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Soledad

Bartolomé Mitre · 1847 · Free in the US

22,042 words · about 1 h 33 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

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Licence: PD-US · Published in 1847 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=Soledad_(Mitre)&action=history). · Wikisource contributors

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About this book

Author
Bartolomé Mitre
Language
Spanish
Published
1847
Length
22,042 words · about 1 h 33 min
Sections
16 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (16)
  1. Prólogo about 4 min
  2. Capítulo I about 10 min
  3. Capítulo II about 14 min
  4. Capítulo III about 11 min
  5. Capítulo IV about 7 min
  6. Capítulo V about 7 min
  7. Capítulo VI about 6 min
  8. Capítulo VII about 5 min
  9. Capítulo VIII about 4 min
  10. Capítulo IX about 5 min
  11. Capítulo X about 4 min
  12. Capítulo XI about 6 min
  13. Capítulo XII about 4 min
  14. Capítulo XIII about 3 min
  15. Capítulo XIV about 2 min
  16. Capítulo XV about 1 min

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Prólogo

Prólogo - De la redacción de la época

Empezamos hoy a publicar en el Folletín de nuestro diario esta novela que hemos escrito en los ratos de ocio que permite la redacción laboriosa de un diario, y que ofrecemos al público como el primer ensayo que hacemos en un género de literatura tan difícil como poco cultivado entre nosotros.

La América del Sur es la parte del mundo más pobre de novelistas originales. Si tratásemos de investigar las causas de esta pobreza, diríamos que parece que la novela es la más alta expresión de la civilización de un pueblo, a semejanza de aquellos frutos que sólo brotan cuando el árbol está en toda la plenitud de su desarrollo.

La forma lírica o ditirámbica es en los pueblos lo que en los niños los primeros sonidos que articulan. La imaginación de los hombres primitivos se inspira del ruido del torrente, del murmullo de las hojas, del canto de las aves, del sol, de la luna, de las estrellas, en una palabra, del sonido, de la luz, y del movimiento que anima al universo y que hiere nuestros sentidos como un himno grandioso que la naturaleza entona a su creador.

La forma narrativa viene sólo en la segunda edad. Recién entonces los poetas emplean las descripciones, y aparecen los cronistas y los historiadores. Los elementos sencillos de que está compuesta, aún la sociedad pueden concretarse en esa forma, que todavía puede reflejarlo y explicarlo todo.

Cuando la sociedad se completa, la civilización se desarrolla, la esfera intelectual se ensancha entonces, y se hace indispensable una nueva forma que concrete los diversos elementos que forman la vida del pueblo llegado a ese estado de madurez. Primero viene el drama, y más tarde la novela. El primero es la vida en acción; la segunda es también la vida en acción pero explicada y analizada, es decir, la vida sujeta a la lógica. Es un espejo fiel en que el hombre se contempla tal cual es con sus vicios y virtudes, y cuya vista despierta por lo general, profundas meditaciones o saludables escarmientos.

No faltan entre nosotros espíritus severos que consideran a la novela como un descarrío de la imaginación, como ficciones indignas de ocupar la atención de los hombres pensadores. Pero nosotros les preguntaremos: ¿Qué son sino novelas las grandes obras con que se enorgullece la humanidad? ¿Qué son la Iliada y la Eneida, sino novelas en verso? ¿Qué son el Quijote y el Gil Blas? ¿Qué han escrito Rabelais, Rousseau, Cervantes, Richardson, Walter Scott, Cooper, Bulwer, Dickens, sino novelas? ¿Sus obras no son las primeras en la literatura? ¿Sus nombres no brillan entre los de los primeros genios? Pues bien, unas son novelas, y los otros son novelistas. ¿Quién despreciará unos y otras?

Convenimos por otra parte en que este género mal manejado y abastardado ha podido inspirar hastío, pero estos son descarríos de imaginaciones extraviadas que no deben atribuirse al genero en sí. Al lado de esos millares de novelas que deshonran la literatura están las grandes obras del genio para hacerle honor.

