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Las veladas del tropero

Godofredo Daireaux · 1919 · Free in the US

81,719 words · about 5 h 43 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

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Licence: PD-US · Published in 1919 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=Las_veladas_del_tropero&action=history). · Wikisource contributors

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About this book

Author
Godofredo Daireaux
Language
Spanish
Published
1919
Length
81,719 words · about 5 h 43 min
Sections
32 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (32)
  1. Front matter under 1 min
  2. Cuerocurtido about 10 min
  3. Don Calixto, el dadivoso about 11 min
  4. El alambrado de don Cornelio about 12 min
  5. El buey corneta about 12 min
  6. El gaucho del gateado about 9 min
  7. El hombre del facón about 12 min
  8. El hombre que hacía llover about 9 min
  9. El idilio de Lorenzo about 12 min
  10. El ojo filiador about 12 min
  11. El petizo overo about 12 min
  12. El poncho de vicuña about 15 min
  13. El rancho de los hechizos about 12 min
  14. El rebenque de Agapito about 9 min
  15. El sobrante about 11 min
  16. La bombilla de plata about 10 min
  17. La estancia del dormilón about 13 min
  18. La guachita about 11 min
  19. La guitarra encantada about 14 min
  20. La olla de Gabino about 15 min
  21. La piedra de afilar about 12 min
  22. La pulpería modelo about 11 min
  23. Las botas del potro about 9 min
  24. Las brutalidades de Plácido about 8 min
  25. Las hazañas del Travieso about 10 min
  26. Las huascas de Timoteo about 13 min
  27. Los huevos de avestruz about 10 min
  28. Prólogo about 3 min
  29. Quien sueña, vive about 12 min
  30. Siempre conforme about 13 min
  31. Suerte peligrosa about 12 min
  32. Vivir como un conde about 10 min

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BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»

GODOFREDO DAIREAUX

Las veladas

Cuerocurtido

Lo único que quería doña Serapia era que de una vez se cristianara a ese chico.

-Así no puede quedar -decía ella-: ¡Infiel, a los ocho meses! Ya es tiempo de hacerlo cristiano.

Don Anacleto no decía que no, pero postergaba la ceremonia por no haber podido todavía encontrar un compadre a su gusto. Ya tenía de compadres a todos los hacendados y puesteros medio pudientes de la vecindad, y no quedaban más que los paisanos pobres, los que no «hacían cuenta». Y todos los días, era la misma pelea con su mujer, ella apurando, nombrando a Fulano, a Zutano y a Mengano como candidatos aceptables, y don Anacleto desechándolos.

-Buena gente -decía él-, buenos compañeros, para pagar, así, de pasada, una copa o dos, pero para compadre se necesita otra cosa, gente formal, de fundamento, que tenga siquiera algo que regalar al chico.

Y pasaban los meses.

Una noche, después de cenar y de acostar a la ya numerosa caterva de criaturas con que los había favorecido la suerte, don Anacleto y su mujer, sentados en la cocina, cerca del fogón, rebatían, entre mate y mate, el tema de siempre, cuando llamaron en el palenque.

-¡Buenas noches! -gritó una voz desconocida; y don Anacleto, levantándose, entreabrió la puerta, salió por la rendija, volvió a cerrar ligero, se agachó y, a pesar de la oscuridad, alcanzó a divisar dos jinetes parados que esperaban la venia.

-¿Quiénes son? -preguntó.

-Reseros, señor, que venimos a pedir licencia para hacer noche.

-Bájense -contestó inmediatamente don Anacleto-, y pasen, nomás, sin cumplimiento.

Bien sabía que un resero siempre es hombre con plata, propia o ajena, y aunque no tuviera él nada que vender, porque sus animales estaban flacos, de puro instinto se le alegraba el corazón. Al que trae plata, amigo, hay que tratarlo bien: ya que de fijo no viene a pechar y que, al contrario, puede ser que...

Habiendo desensillado los dos jinetes, alzaron los recados y con don Anacleto entraron en la cocina. Eran dos paisanos, de buena presencia ambos, pero cuyas prendas de vestir señalaban marcada diferencia, como de patrón y de capataz.

