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El desafío del diablo

José Zorrilla · 1845 · Free in the US

10,150 words · about 43 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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About this book

Author
José Zorrilla
Language
Spanish
Published
1845
Length
10,150 words · about 43 min
Sections
17 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (17)
  1. Introducción about 5 min
  2. I about 2 min
  3. II about 3 min
  4. III under 1 min
  5. IV about 3 min
  6. V about 1 min
  7. VI about 4 min
  8. VII about 1 min
  9. VIII about 5 min
  10. IX about 4 min
  11. X about 3 min
  12. XI about 1 min
  13. XII about 1 min
  14. XIII about 2 min
  15. XIV about 2 min
  16. XV about 4 min
  17. Conclusión about 1 min

Continue:

Introducción

Primera parte

Introducción

Nació Doña Beatriz para monja destinada, mas salió al mundo inclinada y no fue eleccion feliz.

Con demasiado devoto corazon, en su preñéz hizo su Madre tal vez tan desatinado voto.

Porque fué tal el tormento que antes de nacer la dió Beatriz, que se temió por ella y con fundamento.

Y ella, á impulsos del fatal dolor, á Dios hizo ofrenda de aquella azarosa prenda de la dicha maternal.

¿Mas por qué á Dios ofrecer lo que otro ha de cumplir? ¿Quién puede ¡necio! decir lo que otro ha de querer?

Ello es una aberracion, mas ello es cierto tambien que de estas cosas se ven, y asi muchas madres son.

En vez de ofrecer por sí, en mal de que bien salieron, por sus hijos ofrecieron ¡tantos malos hay asi!

Pero ¡oh lector! felizmente en los tiempos que alcanzamos de estos sucesos no hallamos ejemplos tan comunmente.

Aunque tú te acordarás por vano que hayas el seso, que pasaban con esceso diez ó doce años atrás.

¿No era duelo ver un chico de seis años enredando por la calle, y ya arrastrando un hábito dominico?

¿O asida á los guardapieses de una fresca montañesa hecha una Santa Teresa una chica de once meses?

Asi Beatriz anduvo toda su infancia, asi oia las razones noche y dia que para el hábito hubo.

Y asi pasaron sus bellos y primeros ocho abriles, entre juegos infantiles, sin ver lo que iba tras ellos.

Hasta que al fin una noche lujosamente ataviada y de flores coronada la metieron en un coche.

Ella al mirarse tan linda con errado pensamiento juzga que solo el convento con dicha y flores la brinda.

Y el ser monja no la pesa si siempre ha de ser querida, como cuando recibida fue por la madre Abadesa.

Quedóse en el locutorio su Madre y la Superiora, llevó, pues era hora a cenar al refectorio.

Allí todas á porfia las madres la acariciaron, la dieron y la otorgaron cuanto en gana la venia.

Asi Doña Beatriz quedó á monja destinada y en el convento encerrada; mas ¿fue dentro de él feliz?

¡Ah! fueron unos tras otros sus dulces años huyendo, nacer en su ánima haciendo el deseo y la razon. Y huyéronse una por una las deliciosas visiones, las dichosas ilusiones que adoró su corazon.

Sintió dentro de él entonces desconocido, insufrible, un deseo incomprensible, una triste vaguedad que turbaba eternamente sus oraciones, sus sueños, con recuerdos halagüeños de otro mundo y de otra edad.

Del órgano delicioso entre la santa armonía, otras músicas oía de mas alegre compás. Y de los santos ejemplos en las sagradas memorias el germen de otras historias mas sedutoras quizás.

Y ella bulliciosa un tiempo y alegre y entretenida, silenciosa y distraida, y triste á andar empezó; y oculta allá de su celda, en un rincon solitario, el ídolo en formas vário de la libertad amó.

Presentáronse á su ardiente y exaltada fantasía los gustos á que algun dia renunció sin grande afan; y vió con mortal tristeza que ahora los apetece, ¡ah! porque de ellos carece, porque vedados la están.

Aquella verde y frondosa ribera fresca de un rio, que paseaba en el Estío de la luna el resplandor: aquella fuente escondida del soto entre los jarales, en cuyos frescos raudales su sed templaba y su ardor:

Aquellos anchos balcones, sin reja y sin celosía, que allá en su casa tenia la calle para mirar: y á través de cuyos lienzos podia tranquilamente el tumulto de la gente y el aire libre gozar:

Todos los dulces recuerdos de su deliciosa infancia dorados por la distancia mas caros á su ansiedad, hervian en su memoria, despertando sus pasiones las primeras emociones de su juvenil edad.

