose; alerta a su minerva, así genial como discursiva, y dele aliento si es ingenua. Siempre fue desdicha el violentar la cordura, y aun urgencia alguna vez, que es un fatal tormento, porque se ha de remar entonces contra las corrientes del gusto, del ingenio y de su estrella.
Hasta en los países se experimenta esta connatural proporción, o esta genial antipatía; más sensiblemente en las ciudades, con fruición en unas, con desazón en otras; que suele ser más contrario el porte al genio que el clima al temperamento. La misma Roma no es para todos genios, ni ingenios, ni a todos se dio gozar de la culta Corinto. La que es centro para uno, es para el otro destierro; y aun la gran Madrid, por ser madre del mundo desde el Oriente hasta el Ocaso, en fe del Gran Filipo en su cuarta esfera, algunos la reconocen madrastra. ¡Oh, gran felicidad topar cada uno y distinguir su centro! No anidan bien los grajos entre las Musas, ni los varones sabios se hallan entre el cortesano bullicio, ni los cuerdos en el áulico entretenimiento.
En la variedad de las naciones es donde se aprueban, y aun se apuran, al contraste de tan varios naturales y costumbres. Es imposible combinar con todas, porque ¿quién podrá tolerar la aborrecible soberbia de ésta, la despreciable liviandad de aquélla, lo embustero de la una, lo bárbaro de la otra, si no es que la conformidad nacional en los mismos achaques haga gusto de lo que fuera violencia?
Gran suerte es topar con hombres de su genio y de su ingenio; arte es saberlos buscar; conservarlos, mayor; fruición es el conversable rato y felicidad la discreta comunicación, especialmente cuando el genio es singular, o por excelente, o por extravagante; que es infinita su latitud, aun entre los dos términos de su bondad o su malicia, la sublimidad o la vulgaridad, lo cuerdo o lo caprichoso; unos comunes, otros singulares.
Inestimable dicha cuando diere lugar lo precioso de la suerte a lo libre de la elección, que ordinariamente aquélla se adelanta y determina la mansión y aun el empleo, y, lo que más se siente, la misma familiaridad de amigos, sirvientes y aun consortes, sin consultarlo con el genio, que por esto hay tantos quejosos de ella, penando en prisión forzosa y arrastrando toda la vida ajenos yerros.
Cuál sea preferible en caso de carencia o cuál sea ventajoso en el de exceso, el buen genio o el ingenio, hace sospechoso el juicio. Puede mejorarlos la industria y realzarlos el arte. Primera felicidad, participarlos en su naturaleza heroicos, que fue sortear alma buena. Malograron esta dicha muchos, y magnates, errando la vocación de su genio y de su ingenio.
Compítense de extremos uno y otro para ostentar a todo el mundo, y aun a todo el tiempo, un coronado prodigio en el príncipe, nuestro señor, el primero Baltasar y segundo Carlos, porque no tuviese otro segundo que a sí mismo y él solo se fuese primero. ¡Oh, gloriosas esperanzas que en tan florida primavera nos ofrecen católico Julio de valor y un Augusto de felicidad!
Notas del editor:
Realce II
Del señorío en el decir y en el hacer
Discurso académico
Es la humana naturaleza aquella que fingió Hesíodo, Pandora. No la dio Palas la sabiduría, ni Venus la hermosura, tampoco Mercurio la elocuencia, y menos Marte el valor, pero sí el arte, con la cuidadosa industria, cada día la van adelantando con una y otra perfección. No la coronó Júpiter con aquel majestuoso señorío en el hacer y en el decir, que admiramos en algunos; dióselo la autoridad conseguida con el crédito, y el magisterio alcanzado con el ejercicio.
Andan los más de los hombres por extremos. Unos, tan desconfiados de sí mismos, o por naturaleza propia o por malicia ajena, que les parece que en nada han de acertar, agraviando su dicha y su caudal, siquiera en no probarlo; en todo hallan qué temer, descubriendo antes los topes que las conveniencias, y ríndense tanto a esta demasía de poquedad, que, no atreviéndose a obrar por sí, hacen procura a otros de sus acciones y aun quereres. Y son como los que no se osan arrojar al agua sino sostenidos de aquellos instrumentos que comúnmente tienen de viento lo que les falta de sustancia.
Al contrario, otros tienen una plena satisfacción de sí mismos; viven tan pagados de todas sus acciones, que jamás dudaron, cuanto menos condenaron, alguna. Muy casados con sus dictámenes, y más cuanto más erróneos; enamorados de sus discursos, como hijos, más amados cuanto más feos; y como no saben de recelo, tampoco de descontento. Todo les sale bien, a su entender; con esto viven contentísimos de sí, y mucho tiempo, porque llegaron a una simplicísima felicidad.
Entre estos dos extremos de imprudencia se halla el seguro medio de cordura, y consiste en una audacia discreta, muy asistida de la dicha.
