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La última fada

Emilia Pardo Bazán · 1916 · Free in the US

14,956 words · about 1 h 3 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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About this book

Author
Emilia Pardo Bazán
Language
Spanish
Published
1916
Length
14,956 words · about 1 h 3 min
Sections
8 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (8)
  1. I about 5 min
  2. II about 5 min
  3. III about 7 min
  4. IV about 16 min
  5. V about 8 min
  6. VI about 8 min
  7. VII about 7 min
  8. VIII about 7 min

Continue:

I

Cuando Tristán de Leonís, Caballero de la Tabla redonda, e Iseo la Morena, reina del país de Cornualla, hubieron exhalado a un tiempo el último suspiro (siendo muy ardua faena el desenlazar sus cuerpos estrechamente abrazados), al pie de un espino cubierto el año todo de blanca flor, en las landas de Bretaña, país de encantamiento, se celebró un conciliábulo de fadas para tratar de la suerte del hijo que habían dejado los dos amantes.

No vierais, por cierto, cosa más linda que el tal espino. La albura que cubría enteramente sus ramas estaba rafagueada de un rosa muy sutil, y el viento, al agitar su follaje, hacía caer una lluvia de pétalos siempre olorosos. No era un arbusto, sino un árbol grande, y su mole de plata parecía que alumbraba todo el bosque, el cual se extendía casi una legua en derredor. Y le tenían miedo los labriegos a aquel bosque, sabiendo que lo poblaban trasgos y brujas, y, sobre todo, que en el grueso tronco del espino se hallaba preso nada menos que el sabio Merlín, protobrujo y mago en jefe.

Contábase que le había encerrado en tal cárcel su discípula y amada Bibiana, a quien el brujo, senilmente enamorado, dio cierto y que se sirvió de él para jugarle una mala pasada. Las crónicas, que no entienden de achaques del corazón, aseguran que Bibiana sufrió, al encerrar a Merlín, una equivocación fatal, de la cual le pesó mucho, y bien quisiera deshacerlo; mas yo os digo que las largas guedejas, más blancas que las flores del espino, de Merlín, no atraían a la maga, y al darle prisión, quiso librarse del peso y enojo de sus ternezas tardías.

Fuese, lo que fuese, ello es que Merlín, en el aniversario de su prisión, a las doce de la noche, exhalaba un grito espantoso y lúgubre que se oía en toda Bretaña. Y los labriegos del terruño y los pescadores de la costa, al oír resonar desgarradora queja, se santiguaban devotamente, encomendándose a Nuestra Señora y a Santa Ana, patrona de aquella región.

Era la misma Bibiana la que había convocado a sus hermanas las fadas, a las pocas que iban quedando, en aquel sitio misterioso, a la luz de la luna, amiga de encantamientos. Fueron presentándose las fadas, ya caducas y enfermizas, que se arrastraban con aire doliente y se agrupaban en derredor del espino cárcel.

Ya estaba Bibiana allí viendo reunidas a sus hermanas, relató la historia de Tristán e Iseo, que, habiendo bebido el filtro, sin poderlo remediar, se adoraron y de amor murieron, noticia que no creyeron las fadas todas porque iban haciéndose viejas; pero que a muchas enterneció y hasta hizo derramar piadoso llanto. Entonces Bibiana les explicó que existía una prenda de aquella insensata pasión, y era un niño, a quien ella misma, por sus manos, había salvado de morir de frío, en la landa donde fue abandonado adrede por la esposa de su padre, Iseo la Rubia, celosa y vengativa.

-Ampararle debemos las fadas -imploró Bibiana- porque somos las protectoras de todo el que ama de veras. Ese niño debe ser, de hoy más, nuestro ahijado; haremos de él el más valiente caballero de su tiempo, y ni Lanzarote, ni el galo Perceval, ni el mismo Tristán que lo engendró, podrán ser comparados a Isayo de Leonís, que dejará de su valor y altos hechos eterna memoria.

