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ELEMENTOS
CAPITULO I Figura i dimensiones de la Tierra: sns movimientos
1. Pruebas de la redondez de la Tierra. — 2. La redondez de la Tierra subsiste a pesar de las montañas. — 3. Dimensiones de la Tierra. — ■ 4. Su movimiento jiratorio. — 5. Su movimiento de traslación al rededor del Sol. — 6. Las estaciones. — 7. Divisiones convencionales de la esfera terrestre. — 8. Las cartas jeográficas.
1. — Los antiguos creían que la Tierra era plana; sin embargo, Pitágoras i muchos filósofos griegos, sin poseer los medios de comprobación que han conocido los modernos, reconocieron que era redonda. En efecto, sin necesidad de llegar a una demostración esperimental, han podido acumularse pruebas que demuestran esta verdad.
Cuando un buque que llega de alta mar, se acerca a las costas, los primeros puntos visibles para las personas que se hallan en él, son las cumbres mas elevadas de las montañas. En seguida aparecen las cimas de las altas torres i de los faros, i solo mas tarde se ve la ribera. Del mismo modo, un observador, que desde la orilla ve la llegada de un buque, comienza por percibir la punta de los mástiles, en seguida las velas mas altas, después las velas bajas, i por último el casco del buque. Si el buque se aleja de la orilla, se le ve desaparecer gradualmente en un orden inverso. Si la tierra fuese verdaderamente J. F. 3 b CAPITULO I
plana, a cualquiera distancia se veria por completo el objeto que se observa, en lugar de hacerse gradualmente visible de la cima a la base.
Otra prueba de la redondez de la Tierra se encuentra en la forma del horizonte. Se da este nombre (de una palabra griega que significa limitar) a la línea que al rededor de nosotros limita la vista cuando nos encontramos en un campo abierto. En apariencia, la bóveda del cielo se une a la Tierra en esta línea. En una llanura en que ningún accidente del terreno hace desaparecer su regularidad, el horizonte forma un círculo, cuyo centro ocupa el observador. En el mar, la configuración circular del horizonte es mas evidente todavia. La superficie de las aguas aparece como un vasto círculo, cuyos bordea se confunden con el azul del cielo. Si la tierra fuese plana, el alcance de nuestras miradas no tendría otro límite que el que resulta de la debilidad de la vista; i entonces, con el ausilio de anteojos poderosos, se podría, en el mar sobre todo, ver a toda distaucia, no habría ninguna línea de demarcación que dividiese la estension terrestre en parte visible i en parte invisible. Pero lejos de eso, los mejores anteojos no permiten a la vista pasar las barreras del horizonte.
Cuando subimos a una montaña, i mejor aun cuando subimos á una torre elevada que nos permite mirar a todos lados, i desde ahí dirijimos nuestras miradas a las llanuras que la rodean, nos sentimos maravillados de la grande estension que abraza la vista; porque desde esa elevada posición nosotros podemos mirar una mayor parte de la superficie curva de la Tierra. Por esta misma razón, el aereonauta que atraviesa los aires en un globo, puede ver en un instante dado una porción mayor de la Tierra que el que la observa desde una torre o desde una montaña.
Pero la redondez de la Tierra en su dirección de este a oeste ha sido probada de un modo evidente que no deja lugar a duda. Desde 1521, el famoso vinje del portugués Hernando de Magallanes dejó esperimentalmente resuelta esta cuestión. Sa-
FIGURA 1 DIMENSIONES DE LA TIERRA 7
liendo de los puertos de España i navegando constantemente hacia el occidente, salvo las desviaciones que estaba obligado a hacer a causa de la configuración de los continentes, dio una vuelta entera a la Tierra, i dejó comprobado un hecho que antes era admitido como una hipótesis.
Si la redondez de la Tierra de oriente a occidente es incuestionable, no lo es menos en su dirección de norte a sur. Cuando atravesamos una distancia considerable con rumbo de un polo a otro, esto es, de norte a sur o de sur a norte, nuevas estrellas aparecen gradualmente en la dirección en que avanzamos, i desaparecen en aquella parte de los cielos de que nos alejamos. Esto no puede suceder sino cuando el viajero se mueve en una superficie curva, en cuyo caso su horizonte se mueve con él.
