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Introducción
La guerra que en 1859 sostuvieron Italia y Francia contra el imperio de Austria terminó, como es sabido, por el tratado de paz de Villafranca, que reunía en una confederación todos los reinos del antiguo Lacio. Fue esta medida enérgica y universalmente combatida, no sólo en Italia, sino también en las demás naciones de Europa, principalmente en Francia y Bélgica, donde se abogaba calurosamente por la recién desenterrada teoría de las nacionalidades. Proudhon salió a su defensa. Manifestó los graves peligros que correría la libertad en Italia si llegasen a reunirse bajo el cetro de Víctor Manuel todos los pueblos que la componían; y sostuvo que era de suyo tan bueno y fecundo el principio de la federación que, aun aplicado de la manera que lo estaba en Alemania y se trataba de que lo estuviese en Italia, era preferible al establecimiento de la mejor de las monarquías.
Enfurecióse la democracia de todas partes al oírle, y le llenó de ultrajes. Atribúyase por unos su conducta al solo afán de singularizarse; por otros, a la mala intención de perder a los mismos cuya defensa afectaba tomar con tanto celo; por otros, a una infame traición; por otros, a un estrecho patriotismo. Llovían acusaciones contra él, y se le presentaba como el más acérrimo enemigo de la unidad de Italia.
Puesto Proudhon en la necesidad de defenderse y confundir a sus enemigos, examinó más a fondo el principio federativo y escribió este libro, uno de los más didácticos y acabados que han salido de su vigorosa pluma. Explica este libro en pocas páginas las causas de la inestabilidad de todos los sistemas y formas de gobierno, la razón por que las sociedades han girado hasta aquí dentro de un círculo del cual no han podido sacarlas ni aun las más sangrientas revoluciones, los caminos por donde hemos venido a la degradación y al caos de nuestros aciagos tiempos, el medio que nos queda para salir del atolladero y llegar a consolidar la libertad y el orden. Manifiesta la eterna coexistencia de la autoridad y la libertad, principios antitéticos que no pueden menos de estar en continua guerra, y que precisamente por estarlo engendran el movimiento político; estudia la índole y la naturaleza de los sistemas de gobierno deducidos a priori de cada uno de los dos principios, y demuestra la imposibilidad de que concepciones meramente lógicas se realicen dentro de los límites de su respectiva idea; examina los gobiernos mixtos que a causa de esa imposibilidad se forman, y descubre todas las causas de lucha y de anarquía que encierran, la corrupción a que tarde o temprano llevan, la inevitable muerte que producirían si los pueblos, movidos por su instinto de conservación, no terminaran por sepultarlos en mares de sangre; analiza por fin el papel que desempeñan en ese continuo vaivén político los diversos y aun contrapuestos intereses de las diversas clases sociales, cuyas opiniones y tendencias determina; y con esto, al paso que traza a grandes rasgos las revoluciones de los imperios, nos da la ley a que obedecen.
Patentiza Proudhon, por ese rápido bosquejo histórico, que la autoridad, en su lucha con la libertad, va siempre perdiendo terreno, y la libertad, por lo contrario, ganándolo, tanto que al cabo los pueblos se emancipan, ya su ciega sumisión de antes sustituyen el contrato. Entra por ahí nuestro autor en el examen de la convención política, y busca cuáles son las condiciones esenciales de la más conforme a la justicia y más digna de la independencia y de la grandeza del hombre. Las encuentra en la federación, y pasa de lleno al desenvolvimiento de la tesis objeto de su libro.
El pacto federativo es, a los ojos de Proudhon, el gran pacto. Es sinalagmático, es conmutativo, es limitado y concreto; deja a salvo la libertad de los que lo estipulan y dentro de insuperables límites la autoridad que crean; da a los contratantes mucho más de la que ceden, les garantiza lo que se reservan y los pone a cubierto de las usurpaciones del poder central, siempre absorbente en los demás sistemas de gobierno; establece equilibrio, orden, paz en lo interior y en la exterior, y acaba con las guerras ofensivas y la necesidad de los ejércitos permanentes. Lo ve fecundísimo Proudhon, principalmente si, después de establecido en el terreno político, se le hace extensivo a las relaciones económicas, y hay dentro de la Confederación confederaciones especiales para la recíproca protección del comercio y de la industria, para la construcción de caminos y canales, para la organización del crédito y los seguros, para el desarrollo, en una palabra, de todas las fuerzas vivas de nuestras sociedades. La federación con todas sus aplicaciones, termina por decir Proudhon, constituye todo mi programa.