Y en la orilla de aquel rio, y en redor de aquella fuente, y entre la turba de gente que vía por su balcon, tal vez alcanzaba errando una vision hechicera cuya sombra pasajera turbaba su corazon.

¡Ay! exclamaba la triste, contristaba y dolorida: ¡cuán monotona es mi vida, cuán sin gloria y sin placer! ¿Qué es para mí el universo, si yo cual ave entre redes estoy entre esas paredes condenada á nunca ver?

¿Qué valen las maravillas que Dios sembró por su suelo si solo alcanzo del cielo un giron escaso y ruin, y el cántico pasajero de algun pajarillo errante que se detiene un instante en las ramas del jardin?

Asi en el fondo del claustro donde cautiva moraba, allá á sus solas pensaba la olvidada Beatriz. Y asi corriendo los años se prepara, aunque la pesa, á quedar monja profesa y á no ser nunca feliz.

Mas ¡ay! que oculto veneno de estas memorias amargas, prensadas de horas tan largas en la larga soledad en su corazon fermenta, y del corazon brotando va en su cuerpo germinando peligrosa enfermedad.

Profunda melancolía el corazon la devora, víbora desgarradora que con él ha de acabar. Y lenta é inextinguible que sin descanso la deja, fiebre ardorosa la aqueja imposible de atajar.

Hierve en sus venas la sangre sin alivio de un momento acosan su pensamiento mil delirios en tropel. Asaltan su fantasía mil imposibles antojos, y llanto vierten sus ojos mas amargo que la hiel.

Las drogas de los empíricos no pueden con su dolencia, ninguno logra la ausencia de su recóndito mal. En vano su ciencia apuran, sus elíxires destilan en vano, nunca aniquilan aquella fiebre infernal.

¡Pobre niña! consumida por fuego íntimo y secreto busca en vano un amuleto contra tal desolacion. Ma en vano los Doctores con sus brebajes la afligen, si del mal está el origen en su ardiente corazon.

¿Quién ocasiona sus lágrimas? ¿quién la arranca sus suspiros? ¿quién ¡ay! tan fatales giros á sus desvaríos da? «Lejos de mí» en los accesos grita de su calentura! vuestra vista es mi tortura; ¡quién de vos me librará!

Lejos de mí, lejos, lejos! fieros espectros con tocas, que con hipócritas bocas me predicais la virtud, y con fraternales manos me estais preparando un traje con que mas horrenda baje despechada al ataud.

Lejos! dejadme tranquila; me estais ahogando… dejadme; abrid la reja, aire dadme, quiero el aura respira…, y asi Beatriz diciendo se desespera y se agita con violencia inaudita, con iracundo pesar.

Hasta que al cabo la fiebre la debilita y la estenúa, y el hondo letargo atenúa de su delirio el ardor; y las madres aterradas conjuran con oraciones de sus horrendas visiones el tropel fascinador.

Sus Padres (que al cabo lo eran) con intento mas humano oro médico mundano resolviéronse á llevar, y á pesar de los obstáculos que las monjas opusieron, una tarde consiguieron hasta la celda llegar.

El Doctor, hombre de graves conocimientos científicos, condenó los específicos y las drogas condenó: y enterado de los síntomas, con la fria indiferencia del oficio y de la ciencia tal plática ocasionó.

{| EL DOCTOR. El PADRE. EL DOCTOR. EL PADRE. EL DOCTOR. EL PADRE. EL DOCTOR. LA ABADESA. EL DOCTOR. LA ABADESA. EL DOCTOR. LA ABADESA. EL DOCTOR. LA ABADESA. EL DOCTOR EL PADRE. EL DOCTOR. EL PADRE. EL DOCTOR. EL PADRE. EL DOCTOR. |}

Y hablando de esta manera entre el Padre y el Doctor, á pesar de todo el claustro, de su hija Beatriz asieron y en el coche la pusieron; y las mulas con vigor arrancando les sacaron de la grita y confusion con que el coro de las monjas á despedirles salió. Y desde aqui, tras aquesta necesaria introduccion, toma principio la historia ¡oh carísimo lector! Y esta no es fábula vieja hallada en un cronicon; no es fantástica leyenda de que soy el inventor. Es tal cual voy á escribirla del pueblo una tradicion, de boca de un pueblo oida, siendo un viejo el narrador, y la cual voy á contarte como á mi me la contó.