Es por esto que quisiéramos que la novela echase profundas raíces en el suelo virgen de la América. El pueblo ignora su historia, sus costumbres apenas formadas no han sido filosóficamente estudiadas, y las ideas y sentimientos modificadas por el modo de ser político y social no han sido presentadas bajo formas vivas y animadas copiadas de la sociedad en que vivimos. La novela popularizaría nuestra historia echando mano de los sucesos de la conquista, de la época colonial, y de los recuerdos de la guerra de la independencia. Como Cooper en su Puritano y el Espía, pintaría las costumbres originales y desconocidas de los diversos pueblos de este continente, que tanto se prestan a ser poetizadas, y haría conocer nuestras sociedades tan profundamente agitadas por la desgracia, con tantos vicios y tan grandes virtudes, representándolas en el momento de su transformación, cuando la crisálida se transforma en brillante mariposa. Todo esto haría la novela, y es la única forma bajo la cual puedan presentarse estos diversos cuadros tan llenos de ricos colores y movimiento.

Lo que queda dicho es por lo que respecta a la novela en general y en particular a la América del Sur. Ahora diremos algunas palabras sobre nuestra novela, lo que es como ocuparse de un grano de arena después de haber hablado del mar.

Soledad es un debilísimo ensayo que no tiene otro objeto sino estimular a las jóvenes capacidades a que exploren el rico minero de la novela americana. Su acción es muy sencilla, y sus personajes son copiados de la sociedad americanas en general. Apenas podría explicar el autor la idea moral que se ha propuesto, pero si se le concede que en el fondo de su obra hay alguna verdad, es indudable que también habrá moral. Ha querido hacer depender el interés más del juego recíproco de las pasiones, que de la multiplicidad de los sucesos, poniendo siempre al hombre moral sobre el hombre fisiológico. Ésta ha sido la idea madre que lo ha guiado en su composición. Sus personajes sienten y piensan, más que obran. Por eso la heroína es una mujer que tiene un corazón y siente; tiene una inteligencia y piensa, que busca la felicidad en la vida, que es débil como mujer algunas veces, y cuya imaginación se descarría como criatura humana que es. Tal es nuestra novela, y tal la heroína de ella.

Al colocar la escena en Bolivia, el autor ha querido hacer una manifestación pública de su gratitud por la agradable acogida que ha merecido en este país, en el que ha encontrado algunos días de paz proscripto del que le vio nacer.

Capítulo I

Capítulo primero - Escenas conyugales

Era una hermosa tarde de verano del año de 1826. El sol se había ocultado ya, pero sus últimos rayos de brillo,se siente el atardecer, doraban aún la soberbia cumbre del Illimani, como si el rey del día al ausentarse quisiera tributar su último homenaje al monarca de los Andes. El gigante ostentaba sus dos inmensos picos cubiertos de sempiterna nieve, mientras que a sus pies resplandecía el verdor de una eterna primavera. El plátano dorado, la aromática piña, el hermoso limonero y el colosal pacay embalsamaban el aire a la par de todas las flores tropicales que la naturaleza pródiga ha derramado allí. Haciendas ricas y pintorescas se extendían a la falda del gigante, y sus rojizos tejados y blancas paredes se destacaban sobre una alfombra de verde terciopelo. Hacia al Oriente la vista se limitaba por una árida cadena de montañas que contrastaban con aquellas verdes islas cuyo núcleo era por lo general una hermosa casa de campo. En una de las quebradas más fértiles y pintorescas de aquel sitio había por el tiempo de que hablamos una linda hacienda cuya casa estaba edificada en la falda de un escalón de la montaña, que en aquel lugar formaba una planicie. A esta casa es a donde queremos introducir a nuestros lectores.

