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La Conquista del Perú

Pablo Alonso de Avecilla · 1852 · Free in the US

59,527 words · about 4 h 10 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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About this book

Author
Pablo Alonso de Avecilla
Language
Spanish
Published
1852
Length
59,527 words · about 4 h 10 min
Sections
26 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (26)
  1. Introducción about 2 min
  2. I - Los Reyes Católicos about 5 min
  3. II - Colón about 6 min
  4. III - México about 11 min
  5. IV - Pizarro, Luque y Almagro about 10 min
  6. V - El Perú about 11 min
  7. VI - Tumbez about 9 min
  8. VII - Homenaje about 8 min
  9. VIII - Ceremonia religiosa about 9 min
  10. IX - Treguas about 8 min
  11. X - Funerales about 7 min
  12. XI - Bautismo about 10 min
  13. XII - Hostilidades about 11 min
  14. XIII - Atahualpa about 10 min
  15. XIV - Cajamarca about 10 min
  16. XV - Servidumbre about 9 min
  17. XVI - Refuerzo about 6 min
  18. XVII - Cuzco about 8 min
  19. XVIII - Mensaje about 15 min
  20. XIX - Victoria about 9 min
  21. XX - Duelo about 10 min
  22. XXI - Política about 11 min
  23. XXII - Condenación about 13 min
  24. XXIII - Los Andes about 15 min
  25. XXIV - Venganza about 14 min
  26. XXV - Conclusión about 13 min

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Introducción

Al tender en el siglo XVI una mirada filosófico por todos los continentes europeos, por todo el antiguo mundo, el alma del hombre sensible se reconcentra melancólicamente, y su corazón late agitado. No era sólo en España donde se sintiera con horror, entre el crujido de las armas sarracenas, el duro yugo del feudalismo, y después la tiranía de los reyes; no sólo las comarcas españolas se estremecieran al contemplar las espantosas escenas con que el negro fanatismo ensangrentara la pura y dulce religión de Jesús; el antiguo mundo envuelto en densas tinieblas de ignorancia, presentaba por do quiera el más desconsolador espectáculo; y graduar la conducta de los hombres públicos de aquella triste época, por la moralidad y filosofía de nuestro siglo, sería incurrir en gravísimos errores. El héroe más eminente del siglo XVI, sería el que más en heroico grado poseyera el fanatismo religioso de su época, junto con el feroz arrojo personal en los combates.

En tan negros momentos fue cuando la audacia de los europeos los condujo hasta los continentes del Nuevo Mundo. Aquellas remotas playas, llenas de candidez y de inocencia, formaban la antítesis más espantosa con el ennegrecido corazón de sus descubridores. Pero no; lejos de nosotros la idea de copiar las nefandas escenas que el sensible filósofo Raynal ha descrito en su historia, de los establecimientos europeos en las dos Indias; lejos de nosotros seguir las huellas de Robertson en su historia de América, lejos de querer al fin, con fantasía ardiente, recargar el horror de lamentables épocas. Si el deber, empero, de historiadores novelistas nos hiciese tocar los hechos, será con la ligereza posible, y sin recargar sus negras tintas.

Todas las naciones de Europa fijaron establecimientos de mas o menos importancia en el Nuevo Mundo, y todos los europeos ensangrentaron sus comarcas; pero solo los españoles dominaron en él vastos imperios e inmensos continentes, y las arenas de las nuevas playas, bastaran apenas a numerar los hechos de valor y las hazañas de los héroes castellanos. Familiarizados con la guerra, en ochocientos años de combates con los sarracenos; avezados a la persecución y exterminio de los idólatras de Mahoma, preciso fuera que desplegaran en las nuevas regiones, con los adoradores de otros ídolos, aquel mismo carácter de terror y de crudeza que les era ya propio y natural con el trascurso de tantos siglos. Los ilustres caballeros en que pudieran brillar la cortas virtudes de aquella época, avezados aun a las brillantes cruzadas, abandonaban los peligros de las ondas a codiciosos aventureros, que ansiaban más el oro y las riquezas, que los antiguos laureles de los campos de Palestina.