I

I.

En el fondo de un valle por en medio del cual ancha vertiente abre á sus turbias aguas un torrente honda y torcida calle; torrente en el Invierno y arroyo en el Estío, en julio despreciado, y en diciembre con honores de rio; cercado de peñascos y maleza por ambos horizontes, y hundido entre dos montes de fértil aspereza: en este valle, pues, y estas montañas poseia Don Lucas de Hinestrosa, Padre de Beatriz, quinta escondida, saludable y frondosa, y en el sitio mejor de ambas Españas sentada y construida.

En Córdoba la bella, ciudad moruna de recuerdos rica, cuyas calles estrechas y cuyas casas de ladrillos hechas el gusto actual critica; mas cuya situacion encantadora, cuyo nombre halagüeño como memoria de agradable sueño el Moro aun en el desierto adora.

En aquellas montañas formidables habitadas un dia por viejos ermitaños venerables, y habitadas primero por derviches fanáticos, es donde Don Lucas de Hinestrosa á Beatriz esconde, y allí, donde la cándida novicia el aire y agua saludable goza á su nociva enfermedad propicia.

Allí á lo menos desde la alta cumbre libres pasean sus avaros ojos estenso campo; y vária muchedumbre de objetos mil distintos, de la naturaleza mil antojos alcanzan por los mágicos recintos de aquellos naturales laberintos.

Alli goza del cielo cuanto abarcan entrambos horizontes y largo campo del vistoso suelo. Allí en la estensa vega que ancho el Guadalquivir fecunda y riega, ve cubrir la magnífica campiña el apareado olivo siempre verde, la rubia mies y la fecunda viña, y la estendida pita sembrada en los vallados, y la roja amapola que se agita dando aroma y color á los sembrados: y las hojas pegadas de los higos de tuna, de los lagartos con pasion amadas, y de la sorda abeja acariciadas.

Y ve los anchos sotos y las verdes dehesas donde encerradas en campestres cotos dan crias retozonas y traviesas las generosas yeguas cordobesas.

Y ve la hermosa Beatriz pasmada, desde aquellos peñascos donde habita, la poblacion morisca coronada por la bella y mas célebre mezquita á los ginetes moros conquistada.

Y ve á sus pies en la montuosa tierra, teatro un tiempo de azarosa guerra, brotar continuamente cercados de silvestres florecillas, y el manantial de rumorosa fuente, ya corpulentos robles, ya enlazada á las hayas amarillas con recios brazos y con nudos dobles la cariñosa yedra cuya oculta raiz nace en la piedra.

Allí el aire tranquilo se embalsama con los gratos olores que la feráz frondosidad derrama: y se respira pura el aura salutífera que impregnan con su aroma las flores, las fuentes con vapores y frescura.

Allí la limpia tmósfera armonizan las pasajeras aves con cánticos suaves que los sentidos con el alma hechizan.

Y allí pasa Beatriz el tiempo breve de la estacion florida, rápida imágen de la corta vida que en la tierra habitar acaso debe; y allí pasa sus dias á lo menos, ya que no entre placeres bulliciosos, alegres, y serenos y libres, con sus sueños deliciosos.

Su Padre la acompaña, y el Doctor la visita y en dulce soledad vive sin cuita al mundo entero y al convento extraña.

El oro de Don Lucas de Hinestrosa sus caprichos y gustos la previene, y con su vida Beatriz se aviene, y lejos del convento muy dichosa.

II

II.