La forma del edificio era la de un cuadrilongo. El centro de él estaba ocupado por un gran patio rodeado de corredores bajos y galerías altas. En él había un surtidor de piedra berenguela, a cuyo alrededor se veían infinidad de macetas de flores. Las habitaciones altas que miraban al Oriente tenían a su frente una magnífica galería de arcos, y sobre el fondo aplomado de sus pilastras de granito resaltaban el verde sombrío y la blancura inmaculada de las enredaderas y los jazmines que allí se encuentran todo el año. Desde aquella galería se descubrían a vista de pájaro la entrada de la quebrada y todos los huertos cercados que rodeaban la hacienda.

En aquella galería había dos personas. La primera era una joven como de diez y nueve anos, edad en que la mujer está en toda la plenitud de su desarrollo, y la otra un hombre que ya había pasado de los cincuenta y ocho. Un pintor hubiera dicho de la joven que era una imagen escapada de las telas de Rafael, un poeta la hubiera creído un serafín bajado del trono del Señor, y yo diré simplemente que era una de aquellas obras acabadas salidas de las manos del Creador que hacen admirar su poder y adorar la vida. Era rubia y blanca y en su cándido rostro brillaban dos ojos negros, grandes y rasgados que daban a su fisonomía una expresión singular. Había en su mirada algo que decía que aunque toda su persona derramaba la dulzura y la suavidad tenía en su alma una centella que debía incendiarla. Estaba vestida de blanco, y una ligera pañoleta celeste hacia adivinar las voluptuosas formas de su seno. Sentada en un sillón con la vista fija en el paisaje grandioso que se desenvolvía a su vista, se hubiera dicho que era la estatua de la castidad meditando.

El otro personaje no tenía nada de notable en su fisonomía. Estaba descuidadamente vestido, con un levita negro abotonado hasta el cuello, que rodeaba una corbata del mismo color, negligentemente anudada. Aunque sus facciones eran vulgares, su frente calva, los pocos cabellos blancos que la coronaban le daban cierto aspecto de dignidad. Su tez amarilla y sus ojos empañados indicaban un temperamento bilioso, mientras que su nariz aguileña y prominente parecía ser prueba de un carácter violento e imperioso. Su boca era grande y sus labios abultados, y en aquel momento estaban fuertemente contraídos, sin duda por algún sentimiento doloroso que le embargaba. Este hombre como hemos dicho, rayaba ya en los sesenta años. Se echaba de ver que estaba fastidiado, y de cuando en cuando una nube de mal humor atravesaba por su frente. Tenía un libro en la mano en el que solía fijar una mirada incierta y distraída, pero luego la levantaba para clavarla en la bella joven que tenía a su frente. Un observador superficial hubiera creído ver brotar de aquellos ojos pequeños un relámpago de amor, pero un hombre acostumbrado a leer en esos espejos del alma habría adivinado que predominaba un sentimiento celoso y despechado.

Largo tiempo permanecieron en silencio. La joven parece que no oía ni sentía nada que no perteneciere al magnífico panorama que se desenvolvía ante sus ojos; pero en aquella, estática admiración se revelaba una ardiente aspiración que ella misma tal vez no comprendía. En aquella frente mustia que los besos del amor parecía no haber refrescado jamás, se leía un pesar profundo que la devoraba.

Ya las sombras de la noche iban invadiendo todo el valle que tenían a sus pies, cuando el hombre rompió por la primera vez el silencio.

-Soledad, -le dijo, con voz que quiso hacer suave,- es tiempo de que te retires. Estás enferma y podría no hacerte bien el permanecer más tiempo aquí.

-¡Oh, no señor! quiero gozar un poco más de esta hermosa vista. Me siento más aliviada, y este aire tan puro y esta atmósfera tan perfumada me parece que me hace bien... Además, éste es el único placer que me es permitido en mi triste vida.

El compañero de Soledad frunció las cejas, y esta pareció arrepentida de haber dejado escapar la última palabra y lo miró con aire de súplica. Pero él no pareció notar aquella mirada, y levantándose con precipitación dio algunos paseos por la galería. De pronto se detuvo frente a Soledad, y mirándola con enojo, la dijo con voz vibrante de cólera. -¡Siempre las mismas niñerías! ¡Soledad! ¡Soledad!, ¡siempre las mismas reconvenciones! ¿Hasta cuándo me abrumarás con ellas?