Los españoles, sí, con los instintos feroces de aquellos siglos ensangrentarían con horror los nuevos continentes; pero sus crímenes serían siempre crímenes del siglo XVI, crímenes comunes a todos los europeos que invadían el Nuevo Mundo, crímenes propios del fanatismo de aquellos tiempos de ignorancia y de error; crímenes al fin de aventureros, que como todos los aventureros de Europa, volaban a la muerte, o a saciar su ambición en los tesoros de la virginal América; pero si las primeras páginas de la historia del Nuevo Mundo pudieran sernos enojosas, a las españolas debieron al fin aquellas regiones el amor a la libertad, y la pureza del cristianismo que los han conducido a la civilización e independencia: y hoy podemos satisfechos decir a la Europa entera, nos llaman nuestros hermanos.

I - Los Reyes Católicos

Mal pudiéramos conducir a nuestros lectores a la perfecta inteligencia de los manuscritos y textos peruanos que nos han servido de guía en esta obra, si ligeramente no describiésemos en breves pinceladas el estado político del antiguo mundo en el siglo dieciséis, y no profundizásemos en algo la corte de los reyes católicos y su situación interior y exterior.

España, este suelo alumbrado por el sol más hermoso de la Europa, ha sido en todos los siglos el campo de batalla en que se han resuelto con las armas los destinos del antiguo mundo. Después de verse vencida en los campos celtíberos, la belicosa república de Cartago, sucumbió también en sus arenas la altivez romana; y si el trono de los godos con el trascurso de los siglos adquirió en nuestro suelo nacionalidad y poderío la molicie de la corte de Witiza y de Rodrigo, abrió las puertas de España a los testados hijos de la Libia, y sufrió por ocho siglos el duro y ominoso yugo sarraceno, perdiendo su libertad, su independencia, y hasta sus creencias religiosas.

Mas no el león español rugiera por siempre abatido a los pies de sus opresores; la patria de los héroes alzó su temerosa frente y se estremeció Damasco. El instinto de la libertad y del amor a la patria, a una con el fanatismo y la superstición, concitaron a Cueba Donga, a los antiguos celtíberos y lusitanos, y Pelayo abrió la campaña más obstinada y sangrienta que jamás pregonar a la historia. Setecientos ochenta años de combates, y tres mil setecientas batallas, habían arrojado a los sarracenos de las montañas cantábricas a los montes de Toledo; de los montes de Toledo a las fragosas sierras de Andalucía; y los habían al fin reducido a los muros de Granada. A Fernando y a Isabel les guardaban los destinos la gloria de tremolar el estandarte de la cruz en las almenas de la Alambra, y al menos por una vez el fanatismo hizo causa común con la libertad.

A tan atroz campaña hubiera de tener en pie poderosos ejércitos, ni hubieran formado un sistema de hacienda pública con recursos bastantes para vastos proyectos. Aunque los reyes de Castilla entraban todos los años desolando las campiñas de los sarracenos, con cincuenta o setenta mil hombres, estos ejércitos sólo se componían de vasallos que por otro tiempo les prestaban los señores feudales, o de fanáticos que por cuarenta días concitaba, en nombre de Dios, el señor del Vaticano. El ejército francés de Carlos séptimo fue la primer fuerza permanente que conoció la Europa, y que preparó la importante revolución de quitar a los nobles la dirección de la fuerza militar de los Estados. Los reyes con poco poder, su erario era tan débil, que no podían entrar en gastos ni empresas; y si pedían socorro a los pueblos, los pueblos se los prestaban con escasez.