¿Es esto racional? ¿Es sensato? No se propone el que estas líneas escribe hacer aquí una detenida crítica del libro. Está conforme con muchas ideas, no lo está con algunas; y si quisiera examinarlas todas, debería escribir un prólogo mayor que el cuerpo de la obra. Prescindirá de la filiación que da el autor al principio federativo, y se limitará a decir algo del principio mismo.
Está ahora muy en boga una teoría de que hemos hecho ya mérito: la de las nacionalidades. Créese generalmente que la naturaleza y la historia determinan a una los límites de los diversos pueblos que ha de haber en el mundo, y que la tarea política de hoy consiste en reducirlos a esas fronteras o restituírselas si les han sido usurpadas. Así, sobre todo en Europa, se piensa casi exclusivamente en la reconstitución de las naciones. Se ha reconstituido Italia, está a medio reconstituir Alemania, pugna por reconstituirse Grecia, se suspira por ver reconstituida Polonia, hay quien quisiera reconstituir España agregándole el antiguo reino lusitano, se trata de reconstituir toda la raza eslava desmembrando, o lo que es lo mismo, reconstituyendo Austria y Turquía.
Esta teoría ¿es verdadera? Observemos por de pronto que pueblos encerrados dentro de esas pretendidas fronteras naturales, lejos de simpatizar ni de tender a reunirse en un solo cuerpo, se aborrecen de muerte; que algunos, antes separados, hace ya siglos que constituyen una sola nación y aún hoy se miran con mal ojo y volverían con gusto a su antigua independencia; que aun dentro de las nacionalidades más vigorosa y sólidamente formadas hay provincias que, si unidas materialmente por la geografía, están moralmente disgregadas, no ya tan sólo por su historia, sino también por la diversidad de carácter, de costumbres, de industria, de lengua y hasta de raza; que abandonados esos pueblos y provincias a su voluntad, principalmente si llegasen a perder de vista los intereses que su unidad ha creado, tenderían, no a formar nuevos y más vastos imperios, sino a dividirse y distribuirse en mucho menores grupos. Parece contradecirnos la reciente formación de Italia y Alemania; mas no lo parecerá si se considera que las diversas provincias italianas se han incorporado voluntariamente a Cerdeña, para salir unas del poder de un gobierno extranjero y tiránico, y otras para sacudir de sus hombros el yugo de reyes déspotas; y que de las alemanas, las que no han sido agregadas a Prusia por la fuerza de las armas, han entrado a formar parte, no de la nación prusiana, sino de una nueva confederación germánica donde cada una conserva su autonomía.
Añádase ahora que las llamadas fronteras geográficas no suelen ser consideradas tales sino por constituir o haber constituido mucho tiempo los límites de dos pueblos; que acá se pretende que las forma un río, allá una cordillera; que dentro de una misma nación hay con frecuencia otros ríos y cordilleras de tanta o más extensión e importancia que, a ser la teoría cierta, la cortarían en dos o más naciones; que la idea de raza, por otra parte, contiene géneros y especies, y, como podría llegarse por éstas a dividir la humanidad en un gran número de pequeños Estados, cabría por aquellos distribuirla en un cortísimo número de vastos y dilatados imperios: que la historia por fin no es tampoco criterio para la determinación de las nacionalidades, pues las más de las agrupaciones históricas han sido debidas al derecho de la fuerza y no a la fuerza del derecho.
Todas estas consideraciones, que nos limitamos a indicar por no salir de los límites de un prólogo, no creemos que favorezcan mucho la teoría de las nacionalidades, determinadas en parte, es cierto, por todos esos elementos-geografía, historia, raza, lengua, etc.-, pero especialmente por simpatías e intereses, ya económicos, ya políticos, si las más de las veces permanentes, algunas pasajeros. Pero aun suponiendo que la teoría fuese verdadera, ¿se seguiría de ella que las nuevas naciones debiesen para constituirse pasar a formar reinos como el de Italia?