Uno, de facciones muy finas, con la tez morena, los ojos vivos y relucientes, la nariz algo más que aguileña y los labios de rojo intenso entre la barba renegrida, llevaba blusa y chiripá negros y en la cintura un ancho tirador todo cubierto de monedas de oro y de plata. Su modo de ser y de tratar a su compañero no dejaban duda: era él el patrón.

El otro, aunque de traje muy decente también, no lucía tanto lujo y guardaba con el primero cierto respeto.

Doña Serapia les preparó un asadito, sólo para que no fueran a dormir de mal humor, les dijo ella, excusándose de que fuera tan poco el agasajo; y mientras se asaba la carne y circulaba el mate, se entretuvieron conversando con don Anacleto.

Éste, siempre en acecho de lo que le podía traer alguna ventaja, parecía haberles tomado un olorcito a posible provecho, y, con todo disimulo, andaba indagando quiénes eran, de dónde venían, a dónde iban, si eran de muy lejos, y mil cosas por el estilo que podían ayudarle en sus propósitos o hacerlo batir en retirada.

Las respuestas eran bastante evasivas, pero dadas con franqueza bonachona, y tales, que don Anacleto no dudó ya de haber encontrado al compadre de sus ensueños.

Dio justamente la casualidad que, en ese momento, se despertó la criatura en el cuarto vecino y empezó a llorar.

-Pobre -dijo la madre-; no es extraño que tenga pesadillas, infiel como está todavía, a los ocho meses.

Y pasó al dormitorio a tratar de hacerlo dormir.

Don Anacleto aprovechó la ocasión para tantear el terreno, sin fijarse en cierto movimiento, como de rabia reprimida de los forasteros, y especialmente del patrón, a esa palabra «infiel». Sin ver que éste había fruncido las cejas como al oír una injuria personal, don Anacleto, con la obcecación de su idea fija, le dijo que, efectivamente, tenía que cristianar un chiquillo, un varoncito muy mono -una preciosura, el muchacho-, y que si consintiera el señor en ser su padrino, lo podrían ir a bautizar el día siguiente; que quedaría muy honrado de que tan distinguido huésped aceptara de ser su compadre...

Pero ahí quedó cortado, y hasta todo asustado, al ver levantarse llenos de ira, al distinguido huésped y al compañero; y el primero le dijo:

-Para compadre, amigo, no sirvo yo, sépalo, y todo lo que puedo hacer por su hijo, ya que a usted se le ocurrió que debía ser su padrino, ¡es desearle que reciba más golpes y porrazos de todas clases, que cualquier hombre que haya existido y exista jamás en el mundo entero!

Y sin decir más, salió furioso de la pieza y se dirigió hacia el palenque, llevándose el recado y seguido por el compañero.

Don Anacleto se quería morir de aflicción, y mientras quedaba mirando la puerta como petrificado, oyó en el dormitorio el ruido de una caída; era su mujer que dejaba caer al chico en el suelo, y los gritos de la criatura confirmaron al desgraciado padre en el temor que ya lo tenía poseído, de habérselas habido con Mandinga y de haberlo hecho enojar con hablarle de cristianar y de bautizar, cosas que lo ponen siempre, por supuesto, fuera de sí.

Todavía estaba sin moverse don Anacleto, cuando volvió a entrar en la cocina el capataz del misterioso forastero. Venía a buscar el rebenque de su patrón que éste había dejado en la mesa, y don Anacleto se lo iba a entregar, cuando, acordándose, el muy astuto, que debía de ser el rebenque ese una prenda de inestimable valor para el que lo tuviera en su poder, lo agarró resueltamente y, echándose atrás, se lo negó al hombre.

El gaucho, entonces, humildemente, le suplicó que se lo devolviera, pues, de otro modo, su patrón lo iba a matar o hacer con él cosa peor.

-Bueno -le dijo Anacleto-, se lo devuelvo si me indica el medio de destruir el hechizo de que su patrón hizo víctima a mi hijo.

-No puedo, no puedo -contestó el gaucho, temblando.

