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en:The Portrait of Don Gonzalo Gonzalez of Gonzalez-Town
Al Señor D. R. de Mesonero Romanos
Porque tuvo usted la bondad, cuando publiqué mi primer libro, de saludarme punto menos que como a una lumbrera en el arte de pintar costumbres, atrevíme a esperar que, andando el tiempo, llegaría yo a escribir una obra tan excelente, que fuera digna de ser ofrecida al Curioso Parlante maestro eximio cuyos cuadros eran, y siéndolo continúan hasta la fecha, mi delicia por lo primorosos y mi desesperación por lo inimitables. Pasaron los años y compuse más libros; y aunque nunca me faltó la estimulante recompensa de las alabanzas de usted, el que yo había soñado no llegaba. Sin adelantar gran cosa en el oficio, apuntáronme las canas; y con esta ganancia, perdí para siempre aquellas candorosas ilusiones. Convencido ya de que la más mala de mis obras es la última que escribo, dedico a usted ésta, en la seguridad, de que la siguiente, si llego a concluirla, ha de ser mucho peor.
Sírvase usted, mi querido maestro, aceptarla, ya que no por buena, como público testimonio de la cordialidad con que es de usted agradecido amigo y admirador entusiasta,
JOSÉ MARÍA DE PEREDA.
Nota
I: Que puede servir de introducción
Trepando por la vertiente occidental de un empinado cerro, se retuerce y culebrea una senda, que a ratos se ensancha y a ratos se encoge, cual si estas contracciones de sus contornos fueran obra de unos pulmones fatigados por la subida; y buscando los puntos más salientes, como para asirse a ellos, tan pronto atraviesa, partiéndole en dos, un ancho matorral, como se desliza por detrás de una punta de blanquecina roca. Así va llegando hasta la cima; tiéndese a la larga sobre ella unos instantes para cobrar aliento, y desciende en seguida por la vertiente opuesta.
Por esta senda arriba me va a acompañar el lector breves momentos, si quiere orientarse con facilidad en el terreno en que van a desenvolverse los sucesos, cuya fiel y puntual historia ha de ser este libro... Y cuenta que no le llevo por el atajo, porque el cerro está cortado a la izquierda por el río, y por la derecha forma parte de la estribación de una montaña de muy difícil acceso.
Supongámonos, pues, colocados ya sobre la cumbre de Carrascosa (que así se llama el cerro, por razón, según fieles informes, de lo fecundo que es en acebos, o carrascas); y mirando hacia la parte opuesta a la vertiente por la cual hemos subido. Domina la vista un extenso valle encajonado entre montañas y dividido por el río, que, como he dicho, corta el cerro a nuestra izquierda, y continúa después deslizándose unas veces, despeñándose otras, rugiendo acá, tronando allá y murmurando siempre contra las estrecheces que a cada paso le ofrecen las montañas o los peñascos que contornean y forman su escabroso cauce. Retirándose a larga distancia del río, en señal de temor a su vecindad, arrímanse los pueblecillos del valle a las faldas de las montañas vecinas, entre cuyos robledales se agazapan, dejando de avanzada los blancos campanarios, que con sus vibrantes lenguas se envían mutuos saludos de paz y de alianza desde la una a la otra ribera, cada vez que el alba asoma o el sol se oculta, a cuyos ecos responden en los tranquilos rústicos hogares los de la oración que se eleva a Dios en acción de gracias por el nuevo día alcanzado, o en demanda de perdón para la culpa, si el sueño que se busca para reposo del cuerpo fatigado ha de ser el comienzo de la eternidad.
Uno de estos pueblecillos se desparrama en el ancho recodo que forma en sus bases unidas el cerro de Carrascosa y la montaña, ya mencionada, de nuestra derecha. De esta ventajosa posición procede gran parte de la fama de sus terrenos en el valle: gozan en todas las épocas del año del sol fecundante del mediodía, y están a cubierto de los fríos y de las iras del norte y del vendaval, temibles enemigos de las buenas cosechas.
Llámase el pueblo Coteruco de la Rinconada, por distinguirse de otro Coteruco de la Sierra, que hay a la otra parte del río. Y aconsejo al curioso lector que no se canse en buscarle en el mapa pues lo mismo él que Sotorriva, Jelechoso, Pedreguero, Solapeña, Verdellano, Pontonucos, y los restantes pueblos del valle, y el valle mismo, y Carrascosa, y cuanto ha visto desde la cumbre de este cerro, pertenece a la geografía moral de la Montaña, del uso privativo del novelista.
