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Los Precursores de la Independencia de Chile

Miguel Luis Amunátegui Reyes · 1870 · Scanned text

400,006 words · about 28 h 1 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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About this book

Author
Miguel Luis Amunátegui Reyes
Language
Spanish
Published
1870
Length
400,006 words · about 28 h 1 min
Sections
36 reader sections
Text
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Rights
Public Domain Mark 1.0

 

Contents (36)
  1. Front matter about 22 min
  2. Capitulo I. El Dogma De La Majestad Real about 1 h 5 min
  3. Capitulo III. El Culto De La Majestad Eeal about 47 min
  4. Capitulo IV. El Gobierno about 29 min
  5. Capitulo V. El Gobierno about 1 h 20 min
  6. Capitulo VI. La about 1 h 56 min
  7. Capitulo VIII. Las about 46 min
  8. Capitulo I. El Dogma De La Majestad Real under 1 min
  9. Capitulo II. La about 1 min
  10. Capitulo IV. El Gobierno under 1 min
  11. Capitulo V under 1 min
  12. Capitulo VI. La about 2 min
  13. Capitulo VIII. Las about 9 h 28 min
  14. Capitulo IX. La about 17 min
  15. Capitulo I. La Raza about 1 min
  16. Capitulo II. Los under 1 min
  17. Capitulo III. La Gtjirba De Arauco about 1 min
  18. Capitulo IV. Los Encomenderos about 1 min
  19. Capitulo V. La about 1 min
  20. Capitulo VI. La about 2 min
  21. Capitulo VIII. La about 1 min
  22. Capitulo IX. La under 1 min
  23. Capitulo I. Los Mestizos En Los Dominios Hispano- Americanos about 33 min
  24. Capitulo II. Los Criollos En Los Dominios Hispano-ame Eicanos about 1 h 36 min
  25. Capitulo III. El Presidente about 1 h 16 min
  26. Capitulo IV. Antonio Gramuset about 1 h 26 min
  27. Capitulo V. Las Revoluciones De Estados Unidos about 6 h 23 min
  28. Capitulo I. Los Mestizos En Los Dominios Hispano-americanos under 1 min
  29. CAPITULO II. LOS CRIOLLOS EN LOS DOMINIOS HISPANO-AMERICANOS. Paj about 1 min
  30. Capitulo III. El Presidente about 1 min
  31. Capitulo IV. Antonio Gramuset about 1 min
  32. Capitulo V. Las Revoluciones De Estados Unidos about 1 min
  33. Capitulo VI. La about 1 min
  34. Capitulo VII. Don Manuel De Salas about 1 min
  35. Capitulo VIII. La under 1 min
  36. Capitulo IX. El Desenvolvimiento De La Idea De Independencia En Chile under 1 min

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Front matter

POR Miguel Luis Amunátegui MIEMBRO DE LA FACULTAD DE .FILOSOFÍA I HUMANIDADES. Memoria Histórica presentada a la Universidad de Chile en cumplimiento del artículo 28 de la lei de 19 de noviembre de 1842. TOMO PRIMERO. SANTIAGO. IMPRENTA DE LA «REPÚBLICA» de Jacinto Nuñez. 1870. ADVERTENCIA. Me lie propuesto en esta obra llamar la aten ción sobre dos hechos, a saber: Primero, la creencia fundamental en que la Es joaña basó i levantó la sociedad organizada por ella en América, i las minuciosas i eficaces precau ciones, perfectamente concebidas para su objeto, que ideó i practicó para procurar hacer que esa creencia fuera inquebrantable. Segundo, los esfuerzos de los que en Chile fueron bastante osados para comenzar los ataques contra un sistema tan sólidamente establecido. En mi concepto, el estudio de estas dos hechos suministra una lección altamente provechosa: los hombres, con constancia i enerjía, pueden derri bar los obstáculos al progreso social que parece rían mas resistentes , mas poderosos, mas incon movibles.

