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María

Jorge Isaacs · 1870 · Free in the US

90,012 words · about 6 h 18 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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Licence: PD-US · Published in 1870 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=María_(Isaacs)&action=history). · Wikisource contributors

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About this book

Author
Jorge Isaacs
Language
Spanish
Published
1870
Length
90,012 words · about 6 h 18 min
Sections
68 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (68)
  1. Front matter under 1 min
  2. Juicio crítico about 7 min
  3. A los hermanos de Efraín under 1 min
  4. I about 1 min
  5. II about 3 min
  6. III about 3 min
  7. IV about 3 min
  8. V about 5 min
  9. VI about 2 min
  10. VII about 4 min
  11. VIII about 2 min
  12. IX about 5 min
  13. X about 2 min
  14. XI about 3 min
  15. XII about 3 min
  16. XIII about 2 min
  17. XIV about 2 min
  18. XV about 4 min
  19. XVI about 10 min
  20. XVII about 5 min
  21. XVIII about 3 min
  22. XIX about 14 min
  23. XX about 4 min
  24. XXI about 15 min
  25. XXII about 11 min
  26. XXIII about 8 min
  27. XXIV about 2 min
  28. XXV about 10 min
  29. XXVI about 6 min
  30. XXVII about 6 min
  31. XXVIII about 9 min
  32. XXIX about 3 min
  33. XXX about 3 min
  34. XXXI about 9 min
  35. XXXII about 3 min
  36. XXXIII about 5 min
  37. XXXIV about 4 min
  38. XXXV about 12 min
  39. XXXVI about 7 min
  40. XXXVII about 9 min
  41. XXXVIII about 8 min
  42. XXXIX about 5 min
  43. XL about 12 min
  44. XLI about 4 min
  45. XLII about 7 min
  46. XLIII about 8 min
  47. XLIV about 4 min
  48. XLV about 6 min
  49. XLVI about 4 min
  50. XLVII about 3 min
  51. XLVIII about 18 min
  52. XLIX about 14 min
  53. L about 4 min
  54. LI about 5 min
  55. LII about 4 min
  56. LIII about 4 min
  57. LIV about 3 min
  58. LV about 2 min
  59. LVI about 7 min
  60. LVII about 14 min
  61. LVIII about 6 min
  62. LIX about 5 min
  63. LX about 3 min
  64. LXI about 2 min
  65. LXII about 7 min
  66. LXIII about 5 min
  67. LXIV about 3 min
  68. LXV about 3 min

Continue:

Front matter

eo:Maria

Juicio crítico

Cuando aparece un joven en la sociedad y se hace conocer por el imprescindible comienzo de unos articulones de política, bien atestados de palabrotas, la sociedad se rasca tras de la oreja y sin embargo acepta con benevolencia al nuevo escritor, porque se le figura que aquel mal principio es una mera equivocación, y que, andando los tiempos, tendrá en el nuevo politiquero no un insecto más que se asile en sus ropas y viva de su sangre, sino un escritor que acreciente la herencia intelectual de nuestros padres. Por desgracia esta esperanza sale fallida las más de las veces: el político en embrión se hace político de profesión, gasta su vida en fraguar artículos que no resisten segunda lectura, y muere sin dejar de ser un muchacho de esperanzas, exactamente lo mismo que el primer día de su carrera. Tal es, en general, la historia de mil notabilidades políticas que hemos tenido, de mil que tenemos y de mil más que tendremos, si la férula de la sociedad no lo remedia.

Por estas razones, cuando aparece un joven que no va A deber su fama a la fácil y bastarda literatura de un articulón, sino al cultivo de las letras en todos sus ramos legítimos, nos congratulamos vivamente; y la sociedad, acostumbrada ya al zumbido odioso del moscardón político, recibe con menos estrépito, pero con íntimo gozo, al que viene a compensarle ciertos desengaños.

En este caso está especialmente el autor de MARÍA. Hace cuatro años que era completamente desconocido; hace tres que se presentó en Bogotá con un volumen de versos que fueron recibidos con raro entusiasmo; y hace pocos días que ha dado un nuevo volumen en prosa, conteniendo una novela bien elaborada, bien escrita, bien sentida. Regalos como éste no se hacen todos los días a la sociedad; y el regalo es doble, y doblemente precioso, porque si el libro vale mucho, el autor vale más.

