Aprobación del Padre Fray Alonso Ramón
He visto este libro intitulado Lazarillo de Manzanares y aunque es libro de entretenimiento no tiene cosa que ofenda las buenas costumbres, antes debajo de los cuentos y novelas que en él se refieren enseña a desengañarse de los engaños deste mundo, y ansí me parece se le puede dar licencia que pide para imprimirle. En este convento de Nuestra Señora de la Merced de Madrid, a 27 de abril de 1619.
FRAY ALONSO RAMÓN
Aprobación del Licenciado Don Juan de Gómara y Mejía
He hecho ver este libro intitulado Lazarillo de Manzanares y en él no se halla cosa contra nuestra santa fe católica y buenas costumbres, antes muchas cosas morales y agudas para el común desengaño, y ansí se le puede dar la licencia que pide. En Madrid, a 13 de mayo de 1619.
EL LICENCIADO DON JUAN DE GÓMARA Y MEJÍA
Aprobación del Maestro Vicente Espinel
Por comisión y mandamiento de Vuestra Alteza he visto un libro intitulado Lazarillo de Manzanares compuesto por Juan Cortés de Tolosa y en él no hallo cosa contra la fe y buenas costumbres, antes debajo de los cuentos y novelas descubre muchas para el desengaño del mundo y aviso para los que tienen poca experiencia dél; y siendo Vuestra Majestad servido, le puede hacer la merced que pide. En Madrid, a 9 de mayo de 1619.
EL MAESTRO VICENTE ESPINEL
Suma del privilegio
Este libro intitulado Lazarillo de Manzanares tiene privilegio del Rey nuestro señor para que, por tiempo de seis años, ninguna otra persona lo pueda imprimir ni vender, so las penas en el privilegio contenidas. Fecha en Lisboa, a catorce días del mes de julio de 1619 años. Despachado por Diego González de Villarroel, escribano de Cámara.
Tasa
Yo, Diego González de Villarroel, escribano de Cámara de Su Majestad, de los que en su Consejo residen, doy fee que habiéndose visto por los señores dél un libro intitulado Lazarillo de Manzanares compuesto por Juan Cortés de Tolosa, que con licencia de los dichos señores fue impreso, tasaron cada pliego del susodicho libro a 4 maravedís, y a este precio mandaron se vendiese, y no a más, y que esta tasa se ponga al principio de cada libro de los que se imprimiere, y para que dello conste, de mandamiento de los dichos señores del dicho Consejo y de pedimiento de la parte del susodicho, doy esta fee. En Madrid, a 5 días del mes de diciembre de 1619.
DIEGO GONZÁLEZ DE VILLARROEL
A Don Juan Ibáñez de Segovia, caballero del Orden de Calatrava y tesorero general de su Majestad
Para salir a luz este trabajo ha necesitado de la protección de vuesa merced, en quien, como a todos es notorio, concurren loables partes; por cuya causa, cuando no haya acertado en él, lo habré hecho en la dirección, particularmente mostrándome agradecido a los beneficios que de vuesa merced recibí con circunstancia tan noble como no serle pedidos, y en alguna manera quedan pagados, y él también lo queda más que su sujeto merece, pues elegí para honralle a quien para mayores cosas eligió su Majestad. Servidor de vuesa merced que sus manos besa.
JUAN CORTÉS DE TOLOSA
Al lector
Cristiano lector o lo qu'eres, ¿quién me mete a mí en enfadarte con un Prólogo que me tenga más costa que el mismo libro, disculpándome en unas cosas y dándote a entender otras, que si tú las quieres condenar no importa gaste yo todo el papel de Génova en defenderlas? ¡No me pasa por el pensamiento! Si te parece bien, págale y llévale, y si no, de balde te puedes ir sin él. Vale.