No hablo aquí de aquella natural superioridad que señalamos por singular realce al Héroe, sino de una cuerda intrepidez, contraria al deslucido encogimiento, fundada, o en la comprensión de las materias, o en la autoridad de los años, o en la calificación de las dignidades, que en fe de cualquiera de ellas puede uno hacer y decir con señorío.
Hasta las riquezas dan autoridad. Dora las más veces el oro las necias razones de sus dueños; comunica la plata su argentado sonido a las palabras, de modo que son aplaudidas las necedades de un rico, cuando las sentencias de un pobre no son escuchadas.
Pero la más ventajosa superioridad es la que se apoya en la adecuada noticia de las cosas, del continuo manejo de los empleos. Hácese uno primero señor de las materias, y después entra y sale con despejo, puede hablar con magistral potestad y decir como superior a los que atienden, que es fácil señorearse de los ánimos después, si de los puntos primero.
No basta la mayor especulación para dar este señorío, requiérese el continuado ejercicio en los empleos, que de la continuidad de los actos se engendra el hábito señoril.
Comienza por la naturaleza y acaba de perfeccionarse con el arte. Todos los que lo consiguen se hallan las cosas hechas; la superioridad misma les da facilidad, que nada les embaraza; de todo salen con lucimiento. Campean al doble sus hechos y sus dichos; cualquiera medianía, socorrida del señorío, pareció eminencia, y todo se logra con ostentación.
Los que no tienen esta superioridad entran con recelo en las ocasiones, que quita mucho del lucimiento, y más si se diere a conocer. Del recelo nace luego el temor, que destierra criminalmente la intrepidez, con que se deslucen y aun se pierden la acción y la razón. Ocupa el ánimo de suerte que le priva de su noble libertad, y sin ella se ataja el discurrir, se hiela el decir y se impide el hacer, sin poder obrar con desahogo, de que depende la perfección.
El señorío en el que dice concilia luego respeto en el que oye, hácese lugar en la atención del más crítico y apodérase de la aceptación de todos. Ministra palabras y aun sentencias al que dice, así como el temor las ahuyenta, que un encogimiento basta a helar el discurso, y aunque sea un raudal de elocuencia lo embarga la frialdad de un temor.
El que entra con señorío, ya en la conversación, ya en el razonamiento, hácese mucho lugar y gana de antemano el respeto, pero el que llega con temor, él mismo se condena de desconfiado y se confiesa vencido; con su desconfianza da pie al desprecio de los otros, por lo menos a la poca estimación.
Bien es verdad que el varón sabio ha de ir deteniéndose, y más donde no conoce; entra con recato sondando los fondos, especialmente si presiente profundidad, como lo encargaremos en nuestros Avisos al Varón Atento.
Con los príncipes, con los superiores y con toda gente de autoridad (aunque conviene, y es preciso reformar esta señoril audacia, pero no de modo que dé en el otro extremo de encogimiento), aquí importa mucho la templanza, atendiendo a no enfadar por lo atrevido, ni deslucirse por lo desanimado; no ocupe el temor de modo que no acierte a parecer, ni la audacia le haga sobresalir.
Hay condiciones de personas que es menester entrarles con superioridad, no sólo en caso de mandar, sino de pedir y de rogar; porque si estos tales conciben que se les tiene respeto, no digo ya recelo, se engríen a intolerables; y éstos comúnmente son de aquellos que los humilló bien naturaleza y los levantó mal su suerte. Sobre todo, Dios nos libre de la vil soberbia de remozos de palacio, insolentes de puerta y de saleta.
Brilla este superior realce en todos los sujetos, y más en los mayores. En un orador es más que circunstancia; en un abogado, de esencia; en un embajador es lucimiento; en un caudillo, ventaja; pero en un príncipe es extremo.
Hay naciones enteras majestuosas, así como otras sagaces y despiertas. La española es por naturaleza señoril; parece soberbia lo que no es sino un señorío connatural. Nace en los españoles la gravedad del genio, no de la afectación, y así como otras naciones se aplican al obsequio, ésta no, sino al mando.
Realza grandemente todas las humanas acciones, hasta el semblante, que es el trono de la decencia. El mismo andar, que en las huellas suele estamparse el corazón, y allí suelen rastrearlo lo juiciosos en el obrar y en el hablar con eminencia, que la sublimidad de las acciones la adelanta al doble la majestad en el obrarlas.
Nácense algunos con un señorío universal en todo cuanto dicen y hacen, que parece que ya la naturaleza los hizo hermanos mayores de los otros; nacieron para superiores, si no por dignidad de oficio, de mérito. Infúndeseles en todo un espíritu señoril, aun en las acciones más comunes; todo lo vencen y sobrepujan. Hácense luego señores de los demás, cogiéndoles el corazón, que todo cabe en su gran capacidad, y aunque tal vez tendrán los otros más ventajosas prendas de ciencia, de nobleza y aun de entereza, con todo eso prevalece en éstos el señorío, que los constituye superiores, si no en el derecho, en la posesión.
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