Entraron Fernando e Isabel vencedores en Granada el segundo día de 1493; la dominación sarracena en España exhaló el último suspiro, y unida la corona de Aragón y de Castilla por el matrimonio de esos dos príncipes, sus dominios eran muy extensos, si bien su poder no era absoluto. El poder legislativo estaba en las Cortes, y el rey tenía el ejecutivo muy limitado. Los tiempos románticos aun no habían acabado enteramente; la bizarría, la gentileza y el valor, eran el distintivo de los nobles caballeros, pero el feudalismo gozaba de toda la extensión de su poder; los señores feudatarios eran los reyes, y los monarcas unas huecas fantasmas, sin esplendor, y sin aparato. Empero, Fernando, que recogió el fruto de cuatro mil victorias, supo aprovecharse de las ventajas que le ofrecía su situación política. De capacidad profunda en la combinación de sus planes; la actividad, constancia y firmeza para su ejecución, consumó la obra do la tiranía que lo inspiraba su corazón y lo dictaba su orgullo. Fernando, que la corte de Roma le llamó el Católico, porque le temía, unas veces bajo diferentes pretextas, otras con atroces violencias, y muchas por sentencias de tribunales de justicia, despojó a los barones de una parte de las tierras que obtuvieron de la inconsiderada generosidad de los antiguos monarcas, y principalmente de la debilidad y prodigalidad de su predecesor, Enrique cuarto. Hizo su corte pomposa, e infundía respeto a los grandes con oropel y con brillo: unió a la corona las poderosas maestrías de las órdenes de Santiago, Alcántara y Calatrava, y fue constantemente un tirano sutil para ir robando las libertades al pueblo, si bien aun su poder era menor que el de otros soberanos de Europa, España fue libre, hasta la aciaga derrota de los campos de Villalar.

Si tantas ventajas pudieran hacer colosal el trono de Fernando, sus errores políticos debilitaron empero su poder. El proselitismo, atributo inseparable de los fanáticos, dominó a Fernando, o dominó a lo menos a su política. Apenas la enseña de Sión tremoló en los muros de Granada, cuando un desacertado decreto ordenó a los judíos y mahometanos, derramados por todas las provincias españolas, que en el término de cuatro meses recibieran el agua del bautismo, o saliesen de los dominios castellanos. Pocos se bautizaron, pero ochocientos mil de todos sexos y edades buscaron en otros climas la tolerancia de sus creencias. Las campiñas devastadas por la guerra; la propiedad territorial monopolizada en pocas manos; la corta extensión del comercio, y la poca actividad en las comunicaciones interiores, todo hacía que la agricultura desfalleciera y la riqueza pública fuese bien escasa. Una guerra desoladora de ocho siglos; una espantosa emigración, dictada por el fanatismo; los entorpecimientos de los matrimonios, propios de los derechos feudales, todo contribuía a la despoblación, y a la escasez de brazos para la cultura de las artes y de las ciencias.

Tal era el estado político e interior de España, cuando se presentó Colon ofreciendo a los monarcas castellanos un vasto imperio, cuya existencia le había inspirado su instinto. Fernando, aun que algún tanto elevado sobre las ruinas del feudalismo, era un monarca cuyo débil erario no bastaba a las urgencias interiores; un monarca que no contaba demasiado con el amor de su pueblo; un monarca en fin, de más pompa y vanidad en su corte, que de poder para vastas empresas: y absorbida toda su atención en la derrota de los sarracenos, no era fácil prestara oídos a un hombre tenido por visionario en toda Europa.

Si tampoco favorecía esta situación política al virtuoso descubridor del Nuevo Mundo, la ignorancia y fanatismo lo presentaban un escollo casi insuperable. La infalibilidad del pontífice había excomulgado a los que creyesen en la existencia de los antípodas; y España, sepultada, como todas las naciones, en la estupidez y en el terror religioso, no era fácil, que siguiera el parecer de un hombre obscuro abandonando la evidencia el Génesis y el Pontífice. Difícil sería investigar la remoción de tantos obstáculos, sino se recurriera a la ambición de los reyes; pero la sed ardiente de dominar, y el fausto pomposo de amarrar imperios al carro de la victoria, que parecía dominar a los reyes católicos, les hicieron prestar oídos al intrépido Colon, e imponiendo silencio al Génesis y al Pontífice, se arrojaron al furor de desconocidos mares, en busca de esclavos y de tesoros.