Capítulo I
En que cuenta dónde nació; cómo Felipe Calzado y Inés del Tamaño, su mujer, le prohijaron de la piedra, con algunas de sus costumbres
Ansí que sabrá vuesa merced que dicen haber nacido yo en Madrid, Corte del Rey don Felipe nuestro señor, Tercero de este nombre, villa digna del título no sólo Real, sino Imperial, la más insigne del mundo, tanto por el respecto dicho, cuanto porque en ella nunca es de noche. En esta, pues, Noruega de claridad, me parece que Felipe Calzado y Inés del Tamaño, padres de aquellas mujeres que aunque compran el manto entero no se sirven más que del medio, tuvieron devoción de criar un niño de los expósitos o de la piedra. Y como el día que en Madrid sale la procesión de las amas se fuesen los dos a la calle Mayor, donde mi suerte quiso que yo les agradase más que los otros -tanto por ser varón y haberme soltado del andador, cuanto porque era blanco y les agradó los buenos trozos de mis brazos y piernas, prometedores de no mala persona en los tiempos futuros-, me llevaron consigo a la casa de los dos mayores ladrones que en España ha habido. A cuya mi ya putativa madre servía de guión en todas las más de sus acciones una punta de hechicera -como vuesa merced adelante verá-, no obstante que los dos tenían sus devociones, que es muy de la frutera haber asalariado el ciego para que la rece, y aun derramar lágrimas oyendo el paso de los azotes, y dar con el dedo para que el peso supla lo que en él no ha puesto.
En ésta, pues, fui creciendo alegre y vinoso, porque aquellas hijas, a cuya mayor parte por su edad cae mejor madres, me hicieron un cimiento en el estómago de sopas de vino; fuera de que aquellos rufos, o como los dicen, me ahogaron en él. Y digo bien, porque si el que algunas veces llevaba en el estomaguillo pudiera salir fuera, ocupara más que la misma personilla.
Diéronse tan buena negociación mis putativos padres, que antes de once años me llevaron al estudio, donde no permanecí, tanto por lo que vuesa merced sabrá, cuanto porque si veía hurtar a mi padre, ser hechicera mi madre, el mal trato de sus hijas, ¿cómo había de aprovechar en cosa virtuosa?
En ser bueno entre buenos no se hace poco, llevándose consigo cualquiera su natural, que el que mejor le tuviere por lo menos le vendrá de sus primeros padres, y hará harto en tenérselas tiesas a la mala inclinación: ¡Mire qué será teniéndole malo!
Y desde esta edad haré a vuesa merced partícipe de mi vida y milagros, altos y bajos, próspero y adverso dello. Que si vuesa merced no lo tiene por enojo, es como se sigue.
Sí que no se le hará cuesta arriba decirle yo que el señor mi padre tenía por costumbre no tenerlas buenas. Hacía a aquellas desventuradas mujeres tantas molestias, y tanto las hurtaba sus dineros, que después de haberle preso muchas veces por ello, viendo que no se enmendaba, le dio por su dinero un verdugo zurdo docientos azotes derechos Digo por su dinero porque después pagan la caridad, y si no hay con qué, dejan o ropilla o calzón o herreruelo en prenda. El nuevo modo con que mi padre salió a recebirlos no lo he de pasar en silencio; y así digo, señor, que mi madre se levantó una mañana, no martes, que también dan azotes en viernes, muy melancólica y me mandó fuese a saber qué se hacía de mi padre, porque entre su corazón y unas habas andaban no sé qué sospechas. En cuya ejecución me detuve algo más que debiera por ser andador del seminario, de que no se me seguía poco interés.
Halléle en un aposentillo, que debía ser calabozo, muy desfigurado, tanto que parecía estar en los umbrares de la muerte, y entre algunos que le consolaban diciéndole: «¡Buen ánimo, buen ánimo, que para los hombres se hicieron los trabajos!», y como por tener los ojos en el suelo y estar divertido no me hubiese visto, alzándolos, dijo que me llegasen a él, y poniendo las manos y clavándolos en el cielo me bendijo.
Yo que tal vi, creyendo que le querían ahorcar, partí de carrera para mi casa, donde llegué tan presto como aquel que llevaba malas nuevas. Y diciéndole a mi madre, ayudado de acciones que significasen bien lo que la lengua decía mal, la di a entender cómo querían ahorcar a su marido. Ella cayó luego en lo que era, porque el delicto no amenazaba horca, sino afrenta o azotes por haber reincidido muchas veces.