Con chocheces de abuelitas las fadas aprobaron, y sólo la de los estanques, llamada Ranosa, se opuso a los propósitos manifestados por Bibiana.

-Pensad, hermanas -les dijo- que ese niño ha nacido ya bajo mala estrella. Los que intentaron dejarle morir de frío entre las retamas, le perseguirán rabiosos apenas sepan que se salvó. El amor de sus padres anduvo fuera del orden y de la ley, y ese estigma ha de llevarlo Isayo de Leonís en la frente hasta su última hora. ¿Qué blasón puede ostentar el espúreo? Su escudo estará pintado de negro.

No produjo buen efecto la obsesión de Ranosa. Hasta pareció que nacía de un espíritu mezquino y encharcado. Las fadas no conocían al niño; pero se lo figuraban ya una delicia con sus bucles negros, como los de su madre, por sobrenombre la Morena. No por ser fada se carece de ese sentimiento maternal que en toda hembra existe. Y, apretadas en derredor de Bibiana, prometieron que Isayo de Leonís sería el ahijado de todas, y si faltase blasón a su escudo de caballero, ellas se lo darían, poniendo en él la figura de una fada bretona, y denominándole «el Caballero de la Fada». Así lo juraron, a la plateada claridad que caía de lleno sobre el espino; y supieron con gozo que el infante se encontraba recogido en una pobre ermita, al cuidado de un santo varón llamado Angriote. Allí podían verle cuando quisiesen, y visitar la ermita, extendiendo sobre ella su protección. Y fue grande el regocijo de las fadas, pensando que conocerían a la criatura y le llevarían presentes y le ampararían contra los malandrines, si hiciese falta.

-Puesto que lo tenemos acordado -dijo Bibiana entonces- salgamos sin tardanza de aquí. Va a ser la media noche, y, no lo ignoráis, hoy se cumplen años de mi desgracia, al encerrar a mi maestro, Merlín el sabidor, en ese espino. No quiero oír su horrible queja...

Aun no había acabado de decirlo y ya sonaba, aterrador, el baladro del viejo nigromante. Era algo tan siniestro, tan sobrenatural, que las fadas sintieron helarse su sangre y entrechocarse de miedo sus dientes.

-¡Oh Bibiana! -pudo al fin articular Ranosa, la fada prudente-, ¿por qué no sueltas a tu anciano amigo? ¿Por qué no le desencantas y le pides perdón? Te amaba tanto, que de seguro no te castigará.

-No le encanté a propósito -balbuceó sin convencimiento Bibiana-. Fue una fatalidad. Ahora, no conozco la fórmula para desencantarle. Es decir, ¡conozco una!, pero es espantosa... Nadie me exigiría que la emplease. A nadie la diré. Dejad al mísero viejo en este árbol, que ha de ser su tumba, y pensemos en el infante, que es el porvenir, que es la esperanza. No os opongáis al decreto del Destino.

Y las fadas se alejaron, y Bibiana también; pero aún no había traspuesto la linde del bosque cuando sonó otra vez el hórrido baladro de Merlín. Era como si toda la selva se quejase con gritos de alma en pena, preñados de amenazas y maldiciones; y la luna, de súbito, se cubrió de un nubarrón negro, y un viento glacial, sacudiendo las ramas del espino, le arrancó flores hasta formar a su alrededor tapiz espeso.

II

Y he aquí que el infanzón Isayo de Leonís iba haciéndose la más bella criatura que pueda imaginarse. Cumplidos los siete años era la admiración de cuantos visitaban la ermita. Los devotos, al acudir a la misa del ermitaño, llevaban al chicuelo tortas de miel, sartas de conchas, pajarillos vivos o nidos con sus huevos. Isayo atraía por una expresión angelical y unos ojos verdes y claros como el mar en calma, que resaltaban sobre la piel morena, tan morena como la de su madre. El pelo caía en largos tirabuzones sobre su cuello robusto ya. En la ermita no había sastres, y el buen Angriote vestía a su pupilo con una pellica de oveja que le hacía parecer un San Juan Bautista niño.