Coteruco no es grande: apenas tendrá ciento cincuenta vecinos, cuyas habitaciones podríamos contar desde el punto en que nos hallamos, si semejante minuciosidad nos fuese necesaria; pero de todas ellas, principalmente en tres hemos de penetrar en el curso de esta historia, y esas tres son las que voy a registrar en la memoria del lector. La primera, grande, de cuatro aguas, es la que más se interna en el valle: tiene anchos y firmes balcones de madera, y está circuida de un alto muro que guarda una extensa y bien provista huerta, por detrás, y forma por delante una vasta corralada; son blancas sus paredes, serio el color de sus puertas y ventanas, limpio y bien recorrido su tejado, sin picos ni otros mamarrachos harto comunes en las construcciones rurales de la Montaña, y la huerta es un primor de aseo y buen orden.
El segundo edificio, situado al centro, en lo más alto del anfiteatro que forma una gran parte del pueblo, es un caserón solariego, de ennegrecidos y mohosos paredones, con un escudo de armas entre cada dos huecos y sin una sola ventana que bien cierre ni tenga completos los cristales: ondulan los aleros de su tejado, y el férreo balconaje a partes se desmaya con los años, y a partes se deshace roído por el orín y las celliscas; sobre dos viguetas empotradas en la pared del mediodía, hay un cajón que sirve de tiesto a algunas mortecinas matas de claveles, y en el mezquino huerto contiguo a la casa, mal cerrado por un muro ruinoso que tumba sus achaques sobre un lecho de ortigas y se envuelve en un viejo manto de tupida hiedra, sólo se ven tres manzanos tísicos, dos rosales viciosos, una mata de ruda y algunos pies de berzas y posarnos.
La tercera casa, en alto también, aunque no tanto como la solariega, y mucho más que ella al mediodía, es nueva, flamante, y se alza sobre tres arcos, no rebajados, sino jibosos, de asperón tiznado de amarillo y chocolate; y a todo lo largo de su fachada principal, construida de la misma piedra, corre un balcón de hierro, formando sus balaustres grotescas canastillas y entrelazadas parábolas y volutas, con tres huecos pintados de verde esmeralda, festoneados de blanco. Sobre el tejado se levanta un mirador, o linterna, y sobre ésta una fragata de hierro, cuyo bauprés tiene el encargo, aunque rara vez le cumple por la pesadez del artefacto, de marcar la dirección del viento. Delante de la casa hay un jardincillo, tan pobre como presuntuoso, circuido de una serie de venablos, pues a lanzas no llegan, mal forjados por el herrero vecino, y enfilados entre dos llantas débiles y mal avenidas.
Réstame decir que estamos al comienzo del año memorable de 1868; que con tocas de nieve se engalanan las crestas de las montañas del horizonte, en tanto las más cercanas lucen en sus faldas, entre escuetos y ennegrecidos robledales, los verdes remiendos de sus brañas y el rojo mate de sus resecos helechales; que el suelo del valle remeda, con ventajas, un tapiz de terciopelo partido por ancha cinta de plata; que el sol moribundo, hiriendo las cimas de nuestra izquierda, parece que saca de sus blancos capillos haces de oro entre polvo de diamante, mientras los montes del otro lado se rebujan en las húmedas sombras de la tarde; y, en fin, que todo este conjunto de maravillas se le ofrezco al lector como un detalle de carácter, no porque a mí me asombre por nuevo, ni siquiera por raro, en el siempre y a todas horas y en todas las estaciones del año, maravilloso panorama montañés.
Orientado ya en el teatro de los sucesos que he de referirle, puede el lector retirarse de la escena, bien entendido que su presencia en ella ha de servirme de estorbo más que de otra cosa, desde este instante en que doy comienzo a mi tarea, hablándole de las personas que habitan la casa de cuatro aguas.