El señor Isaacs vio la luz en Cali, y en el seno de las comodidades buscadas por su padre, inglés activo, industrial y caballeroso; pérdidas inmerecidas lo atrasaron, y la muerte vino en seguida a completar la ruina, arrebatando al laborioso jefe de la familia. La larga y sangrienta guerra del Cauca, desde 1860 hasta 1863, acabó la obra comenzada por la desgracia, y los hijos de Isaacs, huérfanos hoy de padre y madre, han tenido que bascar otros hogares y decir adiós al que fue el asilo de su infancia. Por fortuna para el autor de María, le ha tocado en suerte el hogar bogotano, cuna de su gloria, donde es profundamente estimado, menos por sus notables obras que por las buenas cualidades de su ser. Disputándose en él las que son propias de las tres razas de que desciende: era su padre inglés de nacimiento, pero de raza judía; el amor lo inclinó a la religión de Jesucristo y le dio otra patria, la nuestra, donde se estableció casándose con la hija de un capitán español. Así es que Jorge tiene en su apostura y en sus arranques, en sus ideas y en su pluma, reminiscencias hebraicas, españolas e inglesas. No es un tipo: es un original.

Es preciso tener en cuenta quién es el autor (y por eso lo hemos dicho) para hablar de la obra que anunciamos.

MARÍA es, como su autor, un ser triple, indefinible; es una Rebeca sajona viviendo en Sevilla. De la misma manera su autor es un ser indefinible; en poesía no es un Quintana, ni un Byron, ni un David; sino un David inglés hablando en castellano. María pertenece en literatura al género sentimental, pero no tiene sino una sola hermana, la Historia holandesa, porque es muy diferente de las otras novelas de esta clase, como Átala y Pablo y Virginia. Pablo y Virginia es la historia de dos niños solitarios, donde con poco esfuerzo pudo el autor pintar un amor inocente o, mejor dicho, infantil. María es la narración de los amores de dos jóvenes, rodeados de muchas personas, viviendo en una misma casa y profundamente enamorados. Por lo tanto, la pintura de su amor es más fecunda, más interesante, pero más delicada por más peligrosa. Y sin embargo es tan casta, que así como los dos amantes no se dijeron una sola palabra que no pudieran oír sus padres, así en el libro no hay una página que no pueda leer una madre de familia. Virginia es la pintura de un hogar excepcional, en que lo excepcional mismo constituye su principal encanto. No todos los días se ven dos madres viadas retiradas a una isla despoblada, teniendo la una una hija y una negra; la otra un hijo y un negro. Aquella simetría podrá ser, como es, muy bella; pero tiene que ser, como es, muy rara.

Saint-Pierre tuvo que arreglar primeramente las cosas a su gusto para describirlas después, y cuando un jugador arregla primero y a su gusto las piezas de su ajedrez, no puede tener gran trabajo en ganar su juego. María no es un hogar excepcional, sino común, y muy común. No hay simetría ni resortes creados ad hoc; no hay soledad, gran recurso para el caso, ni sociedad abundante, que es otro recurso muy grande. Lo primero fue el principal auxilio de Chateaubriand y Saint-Pierre; lo segundo es el mejor cómplice de Dumas y Sué. En María figuran el padre y la madre, dos hijos: Emma (personaje de comparsa en el cuadro) y Efrain, joven que vuelve de Bogotá a la casa paterna y se enamora de María, huérfana criada por sus tíos, los padres de Efraín. Hay un niño hermano de ésta, personaje innecesario para el inventor y del cual saca mucho partido el narrador, haciéndolo asistir a los castos y ardorosos diálogos de los dos amantes, como un garante de la pureza de aquellos amores. El niño Juan representa el papel del ángel de la antorcha en la Huida de Egipto de Vásquez: su antorcha sirve solamente para iluminar el rostro de la Virgen. Hay criados, colonos, vecinos que se visitan y un perro viejo llamado Mayo; cacerías, pasiones, deudas, trabajo, pesares, esperanzas, intriga, personajes secundarios útiles; hay, en fin, todo lo que se encuentra en una casa. María y Efraín no son dos niños en una isla desierta, como Pablo y Virginia, ni dos jóvenes solos en el Desierto, como Chactas y Átala; María y Efraín son dos jóvenes vestidos con telas europeas que vivieron en una hacienda del Cauca, se amaron, se fue él y... ¿para qué decir el fin de la novela? Es la prosa de la vida vista con el lente de la poesía; es la naturaleza y la sociedad traducidas por un castizo y hábil traductor. María es un idilio, un canto del hogar; una crónica casera, un conjunto de escenas dichosas y tristes, hábilmente descritas.

El mejor carácter, el más sostenido, es el de María, la protagonista, y después de ella siguen, por su orden de mérito, el del padre y el de Efraín. Los de la madre, Emma y el niño son los de una madre, una joven y un niño; quiero decir que no tienen nada de particular ni de irregular: son las medianías del hogar.