II - Colón

Envanecidos los reyes católicos con las conquistas que diariamente arrebataban de las manos de los sarracenos; orgullosos de los triunfos que conseguían sobre sus nobles e infanzones, arrancándoles sus antiguos derechos feudales, con que engrandecían su poder supremo, tendían arrogantes su vista al Océano, y fácilmente se persuadían del agradable delirio que detrás de aquellas movibles montañas de olas, habría también otros imperios y otras coronas que ceñir a sus frentes, y que engrandecieran su poderío. Hubo un hombre atrevido, más grande que su siglo, que les ofreció a sus plantas un Nuevo Mundo, y la antigua Península era ya corto límite para encerrar el poder de los reyes de Aragón y de Castilla. Colón lisonjeaba la vanidad de estos poderosos monarcas, y el Génesis y el Pontífice habían de enmudecer ante la voluntad inflexible de los conquistadores de Granada, que habían de amarrar un nuevo mundo al trono colosal de Carlos quinto.

Cristóbal Colón, natural de Génova, había pasado su preciosa existencia en viajes marítimos de más o menos importancia. Este hombre obscuro, más adelantado que su siglo en el conocimiento de la astronomía y de la navegación, conoció como por instinto que debía haber otro continente, y que le estaba reservada la eterna gloria de descubrirle. Los antípodas, que la razón condenaba como quimera, y la superstición como error o impiedad, eran para este hombre extraordinario una verdad incontrastable. Poseído de esta idea, la más grandiosa que ha concebido humano, propuso a Génova, su patria, poner bajo sus leyes otro hemisferio. Despreciado por esa débil república, por Portugal donde vivía, por Inglaterra, aunque pareciera siempre dispuesta a cualquiera empresa marítima, cifró las esperanzas de sus proyectos en Isabel.

Los ministros de esta princesa tuvieron desde luego por visionario a un hombre que quería descubrir un Nuevo Mundo, y por mucho tiempo lo trataron con la altanería que los hombres comunes, en medio de su fortuna, acostumbran a tratar a los hombres de genio. Colón empero, no se arredró a vista de las dificultades. Tenía como todos los que forman proyectos extraordinarios la grandeza de alma, el entusiasmo que les anima contra los juicios de la ignorancia, los desprecios del orgullo, las bajezas de la pereza; firme, enérgico, valeroso, su prudencia y su destreza triunfó de todos los obstáculos. Isabel vendió sus joyas y piedras preciosas; comprometió a su corte, y armadas que le fueron tres fragatas, tripuladas por noventa hombres, Colón se dio a la vela el 3 de agosto de 1492, para admirar al mundo.

Cristóbal Colón iba a transformar el antiguo mundo, y su empresa necesitaba un valor sublime. Después de una larga navegación, las tripulaciones, horrorizadas a la inmensa distancia que las separaba de su patria, empezaron a desconfiar de que llegaran al fin de sus deseos, y pensaron por muchas veces arrojar a Colón al mar, para volverse a España. El almirante disimuló cuanto le fue posible, hasta que, viendo ya el volcán amenazando el horroroso estallido propuso que si en tres días no descubrían tierra, darían vela para Europa. Afortunadamente antes de los tres días, en el mes de octubre, se descubrió el Nuevo Mundo. Colón abordó a la isla de San Salvador, y tomó posesión de ella en nombre de Isabel. ¡Nadie en Europa creía entonces injusto apoderarse de un país no habitado por cristianos! Los insulares, conturbados a la vista de los navíos, y de hombres tan diferentes a ellos, huyeron despavoridos a la profundidad de las selvas. Los españoles pudieron coger algunos, que llenos de caricias y presentes, volvieron a mandar a sus hordas, y fue lo bastante para atraerse toda la nación errante.