Heredero de un nombre de bien notorio abolengo en el país, e hijo único de un rico propietario en quien habían recaído, por falta de sucesor más cercano, los caudales de tres de sus consanguíneos, don Román Pérez de la Llosía recibió en su juventud una educación que, según los aparentes propósitos de su padre, había de llegar a abrirle las puertas de la Universidad; pero el educando, aunque despierto y de buena pasta para adquirir con facilidad la forma de un doctor, suspirando siempre por el aire de sus montañas y por la libertad del valle nativo, sólo por pundonor de alumno se echaba a pechos las abstracciones metafísicas, las arideces del latín y los problemas del álgebra; había nacido y se había formado en el campo; su alma estaba identificada con aquellos horizontes y aquella fragancia de la naturaleza, y se le entumecía en el cuerpo cuando se consideraba en lo porvenir ensartando sofismas en el foro, como jurisconsulto, o recetando a tientas contra las mil y mil plagas físicas, ajenas a la doliente humanidad. Algo por el estilo expuso respetuosamente a su padre tan pronto como recibió el grado de bachiller, a lo cual respondió el discreto anciano enviando al joven Román a viajar, durante dos años, por donde le pluguiese, más que por contrariar las inclinaciones de su hijo, por someterlas a buena prueba.
Cuando Román volvió a Coteruco dando a su padre discreta relación de lo que había visto en España y fuera de España, y no escaso testimonio de que sabía observar y distinguir, hallése más apegado que nunca a sus antiguas aficiones campestres. No le pesó a su padre el conocerlo, pues se veía muy avanzado en edad, no muy cabal de salud, y su hijo era, al fin, el único llamado a heredarle y a cuidar de aquellas labranzas que él también había heredado y mejorado no poco.
Dueño de ellas, al cabo, por muerte de su padre, el ya hecho y derecho mozo Román acabó de aficionarse a la vida de labrador, y se casó, a los treinta años de edad, con una dama del mismo valle, que murió cuatro después, dejándole una niña por fruto de su matrimonio. Hondísima mella produjo en su corazón esta desgracia; pero hombre de alma bien templada y de levantadas miras, logró sobreponerse a su infortunio, y hasta sacar partido de él para dar mayor alcance a los impulsos de su generosidad en bien de sus convecinos, en su gran mayoría ligados tradicionalmente a su casa, como colonos de ella unos, y todos como deudores de grandes beneficios.
Lo que en su razón le dictaba, lo que había visto y lo que había aprendido, infundiéronle el convencimiento de que el mayor bien que al cielo debían aquellos aldeanos que le rodeaban, era su sencilla y honrada ignorancia. Sostenerlos en ella era su principal cuidado... Y no se escandalicen de lo absoluto de la afirmación los zapateros ilustrados que lleguen a conocerla, pues, andando, andando, se justificará la aparente herejía.
Empecemos por advertir que don Román poseía como nadie el don de hacerse respetar de los labriegos, don rarísimo y extraño sobre toda ponderación. Verdad que era alegre, campechano, caritativo, modesto en el vestir, frugal en la comida, forzudo e inteligente en el trabajo, lo cual acometía a veces para predicar con el ejemplo a sus criados y colonos; que uncía un par de bueyes al aire; que sabía echar las tres cordadas con la sal del mundo sobre la balumba de un carro de yerba, y hasta conducirá éste por el camberón más pindio y entornadizo, sin que se derramara una gota de agua, aunque se pusiera lleno de ella hasta los bordes, un cántaro encima de la carga. Pero todo esto y mucho más lo saben otros, y no consiguen ese dominio absoluto. La magia de don Román estaba en la oportunidad con que daba, negaba o reñía; en la penetración de «aquel ojo» que era la admiración de sus convecinos.
-Si tuviera la bondad de emprestarme un par de pesetas... -le decía un Adán de mala ropa y triste cara.
-¿Para qué las quieres, borrachón?... Lo que te voy a dar es un soplamocos, si no te largas más pronto que la vista.
Y el pedigüeño se largaba sin chistar; y lejos de enfadarse por el recibimiento, murmuraba para sus andrajos:
-Yo no sé ónde mil demonches aprende este hombre las cosas. El diablo me lleve si no las huele.
Pues bien: ese mismo sujeto se acercaba otro día a don Román, y con las mismas palabras le pedía el mismo dinero, pretextando la misma necesidad; y don Román le daba un duro y unos calzones viejos y un pan de dos libras; y el dinero no iba a la taberna, ni los calzones ni el pan se vendían por aguardiente.
