Capítulo I
Tres salones del palacio ducal apenas bastaban al acomodo de la «canastilla» y de los regalos con que obsequiaron a la novia sus parientes y amigos. Entre los regalos sobresalía un aderezo de esmeraldas, ofrenda del duque de Neblijar, futuro esposo de Leonor Pérez de Carmona.
Engarzaban las piedras en la más pura filigrana que pulieron árabes y judíos.
Uníanse unos engarces a otros por cadenillas microscópicas, y era cada engarce un prodigio de calados y geométricas figuras. Las esmeraldas, limpias, carnosas, relucían como ojos de mujer. Rodeando la almohadilla del estuchón, aforrado en gamuza, relampagueaba un collar. Sus piedras, a partir de una esplendorosa, que descolgaba solitaria, disminuían, parejamente, hasta rematar en dos triangulares que formaban el broche.
Sobre el cojín, rodeado por el collar, triunfaba una diadema, en cuya fábrica el metal se iba sutilizando para volverse espuma; entre ella flotaba una esmeralda de ígneas transparencias, iguales a las de las olas al romper. En los ángulos del estuche se retorcían cuatro serpientes de oro; dos piedras llameaban en cada cual de las achatadas cabezas, remedando los ojos del reptil.
Galas últimas del joyero eran las arracadas; tallólas el artífice en disposición de caireles, para que, al rozar los cuellos femeninos, los cosquillearan con lascivos arpegios, tal que si fueran deditos prismáticos de gnomo.
De generación en generación se transmitían aquel aderezo los Neblijar. Luciéronlo sobre su piel las hembras de la estirpe, sin que ninguna osara cambiar los engarces y disposición de las piedras. Por mucho entró en sus respetos el orgullo. Acrecía, con la antigüedad, el mérito y valor de la alhaja; amén de esto, con ella se atestiguaba y se revivía la hazaña por que vino a poder de los duques.
Fué siglos atrás, a principios del XVI, cuando Alfonso, duque de Neblijar, navegaba, capitaneando una galera, en busca de los musulmanes piratas.
Era experto marino y temible guerreador el duque. Muchos barcos infieles echó a pique con la proa de su galera. Espanto ponía su nombre a los arraeces de Stambul y de Túnez.
Cierta noche, en que la galera ducal surcaba los africanos mares, a los reflejos de una luna que con el propio sol, por su claridad, competía, vieron los tripulantes desprenderse de los cantiles de la costa otra galera que, a velas desplegadas y a impulsos de favorable viento, enderezó su viaje hacia el buque cristiano.
-¡El pirata! -dijo uno de los cabos, en tanto corría otro en aviso del duque.
De un salto ganó éste los escalones de su cámara; de otro se halló sobre cubierta. Asunto breve fué disponer la galera para el encuentro.
Los marineros gatearon palos arriba, prontos a toda maniobra; apretaron los cautivos sus puños contra el mango del remo, poniendo ojos y oídos a los mandamientos del cómitre; previniéronse las bombardas; dieron los arcabuceros alimento a sus mechas; apercibiéronse los abordadores, hacha en puño y cuchillo en cinto; encordáronse ganchos y arpones, y el pendón real flotó a popa, mientras ascendía por el palo mayor una bandera azul, donde campeaba el escudo de los Neblijar.
-Como no me engañen mis ojos (y no es fácil que lo hagan cuando miran hacia la mar) -exclamó un marinero viejo-, esa galera es la de Ben-Alí, el pirata más cruel y más bravo que parieron los cubiles de Túnez.
-¿Ben-Alí, dices, marinero? -repuso el de Neblijar-. ¡Ojalá no te engañes! Desde que salimos de Cádiz, sólo un miedo me sacudía el alma: no toparme con ese tiburón, de que tanto alardea el Bey.
-Veremos -añadió- si pierde el tiburón los dientes al clavarlos en mi galera. Juro por mi Dios y mi Rey que antes del alba ese perro o yo tendremos de sepultura el mar.