La revolución de la independencia ha operado en la América Española la mas radical de las trasformaciones . Medio siglo ha bastado para sustituir a la anti gua sociedad, que parecía reposar sobre cimientos ADVERTENCIA. VI de granito, otra esencialmente distinta por las ideas, por las costumbres, por la ilustración, por la industria, por las instituciones. Los actuales hispano-americanos necesitan ha cer esfuerzos de imajinacion para poder figurarse lo que eran sus abuelos, talvez lo que eran sus padres. Esta circunstancia obliga al historiador del pe ríodo colonial, que trata de sucesos tan diferentes de los que ahora presenciamos, a ir apoyando sus aseveraciones en pruebas i documentos, si desea no esponerse a que se le tilde de inventar, en vez de narrar. El brillo del triunfo que rodea a los ilustres próceres por quienes fué realizada nuestra separación de la metrópoli, ha dejado naturalmente en la oscuridad a los que antes de ellos dieron principio a la grandiosa obra.

De aquí resulta que los proyectos que éstos últi mos concibieron, i las acciones que ejecutaron, olvidados al presente, han menester de ser justifica dos fehacientemente a fin de que no se les califique de episodios novelescos. Estos antecedentes, a mi juicio, ponen al historiador de los hechos mencionados en la precisión de ir comprobando su relación, si, como es natural, aspira a disipar dudas acerca de la exactitud de lo que refiere. Por mi parte, he intentado hacerlo, procurando proporcionar al lector los datos que le permitirían rectificar por sí mismo todas las aseveraciones. _ He tenido a mi disposición un número mui con siderable de documentos, casi todos inéditos, reuni dos laboriosa i pacientemente, de los cuales he sa cado todo aquello que he creído conducente al ob jeto de esta obra.

Capitulo I. El Dogma De La Majestad Real

Veneración de los españoles a su rei. — Este sentimiento es fortificado por el descubrimiento de Amériea. — El De Indiarum Jure de Solórzano Pereira. — La dominación española en América es anunciada por los profetas de Israel i por la sibila de Cumas, — Es también vaticinada por los órganos del demonio en América. — Donación del papa. — Milagros que favorecieron la conquista de América. — Intervención directa de la Vírjen i del apóstol Santiago. L La sumisión a los monarcas españoles fué por el espacio de tres siglos para los hispano-americanos una verdadera relij ion. Es sumamente fácil esplicarse el oríjen de esta idea que llegó a ser un dogma i un hábito. En la época del descubrimiento i conquista de América, i en los siglos que siguieron a tan memo rables sucesos, los españoles profesaban a sus so beranos un respeto profundo, ciego, reverente.

El monarca era a sus ojos mas que un hombre. Todos ellos habrían podido decir como uno de los personajes de Lope de Vega: "Después de Dios creemos en el rei" (1). Consideraban al soberano como la imájen del Altísimo, como su representante en la tierra. Habia para ellos dos majestades: una en las al turas, el creador del universo; i otra aquí abajo, el amo de las Españas i de las Indias. Xosotros, en él siglo XIX i en la América repu blicana, esperimentamos repugnancia para com prender el exceso de tamaña idolatría inspirada por un simple mortal, aun cuando éste llevara una corona en la cabeza i un cetro en la mano; pero to dos los documentos históricos dan testimonio de ella. Por desgracia, este no es, ni será el tínico ejemplo de la flaqueza humana. Hai pueblos que han adorado un palo, una pie dra. ¿Por qué asombrarnos entonces de que otro haya tenido a su rei por un semi-dios, por una es pecie de alter ego del Omnipotente?

Los Césares de la antigua Roma fueron objeto de un culto semejante; mas existe una diferencia pro funda entre uno i otro caso. La adoración que los romanos tributaban a sus emperadores era pura mente esterior, por decirlo así; era el homenaje del cortesano, del parásito. La que los españoles daban a los reyes, sus señores, tenia la raíz en las concien cias; era la veneración del creyente. Xo invento, sino que relato. Siéndome imposible demostrar demasiado pro lijamente la existencia de un sentimiento tan dis tinto de los que en el dia conmueven nuestras al- (1) Lope de Vega. La Estrella de Sevilla, a<*to 2, escetia 11. mas, voi a limitarme a tres comprobantes, pero a tres comprobantes que valen por muchos. Ellos serán sacados de tres obras maestras de la literatura española; de las cuales, la primera lleva la firma de Lope de Vega; la segunda, la de Fran cisco de Rojas i Zorrilla; i la tercera, la de Lu percio Leonardo de Arjensola.