Sin embargo, sus madrinas las fadas, de tiempo en tiempo y cada vez con menos frecuencia, pues iban muriendo de vejez, traían para él camisas de tela tejida con lino hilado en rueca de oro entre mágicas canciones. Y jamás la tela se rompía ni gastaba, ya hasta parecía estirar al medrar el chiquillo, que, según crecía en estatura, revelaba fuerzas y vigor extraordinario.

El virtuoso ermitaño pedía diariamente a la bienaventurada Santa Ana que Isayo no saliese jamás de la ermita y, recibiendo la consagración sacerdotal, viviese vida sobria, humilde y penitente, espiando así las faltas de sus padres. Pero la fada Bibiana, que en figura de mendiga iba a menudo a ver a su ahijado, le hablaba de justas, torneos, proezas y grandezas humanas, y argüía al solitario diciéndole:

-Angriote, tus años son ya muchos, y tu hora no puede tardar... Pero este infantín no ha probado los sabores de la vida, y viene de reyes, paladines y señores, y se esperan de él grandes obras. ¡Y fuera malo impedir que cumpla su destino el hijo del de la Tabla redonda!

Sacudía la cabeza el ermitaño, pensando que la figura del mundo pasa pronto, y es como las imágenes de un sueño, quedando sólo la verdad de la muerte, y tras ella, el infierno o, al menos, el purgatorio, donde arderían, de cierto, los infelices padres de aquel niño... Pero, andando los días, pudo convencerse de que el muchacho, doncel ya, no iba camino de cantar misa. Escapábase con los pescadores a desafiar la mar brava; recorría las gándaras a caza de salvajinas, y habiendo un día desembarcado ciertos piratas, con el fin de saquear un monasterio que colgaba al borde de una escollera, Isayo juntó a los aldeanos, y con horquillas, flechas y cuchillos dieron buena cuenta de los invasores. Isayo mató al jefe, de un saetazo asestado a un ojo, y desde aquel punto y hora, fue famoso y popular en la comarca. Aun cuando Angriote le hizo rezar varios responsos por el alma de los piratas difuntos, el rapaz, a solas, recordaba, con estremecimiento de orgullo, el instante en que había visto caer a su adversario como acogotada res, dando una vuelta y desplomándose sin vida.

-Esforzado es mi brazo -pensaba- impávido mi corazón. Quisiera correr aventuras, pero he aquí que no sé quién soy, ni de qué sangre procede la mía. Sólo los caballeros pueden combatir con los caballeros. Sin ser caballero no debo esperar gloria. -Y le contristaba el alma el pensamiento de su ignorado origen. Dio en preguntar a Angriote, pero el ermitaño que sabía la verdad, bajo secreto de confesión, no la dijo nunca. Y el mozo resolvió averiguarla a toda costa.

Decían las consejas del país que la noche de San Juan se reunían las fadas en un paraje extraño. Era al borde del mar, en lo más salvaje y abrupto de la costa, un vasto descampado donde no asomaba un árbol, ni una mata, ni una yerba. El río, seco y estéril, estaba sembrado de una arena pedregosa y era llano como si lo hubiese nivelado la mano del hombre. Alrededor de la dilatada extensión se alineaban hiladas de piedras, puestas en círculo, altas, enormes; en algunas el rudo granito remedaba groseramente la forma humana. Se aseguraba que aquellos monolitos, colocados de pie y describiendo un círculo, no eran sino los famosos Gigantes, traídos de Irlanda a América por Merlín el mago, en homenaje a los héroes muertos, y que algunas veces los Gigantes danzaban una danza solemne, en memoria de los que lucharon por la independencia de su patria. Y durante el plenilunio, al encenderse sobre todas las montañas las hogueras rituales, las fadas se juntaban allí, a fin de consolar a los espíritus de los luchadores vencidos y de los bardos ya sin arpa, eternamente callados.

