Capítulo I
Frontera
Al divisar desde lejos el río, cuya corriente separa la tierra francesa de la española, Pedro, de pechos en la ventanilla, experimentó extraordinario impulso de júbilo insensato, un rapto, un vértigo. Desde Bayona presentía la emoción, latente en el alma. ¡El momento de cruzar la frontera...! ¡España por fin!... Así y todo, se sorprendió de la violencia de aquel ímpetu, y procuró dominarse, pues le venían ganas de saltar del coche, de besar el suelo, de llorar y de reír, todo junto.
El fresquecillo de la rauda columna de aire, mezclado con humo y partículas de carbón, que levanta el tren -aire que ya era español-, aumentó la excitación de Pedro. Género de embriaguez bien disculpable, tumulto de la sangre generosa en un cuerpo mozo y sano, robustecido por el deporte, no gastado por hábitos viciosos. Dimanaba de algo muy íntimo; de cosas pegadas al corazón. ¡Esto de entrar en la patria! «España, España...». Repetía en voz baja el nombre, como se repite el de una mujer en los balbucientes transportes del amor dichoso. Sus ojos se espaciaban por el paisaje, algo sorprendidos de encontrarlo idéntico al que quedaba atrás y a Francia pertenecía. La misma naturaleza agreste, los mismos vallecillos alternando con parduzcas laderas... Caserío idéntico... Igual estructura... Encogiose de hombros. ¿Qué tenía de extraño? ¿Qué realidad física implica una frontera?
Para no seguir empolvándose, metiose adentro y subió el cristal. Costumbres de pulcritud le mandaron abrir el saco de flexible tafilete que ostentaba en plata sus iniciales -P.N.G.- y sacar un cepillo que pasó reiteradamente por el cuello y los hombros de su elegante ulster: La impaciencia, la tensión de sus nervios, no le permitían sentarse y enfrascarse de nuevo en el volumen de la colección Tauchnitz, que momentos antes le había entretenido. De pronto, sobresaltose de alegría: acababa de oír vocear periódicos en lengua castellana. ¡El Siglo Futuro, Imparcial, Liberal, El Correo Español! Abrió la portezuela, buscó moneda de cobre en el bolsillo, sueldos franceses aún, y compró todos los diarios, carlistas y republicanos... en montón. No tuvo tiempo ni de escoger uno, pues recordó que allí registraban. La noción de la frontera patria se definía concretamente: era el vejamen del fisco.
Si alguien quiere convencerse de que Pedro es persona de encumbrada posición social y refinados gustos, asista a la operación del registro de sus baúles y maletas, curioseando el contenido sin necesidad de calzarse los toscos guantes verdes de los carabineros. No hay revelación más elocuente de las aficiones y el modo de ser íntimo que un equipaje: el equipaje es la casa en abreviatura, y la personalidad imperiosamente expresada por cierto número de objetos. Ricas, sólidas y del más reciente modelo, eran las maletas que Pedro fue abriendo con llavecillas de acero brillante; y en su seno contenían, amén de mucha ropa blanca como la nieve y de holanda exquisita, y no poca de color, que delataba la maestra tijera de algún sastre de Piccadilly, buen golpe de libros, cinco o seis armas primorosas, una caja de acuarela, un pocket completísimo, con surtido de películas y placas, algunos cachivaches bonitos, bronces japoneses, recado de escribir de ágata y oro, y hasta un crucifijo de marfil, antiguo, en estuche de terciopelo. La fila de los bagajes de Pedro, que ocupaba buen trecho de la banqueta destinada al registro, y acaso también el aspecto del mozo, llamaron la atención a dos señoras que en aquel momento cruzaban de un lado a otro de la estación -sin duda para dirigirse al tren formado- y que se detuvieron haciéndose disimulada seña. A su vez Pedro, volviendo la cabeza, reparó en las viajeras, y solicitador por la singularidad provocativa de su vestir, entretuvo en ellas la vista. En vez de los sencillos y masculinos trajes de viaje que usan las damas, lucían atavíos de exagerada elegancia y lujo, caprichosos y vistosos, y sombreros recargados de plumas, de forma original y atrevida. La suposición más probable cruzó por la mente de Pedro. «Palomas torcaces». Y, a renglón seguido, sus pocos años gritaron allá dentro: «¡La rubia... qué guapa!».
