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El audaz

Benito Pérez Galdós · 1871 · Free in the US

118,885 words · about 8 h 20 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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Licence: PD-US · Published in 1871 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=El_audaz&action=history). · Wikisource contributors

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About this book

Language
Spanish
Published
1871
Length
118,885 words · about 8 h 20 min
Sections
30 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (30)
  1. I about 32 min
  2. II about 28 min
  3. III about 28 min
  4. IV about 35 min
  5. V about 28 min
  6. VI about 19 min
  7. VII about 16 min
  8. VIII about 20 min
  9. IX about 24 min
  10. X about 14 min
  11. XI about 30 min
  12. XII about 13 min
  13. XIII about 15 min
  14. XIV about 10 min
  15. XV about 5 min
  16. XVI about 18 min
  17. XVII about 15 min
  18. XVIII about 17 min
  19. XIX about 9 min
  20. XX about 16 min
  21. XXI about 21 min
  22. XXII about 3 min
  23. XXIII about 10 min
  24. XXIV about 5 min
  25. XXV about 12 min
  26. XXVI about 9 min
  27. XXVII about 14 min
  28. XXVIII about 14 min
  29. XXIX about 9 min
  30. XXX about 10 min

Continue:

I

Capítulo I - Curioso diálogo entre un fraile y un ateo en el año de 1804

I

El padre Jerónimo de Matamala, uno de los frailes más discretos del convento de franciscanos de Ocaña, hombre de genio festivo y arregladas costumbres, dejó la esculpida y lustrosa silla del coro en el momento en que se acababa el rezo de la tarde, y muy de prisa se dirigió a la portería, donde le aguardaba una persona, que había mostrado grandes deseos de verlo y hablarle.

Poco antes un lego, que desempeñaba en aquella casa oficios nada espirituales, había trabado una viva contienda con el visitante. Empeñábase éste en ver al padre Matamala, contrariando las prescripciones litúrgicas que a aquella hora exigían su presencia en el coro; se esforzaba el lego en probar que tal pretensión era contraria a la letra y espíritu de los sagrados cánones, y oponía la inquebrantable fórmula del terrible non possumos a las súplicas del forastero, el cual, fatigado y con muestras de gran desaliento, se apoyaba en el marco de la puerta. Hablaba con descompuestos ademanes y alterada voz; contestábale el otro con rudeza, orgulloso de ejercer autoridad aunque no pasara de la entrada; y el diálogo iba ya a tomar proporciones de altercado, tal vez la cuestión estaba próxima a descender de las altas regiones de la discusión para expresarse en hechos, cuando apareció fray Jerónimo de Matamala, y abriendo los brazos en presencia del desconocido, exclamó con muestras de alborozo:

-¡Martín, querido Martín, tú por aquí! ¿Cuándo has llegado?... ¿De dónde vienes?

Contestole con frases afectuosas el viajero, y ambos entraron. Al avanzar por el claustro pudo el lego notar que hablaban con mucho calor; que el visitante no había dejado de ser displicente; que continuaba con el mismo aspecto de hastío y desdén, y que el padre Matamala se mostraba en extremo cariñoso y solícito con él.

El forastero (conviene darle a conocer antes que refiramos, textualmente, como es nuestro propósito, el acalorado diálogo que ambos personajes sostuvieron en la huerta del convento) era un joven llamado Martín Martínez Muriel; y no será aventurado asegurar que intervendrá con frecuencia en la mayor parte de los hechos de esta puntual historia. Había nacido en un pueblo de la áspera y fragosa sierra que se extiende en el centro de la Península, y de la cual, con las corrientes de los ríos y las ramificaciones de las montañas, parece emanar y difundirse por todo el suelo el genio de las dos Castillas. A la edad en que lo conocemos (no podemos afirmar que hubiera llegado a los treinta años; pero, a juzgar por su fisonomía, no necesitaba largas jornadas para llegar a ellos), había tenido una vida tan borrascosa, eran tantas y tan prodigiosas sus aventuras, que refiriéndolas llenaríamos este volumen. Algunas, sin embargo, hemos de sacar del olvido en que yacen a causa de los desdenes de la Historia.