Ansí fue, porque yendo los dos camino de la cárcel nos le traían ya azotándole por la causa dicha, el cual repetía el pregón diciendo: «Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro señor a estos hombres por ladrones.» Mi madre se cubrió el rostro y entró en una casa, y yo con ella, aunque no pude dejar de volver a la puerta a informarme si venía más que él, pues le oí decir «a estos hombres». Y es el caso como diré: cuando yo fui a la cárcel ya mi padre estaba borracho, porque como torreznos y vino sea general consuelo en semejantes trabajos, llegaba uno con un mollete y un torrezno dentro y un jarro, y le decía: «¡Ea hermano, ánimo, que más pasó Cristo!» Y otro tras él, y luego otro. Tantos «más pasó Cristo» le dieron que le libraron de lo que había de pasar; y como el que está borracho uno considera en la persona y otro en la sombra, ansí él repetía el pregón volviendo la cabeza a la que al lado llevaba y decía: «Esta es la justicia...», etc.
Capítulo II
Cómo cuando su padre salió de la cárcel se halló sin hacienda por habérsele quemado la casa, cómo adquirió más y cómo él se fue a Alcalá
Pues no paró aquí la desventura, porque en el tiempo que estuvimos fuera se nos quemó la casa. Y pasó desta manera: nosotros habitábamos dos aposentos obscuros, por cuya causa teníamos de contino luz en ellos, en uno de los cuales habíamos recogido nuestro ajuar y cantidad de lino para echar telas o vendello hilado. Y como un perro de casa viniese ya a los alcances al gato, que traía un pedazo de carnero, y tanto por huir dél cuanto por comerle seguro se entrase por la gatera que la puerta de nuestro tesoro tenía y se subiese sobre una alacena de la cual estaba colgado el candil, le derribó sobre un tercio de lino, de manera que se quemó el aposento.
Y aquí entra cuán llana verdad sea que lo bien ganado se pierda, y lo mal ello y su dueño. Porque, como echasen la puerta en el suelo, subieron muchos gatos que acabaron lo que el de casa empezó.
He aquí perdido lo uno, pues lo otro ya lo estaba, si le azotaron como dije. Quién duda sino que habrá vuesa merced dicho: « ¡Ah, pobre hombre sin hacienda y sin honra!»
Pues crea que no le fue de ninguna importancia, ansí la quema como la vergüenza, porque ¿qué deshonra le puede venir a quien fue padre de quien he dicho? Luego entonces no fue la pérdida della, que antes lo estaba, y si ésta no fue perdida, ¿por qué razón no les habían de sobrar dineros a quien les faltaba honra, siendo verdad ser ella grillos del que la profesa? O si no, vea lo que pasa.
Salido que fue de la cárcel, como no hallase hacienda, hizo que mi madre vendiese menudo, y no hubo día que no entrasen en casa treinta o cuarenta reales de ganancia. Y él compró unos cuantos pollinos, con los cuales ganó muy largo de comer y de cenar.
La compasión no se les debe a ellos, sino a unos pobres honrados con respectos de caballeros. A estos sí, que viven muriendo, compañeros siempre en la pena de Tántalo y Sísifo.
Heme aquí vuesa merced, hijo del azotado y sin honra para con muchos, y el día breve para dar satisfación a tantos, y mucho peor en lengua de muchachos. Dios nos defienda, porque en su mano está quitar el juicio a quien ellos quisieren Y ansí dijo bien aquel loco en responder, preguntándole en qué tanto tiempo lo sería un hombre, que: «Según le diesen la priesa ellos.» Gente cruel, porque saben la infamia y no admiten la disculpa.
Ya yo estaba enfadado de tanto «daca los azotes, toma los azotes», y mi padre de que con tantas veras defendiese no ser su hijo, porque decía: «Muy bueno es serlo para comer y vestir, y no lo ser para ayudarme a llevar el infortunio.»
Si él me lo dijera en estos tiempos, respondiérale yo que si por confesarle por tal se eximiera de la infamia, que entonces de buena voluntad lo hiciera, pues nos estaba bien a los dos, mas que no caer della y quedar yo con la propia, que era acrisolada necedad.