Me refiero a los dramas titulados: La Estrella de Sevilla, i García del Castañar, i a la canción: Al reí Felipe II, en la canonización de San Diego. Lope de Vega ha presentado en su pieza a un va liente i honrado hidalgo sevillano, Sancho Ortiz de las Roelas, que por una orden del rei da sin piedad la muerte a su mejor amigo, de quien, en vez de agravios, habia recibido siempre solo pruebas del mas sincero afecto; al hermano de su hermosa no via, a la cual idolatraba con pasión, sacrificando así la amistad i el amor a lo que él creía ser su obligación de leal i fiel vasallo. Para que el sacrificio fuera todavía mayor, San cho Ortiz de las Roelas sabía, o por lo menos sos pechaba, que aquel mandato cruel tenia por causa haber el hermano protejido el honor de la hermana contra la lascivia del rei.

El público español aplaudía con entusiasmo es te heroico servilismo admirando en el protagonis ta de la Estrella de Sevilla el modelo del buen vasallo. Rojas se mostró todavía mas realista, si cabe, que Lope de Vega. El personaje principal de su estraño drama es un noble de estirpe real a quien los juegos de la suerte han obligado a tomar la condición de labrador. ¡ Estaba casado con k mas bella i la mas virtuo sa de las mujeres. Cierta noche ve penetrar en su aposento, saltando por una ventana, a un cortesano, a quien equivo cadamente tenia por el rei. Al punto, i sin dificultad, comprende cuál es el objeto de semejante paso. Pero sin embargo la lealtad a su rei i señor le lleva hasta el estremo de no osar castigar en él al que venia dispuesto a intentar arrebatarle el honor. Lejos de ofenderle, se limita a rogarle con todo respeto que se retire, i le tiene con sus propias ma nos, para que el pretendido monarca descienda con seguridad, la escala por donde habia trepado al asalto de su honra.

Mientras tanto, García del Castañar, el mas pun donoroso de los castellanos, toma la determinación de apuñalear a su joven esposa, a quien ama per didamente, i que sabe inocente, para libertarla de los agravios del rei seductor, a quien la veneración mas profunda le ha impedido castigar. La mujer escapa a la furia del marido como por milagro. Mas tarde, cuando aquel tipo de fieles vasallos descubre que el ofensor es solo un igual suyo no repara en matarle a la presencia misma del rei, es clamando: "Mientras mi cabeza esté sobre mis hombros, sin que la corte el verdugo, No te de permitir me agravie, Del rei abajo, ninguno." Es imposible concebir un modelo mas acabado de fanatismo al soberano. : Pues bien, esta comedia, al decir de don Euje nio de Ochoa, ha sido una de las mas populares i representadas en España (1), lo que prueba que O) Ochoa, Tesoro del teatro español. tal exceso de veneración al rei no parecía antinatu ral a los que la oian o leian. ¡I cómo estrañar que tal cosa sucediera cuando otro de los mas insignes poetas españoles, Lupercio Leonardo de Arjensola, so pretesto de celebrar la canonización de San Diego, canta, dando de manos a un asunto que solo servia de pretesto, la de Felipe II, todavía vivo, a quien asegura que la Vírjen Ma dre de Dios ha de ofrecerle a su muerte la misma palma que al santo de Alcántara; í que los devotos irán reverentes a implorar su intercesión con el Altísimo! ¡San Felipe II! ¿Puede llevarse a mayor estremo la veneración de un pueblo a su soberano?