Es un hecho histórico inconcluso que los reinos y los imperios, cuanto más vastos son y sobre todo cuanto más compuestos están de provincias ayer independientes, tanto más centralizados viven y tanto más absoluta y tiránica es la autoridad a que obedecen. La necesidad de mantener unidas colectividades que por los vivos recuerdos de lo que fueron tienden aún a disgregarse, la imposibilidad de conseguirlo sin ir apagando toda vida local y sin organizar un poder que en un momento dado pueda hacer sentir su acción en todas partes, la natural tendencia de la autoridad a absorber las funciones todas del cuerpo social en cuanto se le abre el menor camino por donde pueda satisfacer su instinto, van con más o menos rapidez, según las circunstancias, socavando y destruyendo, ya la autonomía de la provincia, ya la del municipio, ya la del ciudadano, hasta dejar en lo posible la libertad nula, la autoridad omnipotente. Ni obsta para que esto suceda que los nuevos reinos vivan bajo un régimen más o menos constitucional y tengan los derechos políticos garantidos por una ley escrita; la garantía es de todo punto ilusoria desde el momento en que se cree la unidad nacional en peligro, y el sucesivo aumento de centralización va apareciendo de cada día una necesidad mayor a los ojos de todos los hombres de gobierno.
En España, sin ir más lejos, vimos desaparecer hasta los últimos restos de nuestras antiguas libertades después de redondeada la monarquía con la unión de la corona aragonesa a la de Castilla. Fue creciendo el despotismo a medida y a causa de la extensión que había tomado el reino; tanto que, según resulta de cartas escritas por Carlos V a Felipe II, si se desplegó en el siglo XVI tan bárbaro rigor contra los herejes, principalmente contra los que se creía partidarios de la Reforma, debe atribuirse, más que a celo religioso, a la mira política de conservar unidas, siquiera por la unidad de culto, provincias que apenas lo estaban por otro lazo y se temía ver separadas de Castilla a la primera coyuntura. Fuese poco a poco debilitando y derogando los fueros de Aragón y Cataluña y rasgando los municipales de todas partes, hasta el punto de llegar a sustituir los concejos de libre elección de otros tiempos por ayuntamientos compuestos de alcaldes y regidores perpetuos. ¡Y qué! ¿Ha dejado de existir en España la centralización porque se haya constitucionalizado la monarquía? Si se la ha relajado alguna vez, no ha tardado en venir el arrepentimiento.
No deja de suceder gran parte de esto, y es más, aun en las repúblicas unitarias. No hablaremos de las antiguas, más despóticas para los pueblos que incorporaron a su territorio que los imperios que las reemplazaron. La francesa de 1793 fue altamente centralizadora, y miró como sus enemigos capitales a los que pretendían restituir la vida a sus antiguas provincias; la de 1848 no alteró esencialmente en nada el régimen administrativo de la monarquía. Y una y otra vinieron también a hacer al fin ilusorias las mismas libertades individuales, aquella suspendiéndolas y esta reglamentándolas.
¿Por qué hoy, aleccionadas ya por la historia, no han de tratar de constituirse sobre un principio mejor las nuevas como las viejas naciones? ¿Por qué, en vez de seguir fundándose en el principio de autoridad, no han de poder establecerse sobre el de libertad, que es hoy el predominante? ¿Por qué, si por aquella senda corre tan gran riesgo la autonomía del individuo, del municipio y de la provincia, no han de empezar sancionándola y acabar por la creación o el reconocimiento de un poder central destinado tan sólo a sostenerla y a dirigir el desenvolvimiento de los intereses nacionales? ¿Por qué, en una palabra, no han de abandonar el régimen autocrático por el federativo? Antes que la nación, ¿no ha existido acaso la provincia, y antes que la provincia el pueblo? ¿No son acaso el pueblo y la provincia, aunque de orden inferior, colectividades por lo menos tan naturales y espontáneas como pueden haberlo sido más tarde las naciones? ¿Por qué, pues, sacrificar las unas a las otras? ¿Por qué no obligarlas a vivir juntas? ¿Por qué no dejarlas mover todas libremente dentro de su respectiva esfera de acción, susceptible, a no dudarlo, de ser determinada en el pacto federal que se celebre? Aun las libertades y los derechos del individuo podrían ser determinados y consignados en ese importante contrato político.