Apenas anochecía: la luz apuntaba apenas de melancólica luna en una noche serena, cuando en sabrosas memorias y en ilusiones risueñas embebida está Beatriz de su alquería en la puerta. Cómo sillon la ofrece la espesa y humilde yerba, y el son del aire la arrulla que la acaricia y refresca: sobre la rodilla el codo, la frente en la palma puesta, sin direccion las miradas y sin norte las ideas, está en una de esas horas de misteriosa pereza, de tranquilidad y calma en que nada nos inquieta, nada nos place ni turba y nada nos interesa; ni se sufre ni se goza, ni se quiere ni se piensa. De esta abstracción melancólica que la absorve las potencias y la embarga los sentidos, y el ánima la enajena, vino á sacarla á deshora una voz sonora y recia que la dijo: —Buenas noches, y á la que respondió ella con un ¡ay! que á un tiempo mismo miedo indicaba y sorpresa. ¡Silencio! el recien venido exclamó, y la mano asiéndola dijo: enemigos me siguen, pero es preciso que pierdan mi rastro, y que yo del monte por espesura me meta. {| BEATRIZ. EL HOMBRE. |} Y asi, aquel hombre diciendo entró con libre franqueza en la alquería, y tendióse sobre un sillon de vaqueta. Siguióle Beatriz absorta, y entre turbada y resuelta sacó un velon encendido que puso sobre una mesa: y hácia el incógnito intruso tendió la mirada incierta, mas apartóla encontrando la suya clavada en ella. Subila á entrambas mejillas el carmin de la verguenza y quedó ante el forastero de pie, y silenciosa y trémula. Yo no se que es lo que tiene una mirada serena, fija, osada y sostenida que se lanza de la negra pupila de un ojo ardiente, por bajo fruncida ceja que oculta el camino cierto que aquella mirada lleva, y la intencion que recata, y el sentimiento que expresa cuando sabe uno que está sobre su semblante puesta: pero ello es cierto que á veces esta mirada nos quema con el fuego que despide y con su peso nos prensa. El rostro se nos enciende, los oidos nos chispean, y aunque no nos atrevemos otra mirada á oponerla, sentimos que está en nosotros posada, y el alma inquieta anda recelosa dentro del corazon dando vueltas. Tal está la pobre niña haciendo que hace una trenza del cordon del delantal que en los dedos se la enreda, mientras los ojos del hombre siguen clavados en ella sin apartarse un momento, sin pestañear siquiera. ¿Qué piensa el desconocido? ¿Cuál será la consecuencia que de su exámen deduzca? ¿será propicia ó siniestra? ¿Por qué no se desemboza y franco el semblante muestra? ¿será deforme ó hermoso? tal vez de un bandido sea, tal vez de un infortunado. De ambos quizá…! Todas estas preguntas y conjeturas se hace la muchacha, mientras la contempla él de hito en hito, mas solucion ni respuesta para ninguna en sus datos ne en las palabras encuentra. Mas no duró mucho tiempo su zozobra, una tós seca del incógnito la puso á sus palabras atenta. Alzó Beatriz poco á poco y volvió á él la cabeza, y él que la intencion conoce y advierte lo que desea, viendo además que ya acaso á ser descortés empieza, con ella al cabo la plática entabló de esta manera.

{| EL HOMBRE. BEATRIZ. EL HOMBRE. BEATRIZ. EL HOMBRE. BEATRIZ. EL HOMBRE. BEATRIZ. EL HOMBRE. BEATRIZ. EL HOMBRE. BEATRIZ. EL HOMBRE. BEATRIZ. EL HOMBRE. BEATRIZ. |}

Hubo aqui un punto de pausa, tras del cual como si hubiera sonado la hora precisa, ú oido palabra ó seña que aguardára el forastero alzóse y fuese á la puerta.

{| BEATRIZ.

EL HOMBRE.

BEATRIZ.

EL HOMBRE.

BEATRIZ.

EL HOMBRE.

BEATRIZ.

EL HOMBRE.

BEATRIZ.

EL HOMBRE.

BEATRIZ.

EL HOMBRE.

BEATRIZ.

EL HOMBRE.

BEATRIZ.

EL HOMBRE.

BEATRIZ.

EL HOMBRE.

BEATRIZ.

EL HOMBRE.

BEATRIZ.

EL HOMBRE. |}

Esto dicho, el forastero sintiendo que por la cuesta sube gente, á largos pasos metióse por la maleza. Y al cabo de unos minutos asomaron por las cercas el de Hinestrosa y su hijo, y en su mula pelinegra el Doctor, que ganó un pleito contra la madre Abadesa, y con Beatriz y su Padre sincera amistad conserva.

III

III.

— , su hijo.— y cenando en el comedor de la alquería.