Hijo de un hombre cuya vida fue serie no interrumpida de desventuras, aquel joven las compartió todas por una excesiva severidad del destino de su familia. Fueron sus primeros años agitados y tristes, porque de la casa habían huido las alegrías mucho tiempo antes; y siendo niño tuvo que hacer esfuerzos de hombre y de héroe para sobrellevar la vida. Semejante escuela no podía menos de robustecer su voluntad para lo sucesivo, dándole una iniciativa de que carecen los que no conocen las enseñanzas de la contrariedad. Adquirió un valor moral que rara vez nace y crece en el teatro de la dicha, y al mismo tiempo todos sus actos, lo mismo que su lenguaje y modales, adquirieron un sello de seriedad algo torva, favoreciendo en él el ejercicio de una cualidad innata de su espíritu, que en los desahogos íntimos de su ambición sintetizaba esta palabra: mandar.

Muriel había nacido para mandar, para dirigir, para legislar, y como el Destino no puso en su mano las riendas de un Estado, ni la disciplina de un ejército, ni la soberanía de un pueblo, ofreció su vida toda una contradicción misteriosa, aunque no muy rara vez en esta edad. Los enigmas indescifrables que a veces presentan a nuestra observación ciertos caracteres que hallamos en la jornada de la existencia, proceden de una contradicción horrorosa entre la aptitud y la vida. No se explican de otro modo algunas catástrofes individuales anatematizadas por el Derecho y la Religión, y ante las cuales, absortos y conmovidos, no nos atrevemos a dar nuestro fallo. Luchando con el tiempo y las circunstancias, los caracteres se ven en singularísimos trances que los trastornan profundamente.

Volvamos a su vida. Su padre, hijo de labradores, no había podido nunca substraerse a los golpes de una suerte adversa. Había heredado una escasa fortuna territorial; pero ni sacó de ella gran provecho ni pudo enajenarla, por estar afecta a un señorío. Era hombre emprendedor, se sentía con facultades no comunes para el comercio, y al fin, dominado por la idea de su engrandecimiento pecuniario, idea en que la avaricia tenía parte muy pequeña, abandonó el suelo nativo, traspasando sus inmuebles a otro colono, y se marchó a Andalucía. Allí casó con la hija de un comerciante en situación nada próspera; entró en el comercio con fe; pero sus primeros pasos en una carrera en que el éxito parece depender de misteriosa y voluble deidad, fueron fatales. Regresó a Castilla, administró las fincas de un caballero segoviano que le pagó cruelmente, y esto, lejos de sacarlo de apuros, aumentó el catálogo de sus desgracias; porque su probidad se puso en duda, y hubo proceso, del cual salió con honor, aunque dejando sus ahorros en las garras de los leguleyos.

Deseoso nuevamente de probar fortuna en el comercio, volvió a Andalucía, dejando a su familia en Castilla: se embarcó para América y volvió a los tres años con muy escasas ganancias. Seis años de una prosperidad trabajosa, en que los reveses fueron pocos y ligeros, dieron algún desahogo a la familia Muriel, que vivía ya sin ilusiones. Pero de pronto un suceso doloroso vino a perturbarla de nuevo: la esposa, carácter firmísimo y tierno que había logrado aplacar el funesto ardor aventurero de Muriel, murió joven aún, dejando dos hijos de muy diferente edad: el uno nacido en los primeros años de matrimonio, y el otro en el último, poco antes de que la noble alma de la que le dio el ser saliera de este mundo. Desde entonces las desdichas no conocieron obstáculo ni dique: desbordáronse sobre la familia, produciendo, como primer triste resultado, la separación voluntaria del padre y el hijo más viejo. Pusiéronle pleito los parientes de la difunta, y aunque no vieron resuelta la cuestión, ni creemos que se haya resuelto todavía, perdieron cuanto tenían, siendo preciso que cada cual se buscase la vida como Dios mejor le diera a entender.