-Cuéntase -añadió el marinero- que el pirata no es tunecino; indio es. Su padre, un mago de aquellas lejanías, arribó a las playas de Túnez, en fuga o por mandamiento del demonio; no está ello bien sabido. Lo cierto es que el Bey le nombró su visir, y que el hijo del mago crióse, tal que un príncipe, en el alcázar. Siguen contando que, cuando ya hombre, se hizo Ben-Alí para el mar, al gobierno de una galera, dióle el mago por amparadora y por guía a una diosa del país de los indios -la diosa del mal dicen que es- para que guardara al patrón, y en toda pelea contra olas u hombres le sacara triunfante. Añaden que la imagen es negra, y que su cuerpo, totalmente desnudo, está adornado con collares, ajorcas y arracadas de finísima pedrería. Ciñe su cabeza una corona de luceros, y sus ojos bullen en las órbitas como si fuesen vivos: cosa de encantamento. Un cautivo escapado de Túnez me refirió la historia, jurándome por Jesús, Cristo y Salvador nuestro, que, cuando Ben-Alí embistió al barco donde el cautivo navegaba, la diosa negra entró al abordaje, esgrimiendo un hacha, en cuyo filo las gotas de sangre se cuajaban como rubís.
-El miedo obscureció el magín al cautivo -interrumpió Neblijar-. A fe -prosiguió- que si hay tal diosa y usa joyas tan ricas, no será mal botín cuando apresemos la galera. Si es criatura demoníaca o de encantamento, con la cruz de mi espada sobra a destruir el encanto y mandar al diablo a su infierno: Y finen las consejas y vaya al aire, aunque no esté el infiel a tiro, el primer bombardazo. Sea esta pólvora la única nuestra que hoy se desperdicie.
Mientras sonaba el cañonazo, y su humo se perdía en la atmósfera, agregó el marinero:
-Más contó el cautivo: en el pedestal de la estatua -los ojos del cautivo leyeronla- hay esta arábiga inscripción: «¡Ay de quien ose a mí! En él o en los suyos, a través de los minutos que representa una hora, o de los siglos, que cuentan sus minutos por años, Kalí se vengará».
-Quemaré a la diosa cuando entre en la galera -interrumpió el duque-. Por lo que hace a sus esmeraldas, de joyel pondré una en mi sombrero, dejando las restantes para lujo de las mujeres de mi estirpe. Ahora cada cual a su puesto; yo al mío, y Dios y la mar con nosotros.
Con ellos fué después de recio y empeñado combate.
Al frente de los suyos entró al abordaje Neblijar en la tunecina galera. De cara embistió al arraez, que, cubierto de heridas y esgrimiendo un hacha, tinta en sangre hasta el regatón, fué al encuentro del duque. En torno de ambos jefes se acometían los más bravos.
Solo ya, entre un montón de muertos, Ben-Alí retrocedió despacio, dando rostro al duque y a los que junto a él peleaban. Dejando un cadáver en cada escalón de su cámara, llegó al centro de ella y se apoyó, para no caer, en el pedestal de una estatua que, tallada en ébano, presidía el recinto.
Era horrible su gesto.
Su boca, simulada por dos corales, mostraba, contrayéndose, el marfil de unos dientes agudos, prontos a desgarrar. Su mano izquierda avanzaba desafiadora, blandiendo un haz de víboras; crispábase la derecha en garfio sobre uno de los senos; hasta ellos descolgaba un collar de esmeraldas. Las arracadas caían temblantes desde unas orejas minúsculas; a piernas y brazos se ceñían las ajorcas de oro, rematadas por cabezas triangulares de reptil. La diadema era nido de sierpes: tales parecían, retorciéndose en espiral sobre ella, los rizos del pelo.
Los ojos de la estatua eran verdes. A la luz do una lámpara, ardiente bajo el techo, aquellos ojos fosforeaban espectrales.