{| CARLOS AL DOCTOR.

EL DOCTOR A CARLOS.

CARLOS.

EL DOCTOR.

CARLOS.

EL DOCTOR.

CARLOS.

EL DOCTOR.

CARLOS.

EL DOCTOR.

CARLOS.

EL DOCTOR.

CARLOS.

EL DOCTOR.

CARLOS.

EL DOCTOR.

DON LUCAS A BEATRIZ.

EL DOCTOR

DON LUCAS.

EL DOCTOR.

DON LUCAS.

EL DOCTOR.

DON LUCAS.

EL DOCTOR.

DON LUCAS.

BEATRIZ. |}

IV

IV.

¿Es cierto? y aquel hombre que sentado con Beatriz estuvo fue el bandido? ¿es á quien tanto Carlos ha ultrajado y á quien tanto el Doctor ha defendido?

Infame desertor de sus banderas, jugador, libertino y pendenciero, lleva sobre él las leyes mas severas… y parece no obstante un caballero.

Es buen mozo y galan con las mujeres segun dice el Doctor, y en desafios siempre triunfante; en varios pareceres puede andar su virtud, mas no sus brios.

Quiérenle sus soldados, le respetan los mismos que condenan sus extrañas proezas: los bandidos se sujetan á obedecer su voz en las montañas.

Valiente en el ejército, valiente ante el severo juez que le condena, mira el peligro con serena frente, y aguarda el porvenir con faz serena.

Mas si un dia, Beatriz, os veis acaso en un trance fatal, pedidme ayuda; si un hombre os puede echar de este mal paso no faltará jamás quien os acuda.

Tal oferta á Beatriz hizo partiendo por el sendero que á los montes guia, si su suerte se cambia prometiendo volver ante sus ojos algun dia.

Su semblante no vió con el embozo Beatriz, ¿mas qué importa su semblante? si ya la inclina hácia el gallardo mozo su oferta liberal y su talante.

No fuérais al convento la previene á poder yo estorbarlo: y el convento asi sin fuerzas ni salud la tiene, y es á él volverla de su Padre intento.

Luego el único ser que la es extraño, el solo que la dan por enemigo el solo es que se duele de su daño, y se la ofrece valedor y amigo.

¿Y qué estrella fatal ponerla pudo al claustro destinada aun no nacida? ¿Tiene ella un corazon seco y desnudo de afecciones al mundo y á la vida?

Tal en su lecho Beatriz pensaba y en tales reflexiones se perdia, y mas la idea del convento odiaba cuanto el tornar á él más cerca vía.

Y en estos pensamientos su espíritu embebido, cayó del sueño en brazos la triste Beatriz: y entre sus negras sombras la sombra del bandido se muestra, de ventura cual precursor feliz.

Los pálidos fantasmas de sus penosos sueños, que en pesadilla odiosa la asaltan en tropel, se tornan en alegres espíritus risueños, que giran y que bullen en derredor de aquel.

No alcanza su semblante por bajo del embozo, mas sus brillantes ojos sobre el embozo ve, y al fuego de sus rayos, henchido de alborozo, el corazón la late cobrando nueva fe.

La oferta generosa que con osado aliento la hizo al despedirse, su acento varonil resuena en sus oidos como de manso viento el plácido murmullo en el pintado abril.

Ya en sueños imagina que espuesta en el desierto, y abandonada y triste, y descarriada va, y en el lejano monte por el camino cierto la sombra bienhechora para guiarla está.

Ya sueña que á la orilla de rápido torrente la tienen los bandidos para arrojarla en él y en medio de la turba parece de repente, y tórnanse las peñas magnífico verjel.

Y ¡ay triste de la hermosa que en los delirios fia de sueños que embelesan su mente juvenil! de su soñado cielo la arrojan algun dia en el hediondo cieno del apetito vil.

¡Ay triste de la niña que confiada adora el ídolo que crea su ardiente corazon! El frio desengaño bajo su templo mora, y seca con su soplo la bella creacion.

Amor entra en su alma como galan rendido un porvenir mintiendo pacífico y feliz; mas de ella apoderado se torna en un bandido… ¡ay! ciérrale tu alma ¡oh hermosa Beatriz!