-Entonces, salga de aquí, maldito -exclamó don Anacleto, blandiendo el rebenque, y esto bastó para que, en el acto, se dejase caer de rodillas en el suelo el infeliz, sabedor, probablemente, de lo que pesaba en las espaldas esa lonjita.

-Mire, señor -dijo-, destruir del todo el poder de las palabras de mi amo, no se puede; pero tóquelo despacio al niño con el rebenque y aunque sufra en su vida, como no lo puede ya evitar, más golpes y porrazos que cualquier hombre en la tierra, le puedo asegurar que será sin sentirlos.

Don Anacleto entró en el dormitorio, tomó de brazos de su mujer al muchacho que todavía gritaba bastante y lo tocó despacio con el rebenque. En el acto dejó de llorar la criatura y don Anacleto no pudo menos que admirarse; pero desconfiaba todavía, cuando, al darse vuelta para colocar al chico en la cuna, le pegó, sin querer, un golpe bárbaro en la cabeza contra la pared, y en vez de llorar, se rió la criatura, como pidiendo otro.

Don Anacleto y su mujer se quedaron estupefactos, aunque nada supiera todavía doña Serapia; pero el otro gaucho, apurado para irse a juntar con el amo que ya lo estaba llamando, empezaba a reclamar a gritos el rebenque; don Anacleto se lo entregó y corriendo detrás de él hasta la puerta, la cerró con estrépito, haciendo «cruz-diablo» a los huéspedes aquellos.

Y después le contó todo a doña Serapia, quien, por supuesto, se santiguó durante una hora, pensando con dolor que ya le sería imposible hacer cristianar a su hijo. Don Anacleto, él, tomaba las cosas con más filosofía, calculaba que al fin y al cabo, no venía a ser tan malo para el chico el terrible regalo del padrino improvisado, enmendado de modo tan feliz por el incidente del rebenque olvidado.

Y a medida que el muchacho crecía, más se hacían ver los admirables efectos de la providencial combinación. Como se lo había prometido el diabólico forastero, todo era para él ocasión para porrazos y golpes, y su vida hubiera sido un martirio sin igual, a no ser la compostura milagrosa producida por la indicación del capataz.

No pasaba la criatura cerca de una mesa sin pegarse en la cabeza; no salía al patio sin enredarse en el umbral, y sin caer al suelo; pero lo que a cualquier otro le hubiera roto la cabeza, o por lo menos hecho salir algún enorme chichón, a él no le dejaba siquiera moretón, y cada susto de sus padres por las caídas, o por los golpes que se daba, le causaba la mayor alegría; tan bien, que a falta de poderle llamar, según el calendario, Visitación o Guadalupe, Calasanz o Deogracias, le llamaron Cuerocurtido.

Esto de ver que ningún golpe le hacía mal, por supuesto, no tardó en hacer de él un muchacho atrevido como él solo. Más de una vez, don Anacleto lo quiso corregir, sin acordarse de que ni coscorrón, ni paliza le podían hacer nada. Los coscorrones sólo hacían doler los dedos que se le pegaban en la cabeza, y los palos se rompían en sus espaldas sin más resultados que hacerle reír a carcajadas.

Cuando peleaba con otros muchachos, siempre acababa por salir victorioso; no que pegara él muy fuerte, pues no pasaba de travieso y no era malo, pero por poco que se defendiera, pronto se cansaban los otros de recibir golpes; sin que los que le devolvían produjeran ningún efecto. Y todos los muchachos, por numerosos que fueran, se retiraban de la contienda, con los miembros machucados, la nariz hinchada, un ojo negro, una oreja ensangrentada o los dientes flojos, mientras que él seguía muy orondo y fresquito como una flor.

Desde chico, como cualquier otro gauchito, Cuerocurtido había empezado a andar a caballo, y desde el primer día hubo para él un surtido de porrazos y de golpes lo más variado. Cualquier espantada del caballo, cualquier tropezón, que para otros hubiera pasado inadvertido, con él, daba resultado completo, gracias al malévolo forastero, su maldito padrino; pero era por fin poco el inconveniente, ya que el caer no era para Cuerocurtido, gracias al roce del famoso rebenque, más que una pequeña sacudida, quizá agradable, pues siempre se levantaba riéndose. Sin contar que la domada del potro más bellaco no pasaba para él de un juego; como no sentía los golpes, no los temía y se le sentaba a cualquier animal sin recelo; y quizá suponiendo que, ya que los golpes no le hacían nada, tampoco los sentía el potro, con tantas ganas se los menudeaba, que el animal siempre acababa pronto por aflojar y darse por vencido.