Entre festivo alborozo los desgraciados habitantes del Nuevo Mundo corrieron a la playa, y reconocían los navíos y acariciaban a los europeos. Los europeos al contrario, viendo hombres de color de cobre, sin barba en su rostro, sin bello en su cuerpo, en la simplicidad de la naturaleza, les miraron como animales imperfectos, nacidos para su desprecio, para amarrarlos a la férrea argolla, para venderlos en los mercados, y condenarlos a una eterna servidumbre.

Los insulares habitando las selvas, buscando los frutos de la naturaleza y satisfaciendo al pudor con sencillos tejidos, ignoraban el valor de los metales; y el despreciado cobre, y el oro ansiado, saciaban igualmente su cándido orgullo; adornaban sus templos, realzaban el atractivo de sus hermosas. Los invasores tendían en tanto a su alrededor penetrantes miradas, en busca de preciados metales y de piedras preciosas, y miraban con sonrisa, a los indios cargados de tesoros en sus adornos, y allá en su pecho meditaban el crimen y el despojo. ¡Oh, sublime Colón! jamás mancillará la historia tus virtudes; la ambición del saber, no la ambición del oro, te inspiró la existencia de otros nuevos continentes; si hubieras podido abrir el libro de los destinos de los pueblos, América yaciera en el olvido, y no turbaras las ondas de las tranquilas y lejanas playas, para verlas después enrojecidas de sangre. Sensible, tierno, virtuoso, tú fuiste el amor de los sencillos insulares, y el odio de la corte de Castilla; y tu memoria será cara al Nuevo Mundo, mientras viva en los pechos el recuerdo de tu virtud.

El celo infatigable de Colón por los descubrimientos, y el incentivo del oro en los castellanos, les llevó a la isla de Santo Domingo y a otros continentes de América. En tanto que Colón estuvo al frente de las tripulaciones, la ambición de los expedicionarios halló un dique insuperable; pero teniendo que volver a la corte de Castilla, teniendo que abandonarse a la inmensidad del piélago para nuevos descubrimientos, la usurpación, el fanatismo, la crueldad, la barbarie, desplegaron su furia contra los inocentes adoradores del Sol. Los indios, sin mas armas que su arco y sus flechas de madera, o espinas de pescados, en vano aventuraban choques con enemigos, cuyas armas, cuya disciplina les daban tantas ventajas. Mirados como dioses por sus débiles víctimas, antes de combatir entonaban la victoria, y sus trofeos eran bárbaramente ensangrentados. Colón empero aterraba a los malvados, y era el ángel protector de los indios; pero Colón sería el primer guerrero virtuoso que no fuera el juguete de los cortesanos y que no siguiera al fin las huellas de Belisario. La calumnia le asestó sus bárbaros tiros, y mandado encadenar en Santo Domingo, fue conducido a España como el más vil de los criminales. La corte, avergonzada de proceder tan ignominioso, le puso en libertad, pero sin vengarle de sus calumniadores, y sin restablecerle en sus títulos y funciones. ¡Tal fue el fin de este hombre extraordinario! El reconocimiento público hubiera debido dar al menos a este nuevo hemisferio, el nombre del atrevido navegante que lo había descubierto; y fuera el menos homenaje que pudiese tributar a su memoria; pero ya la envidia, ya la ingratitud, ya los caprichos de la fortuna que así disponen de la gloria, le arrebataron el don que le habían concedido los destinos, y se lo tributaron a Florentino Américo Vespucio, que sólo hizo seguir sus huellas. El primer instante en que la América fue conocida por el resto de la tierra, se selló con una injusticia; ¡fatal presagio de las de que habían de ser teatro aquellos desgraciados países!

Después de la caída de Colón y de la muerte de Isabel, los insulares comenzaron a sentir todo el horror de la suerte que les amenazaba. La religión y la política del siglo dieciséis, sirvieron de velo a la impía ley, que en 1506 dio Fernando el Católico, repartiendo los indios entre los conquistadores, para que los empleasen en las explotaciones de las minas y en todos los trabajos más penosos. En cuanto dejemos a estos bárbaros, se decía el libre ejercicio de sus supersticiones, ni abrazarán el cristianismo, ni doblarán la cerviz a la obediencia. ¡Oh digna política del siglo dieciséis!... Las islas se dividieron en multitud de distritos, y cada expedicionario obtuvo más a menos terreno, según su grado, su favor, o su nacimiento; y desde ese instante los indios quedaron esclavos, que debían a sus señores su sudor y su sangre; y esta horrible disposición se siguió en todos los establecimientos del Nuevo Mundo, recogiendo la corona exorbitantes derechos sobre los trabajos.