Un vago pensamiento que sin violencia nace en hondo sentimiento trasfórmase traidor. Despues deseo ardiente, si se desprecia se hace, y al fin concluye siendo desatinado amor.

V

V.

El viejo Don Lucas á Córdoba fue; su amigo el empírico marchóse tambien. Don Carlos habita la quinta este mes, y en ella se queda Beatriz con él.

Su hermano es un hombre nacido en Jerez, que escupe torcido, que mira á través, que siempre murmura de cuanto oye y ve, y mas que su hermano parece su juez.

Jamás de su parte se quiso pone ni de su convento traspuso el dintel durante su larga dolencia cruel: dijeran que el mozo su sangre no es.

Doctor es en leyes, y lo hace tan bien que á toda la curia la tiene en un pie: no hay falsa escritura ni falso poder para el que legales razones no dé.

El mas escribano de cuantos se ven, que saben un pleito de un átomo hacer con el siempre en falso asienta los pies!… que no hay quien alcance su maña y dobléz.

Doctor es en leyes, ¡mas por san Ginés! que nunca con nadie guardó buena ley. Calcule el discreto cuán feliz va á ser su cándida hermana con este lebrel.

No su hermano, su tirano solo es; un espectro que la espanta, y do quiera se levanta donde va á fijar los pies.

En su espía transformado noche y dia va á su lado, no la deja por do quier. No respira, no oye ó mira, nada intenta que él no sienta, que él no logre oir y ver.

¿Qué hace en tanto Beatriz? sufre y calla. Con su espíritu batalla, y en su llanto melancólico se ve bien que no es feliz.

¿Que hay oculto que atormente su alma cándida inocente? tal vez siente su conciencia la presencia de un gusano roedor? Es el miedo de su hermano lo que causa su dolor? no: es un vago pensamiento sin contornos ni color, que en mas hondo sentimiento va cambiándose traidor.

Quiera Dios que no la halague tan sutil y tentador, que tras él la niña vague hasta dar donde la trague la honda sima del amor.

VI

VI.

En una de aquellas noches sombrías y melancólicas en que todo en torno calla y todo en torno reposa: en que tardía la luna por el horizonte asoma entre cenicientas nubes que su luz pálida entoldan, y en que á renovar convidan dulces y antiguas memorias el aislamiento del alma, la soledad silenciosa, la tranquilidad del mundo y el misterio de las sombras; noches serenas de agosto en que se vive y se goza, y de que nunca se olvidan las sabrosísimas horas: en una pues de estas noches mas oscura que las otras, de pechos en su ventana está Beatriz absorta en secretos pensamientos y consigo mismo á solas. El codo en el antepecho, la sien en la palma apoya de una mano, y la otra mano, dejada á voluntad propia, arranca el menudo césped que en el antepecho brota con la humedad de la lluvia y en la union de las baldosas. En su arrobamiento dulce, sin intencion que conozca, sin voluntad que la acuda, sin anhelo y sin zozobra, nada escuchan sus oidos, en nada sus ojos posa, su corazon nada espera, solo pensar es su obra. Solo en meditar se ocupa; ¿mas en qué piensa? Lo ignora. Sucédense sus ideas en cadena nunca rota; nacen unas do otras mueren, do las unas se evaporan las otras se patentizan mas ó menos luminosas y sin razon ni trabajo su inquieta mente las forja cual brotan de un manantial una, diez, ciento, mil gotas. Ninguna en la limpia peña se atropella ni se estorba, ninguna se precipita sin tiempo, ni se desborda; sino que todas á un tiempo el limpio arroyuelo forman, y como salen de un caño arroyo se truecan todas. Asi Beatriz medita en su ventana á deshoras de la noche, y asi estando adormida en vaporosas infantiles ilusiones, creyó en la empinada loma, saliendo de las malezas, distinguir una persona. El corazon á su vista con violencia latióla; los ojos clavó en el bulto cuyo contorno en las lóbregas tinieblas no se distingue, mas cuyos pasos se notan poco á poco aproximándose por la vereda tortuosa. Llegó por fin; era un hombre; y en la plazoleta angosta que de la quinta delante hace la terra escabrosa, paróse como dudando mientra á favor de esta corta pausa pudo Beatriz examinar su persona. Era de alzada estatura, de presencia muy airosa, y andar resuelto y seguro: su traje casi á la moda de mil setecientos quince; gaban cuya manga angosta ciñe al brazo con gran vuelta que en la muñeca se dobla. Pequeña falda y con cuerpo que á la cintura se abrocha con un corchete de acero: ancho calzon que abotona por ambos lados, y que ata por encima de la bota: larga espada, gran sombrero, y en la cinta dos pistolas, y de una vez cercenando descripciones enfadosas, facha á lo Felipe quinto (que es la edad de nuestra historia). Tal es el hombre que espera en la estrecha plataforma que hay delante de la quinta, y las señas que le toma Beatriz, que á salvo verle desde su ventana logra, aunque esta es harto elevada y la claridad muy poca. Alzó él repentinamente la cabeza, y retiróla la muchacha, mas no andubo en retirarla tan pronta que no lo notara el hombre: y sin duda conocióla porque dijo con voz cauta: «¿Por qué ocultarse, Señora? ¿por qué de un sincero amigo recatar la faz hermosa cuando él en su corazon tiene estampada una copia? Salid, pues, á esa ventana Beatriz encantadora, que no vereis mas que un hombre que mas placer no ambiciona que el de oir el dulce acento de vuestra divina boca.»