La noche era serena y radiante, y el corazón de Isayo palpitaba al avistar desde lejos el temeroso corro de los Gigantes de piedra. Al intentar penetrar en el círculo, se interpuso una mujer de larga cabellera rubia, vestida con la túnica blanca de las druidesas, y llevando al cinto su hoz de oro, y la detuvo extendiendo la mano.

-¡Ahijado mío! -gritaba-, lindo ahijado, ¡detente! ¿No sabes que, en tal fecha como la de hoy, quien penetre en el círculo de los Gigantes, sin falta morirá al amanecer? Apártate, y vamos hasta el crucero, que algo te diré de lo que saber te interesa.

Isayo se paró estático, contemplando a la Fada, que no era si no Bibiana, única de sus hermanas que, gracias a las enseñanzas y brujerías de Merlín, resistía aún el paso del tiempo, y a los progresos del Cristianismo, enemigo de las viejas religiones de los bosques, las fuentes y las piedras de los Druidos. La hermosura ideal de la amada de Merlín, las ondas fluidas de la cabellera magnífica, le asombraban. Estaba en la primera juventud, y nunca sus ojos se habían posado complacidos, ni en las rudas aldeanas ni en las pescadoras olientes a mariscada y yodo, en cuyos brazos las escamas relucían. Isayo temblaba; no se atrevía a acercarse a la criatura maravillosa.

-Sé -dijo ésta- que vienes a preguntar quiénes fueron tus padres. Yo te lo diré, pero no hasta que estés armado caballero.

-¡Ay de mí! -suspiró el muchacho- y ¿quién ha de armar caballero a un desconocido, a un espúreo?

-Quien le conozca, quien le ame -contestó la fada-. No temas que poco falta para que recibas la Orden de caballería. Esperame aquí, mañana, al caer la tarde, fuera del círculo. Y ahora desvíate. ¿Nadie asoma por aquí? Este sitio es aterrador. Traes armas, pero espada no. Yo he de dártela.

-Madrina -murmuró dulcemente Isayo-, no me iré si no me dejas besar la orilla de tu vestidura. Ni la bienaventurada Santa Ana me ha infundido tal veneración. Las horas que faltan para volver a verte he de pasarlas pensando en ti. Si esto que digo es malo, no me hables con severidad, que al fin soy un niño.

Bibiana le miró, sonriendo al ruego. Sus pupilas se buscaron. Él, arrodillado, cogía ya la orilla del cándido ropaje, y ponía en ella unos labios fervorosos y devoradores.

III

Al otro día se provistó el doncel de algunas armas, y Angriote -lamentando que quisiese salir a correr aventuras, cuando allí poseía la paz, la pureza de la conciencia- bendijo sobre su pecho una santa reliquia, encerrada en relicario de nácar y plata, ofrenda de marinos venidos de lueñes tierras orientales. Y al ir a trasponer el sol, con paso ligero, acudió a la cita, ansioso de volver a ver a la Fada.

Ella le esperaba ya. Un capuchón gris cubría sus dorados cabellos; la sacra hoz de oro brillaba en su cintura.

-No temas, lindo ahijado -susurró, en voz cristalina, semejante a la del agua al caer en el pilón de las fuentes encantadas.

-¡Oh madrina! -protestó el doncel.- ¿Temer? No sé lo que es. Vamos pronto al castillo del poderoso señor, o a la corte del Rey, que ha de conferirme la orden de Caballería.

-Vamos a donde la has de recibir -contestó Bibiana; y se adelantó, con ligero paso. Leguas y leguas anduvieron. Seguían la orilla del mar, bordeando peñascales y playas arenosas, y oyendo el ronco tumbo del Océano, que se quebraba contra los acantilados gimiendo pavorosamente.