Los pueblos, adviértase bien, aman por instinto el régimen federativo. No se unen voluntariamente a otro pueblo, que no empiecen por estipular, bajo una u otra forma, la conservación de su autonomía. Testigo nuestra misma España. Las provincias que se fueron agregando sucesivamente a la corona de Castilla no perdieron de pronto sus fueros; y al verlos atacados después por los reyes, se alzaron y vertieron por ellos torrentes de sangre. Hoy, después de siglos de haberlos perdido, ¡con qué sentimiento no recuerdan aún que los tuvieron! Un pequeño grupo de provincias, las Vascongadas, ha logrado salvar los suyos: temerosas de perderlos bajo el gobierno de Isabel II, las hemos visto en nuestros mismos tiempos levantando banderas por Don Carlos y sosteniendo una lucha de siete años. ¿Qué más? España, en lo que va de siglo, ha pasado no solo por una revolución, más larga que intensa, sino también por una guerra extranjera. En todas y cada una de sus crisis, sus provincias han tendido al punto a organizarse por sí y a prepararse, ya para la defensa, ya para el ataque; siendo de notar que esto, lejos de quitarle fuerza, se la ha dado, y ha contribuido mucho a sus triunfos. Sin ese espíritu provincial, España habría sucumbido de seguro bajo la espada de Francia después de la toma de Madrid por Napoleón, y quizá después del Dos de Mayo. ¡Con qué placer, con cuán inmenso júbilo, no acogerían ahora esas provincias el pensamiento de una confederación ibérica! Harto lo saben ellas: la unión de España y Portugal, hoy dificilísima, sería entonces fácil. Cada provincia se desenvolvería en plena conformidad a su carácter, a su genio especial, a sus particulares elementos de vida. Recobrarían todas la animación que en otros días tuvieron; verían redundar en provecho propio el producto de sus contribuciones y sus sacrificios, que hoy ven desaparecer miserablemente en el mar sin fondo del Tesoro; aseguradas a la vez la paz y el orden, simplificada la administración, no estarían como ahora condenadas a invertirlo en ruinosos ejércitos ni en legiones innumerables de funcionarios públicos. No verían por fin, como hoy, la sombra de la autoridad central reflejada constantemente en su camino.
Sí, es popular, es verdaderamente popular el régimen federativo. Pero se le quiere aún inconscientemente, sin darse cuenta de su origen ni de su naturaleza, sin que se conozcan bien sus condiciones ni aun sus mismos resultados. Proudhon parece haber escrito este libro principalmente para llenar ese vacío; y aquí está para nosotros la importancia de su obra. Por ella pueden adquirir los pueblos conciencia de sus propias aspiraciones y aprender la manera de precisarlas y realizarlas; por ella conocer no solo las circunstancias esenciales del contrato federal, sino también las cláusulas que debe contener para que llene cumplidamente su objeto; por ella ver la doble y contrapuesta serie de consecuencias que emanan del unitarismo y del federalismo, y comprender por qué les lleva su instinto a buscar en la descentralización, o la que es lo mismo, en una confederación, el término de sus sufrimientos y la consolidación de la libertad y el orden.
Precisamente en esto es donde Proudhon está más claro, más lógico, más firme. ¿Qué importa que haya más o menos verdad, más o menos exageración en el resto? Lo que convenía era sentar el principio, determinarlo, desenvolverlo, examinar sus condiciones de apreciación, hacerlo sensible, palpable, vivificarlo en la conciencia de los pueblos. Proudhon la ha hecho, y brillantemente: no le exijamos más en tan pequeño libro. Sobrado ha hecho, principalmente cuando ha manifestado la necesidad de extender el principio al orden económico, no perdiendo, como no debería nunca perderse, de vista que no hay ni puede haber nada estable donde no marchen a un mismo paso y juntas la revolución social y la revolución política.
Este libro, uno de los del autor que han tenido menos boga en Francia, hoy como hace mucho tiempo extraviada por sus sueños de gloria, merece sin duda alguna fijar la atención de todos los hombres políticos y aun de todos los que se interesan por los progresos de su patria y de su especie. ¿Hay que reconstituir efectivamente algunas nacionalidades? Reconstitúyaselas en hora buena, pero sobre nuevas bases, sobre las bases que sostienen en Europa la libertad y la tranquilidad de Suiza, en América la libertad y la grandeza de los Estados Unidos. Sólo sobre estas bases hallarán su asiento así los nuevos como los viejos pueblos.
Francisco Pi y Margall.