Lo era en verdad. Más bien pequeña, blanca, de menudas e infantiles facciones, sus ojos color de avellana, flechadores y picarescos, reían al par que la descolorida y fresca boca, de dientes nacarinos, húmedos, diminutos. La semejanza de tono de la tez, del pálido cabello y de las pupilas claras, hacía el conjunto armónico y fundido -la deliciosa unidad de color de las pinturas al pastel-. Al levantar un tanto la crujiente falda de seda verde, rebordada de encaje rojizo, lucía una mano chiquita delatada por el guante de Suecia, y enseñaba el pie calzado con puntiagudo zapato y preso en la media de seda negra, casi transparente, rielando sobre el empeine curvo, de española. Embelesado la miraba Pedro, sin fijarse en la compañera, más alta, trigueña, ni fea ni hermosa, de busto gallardo, empaquetado en una original cotilla de terciopelo naranja, recamada de turquesas falsas y lentejuelillas de acero. «El caso es -discurría Pedro- que, no fijándose en lo insolente de la toilette, cualquiera las toma por damas principales. Pero ¡quia! Con ese avío... Y me miran; se fijan en mí; se sonríen... Se dan al codo...».
La voz aguardentosa y ruda del carabinero, obligó a Pedro a despreocuparse de las viajeras. «¿Tiene usted algo que declarar?». «Sí», respondió con lisura. «No algo, sino bastante. La ropa blanca del baúl grande es nueva casi toda... Hay ahí armas sin probar... También algunos objetos... El tintero... el cartapacio... Y de la ropa de paño, yo diré qué prendas no se han usado aún...».
-¡Ah! -exclamó con extrañeza el carabinero, que en aquel punto descubría el baúl alzando torpemente su bandeja, con movimientos apelmazados-. Pues la ropa blanca... si usted no lo dice... Como ya viene planchadita...
-No la he puesto nunca -respondió el mozo-, y por consecuencia... Además, petacas y bastones...
El buen hombre alzó las cejas y meneó la cabeza.
-Vamos, es un cargamento lo que se trae usted... Voy a llamar al vista, y tendremos adeudo largo. Haga el favor de aguardar...
-¿Cómo adeudo largo? -protestó vivamente Pedro-. Agradecería a ustedes que abreviasen. Tengo que coger el tren y ya falta poco para la señal. Pago lo que corresponda, cerramos las maletas, y andando.
-¿Y se figura usted que eso puede ser por los aires? Media hora lo menos se gastará en adeudar... -declaró el carabinero solemnemente.
-¿Pero no hay aquí -exclamó impaciente el joven- algún empleado racional que se haga cargo y me despache en un vuelo? A ver, yo indico los objetos; ustedes conocerán la tarifa...
-Ch, ch, ch... -articuló el carabinero con desesperante flema y descortés familiaridad-. Si tenía prisa... no traer tanta divina cosa, señor.
-¡O no declararlas!... -añadió un acento irónico y suave a la vez, acompañando el dicho con una inteligente carcajada, seguida de otras, en escala, como gorjeos de ave canora y alegre.
Volviose Pedro: eran las viajeras que se burlaban de él. Bajo los velitos de moteado tul, que envolvían en cándida niebla los rasgos de la fisonomía, la risa mofadora descubría los dientecillos, cavaba en las mejillas hoyuelos tentadores. La impresión estética no disminuyó la mortificación y el enojo de Pedro. Es más: el consejo que le daban tales risas le pareció propio de gente equívoca y baja. «¡No declarar! ¿Soy algún contrabandista?». El sentido de su educación inglesa, basada en el respeto al convenio legal, influía en él. «Lo que creí: palomas torcaces. Lo prueba esta misma confianza que se toman con un desconocido...». Les lanzó una ojeada desdeñosa, creyendo así paliar lo ridículo de su situación. Las risas continuaban, plateadas y cortantes; y fustigado por ellas, a pesar suyo volvió Pedro a fijarse en la rubia, a distinguirla: estaba encantadora; un lunar de terciopelo del velito traveseaba en su sien, levemente sonrosada por la animación de la broma, y sus facciones ofrecían el movido de una terracotta nerviosamente modelada.