Fue D. Pablo a Granada, donde a fuerza de recomendaciones logró administrar las grandes fincas del conde de Cerezuelo, y encargarse al mismo tiempo de activar un pleito que este noble señor tenía en la Cancillería de aquella ciudad. Pero los pleitos marchaban entonces con más embarazo que ahora y se embrollaban con más facilidad. No fue lo peor la dilación ni el embrollo, sino que unos amigos oficiosos de Cerezuelo, administradores a quienes Muriel había substituido, se dieron tal arte, que hicieron aparecer a éste como falsificador de un documento, acusándole además de haber desfigurado otro en extremo favorable a los derechos de su protector. Muriel fue exonerado de sus poderes administrativos y encerrado en la cárcel; este nuevo proceso tenía todo el horror de lo criminal sin carecer de las complicaciones dilatorias de la justicia civil. Era una muerte lenta, una inquisición, que no mataba, pero que deshonraba con calma, con método, digámoslo así, día por día; escribiendo una infamia en cada hoja de un protocolo interminable; añadiendo en cada hora una sospecha, una declaración capciosa, un testimonio falso al catálogo de vergüenzas arrojadas sobre la frente del hombre justo; quitándole una a una todas las simpatías, todos los afectos, desde la amistad más decidida hasta la compasión más desdeñosa, dejándole al fin en espantosa soledad física y moral, sin más mundo que la cárcel para el cuerpo y su conciencia para el espíritu. La suerte de aquel hombre íntegro, que no tenía más defecto que carecer de sentido práctico y ser inclinado a dejarse arrastrar por la imaginación, había empleado en su daño todos los sinsabores de la vida. No lo faltaba más que la deshonra, y ésta fue el triste epílogo de sus desventuras.

II

En esta vida de contratiempos y luchas creció el desdichado Martín, que fue triste en su niñez y grave antes de ser hombre. Su padre, que había descubierto en él facultades intelectuales dignas de ser cultivadas, le destinó a las letras y al foro, no inclinándole a la carrera eclesiástica porque desde la infancia había mostrado gran repulsión a los hábitos. Más le gustaba la milicia; pero no era posible, por la falta de recursos y su origen plebeyo, hacerle entrar en el camino de las glorias militares. Dejole su padre en Sevilla, y allí algunas travesuras cometidas le atrasaron en sus estudios. Pero lo que más contribuyó a extraviarle, decidiendo al mismo tiempo su carácter definitivo o influyendo hondamente en el resto de su vida, fueron las amistades que contrajo en aquella ciudad.

En los primeros años del siglo presente, lo mismo que en los últimos del anterior, se habían extendido, aunque circunscritas a muy estrecha esfera, las ideas volterianas. La revolución filosófica, tarda y perezosa en apoderarse de la masa general del pueblo, hizo estragos en los tres principales centros de educación, Madrid, Sevilla y Salamanca, y es seguro que las escuelas literarias de estos dos últimos puntos, escuelas de pura imitación, no fueron ajenas a este movimiento. Pero donde más y mejor prendió el fuego del volterianismo fue en Andalucía, cuya raza, impresionable y fogosa, es inclinada a la rebeldía, así política como intelectual, y se deja conmover fácilmente por las ideas innovadoras. La tradición y la historia guardan el recuerdo de caracteres viriles, alucinados por diabólico espíritu de protesta, tales como Gallardo, Marchena y Blanco White, hijos los tres de Andalucía y primeros héroes y víctimas de nuestras discordias religioso-políticas.