Cuando el arraez, acorralado y desangrándose, se apoyó contra el pedestal, los ojos verdes centellearon, revolviéndose furiosos en la órbita.
El espectáculo hizo retroceder hasta a los más bravos compañeros del duque.
-Aunque el diablo mismo te ayude -gritó el prócer a Ben-Alí-, a golpe de mi hierro caerás.
-¡Guárdate del mío! -respondió el arraez.
Y volteando a todo brazo su hacha, la despidió contra Neblijar.
Ladeó éste el cuello para evitar el filo del arma que, en su viaje, le llevó media oreja, y, avanzando hacia su enemigo, le envainó la espada en el Pecho.
Cayó el arraez; quedaron inmóviles las pupilas de la diosa, falto ya de juego el resorte, que girar las hacía, y el moribundo, clavando las suyas en el duque, murmuró, con voz ahogada por la sangre:
-En ti o en los tuyos, ella se vengará.
Vueltos los ojos a Kalí expiró el arraez.
Al fondo del mar fué la estatua, juntamente con la tunecina galera. No así las alhajas, que, previos exorcismos y agua bendita, se convirtieron en galas de la casa ducal y en testimonio palpable de una famosa acción.
Capítulo II
De labios de la duquesa viuda recogió Leonor la historia de las esmeraldas, cuando la anciana la entregó el aderezo, no como regalo, como atributo de la soberanía ducal, que, desde aquel instante, renunciaba en la esposa de su hijo.
-La tradición afirma -dijo la viuda a su nuera- que este aderezo es obra demoníaca; añade que, según promesa vengativa del arraez, algún día tomará Kalí, en un Neblijar, desquite del ultraje que otro Neblijar le infirió. Hasta el presente no se ha cumplido la amenaza. Bien es cierto que todas las Neblijar, ceñidoras de estas alhajas, han cumplido lealmente sus obligaciones de hijas, de esposas y de madres. De suerte que el demonio no tuvo por dónde clavarles las uñas. Tú has de imitar (si no las superas) a esas damas y, como hasta hoy, el demonio tradicional quedará con cuarta y media de narices. Luce, sin recelo, las joyas y honra la corona que, no ellas, tu virtud y el amor de mi Alfonso ponen sobre tu cabeza gentil.
Mejor atendía al brillo de las esmeraldas que al discurso la joven. No obstó ello para que rodeara con sus brazos el talle de la anciana y estampara sobre su frente un ósculo, más ruidoso que prieto.
-¡Gracias, señora! -dijo-. Nunca vi piedras que a éstas pudieran igualarse. ¡Qué bien hacen! -siguió colocando sobre sus cabellos la diadema y contemplándose al espejo-. Relumbran como estrellas. De noche, al reflejo de las luces eléctricas, han de ser maravilla.
-¿Por qué no probarlo ahora mismo? -monologó la joven, apenas despidió a la duquesa-. Pronto se cierran los balcones. En corriendo el cerrojo, no habrá quien sorprenda mi vanidad. ¡A ello! Voy a dejar corrida a la diosa negra del pirata.
Al evocar esta memoria, vínole antojo a Leonor de reproducir, frente a su espejo, la imagen de Kalí.
Tal y como lo pensó, lo hizo.
Corrió el cerrojo a la puerta del gabinete; amontonó frente al espejo unos cojines árabes; cerró las maderas del balcón; embrazó el aderezo, y entrando en su alcoba, comenzó a desnudarse a obscuras. A obscuras, también, se ciñó las alhajas.
Desde los cojines se alcanzaba a la llave de la eléctrica luz; a ellos subió Leonor de un salto; dió vuelta a la llave, y su imagen, totalmente desnuda, se reflejó contra el espejo.
Estatua de nogal parecía, con su carne morena, donde la luz proyectaba sombras áureas. Hermoso era su cuerpo, con la diadema de esmeraldas ceñida a las sienes; la garganta rodeada por el espléndido collar; los caireles descolgando por los remates de la oreja y los reptiles de oro, las culebrillas de ojos verdes, retorciéndose en espiral sobre la garganta de las piernas y las redondeces del brazo.