-Señor, respondió Soledad con triste resignación, yo no me quejo, pero si lo he hecho, perdonemelo Vd.

-¡Eso es, siempre las mismas palabras «no me quejo!» - Me desesperas mil veces más con esa humildad afectada. Te quisiera más bien soberbia y franca.

Evidentemente aquel hombre no había hecho sino buscar un pretexto para descargar su mal humor, y no quería perder la oportunidad.

-Señor, aun cuando me quejase no haría sino usar del único derecho que tengo, y del que nadie me puede despojar, pero si ofendo a Vd., me callará. No soy soberbia porque es Vd. el amo aquí, y obedezco. ¿Se puede exigir más de mí?

-¡Exigir más! repitió con amargura. ¡Exigir más! Tienes razón, qué más puedo apetecer que una esclava sumisa que no contraría mis voluntades, en vez de una esposa que me brinde con su amor, ¿no es cierto Soledad?

Soledad guardó silencio y no contestó nada. Bajó la cabeza, suspiró con dolor y dos gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas. Su marido vio aquellas lágrimas y ellas aumentaron sin duda su rabia.

-¿No es cierto, Soledad, -volvió a preguntar con voz sorda,- que nada más puedo pedir?

-Señor, tenéis en mí el cariño de una hija que os respeta, que os cuida con solicitud, y una esposa que no falta a sus deberes.

-¿Y nada más?

-¿Qué más puedo dar a Vd.?

-¡Soledad! ¡Soledad!

-Señor, no exija Vd. más de mí.

-Yo necesito de tu amor.

-Tiene Vd. mi estimación y mi respeto.

-¡Oh, pero eso no me basta!

-No tiene Vd. derecho a exigir más. Mi madre entregó mi mano forzada por la necesidad, pero jamás me pidió Vd. mi corazón.

-Eres mi mujer, -dijo el marido con arrebato,- eres mía, me perteneces y quiero ser amado por ti.

-Señor, soy débil, estoy desvalida; no abuse Vd. de mi debilidad, ni de mi desamparo. No me obligue Vd. a repetir lo que tanto le irrita. Estimo y respeto a Vd., puede disponer de mi persona a su voluntad, pero al menos quiero conservar la libertad del corazón que es la única que no han podido arrebatarme.

Y cayó de rodillas y anegada en lágrimas a los pies de su marido.

El despecho y la compasión luchaban a la vez en el alma del anciano. Iba a extender su mano, pero retirándola con precipitación retrocedió algunos pasos, y cruzando los brazos sobre el pecho dijo con toda la rabia de los celos: -¡Oh, esas lágrimas son por otro! ¡Desgraciada! Sabes que soy capaz de matarte. - Y al mismo tiempo apretaba con fuerza sus puños como para no ceder a un movimiento de furor.

-Señor, no desoiga Vd. mi súplica, es lo único que he pedido, lo único que pediré. Tenga Vd. compasión de mí.

-¡Compasión! y ¿la tienes tú de mí?

-¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Hasta cuándo durará este suplicio! -exclamó Soledad alzando los ojos al cielo.

La cólera largo tiempo concentrada del marido de Soledad estalló al fin. Se apretó la cabeza con ambas manos, sus ojos se inyectaron de sangre, y arrojándose sobre Soledad dejó caer ambos puños sobre la angélica cabeza de aquella desgraciada. Soledad cayó al suelo aturdida por el golpe: al chocar sus labios sobre las baldosas del piso brotaron sangre, y exhaló un gemido doloroso. Ese gemido llegó al fondo del alma del verdugo y se arrepintió de su barbarie. Se inclinó hacia su mujer y quiso levantarla en sus brazos, pero ella que había recuperado sus sentidos se incorporó rechazándolo con dignidad.

-Señor, el que maltrata a su mujer es un infame que no tiene derecho a exigir nada de ella, pero permito ser pisoteada con tal que se me deje al menos la libertad del corazón.