Por mucho rencor que la posteridad guarde al Gobierno de Godoy, no puede menos de conceder que fue tolerante en materias de libertad intelectual, y que siempre le hallaron poco dispuesto a secundar las bárbaras aspiraciones de la teocracia. Entonces era fácil procurarse los libros más contrarios a nuestro antiguo genio castizo; y los que entendían alguna lengua extranjera, podían satisfacer fácilmente su curiosidad sin temor de que el Santo Oficio les molestara ni de que el brazo secular les persiguiera. Cundió el volterianismo y la democracia platónica de Rousseau. Como la exageración acompaña siempre fatalmente a todo movimiento revolucionario, no faltaron en esta corriente invasora las doctrinas del más bestial y ridículo ateísmo, de aquel dios llamado Ibrascha, a quien tributó culto D. José Marchena en la Conserjería de París en 1793.

La raza holgazana de los abates encontró en esto un motivo de entretenimiento; y el cultivo de la poesía pastoril y amatoria, pagana, fría y no repudiada por nadie, no dejó de contribuir a la realización de aquel contrabando de ideas. Toda irrupción literaria lleva en sí el germen de una irrupción filosófica.

No escaparon del estrago algunos clérigos de audaz imaginación, mal comprimida por el sacramento, a los que se unió tal cual regular; pero estos casos no eran frecuentes, sobre todo en los últimos. Por lo común, aunque algunas ideas vagas cundieron por toda la sociedad, la idea revolucionaria no salió de círculos muy reducidos, y acaso a esta concentración debió la enorme violencia con que se manifestaba en determinados individuos. Tal vez por no haberse difundido, haciendo de este modo imposible la controversia, pudo el ateísmo hacer tantos estragos en algunas nobles inteligencias. El espíritu de protesta, que al principio fue puramente religioso, pasó después a ser social. En esta protesta no cabía la transacción. Sus negociaciones eran categóricas y rotundas. En dos puntos concentraba todo su odio: en la nobleza y en el clero.

La imaginación arrebatada del joven Muriel fue una tierra fecundísima en que las nuevas ideas germinaron con asombroso desarrollo. El espíritu revolucionario, explosión de la conciencia humana, se mostró en él rudo, implacable, radical, sin la depuración que después han traído el estudio y el mejor conocimiento del hombre. La abolición de privilegios, la negación del derecho divino, la soberanía nacional, los derechos del hombre. He aquí los grandes problemas planteados en aquellos días. El que conozca la sociedad de entonces disculpará la exageración. Fuerza es que se la disculpemos a Muriel, que al acoger aquellas ideas experimentó el único goce de su espíritu. Su nacimiento, su vida, sus desgracias, ¿no eran otras tantas circunstancias atenuantes? La felicidad en las naciones, como en los pueblos, nunca es innovadora.

Profesaba a la nobleza un odio vivísimo; pero no pasó de ser un resentimiento platónico, digámoslo así, un rencor puramente ideal, aprendido en los libros y no en la vida. El tiempo y las circunstancias pudieran haberlo atenuado o destruido. Pero no: el tiempo y las circunstancias confirmaron y aumentaron aquel odio. Entretanto abandonó sus estudios escolásticos, sin que por eso dejara de entregarse noche y día a la lectura de sus queridos libros. Devoraba cuantos describieran y comentaran la revolución francesa. Las grandezas asombrosas y los inmensos horrores de aquella época producían en su ánimo estupefacción semejante a la que produciría el presenciar las primeras conmociones de la sociedad humana en los más remotos tiempos, tales como Babel o el Diluvio, tragedias espantosas. Compartían su espíritu el entusiasmo y el asombro; en su mente el hecho horrible se sublimaba al contacto de la noble idea: perdíase en una contemplación sin fin, durante la cual se le representaban en la fantasía los caracteres y los hechos de la pavorosa catástrofe; y cuando concluían sus éxtasis, era para dar lugar a una inquietud extraordinaria. Iba y venía reconcentrado y solo; algunos le tenían por demente, y él se juzgaba viviendo en un desierto. Muriel no se parecía en nada a la sociedad de su tiempo, pues hasta los pocos que como él pensaban eran de muy diferente manera. En él estaba como en depósito la idea que más tarde había de expresarse en hechos. Mientras no llegara este momento, aquel joven era una excentricidad y una rareza. Si el tiempo no hubiera venido a darle razón, habría pasado siempre por un loco, y, en tal caso, escribir su vida sería locura mayor que la suya. Pero el tiempo ha justificado su carácter, y la personificación de aquellas ideas que tan pocos profesaban entonces, es una tarea que el arte no debe desdeñar.