Más de veinte veces, pues no era muy parador, efecto probablemente de la maldición, había rodado con tan mala suerte, que se le había venido encima el mancarrón, apretándolo. Cualquier otro hubiera quedado aplastado, y con las costillas rotas; él no; si no podía librarse solo, lo que más de una vez le sucedió, esperaba que lo viniesen a sacar, y nada más.

Una vez estaba tirando agua, cuando se le desmoronó el jagüel tan repentinamente, que cayó en él con caballo, manga y todo. El caballo se mató, pero Cuerocurtido, ¡cuándo no!, risueñito, salió de allí.

En el corral y en el rodeo era muy bárbaro para trabajar, y parecía que nada hiciera para evitar cornadas, rodadas o apretaduras; más bien era como si las buscara. Fue, un día, cogido y levantado diez veces seguidas por un toro bravo. Por supuesto, todos lo creyeron muerto, y cuando, enlazado el toro, lo fueron a levantar, creyendo que iba a ser de a pedacitos, se sentó en el suelo y con toda tranquilidad armó un cigarro, contentándose con decir:

-¡Toro loco!

En otra ocasión, la armada de su lazo, habiéndose cerrado en una sola asta de un novillo, resbaló y, cimbrando, vino la argolla con una fuerza terrible a darle derecho en el ojo.

-¡Pobre! -gritó al verle recibir el golpe el dueño de la hacienda, que estaba allí cerca.

-No es nada, patrón, no se asuste; si es de goma.

Y aunque hubiera sido de goma, a cualquier otro le saca el ojo; pero Cuerocurtido ni la sintió siquiera.

Aunque, por suerte, no fuera peleador, no siempre podía evitar encontrarse, en la pulpería, metido en algún barullo; y decimos por suerte, porque si le hubiera dado el genio por buscar camorra y hacer armas por un sí o por un no, como a tantos paisanos, hubiera dejado el tendal, pues pudo comprobar en varias ocasiones que no le entraban los cuchillos ni los facones y que los tajos sólo alcanzaban a hacerle trizas la ropa.

Una vez, al entremeterse para separar dos gauchos armados que querían pelear, recibió en la misma cabeza una bala de revólver. Fue un grito de espanto; lo creían muerto; ni siquiera un chichón; la bala aplastada había caído en el suelo.

Y un gaucho viejo que allí estaba y había servido en el ejército, no pudo menos de decirle:

-Pero amigo, ¿por qué no se hace usted soldado? Es el oficio que mejor le pueda convenir.

Y lo pensó Cuerocurtido. Y, al mes, estaba de milico en la frontera. Allí, peleó con tanto coraje, que se volvió el terror de los indios, haciendo la admiración de sus jefes y de sus compañeros.

De los más terribles entreveros, a lanza y sable, salta siempre ileso, sin que se pudiera saber cómo. Se cansaba de matar indios, sin que una gota de su sangre fuera vertida jamás, y pronto fue bastante que lo vieran ellos adelantarse, para disparar despavoridos, creyéndole hijo de Mandinga, cuando no era más que su ahijado.

Cuando la guerra del Paraguay, era ya capitán; hizo toda la campaña, cargando siempre al frente de sus hombres, y haciéndolos matar, por lo demás, con la desenvoltura del que se sabe invulnerable: era de la escuela antigua.

Subió, de grado en grado, hasta llegar a coronel, lo que casi era poco para un hombre sobre el cual se aplastaban las balas como en placa de tiro al blanco; pero desgraciadamente, no sabía leer ni escribir y no pudo alcanzar a general.

Don Calixto, el dadivoso

Don Calixto había nacido generoso. Pobre, gran cosa no podía dar, pero se complacía en regalar al que lo pidiese, algo de lo poco que por casualidad tuviese. Algunos -de los mismos, por supuesto, que más lo aprovechaban- lo trataban de infeliz, incapaces de sospechar que su satisfacción en dar era algo igual, si no mayor, a la del pulpero que logra cobrar una cuenta dudosa.