Estas palabras inesperadas fueron pronunciadas con tal acento de firmeza y dulzura a la vez, que impusieron respeto a aquel hombre violento y brutal. Bajó avergonzado la cabeza, y mirando después a Soledad que aún permanecía de rodillas con la frente apoyada en el sillón y oculta la cara entro sus manos, le dijo con voz melancólica: -Soy un torpe, perdóname Soledad, tienes derecho para echármelo en cara. Eres libre: después de lo que he hecho comprendo bien que ya no debo pedirte amor, pero al menos no me guardes rencor.

-¡Nunca, nunca! Yo tengo la culpa que irrito a Vd. con mis imprudencias... ¡Oh, Señor!, es Vd. generoso y no lo olvidaré jamás.

El anciano se acercó a su mujer, la tomó una mano que ella le entregó, y apretándola con ternura se retiró sin decirle una palabra. Los remordimientos lo ahogaban y quería substraerse a la presencia de aquella víctima, a quien había atado a su destino como a una criatura llena de vida y juventud encadenada a un cadáver.

Luego que Soledad quedó sola levantó al cielo sus ojos húmedos de lágrimas y los fijó en el astro melancólico de la noche, que brillaba en todo su esplendor, y exclamó con dolor: -¡Madre mía, protegedme!- El tenue resplandor de las estrellas, el susurro de las hojas, el perfume de las flores y aquella luz misteriosa que sigue al crepúsculo hicieron descender a su corazón algunas gotas de consuelo, de las que Dios derrama en toda la naturaleza para alivio del desgraciado. Soledad se sintió más tranquila: oró y lloró, y al cabo de algunos instantes se levanto fuerte y resignada, saboreando aquella acre satisfacción que experimenta toda alma bien templada cuando se siente superior a su desgracia. Una especie de excitación febril daba en aquel momento una fuerza poderosa a aquella frágil criatura, cuyo cuerpo parecía formado para reposar sobre un lecho de llores ¡ay!, años hacía que gemía sobre un lecho de espinas mártir del sacrificio y del deber, soportando casi todos los dias escenas idénticas a la que acabamos de describir. Sin embargo, aquel continuado tormento: no había destruido la energía de su alma, y a medida que se multiplicaban sus dolores se revelaba contra su destino y sacaba nuevas fuerzas de su propio abatimiento.

Cuando ella se sintió más tranquila se dirigió a una puerta de vidrieras que había a un extremo de la galería, la abrió y entró a una pieza lujosamente amueblada que la servía de costurero. Allí se recostó sobre un sofá y permaneció mucho tiempo sumida en sus reflexiones. Un ligero ruido la sacó de ellas, y vio entrar a una joven india que la servía, con una carta en la mano.

-Señorita, -dijo la indígena en la lengua aymará,- esta carta me han dado para Vd.

-¿Quién la ha traído?

-Manuel, que acaba de llegar de la Paz.

-Dámela.

Soledad tomó la carta, y apenas hubo mirado el sobre de ella lanzó un grito de alegría, y levantándose con rapidez se acercó a la luz y materialmente la devoró con sus ojos.

-¡Oh, gracias, gracias, Dios mío, que no me has abandonado! ¡Gracias, madre mía, que me habéis oído! ¡Él vendrá, y al menos tendré uno a quien confiar mis penas! -exclamó ella con exaltación. Y luego con acento más tranquilo aunque doloroso: -Necesito expandir mi corazón, y tener algo que amar.

Apenas había acabado de proferir estas palabras cuando entró su esposo y la dijo con aire abatido: -Esta noche deben venir nuestros vecinos a tomar el té con nosotros. Haz prepararlo todo.

-Está bien señor, pero me siento algo enferma y desearía que me excusase Vd. de recibirlos.

-Deseo que tú hagas los honores. Mi amigo D. Manuel me ha dicho que deseaba presentarme a su sobrino D. Eduardo López.

-¿D. Eduardo López?

-Sí.

-Está muy bien, señor, los recibiré.

-¡Siempre cediéndome como si yo te violentase! ¡ Siempre presentándote como víctima para hacerme aparecer como el verdugo!