Bella era la criatura que reproducía el espejo. Tan bella como horrible la que se ofreció a Alfonso, duque de Neblijar, en la cámara del pirata.
Y, sin embargo, cuando Leonor evocando a Kalí tomó su actitud, cuando adelantó el brazo diestro y crispó el siniestro contra los pechos duros y desordenó sobre la diadema sus rizos y contrajo su boca para enseñar los dientes, y frunció el entrecejo para dar fiereza a sus ojos, algo había en ella de retador y demoníaco.
-¡Qué locura! -exclamó-. ¡Si me vieran!...
Saltó de los cojines, apagó las luces eléctricas y fué a tientas hacia su alcoba.
Un escalofrío erizaba su piel.
Capítulo III
Celebróse la boda en la capilla del palacio ducal, y bendijo a los novios el patriarca de las Indias. Padrinos fueron la madre del novio y un infante de España; testigos los más altos personajes de la patria nobleza.
Acompañó el órgano la bendición patriarcal; sirvióse un espléndido lunch en el comedor: cambió Leonor, por uno de viaje, su atavío de novia; imitóla Alfonso, y, despedidos por invitados y parientes, ganaron un lujoso automóvil, haciendo camino a las posesiones que, inmediatas a Córdoba, pregonaban la riqueza del duque.
No quiso éste zarandear su nupcia por capitales extranjeras. Tiempo habría, más tarde, de recorrerlas todas y aun de ir mar adentro en un yacht, que, meciéndose sobre aguas gaditanas, aguardaba órdenes de su aristocrático armador.
Al presente, para desflorar sus amores, nada comparable a un vergel andaluz.
Sin estorbo de curiosos impertinentes, recorrerían senderos y alamedas; en las noches de luna, a su pálido resplandor; en las noches claras, al reflejo de las estrellas; en las obscuras, envueltos por la sombra, llevarían, como los ciegos, en el tacto los ojos.
Irían al bosque en las horas de sol para recogerlo, cernido por las hojas, y envolverse en las caricias de su luz. El bosque tiene camarines acolchados con rosas; en ellos, la hierba es tapiz y orquesta los pájaros.
Al caer la tarde navegarían por el río. Él bogaría lentamente; hablaríale ella con la voz o con las pupilas. Al llegar donde los prietos juncos son varitas de hada que a los amadores ocultan, se alzarían sobre los asientos del bote, cogidos por los talles, y recogerían en los frunces de un beso el adiós último del sol...
Así pensaba el duque, hombre de treinta años que había recorrido, en su carrera diplomática, las grandes ciudades del mundo, y, harto ya de vivirlas, iba indiferente por ellas, como va por un camino, sea éste cual fuere, quien a diario lo recorre.
Ello aparte, y también aparte el hondo afecto que le inspiraba Leonor, había en el duque, para poetizar sus amores con la soledad campesina, otra causa.
Con el noviazgo despertóse en Neblijar el alma recelosa de sus abuelos. Amaron aquellos varones, escondiendo a sus hembras del ajeno mirar, con suspicacias y hurañeces, donde se fundían el católico y mahometano que los antiguos duques llevaban disuelto en la sangre, como los llevaban todos los españoles de entonces y los llevan casi todos los de hoy.
Al igual de monjas en clausura, vivían antaño las esposas de los Neblijar, mientras ellos guerreaban con los infieles, ganaban imperios en América, acuchillaban protestantes en los Países Bajos, católicos en Roma y piratas en las aguas de Argel. Sin ser vistas de nadie, paseaban por sus jardines; tan sólo abrían sus balcones y asomaban a ellos para recibir a los duques cuando tornaban de la guerra, con la espada roja de sangre hasta la guarnición.
No cambiaba mucho, con el retorno de sus hombres, la existencia de estas mujeres. Ni aun para satisfacer vanidades gustaban de exhibirlas.