Pero no es esto todo, por mucho que sea. Para Arjensola, Felipe II no es un individuo cualquiera de la bienaventurada milicia; es un san to entre los santos. Su protección debia estenderse a todo: a la paz i a la guerra, a las naves que se esponen a los peligros del océano i a las doradas espigas que se cultivan en los campos, al gobierno del estado i al gobierno de la iglesia. Su nombre de bia ser invocado en medio de las tempestades i en medio de las batallas. Hé aquí algunos de los versos a que aludo. El poeta se está dirijiendo a Felipe II, al Demo nio del Mediodía; es preciso no olvidarlo; temo que si no lo repitiera una i otra vez, muchos lectores quizá estarían tentados a ponerlo en duda. Mas ¿de cuál de tus hechos sobrehumanos Te daremos entonces apellido? ¿Si lucirá la espada rigurosa, O retorcido en tu corona hermosa, Sus hojas tenderá el olivo sacro Por propria insignia de tu simulacro?

O ¿si cuando la trompa horrible diere Señal en los ejércitos, i tiend¡a La roja cruz el viento en las banderas, I de la muerte la visión horrenda, Envuelta en humo i polvo, discurriere Por medio las escuadras i armas fieras, Tu nombre ha de sonar en las primeras Voces que diere la española jente, Pidiendo por tu medio la victoria? O ¿si querrás la gloria J)e ser en los concilios presidente, Donde se trate del gobierno humano, Del cual nos dejas admirable ejemplo? O ¿si será mas propio que el piloto, Cuando luchare con el Euro i ]Ssoto, Prometa ronco visitar tu templo, I allí colgar las velas por su mano? O ¿que en tu protección el rubio grano El labrador envuelva, i te suplique Que por tu medio Dios la multiplique? Los conquistadores castellanos trajeron a la Amé rica este sentimiento relijioso de fidelidad exaltada al soberano.

En todas sus empresas, en todos sus peligros, invocaban: primero, el nombre de Dios; i en seguida, el del rei Todo lo hacían, o por lo me nos pretestaban hacerlo, para la mayor gloria de la majestad divina i de la majestad real.. En medio de los desórdenes consiguientes de la conquista,, entre la multitud déjente desalmada que -le dio cima, i a una distancia tan inmensa del cen tro del gobierno, hubo naturalmente alborotos, hubo rebeliones. Pero era tanto el prestijio de la corona, que los aventureros se apresuraban a agru parse espontáneamente en torno de la bandera real para castigar a los díscolos, i hacerlos entrar en la obediencia. Por lo jeneral, siempre que fué preciso hacer respetar la autoridad soberana, el rei, ya di rectamente, ya por conducto de sus ministros, se li mitó a enviar un comisario con un título cualquiera, aun con una simple cédula en la cual espresaba su voluntad.

I sin embargo, en todos los casos, so braron en aquella turba desligada de toda fuerza coercitiva, i a la cual las circunstancias de la época i de los lugares ofrecían las mayores probabilida des de la mas completa impunidad, individuos que lo arrostraran todo para hacer cumplir los man datos del monarca. II. El descubrimiento i conquista del nuevo mundo fortificaron sobre manera el profundo i sincero sen timiento de adoración que los españoles desde los mas remotos tiempos habian tributado a sus re yes. La posesión dé tan vastísimo continente i de tan numerosas islas, i la ocupación del Portugal i sus colonias en el curso del mismo siglo XVI, elevaron de un golpe la España a Ser la monarquía mas poderosa que jamas hubiera existido. Los escritores nacionales observaban con orgullo que ella era mas de veinte veces mayor que el im perio romano.

Se estendia a las cuatro partes de la tierra, ciñen do casi todo el orbe, de modo que el marino que emprendiese un viaje de circunnavegación podia ir tocando siempre en costas españolas. El sol no se ponia nunca en los dominios clel rei. Habia todavía una circunstancia que halagaba intensamente la piedad de los súbditos del monarca católico: siempre, en algún punto de la monar quía, se estaban elevando a Dios los rezos que la iglesia tiene designados para cada una de las horas canónicas. Para colmo de satisfacción, Isabel de Inglaterra, la impía, la cismática, habia reconocido a la faz dé las naciones, en un edicto de 1595, que el mui in victo i relijioso Felipe II poseía mas riquezas, mas coronas, mas reinos, mas pueblos de los que jamas habia poseído ningún príncipe cristiano. La monarquía española, era, pues, un pedestal demasiado colosal para que el monarca absoluto que habia asentado sobre él su trono no fuese mu cho mas que un simple mortal.