Sin apresurarse acudió el vista, y su primer pregunta a Pedro tuvo la entonación desapacible y glacial de una reprimenda: «¿Es usted el que quiere aduanar género?». La rubia, por lo bajo, dijo a la trigueña: «Ese, de seguro, estaba en sus glorias almorzando, y ahora el milord le chafa los postres... ¿Será memo?». «¡Pobrecillo!...», repuso la trigueña. «Ahí tienes, por portarse como un caballero...». «Pues ya se ve -afirmó la rubia guiñando un ojo-. Para caballerías estamos... Ea, vámonos, hija; ya tiene para rato tu don Quijote... A buscarnos un rinconcito cómodo...». Volviendo la cabeza atrás, como el que sale mal de su grado de un teatro donde se divertía, las dos viajeras se encaminaron al andén, pasando tan cerca de Pedro que casi le rozaron con sus ruge ruges de seda y sus volanderas garzotas. «Pues no huelen a perfumería -discurrió el mozo- ni gastan afeites ni arreboles... Género de primera...». Al producirse el contacto, la rubia murmuró con retrechería, no tan bajo que no se oyese: «Si este bobalicón de extranjis suelta a tiempo un par de duros... coge el tren; ¡vaya si lo coge!». Dejando a Pedro atónito, apretaron el paso, desaparecieron por la puerta de cristales... Quedose el mozo de plática con el vista, el cual, positivamente malhumorado, fuese por los motivos que suponía la rubia o por otros imposibles de averiguar, mostraba una sequedad y tiesura de mal agüero. Fue inútil que Pedro, primero afablemente y después en tono más apremiante y firme, le suplicase rapidez en la aplicación del formulario del adeudo. El tren se ponía en marcha trepidando, se quedaba sorda y solitaria la estación, cuando el empleado, con insufrible lentitud, empezó a desempeñar su cometido. Miró Pedro el reloj; eran las doce y veinte. Buscó después la guía y la hojeó: el primer tren utilizable, a las seis de la tarde. Otro se descompondría, juraría, pronunciaría frases de acre censura y despecho. Pedro tenía, por virtud de ciertas enseñanzas recibidas, la costumbre de no gastar energías en balde; repugnábale además dar proporciones desmedidas a contrariedades pequeñas. Recobró su adquirida flema y se consagró tranquilamente a la tarea de desdoblar, desempaquetar y desenfundar su ropa, trastos y armas, auxiliando con la mejor voluntad aparente y la más estricta cortesía al empleado. Quería acabar lo antes posible para almorzar y aprovechar las horas sobrantes, contrapeso de la vida, en recorrer a pie las cercanías de Irún. Y fue el carabinero el que, apiadado, trocando la aspereza en benevolencia, aprovechó una vuelta del vista para susurrar a Pedro confidencialmente:
-Usted se hará cargo... Lo que está mandado... Nosotros... lo que nos ordenan hacemos... Pero, si quisiesen, ya podían haberle despachado antes...
Capítulo II
Personal
El hotel nuevecito, flamante, de los duques de la Sagrada -que representan dentro de la grandeza española la preclara estirpe de los Noroñas y Sahagunes, enlazada con la no menos ínclita de los Cachupines de Laredo, ya linajudos en tiempo de Miguel de Cervantes Saavedra- no se eleva en la misma Concha de San Sebastián, sino pueblo afuera, camino de la residencia regia de Miramar -gozando de aires puros y de grato silencio semicampestre-. «Siempre me encontrarán cerca de la monarquía», suele decir el Duque, aficionado a discretear y a jugar del vocablo, sobre todo cuando no le rendían los años ni le abrumaban los achaques. Tiene el hotel delante su verja negra y oro, cerrando una escalinata; su jardín de canastillas de grass, con las indispensables musas y las eternas coníferas, bien regadas y charoladitas; a la derecha del jardín las cuadras y cocheras, de estilo británico, amplias, suntuosas; a la izquierda un invernáculo reducido, de plantas de hoja rara, pintorreada y velluda, que el jefe de comedor saquea para armar sus centros de mesa, y la camarera mayor para poblar las jardineras de los tocadores.