III

En tal situación de espíritu se hallaba Muriel cuando supo que su padre estaba preso en Granada, en compañía de su hermanito, chicuelo de nueve años. Ambos sin fortuna, sin hogar, solos, abandonados, perseguidos, aquel anciano y aquel niño inocente no tenían más asilo que la cárcel, abierta para ellos por la maldad y la envidia. No es de este lugar referir los padecimientos de los seres infelices, de tan diversa edad, y condenados a repartirse el breve espacio de un calabozo; el uno con los ojos constantemente fijos en el suelo, el otro con la vista clavada en la reja, al través de cuyos hierros se veía un pedazo de cielo; el primero buscando un hoyo en que reposar, el segundo constantemente atraído por el espacio, por la vida.

Muriel vivía pobremente en Sevilla; se alimentaba de milagro, no bastando sus tareas de escribiente en casa de cierto curial para sacarle de miseria, mucho más porque era tan pródigo como pobre, y antes abría la mano para dar que para recibir sus mezquinas ganancias. Con el comer corría parejas el vestir, y su vida era una serie de apreturas, cuyo fin no distinguía en el porvenir. Cuando supo lo que ocurría en Granada, cuando supo que su padre y hermano se morían en una prisión a causa de un proceso en que la envidia y codicia de sus enemigos habían desempeñado el principal papel, la primera determinación que tomó en su violento arrebato de cólera fue dirigirse inmediatamente a Madrid, con intención de mover cuantos resortes estuvieran a su alcance para sacar a su padre de la cárcel. Él tenía amistad muy íntima con un clérigo sevillano, poeta incurable de aquella escuela, bastante contaminado por las nuevas ideas, persona de amenas costumbres, y que inspiraba respeto a cuantos lo trataban. Como era voz pública que se carteaba con varios personajes de la Corte, pidiole Muriel su protección, la cual no le negó el canónigo. Además recogió cuantas cartas pudo de otros individuos, y se fue a Madrid, esperando que le ayudara también en sus propósitos un religioso de Ocaña, pariente de su madre, y al que había conocido en el poco tiempo que residió en la Corte, mientras su padre estaba en América. De este fraile se contaba que tenía gran amistad con graves y encopetados señores.