Al fin llegaron a un puentecillo, que se asentaba sobre un promontorio, dominando una bahía. A la entrada del puerto alzábase el fantasma de un vasto castillo feudal. Y hay que decir el fantasma, porque era una ruina de desmantelados muros y rotas puertas, de arrancados goznes. Nadie debía de habitarlo. La yedra, colgando sus pintorescas guirnaldas de los torreones, ocultaba un tanto el destrozo, que más era resultado de la incuria que culpa del tiempo. Por algunas partes se veía la renegrida huella del fuego: sin duda habían querido abrasar el edificio. Sobre el escudo blasonado, rudimentario, que dominaba aún la puerta de honor, el jaramago y la zarza confundían su ramaje.

-Madrina -dijo el doncel- este castillo está desierto. ¿Quién ha de armarme caballero ahí?

-Lo sabrás muy pronto. Ahora, lo primero, vas a velar tus armas en el salón, y a la media noche vendré a decirte lo que tienes que hacer.

Obedeció el mancebo, y guiado por la Fada entró, no sin trabajo, en el salón, cuyo acceso estaba obstruido de escombros. Dentro se conservaban las paredes, y aparecía intacto el artesonado a la morisca; de los muros colgaban aún girones de tapicería, y en las ventanas vidriería de colores rota. Isayo dejó sus armas en el poyo del ventanal, al través de cuyos arcos pasaban los rayos lunares.

Bibiana ya no estaba a su lado. Parecíale al doncel que sombras fugaces cruzaban por el aire y se movían a su alrededor. Y también hubiese jurado que estas sombras emitían sonidos, débiles como los murmullos del viento, al agitar los árboles de la selva. El ambiente estaba poblado de suaves quejas, de balbuceos misteriosos, de palabras entrecortadas por la emoción, que no acababan de formarse.

-Encantado debe de estar este castillo -pensó Isayo- Duendes habrá en él. Por si es cosa del Malo, rezaré a Santa Ana.

Así lo hizo, sacando su reliquia, y los hálitos de fuego y las interrumpidas palabras halagüeñas que creía oír se acallaron. Veló pacientemente, y era por filo de media noche cuando entró Bibiana, tapada con su capuchón, y con dos antorchas en la mano. Dio a Isayo una de ellas, y advirtió:

-Ánimo... ¡Vas a ver cosas que estremecen el corazón! -Dispuesto estoy -declaró el muchacho.

Silenciosos, se enhebraron por pasadizos estrechos, bajaron escalones de piedra, resbaladizos por la humedad, caracoles pendientes que no se acababan nunca, y al fin se detuvieron ante una fuerte y muy historiada reja de hierro. Isayo vio con asombro que en las filigranas de la reja se enredaban las ramas de un rosal, y asaltó sus sentidos penetrante fragancia. Nunca había respirado olor semejante; era algo que se subía a la cabeza, trastornando el conocimiento. Volviose, y miró intensamente a Bibiana.

-¡Madrina! -gimió suplicante. Ella luchaba consigo mismo, palpitando.

-Lindo ahijado -mandó por fin-, toma mi hoz y corta el rosal. No hay otro medio de abrirnos paso.

Él titubeaba. Le daba lástima herir con el filo aquella masa verde, donde, a la luz de las antorchas, brillaban como enormes granates las rotas flores. Y habiendo contemplado un momento el cuadro, exclamó atónito:

-¡Madrina, son dos los rosales! ¡Y están abrazados! ¡Abrazados, inseparables!

Bibiana se puso la mano en el pecho, y arrancando de él un suspiro, balbuceó:

-¡Corta, corta!

Ya resuelto, Isayo cortó sin piedad, como en un acceso de cólera. Volaban las ranas y caían al suelo, encendidas y vertiendo el pomo de sus olores, las rosas encarnadas. Y notó Isayo lo vigoroso de los troncos, y que se entrelazaban y enclavijaban con tal ahínco y furia, que sólo segándolos juntos se podían destruir. Y tanto habían crecido, en aquel lugar sombrío y oculto, los dos rosales, que llegaban a la bóveda, y abriéndose paso por entre los sillares los habían desquiciado haciendo caer a alguno de ellos, y sacando al aire libre sus ramas, triunfantes de la fuerza opresora.