Interiormente, la mansión ducal -sin lujo asiático ni maciza suntuosidad- es coquetona, atractiva, decorada con acierto y gusto. Ha madrugado allí la moda de las telas claras, de colorido armonioso, y de los mobiliarios blancos y ligeros; la proscripción del bibelot barato y el buen sentido de la colocación agradable y de las líneas graciosas, sin exageradas pretensiones artísticas. Hay una sala Luis XV, un gabinete María Antonieta, una galería y un comedor Imperio -todo sencillo, caracterizado únicamente por algunos muebles fielmente reproducidos, pero que no aspiran a engañar a ningún conocedor, y por la discreta elección de adornos y cortinajes-. Diríase que han querido los Sagrada desquitarse durante la época del veraneo del empaque y tiesura señoril de su caserón en la Corte. Verdad que el mobiliario del caserón proviene de los padres y abuelos del Duque, mientras el cuco hotel de San Sebastián se ha arreglado a gusto de su nuera, la joven y mundana condesa de Lobatilla.
Sentados a la mesa sorprendemos a los varones de la familia de la Sagrada y a varios íntimos comensales; las señoras faltan; se almuerza sin ellas. Ocupa la presidencia el Duque, don Gaspar María de Noroña Sahagún Mendoza y Zurita de los Canes, acentuado tipo español, cabeza goyesca, de manolo de 1808, que guarnecen pobladas patillas grises; de enarcadas cejas, nada alegre de ojos, fisonomía grave, semitriste, de las que tan frecuente es encontrar en hombres chuscos y donairosos en la conversación, que subrayan el chiste y la bufonada con una seriedad imperturbable y no celebran jamás sus propias ocurrencias. A la diestra del Duque se sienta, en ausencia de su pupila Rafaela Seriñó, el capellán, don Domingo, a quien el Duque llama don Cuotidiano -porque la misa es diaria en el exiguo oratorio del hotel-. A no ser por los latines del santo sacrificio, y los de la bendición y acción de gracias a las horas de comer, las ondas sonoras del aire ignorarían la existencia de don Cuotidiano, «la menor cantidad de capellán posible» en opinión de la nuera del Duque, que no dejaba de añadir: «el bello ideal del capellán, por consiguiente».
En la presidencia frontera se arrellana la oronda humanidad de don Servando Tranquilo, eminencia política un tanto borrosa en punto a principios, y en cambio perfectamente definida tocante a personales aspiraciones. Los historiadores venideros se darán de calabazadas si pretenden inquirir qué representó don Servando en la existencia de la patria, desde 1885 a 1897, y por qué esa patria manirrota y bonachona le prodigó cuantos honores, distinciones y cargos bien retribuidos pueden simultáneamente recaer en un ciudadano. Amaga ahora su cuello el borrego de oro, conquistado harto más descansadamente que ganó Jasón el vellocino de la Cólquida, y don Servando espera a que pase el animalito para meterlo en el redil. El atracón de brevas -la fiase es del Duque- no altera las plácidas digestiones de Tranquilo. «Con las brevas, vino bebas», murmuraba don Gaspar al servirse el rancio Borgoña. Y Tranquilo, recogiendo la alusión plácidamente, respondía: «Mire usted, aunque sea sin vino... las brevas no hacen mal estómago».