I en efecto, era considerado el lugar-teniente de la Divinidad en este mundo. Los autores españoles proclamaban con todas sus letras i en todos los tonos, en latín i en caste llano, en prosa i en verso, que Dios (a quien todo pertenece, i por quien los reyes reinan) se habia reservado para sí el gobierno del cielo, i confiado a Felipe II, como a vicario suyo, el gobierno temporal de todo el orbe. Era esta una justa recompensa debida a tantos i eminentes servicios. Xunca desde la creación, bajo los auspicios de ningún otro soberano, se habían descubierto, esplo rado i entregado a la civilización tantas rejiones ignoradas de los hombres, ni se habia abierto mas ancha puerta para emprender nuevos descubrimientos i nuevas esploraciones. Por sus desvelos i piedad jamas desmentida, habia traído en un solo siglo al regazo de la verdadera iglesia de Cristo mas naciones que las que se habian convertido en casi todos los siglos anterio res juntos.

De este modo, cuando en Europa el imperio de la fe se disminuía bajo los golpes de la herejía lu terana, el monarca que merecía el título de cató lico ensanchaba hasta las estremidades de la tie rra el imperio de la Santa Sede, i le compensaba con exceso, a lo menos en cuanto al número, las pérdidas que ella habia esperimentado. Xo era estraño que en ambos mundos, en Europa i en América, los súbditos españoles entonasen un coro unísono i retumbante de hiperbólicas alabanzas en honor de un soberano tan predilecto de Dios, i en honor de sus ascendientes que habian preparado tantas grandezas, i de sus descendientes que habian de continuarlas. ¡Gloria a Dios en las alturas, i en la tierra al Rei de las Españas i de las Indias! Este era el estracto del himno universal espresado en las estrofas del poeta, en las narraciones del historiador, en los comentarios del jurisconsulto, en las sumas del teólogo.

III. Juzgo oportuno mencionar especialmente, entre cien otras, una obra voluminosa, donde los aficiona dos a las curiosidades históricas de este j enero pue den encontrar redactadas en elegante latin, clasifi cadas i detalladas un gran número de lindezas por el estilo. Esa obra es la titulada: De Indiarum Jure, sive De Justa Indiarum Occidentalium Inquisitione, Ac quisitione et Retentione por el doctor en ambos de rechos don Juan Solórzano Pereira. I cito este libro con preferencia a otros, no sin motivo. , . . Solóraano Pereira, su autor, fué un distinguido catedrático de la universidad de Salamanca, insig ne humanista, i lejista mui esperto en las letras sa gradas i profanas; que sabía de memoria los poetas clásicos, los historiadores nacionales, los esposito res de las leyes i los padres de la iglesia.

Residió no menos de diez i ocho años en Lima, de cuya audiencia fué oidor, i volvió a España para ser, primero fiscal, i después miembro del consejo de In dias. Terminó sus dias respetado i consultado de todos, venerándose en él al sabio eminente que con la pluma habia dado fin a la empresa de someter el nuevo mundo a los reyes de España, que los descubridores i conquistadores habian comenzado con las armas (1). La famosa obra De Indiarum Jure, cuyo primer tomo apareció el año de 1629, i el segundo, el de 1672, fué respecto de la dominación española en América, lo que los Comentarios de Blackstone son todavía respecto de la constitución inglesa: un libro clásico, que todos los que tomaban una parte cual quiera en la dirección de los asuntos coloniales, sea en la Península, sea en el nuevo continente, tenían a la mano, i consultaban, si deseaban acertar i com prender bien la lei.