Capítulo I: Dualismo político. Autoridad y libertad: oposición y conexión de estos dos sistemas
Antes de decir lo que se entiende por federación, es necesario recordar en algunas páginas el origen y la filiación de la idea. La teoría del sistema federal es nueva; creo hasta poder decir que no ha sido formulada por nadie. Está, empero, íntimamente enlazada con la teoría general de los gobiernos; es, hablando de una manera más precisa, su consecuencia indeclinable.
Entre tantas constituciones como la filosofía propone y la historia presenta ensayadas, no hay sino una que reúna las condiciones de justicia, orden, libertad y duración, sin las que no pueden subsistir ni la sociedad ni el individuo. La verdad es una como la naturaleza; y sería por cierto de extrañar que no fuese así, tanto para el espíritu como para la sociedad, que es su más grandiosa obra. Todos los publicistas han reconocido esa unidad de la legislación humana; todos, y es más, se han esforzado en conformar con ella sus doctrinas, sin por esto negar la variedad de aplicaciones que reclama el genio propio de cada nación y la diversidad general de tiempos y lugares, ni desconocer la parte que hay que dar a la libertad en todo sistema político. Trato de demostrar que esa constitución única, cuyo reconocimiento será el mayor esfuerzo que pueda hacer la razón de los pueblos, no es otra cosa que el sistema federativo. Toda forma de gobierno que de ella se aleje debe ser considerada como una creación empírica, como un bosquejo provisional, como una tienda de árabe debajo de la cual viene la sociedad a albergarse por un momento, levantándola al día siguiente de haberla establecido. Se hace aquí, por tanto, indispensable un severo análisis; y la primera verdad de que importa que el lector se convenza es que la política, variable a lo infinito como arte de aplicación, es en cuanto a los principios que la rigen una ciencia de demostración, ni más ni menos que la geometría y el álgebra.
El orden político descansa fundamentalmente en dos principios contrarios: la Autoridad y la Libertad. El primero inicia; el segundo determina. Este tiene por corolario la razón libre; aquel, la fe que obedece.
Contra esta primera proposición no creo que se levante nadie. La autoridad y la libertad son tan antiguas en el mundo como la raza humana, con nosotros nacen y en cada uno de nosotros se perpetúan. Haré ahora solo una observación que podría pasar inadvertida a los más de los lectores: estos dos principios forman, por decirlo así, una pareja cuyos dos términos están indisolublemente unidos y son, sin embargo, irreductibles el uno al otro, viviendo por más que hagamos en perpetua lucha. La autoridad supone indefectiblemente una libertad que la reconoce o la niega; y a su vez la libertad, en el sentido político de la palabra, una autoridad que trata con ella y la refrena o la tolera. Suprimida una de las dos, nada significa la otra: la autoridad sin una libertad que discute, resiste o se somete, es una palabra vana; la libertad sin una autoridad que le sirva de contrapeso carece de sentido.
El principio de autoridad, principio familiar, patriarcal, magistral, monárquico, teocrático, principio que tiende a la jerarquía, a la centralización, a la absorción, es debido a la naturaleza, y por lo mismo esencialmente fatal o divino, como quiera llamársele. Su acción, contrariada, dificultada por el principio contrario, puede ser ampliada o restringida indefinidamente, no aniquilada.
El principio de libertad, personal, individualista, crítico, agente de división, de elección, de transacción, es debido al espíritu. Es, por consecuencia, un principio esencialmente arbitrador, superior a la naturaleza, de que se sirve, y a la fatalidad que domina, ilimitado en sus aspiraciones, susceptible como su contrario de extensión y de restricción, pero tan incapaz como él de perecer en virtud de su propio desarrollo como de ser aniquilado por la violencia.
Síguese de aquí que en toda sociedad, aun la más autoritaria, hay que dejar necesariamente una parte a la libertad; y, recíprocamente, que en toda sociedad, aun la más liberal, hay que reservar una parte a la autoridad. Esta condición es tan absoluta, que no puede sustraerse a ella ninguna combinación política. A despecho del entendimiento, que tiende incesantemente a transformar la diversidad en unidad, permanecen los dos principios el uno enfrente del otro y en oposición continua. El movimiento político resulta de su tendencia inevitable a limitarse y de su reacción mutua.