Tanto, pues, dieron en agotarme la paciencia, y a tal tiempo me dijo uno «daca los azotes», que se los envié con un mensajero que desde que le despedí hasta que se llegó al oído a darle el recaudo, no parece hubo medio entre mí y él. Abríle la cabeza y todos dijeron: «Muerto le ha.» Y como los demás huyesen tuve lugar de entrarme en la Victoria, de donde, por ser tan muchacho, uno de aquellos religiosos me descolgó por una de las tapias de los corrales en casa de un su amigo, el cual me tuvo en ella hasta que habló a mis padres y les dijo el peligro que corría mi persona si la justicia daba conmigo, porque el muchacho estaba herido de muerte, que me diese con qué me ausentase hasta ver lo que Dios hacía dél.
Replicó que de buena voluntad lo hiciera si por defenderle a él hubiera sido, más que siendo por lo contrario, que no le llamaba ninguna obligación. A lo cual el hombre le respondió lo que yo dije le respondiera ahora.
Al fin vinieron los dos a la casa donde estaba y me hicieron un vestido de paño verdoso y me dieron diez ducados, y con muchas lágrimas nacidas de amor me sacaron hasta la puerta de Alcalá, donde muchas veces me abrazaron llorando tiernamente y mi madre me besó infinidad dellas mostrando mayor sentimiento, porque las mujeres de ordinario son más compasivas. Y como mi padre volviese la cabeza, me dio un Agnusdéi de oro y un rosario con muchas medallas, encargándome me fuese a Alcalá, donde, pues había guiado por el camino de las letras, estudiase, que ella me acudiría con todo lo que pudiese, y sería, no madre putativa, sino natural.
Yo la agradecí mucho el ofrecimiento y le acepté, y besándolos la mano a cada uno me dejaron y yo empecé a caminar hasta que los perdí de vista, donde me senté a aguardar el carro o coche que me llevase, y aquí tuvieron principio mis peregrinaciones.
Capítulo III
Cómo se fue a Alcalá y se acomodó con un pastelero
Considere vuesa merced qué sentiría un muchacho solo y que dejaba su tan amada patria, cuando menos la Corte. Tanto lloré, tanto me afligí y tan desconsolado estuve, que a no llegar el carro llegara mi fin. ¡Oh pecador de mí, era quien quiera lo que yo perdía! Mis padres habían de ser muy ricos, porque los dos eran mayores ladrones que antes y ella muy gran hechicera, y esto la valía muchos ducados, y según lo que me querían toda la hacienda había de venir a parar en mí. Subíme en él y al otro día busqué por aquellas calles algún estudiante a quien servir para estudiar. Sucedióme mejor, porque como llegase a una pastelería, cerca de la cual pregunté a uno si había menester un criado, me encaró la pastelera y yo a ella, y llamándome me dijo si tenía quién me conociese.
-¿Para qué?
-Para recibirte yo.
Dije que sí.
-Y ¿fiarte ha?
-También me fiará.
-¿Dónde vive?
-En Madrid.
-¡Y hallarás comodidad en breve teniendo el fiador tan cerca! ¡Miren que al cabo de la calle era su casa!
Yo la respondí: «Señora, claro es que quien busca comodidad en Alcalá que no anda avisado en decir que tiene el fiador en Madrid», mas que había respondido conforme a su pregunta, porque oírme buscar por dónde fuese estudiante y quererme hacer pastelero, era de las donosas cosas que en mi vida oiría.
Entonces volvió a mí toda la cara, que antes no tuvo más que la media, porque el breve coloquio pasó entre los dos metida la media pala en el horno y ella de un lado, y me dijo:
-Que no tan sólo te quiero hacer pastelero, antes ayudar para que seas tan gran estudiante como de tu natural fío. ¿Sabes leer?
-Sé leer, escribir y contar, y algo de los principios de la latinidad.
-Entra pues; almorzarás.
Hícelo, y subiendo arriba bajó un par de huevos. Aderezóme con ellos un pastel, hízome traer vino, preguntándome si quería otra alguna cosa; tanto la cuadró lo que de la fianza le dije y el hallarme hábil para lo que ella había menester.
Ya vino el marido y se le dijo cómo me había recibido con condición que me diese estudio, y que el demás tiempo gastaría en cobrar cosas que se les debía, en escribirles lo que fuese menester en casa y hacer la cuenta de muchas cosas que por falta de solicitador y de quien supiese contar estaban perdidas, y que no había de entrar ni salir en el oficio.