Solórzano Pereira dijo, pues, la última i majistral palabra en la materia; i no es menester hojear mucho aquel singular tratado del error i debilidad humana para notar que esa palabra era la idolatría mas sumisa i rendida a la persona del monarca. El erudito espositor del derecho indiano habia demostrado por medio de disertaciones jurídico— teolójicas, cuyos razonamientos aparecían compro bados i amenizados con citas históricas i literarias, esa misma semi-divinidad del rei que Arjensola habia ensalzado en sonoros versos, i que Lope de Vega i Rojas habian representado en dramas con movedores. (1) Nicolás Antonio, Bibliotheca Hispana.— Lcon Pinelo, Biblioteca Oriental i Occidental. El monarca habia llegado a ser un verdadero ídolo que desde su trono rejia dos mundos. I por cierto que los fundamentos en que se apo yaban los súbditos españoles en uno i otro hemis ferio para persuadirse de que su rei i señor era un ser privilejiado que habia recibido un mandato especial de Dios para gobernarlos merecen llamar la atención.

Los eruditos, ansiosos de enaltecer de todos mo dos la majestad real, habian escrito prolijas i suti les disertaciones para demostrar que Isaías i otros profetas habian anunciado de antemano por inspi ración divina el descubrimiento, ocupación i con versión al catolicismo de la América por doña Isa bel i don Fernando i sus sucesores; i lo que todavía es mas particular, que ciertos vaticinios de la si bila de Cumas versificados por Virjilio en la cuarta de sus églogas predecían igual cosa. Sin duda ninguna, que si Cristóbal Colon no hu biera tenido otros datos para concebir su atrevido proyecto, que las frases citadas de los profetas i del poeta latino, no habría intentado llevarlo a cabo. Pero eso no impedia que ellas fueran considera das un argumento decisivo e incontrovertible por personas que se proponían buscar, no la verdad, sino razones para probar un dogma previamente admitido.

El sabio Solórzano, haciéndose cargo de esta ob jeción, la resuelve con un candor admirable. Suele Dios, dice, anunciar con mucha anticipa ción lo que ha de acontecer, pero ocultándolo en la oscuridad de las palabras de sus profetas, que solo despues de los sucesos vienen a arrojar una luz im> prevista. V. Pero mas claros que las frases tenebrosas i ambi guas de los profetas i de la sibila de Cumas eran los numerosos prodijios que en toda la estension de la América habian predicho la llegada de los españoles i todo lo que a ella siguió. En efecto, los historiadores primitivos consignan las tradiciones de los indijenas segun las cuales habian ocurrido sucesos portentosos i estraordina rios que vaticinaban su sometimiento a un Dios4 i a un rei superiores. En Europa, el Señor del cielo habia proclamado por la boca de sus profetas i de la sibila que los es* pañoles subyugarían el nuevo mundo, i lo conver tirían al catolicismo.

Eh América, el demonio; por boca de los oráculos i de los hechiceros, habia anunciado igual noticia. Portentos análogos habian tenido lugar en las Antillas, en Méjico, en el Perú, en todas partes. Era eso lo que, habia impedido a los indijenas resistir con firmeza a los invasores. Así puede leerse en Herrera, en Torquemada, en Acosta, en muchos de los otros autores que cons tituían la lectura común i frecuente de las personas ilustradas en América. ¿Cómo dudar entonces de que Dios hubiera en cargado especialmente la conversión i gobierno del nuevo mundo al rei de las Españas e Indias? Dios, por el órgano délos profetas i déla sibila, con siglos de anticipación; i el demonio, por el órgano de los oráculos i hechiceros, con años i aun solo con meses de anticipación, habian predicho que la América estaba destinada al soberano es pañol.

VI. El Papa Alejandro VI, apenas descubierto el nuevo mundo, sin haberse fijado en las profecías, i antes de conocer los prodijios que las confirmaban, i que mas tarde refirieron los indijenas, concedió en su carácter de vicario de Jesucristo, i con toda la plenitud de su potestad apostólica, a don Fernan do i a doña Isabel i a los que les sucediesen las islas i las tierras que Colon acababa de hallar en medio del océano, i que estuviesen situadas al oc cidente de una línea imajinaria trazada en el glo bo de polo a polo. Dios ratificó patentemente la donación de su re presentante. VIL Los escritores españoles observaron que el des cubrimiento, ocupación i conversión al catolicismo del nuevo mundo habian sido una serie de sucesos sobrenaturales que manifestaban la voluntad del Altísimo en favor de los reyes católicos i de sus caudillos.