-Señor, -dijo Soledad desentendiéndose de aquella reconvención,- acabo de recibir una carta de mi primo Enrique.

-¡Una carta! ¡De tu primo Enrique!

-Ha vuelto por fin de la campaña del Perú con el grado de capitán, y me anuncia que hallándose, en la Paz vendrá dentro de algunos días a hacernos una visita.

-Podía excusarla.

-Espero que no le recibirá Vd. mal. Es el compañero de mi infancia, el único pariente, el único amigo que tengo en el mundo.

-¡El único amigo! Sí, el hombre a quien has amado y tal vez amas todavía.

-Bien sabe Vd. que mi padre nos destinaba para esposos, pero que educados juntos desde nuestra más tierna infancia y habiéndonos separado muy temprano no nos hemos profesado jamás otro afecto que el de hermanos.

-Así será. Está bien. Que venga; yo no le cerraré los puertas de mi casa.

-Gracias, señor.

-En aquel momento se hicieron sentir en el empedrado del patio los pasos de varios caballos.

-Son nuestros convidados, -dijo el marido,- vamos a la cuadra a recibirlos.

Los dos esposos pasaron al salón ocupados por una misma idea. Ella pensaba en Enrique con enternecimiento y ansiaba por el momento de volverlo a ver y abrazarlo; él lo recordaba con toda la rabia de los celos en el corazón.

Capítulo II

Capítulo segundo - Una noche de campo

Al entrar al salón de la hacienda donde habitaba Soledad, se hubiera uno creído transportado a mediados del siglo diez y ocho por lo menos. Estaba suntuosamente adornado con todos aquellos muebles antiguos de nuestros venerables abuelos, que desterrados de todas partes han encontrado en Bolivia un asilo generoso, porque siendo el país más mediterráneo de América, la moda camina en él con mucha lentitud. Veíanse allí grandes sillones negros primorosamente labrados, mesas de pies de cabra, sofás dorados, espejos con marcos de cristales que resplandecían con las luces colocadas en antiquísimas arañas de cristal y macizos candelabros de plata. Las puertas y ventanas estaban adornadas con anchas cortinas de damasco punzo con franjas de oro, y unas y otras eran doradas y cinceladas, como todavía se ven muchas. En el techo se veían las armas nobiliarias de la familia del marido de Soledad, porque en aquella época aún no se habían despojado del todo de la añeja preocupación de querer formar una aristocracia en el centro de una república, y de la que por fortuna quedan ya muy pocos restos. Lo único que indicaba que se vivía en una época más reciente era un hermoso piano de ébano incrustado de adornos de bronce. Encima de él había varios libros y papeles de música. Los álbums no habían penetrado todavía a Bolivia, y a no ser por esto, es más que probable que tuviéramos que hacer la descripción de un lindo libro con tapas de terciopelo, lleno de versos y llores secas, que en nuestros días se ha hecho el mueble obligado de toda dama elegante, para servir de alimento a la vanidad y de martirio a los poetas.

Soledad y su marido entraron por una puerta situada al fondo del salón, y casi al mismo tiempo se abrió otra que daba a la galería inferior que daba al patio, y aparecieron los vecinos convidados, con quienes vamos a hacer conocimiento, encargándome en mi calidad de folletinista de presentar a mis amables lectores y lectoras, asegurándolas de que serán bien recibidos, especialmente por las últimas.

Eran cuatro los convidados. Una señora anciana y un acompañante de respetable edad. Al observar el modo como se hablaban se echaba de ver fácilmente que eran marido y mujer del viejo cuño, o de la vieille roche, como diría un francés. Eran dos verdaderos tipos del siglo pasado; figuras y vestidos que estaban en perfecta armonía con los vetustos muebles que los rodeaban. El anciano llamábase D. Manuel Alarcón y su cara mitad Dª. Antonia de Alarcón. No tendría D. Manuel menos de sesenta y cuatro años, y su esposa rayaba ya en los cincuenta y cuatro.