Ansí fue; diéronme el hueco de debajo de un escalera, un cofre con mi llave y la del aposentillo. Luego escribí a mis padres la buena fortuna que me había corrido y ellos me respondieron muy contentos, en particular mi madre, prometiéndome cumplir lo prometido.
Yo empecé mi obra acudiendo a lo concertado. Teníalos locos de contento porque les leía en un libro, y todas las coplas nuevas que salían. Regalábanme, queríanme y dábanme muchas cosas, y después de bien ganada la voluntad me dijo si la quería escribir un papel para un su primo, familiar de cierto colegio. Dije que sí, y en el discurso dél conocí que era primo carnal. Y es el caso que mi ama quería bien al familiar y mi amo a una hermana suya. Llevésele y fui en él muy encomendado, y tanto que, leído, me llevó a su aposento donde me hizo mil regalos, dándome confites y dineros y ofreciéndome encomendarme al preceptor de la gramática para que tuviese particular cuidado conmigo. Y a todo esto no cesaba yo de mirarle, y era ocasionado para ello, porque no he visto yo hombre más alto ni más cerrado de barba, más negra ni tan apretada; tanto, que parecía de las escobillas con que nos limpiamos la cabeza. Era tan negro como mis culpas, y como los dientes fuesen muy blancos y los labios colorados y lo demás tan negro, parecía, riéndose, Ganasa. Era carirredondo todo lo que vuesa merced mandare, y las narices tan romas que parecía tenerlas derramadas por la cara. Tenía una gran vara de medir de espalda y otra de pecho y dos de cintura. ¡Dejaba de comer por mirarle!
Ya me respondió al papel y me fui a casa, donde tampoco me hartaba de mirar a mi ama, porque, como sea verdad que tras lo hermoso se suelan despeñar las voluntades, me admiró mucho que una mujer de sus partes se pagase de las del familiar.
Era blanca, ni muy flaca ni muy gruesa. Tenía lindas figuras y hermosísimas manos; lindos ojos, gran donaire. Y finalmente, era muy dama, y toda ella rebuena.
Que solenizó el papel pensará vuesa merced, holgándose con él. Antes se mostró enfadada, propia paga del diablo. Valióme dos reales dél y uno della, los cuales guardé con los demás que había llegado y con los diez escudos que mi madre me dio. Porque los amigos favorecen tal vez y el dinero de ordinario. De ellos se dice ser otro yo, mas, si se entendiere del dinero, no se habrá puesto en mal lugar, porque si yo haré por mí lo que pudiere, ¿quién mejor que él hará otro tanto?
Capítulo IV
En que cuenta lo que en casa del pastelero le sucedió y cómo la venida de la madre de su ama le echó del lugar
Estuvieron las cosas en este estado cerca de tres meses, acudiendo así a lo que mi amo me mandaba, como a lo que ella quería -digo en materia de sus amores-, temeroso con bastante razón, porque si nadie puede servir a dos amos ¿cómo podrá a cuatro?, al cabo de los cuáles me vinieron en un día dos nuevas trabajosas: la una fue que a mi madre había preso la Inquisición y la otra que la madre de mi ama venía de con otra hija que seis leguas de allí estaba.
Cuál fuese el sentimiento de la prisión de mi madre podrá vuesa merced considerar, pues por ella me faltaban dineros y regalos y lo peor, dejar de ganarlos, que para en adelante me importaba mucho. ¡Y qué sería decirme venía la suegra, mujer más temida que las bajadas del Turco! Ya llegó mi señora la mayor y todos nos armamos de paciencia. Mudó luego la casa al contrario de como al presente estaba, y de tal manera dio en perseguirme y yo en callar, que dos estremos no se han de ver tan presto. Vi casi derribado el monte de mi paciencia, porque muchas destas mujeres suelen ser suegras para sus yernos, mas ésta éralo para todos, y con todo, salí con la mía callando y anduve muy cuerdo.