No tenía más que su puestito -intruso en campo del Estado- una manada de yeguas y algunos caballos, y vivía de changas: algún arreo, una hierra, un aparte, la esquila; también vendía algunos bozales trenzados, y sembraba un retazo de maíz para mantener a la familia con mazamorra cuando faltaba la carne.

Una tarde, sentado en el umbral de su rancho, gozaba el suave calor del tibio sol de mayo, saboreando un cimarrón. Contemplaba, no sin cierto orgullo, el conjunto de sus riquezas: en el desplayado que formaba patio al rancho, se erguía una troje, granero de pobre, improvisado con seis álamos, alambre y chala, pero relleno hasta el tope de su tranquilizadora opulencia de largas y gruesas espigas de maíz, doradas como sueños de fortuna... y como ellos, resbaladizas.

En el rastrojo que, mas allá, extendía su manto rotoso de chalas amarillas y quebrajeadas, entre los verdes parches del pasto otoñal que luchaba para tapar las manchas negras de la tierra desnuda, devolvían al sol su nota alegre los zapallos Angola y los criollos, haciendo relumbrar en el suelo el barniz de su verdeobscuro realzado de ribetes y salpicaduras de oro.

Y del armónico esplendor de tantos colores, suavemente amortiguado por el vaho azulado que se levantaba de la tierra húmeda y caliente, de la inefable quietud de la atmósfera, subían hasta el corazón bondadoso de don Calixto las ganas de tener a quien ofrecer parte de todo aquello, de su pequeña cosecha y del inmenso bienestar de que se sentía invadido.

Como para hacerle el gusto, vino justamente de visita, en ese momento, uno de sus vecinos, hombre viejo, que vivía solo en su choza, de lo que le daban los demás, pues estaba imposibilitado por la edad para ganarse la vida; y tan luego como después de haber atado al palenque su caballo, se le hubo acercado a don Calixto, éste se levantó, cediéndole el banquito en el cual estaba sentado, y tomó para sí -asiento, por lo demás, bastante incómodo- uno de los zapallos que se estaban oreando encima del techo.

La conversación entre estos dos gauchos, aunque fueran ambos pobres de solemnidad, pronto versó, tan naturalmente como la de cualquier capitalista, sobre los bienes de la tierra y su mejor empleo.

-¡Zapallos lindos! -exclamó el viejo-. ¡Tan sazonados, tan grandes! ¡Y qué cantidad había tenido, don Calixto! ¡Quién tuviera una carrada de ellos, curándose en el techo, con las heladas, para hacer sabroso el puchero!

-¿Quiere algunos, don?...

Calixto no dijo el nombre de la visita, por la sencilla razón de que nunca lo había sabido; y cosa rara, tampoco se acordaba habérselo oído a nadie, nunca.

-Hombre -contestó el viejo-, si no fuera mucho pedir...

-¡Qué esperanza, señor! Si a mí me sobran. ¿Qué voy a hacer yo con tantos zapallos?

-La verdad, que sería mejor para usted que fueran ovejas.

-Pues no -dijo, riéndose, don Calixto-; más que los zapallos, haría una majada el puchero sabroso, ¿no es cierto? Pero para qué se va a acordar uno de lo que no puede tener.

Y levantándose, ató a la cincha de su mancarrón un cuero de potro todo arrugado que, desde mucho tiempo ya, le servía de carretilla, lo acercó al rastrojo, y lo cargó hasta más no poder con los mejores zapallos que encontró. Los trajo a la rastra hasta el patio; allí, los amontonó y le dijo al viejo que, a la tarde, se los iba a mandar por un muchacho, en el carrito; y volviéndose a sentar en el zapallo, tomó de manos del viejo el mate. Se aprontaba a cebar cuando de repente corcoveó su asiento, y lo dejó tirado patas arriba como maturrango que se hubiese puesto a domar, disparando, el zapallo, hecho una grande y linda oveja, gorda y lanuda. Y mientras que entre risueño y renegando, se levantaba don Calixto y se sacudía el chiripa, vio disparar también, cambiado en punta de ovejas, el montón de zapallos que había traído para el visitante; y todas se dirigían hacia el rastrojo, donde impetuosamente y como asustados, se levantaban todos los demás zapallos, cambiados en otras tantas ovejas, capones, borregas y corderos, según su tamaño.