-¡Cómo enloquece el olor de estas flores, madrina! -murmuró Isayo.

Y ella, con una especie de angustia, mandó:

-¡Písalas, písalas! ¡Abre, abre!

Hizo el mozo esfuerzos violentísimos. Corría por su frente el sudor, y su pecho jadeaba. Al fin, giró sobre sí misma la pesada reja, y se vio que cerraba un recinto oscuro y profundo. La Fada, que había tomado en sus manos las dos antorchas, las agitó, y se descubrió que el recinto era una cripta sepulcral. La sostenían macizos pilares, y en el fondo, bajo un lucillo fúnebre, se alzaba el sarcófago. Sobre su cubierta, dos bultos de piedra labrada representaban a un caballero y una dama unidos en el eterno sueño. Él sujetaba sobre el pecho la espada, ella alzaba las manos como para implorar misericordia.

-¿Quiénes son, madrina? -interrogó Isayo.

-Son -explicó la Fada- dos que se amaron mucho y murieron juntamente, yaciendo ahí sus restos. Él fue herido con arma envenenada de traidores, y ella espiró de dolor al verle sucumbir a él. Era él un paladín de los más esforzados que se han conocido en el mundo, uno de los pares de Carlomagno, los de la Tabla redonda, y se llamaba (su nombre no lo han olvidado las dueñas y doncellas de Cornualla, ni los que trovan de amor) Tristán, ¡porque en triste hora vino al mundo!

Isayo contemplaba el sarcófago lleno de una conmoción violenta, como el que anhelaría vengar un agravio, castigar una injusticia.

-Haz lo posible -ordenó la Fada- por levantar la cubierta de ese sepulcro.

Parecía empresa loca, sin herramientas, ni más instrumento que los brazos; pero apenas Isayo se acercó al sarcófago y comenzó a empujar la losa que sustentaba las dos figuras yacentes, imaginó que algún ser sobrenatural le ayudaba, pues blandamente se alzó la cubierta de granito, y, desviada con facilidad a un ángulo del sepulcro, Isayo contempló dos momias estrechamente unidas, entre girones polvorientos de sudarios.

Al ver la Fada lo que quedaba de los amantes, tartamudeó:

-¡Hasta más allá de la muerte!

Metió las antorchas en los soportes; hizo a Isayo arrodillarse de espaldas al sarcófago; recogió la espada herrumbrosa de Tristán de Leonís, y poniéndola en el seco puño del esqueleto más grande, alzó el brazo momificado, e hizo de modo que descargase el espaldarazo sobre los hombros del doncel.

-Levántate -ordenó en seguida.- Has recibido la orden de Caballería. Te ha armado caballero Tristán de Leonís, uno de los de la Tabla redonda, tu padre.

Temblando de orgullo, se irguió el neófito. Inclinándose sobre el sepulcro, besó los rostros denegridos de las momias, cuyos carcomidos labios descubrían, en callada sonrisa beatífica, los dientes blancos, completos: ¡la juventud en la tumba!

-¡Padre mío! ¡Madre! -no se cansaba de repetir, para ver a vuestro hijo!

-Si viviesen, Isayo -declaró la Fada- puede que ni se ocupasen de ti.

Y viendo al mancebo absorto en la contemplación de los dos amantes, le llamó:

-Tenemos que irnos de aquí sin tardanza. Vuelve a cubrir la sepultura y llévate la espada del paladín.

En el momento en que nuevamente cruzaron la verja, notó maravillado el doncel que los rosales estaban brotando luengas ramas y nuevos capullos. Movió la hermosa cabeza.

-En triste sitio, madrina, he recibido la orden. Triste es mi origen. Quiero ser llamado el «Caballero Triste».