Podemos también concluir por analojía i después de estudiar la figura del Sol, de la Luna i de los planetas, que la Tierra tiene una forma semejante, esto es, esférica. Pero este hecho queda fuera de duda observando los eclipses de la Luna, orijinados por la interposición de la Tierra entre aquel astro i el Sol. El borde de la sombra proyectada por la Tierra es siempre circular; i en las varias posiciones que en los períodos sucesivos de los eclipses se han observado, la uniformidad de la sombra es siempre la misma, i prueba que la Tierra tiene la forma de un globo.
2. — La redondez de la Tierra subsiste apesar de sus colosales cadenas de montañas i de sus valles profundos; o mas claro, la Tierra es redonda, apesar de las des'gualdades da su superficie, porque las mayores montañas no son nada respecto de la inmensidad de su volumen, como vamos a verlo. Figurémonos la Tierra representada por una esfera de dos metros de diámetro; en seguida, representemos en su superficie, en relieve exactamente proporcional, a'gunas de las principales montañas del globo. El monte mas elevado de la Tierra es el G lurisankar, que forma parte de la cadena del Himalayn, en el centro del Asia. Levanta sus cimas de granito a 8,840 metros de altura. Para representarlo en el globo de dos metros de diámetro que hemos supuesto, seria menester colocar en la superficie de éste un grano de arena de un milímetro i J de relieve. La jigantesca montaña que nos maravillaba con su inmensidad, no es nada cuando se la compara a la Tierra; i no alcanza por cierto a interrumpir su esfericidad.
3. — De todos los hechos establecidos se sigue que la superficie de la Tierra es curva en toda dirección; pero, sin embargo, no es rigorosamente esférica. Huyghens i Newton, partiendo de la hipótesis de que nuestro globo existió primitivamente en el estado fluido, hipótesis que ha sido corroborada por los estudios jeolójicos, demostraron que la superficie de la Tierra debia ser una elipsoide. Los arcos de un meridiano han sido medidos mas tarde en muchas partes de la Tierra, del ecuador hacia los polos, por distinguidos astrónomos de varias naciones, franceses en su mayor parte: el resultado de estas mensuras demuestra que la curvatura del globo es mayor cerca del ecuador que cerca de los polos, o en otros términos, que la Tierra es mas achatada en los polos que en el ecuador. La cosmografía da a conocer los grandes trabajos científicos que se han necesitado para determinar la verdadera forma del globo, así como la física ha comprobado por medio del péndulo la exactitud de las operaciones matemáticas.
De todos^ estos trabajos ha resultado la determinación de las medidas siguientes: la distancia del centro de la Tierra a uu polo, esto es, lo que se llama radio polar, es de 6,356 quilómetros; la distancia del centro al ecuador, esto es, el radio ecuatorial, es de 6,377; la circunferencia de un meridiano, 40.003,424 metros, i no 40.000,000 como se creyó después de las primeras medidas: circunferencia ecuatorial, 40 070,376: superficie total del globo, 510.000,000 de quilómetros cuadrados; i por último, volumen de la Tierra, 1.083,000.000.000 de quilómetros cúbicos.
4. — Esta .inmensa esfera no está inmóvil, como aparece a primera vista. Vamos a verlo.
Consideremos por un momento los fenómenos jenerales de los movimientos de los cuerpos celestes. Por la mañana, el Sol se levanta en el oriente, sube oblicuamente hacia la parte superior de la esfera celeste, i baja en la tarde hacia el occidente. La Luna también, cuando está visible, se levanta en el oriente, sigue una marcha semejante a la del Sol, i se pone en el occidente.
Si en una noche despejada observamos el cielo, notaremos también un cambio continuo. Si miramos hacia el oriente, veremos algunas estrellas que se levantan: i si miramos al occidente vemos otras que se ocultan. Observamos ademas que las estrellas, así como el Sol, no se levantan perpendicularmente sino al sesgo; que siguen levantándose hasta cierta altura con inclinación hacia el norte, hasta un punto intermediario entre el oriente i el occidente, i que en seguida bajan hacia el occidente, a un punto del sur equidistante de aquel de donde salieron. Pero si miramos hacia el sur, veremos algunas estrellas que no se ponen nunca, que describen un círculo sobre el horizonte i que son llamadas circumpolares.