Por no hacer desacato al monarca, las llevaban a su palacio en los días de ceremonia; por no desacatar al cielo, permitíanlas acudir a la iglesia con el largo manto ceñido, la dueña a la vera y el rodrigón detrás.
Bien comprendía el duque actual que eran los tiempos otros. A ellos estaba dispuesto a acomodarse, sólo que lo más tarde posible.
Al presente, necesitaba disfrutar el cariño de Leonor teniendo a la Naturaleza por testigo único de su dicha.
¡La Naturaleza!... Leonor estaba harta de contemplarla.
Hasta dos años antes de su boda habitó en un pueblo andaluz, donde sus padres, aristócratas empobrecidos, se recluyeron para esconder su ruina y no malbaratar los restos de una hacienda que, si en el villorrio les permitía vivir con desahogo, en Madrid les hubiera traído a miserias, cuanto más ocultas más crueles.
Ahorrando, peseta a peseta, unos miles, habitaron quince años en el antipático lugarón los Pérez de Carmona. Tenía por objeto su ahorro pasar una larga temporada en la Corte cuando Leonor fuera moza; volver a codearse con las antiguas relaciones y buscar novio a la doncella, que desde niña era prodigio de hermosura y de gracia.
Perteneciendo los Pérez de Carmona a empingorotado linaje, y siendo portento de beldad su heredera, mala suerte habrían si no tropezaban en Madrid con novio de pura cepa y gran caudal.
No vieron los viejos defraudadas sus esperanzas.
Alfonso de Quirós fué presentado, en un baile de la Embajada inglesa, a la encantadora andaluza; quedó prendado de ella, y al año del conocimiento bendijo a los amantes el Patriarca de las Indias.
Aun siendo muy altas las aspiraciones matrimoniales que trajeron a Madrid los Pérez de Carmona, las sobrepujó el enlace de Leonor con Alfonso Neblijar. Arrancaba su árbol genealógico de la Reconquista; por sus venas corría sangre de héroes y de reyes; eran: su caudal, pingüe; su persona, gallarda; caballeroso su carácter; su entendimiento, claro.
Satisfechos estaban los padres con el marido que tocó a su hija en suerte; satisfecha ella, por lo que hace a prendas heráldicas, económicas, personales o intelectuales de su Alfonso. Lo que ni poco ni mucho le agradaba era pasar la luna de miel en el campo.
Desde los tres a diez y siete años residió en la campiña. ¿No sobraba con ellos? Claro que durante su estancia en Madrid disfrutó de cuantas diversiones puede ofrecer la Corte; pero, ¿qué significaba Madrid comparado con París, con Londres, con las grandes capitales del mundo? A más, de soltera no es posible vivir la vida de alta sociedad como las casadas la viven.
Sueño y esperanza fueron de su noviazgo los cuadros fastuosos que dibujaba con su imaginación, para hacerlos realidades cuando fuera, por matrimonio, duquesa de Neblijar; por la estirpe y caudal de su esposo, reina de la distinción y del lujo; reina de belleza en corte de beldades, por fuero natural.
Abriría los salones de su palacio a sus amigas y mataría de envidia a sus rivales; impondría la moda con sus tocados y sus trenes; deslumbrarla con sus esplendideces a las grandes damas d las extranjeras ciudades; recorrería los mares en su yacht, los caminos en su automóvil; triunfaría en los balnearios al llegar la estación veraniega. ¡El campo! Bueno estaba para una o dos semanas dedicadas a los placeres cinegéticos; pero de esto a convertirlo en residencia indefinida mediaba gran distancia: la que va de la diversión al aburrimiento.
Porque Leonor se aburría en aquella luna de miel aldeana.
-¡Y tan aldeana! -pensaba la duquesa-. Dando al confort de lado -añadía-, ¿en qué me diferencio de la hija del aperador del cortijo, que es recién casada también?