Don Calixto se quedó un rato asombrado de lo que veía, y dándose vuelta hacia el viejo, para cambiar con él impresiones, vio con estupefacción que había desaparecido con caballo y todo, como si se lo hubiese tragado la tierra.

Estaba en aquel momento solo en el puesto. Su mujer había ido, con sus hijos más chicos, a dos cuadras de allí, a una lagunita donde tenía perenne la batea de lavar, y los muchachos mayores estaban trabajando en la vecindad o paseando.

Montó, pues, a caballo, y de un galopito estuvo con la majada; la atajó, la miro bien y vio que era toda de una señal -muy bonita la señal, dos paletillas cerquita de la punta, de modo que cada oreja parecía una hoja de trébol-, y que pasaba de quinientos animales, y gordos todos, grandes, lanudos, sanos que daba gusto.

-¿De quién será esa señal? -pensaba don Calixto-. ¿Quién sabe si no será algún chasco del amigo Mandinga, y si mañana no me cae la policía a llevarme por cuatrero?

Creía don Calixto, lo mismo que la mayor parte de los paisanos -¡son tan ignorantes!- que de Mandinga no se puede esperar más que males y perjuicios... No sabía -nadie se lo había enseñado-, que al hombre servicial y bueno que le cae en gracia, dispensa éste, el día menos pensado, los más inesperados favores.

Arreó la majadita hasta donde estaba su mujer, se la enseñó, le contó el caso y le pidió su parecer. La mujer no era tonta; no se desconcertó por tan poco y le aconsejó tres cosas: dejar suelta la majada, como si fuese ajena y cuidarla desde lejos; apagar la vela que, ese día, le había puesto a la Virgen de Luján y colocar a ésta en el baúl en que guardaba la ropa, para que si realmente fuese la majada obsequio de Mandinga y la llegase Ella a ver, no tuviese la tentación de destruirla de algún modo-, y, por fin, ir al pueblo a averiguar en el juzgado de quién era esa señal para, si no era de nadie, asegurársela sacando la boleta. Se dispuso don Calixto a hacer lo indicado por su mujer, y había ensillado su mejor caballo con sus mejores aperos para ir al pueblo, cuando, al momento de montar, quiso ver si tenía en el tirador papel de fumar y se encontró con un documento que no era otra cosa que la boleta de propiedad a su nombre y perfectamente en regla, de la señal de «dos paletillas».

En vez de seguir para el pueblo, y después de consultar otra vez con la señora, arregló contra la pared del rancho un corralito improvisado con palas plantadas en el suelo, dos o tres postes que tenía tirados por allí y el arado, todo ligado con dos lazos estirados de punta a punta y de los cuales colgó todos los ponchos, cobijas y cueros que pudo hallar en la casa.

Tan mansitas eran las ovejas, que casi solas entraron en el corral sin asustarse por las colgaduras, y se disponía don Calixto a contarlas, cuando llegó al puesto otro conocido de él, otro pobre, por supuesto, que sabiendo lo que era de bueno, le venía a pedir un zapallo o dos.

Se quedó boquiabierto al ver las ovejas y preguntó a don Calixto de dónde le habían caído.

-Me las dieron por zapallos -contestó éste.

-¿Por zapallos? ¿Y quién?

-¡Ah! Esto, amigo, es secreto; cada zapallo, una oveja al corte; así fue. Y son como quinientas. Lo que sí, he quedado sin zapallos, lo cual no deja de ser una broma.

-¡Bah! Eso es lo de menos. Pero sabe que son más de lo que usted dice y que me contentaría muy bien con lo que sobrase de las quinientas.

-¡Pago! -gritó riéndose don Calixto, como si hubiese sido apuesta-. ¡Hombre!, ya que no tengo zapallos para darle, me ayuda usted a contar hasta quinientos, y le regalo el resto. ¿Para qué quiero más?