Las estrellas, aunque de diferente magnitud i brillo, aparecen todas a la misma distancia de nosotros, i un lijero examen del cielo nos revela el hecho de que las estrellas no se acercan o retiran unas de otras, sino que todas conservan la misma distancia relativa. Algunas estrellas, sin embargo, llamadas planetas, cambiar de lugar, como la Luna, obedeciendo a ciertas leyes particulares.
Juzgando por esta apariencia, un observador concluirá que la superficie cóncava, o la esfera de los cielos en que las estrellas parecen estar fijas, jira en torno de un eje que se estiende de norte a sur, atravesando a la Tierra de un polo a otro. Ahora, si elejimos una estrella, si la observamos por medio de un instrumento cuando se halla en el meridiano i en seguida vemos el trascurso del tiempo que media para que vuelva a colocarse en el mismo meridiano, hallamos que es exactamente 23 horas 56 minutos, i que en el mismo período de tiempo todas las estrellas parecen describir círculos paralelos al rededor del eje del cielo; por lo que se puede decir que la esfera celeste hace una revolución en 23 horas 56 minutos, o lo que es lo mismo, un dia sideral.
Es evidente que el mismo efecto se producirá si las estrellas permanecen inmóviles, i si la Tierra jira uniformemente sobre el mismo eje en el mismo tiempo, pero en una dirección opuesta. El observador que no tiene idea del movimiento de la Tierra, prefiere atribuirlo al cambio de posición de las estrellas, esto es, a una revolución diaria de la bóveda celeste,. Le pasa lo mismo que al que viaja en un ferrocarril, que le parece ver que los árboles de las orillas del camino, los postes, las cercas, las casas, se animan i corren en un sentido inverso del movimiento que le arrastra. Sin los sacudimientos inevitables del tren, la ilusión sería completa.
Una observación atenta ha demostrado, en efecto, que es la Tierra la que jira sobre su eje. Vamos a indicarlo sumariamente.
El Sol está a treinta i cuatro millones de leguas de nosotros. Si cada dia hubiese de dar una vuelta en torno de la Tierra, tendría que recorrer mas de cien mil leguas por minuto. Esta incomprensible rapidez no es nada todavía. Las estrellas son otros tantos soles comparables al nuestro por el volumen i por el brillo; pero la distancia a que están colocadas, las hace aparecer tan pequeñas. La mas inmediata está treinta mil veces mas lejos que el Sol. Para hacer su revolución al rededor de la Tierra en veinticuatro horas, esa estrella debería recorrer cada minuto treita mil veces cien leguas, o lo que es lo mismo, 520 millones de leguas por segundo. ¿Puede concebirse que otras estrellas que están diez, cien, mil veces mas lejos todavía, describan, cada veinticuatro horas, círculos cuya inmensidad la razón no acierta a comprender?
Por otra parte, estando todos los astros colocados a diversas distancias de la Tierra, tendremos que sus movimientos respectivos se verifican con una rapidez desigual, i que los que están mas cerca marchan con mayor lentitud, mientras los mas distantes recorren en el mismo tiempo distancias inmensamentes mayores. Este mecanismo es mucho mas contrario a la razón que el suponer que la Tierra jira cada dia sobre su eje.
Ademas, conviene recordar el volumen prodigioso del Sol, de algunos de los planetas, i de la mayor parte de los otros astros. El Sol, como ha podido comprobarlo la ciencia astronómica, es 1.400,000 veces mas grande que la Tierra; i muí probablemente muchas de las estrellas son mayores todavía. No puede pretenderse que esos jigantes, esos colosos ante los cuales la Tierra no es mas que un grano de arena, jiren en los abismos del cielo con una rapidez imposible, para distribuir a nuestro globo la luz i el calor.