Todo esto, lo confieso, no tiene quizá nada de nuevo, y temo ya que más de un lector me pregunte si es todo esto lo que voy a enseñarle. Nadie niega la naturaleza ni el espíritu a pesar de la mucha oscuridad que los envuelve; ningún publicista sueña con redargüir de falsa la autoridad ni la libertad, por más que su conciliación, su separación y su eliminación parezcan igualmente imposibles. ¿Adónde, pues, me propongo ir a parar repitiendo ese lugar común?
Lo diré. Voy aparar a que todas las constituciones políticas, todos los sistemas de gobierno, incluso la federación, pueden ser reducidos a esta sola fórmula: contrapeso de la autoridad por la libertad, y viceversa; a que, por consecuencia, las categorías adoptadas desde el tiempo de Aristóteles por los autores, categorías con cuyo auxilio se clasifica a los gobiernos, se diferencia a los Estados y se distingue a las naciones en monarquía, aristocracia, democracia, etc., se reducen, salvo aquí la federación, a construcciones hipotéticas y empíricas en las que la razón y la justicia no quedan plenamente satisfechas, a que todos esos gobiernos, compuestos de elementos iguales e igualmente incompletos, no difieren unos de otros sino en materia de intereses, de preocupaciones, de rutina, y en el fondo se parecen y se equivalen; a que así, si no fuese debido a la aplicación de tan falsos sistemas, el malestar social de que se acusan unas a otras las pasiones irritadas, los intereses lastimados y el amor propio burlado y ofendido, estaríamos respecto al fondo de las cosas cerca de entendernos; a que, por fin, todas esas divisiones de partidos entre los que abre nuestra imaginación abismos, toda esa contrariedad de opiniones que nos parece irresoluble, todos esos antagonismos de fortuna que creemos sin remedio, van a encontrar pronto en la teoría del gobierno federal su ecuación definitiva.
Qué de cosas, se dirá, en una mera oposición gramatical: ¡Autoridad, libertad!... Pues bien, sí. He observado que las inteligencias ordinarias, que los niños, ven mejor la verdad cuando reducida a una fórmula abstracta que cuando explicada en un volumen de disertaciones y de hechos. Me he propuesto a su vez abreviar el estudio para los que no pueden leer libros, y hacerlo lo más concluyente posible trabajando sobre simples nociones. Autoridad, libertad: dos ideas opuestas la una a la otra y condenadas a vivir en lucha o morir juntas; no se dirá, por cierto, que sea esto cosa difícil. Ten, amigo lector, solo la paciencia de leerme, y si has comprendido este primero y cortísimo capítulo, tú me dirás después cuál es tu juicio (1).
Notas
Proudhon formula en este primer capítulo una antinomia cuya existencia es indudable. Si hubiese escrito este libro diez años antes, habría buscado una síntesis para resolverla; en 1863 no creía ya como antes en la tricotomía hegeliana, y se propone tan sólo equilibrar, contrapesar los dos términos antitéticos. Como se verá, sin embargo, más adelante, llega por los dos caminos al mismo punto, al contrato, solución que nos había ya dado en su Idea general de la Revolución en el siglo XIX. (N. del T.).
Capítulo II: Concepción a priori del orden político: régimen de autoridad, régimen de libertad
Conocemos ya los dos principios fundamentales y antitéticos de todo gobierno: autoridad, libertad.
En virtud de la tendencia del espíritu humano a reducir todas sus ideas a un principio único, y, por tanto, a eliminar todas las que le parecen inconciliables con ese principio, dos regímenes diferentes se deducen a priori de esas dos nociones primordiales, según la preferencia o predilección dadas a la una o a la otra: el régimen de autoridad y el régimen de libertad.
Estando además la sociedad compuesta de individuos, y pudiéndose, desde el punto de vista político, concebir de cuatro maneras diferentes la relación del individuo con el grupo de que forma parte, resultan cuatro formas gubernativas, dos para cada régimen.
I. Régimen de autoridad.
A) Gobierno de todos por uno solo: Monarquía o patriarcado.
a) Gobierno de todos por todos: panarquía o comunismo.
El carácter especial de este régimen en sus dos especies es la indivisión del poder.
II. Régimen de libertad.
B) Gobierno de todos por cada uno: democracia.
b) Gobierno de cada uno por cada uno: anarquía o self-government.
El carácter esencial de este régimen en sus dos especies es la división del poder.