A la siniestra de don Servando, el segundón, de la Sagrada, Carlos Borromeo, en quien ha recaído por cesión del primogénito el título de vizconde de la Gentileza, título muy viejo en linaje, muy histórico en Andalucía, pero... La cabeza de Borromeo Noroña, sentado y todo, apenas llega a los hombros del corpulento don Servando; su rostro, caricatura del moreno y castizo semblante paternal, es verdoso, consumido, y tiene ese sello de ansiedad que se observa en los gibosos; la deformación de su pecho y su espalda es bastante visible. Borromeo tiene, a pesar de todo, dos cosas buenas: los ojos, árabes, de terciopelo, y las manos largas, inteligentes, de marfil.
Al otro lado de Tranquilo, el mayor, sucesor en el Ducado: Mauricio, conde de Lobatilla. La raza ibérica no es muy escultural de formas, ni muy pura; africana en su origen, no ha recibido acaso -hay que irse con tiento en tan arduas cuestiones- bastantes elementos indoeuropeos para descollar por hermosa, y sólo excepcionalmente produce un ejemplar comparable al primogénito de Noroña Sahagún. «Estampa así, ni el caballo de bronce», afirmaba el Duque. Proporcionada la estatura, el rostro tan simpático que hacía perdonar algo más imperdonable que los defectos -a saber, la excesiva corrección y pureza de las facciones-; los cabos, de intenso y rico tono castaño obscuro, abundantes, a maravilla dispuestos y como trazados por mano de diestro pintor, en arcos de cejas y pestañas, en arranques y picos vigorosos y delicados a la vez, de barba y pelo; la palidez mate, blanca en la frente, azulada en las sienes, casi dorada en las mejillas; el tronco revelando, aun bajo la vestimenta de nuestro siglo, que parece discurrida adrede para encubrir imperfecciones y tapar grotescas formas, rara perfección y viril gallardía; todo este conjunto de prendas físicas que había debido hacer de Mauricio, a los veinticinco, un guapísimo joven, hacía ahora, a los treinta y cuatro, algo más interesante aún: una figura de novela, expresiva, con huellas de un sentimiento profundo, que así podía ser pasión como desengaño. Estas señales de combate interior quitan a un rostro hermoso la vulgaridad, lo afinan, lo alumbran con luz sentimental, lo elevan a lo sublime. Además, Mauricio, calumniado por su incorregible padre, que le comparaba a un corcel, y de metal, no era un buen mozo basto; poseía también la nativa distinción, el aire, el señorío; y cuando en alguna arcaica ceremonia de las órdenes cruzaba el templo, arrastrando su blanco planto de santiaguista, tocada la cabeza con el romántico birrete, lo que en otros parecía grotesco disfraz o traje de ópera, en él era como legítima restitución de ambiente, como fondo natural de la apuesta y aristocrática figura. Cualquier movimiento de Mauricio -su modo de dejar el cigarro en el cenicero- decía a gritos: «Soy bien nacido; tengo quinientos años de raza».
Ver juntos a los dos hermanos, Mauricio y Borromeo, hacía presentir un drama, de esos que tienen por escenario el corazón -si es que en el corazón radican efectivamente los sentimientos de cariño, y los de odio por consecuencia-. Sin saber lo que luchaba en los espíritus, los cuerpos contrastaban de tan violento modo, que era trágico. Hermanos tales no podían vivir bajo el mismo techo, sin que la continua herida del amor propio vertiese negra sangre. Dos circunstancias hicieron imposible que se cerrase un momento: las inconsideradas agudezas del Duque y la malhadada coincidencia del título que Borromeo llevaba. Don Gaspar era capaz de esgrimir el puñalico de su ingenio contra sí mismo, y no sabía envainarlo para no traspasar a Borromeo; el estribillo de sus crueles humoradas, era el retruécano basado en el título. «Gentileza, pareces un mochuelo... Gentileza, a ver si puedes enderezarte...». ¡Si se supiese lo que encierran las breves sílabas de un nombre! ¡Si se conociese el alcance mortal de la ironía que va envuelta en su sonido! Por borrar para siempre del aire el rastro fugacísimo de aquel vocablo que era una mueca, una sardónica burla -¡Gentileza!- daría Borromeo toda su sangre, la mitad de los años que aún le quedaban de arrastrar la vida... Hay gente que sería buena, tierna, generosa, sensata, si no hubiese oído nunca resonar ciertas risas. La risa destila veneno de áspides.