Discurriendo así no es extraño que, a los quince días de estancia en sus posesiones de Córdoba, se le saliera el aburrimiento por los ojos y se reflejara en todas sus palabras y acciones.
Alfonso no tardó en enterarse, y, a fuer de hombre avisado, puso al daño inmediato remedio. Malo es que el hastío de los lugares donde habita se adueñe de una hembra. De prólogo sirven tales hastíos a otros más difíciles de vencer.
-Después de todo -murmuraba el duque a sus solas- no es suya la culpa. Lo es de mi egoísmo. Pájaro con las alas rendidas, quise imponer quietud y aislamiento a otro pájaro recién salido del nidal. Necio anduve. Disfrute Leonor de su juventud y acompáñela yo en su triunfo. Al fin y a la postre para adorarse es bueno cualquier sitio.
Al día siguiente tomaron marido y mujer la carretera que conduce a la Corte. Al finalizar la semana estaban en París.
Capítulo IV
Un año pasaron los duques recorriendo las grandes capitales de Europa. Durante él hicieron también una excursión a los Estados Unidos de América, a bordo del yacht que el duque capitaneaba como experto marino. No en balde descendía de aquel capitán que en los tiempos de Carlos V echó a pique la galera de Ben-Alí.
Admiración de todos fué la gentilísima duquesa durante sus viajes; encanto de todos, por su trato exquisito, el duque.
Al año de ausencia regresó a Madrid Leonor, instalándose definitivamente en su palacio, que, por orden de Alfonso, había sufrido todas las innovaciones y reparaciones necesarias a ser primera entro las viviendas de su índole.
Se inauguraron las fiestas en el histórico caserón con un baile que hizo época en la historia del madrileño lujo. Concurrieron al baile los más significados personajes, que en política, ciencias, artes, sangre y dinero decoraban la villa; y fué tal noche, para Leonor, de felicidad y de triunfos.
En ella le presentaron al conde de Nuévalos, apuesto mozo de veinticinco a veintiséis años, que traía con sus arrestos y locuras revolucionado al mundo elegante.
Tres o cuatro duelos, en que tuvo la suerte de matar o herir al adversario, le consagraban de valiente; unas cuantas hembras de fama, a sus pretensiones amorosas rendidas, de conquistador irresistible; posturas enormes en el juego, perdidas y ganadas sin pestañear; billetes arrojados, sin contarlos, de su cartera, para esta orgía para aquella aventura, proclamaban su esplendidez; el mejor sastre de Madrid, su elegancia; los más rebeldes potros, sus condiciones de centauro; matchs de esgrima y disparos certeros en cacerías y tiros de pistola, de esportista famoso, avalorado en crédito por excursiones locas, hechas a giro de automóvil y a aletazo de aeroplano. Un Don Juan, en fin, con todos los requisitos y menesteres propios a ostentar la herencia del legendario personaje.
Como él, tenía falta absoluta de conciencia y voluntad propia a cualesquier bellaquería, por grande que ella fuese.
Este rey de la galantería, del valor y la moda fué muy simpático a la duquesa de Noblijar. Por fuerza se lo había de ser, siendo ella reina en reinos afines.
Seguro de la impresión causada, y comprendiendo que tal dama constituía una gran presa, comenzó el galán a requerirla sabiamente de amores, poniendo al logro de la empresa toda su habilidad, su astucia y su práctica en mujeriegos lances.
Claro que a nadie, sino a ella, dejó traslucir sus pretensiones; aun con ella, fué cauto y parsimonioso en los ataques. Era primeriza y no convenía asustarla. Necesitaba dejar que madurase el fruto, sin perjuicio de ayudarle a caer.
El duque, comisionado por el Gobierno para una importante misión, que duraría cuatro o cinco meses, hubo de abandonar con gran prisa Madrid.
Fernando (así se llamaba el de Nuévalos), no transcurridos todavía dos meses de la ausencia del duque, obtuvo de Leonor la promesa de visitarle en cierta casita que, para este género de lances, había el Don Juan arrendado en calle, si extraviada, céntrica.