Los personajes restantes eran dos jóvenes de distinto sexo. La joven era algo morena y tenía pelo y ojos negros. Toda su fisonomía respiraba dulzura, pero su mirada profunda y sus labios un poco gruesos indicaban un temperamento ardiente susceptible de tempestuosas pasiones. Por lo demás, su aire era modesto y sus movimientos suaves y armoniosos. Su nombre era Cecilia. El joven que la acompañaba era notable por su figura y sus modales distinguidos, aunque algunas veces algo afeminados. Su cabeza estaba poblada de negros y sus ensortijados cabellos, y una patilla negra y lustrosa como una cinta de terciopelo encuadraba admirablemente sus nobles facciones. Unos ojos grandes y negros, una nariz recta y bien formada, una frente espaciosa y una boca pequeña, aunque de labios muy delgados, unido todo a una tez pálida, parecía anunciar una inteligencia despejada, un temperamento nervioso y una profunda disimulación, a la par que un alma susceptible de los más lastimosos descarríos una vez lanzado en la senda del mal. Aquel hombre pertenecía al número de esos seres, que desde la primera vista hacen una impresión profunda, ya sea adversa o favorable.

Hechos los primeros cumplimientos de estilo, D. Manuel Alarcón presentó a los dueños de casa el joven cuyo retrato acabamos de trazar.

-Amigo mío, -dijo,- te presento a mi sobrino D. Eduardo López, que ha venido de la Paz a pasar el verano en mi hacienda, y que ha aceptado con mucho gusto el ser presentado a tu amable esposa y a ti.

-El señor López, -contestó el marido de Soledad,- no me es absolutamente desconocido de nombre, y siempre será muy bien venido a esta casa.

-Tendremos el mayor gusto, añadió Soledad, en que nos favorezca con sus visitas, porque en el campo es un honor y un obsequio a la vez para quien las recibe.

Eduardo contestó en términos propios y escogidos, y todos tomaron asiento alrededor de una gran mesa redonda de jacarandá, cubierta de un tapete de terciopelo verde, que ocupaba el cuadro del salón.

Los primeros momentos de conversación fueron embarazosos, como lo son siempre las conversaciones en que hay una persona que por primera vez se encuentra en una reunión. Se habló del tiempo, de noticias, de la vida del campo, y de todas aquellas cosas que sirven para decir algunas palabras, las muy necesarias para no estar en silencio. Por último, D. Manuel Alarcón, guiado más por sus preocupaciones que por su tacto, trasladó la conversación a otro terreno menos estéril.

-Amigo mío, -dijo Alarcón dirigiéndose al marido de Soledad,- es necesario confesar que esto marcha para atrás. En mi tiempo he visto poblado este valle de jóvenes y muchachas, y no había día sin convite, ni noche sin baile. Pero en el día es una soledad.

-Así será, pero también convendrá Vd. conmigo que hay ciertas personas, que aunque en pequeño número, pueblan agradablemente la soledad, -dijo Eduardo con intención, acentuando sobre la última palabra y mirando a la hermosa castellana.

-Vaya, Eduardo, me quitas de encima veinte años. ¡Ah! me haces acordar de aquellos hermosos tiempos en que me endosaba mi calzón de punto, mis medias de seda y mi casaca de terciopelo. ¡Si vieras que majos andábamos entonces todos los mozos! Y si no pregúntaselo a tu tía, y los piropos que le echaba cuando la andaba enamorando. Y a pesar de ser viejo todavía no puedo olvidarme, y ella puede decir...

-¡Manuelito! -interrumpió Dª. Antonia bajando los ojos, y añadió en voz baja: -¿No ves que estamos delante de nuestra hija?

-Cierto, me olvidaba, pero cuando me acuerdo de mis tiempos no puedo con mi genio. Aquello era una gloria, una...

-Vamos, cuando te pones a hablar de tus tiempos, -dijo el marido de Soledad,- no hay quien te ataje. Esa es tu manía.

-Qué quieres, quien malas mañas ha...