Con aquel ojo leía desde su casa la razón en las contiendas de sus convecinos, y anonadando al culpable con dos apóstrofes de acero, sin dar largas alas ni ensalzar muy arriba al inocente, restablecía la paz quebrantada.
Merced a esta vista penetrante, sabía demasiado que todo su prestigio y todo el peso de su fuerza moral, no alcanzaban a darle la victoria acometiendo de frente ciertas flaquezas rutinarias: en este terreno y con aquella táctica, la proverbial desconfianza montañesa es invencible; por eso las atacaba de soslayo, en su propósito inquebrantable de que lucieran en beneficio de aquellos labriegos, a quienes tanto amaba, los frutos de sus observaciones y de sus lecturas y las ventajas de su carácter y de sus riquezas; por eso, en lugar de decirles, por ejemplo: -«La remolacha es una hortaliza que suple ciertas épocas del año a la yerba, con la ventaja de producir en las vacas alimentadas con ella mayor cantidad de leche; sembrad remolacha,» les decía: -«Váis a ver cómo siembro remolacha, cómo mis vacas la toman, cómo dan más leche que si se alimentaran de yerba, y cómo puede hacerse esto casi de balde y sin perjuicio de la ordinaria cosecha de maíz».
Y cuando todo esto lo veían confirmado los aldeanos en las hermosas vacas que don Román criaba en sus establos, iban poco a poco aceptando la reforma; mas como para establecerla de lleno, así como para el cultivo de los forrajes que igualmente aceptaron, se necesitaba la inviolabilidad de las mieses, consiguió también don Román otro objeto que no hubiera logrado jamás buscándole de frente: que se desterrara de Coteruco la nociva costumbre de las derrotas. Entonces adquirió extrañas razas de ganado, y las propagó en el pueblo mejorando las indígenas.
Por medios análogos acreditó el uso de nuevos aperos de labranza, y hasta logró que en el pueblo mismo se construyeran iguales o parecidos; y venciendo aún mayores dificultades, llegó a conseguir que Coteruco se distinguiera de todas las aldeas del valle por sus hermosas calzadas, sólidos pontones y lujosos abrevaderos. Y digo que «venciendo mayores dificultades», porque el ayuntamiento era siempre su enemigo mortal, y jamás don Román quiso formar parte de él. Es fenómeno digno de estudio esa antipatía con que en los pueblos rurales miran los ayuntamientos a los vecinos del carácter benéfico, íntegro e independiente de don Román. Dicen los que creen entender algo en achaques de esta especie, que se explica el fenómeno por la calidad de la gente que aspira al cargo de administradores del municipio aldeano; por la lucha sorda que necesariamente ha de entablarse entre los omnipotentes pardillos de la Justicia, interesados en llevar la administración por los caminos de la rutina viciosa, aun jugando limpio, y las nobles y desinteresadas miras del independiente administrado; dicen... ¡qué sé yo lo que dicen, entendidos y maliciosos, sobre el caso! Pero yo lo pongo en cuarentena, y limítome a citar el hecho. Conste así, y haga el lector el uso que le plazca de la noticia.
Lo que a don Román costaban en dinero estas reformas y aquellas innovaciones, no hay que decirlo; pero todo, aunque era mucho, lo daba por bien empleado el buen señor, pues, merced a ello, era Coteruco la gala del valle; sus campos, los más productivos y los más productores; sus habitantes, los mejor vestidos y los más alegres; su taberna, la más desprovista y la menos concurrida; sus desvanes, los más repletos, y sus ganados, los más lucidos. Este era el único galardón que apetecía; el exclusivo fin a que aspiraba en sus dispendiosos desvelos el generoso Pérez de la Llosía.
Tenía una biblioteca adecuada a sus aficiones, y estaba suscrito a dos revistas de agricultura e industria, y a un diario de noticias, no por inclinación a la política, pues la detestaba con todo su corazón, sino por tener una idea, en las soledades de Coteruco, de cómo andaba por los grandes centros la cosa pública en todas sus fases. De cuanto en sus libros y en las tres publicaciones se contenía que pudiera entretener, enseñar o divertir a los labriegos, les enteraba minuciosamente en ocasiones como la que fuego estudiaremos. Únicamente les ocultaba cuanto se relacionase con el fango de la política al menudeo. Para don Román, llevar esta política a una aldea, equivalía a encerrar una víbora en un nido de palomas.