Si a costa de lo que he dicho tenía en pie comodidad que importaba mucho interés; ¿por qué razón no había de poner de mi parte todo lo posible para no perderla, particularmente no habiendo menester pedir nada a nadie para ello? Que de su cosecha puede cada uno consigo, y es de muy grandes necios decir: «No puedo más.» Digo otra vez que salí tan buen maestro de paciencia que pudiera casarme, porque ninguna mujer había de ser tan recia que me obligase a gastar toda la que adquirí.
Con esto pues, y con tragarme muy buenos dichos, tuve amigos, comodidad y dineros, que preciaba más no perderle que decirle, pues caudal para él ya me le tuve, y no sabía si para adquirir otro o volver el perdido tendría habilidad, fuera de que para esto el tiempo es enemigo, porque, ansí como para ir entrando más en la voluntad del amigo es él el medio, ansí para que con el perdido se deslicen otros es él el medio y el principio, luego callar, que no está nada escrito.
Dél allá dijo un filósofo que el día que no traía ganado algún amigo de la plaza venía muy descontento. Si esto es ansí, ¿no es mejor callar un buen dicho que perderle? Y es desventurada cosa que a cualquier parte que vaya un hombre halle enemigos y todos se huelguen con sus infortunios y de nadie esté seguro, y gaste su hacienda en agentes que le defiendan en las conversaciones y sean ellos los primeros que digan mal dél.
Digo, pues, señor, que tanto nos pudrió a todos la vieja, más valiente por su condición que el Gran Capitán por sus puños, que, luciéndosele más, o pagando su hija por todos, la dio un tabardillo, ayudando a ello un viernes de una estación a las cruces, diré mejor, de estación a poner a su marido una cruz.
¡Sal acá familiar!, que en ser diablo en cara y costumbres más pareces familiar de redoma o sortija. ¿No es ansí esto, afligido y fingido amante? ¿No es también verdad que del colmado sentimiento apostaban a correr por esa cara de plato mocos y lágrimas de tinta? Y si vuesa merced dijere: «Si no quería, ¿cómo lloraba?», respondo que ya digo fingido lo que al principio sería verdadero, que esto es muy común en los más de los amantes.
Aquí fue cuando mi amo el pastelero gozó espléndidamente de la hermana del familiar, que fue como gozarle a él en hábito de mujer. ¡No vi yo en todo cosa tan parecida en mi vida! Hube de aquí también algunos dineros, y los que se me pagaron la vez que me quedaba en la tienda. Y para todo se hurtaba en ella, porque si de un pastel se sabe la ganancia señalada no se sabe de qué es el tal pastel, y yo lo sabía, como el que ayudó a alguna empresa, y pasa ansí.
Vuesa merced habrá de saber que había en casa un muchachuelo que tenía cuidado de correr el lugar para que supiese si moría en él alguna cabalgadura, y sabido, informarse dónde quedaba, porque luego íbamos él y yo a darla mate, para que de la carne se hiciesen pasteles. Y como nos diesen parte de un difunto que casi un cuarto de legua de allí quedaba, nos fuimos mano a mano después de comer los dos, cada uno con un cuchillo y una espuerta. Yo no porque tuviese obligación a ello, antes por esa misma causa, por valer más, que ése es el trato de los criados: dar gusto en todo a sus dueños.
Hallamos que cuatro o cinco perrazos le estaban descarnando, por lo cual, de miedo no nos atrevimos a llegar. Mas ellos con más que distinto, nos concedieron llegásemos y desampararon el cuerpo, por cuya vacación con lindo aire le quitamos lo que dentro de pocos días había de ser dineros. Mas volvieron presto por haber ido a beber a un arroyo que cerca estaba, y como olían a carne otros muchos con ellos. Quisimos huir y escusónoslo la cortesía con que se llegaron sólo a entretenerse con la poca carne que debajo la barba hay, como los tan satisfechos. Los demás devanaban las tripas, cosa que a nosotros no nos era de importancia, de manera que entre ellos y después estotros, entre nos y el romance de don Álvaro de Luna dejamos el rocín en calzas y jubón; con que nos volvimos a casa a boca de noche, muertos de hambre, cansados y con calor por ser primavera.