Los expedicionarios llenaron su ambición por algunos instantes; pero los débiles indios fatigados de un trabajo insoportable, o muertos al rigor de bárbaros castigos, desaparecían de sus fértiles campiñas, y apenas ya quedaran brazos vengadores para cuando tronara el instante de la venganza. En vano en el siglo dieciséis se clamara por los buenos principios de colonización; en vano se invocaran los derechos de la humanidad; la espada levantada, y el nombre del conquistador; el crucifijo en la siniestra y en la diestra la tea; la esclavitud o la muerte, el cristianismo o la hoguera; he aquí todos los grandes principios de la corte católica, como de todas las cortes de Europa, en el ominoso siglo dieciséis.

III - México

Las preocupaciones religiosas y el fanatismo decidían en mucho en el siglo dieciséis la suerte de las naciones; y si los pueblos del antiguo mundo, después de haber recorrido varios sistemas filosóficos, y diferentes creencias, se habían, puede decirse, agrupado alrededor de la cruz, las naciones de los nuevos continentes eran víctimas también de las falsas predicciones de sus sacerdotes y profetas, y el terror religioso contribuyó a la dominación de aquellos imperios, tanto como el terror de las armas de sus conquistadores. Antes pues, de que nos alejemos a las playas del Perú, escena de nuestro inmortal protagonista, será preciso tender una mirada filosófica sobre los primeros continentes de América, descubiertos por los españoles, y particularmente sobre el colosal imperio mexicano, conquistado por el siempre inmortal Fernando Hernán Cortés. Los imperios de México y del Perú, reunían muchos puntos de contacto entre sí en sus preocupaciones religiosas y en las predicciones de sus profetas: en uno y otro imperio se esperaban grandes revoluciones que habían de venir de la parte del oriente, y esta semejanza de profecías resaltará tanto más a nuestros lectores, cuanto que tuvieron por origen religiones y sacerdotes, que formaban entre sí la antítesis más espantosa. En México se adoraba falsos y crueles ídolos, y antropófagos; sus sacerdotes tenían las santas aras de sangre humana: en el Perú se adoraba a la sublime deidad del sol, y los sacerdotes le ofrecían en el templo inocentes sacrificios de los frutos que prodigaba a sus adoradores. ¡0 inexplicables arcanos de las aberraciones de la razón humana!

Después de la muerte de Colón, los españoles fueron formando importantes establecimientos en la Jamaica, Puerto Rico y Cuba; y Francisco Hernández de Córdoba y Juan Grijalva, en 1517 y 1518, adquirieron extensos conocimientos acerca del imperio mexicano, de su poder, de su extensión, de sus leyes y costumbres, etc.

La voz pública aclamaba para conquistador de México a Fernando Cortés, mas conocido entonces por las esperanzas que prometía, que por las hazañas que contaba. Robusto, vigoroso, elocuente, intrépido, sagaz y animado de todo el entusiasmo por la gloria, que forma la primera virtud de los hombres, Cortés tremolaría el estandarte de Castilla sobre las ruinas del trono de Motezuma. Tan halagüeña perspectiva presentara el primer héroe de América, si aun mayores crímenes no oscurecieran tanta gloria. Después de haber superado los obstáculos que le suscitaron los celos, y el aborrecimiento, se dio al fin a la vela el diez de febrero de 1519, con 518 soldados, 109 marineros, algunos caballos y alguna artillería. ¡Tan débil ejército iba a abrir una feroz campaña de tres siglos! Por cortos gastos que ocasionasen tan reducidas expediciones, nada suministraba el gobierno; todas se costeaban por particulares que se arruinaban y eran desgraciadas, pero que su buen éxito siempre extendía el imperio de la Metrópoli. Desde las primeras expediciones, jamás la corte trazó el plan, jamás abrió sus tesoros; jamás hizo levantamientos de gente; la sed de oro, el espíritu aventurero que entonces reinaba, excitaban la industria y la actividad.