En el instante en que comienza nuestro relato, tenía don Román cincuenta y dos años, y conservaba el buen humor, las fuerzas y la robustez de los treinta; sólo algunas canas sembradas entre su espeso cabello y sus patillas, cuidadosamente recortadas, le denunciaban por hombre de edad. Era su aguileña faz morena, no por la naturaleza, sino tostada por la intemperie, como lo demostraba la blancura de su cuello; de talla mediana, pero bien aplomada, y suelto y vigoroso de miembros.
Para adquirir completa idea del carácter y de los hábitos de este personaje, y al propio tiempo conocer a otros, es indispensable que entremos en su casa, tres horas después que el lector se retiró, por mi consejo, de lo alto de Carrascosa.
De todas las callejas y desfiladeros de Coteruco iban desembocando en la plazoleta frontera a la portalada de don Román, negros bultos, de muy atrás denunciados por el monótono clan, clan de sus almadreñas al pisar sobre los morrillos del empedrado, o por el intermitente fulgor del cigarro, o por el sonoro relincho repetido por los cien ecos de los vecinos montes. Aquellos bultos, uno a uno, o en grupos, según lo disponía la casualidad, a medida que llegaban a la portalada, abríanla; atravesaban el corral, donde se oía el suave cencerreo del ganado que rumiaba en las cuadras inmediatas; entraban en el ancho soportal, descalzábanse las abarcas, arrimábanlas en apretada fila a la pared; y en escarpines, después de alzar la pesada aldabilla del portón del estragal, tomaban escalera arriba. Como sombras atravesaban, medio a oscuras y en silencio, el largo pasadizo que terminaba en la cocina; penetraban en ella, previo saludo de «Dios sea en esta casa», e iban sentándose sobre el poyo que se extendía por toda la línea de las paredes. Ardía, junto a la testera, copiosa fogata, y a todos alcanzaban su luz y su calor. Así fueron reuniéndose no menos de cincuenta labradores de Coteruco, como se reunían todas las noches de invierno en aquel sitio, y aun algunas de verano en la plazoleta de la portalada. Allí no se negaba la entrada a nadie, excepto a los borrachos contumaces, a los maridos crueles o a los hijos desnaturalizados, géneros que, en honor de la verdad, apenas eran conocidos en aquel lugar. Don Román presidía estas reuniones, ya iniciadas en vida de su padre; y tan identificado estaba con ellas y tan familiarizado el pueblo con la casa, que a la casa iba hasta el recaudador de contribuciones a cobrar las del vecindario allí reunido, previo anuncio, fijado en la puerta del Consistorio, de hacerlo así en tal o cual noche, sin que a don Román le causaran más extrañeza ni más extorsión ésta y otras parecidas algaradas, que la venida del sastre a tomarle medida de unos pantalones.
No faltaban, en la ocasión de que vamos hablando, los personajes que podían considerarse el alma de aquellas tertulias: Juan Antón el de la Portilla, autoridad de peso en plantíos y labranzas: Gorión el de la Junquera, la flor de los ganaderos; Toñazos el de la Callejona, carpintero ingenioso, sin dejar de ser buen labrador; Chisquín Bisanucos, afamado decidor, saco de marrullerías y camándulas, etc., etc. También se encontraba allí aquella noche el famoso Patricio Rigüelta, llamado por sus convecinos el Judas de la tertulia (a la cual asistía raras veces) y acaso se lo llamaran con razón. Era hombre de cincuenta años, moreno, enjuto, de ojos pequeños y mirada innoble, muy risueño y muy hablador. Tenía un poco de chalán, otro poco de arbitrista, muy poco de labrador y mucho de correntón y aventurero; era muy aficionado a ser concejal, pleitista perdurable y enemigo encarnizado de todos los ayuntamientos, cuando no lograba formar parte de ellos. Acaudillaba en Coteruco a todos los viciosos y haraganes que no tenían entrada en casa de don Román, y se despegaba de sus convecinos por costumbres, carácter y figura, como el agua del aceite. Que este sujeto no era santo de la devoción de don Román, no hay que decirlo; pero le admitía en su casa porque jamás le pidió permiso para entrar en ella: sospechaba, como sus tertulianos, que Rigüelta iba a su cocina para saber lo que allí se trataba, y venderlo en ocasión oportuna, si le convenía.