Díjoseme a mí, como privado, que merendase lo que me diese gusto y a mi compañero que tomase un pastel: convite bien enfadoso por ser ordinario y porque el que los come no los vee hacer como nosotros. Yo digo que los que pisan la uva y los que los hacen corren parejas, porque si aquellos escupen y hacen allí cosas de más consideración, a estotros no les rasca nadie, cómales donde les comiere, fuera de que su merced del señor oficial mayor tenía algunos veninos preñados y otros paridos, por cuya razón despachaba en el cuarto bajo, que era el entresuelo.
No le apeteció el muchacho, y abriendo una alacena dentro de la cual había carnero o cecina fiambre halló una jarra tapada con un papel: «¿Qué tesoro es éste?», dijo, y destapándola puso el dedo dentro y halló que era dulce. Considerólo miel rosada o otra cosa deste género y era una ayuda para mi ama. Mojó un poco de pan y súpole bien, mojó otra vez y súpole rebién. Tomó un plato y entrándose donde no le viesen se la comió a sopas, y como lo dulce le provocase a beber, bebió agua de la cueva fresca y se fue a acostar, porque en días de semejantes trabajos tenía licencia para ello. Durmióse luego, y de tal manera sin ir a escuelas cursó, que se pudo graduar de licenciado.
Cuando yo me recogí a mi aposentillo, que cerca del suyo estaba, le oí decir: «¡Jesús, qué sudado estoy!» Entré dentro y preguntéle si estaba indispuesto. Díjome que había sudado mucho, mas a mí me pareció que el sudor había pasado por mal puerto, y como le tentase el rostro y le sintiese frío le dije: «Mira no te hayas orinado.» Él respondió: «¿Por detrás me había de orinar?» Entonces confirmé lo coligido y le dije ansí: «Hermano, pues ese sudor límpiatele tú», y entréme en mi cuarto, y él como tan cansado se volvió a dormir.
¡Aquí fue ello!, porque como a la mañana voltease la madre toda la casa y diese en el aposentillo del muchacho y viese desconcierto tal, nos atormentó a todos y desolló a él a azotes, buscando tormentos nuevos para mejor satisfacerse.
A otro día cenó nuestro amo el pastelero unas albondiguillas de la presa que la noche antes tuvimos, porque la mala vieja hizo eso para no degenerar de suegra. ¡Vea vuesa merced cuál era, que para él fueron de la que he dicho y para la demás gente, ya que no de carnero, de vaca! Lo que con ella pasábamos, si a muchos será fácil de creer, a mí será difícil de decir, porque, si la respondíamos recio cuando nos llamaba, decía éramos desvergonzados y hundía la casa; si quedo, que hacíamos burla della. Éstas son de las condiciones que dan higas a la prudencia de los que con ellas tratan, como los males viejos a las medicinas que se les aplican.
Esta tal vieja y acudir al servicio de cuatro amos me tenían bien disgustado, porque esperaba mal fin dellos, o de mí por ellos, ya que yo me fuese a la mano con la vieja. Deseaba salirme de su casa y cumplióme el tiempo este deseo, trayéndome nuevas de que a mi madre la habían penitenciado por el Santo Oficio.
Capítulo V
Cómo se fue a Guadalajara y asentó con un sacristán. Cuenta lo que en su casa pasaba
Puse, pues, mis cosas en orden y, cosiendo en el jubón los dineros que tenía, me fui a Guadalajara, porque tuve siempre deseo de verla. Parecióme tan bien que traté de quedarme allí, y, buscando comodidad, la vine a hallar con un sacristán tuerto. Éste se contentó presto de mí, porque le dije que tenía natural cómodo para aprender con facilidad cualquier cosa. Llevóme a casa, y apenas hube visto a la mujer, cuando dije:
-Vuestro marido tuerto es, mas si vos pisáis derecho, que lo pague yo. Ojos que, si despide la lengua, ellos convidan, negros y dormidos, ¡ello dirá!
Pues vea vuesa merced si dijeron presto.
Luego que me llevó a casa me dijo en lo que había de entender, ansí en ella como en la iglesia. Recibióme bien mi ama y preguntándome cómo me llamaba la respondimos a una mi amo y yo que Lazarillo. Ella se rió y, partiendo de la sala para la alcoba, andando como a primera intención de bailar, me dijo:
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The end
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