Así será -aseguró la Fada.- Y mira, lindo ahijado, que todo lo sublime y bello es triste, y tristes las historias en que hay altos hechos, y triste la Pasión de vuestro Redentor, y no digo «nuestro», porque ya sabes que las Fadas no hemos recibido el agua bautismal. Tú ahora, pues, Caballero Triste, ve por el mundo enderezando tuertos, protegiendo al huérfano y a la viuda, exterminando monstruos y guardando la pureza de tu corazón para que no te hiera ponzoña como a tu noble padre. No entres, como él, en el ajeno cercado. A la puerta de este castillo, que es el tuyo, pues de tu padre fue, hallarás caballo holgado y fogoso, la mejor pieza que come avena en el mundo, y hallarás también escudero leal, con otra montura, y bastimento; de la espada que a tu padre sirvió no te apartes jamás.

-¿Me dejas, madrina? -imploró el muchacho.

-Mi amparo no ha de faltarte nunca, pero no me llames sino en caso extremo.

-¡Ay de mí! -plañó Isayo.

La Fada se desvaneció entre la sombra. En el aire sonó una queja débil. Diríase que se iba llorando, también ella, la separación. Isayo, entonces -¿hizo mal, oh devotos de las fadas?- cogió una de las rosas de los rosales que había cortado, la acercó a sus labios, y la deslizó, por la abertura del jubón, en su pecho. Y le pareció que, donde estaba la rosa, un calor singular quemaba la carne.

IV

Al salir al patio de armas vio Isayo una contrahecha figura, que tenía del diestro a dos caballos enjaezados para jornada, sobre cuya grupa pendían repletas alforjas. Porque todo eso de que los caballeros andantes no comían y no se preparaban a las caminatas por riscos y breñas llevando alguna refacción y reparo en el estómago, es fantasía. Por mucho que las fadas protegiesen a Isayo, él no era un espíritu puro, sino un arrogante y viril mancebo, y no sería buen comienzo de fazañas morirse de hambre.

Uno de los caballos era de magnífica estampa; el otro, menos gallardo pero recio y fuerte.

-Caballero, amo mío -dijo el contrahecho-, aquí tienes a tu escudero fiel y a tu corcel de batalla, que se llama Azor, como yo he por nombre Tronco. Y me llaman así porque soy un tronco mal formado, y me adorna una joroba doble. Pero cata que de entendimiento no soy corcobado, y sé donde el zapato me aprieta. Cabalga, pues, caballero, y los ángeles caminantes nos guíen.

Un momento quedó suspenso Isayo. No sabía de cierto adonde dirigirse. Arrancó entonces una hoja de la rosa que había guardado, y soltándola al aire, marchó en la dirección que tomó la hoja, siguiéndole su escudero, paso a paso.

Cabalgaron algunos días, recorriendo la tierra de Bretaña, sin encontrar aventura digna de referirse. Las calzadas eran áridas y pedregosas, las florestas intrincadas y salvajes; en algunas las musgosas piedras consagradas a Teutates se erguían aún. Los aldeanos, greñudos y con anchas bragas, sembraban, araban, destripaban terrones; niños de cabellos embrollados jugaban a la puerta de las chozas; las mujeres, de cofia blanca, hilaban lentamente; y, a la hora de ponerse el sol, caballero y escudero pedían hospitalidad en alguna granja, y cenaban leche y pan de centeno, o la frugal sopa de coles. Tronco, que era en verdad ingenioso y fértil en recursos, entretenía la velada, hablando a los aldeanos de las fadas que antaño vivían en los estanques y en los arroyos, y del corro de los Gigantes, que un día habrán de ser desencantados, y de Armórica y de Caledonia harán los países más poderosos del mundo.

En las pobres viviendas admiraban la belleza del joven caballero y la rara figura y el despejo de Tronco. Este tenía un semblante avispado y picaresco; cortejaba en broma a las granjeras y recitaba «lais» a las mozas; refería las vidas de los santos y las penitencias y virtudes de los eremitas y cenobitas; hacía cruces de caña y caballos de palo para los chiquillos. Y atizaba el fuego y hasta preparaba el pote, picando las berzas del país. En todas partes hubiesen querido que los andantes se quedasen un par de días siquiera; pero Isayo sentía una inquietud, un ansia roedora, ansiaba saber la historia detallada de sus padres, y quién era el malsín que había herido con espada envenenada a Tristán de Leonís flor de la Caballería.