Entre los caracteres externos o extraños a la acción, el mejor de todos es el de Salomé, que está admirablemente descrito: el segundo el del boga del Dagua, y el tercero el de los colonos antioqueños. El pícaro y enamorado amante que hace rabiar a Salomé se conoce donde se le vuelva a encontrar; y si uno fuera a la choza de José, podría decir: aquella vaca es la Mariposa y aquel majadero es Lucas. Si uno va al Cauca y se cruza con un hacendado petimetre, de labios rosados y patillas peinadas, seguido de otro viajero de zamarros de chibo y cara de gaznápiro, puede saludarlos: ¡Adiós, señor don Carlos! ¡adiós, señor don Emigdio ! No hay cómo confundir a Tránsito con Salomé o Lucía, ni al insultoso amante de la segunda con el marido de la primera. Si se encuentran con los del lector los ojos de la muchacha y los guiña, Salomé se echará a reír y Lucía se avergüenza. Es, pues, también una novela de caracteres. Tal es, en extracto, la preciosa novela que mencionamos. Dejamos sin tocar las demás cualidades que la recomiendan, para que el lector no encuentre mal contado aquí lo que en el libro encontrará preciosamente escrito. Por otra parte, cómo contar en resumen aquellas originales y bellísimas escenas de amor, todas diferentes, todas animadas, en que las palabras pronunciadas a medias, describen la marcha impetuosa de la pasión; en que a veces una flor de más constituye una situación nueva? ¿Cómo describir aquellos magníficos paisajes del Cauca, émulos de los paisajes orientales, si no es leyendo la novela? Para contar lo que es María, sería preciso escribir otra María. Se puede describir una montaña, pero no se puede describir una alborada de verano. El que no la conozca, que la vea: no hay otro remedio para que se forme idea de ella.

Tal es MARÍA, obra que puede y debe obtener buena y cordial acogida no sólo en la patria sino en Europa.

MARÍA hará largos viajes por el mundo, no en las balijas del correo, sino en las manos de las mujeres, que son las que popularizan los libros bellos. Las mujeres la han recibido con emoción profunda, han llorado sobre sus páginas, y el llanto de la mujer es verdaderamente el laurel de la gloria.

Por lo que hace al autor, lo hemos saludado ya dos veces en sus dos triunfos: no desconfiamos de presenciar otro que consiga con su genio tan fecundo y tan múltiple; porque es de advertir que el autor de las poesías que se imprimieron hace dos años y de MARÍA, es también autor dramático, y tiene escritos cuatro dramas que han sido juzgados muy favorablemente por las personas que los han leído.

Estos primeros trabajos, unidos a la circunstancia de que su autor es muy joven, dejan vaticinar una carrera llena y... desgraciada tal vez, porque no hay ejemplo de que los hombres de genio hayan vivido felices. El privilegio de conmover los corazones se compra muy caro: al precio del propio corazón.

Mas sea lo que fuere lo que el destino guarde a Isaacs en lo porvenir, lo felicitamos por ser autor de tal obra; y al Estado del Cauca lo felicitamos por ser patria de tal autor.

Bogotá, junio de 1867.

J. M. VERGARA Y VERGARA.

A los hermanos de Efraín

He aquí, caros amigos míos, la historia de la adolescencia de aquél a quien tanto amasteis y que ya no existe. Mucho tiempo os he hecho esperar estas páginas. Después de escritas me han parecido pálidas e indignas de ser ofrecidas como un testimonio de mi gratitud y de mi afecto. Vosotros no ignoráis las palabras que pronunció aquella noche terrible, al poner en mis manos el libro de sus recuerdos: «Lo que ahí falta tú lo sabes; podrás leer hasta lo que mis lágrimas han borrado». ¡Dulce y triste misión! Leedlas, pues, y si suspendéis la lectura para llorar, ese llanto me probará que la he cumplido fielmente.

I

Era yo niño aún cuando me alejaron de la casa paterna para que diera principio a mis estudios en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras, establecido en Bogotá hacía pocos años, y famoso en toda la República por aquel tiempo.

En la noche víspera de mi viaje, después de la velada, entró a mi cuarto una de mis hermanas, y sin decirme una sola palabra cariñosa, porque los sollozos le embargaban la voz, cortó de mi cabeza unos cabellos: cuando salió, habían rodado por mi cuello algunas lágrimas suyas.

Me dormí llorando y experimenté como un vago presentimiento de muchos pesares que debía sufrir después. Esos cabellos quitados a una cabeza infantil; aquella precaución del amor contra la muerte delante de tanta vida, hicieron que durante el sueño vagase mi alma por todos los sitios donde había pasado, sin comprenderlo, las horas más felices de mi existencia.