Dos comensales más; un amigote de Mauricio, Leoncio Boltaña -a quien un cronista de provincia calificó, incurriendo en bárbaro galicismo, de hombre de caballo-, y Celso Colmenar, familiarísimo del Duque. ¿Quién no conoce a ambos en el Madrid ocioso, y en esa prolongación estival de Madrid, que el mismo cronista designa con el nombre de bella Easo? Boltaña es el doctor admirable en cuestiones ecuestres, Colmenar el doctor irrefragable en puntos de tauromaquia. No obstante, la privanza de Colmenar en casa de Noroña no se deriva del placer que sentía el Duque, inteligentísimo también en cuanto se refiere a la fiesta nacional, al ocupar su contrabarrera en tan sabia compañía. Origen más alto y trascendental tiene, hay que reconocerlo; remóntase a tiempos anteriores a la Restauración, en que el taurófilo iba y venía a París con misiones y encargos reservados, que le daban entrada franca en las más inaccesibles mansiones de la grandeza. Si Colmenar nació o no nació en las pajas; si su madre ejercía el oficio de pupilera; si su padre era un honrado veterinario; si él mismo, en los albores de su colaboración a la historia de España, llevaba aún los dedos pringados de vender butifarra, en una tienda de ultramarinos... puntos son que ni quitan ni ponen. Hoy Colmenar pisa las alfombras de Palacio, es gentilhombre de casa y boca, y se sabe de memoria las precocísimas espontaneidades del gracioso reyecito, lo mismo que antes repetía y comentaba las felices salidas y los oportunos juicios del malogrado monarca a quien había servido activamente en la penumbra. Para un almuerzo de confianza, otros convidados menos agradables que Colmenar se han visto. Como que estaba al tanto de la vida y milagros de toda la corte no celestial, y de bastantes menudencias político-chismográficas. Un solo defectillo se advierte en Colmenar, defecto que al aire libre no molesta, pero que, bajo techado, es un castigo. «La verdad -exclama el Duque así que Colmenar vuelve la espalda-, a este no digo yo que no le hiciese gentilhombre de casa; pero de boca... ¡como primero no fuese a dragársela y a limpiarse los fondos con el mejor dentista...!». Y apenas Colmenar aparece, ya está don Gaspar sacando del bolsillo un amplio pañuelo con gotas de Rimmel, y ofreciendo al taurófilo una fuerte pastilla de menta, en tono coercitivo.
Capítulo III
Centellitas
La conversación prorrumpió con ciertas observaciones, entre encomiásticas y críticas, que hizo el Duque a la lista de platos. Sin meterse en si es o no elegante consultar esa cartulina -golosos y glotones de altísima escuela afirman que conocer la lista de antemano es cohibir el ensueño gastronómico y además poner en duda la infalibilidad del jefe-, don Gaspar nunca perdonaba el menú: servíale de guía para hacer ciertas concesiones al método que los facultativos le mandaban seguir, temerosos de que la gota subiese de las extremidades a los focos de la vida. Cuando se quejaba -con efusión y verbosidad de egoísta, que impone a los demás lo que a él solo interesa-, don Servando Tranquilo, siempre chancero, citaba con énfasis:
Ya me comen, ya me comen
por do más pecado había...