Sostuvieron que debían reputarse verdaderos mi lagros: la bondad de don Fernando i doña Isabel para oír los planes de Colon en medio de los afanes de la guerra de Granada, i la liberalidad de los mismos para facilitar su ejecución en medio de las escaseces del real erario; la constancia del almiran te para superar todos los obstáculos; las divisiones intestinas entre los indijenas, que hicieron mas_ es pedita la entrada de los españoles; la estraordina ria rapidez de la conquista, a pesar de la incompa rable desproporción entre las fuerzas de los que atacaban i de los que se defendían; las asombrosas hazañas de Balboa, Cortes, Magallanes, Pizarro i tantos otros. I todavía debia considerarse mayor milagro que los precedentes, i mas significativo que ellos, el haber con frecuencia unos pocos misioneros, a ve ces uno solo, bautizado en brevísimo tiempo a centenares de indios.

Un solo sacerdote habia bau tizado a cien mil; un segundo, a trescientos mil; un tercero, a setecientos mil. De todo esto habia plena constancia en los archivos del emperador Carlos V. Pero habia mas aun. El Atlántico, que la esperiencia, antes de Colon, habia manifestado ser inavegable, se habia aman sado, apenas habia sido surcado por la escuadrilla castellana. Después de la entrada de los españoles en el nuevo continente, se habian minorado notablemen te los terremotos i las tempestades con que los de monios maltrataban a los indijenas, i asolaban las comarcas del nuevo mundo. Estos mismos demonios habian anunciado por conducto de sus oráculos que el Señor los arrojaba de aquella tierra, i que por lo tanto iban a callar. "En estas Indias Occidentales, enseña el grave So lórzano Pereira, tan luego como brilló la luz de la verdad evanjélica por la predicación de los españo les, los demonios i los ídolos declararon que aquellos eran enviados de Dios; i abandonando al punto estas provincias, no dieron ya ningún oráculo, i suspendieron los espectros e ilusiones con que ántes engañaban i aterrorizaban a los infelices naturales."

(1) VIII. Pero todo lo referido es insignificante en comparación de lo que voi a narrar. El glorioso patrón de España, el apóstol Santia go, i la Vírjen María se habian dignado en los ca sos apurados tomar el mando de los tercios españoles i capitanearlos contra la multitud de los indijenas. I este prodijio habia sucedido, no una vez, sino muchas; no en un solo lugar, sino en todos los puntos de América. La conquista de cada una de las secciones del nuevo continente tiene una historia i una leyenda. Los autores mas serios i mas acreditados, los que andaban en manos de todos, referían que en las guerras de la conquista, los ánjeles i los santos habian combatido en mas de una ocasión al lado de los conquistadores. Dados estos antecedentes, no tiene nada de es traño que se creyera casi unánimemente que Dios .había adjudicado directa i especialmente al rei de España la dominación del nuevo mundo. (1) Solórzano, De Indiarum Jure, tomo 1. ° , libro 2, capítulo 4, número 82 i siguientes.

CAPITULO IL LA

CRÓNICA MILAGROSA DE CHILE, El apóstol Santiago proteje a los «spañoles eD el valle del Mapocho, — El mismo apóstol i Nuestra Señora del Socorro rechazan de la ciudad de Santiago a una multitud de indios que la asaltaban. — La Vírjen i el apóstol Santiago defienden contra los araucanos la ciudad de Concepción. — Prodijios con que Dios impide que sea asaltada la Imperial. — Espantosas hambre i peste con que los araucanos son castigados por su rebelión i la muerte del gobernador Valdivia. — Portentos que favorecen las persecuciones de Pedro de Villagra contra los indios rebelados. — Nuestra Señora de las Nieves en la Imperial. — Un gran número de prodijios obliga a los araucanos a solicitar del marques de Baides la paz.— Influencia de estos hechos en favor de la autoridad real. L Segun parece reclamarlo el argumento de este libro, procuraré en esta materia, como en las que tenga que tratar mas adelante, escojer de preferencia los ejemplos en nuestra tr adicciones nacionales, pues sería demasiado minucioso el citar todos los que fácilmente pueden encontrarse en las historias de las otras comarcas hispano-americanas.