Qué es lo que pasa por ella Beatriz no entiende ahora: de esta repentina y franca declaracion amorosa no comprende Beatriz las palabras seductoras; lo que escucha la enloquece, lo que sospecha la azora. La voz que ha oido es la misma que oyó otra noche mas próxima, cuando con dulces palabras le hizo ofertas generosas. Él es, el bandido, ¡cielos! ¿qué ha de hacer? pues que la nombra, la ha conocido, y es fuerza que á sus palabras responda. Esto pensaba la niña cuando mas recia y sonora sonó la voz del de abajo, aunque siempre respetuosa, diciendo: «Si las palabras con que os he hablado os enojan no os asomeis para darlas contestacion enojosa; pero asomaos si os place para recibir Señora las gracias del hospedaje; ó que teneis á deshonra imaginaré sino recibirlas de mi boca.» Lo cual Beariz oyendo, grosería parecióla no dar alguna respuesta á quin su callar sonroja. Salió, pues, á la ventana, y á no estorbarlo la sombra mostrára el rostro modesto mas rojo que una amapola. Salió, mas quedóse muda, pues de puro vergonzosa no atinó con las palabras para la respuesta propias. Lo cual mirando el de abajo de esta manera atajóla á la ventana acercándose para que mejor le oiga.

{| ÉL.

ELLA.

ÉL.

ELLA.

ÉL.

ELLA.

ÉL.

ELLA.

ÉL.

ELLA.

ÉL.

ELLA.

ÉL.

ELLA.

ÉL.

ELLA.

ÉL.

ELLA.

ÉL.

ELLA.

ÉL.

ELLA.

ÉL.

ELLA.

Él. |}

Hízolo asi el misterioso galan, lijero alejándose como un gamo, y se perdió por entre los matorrales. Mas trémula é insegura que las hojas de los arboles quedó en la reja Beatriz sin atreverse á quitarse. Abrió á muy poco la puerta su hermano, y á todas partes mirando y viendo á su hermana díjola airado: ¿qué haces? {| BEATRIZ. turbada repuso. CARLOS. BEATRIZ. CARLOS. BEATRIZ. |} Tosió Carlos, y entre dientes murmurando airada frase que ella no oyó, dijo recio: «Ea, á cerrar y á acostarse.» Cerró Beatriz las maderas, mas al postigo quedándose vióle tomar el sendero que el forastero tomó antes. Siguiéronle con afan sus ojos, mas un instante bastó á que se le ocultaran los espesos matorrales.

FIN DE LA PRIMERA PARTE.

VII

Segunda parte

VII.

Despues de mas de una hora de muy zozobrosa espera los ojos de Beatriz alcanzaron, de la espesa sombra del monte saliendo, y avanzando por la senda, dos bultos que mas se aclaran como á la quinta se acercan. Conforme fueron llegan fue su mano dando vuelta al postigo por do mira, y cuando ellos á la puerta se pararon de la quinta, oculta en la sombra ella, ve y oye de la ventana por una rendija estrecha. Su hermano y el otro son; y entrambos con voz resuelta exige el uno, y el otro resiste, desoye y niega:

{| EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS.