La observación del Sol practicada con el auxilio de un telescopio revela que ese astro inmenso tiene un movimiento jiratorio sobre un eje. Constantemente se ven sobre su superficie manchas de diversos tamaños que lo recorren de este a oeste, que aparecen en uno de sus bordes, atraviesan en un tiempo dado todo el hemisferio visible del astro, i desaparecen en el borde opuesto, para volver a aparecer por el oriente después de un trascurso de tiempo igual ai que la mancha empleó en recorrer el hemisferio visible. Este movimiento regular de lasr manchas del Sol no puede explicarse de otro modo que por un movimiento de rotación; i en efecto, las mas prolijas observaciones han demostrado que ese astro verifica una revolución completa en 25 dias ¿. La Luna presenta siempre la misma faz a la Tierra; i este hecho no puede esplicarse sino por medio de una revolución efectuada sobre su eje en un mes lunar. La observación de los planetas mas inmediatos a nosotros, algunos de los cuales son inmensamente mayores que la Tierra, ha manifestado que tienen también un movimiento jiratorio en torno de su eje. No hai motivo, pues, para no admitir que la Tierra tiene un movimiento idéntico, ejecutado con toda regularidad i de una manera insensible para nosotros.
Pere la ciencia no se limitado a con j enturas, por fundadas i convenientes que sean. La rotación de la tierra en torno de un eje que pasa por los polos, ha sido demostrada directamente por la célebre experiencia de León Foucault. Este ilustre físico francés ha construido un péndulo, que no es necesario explicar aquí, en el cual se ve que el plano de oscilación, en lugar de permanecer invariable, cambia de posición, lo que revela el movimiento de la Tierra. Hai ademas un fenómeno meteorolójico conocido con el nombre de vientos alisios, que no puede esplicarse sino reconociendo el movimiento rotatorio de la Tierra.
Esta rotación del globo se efectúa, como hemos dicho, en poco menos de 24 horas, i produce la alternativa del dia i de la noche. Este movimiento se ejecuta de occidente a oriente, como la mayor parte de los movimientos celestes de nuestro sistema, i por consiguiente en sentido inverso del movimiento aparente del Sol. Cuando vemos que este astro se levanta por la mañana en el oriente i se dirije hacia el oeste, es porque creemos la Tierra inmóvil. En realidad es el Sol el que está inmóvil; i nuestro globo, jirando sobre sí mismo de oeste a este, presenta sucesivamete delante del disco solar todos los puntos de su superficie De este modo, se produce el dia para la rejion que ve el Sol, i la noche para la rejion opuesta.
Siendo la tierra un cuerpo esférico, su movimiento uniforme será mas rápido en las partes de su superficie que están mas distantes del eje entorno del cual se verifica ese movimiento. En. los polos se efectúa con una lentitud doble a la que empk puntero que marca las horas en la esfera de un reloj; paro a los 60 grados del ecuador, o lo que es lo misino, a los 30 grados del polo, cada punto de la superficie de la Tierra recorre cerca de 14 quilómetros por minuto; i en el ecuador la rapidez sera doble todavía, e3 decir de cerca de 23 quilómetros, o mas exactamente de 464 metros por segundo.
5. — La observación de la marcha del Sol durante un año entero, nos hace ver que ademas del movimiento aparente de cada dia, ese astro tiene otro movimiento anual, también aparente. Supongamos que vivimos en el 21 de diciembre. En ninguna época del año el dia es mas largo para nosotros. El Sol se levanta antes de las cinco de la mañana: a medio dia se coloca casi sobre nuestras cabezas: después de las siete llega al horizonte por el oeste. Efec tuando esta observación en un punto situado mucho mas al sur, en el cabo de Hornos, por ejemplo, veríamos que el Sol se levanta a las tres de la mañana para ponerse a las 9 de la noche. Acercándose aun mas a las rejiones polares llegaríamos a un punto en que las horas de la salida l de la entrada del Sol se confunden, de tal suerte que el astro se oculta un instante bajo el horizonte i reaparese luego. Por fin, mas cerca del polo asistiríamos al magnífico espectáculo de un sol que no se pone, que jira al rededor del espectador sema, ñas, meses enteros, sin desaparecer bajo el horizonte, i que permanece igualmente visible de dia i de noche.