Fue Muriel a la capital, y allí sus tormentos no son para referidos. En ninguna parte le hacían caso. Iba y venía de palacio en palacio, de casa en casa, sufriendo desaires las pocas veces que se le recibía. La pobreza que su persona revelaba, la estrechez en que vivía, obligándole a acompañarse de personas bien poco cultas, contribuyeron al descalabro de su pretensión, que era considerada como una locura sin ejemplo. Había sido recomendado a un petimetre famoso, que era el dios de las ruidosas tertulias de Pepita Tudó; y este joven, ser ridículo y despreciable, hizo objeto de burlas al pobre, pretendiente, obligándole a pasar mil sonrojos. Traía además carta para el prior de la Merced, el cual no dejó de mostrarse algo propicio; pero como un día Muriel, en el curso de una familiar conversación, dejase escapar algunas apreciaciones poco ortodoxas y de un marcado olor revolucionario, amoscose el padre, retirole su protección, y, más que en servirle, empleó su valimiento en contrariarle. El conde de Cerezuelo no lo quiso recibir, porque cedía a las influencias de sus satélites, empeñados en la completa perdición y deshonra del antiguo administrador. También había llevado epístola para un grave, estirado y almidonado alcalde de Casa y Corte; más éste se mostraba muy afable y no hacía nada. ¿Cómo prestar oídos a la exigencia de un joven pobre, obscuro, advenedizo y misántropo en un asunto en que estaba interesada una poderosa familia? Comprendió al cabo Muriel que la lucha era imposible. Recorrió todas las oficinas y covachuelas, tocó todos los registros de nuestra complicadísima administración. Nada era posible lograr. El Estado en masa estaba en contra suya. Coger una montaña y echársela a cuestas hubiera sido más fácil que salir adelante en aquella empresa. Su desesperación no conoció límites cuando llegó a entender que empleando la venalidad conseguiría su deseo. Viendo de cerca la maquinaria mohosa y podrida de nuestra administración judicial y civil, conoció que desde el Príncipe de la Paz hasta el último rábula resolvían todas las cuestiones a gusto del interesado y mediante una cantidad proporcional. La corrupción era general y crónica. Comprábanse los destinos y la justicia era objeto de granjería. Él, a ser rico, hubiera comprado a España entera. En aquellos días su rencor era tan profundo, que sin escrúpulo de conciencia se hubiera vendido a Napoleón, a los ingleses, al demonio. Hubiera visto con júbilo desplomarse todo aquel alcázar de corrupción, sepultando entre sus ruinas a Carlos IV, a María Luisa, a Godoy, a Escoiquiz, a Fernando, a los frailes, a la nobleza, al clero, a la magistratura. Ya en una esfera puramente ideal había pronunciado sentencias contra todo esto. Pero al ver de cerca las cosas, conociendo la ignorancia y frivolidad de la alta clase, la degradación de los regulares, en quienes no resplandecía ya ni un destello del antiguo misticismo, la infame corruptela que gangrenaba el cuerpo político, su saña se enconó, y de aquel espíritu lleno de tribulaciones se apoderó al fin por completo lo que era a la vez un sentimiento y una idea: la revolución.

Tal era la situación de Muriel, cuando un acontecimiento inesperado vino a poner fin a su lucha, llenándole a la vez de tristeza. Su padre murió en la cárcel de Granada. Sintió con esto el joven, al par de la pena, una especie de alivio. Parecía que su agitada inteligencia necesitaba descanso, y aquella muerte que arrancaba de la tierra el alma del varón justo para llevarla a su verdadero sitio, le parecía más bien un beneficio que un agravio. Dios había tomado a su cargo el asunto y lo había resuelto. Muriel, que no estaba seguro de creer en Dios, pensó mucho en esto.

Marchó entonces a Andalucía con intento de recoger a su hermano, y aquí nos hallamos con un incidente imprevisto, que no es fácil podamos explicar ahora. Su hermano no estaba allí. Investigando sobre los sucesos de esta historia, hemos averiguado que, conociendo el anciano que su fin estaba próximo, quiso escribir a su hijo, de quien en la prisión había recibido varias cartas. Dijéronle que su hijo había muerto, y no sabemos si se pensó engañarle o si efectivamente las personas que tal dijeron creían que Martín había desaparecido del mundo. Si fue lo primero, ignoramos los móviles; mas tal vez en el curso de esta narración se esclarezca un asunto que originó en el moribundo la determinación que vamos a referir. Lo que está fuera de duda es que éste, viendo que aquel niño iba a quedar sin amparo en el mundo, ideó, llevado de su buen corazón, un plan que juzgaba el más razonable en aquellos momentos. Creyó que no debía pedir protección sino al que aparecía como autor de su desventura, al propio conde de Cerezuelo. Fija esta idea en su mente, y considerando que, después de haberle causado tanto daño, el conde no podía guardar rencor a aquella criatura, resolvió enviárselo. Contaba con herir la cuerda de la conmiseración en su antiguo protector, que no podía llevar su saña más allá de la tumba. Además, el conde no era inhumano; las personas a cuyas sugestiones había cedido, no se opondrían a que amparara al hijo de la víctima, niño infeliz, que era el mejor testimonio de las crueldades cometidas con su padre. Muriel contaba hasta con los remordimientos de sus enemigos para esperar aquel resultado, y al mismo tiempo recordaba que el ilustre prócer tenía una hija, de cuya sensibilidad el pobre preso había formado muy alto concepto.