EL BANDIDO.

CARLOS. |}

Echó Cesar por el monte, atrancó Carlos su puerta, cerró Beatriz el postigo, y quedó muda la escena.

VIII

VIII.

Todo lo oyó Beatriz: todo lo sabe, y en lágrimas deshecha lo irrevocable de su mal sospecha, concibe al fin lo que en su hermano cabe. Ve su avaricia y la fatal venganza que en Cesar tomará, su amor primero no olvidando jamás, con la esperanza de á su hermana perder y al bandolero. Todo lo sabe, sí; que en noble cuna arrullado el bandido, de enemiga fortuna, vejado y perseguido, sus bienes y sus grados ha perdido, sus virtudes tal vez una por una; mas, ¡por Dios! que noble todavía de una pasion purísima instigado recuerda con honor que fue soldado, recuerda su valor y su hidalguía; y los medios buscando, á la carrera volver intenta de la edad primera. Él se batió animoso por su Patria y su Rey; íntima, franca conserva con un noble poderoso ilesa su amistad, y esta le arranca del deshonor en que olvidado vive si admite sus propuestas, y por viejo favor, favor recibe. La larga cicatriz de la lanzada por aquel recibida, al noble impone obligación sagrada de pagarle la vida con la vida; y á su honor tornará y á su grandeza, y las fieras hazañas de que el héroe fuera en las montañas, miradas á través de su nobleza, y á través de su ingenio y del indulto, ya no serán por crímenes tenidos sino por hechos de jigante bulto; y tornará al ejército siquiere, y tornará á la Corte, ó vivirá feliz si le pluguiere en el lugar donde morar quisiere con elegida y cándida consorte.

Asi pensaba á solas en su lecho la hermosa Beatriz, y asi crecia el escondido amor que está en su pecho aumentando ó calmando su agonía. Y las dulces palabras del bandido, y de su voz el mágico sonido y la bizarra y varonil figura de aquel gallardo rey de la espesura, y la grata memoria de su varia y novelesca historia, de sus fuegos antiguos y amoríos, apuestas, desafios, y otros lances mas serios velados en recónditos misterios, todo á su mente vivo se presenta, y todo ello acrecienta la oculta simpatía que ya por él sentía desde la noche que á la quinta vino por los montes huyendo del destino. Y todo esto que atiza el fuego de un amor que aun no concibe, el objetivo á sus ojos diviniza que á su pesar en su memoria vive. Y con su imagen sueña, y en delirio amoroso como espíritu errante y luminoso la contempla vagar de peña en peña un porvenir mintiéndola dichoso. «Ven, la dice tendiéndola los brazos el fantasma hechicero, ven; las torpes cadenas haz pedazos del tirano poder que te sujeta, y en brazos del perdido bandolero encontrarás la libertad completa.» Y sueña que la toma la amiga aparicion sobre sus alas, y va de loma en loma, y va de cumbre en cumbre á la pálida lumbre de luna vaporosa viendo la creacion maravillosa; y descubriendo en los hendidos cascos de los rudos y altísimos peñascos los frescos manantiales transparentes que lanzan por las peñas sus vertientes, y en los valles frondosos tornados en arroyos cauladosos, ó en fuentes cristalinas, fecundan florecillas peregrinas y espesas arboledas de extendidos pinares y alamedas. Y en medio del espacio la parece, do el aire se refresca y se enrarece, que alcanza de esmeraldas y topacios, pagodas y palacios, y las nubes con mágicos celajes figuran sutilísimos encajes, ejércitos de sombras caprichosas, ya fieras ya graciosas, que cruzan en diversos pelotones del aire azul las cóncavas regiones. Todo esto enamorada sueña talvez, llevada en brazos de la sombra que la hechiza, de la bella vision que diviniza. Mas, ¡ay! que allá á lo lejos de un astro ensangrentado á los reflejos en nubarron de cárdenos colores preñado de vapores, de su camino en la mitad se lanza el pálido fantasma de su hermano, y rompe sus delirios de esperanza con enemiga é iracunda mano, y agitada despierta de la efectiva realidad incierta. ¡Ay triste… triste Beatriz que adora un delirio no mas! cuantos dolores te va á traer la venidera aurora tras esos pensamientos seductores. ¡Ay pobre Beatriz! suspira y llora.

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