Repitiendo la observación durante seis meses, se verá que el Sol se aleja poco a poco hacia el norte, que cada dia sale mas tarde i se pone mas temprano, que el astro luminoso pierde parte de su brillo, sus rayos una gran cantidad de su calor i que el 21 de judío tenemos el dia mas corto i la noche mas larga del año. En esta época, la noche es continua en el polo austral, así como seis meses antes el día no era interrumpido. En seguida, el Sol vuelve a acercarse al sur en la misma forma que se ha alejado, i los dias comienzan a alargar. Un observador coleado en el hemisferio norte de nuestro globo reconocerá que los mismos hechos tienen lugar allí, pero en un orden inverso, esto es, que nuestros dias mas largos corresponden a los mas cortos del otro hemisferio, i vice- versa.
Esta aparente revolución anftal del Sol se esplica fácilmente por medio de otro hecho que la astronomía ha demostrado palmariamente, i que se puede comprobar observando la marcha de los planetas, que son cuerpos en todo semejantes a la Tierra. El globo terrestre, jirando constantemente en torno de su eje, cambia de lugar i circula al rededor del Sol, que, por su poder de atracción, o mantiene en una órbita inmutable. En un año, esto es, 365 dias i un cuarto, la Tierra ejecuta una vuelta completa en esa órbita para recomenzarla indefinidamente.
6. — Así como la rotación diaria de la Tierra en torno de su eje produce la sucecion de los dias i de las noches, su revolución anual al rededor del Sol produce la variación de las estaciones, i con ella la mayor o menor duración de los dias i de las noches. Si el eje de la Tierra fuera perpendicular al plano de la órbita que describe al rededor del Sol, es evidente que la parte del globo alumbrada por este astro se estenderia invariablemente de un polo al otro, i que los dias i las noches serian exactamente compuestos de doce horas en los dos hemisferios. Pero no sucede así: el eje de la Tierra está un poco inclinado, siempre en el mismo sentido i del mismo lado, de manera que se le puede considerar, a lo menos por lo que respecta a los cambios de los dias i de las estacioues, que conserva una dirección constante, esto es, que permanece paraleloa sí mismo en toda la estension de la órbita. Resulta de aquí que, a consecuencia de esta inclinación del -ejede la Tierra, el globo presenta un grado de inclinación que cambia con respecto al Sol. Dos veces durante el curso del año1 si 20 de marzo i el 22 de setiembre, está dispuesto de tal manera que los rayos solares caen perpendicularmente sobre el ecuador: en los otros períodos de la revolución anual, el Sol alumbra alternativamente uno de los polos i deja al otro sumido en la oscuridad. El hemisferio septentrional recibe la mayor cantidad de luz i de calor desde el 22 de marzo hasta el 23 de setiembre; mientras que el hemisferio meridional goza de esa misma ventaja en los seis meses restantes.
7. — El conocimiento de esta revolución pertenece propiamente al estudio de la cosmografía, i sale por esto mismo de lo» límites de la jeografía física. Pertenece también a aquella ciencia el conocimiento de las divisiones imajinarias del globo que sirven para facilitar su estudio. Creemos, sin embargo, indispensable el indicar aquí sumariamente esas divisiones para facilitar la intelijencia de las nociones subsiguientes.
La Tierra, como hemos visto, es un cuerpo redondo, semejante a una esfera, i de ahí le viene el nombre esfera terrestre, con que se la designa frecuentemente. Se llana eje de la Tierra la linea imajinaria que pasa por el centro de la Tierra, en torno de la cual hace su rotación diurna. Los polos son las estremidades de este eje. A uno se le da el nombre de polo boreal, ártico norte o septentrional] i al otro el de polo austral, antartico, sur o meridional.