Dejando su automóvil a la puerta principal de un templo, que alza sus muros sobre hermosa y popular vía, escapó Leonor por la puerta falsa; hizo seña a un coche de punto, dióle las del sitio designado para la cita, y a él llegó, a poco rato, al trote cansino de un jamelgo.
Ocultando con el manguito el rostro, atravesó el portal, que muy al fondo, tras una escalerilla de cuatro peldaños, tenía el guardián cuchitril. Fué este alejamiento tomado muy en cuenta por el calavera inquilino. Así evitaban sus visitas ser fiscalizadas de cerca. La luz esclarecedora del portal era opaca. Bajo ella pasó Leonor en imagen confusa; subió a tropezones la escalera y llamó temblando a la puerta.
Abrió Nuévalos en persona.
Sin palabras, apretando con sus dos manos las trémulas de la duquesa, la condujo, por un corredor alfombrado y obscuro, hasta un gabinetito octógono, sobre cuyos balcones caían, ocultándolos, dos tapices.
Un tercer tapiz, copia del sensual Rubens, bajaba del techo en el fondo del gabinete. Éste, suave, misteriosamente alumbrado por una lámpara de cristal ambarino, tenía, a la izquierda, una mesita, donde humeaba la cafetera para el te, y descollaban dos tazas y un azucarero de Sèvres, una anforilla de oro y cuatro copas de bohemio cristal. Como ellas era el jarro del agua.
Varias sillas de ancho asiento y cómodo respaldo se apoyaban en las paredes; dos butacas sobresalían a un lado y otro de la mesa. Frente a ésta velase un diván, y a sus pies una piel de bisonte.
Hasta el diván condujo Fernando a Leonor. Dulcemente, la hizo sentar, mientras él, cayendo de rodillas, besaba los enguantados dedos de la bella.
-¡Gracias! -murmuró con tímido acento-. ¡Gracias, vida mía! Mi vida entera es nada para pagar este minuto.
Hubo una pausa. Durante ella, el galán quitó las agujas que sujetaban el sombrero a la cabeza de la dama; púsolo en una silla, e imprimiendo su boca en el hueco de los guantes, que dejaba la carne libre, fué desabrochándolos botón a botón.
-¡Qué locura! -suspiró la duquesa-. ¡Déjeme usted salir! -añadió, levantándose, en un arranque de pudor y de miedo.
-¡Irte! -repuso el conde, haciéndola sentar y rodeándola con sus brazos-. ¡No! ¡No te vas! ¡No te irás sin que antes me jures, me pruebes la verdad de tu amor, por y para el cual vivo desde la primera vez que puse en ti los ojos!
-¡Probártelo!... ¿Quieres mejor prueba que mi presencia aquí?
Y Leonor, atraída por Fernando, apoyó la cabeza en su hombro.
Fernando, oprimiendo la gentil cintura de la dama, besando la hermosa frente que sobre su pecho desfallecía, alzóse del diván con estudiada lentitud, casi teniendo a la joven suspendida en el aire.
De este modo, despacio, sin que se oyera el ruido de sus pies en la alfombra, cruzó el gabinete, y llegando junto al tapiz lo alzó sobre el grupo que él y la duquesa formaban.
Por bajo de sus pliegues pasaron, y de golpe cayó el tapiz, donde un amor aleteaba sobre un desnudo maravilloso de mujer.
Capítulo V
El conde era un caballero de industria, arropado con una ejecutoria.
Derrochó prontamente en juego, galanteos y orgías la pingüe herencia que le transmitieron sus padres, e inútil para todo trabajo, incapaz de avenirse con la pobreza, acudía a las más ruines artimañas, a fin de sostener aparentemente su rango.
Ayudábanle al logro de la empresa su buena fortuna en el juego, el miedo que su bravura imponía a los acreedores, el señuelo de sus títulos nobiliarios, y, más que nada, la sugestión que ejercía sobre las hembras.