Y corriendo la velada sus primeros trámites de carácter, llegó a decir Gorión, rascándose la cabeza:
-Y ello, don Román, ¿se anima usté o no se anima? ¿mando u no mando? ¿voy u no voy a la feria de San José?
-¡Y dale con el tema! -respondió don Román volviéndose hacia Gorión. -Pero ¿qué demonio de coscojo se te ha metido en la mollera con esa feria dichosa, de un mes acá?
-Coscojo, coscojo, por decir coscojo, no es tanto como a usté se le figura el que a mí me ha entrao; pero mire usté, señor don Román, que tengo mucho ganao en la corte; que con el solano de antaño no hemos tenío pación ni toñá; que el agosto puede ser, u puede no ser; que si no es, el ganao no ha de roer los peales; que ahora se paga bien; que tengo hoy dos novillas que nos pueden dejar a usté y a mí un platal de ganancia, porque... mejorando lo presente, espejos de cristal paecen pa mirarse la cara en ellos... vamos, que regienden de gordas y se pueden lavar con dos cuartos de aceite.
-¡Y que no vale mentir! -manifestó Chisquín.
Miróle Gorión con dureza, y preguntóle muy serio:
-¿Va con segunda, Chisquín?
-¿Cómo ha de ir con segunda, hombre de Dios, si no había dicho endenantes la primera? -respondió Bisanucos, con su obligada sonrisilla maliciosa.
-Es que -replicó Gorión, -yo no quiero segundas; porque si tú entiendes mucho de sotilezas y requilorios, a engordar ganao... ni tú ni tu agüela.
-¡Cuidado con las segundas, Chisquín!... -dijo don Román a esto, fingiéndose enfadado. -Gorio tiene razón que le sobra, y tú eres tan buen malicioso como mal ganadero. Y si no, vamos a ver: ¿qué le das a la Galinda, que cada día está más encanijada?
-¡Ajá!... -interrumpió Gorión; -sacúdete ese tábano, y güelve por otro, Chisquín... ¿qué le das tú a la Galinda?
-¡Silencio todo el mundo! -exclamó don Román, mirando a Gorión con fingido enojo. -Quiero yo vérmelas mano a mano con este valiente. Con que sepamos, señor Chisquín, de qué vive ese pobre animal.
-Pues, hombre -respondió Chisquín, con su risita de siempre, -vive de lo que hay en el pajar... Y de lo que arranca de vez en cuando.
-Pues si esperas pagarme la renta de este año con las ganancias que te deje esa vaca, medrado estás.
-Eso, don Román, no me apura gran cosa que digamos...porque onde no hay... y, por último, usté no me ha de llevar a la cárcel, ni me ha de rematar la caldera.
-¡Fíate y no corras, Chisquín!
-¡Toña!... ¿Habéis oído?... ¡Pues no dice!... ¡Jajajá!
-¿De qué te ríes, chafandín?
-¡Toña, toña, toña! ¡Eso sí que tendría que ver!... ¡Don Román embargando a un rentero!
-Así me diera la gana.
-¿Cómo ha de darle, hombre? -exclamaron varias voces.
-¿Qué cómo ha de darme? -replicó don Román un poquillo picado de su derecho; -en cuanto la idea se me ponga entre los cascos.
-¿Cómo se le ha de poner a usté esa idea en jamás de los jamases?
-Poniéndoseme, ¡canastos!
-¡Que eso no puede ser, hombre!
-¿Apostamos a que me váis a negar hasta el derecho de pedir lo que es mío?
-Eso no; pero lo otro... lo otro, don Román, no es usté capaz de hacerlo.
-Y ¿cuál es lo otro?
-El embargo.
-Digo y sostengo que estaría en mi derecho obligando al lucero del alba a pagarme lo que me deba... ¿lo entendéis?... Y por cierto que si lo hiciera, no sería la primera vez.