Bien había pecado por el estómago el Duque, merecedor de largo ayuno en el círculo dantesco. Mientras ponía en las nubes los huevos a la rusa, revueltos con caviar -receta de Mirovitch, el secretario de la Embajada-. Boltaña se descolgó protestando de que ni con caviar ni con gloria divina tragaba él a las rusas; y como, efectivamente, las diplomáticas moscovitas de la colonia veraniega no eran cosa de gusto, rió Colmenar y sonrió benévolamente don Servando. Mauricio, ceñudo, desganado, ni atendió ni quiso servirse. Procedía su mal humor de que él prefería esperar a su mujer aunque fuese hasta las dos de la tarde; no era comilón, y la impaciencia le quitaba el ya escaso apetito. El Duque le interpeló:
-Porque te dejes morir de hambre, cabeza de estudio, no añade carbón el maquinista... Pues si fuésemos a sujetarnos a las horas del tren... esta casa sería la fonda de la estación. Las señoras, hace más de una semana en Biarritz, a vueltas con los trapos; el sobrinito siempre amagando llegar y no llegando nunca...
-¿Has tenido carta, papá? -preguntó con interés Borromeo.
-Desde la última de París... ¡Una quincena de fecha! ¡Bah! Que venga cuando le dé la ventolera... Así como así...
-La mía es más reciente -dijo Borromeo-. Del 11, y estamos a 16... No fijaba día.
-¡Naturalmente! -declaró el hípico, que en sacándole de su especialidad, no decía sino patochadas-. ¡Que suelten en París a un muchacho con guita y al momento se recoge al hogar paterno de su tío!
-Estará en París como el ratón en el queso -corroboró don Servando.
-Tan ricamente -asintió Colmenar.
-Pues no saben ustedes lo que se pescan -replicó Borromeo, que generalmente desestancaba la bilis disputando con los convidados, ninguno santo de su devoción-. Confunden ustedes a Pedro con los niños de la goma. Se les figura que estraga en París la vida y despabila el dinero, como harían los monines que conocemos todos. Lo menos creen ustedes que se pasa las horas muertas admirando el rabo de un potro, o tirando de la oreja a Jorge en algún club...
Al hablar así, Borromeo fijó en la cara de su hermano los ojos negrísimos, y recogió y saboreó rápida expresión de sufrimiento.
-Pedro -continuó con vehemencia- les va a dejar a ustedes turulatos. Les parecerá un bicho raro... Van ustedes a presumir que viene de otro planeta. No acertarán a comprenderle..., porque es... ¡un hombre!
Con entonación insolente Boltaña profirió:
-¿Y qué somos los demás, sabandijas?
-Tú... eres centauro -repuso prontamente, Borromeo-. Para encontrarte cabal necesitas cuatro patas y cola.
-¡Anda, venenoso! -refunfuñó el gentleman ridder entre dientes, sin saber si debía enojarse de veras.
-Clasifíqueme usted, Vizconde -suplicó reposadamente don Servando Tranquilo.
-¿Usted...?, pero si ya estaba usted clasificado, ¡y por Linneo! Es usted rana... de brillantes y esmalte verde ¡Qué honor! En la colección zoológica del guardajoyas de una dama, que tiene un arca de Noé de pedrería, figura usted entre los batracios... Algunos aseguran que usted no es rana; pero la mayoría está conteste en que sí. No ha ascendido usted a lagarto. Se espera que antes le promuevan a borrego...
Después de andanadas por este estilo, Gentileza se quedaba algo aliviado; en cambio el Duque, que se creía único poseedor del derecho de arañar, y realmente no arañaba tan sangriento, lanzaba a su hijo una ojeada fulminante, y cambiaba el giro de la conversación, generalmente en tono desdeñoso para Borromeo.
-A ver, sabiondo -articuló remedando el cadencioso tonillo de los actores que representan papeles de chulos-, entéranos de por qué el Niño es todo un hombre y los demás, por lo visto, bichos del Museo... Señores -añadió, recobrando su natural pronunciación, castellana fina y correcta-, la verdad es que mi sobrino, con tanto estudiar y tantos requilorios y exquisiteces, de juro tendrá la cabeza lo mismo que un bombo americano. Sabe Dios si a fuerza de libros me le han vuelto tonto de remate... (Estos de la tontería pegada por los libros era para don Gaspar artículo de fe.) De cuantos sabios conozco, sólo no es pedante Cánovas... En fin, no es culpa mía si el Niño... Debe de venir lleno de aprensiones y de manías contra todo lo de su tierra.