Cortés desembarcó felizmente y atacó y venció a los indios de Tabasco, y los hizo sus aliados. Los españoles más frugales, más endurecidos en las fatigas, más acostumbrados a la intemperie de su clima ardiente que ningún otro pueblo de Europa, fueron entonces los únicos que pudieran sufrir las aflicciones de la guerra en la zona tórrida, y prepararse a tan desigual campaña. Apenas Cortés apareció en las costas de México, Motezuma que allí reinaba con el poder más absoluto, no pudo ocultar el terror que helaba sus miembros. Este terror que inspiraron a tan poderoso monarca un puñado de aventureros, excedería todo lo probable, si no se explicara por satisfactorias conjeturas y tradiciones.

El movimiento aparente o real de los astros en sus órbitas; los sorprendentes efectos de la mayor o menor oblicuidad de la esfera, las acciones y reacciones del mar, como primer agente de estos fenómenos, los combates eternos de los elementos, lanzan a los habitantes del globo en su peligro sensible, y en continuas alarmas sobre sus destinos. La superstición, el fanatismo han divinizado estas revoluciones físicas, y ha sido consiguiente el terror de los pueblos, sobre todo en los que son más sensibles y recientes las señales de estos fenómenos.

Tal cuadro presenta América, donde son más frecuentes las inundaciones, los volcanes y los grandes sacudimientos de la naturaleza; vastos golfos, inmensos lagos, innumerables islas, caudalosos ríos, altísimas montañas, todo atestigua los azotes y calamidades con que la naturaleza ha afligido a ese mundo; todo este terror proviene de la desolación, de que la impostura ha abusado en todos los tiempos, para reinar en la tierra. Como nada sucede, que no se halle bajo el aspecto de alguna constelación, se ha recurrido a las estrellas para explicar las desgracias de que se ignoraba la causa, y simples relaciones de situación entre los planetas, tienen en el espíritu humano, que siempre busca en las tinieblas el origen del mal, una influencia inmediata y necesaria en todas las revoluciones.

Sobre todo, los acontecimientos políticos, como los más interesantes para el hombre, se han creído de una próxima dependencia de los astros. De aquí las falsas predicciones y temores reales que han dominado en la tierra, y que se aumentan y arraigan en proporción de la ignorancia. Estas enfermedades del espíritu humano se hallaban ya en el Nuevo Mundo, y no se sabe, por qué tradición se presentía en Santo Domingo, en el Perú y otras regiones de la América septentrional, que llegarían extranjeros de la parte del oriente, que desolarían aquellos desgraciados países. No porque tuviesen noticias de nuestra existencia, sino porque acostumbrados, como todos los pueblos de la tierra a tender sus primeras miradas a donde nace el sol, imaginaban que las revoluciones que les amenazaban saldrían también de aquel punto del globo.

Esta superstición que formaba parte de los dogmas de México, apoyala por algunos recientes sucesos, bastante singulares, obraban profundamente en el alma naturalmente inquieta de Motezuma, cuando los castellanos desembarcaron en sus estados. Lo que él temía en general, y lo que oía decir en particular de aquellos extranjeros, confundiéndose en su turbado espíritu, creyó llegado el crítico momento anunciado por los astros a los profetas de su nación. Mandó diputados para ofrecer a Cortés los socorros que necesitase, y para suplicarle que saliera de sus posesiones; pero el jefe de los españoles respondió siempre, que necesitaba ir a hablar al emperador de parte del soberano del oriente. En vano los emisarios le amenazaron con el poder colosal del imperio; la obstinación rompió la lucha, y Cortés quemando los navíos para vencer o morir, marchó hacia México y halló poca oposición en su carrera.