Estas consideraciones le afirmaron en su propósito, y dominado por una idea que tiene explicación en su inmensa bondad, escribió al conde una carta, de la cual hemos oído referir algunos párrafos, sin que nunca hayamos podido haberla a mano. En esta carta patética, en que se reflejaba la turbación de espíritu del buen hombre, estaba escrita su única disposición testamentaria. Murió al día siguiente de escribirla, y una persona, más compasiva con él entonces que lo fue en vida, se apoderó del muchacho y lo envió a Alcalá, donde habitualmente residía el conde.

Grande fue la sorpresa de Martín cuando al llegar a Granada supo lo que había pasado. No podía explicarse la determinación de su padre, ni conocía los móviles que pudieron inclinarle a obrar de aquel modo. En su confusión, quiso volver inmediatamente a Castilla, pero se lo impidió una grave y repentina enfermedad, contraída a causa de la hondísima alteración de su ánimo y de la considerable fatiga de su cuerpo.

Exánime y trastornado, estuvo cuarenta días en un hospital, y hasta la misma caridad cuidaba con algún desvío aquel cuerpo calenturiento y moribundo, en el cual se creía que no podía habitar sino un alma extraviada. En sus delirios creyó ver cercana la muerte; y ésta, en realidad, no andaba lejos. La idea de aquel Dios que se había complacido en olvidar iluminó su inteligencia en momentos de amargura. Aspiraba al descanso eterno, y la idea de la justicia de ultratumba era la única luz que iluminaba aquella conciencia turbada por la negación. Su fe, sacudida por el análisis, se fortaleció en lo relativo a la creencia en un Dios justo y bueno, porque en su noble espíritu no cabía el materialismo soez que hace del hombre una máquina más perfecta que las que hacen los ingenieros. Restableció todo lo divino y todo lo eterno; y el ídolo, caído a impulso de la filosofía, volvió a ocupar en el cielo vacante su trono inmortal. El ateo se complacía en deslumbrar sus ojos con la luz que esparcía por los mundos aquel altísimo ser. No lo negaba: pero su creencia era vaga y obscura, sin que en ella hubiera nada de la entidad personal de que había oído hablar a los teólogos. Su fe en este punto no era otra cosa que el último refinamiento de la duda. En creer lo que creía, con el único objeto de buscar consuelo en la justicia de ultratumba, había algo de egoísmo. Más que fe, aquello era esperanza.

Por lo demás, ni el dolor ni la proximidad de la muerte atenuaron en él el odio a la sociedad de su tiempo y a sus instituciones fundamentales. Convaleciente, débil y dominado por tenaz hipocondría, se ocupaba en imaginar vastos planes de destrucción. Sentíase crecer: inmensos ejércitos le obedecían. Temblaba la sociedad convulsa y herida bajo sus pies. Invocaba no sé qué fuerzas desconocidas y ocultas en el seno de la sociedad misma, y traía a la memoria la combustión horrible que, inflamando al pueblo francés, revolvió y depuró sus elementos. Ante la majestad de la idea de depuración, no le mortificaba ver los maderos de un patíbulo en que purgase sus faltas la Humanidad extraviada y corrompida.

Restablecido al fin por completo, no pensó más que en trasladarse a la Corte. Una fuerza secreta le impulsaba hacia allá. La miseria que había observado en su viaje anterior no le desanimaba. Creía, sin saber por qué, en la existencia de un incógnito problema por resolver; había en él cierta propensión a dejar de ser ideólogo, a obrar en cualquier sentido, a hacer algo que sacara al exterior aquella balumba de ardientes deseos que, comprimidos y encerrados, le producían malestar horrible. Ésta fue la causa principal de su determinación, si bien existían otras de índole puramente externas, tales como recoger a su hermano y exigir a Cerezuelo el pago de cierta cantidad que su padre nunca pudo hacer efectiva, a pesar de ser enteramente ajena al motivo de la prisión.