Como la tierra es una esfera, toda sección de este globo cortada por un plano forma necesariamente un círculo. Se distinguen dos especies de círculos: los círculos máximos, que dividen la Tierra en dos partes iguales, i los círculos menores, que la dividen en partes desiguales. Los círculos máximos pueden ser infinitos; pero hai dos de ellos que tienen grande aplicación en el estudio de la jeografía, el ecuador i el meridiano. El ecuador resulta de la intersección de la esfera terrestre por un plano que pasa por su centro i que es perpendicular a su eje. Divide, pues, la Tierra en dos hemisferios , a saber: el hemisferio boreal, ártico, norte o septentrional, i el hemisferio austral, antartico, sur o meridional que es opuesto al precedente. El ecuador tiene también el nombre de línea equinoccial, porque en la re j ion por donde pasa, las noches son constantemente iguales a los dias.
El meridiano resulta de la intersección de la esfera por un plano que pasa por el eje de la Tierra. En cosecuencia, su plano es perpendicular al del ecuador, i divide a la Tierra en dos hemisferios, uno oriental i otro occidental. Los meridianos, que se trazan en las cartas jeográficas, dividen la esfera en 360 grados que cortan el ecuador i comienzan a contarse desde cualquier punto. Así, cuando se quiere determinar la lonjitud de un lugar, es decir, la distancia de oriente a poniente de un punto a otro, se conviene en referirse al meridiano de un* lugar determinado. Cada pueblo fija como punto de partida el meridiano que pasa por un lugar de su territorio. Así, hai meridiano de Santiago, meridiano de Tenerife, etc. Las cartas jeográficas, para designar las lonjitudes de los lugares, toman como punto de partida el meridiano de Paris si son francesas, o el de Greenwich si son inglesas.
Los círculos menores son los paralelos. Se llaman paralelos a todos los círculos cuyos planos son perpendiculares aleje de la Tierra, i por consiguiente paralelos al ecuador. Se cuentan noventa principales, equidistantes entre cada polo i el ecuador, aunque entre dos de estos paralelos principales se puede suponer cuantos se quiera. Sirven para medir los grados de latitud, esto es, la distancia que hai entre el ecuador i los polos. Los círculos polares, cuyo nombre viene de su inmediación al polo, son también paralelos al ecuador, i reciben el nombre esptcial del polo cerca del cual se encuentran. Ambos están a 23° 27' 30" del polo respectivo i fijan el límite de la rejion polar que no recibe la luz del sol cuando este astro está en el hemisferio opuesto. Los trópicos son igualmente círculo? paralelos al ecuador, i separados de este por 23° 27' 30": el del norte recibe el nombre de trópico de Cáncer i el del sur el de trópico de Capricornio. Ambos marcan el límite de la rejion de la Tierra espuesta directamente a los rayos perpendiculares del Sol, o mas bien el espacio del globo en que se opera el movimiento aparente del Sol al rededor de la Tierra.
Los círculos polares i los trópicos dividen la esfera terrestre «n cinco porciones que se llaman zonas, es decir, bandas. Las que están encerradas en cada círculo polar se hallan privadas del Sol una parte del año o no reciben sus rayos sino mui oblicuamente: se denominan por esto zonas glaciales. La banda circular comprendida entre los dos trópicos i que está cortada en la mitad por el ecuador, tiene el nombre de zona int> r ropical pero se la llama mas comunmente zona tórrida, porque recibe los rayos del Sol vertical mente. En fin, las otras dos zonas comprendidas en cada hemisferio entre el círculo polar i el trópico, aunque nunca tienen al Sol en una posición vertical reciben sus rayos menos oblicuamente que las zonas glaciales i tienen mas o menos luz durante todo el año. Se las llama zonas templadas.
8. — Las cartas jeográficas están destinadas a representar la configuración jeneral de la Tierra, i mas propiamente la configuración de los continentes i de los mares i de las posiciones respectivas de sus diversas partes. Para que una carta sea perfecta, es preciso que esas partes estén figuradas no solo en sus posiciones relativas, sino en sus proporciones exactas. Como la superficie de Ja Tierra es esférica, es absolutamente imposible representar una sección considerable de ella en una superficie plana, de tal modo que las distancias entre los lugares ofrezcan las mismas proporciones que tendrianen una superficie esférica. Se deduce de aquí que solo en un globo se puede trazar una imájen verdadera de la Tierra i de las diferentes partes que la componen. Pero, como no es posible construir globos de un gran tamaño en que se señalen todos los detalles jeográficos, o mas bien, como los globos construidos de esta manera serian de difícil manejo i no ofrecerían las comodidades de las cartas o mapas que sirven de ordinario para el estudio de la Tierra, los jeógrafos se han visto precisados a emplear diversos sistemas jeométricos, según el objeto que se proponen, porque ninguno de esos métodos es aplicable a todos los casos, i porque cada uno de ellos tiene sus ventajas i sus inconvenientes.