Llegando a las fronteras de la república de Tlascala, pidió en vano paso y tuvo que combatir. Los Tlascaltecas eran poderosos y valientes, volaban impávidos a la muerte; sólo les fallaran armas para vencer... Dividido el país en muchos cantones, mandaban reyezuelos que llamaban Caciques: se ponían al frente de sus súbditos en la guerra, imponían contribuciones, administraban justicia, pero era preciso que sus leyes y sus edictos se confirmasen por el senado de Tlascala, que, compuesto de ciudadanos elegidos en cada cantón en asambleas populares, era el verdadero soberano.

Cortés atacando y venciendo a costa de mil peligros esta nación guerrera, con sus triunfos y su política los hizo sus aliados, porque de antiguo tiempo eran enemigos de los Mexicanos que les querían someter a su dominio, y le suministraron tropas y auxilios de toda clase. Con este socorro marchó Cortés hacia la capital al través de un abundante país, regado por apacibles ríos, y cubierto de ciudades y de jardines. La campiña fecunda en plantas desconocidas; poblado el aire de pájaros de brillantes plumajes; la naturaleza agradable y rica; la atmósfera templada; sereno el cielo; matizadas de flores las campiñas, todo respiraba la inocencia, el placer y el encanto. Pero tantas bellezas en nada conmovían a los expedicionarios; no eran sensibles a tan nuevo espectáculo; veían servir el oro de ornamento a las casas y a los templos; embellecer las armas de los mexicanos; fatigar con su peso a la hermosura y la ambición absorbía sus sentidos, y sólo ansiaban oro.

Motezuma vio con terror que Cortés no desistiese de pagar a su corte, y su ánimo abatido con sus preocupaciones no pensó en los medios de defensa. Mandaba treinta y tres caciques que hubieran armado poderosos ejércitos: sus riquezas eran inmensas; su poder absoluto; su pueblo ilustrado o industrioso, cual entonces los Europeos, guerrero y lleno de honor. Si hubiese puesto en movimiento su poder, afianzara su trono; pero Motezuma que había llegado al cetro por su valor, no mostró la menor presencia de ánimo, cuando pudo cargar sobre los invasores con todo su poder, y despedazarlos a pesar de sus armas y de su disciplina, y prefirió emplear contra ellos la perfidia.

Mientras en México les colmaba de presentes y de caricias, intentaba tomarlos a Veracruz, colonia fundada por los españoles para asegurar una retirada, o recibir socorros. Cortés que lo supo alarmó a sus compañeros. «Es preciso admirar a estos bárbaros con una acción sorprendente, les decía, he resuelto prender al emperador y hacerme señor de su persona.» Aprobado el plan y seguido de sus oficiales, fue al palacio del emperador y le intimó que eligiera entre la muerte o seguirlos. Ese príncipe, por una bajeza igual a la temeridad de sus enemigos, quedó prisionero, condenó a muerte a los generales que solo habían hecho obedecerle, y prestó homenaje al rey de España.

La envidia había suscitado enemigos a Cortés; y Narváez, por orden del gobierno de Cuba, desembarcó en las costas de Veracruz, con fuerza armada para despojarle del mando. Cortés buscó a su rival, le derrotó y le hizo prisionero; y atrayendo a los soldados por su confianza y magnanimidad, las fuerzas de Narváez engrosaron sus filas, y volvió a México donde había dejado doscientos hombres guardando al emperador.

Nada tenían los mexicanos de bárbaros, sino en su superstición; pero sus sacerdotes eran unos monstruos que abusaban horrorosamente del culto abominable que habían impuesto a la credulidad del pueblo. Reconocían un Ser supremo, una vida venidera, con sus perlas y sus recompensas, por estos útiles dogmas de absurdos y de horrores. Esperaban el fin del mundo, al fin de cada siglo, y aquel año, se abandonaban a todo el alborozo de la alegría. Invocaban a divinidades titulares e intermediatas; conocían las expiaciones y penitencias; numeraban milagros y tenían profetas.

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