Fernando era maestro en rendirlas, en ponerlas a su merced; no tanto lo hacía por disfrutar de ellas, como por tenerlas propicias a sus explotaciones. De ahí que sus queridas fueran siempre damas adineradas.
En brazos de este hombre había caído Leonor. Y fué lo más malo para ella que la vanidad, de una parte; de otra, el dominio que sobre su carne ejercía el buen mozo, la esclavizaban a él. Hallaba en él lo que en su chulo las perdidas de baja condición: un lujo y un amo.
Más de una vez había acudido ya Nuévalos a la duquesa para salir de apuros. Al principio se los comunicaba indirectamente, en forma tal que, sin él demandarlo, ella acudiera a su remedio, por unas horas o unos días, los menester a que reuniera fondos el galán y reintegrase a su amada del anticipo.
Sólo así aceptaba Fernando esta clase de préstamos. Es de consignar que las tres o cuatro primeras veces devolvió pronto los anticipos que le hizo la duquesa, acompañándolos con regalos que, para no ser atribuidos a pago de intereses, apenas tenían valor.
Así obraba al principio. Después, seguro de que la Neblijar sentía hacia él invencible pasión, idéntica a la que sienten el alcohólico y el morfinómano por el veneno que les mata, suprimió las ficciones, presentándose tal como era.
-¿Me quieres para ti sola, por siempre, sin regateos de placer? Sostenme solo y siempre y sin regateos de dinero. Soy un amante caro, verdad: para eso eres rica. A nada te obligo; pero cuenta que, si no renuncias a mí, te has de obligar a todo.
Este fué el ultimátum, presentado, no escuetamente, en forma diplomática, al uso cortés de esas cancillerías que, cuando desbalijan a un pueblo, parece que le hacen un favor.
La duquesa se sometió. ¡Qué someterse! Le envanecía ser quien sostuviera la vida fastuosa del buen mozo; quien le acorriera en el pago de sus trampas de club, en sus angustias de prócer sin recursos, precisando de aparentarlos, para actuar de hombre a la moda, de rey de la varonía aristocrática.
Al cabo Neblijar, antes del matrimonio, reconoció a su esposa una renta vitalicia de diez mil duros, inscrita a su nombre en tal forma, que Leonor podía usufructuarla, sin rendir cuentas de ninguna índole legal. Dicho se está que, extralegalmente, nunca las exigió, ni las exigiría el duque.
Bien podía Leonor cercenar a sus padres, en beneficio de Fernando, la cuantiosa parte que de aquella renta percibían los viejos Pérez de Carmona, para darse en el lugarón andaluz humos de feudales señores.
-¡Que se aguanten! de sobra habían con las fincas que el duque les entregó desempeñadas o readquiridas. ¿Para qué necesitaban más? ¡Dos carcamales llenos de goteras, que el día menos pensado darían en el cementerio de golpe!... ¿No era mejor que los diez mil duros fueran a manos de su amante, del hombre a quien envidiaban todos los sportsman de Madrid y por quien se pirraban todas las damas del gran mundo?
¡Poco gozaba la duquesa cuando, en el paseo, en las carreras, en los teatros, en los bailes y recepciones, veía a su amante rigiendo el freno de soberbios caballos o el guía de magníficos automóviles; distinguiéndose entre los demás por la elegancia de sus ropas, por el buen gusto y riqueza de sus alhajas, por la gallarda varonía de su actitud! ¿Qué satisfacción comparable a la de saber que todo aquel fausto provenía de ella, y que, por tal causa, el buen mozo, que era su dueño, era también su esclavo?
Nada le importaba, en trueque de estas satisfacciones, tener empeñada su renta personal, donde mordían tres o cuatro usureros; nada entramparse con modistos y mercaderes; nada acudir al viejo administrador de la casa en requerimiento de sumas, cuyo empleo no tenía racional justificación.
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