-Ya sabemos, Manuelito, pero mejor sería que empezásemos nuestra malilla, -dijo Dª. Antonia.

-Aprobado, -dijo Alarcón.- ¡Oh! La malilla es un juego de que gustaba mucho mi abuelo y tengo por él una especie de predilección. -Como se ve D. Manuel Alarcón pertenecía al número de aquellos originales fósiles, tan comunes entre nosotros, que sólo hallan bueno lo de su tiempo, y para quienes parece que han sido escritos aquellos versos de Mora:

Hasta el dormir de entonces era más descansado, los sombreros qué airosos. ¡Qué fresco el bacalao! ¡Oh, qué tiempos aquellos, qué tiempos los pasados!

Trajeron tantos y naipes y los tres ancianos se pusieron a jugar malilla. Los jóvenes quedaron solos a un lado de la mesa, y separados de este modo las dos partes heterogéneas de la reunión. Estos últimos estuvieron viendo jugar por espacio de algunos segundos, pero muy luego entablaron una conversación particular.

-Señorita, -dijo Eduardo a Soledad,- esta mansión es deliciosa, y desde que la conozco, no me perdono los días que he pasado en las ciudades, sobre todo después que he visto que en el fondo de estos valles es donde se encuentran las perlas más hermosas, así como en el fondo del mar, y dirigió simultáneamente sus ojos de Cecilia a Soledad. Ésta se sintió penetrada por aquella mirada profunda, pero muy luego contestó:

-Cierto que esta mansión es agradable. El clima, las flores, los frutos, las vistas de que se goza, todo contribuye al bienestar del cuerpo, pero el alma y la imaginación carecen de alimentos por falta de sociedad.

-Sin embargo, señorita, por lo que a Vd. respecta creo que jamás estará sola, ni su alma carecerá de alimento. Veo allí, -dijo mirando a los libros que estaban sobre el piano,- algunos buenos compañeros que llenarán agradablemente su soledad, y además, ese piano me indica que no es Vd. extraña a ese arte encantador que nos consuela en nuestras horas de amargura. ¿Canta Vd., señorita?

-Muy mal, caballero.

-Si hubiese de juzgar por el metal de voz, diría que nunca puede Vd. hacerlo mal, aún cuando el estudio no te prestase nuevo realce.

-Es Vd. demasiado amable, caballero. Y Vd. que tan aficionado se muestra a la música, también cantará.

-Suelo hacerlo algunas veces, pero prefiero siempre oír.

-Eduardo, -dijo Cecilia,- tiene una hermosa voz, y toca muchas cosas nuevas.

-¿Quisiera Vd. tocar algunas?

-Con mucho gusto, pero será con la condición de que Vd. cantará después.

-Lo haré por complacer a Vds.

Los tres jóvenes se dirigieron al piano. Lo abrieron, y Eduardo se sentó frente a él. Sus dedos se pasearon perezosamente sobre el teclado y arrancaron algunos sonidos vagos, preludios aislados que separados nada dicen, pero cuya conjunto forma una armonía que algo expresa. Poco a poco aquellos vagos sonidos fueron sistemándose, y de repente brotó del instrumento un torrente de melodía, que inundó el corazón de todos los oyentes. El piano había encontrado su señor, y repetía humildemente con sus cien voces armoniosas las idea de Eduardo. Al primer arranque de melodía hizo suceder un andante melancólico, que sin disminuir la primera impresión la inoculaba más y más en el alma. Sucesivamente, fue recorriendo una serie de temas artísticamente enlazados, y cuando sus manos se reposaron sobre el teclado trémulo y palpitante, el aire vibraba aún con las melodías con que había sido herido. Aquel fluido armónico que llenaba la atmósfera parecía que hubiese penetrado por los poros de las dos jóvenes. Hacía largo rato que la música había cesado y todavía sus ecos resonaban en sus corazones que latían a unisón de ellos, como las arpas colias heridas por la brisa de la noche. Su cabeza algo inclinada y la vista fija indicaba en ellas una abstracción profunda de todo lo que las rodeaba.

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