-¡Toma! -exclamó Chisquín: -lo dice por Barriluco. Pues de ese modo, vaya usté embargándome a mí, ¡carafles! Un hombre que le debe tres duros por rentas de uno y otro; que no quiere pagarle, y gasta cada día dos pesetas en la taberna, y sale de ella hecho un cuero de vino; que va usté, y por el aquél de sostener la razón, le lleva a juicio; pide que te embarguen la caldera, se queda usté con ella por la deuda, y al otro día se la manda a casa a la mujer, con un item más de un ochentín de cinco duros.
-Eso, Chisquín, es hablar por hablar y meterte en lo que no te importa... Y hasta puede no ser verdad. El hecho es que Barriluco pagó lo que me debía, y a eso has de atenerte. Con que procura engordar un poco a la Galinda para no llevarte un chasco... Y se acabó la historia. ¿Cómo está tu madre, Blas?
-Va bien, muy bien, desde que el médico la asiste.
-¡De buena se ha librado!
-Verdá es.
-¡Bárbaros, más que bárbaros!...
-También es cierto; pero ello, don Román, pongámonos en los casos.
-No hay tales casos, sino falta de sentido común: por eso sois recelosos con la razón, y os váis como bestias detrás del primer charlatán que quiere robaros el dinero. ¡Mire usted que es ocurrencia! Bizmar de pies a cabeza, después de descoyuntarla los huesos, a una pobre anciana porque está inapetente y descolorida... Pues ¿cómo ha de estar a sus años, pedazo de bárbaro? Fortuna que lo supe a tiempo; que si no, a esta fecha está ya la infeliz con mi abuela.
-No diré que no.
-Lo que siento es no poder echar a presidio a la pícara forastera que explotó tu credulidad robándote cuatro duros después de martirizar a tu madre... Es preciso hacer ejemplares castigos para que vayáis abandonando esa y otras brutales preocupaciones.
-Y volviendo al caso, señor don Román -interrumpió Gorión, que no disimulaba su impaciencia, -¿llevo u no llevo a la feria las novillas?
-¡Llévalas con mil demonios, con tal que me dejes en paz! -respondióle don Román, formalmente sulfurado; y luego, volviéndose hacia Gorión, díjole clavando en él sus ojos penetrantes: -¿Quieres apostar a que después de tanto empeño en ir a la feria, no las vendes allá?
-¿Qué no las vendo?
-No, señor.
-¿Por qué?
-Porque no es ese el ajo que a ti te pica; porque no vas a venderlas; porque lo que tú quieres es fachendear con ellas y pintar la mona en la feria... ¿Acerté? Ahí le tenéis colorado como un tomatazo reventón... Pues te vas a llevar un solemne chasco, porque yo también voy a enviar mis dos novillas... Y con los collares de pelo.
-Hombre -replicó Gorión con un poquillo de resquemor-, tocante a eso... allá nos veremos, don Román. Buena es la Cordera de usté; pero la otra... la otra. ¿a qué hemos de decir lo que no es?... la otra, don Román, no llega a las mías..
Aquí se entabló una acalorada contienda sobre si llegaba o no llegaba, en la que tomaron parte casi todos los tertulianos; y al terminarse, quedando el punto dudoso, dijo Gorión, sobándose la barbilla con la zurda y mirando risueño a don Román:
-Y al auto de eso que usté dijo de los collares, ¿querría emprestarme dos de los que le sobran, pa las mis novillas?
-¡Hola! -exclamó el buen Pérez de la Llosía. -¿Con que también he de darte yo las armas para luchar contra mí?... Pues te presto los collares... ¡para que veas el miedo que me infundes!... Y, además, te hago una apuesta: vamos a poner en precio las novillas en la feria; y todo lo que ofrezcan por las tuyas más que por las mías, te lo regalo en dinero; y al contrario, me regalas tú a mí lo que ofrezcan por las mías más que por las tuyas.
-Con la Cordera de usté no entro yo a eso, don Román.
-¡Ah, fachendoso!... ¿Con que te encoges?
-Yo nunca he dicho que valga esa novilla menos que las mías.
-Pues, canario, con la otra va la apuesta.
-¡Con la otra!... Mire usté, don Román, que eso es robarle el dinero.
-Esa caridad es miedo, Gorio.
-Le aseguro a usté, don Román, como en la hora de mi muerte, que hablo con todo el sentir del corazón, y que si otra me queda, con ella reviente.
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The end
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