Y así fue, y como resultaran las ovejas quinientas sesenta, el otro vecino pobre, lleno de gozo, se llevó las sesenta. La mujer de don Calixto refunfuñaba un poco al ver a su marido tan generoso, pero, ¿qué iba a hacer?, ya que para él no tenía más objeto lo que le sobraba que llenar necesidades ajenas.

Por lo demás, para probar que no era ingrato, el vecino le mandó de regalo a don Calixto un rosario de contar hacienda.

Pronto cundió la voz por todos los ranchos de los intrusos poblados en el campo del Estado, de la suerte singular que le había tocado a don Calixto, y no había concluido el día cuando doña Liberata, una viuda, comadre de él, cargada de hijos, le había mandado pedir un poco de carne, un cuarto, aunque fuera, o un espinazo para hacer un puchero.

Don Calixto no vaciló un rato y despachó al muchacho para su casa con todo un capón gordo, bien atado de los tientos del recado.

-Y dile a tu mamá -le gritó- que se quede con el cuero para los vicios.

Dio la casualidad que estaba en casa de la viuda un resero; se quedó el hombre admirado de la gordura del capón, y al día siguiente, a la madrugada, antes que soltase la majada don Calixto, estaba en su palenque, llamándolo, a ver si hacían negocio. Don Calixto lo recibió con los agasajos debidos a quien trae plata, loco de contento al pensar que, por la primera vez en su vida, iba, como cualquier hacendado rico, a recibir pesos.

Lo que más le agradaba era que iba, con éstos, a poder cumplir con su compadre don Pedro, de quien tenía recibidos tantos servicios, en momentos de penuria, y pagar por él, a su vez, al pulpero con quien estaba empeñado hasta los ojos y que le había mandado el otro de regalo.

El resero vio la majada, calculó que de ella podía sacar unos cincuenta capones gordos y ofreció un precio halagador, que don Calixto aceptó. El aparte pronto estuvo hecho, y cuando se trató de contar, don Calixto quiso estrenar el rosario que le había el otro mandado de regalo.

Bien pensaba, a la verdad, que no necesitaba rosario para la única tarja de cincuenta que iba a tener que contar; y así se lo dijo el resero, pero don Calixto lo quería probar, de puro gusto. Empezaron a contar; y pasaban capones y capones, sin que pareciese mermar la chiquerada. Contaron una tarja, y contaron dos, y contaron tres, y saltan más y más capones y seguían contando. El resero, viendo que todos eran parejos en gordura, dejaba correr, no más, y contaba, y tarjaba, sin querer cortar el chorro, reservándose de manifestar su admiración para cuando se acabase. Y sólo se acabo cuando hubo cantado don Calixto la última de las veinte cuentas de que constaba el rosario. Lo felicitó el resero por su buena suerte, sin pedirle más explicaciones, sabiendo, como buen gaucho, que hay ciertas preguntas que no debe hacer el hombre discreto; le pagó los mil capones al mismo precio por cabeza que habían tratado para los cincuenta que había pensado comprar y se fue con su arreo.

Fueron los pesos de don Calixto como rocío celestial para todos los pobres gauchos del pago; quedaron saldadas, en la esquina, hasta las libretas que, de viejas, las había echado en olvido, casi, el mismo pulpero, y todos anduvieron, por un tiempo, con ropa nueva pagada al contadito.

Es que, burlándose de las observaciones de su mujer, no perdía ocasión don Calixto de regalar a sus vecinos pobres todo lo que le pedían, a pesar de ser algunos de ellos imprudentes y hasta voraces, y también de darles casi siempre mucho más de lo que solicitaban.

-¿Para qué quiero tanto? -era su refrán-. Lo que me sobra me estorba, y a otros les hace falta.

Tenía tanta más razón, cuanto, por inexplicables circunstancias, resultaba siempre pequeña la parte de los favorecidos, pues más les daba y más aumentaban los productos de su majada.