Ni más ni menos. Esta clasificación es matemática, como dada a priori por la naturaleza de las cosas y la deducción del espíritu. No puede la política quedar más acá ni ir más allá, ínterin se la considere como el resultado de una construcción silogística, cosa que supusieron naturalmente todos los antiguos legisladores. Esa sencillez es notable: nos presenta desde un principio y bajo todos los sistemas al jefe de Estado esforzándose en deducir de un solo elemento todas sus constituciones. La lógica y la buena fe son primordiales en política; pero aquí está precisamente el peligro.
Observaciones.
I. Es sabido cómo se establece el gobierno monárquico, expresión primitiva del principio de autoridad. Nos lo ha dicho M. de Bonald: se funda en la autoridad paterna. La familia es el embrión de la monarquía. Los primeros Estados fueron generalmente familias o tribus gobernadas por su jefe natural, marido, padre, patriarca, al fin Rey.
Bajo este régimen el Estado se desarrolla de dos maneras: primera, por la generación o multiplicación natural de la familia, tribu o raza; segunda, por la adopción, es decir, por la incorporación voluntaria o forzosa de las familias y tribus circunvecinas, hecha de suerte que las tribus reunidas no constituyan con la tribu-madre sino una misma domesticidad, una sola familia. Este desenvolvimiento del Estado monárquico puede alcanzar proporciones inmensas; puede llegar a centenares de millones de hombres, distribuidos por centenares de miles de leguas cuadradas.
La panarquía, pantocracia o comunismo, nace naturalmente de la muerte del monarca o jefe de familia, y de la declaración de los súbditos, hermanos, hijos o asociados, de querer permanecer en la indivisión sin elegir un nuevo jefe. Esta forma política, si es que de ella hay ejemplos, es sumamente rara, a causa de hacerse sentir más en ella el peso de la autoridad y abrumar más al individuo que el de cualquiera otra. Apenas ha sido adoptada más que por las comunidades religiosas, que han tendido al aniquilamiento de la libertad en todos los países y bajo todos los cultos. La idea no por esto deja de ser obtenida a priori, como la idea monárquica: encontrará su aplicación en los gobiernos de hecho, y debíamos mencionarla aun cuando no fuese más que para memoria.
Así la monarquía, fundada en la naturaleza y justificada, por consiguiente, en su idea, tiene su legitimidad y su moralidad. Otro tanto sucede con el comunismo. No tardaremos con todo en ver que esas dos variedades del mismo régimen, a pesar de lo concreto del hecho en que descansan y lo racional de su deducción, no pueden mantenerse dentro del rigor de su principio ni en la pureza de su esencia, y están, por tanto, condenadas a permanecer siempre en estado de hipótesis. De hecho, a pesar de su origen patriarcal, de su benigno temperamento y de sus aires de absolutismo y derecho divino, ni la monarquía ni el comunismo se han desarrollado en ninguna parte conservando la pureza de su tipo.
II. ¿Cómo se establece a su vez el gobierno democrático, expresión espontánea del principio de libertad? Juan Jacobo Rousseau y la Revolución nos lo han enseñado, por medio del contrato. Aquí la fisiología no entra ya por nada: el Estado aparece como el producto, no ya de la naturaleza orgánica, de la carne, sino de la naturaleza inteligible, del espíritu.
Bajo este régimen, el Estado se desarrolla por accesión o adhesión libre. Así como se supone que los ciudadanos todos han firmado el contrato, se supone también que lo ha suscrito el extranjero que entra en la República: bajo esta condición solamente se le otorgan los derechos y prerrogativas de ciudadano. Si el Estado ha de sostener una guerra y se hace conquistador, concede por la fuerza de su mismo principio a las poblaciones vencidas los derechos de que gozan los vencedores, que es lo que se conoce con el nombre de isonomía. Tal era entre los romanos la concesión del derecho de ciudadanía. Supónese hasta que los niños al llegar a la mayor edad han jurado el pacto. No sucede en las democracias lo que en las monarquías, donde se es súbdito de nacimiento sólo por ser hijo de súbdito, ni lo que en las comunidades de Licurgo y de Platón, donde por el solo hecho de venir al mundo se pertenecía al Estado. En una democracia no se es, en realidad, ciudadano por ser hijo de ciudadano; para serlo es de todo punto necesario en derecho, independientemente de la cualidad de ingenuo, haber elegido el sistema liberal.
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