Había mandado a Tronco que puliese la espada encontrada en el sepulcro, y al verla tan brilladora, soñaba con aventuras extraordinarias en que servirse de ella. La quería teñir inmediatamente de sangre de follones y malandrines, y descabezar con ella a algún jayán descortés, o a una tarasca enorme, un cocodrilo como el de Santa Marta.

Por fin, una tarde, cuando fatigados de la jornada buscaban amo y escudero albergue donde pasar la noche, divisaron la mole de un monasterio. Era un edificio grandioso, y lo rodeaba bien cultivada vega, huerta y bosque, pues los monjes fueron los primeros que entendieron de estas cosas, y practicaron y enseñaron la agricultura y hasta la jardinería; pero como los tiempos eran de hierro, y los piratas se metían tierra adentro a saquear, habíase convertido el monasterio en una fortaleza, y lo guarnecían muros recios, con troneras y cubos. Tampoco esto del monasterio tenía nada de singular aventura; pero Tronco dijo a su joven amo que convenía reposar un poco allí, siquiera para lavarse la ropa, y dormir en buen aposento lo menos un par de noches.

Recibió a los viandantes el mismo abad, anciano y afable, que les condujo a espaciosa celda, y les ofreció para su servicio cuanto el monasterio contenía.

-Yo -dijo, cuando hubo repuesto sus fuerzas Isayo con parte del contenido de un olifante de vino generoso y el costillar de un puerco, asado delicadamente- te he conocido, caballero Isayo, por el semblante. Eres vivo retrato de tu incomparable padre, el jamás vencido Tristán de Leonís, sobrino del rey de Cornualla, y uno de los tres príncipes bretones. ¡Ay, hijo mío! ¡Sólo la brujería y las artes del infierno pudieron hacer que cayese en tan graves pecados, que acaso se haya perdido su pobre alma! Mucho le exhorté cuando te vi herido, de mala herida, por la villanía de un traidor. Pero no conseguí apartar un instante su pensamiento del recuerdo y el anhelo de tu infortunada madre, y en verla por última vez se cifraba su afán. El filtro que le corría por las venas seguía ejerciendo sus efectos malditos. Y como esperaba, en el patio del castillo, que el vigía le anunciase la llegada de la nave donde venía Iseo, siendo la señal una bandera blanca, hubo una persona que, extraviada por los celos, ¡perdónela Dios!, ordenó que dijesen a Tristán que el barco traía bandera negra, y tu padre expiró desesperado de no ver a Iseo la postrera vez... Momentos después, Iseo, que no le encontró vivo, murió abrazada al pobre cuerpo. He aquí, joven caballero de Leonís, la tristísima historia de los Amantes. El mismo esposo de Iseo no tuvo valor para separarlos, y juntos los hizo enterrar.

Isayo escuchaba estremecido el relato del venerable monje. Inclinándose, besó las manos que habían querido absolver a su padre, y no pudieron hacerlo porque los sortilegios lo impedían. Una idea germinaba en su mente. Por el monje lograría saber nombre del felón que hirió a Tristán con arma enherbolada cuya herida es incurable. Se llamaba Moriote, ¡hijo mío!, y tu padre, al sentirse herido, le atravesó con su lanza. Aparta de tu corazón la idea vengadora que estoy leyendo en tus ojos. Más altas empresas te están reservadas. Ya no puedes vengarte de nadie: el traidor ha muerto; la esposa legítima de tu padre, Iseo la Rubia, ha entrado en el claustro arrepentida, y el rey Marco, esposo de tu madre, ha sido tan noble, que mandó enterrar unidos a los que se amaron. Piensa en otros hechos que ilustren tu nombre.

-Es mi mayor deseo -exclamó con entusiasmo Isayo-. Dime cuáles son esas empresas, y aquí está mi brazo para ir en su demanda.

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