A uno de aquéllos se le ocurrió, una vez, mandarle pedir, no porque se muriese de necesidad, sino sencillamente porque era el día de su santo y lo quería festejar debidamente, un cordero gordo. Don Calixto fue al corral y eligió él mismo el cordero más grande y gordo de la majada, y el muchacho que lo había venido a pedir le prometió, en recompensa, que, el día de la señalada, su padre, sus hermanos y él le vendrían a ayudar. Y así lo hicieron.

La parición había sido abundante: el corderaje era lindo, alegre, retozador, y para facilitar el trabajo, lo apartaron todo junto en un chiquero especial. Y empezaron los cuchillos a trabajar fuerte y parejo, amontonándose las colitas, y seguían, sin cesar, disparando para la majada los corderos ensangrentados, balando lastimeramente por la madre. Pero más corderos alcanzaban los peones a los señaladores, más quedaban para señalar; parecía que manara el chiquero, y acabaron por cansarse todos, sin haber podido concluir, pues quedaban encerrados muchos animales todavía. Lo que viendo don Calixto hizo parar el trabajo, y regaló a los que habían venido a ayudarle todos los corderos que quedaban orejanos, a los cuales se agregaron, cuando los llevaban, las respectivas madres que ya andaban por el campo.

-¿Para qué quiero majada tan grande -decía-, si ya me sobran ovejas?

Ya que tan generoso era don Calixto, con razón pensó doña Encarnación, otra pobre de la vecindad, que no le negaría para cama de sus criaturas unos cuantos cueros de oveja; y se los mandó pedir. Por el mismo muchacho que le trajo la carta, don Calixto le mandó un caballo cargado con los cueros de consumo más grandes y más lanudos que tuviese en su galpón, siendo siempre su orgullo dar lo mejor de lo que tenía.

Cuando llegó la esquila, doña Encarnación mandó a todos sus hijos mayores a que ayudasen a don Calixto en su trabajo, no pudiendo ella misma ir, por tener que atender a los demás, todavía muy chicos. Las ovejas que a esos muchachos les tocó esquilar no eran mejores que las otras y sucedió entonces una cosa bien extraordinaria: todos los vellones que al latero entregaban, pesaban de diez kilos arriba, cada uno, siendo su lana sumamente fina, larga de medio metro y tan rizada que nunca se había visto lana igual en ninguna parte de la pampa.

Se amontonaron los compradores y con tal de conseguir los vellones maravillosos, pagaron por toda la partida un precio exorbitante.

¡Tenía una suerte ese don Calixto!

Fácil será comprender que con todo esto hubiese aumentado demasiado y casi a pesar suyo, su fortuna, si, por otro lado, no hubiese también crecido su generosidad. Pero se empeñaba el hombre en sembrar, con lo que le sobraba, en muchos humildes hogares, un poco de felicidad, tanto que consiguió, dicen, cosechar -de vez en cuando-, esa flor exquisita y rara: la gratitud.

El alambrado de don Cornelio

Apuradísimo, arreaba Celedonio la tropilla, rumbo al Sur; y para alguna diligencia muy urgente debía de ser, por la prisa con que iba. Era ya casi de noche; noche serena y clara de verano, propicia para galopar, y bien se comprendía que la aprovechara. Iba cortando campo y cruzando caminos, pero dejando á un lado, como si los evitara, los mismos que hubiera podido seguir, y dando vuelta á los alambrados que encontraba por delante. Había dejado ya muy atrás el pueblo de Guaminí, y galopaba en un bajo, casi hundido ya en la sombra creciente, cuando divisó, parados en la cima de un médano y envueltos en los últimos resplandores del sol poniente, tres jinetes á quienes, al momento, conoció por una comisión de policía. Detuvo la tropilla en el fachinal, se apeó, le quitó á la madrina el cencerro, y apuró la marcha, en silencio, alejándose más y más de la incómoda aparición. Al rato, se encontró frente á la tranquera de un alambrado que, á pesar de no ser nuevo, no se acordaba haber visto jamás; la tranquera, abierta, no tenía quien la cuidara, y á pesar de gustarle poco meterse en campos cercados, entró, como si hubiera sido el cerco, esta vez, amparo contra la indiscreción posible de aquellos milicos allá parados, en el médano. Y siguió, rumbo al Sur.

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