Uno de estos métodos consiste en representar los puntos i las líneas de la esfera conforme a las reglas de la perspectiva, es decir, tal c «mo los vería un observador que se encontrase colocado a uom grande altura de la Tierra. Este métodojprodu. ce mui buen resultado cuando la superficie que se quiere representar es de poca estension; pero cuando la carta jeográfica debe abrazar una parte considerable de la esfera terrestre, los lugares vecinos a las estremidades de la carta aparecen desfigurados. El segundo método consiste en suponer que la superficie que se quiere representar forma parte de la superficie de un cono, cuya cima coincide con el polo. Este sistema se usa principalmente cuando se trata de representar pequeñas porciones de la Tierra. Según el tercer método, denominado Mercator, por el nombre del jeógrafo que lo perfeccionó, los meri-
18 CAPÍTULO 1
diano3 e9tán representados por rectas paralelas i equidistantes; i los paralelos por perpendiculares a los meridianos, cuyas distancias crecen a medida que están mas distantes del ecuador. Las superficies quedan así enormemente alteradas; i se dilatan indefinidamente al acercarse a los polos. Pero las cartas construidas por este sistema, a pesar de sus defectos, son mui usadas por los marinos, porque la marcha de las naves se regla principalmente según los ángulos que hace la brújula con los meridianos i los paralelos; i esta carta reproduce esos ángulos en su verdadero tamaño de un estremo a otro del mundo. Este sistema, ademas, es mui usado para la representación de lo» planiferios, cuando se quiere dar a conocer toda la Tierra de un solo golpe de vista (1).
Las cartas jeográficas pueden ser de tantas especies como son los objetos a que se las destina. Unas reproducen los límites de los países, las divisiones administrativas, los caminos de cada pais, sus plazas militares i sus líneas de defensa; otras se contraen a la representación del terreno i de sus condiciones puramente físicas. Entre estas últimas nos limitaremos a indicar las principales. Las cartas hidrográficas omiten los detalles del interior de las tierras, pero dan a conocer con una minuciosa exactitud las costas de los continentes i de las islas, los escollos del mar, las sondas i profundidades. Las cartas orográficas están particularmente destinadas a representar el encadenamiento de las montañas. Las jeolójicas hacen conocer la naturaleza de los terrenos en las diversas rejiones. Las meteorolójicas
(1) El estudio de los diversos métodos empleados para la construcción de las cartas jeográficas, pertenece propiamente a la cosmografía. Por eso no damos mas que una idea mui jeneral i sumaria, haciendo abstracción de detalles i de las numerosas e importantes modificaciones introducidas en cada sistema. Debemos recomendar aquí un interesantísimo estudio sobre la historia de los progresos de la jeodesia i del arte de levantar cartas jeográficas, que M Vivien de Saint-Martin publicó en el tomo VI (1867) del Année jeographiquc, revista importantísima de lo» progresos de la jeografía.
-enseñan la distribución de los vientos i de los otros fenómenos de la atmósfera. Las mineralójicas, las zoolbjicas i las botánicas muestran la distribución de los minerales, de los animales i de las plantas en la tierra. Hai ademas otras cartas jeográficas destinadas a dar a conocer la distribución de la temperatura, de las lluvias, de los rios, de las corrientes del m\r, de los volcanes, de las enfermedades i epidemias en Ifi superficie de la Tierra. Todas ellas esplican i facilitan el estudio de la geografía física, i han sido el objeto de los trabajos mas prolijos i concienzudos. Así el Atlas físico del jeógrafo ingle- Keith Jobnston puede ser considerado como un monumento de gran ciencia, i como un documento indispensable para comprender bien muchas de las mas importantes cuestiones de física terrestre.
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