-Error craso... -interrumpió Borromeo.
-Error obeso se dice. Sé bien parlado -advirtió Boltaña, con una risotadita.
-Obeso, adiposo o como te dé la gana, Cervantes... Entérense de que Pedro, al contrario, siempre me escribe que sueña con España, que es su mayor ilusión vivir aquí, y que se creerá en el quinto cielo cuando lo realice.
-¿Y por qué no lo ha realizado ya? -objetó don Servando-. Supongo que no está sentenciado a extrañamiento...
-Pues lo estaba -advirtió el Duque-. ¿Qué quieren ustedes? Cosas de mi hermana Anita, que fue mujer de gran talento, ¡eso sí!, pero rara... Dios nos asista si el chico sale a su mamá. Como ella y yo quedamos huérfanos tan chicos, Anita cayó en poder de una famosa aya irlandesa, que vino recomendada a O’Donell y que él nos metió en casa... Se alababa de parienta del General: familia antigua. Pues mi Anita tanto se encariñó con la Odónela, que al casarse con don Pedro Arbués Niño de Guzmán y Leiva -de la misma pata derecha del Cid, y rico, pero señorón ya talludo-, se llevó a Sevilla a su miss ¡Miau! indispensable y allí la tuvo consigo como tendría a una madre, hasta que se murió de vieja... Nace este chico y, ¡claro!, la papilla debió de dársela miss ¡Miau! que también le zagalearía.
Riéronse todos, excepto Mauricio, que no quitaba ojo al característico reloj de bronce y mármol, donde el Tiempo, inflexible, alzaba su guadaña y empuñaba su clepsidra. Las dos menos veinte, y el tren llegaba a las dos y cinco... ¡Todavía, entre unas cosas y otras, media hora lo menos!
-Anita- prosiguió don Gaspar-, así que se quedó viuda, se marchó con el unigénito a Inglaterra. Claro: ¡aquel clima infernal! Casi inmediatamente una pleuresía... y al otro mundo. Yo iba a hacer lo natural, señores; traerme a casa al chico, que estaría en sus nueve años... Cátate que se abre el testamento de mi hermana, y nos encontramos unas disposiciones perentorias, que el nene se educase fuera de España hasta los veinticinco y que dirigiese su educación un cuñado de la Odónela, un irlandés estrafalario que por poca entra jesuita... Cumplimos religiosamente los deseos de la madre. Entre colegios británicos y universidades germánicas y ese ayo tan elevado a la raíz cuadrada de lo sublime, buena le habrán puesto la chola a mi sobrino. Eso sí, dicen que rema, que boxea, juega al foot y al polo y hace todas esas hazañas de mozo de cuerda, que ahora son moda. Aquí, si tiene puños, le enseñaremos a derribar; ¡por vida de los apóstoles! A los veintitrés podía haberse venido ya; era dueño de su caudal y de su personita... Se lo escribí. No quiso. Había de cumplir el programa de su madre... Diga lo que diga ese termómetro sin azogue -añadió el Duque, señalando a Borromeo-, las ganas de venir a España no deben de sobrarle. En julio hizo los veinticinco; estamos ya en septiembre... Se ha entretenido en Bélgica y Holanda, después en París. ¡Vendrá por la Pascua... o por la Trinidad!
-¿Qué apuestan ustedes a que no tarda ni ocho días? -porfió Borromeo.
-¿Te lo ha escrito? Porque entonces, no apuesto...
-No; repito que no señalaba fecha... Tengo presentimiento. Veremos si me engaño.
Encogiose de hombros Boltaña, que no creía en presentimientos ni cosa que se parezca; alzó más las melancólicas cejas el Duque; y don Servando -rompiendo el pasajero silencio que coincidía con la aparición gloriosa del jamón en salsa de trufas al madera, dulce y cruel tentación para don Gaspar, que solía expiar la flaqueza de disfrutarlo con rabiosas dentelladas en las articulaciones de los pies- preguntó en el tono que en sociedad se emplea para aparentar interés por lo que realmente nos tiene sin cuidado:
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