El verdadero fundador de la capital de Chile puede decirse que fué, no don Pedro de Valdivia, sino el apóstol Santiago en persona, si hemos de prestar crédito a lo que refiere el capitán don Pedro Marino de Lovera, uno de nuestros mas antiguos cronistas, que vino a este jmís en 1550, i que por lo tanto es contemporáneo, i en muchas ocasiones testigo presencial de lo que relata en su obra. Segun éste cuenta, en enero de 1541, los españoles habian acampado en el valle del Mapocho, i su caudillo Valdivia habia resuelto fundar allí una ciudad. El jefe de los indíjenas, el poderoso i esforzado cacique Michimalonco, que lo supo, i que tomó la determinación de impedir a toda costa el establecimiento de los estranjeros, vino a atacarlos a la cabeza de una multitud innumerable. Los españoles se apercibieron a la resistencia, invocando entre otros el amparo del apóstol patrón de España.

La pelea fué larga i reñida. Los españoles, fatigados i heridos, perdían terreno; parecía, que estaban ya próximos a sucumbir. De repente, i cuando no lo esperaban, todos los bárbaros a una volvieron caras, i huyeron despavoridos. Un resultado semejante dejó suspensos a los españoles. Así fué que apenas se habian recobrado del cansancio, cuando Pedro de Valdivia mandó traer a su presencia, para interrogarlos por las causas de su repentina fuga, a algunos de los indios que se habian cojido prisioneros en la batalla. — Cuando estábamos mas animados, i seguros del triunfo, respondieron, vimos venir por los aires, en un caballo blanco, i con la espada desenvainada en la mano, a un cristiano que nos amenazaba, i hacía los mayores estragos en nuestras filas. Aterrorizados con una visión tan estraña, arrojamos las armas, i buscamos la salvación huyendo desa tinados sin saber a dónde.

Valdivia les ordenó entonces que mostrasen cuál de los españoles era el que habian visto. Los indios, refiere el cronista, "clavaron los ojos en todos los presentes, mirándolos con grande aten ción a todos, i en particular a los mas lucidos i señalados como eran Alonso de Monroi, Francis co de Aguirre, Rodrigo de Quiroga, Francisco de Villagran, Jerónimo de Alderete, el capitán don Diego Oro, el maestro de campo Pedro Oro de don Benito, el capitán Juan Jofré, Pedro de Villagran, Juan de Cuevas, Rodrigo de Araya, Santiago de Azocar, Marcos Veas, Francisco Galdámez, Luis de Toledo, Francisco de Riveros, Diego García de Cáceres, Juan Fernández Alderete, Juan Godínez, Gonzalo de los Rios capitán, Juan Boon, Pedro de Miranda, Jil González de Avila i otros muchos caballeros i soldados que allí se hallaron i habian sido en la batalla; i habiéndolos mirado muí des pacio en particular a cada uno, se sonrieron ios bár baros como haciendo burla de todos ellos respecto de aquel que habian visto, i así lo dijeron poi* palabras espresas, certificando que era hombre mui superior a todos ellos, que había hecho mas que to dos ellos juntos."

Valdivia, maravillado del prodijio, interrogó a cada prisionero por separado, i con gran cuidado i dilijencia; "i halló, agrega el cronista, ser todos contestes en lo que se ha dicho, sin haber indio que discrepase, por lo cual tuvieron por cierta^ resolución haber sido el glorioso apóstol." "Colijióse esto también por los efectos, cuenta por último el capitán Lovera, pues habiendo sido los bárbaros mas de veinte mil, i tan esforzados i briosos, i los cristianos tan pocos, que para cada uno habia mas de doscientos .contrarios, con todo no murió ningún cristiano, estando el campo tinto en sangre de los enemigos." Los españoles tributaron al santo i denodado apóstol las mas fervorosas gracias por el eficaz pa trocinio que se habia dignado concederles, acor dando por votación unánime el que como testimonio de veneración, se diera su nombre a la ciudad que inmediatamente procedieron a fundar en el y alie del Mapocho (1), II.

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