Púsose en marcha, y no quiso dejar de visitar a su paso por Ocaña al padre Jerónimo de Matamala, el único que le había servido antes con algún interés, aunque sin fruto. Llegó al convento, y después del ligero altercado que hemos referido, entró y habló ligeramente con su amigo, diciendo uno y otro lo que fielmente vamos a reproducir.

IV

Hallábanse en la huerta del convento, sentados en un banco de piedra. Caía la tarde, y los últimos rayos del sol hacían proyectar oblicuamente la sombra de los grandes chopos, trazando largas y paralelas fajas en el suelo. Era la huerta un inmenso rectángulo formado por elevados muros, sin más comunicaciones con el exterior que una enorme portalada, por la cual, en el momento a que nos referimos, entraban dos asnos cargados con la colecta y conducidos por un buen lego que, sin compasión, y profiriendo tal cual terno, los arreaba. Enorme y frondosísimo olmo extendía su follaje obscuro muy cerca de la tapia y dando sombra a una noria, cuyo rumor, producido al perezoso girar de una paciente mula, era un arrullo que convidaba a la somnolencia. La vista y el oído reposaban dulcemente ante el efecto a la vez óptico y acústico de los círculos sin fin descritos por el humilde animal y de la periódica y regular caída del agua, arrojada a compás por los canjilones. Cavaba con mucho denuedo un padre en uno de los cuadros, de cuyos apelmazados terruños surgían las hojas exuberantes, retorcidas, verdeazuladas de las coles que allí se desarrollaban con frondosidad que tenía algo de voluptuosa. No se oía más que el ruido de la noria, el golpe de la azada, el canto de algún labriego que por el camino cercano pasaba, y los precipitados pasos de alguna res ansiosa de llegar al hogar. El viento era tan tenue que apenas movía los últimos y más endebles penachos de los chopos, plantados en uno de los lados del rectángulo. Ni una nube empañaba el cielo. No hacía ni frío ni calor. La uniformidad, la calma, la monotonía convidaban a fijar la mente en un solo pensamiento.

Tal vez por eso no parecía muy deseoso de hablar el joven, y dirigía la vista al suelo como abstraído. Pero el fraile, que era sumamente decidor, pugnaba por avivar la conversación siempre que su amigo la dejaba languidecer.

-Pues si quieres que te diga la verdad con franqueza, querido Martín -dijo-, yo creo que haces mal en ir ahora a Madrid. Vuélvete a tu Sevilla, donde mal que bien puedes vivir. Pero en la Corte... tú no eres abogado, tú no eres médico, tú no eres militar, tú no eres fraile, tú no eres clérigo, tú no eres petimetre, tú ni siquiera eres abate... Y a propósito: ¿por qué no solicitas un beneficio simple y te ordenas de menores, y te buscas una renta sobre cualquier diócesis? Ésta de Toledo no las tiene malas.

-¡Yo solicitar! -exclamó Muriel con expresión de desprecio-. Solicitar es comprar, es corromper al Estado entero, desde el alcalde de Casa y Corte y el corregidor perpetuo con juro de heredad, hasta el pinche de las cocinas del Rey y el limpiabotas de Godoy. Yo no solicito, porque soy pobre.

-Déjate de burlas, hijo, que es buena idea la que te he indicado sobre el cómo y cuándo de hacerte abate. Ese cargo no te estorba: es la carrera de los que no hacen nada; quedas libre para dedicarte a tus estudios, para leer los diarios y escribir en ellos si te acomoda. Pero, ¡ah!, Martincillo, si tu quisieras seguir mis consejos... si tú entraras en nuestra santa Orden. Hazte fraile y verás. Rétirate del mundo, donde no hallarás más que penas. ¿Te parece que aún no has tenido bastantes?

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