A la mañana siguiente mi padre desató de mi cabeza, humedecida por tantas lágrimas, los brazos de mi madre. Mis hermanas al decirme sus adioses las enjugaron con besos. María esperó humildemente su turno, y balbuciendo su despedida, juntó su mejilla sonrosada a la mía, helada por la primera sensación de dolor.

Pocos momentos después seguí a mi padre, que ocultaba el rostro a mis miradas. Las pisadas de nuestros caballos en el sendero guijarroso ahogaban mis últimos sollozos. El rumor del Sabaletas, cuyas vegas quedaban a nuestra derecha, se aminoraba por instantes. Dábamos ya la vuelta a una de las colinas de la vereda en las que solían divisarse desde la casa viajeros deseados; volví la vista hacia ella buscando uno de tantos seres queridos: María estaba bajo las enredaderas que adornaban las ventanas del aposento de mi madre.

II

Pasados seis años, los últimos días de un lujoso agosto me recibieron al regresar al nativo valle. Mi corazón rebosaba de amor patrio. Era ya la última jornada del viaje, y yo gozaba de la más perfumada mañana del verano. El cielo tenía un tinte azul pálido: hacia el oriente y sobre las crestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de oro, como las gasas del turbante de una bailarina esparcidas por un aliento amoroso. Hacia el sur flotaban las nieblas que durante la noche habían embozado los montes lejanos. Cruzaba planicies de verdes gramales, regadas por riachuelos cuyo paso me obstruían hermosas vacadas, que abandonaban sus sesteaderos para internarse en las lagunas o en sendas abovedadas por florecidos písamos e higuerones frondosos. Mis ojos se habían fijado con avidez en aquellos sitios medio ocultos al viajero por las copas de añosos gruduales; en aquellos cortijos donde había dejado gentes virtuosas y amigas. En tales momentos no habrían conmovido mi corazón las arias del piano de U***: ¡los perfumes que aspiraba eran tan gratos comparados con el de los vestidos lujosos de ella; el canto de aquellas aves sin nombre tenía armonías tan dulces a mi corazón!

Estaba mudo ante tanta belleza, cuyo recuerdo había creído conservar en la memoria porque algunas de mis estrofas, admiradas por mis condiscípulos, tenían de ella pálidas tintas. Cuando en un salón de baile, inundado de luz, lleno de melodías voluptuosas, de aromas mil mezclados, de susurros de tantos ropajes de mujeres seductoras, encontramos aquella con quien hemos soñado a los dieciocho años, y una mirada fugitiva suya quema nuestra frente, y su voz hace enmudecer por un instante toda otra voz para nosotros, y sus flores dejan tras sí esencias desconocidas; entonces caemos en una postración celestial: nuestra voz es impotente, nuestros oídos no escuchan ya la suya, nuestras miradas no pueden seguirla. Pero cuando, refrescada la mente, vuelve ella a la memoria horas después, nuestros labios murmuran en cantares su alabanza, y es esa mujer, es su acento, es su mirada, es su leve paso sobre las alfombras, lo que remeda aquel canto, que el vulgo creerá ideal. Así el cielo, los horizontes, las pampas y las cumbres del Cauca, hacen enmudecer a quien los contempla. Las grandes bellezas de la creación no pueden a un tiempo ser vistas y cantadas: es necesario que vuelvan a el alma empalidecidas por la memoria infiel.

Antes de ponerse el sol, ya había yo visto blanquear sobre la falda de la montaña la casa de mis padres. Al acercarme a ella, contaba con mirada ansiosa los grupos de sus sauces y naranjos, a través de los cuales vi cruzar poco después las luces que se repartían en las habitaciones.

Respiraba al fin aquel olor nunca olvidado del huerto que se vio formar. Las herraduras de mi caballo chispearon sobre el empedrado del patio. Oí un grito indefinible; era la voz de mi madre: al estrecharme ella en los brazos y acercarme a su pecho, una sombra me cubrió los ojos: supremo placer que conmovía a una naturaleza virgen.

Cuando traté de reconocer en las mujeres que veía, a las hermanas que dejé niñas, María estaba en pie junto a mí, y velaban sus ojos anchos párpados orlados de largas pestañas. Fue su rostro el que se cubrió de más notable rubor cuando al rodar mi brazo de sus hombros, rozó con su talle; y sus ojos estaban humedecidos aún, al sonreír a mi primera expresión afectuosa, como los de un niño cuyo llanto ha acallado una caricia materna.

eo:Maria/Ĉapitro II

III

A las ocho fuimos al comedor, que estaba pintorescamente situado en la parte oriental de la casa. Desde él se veían las crestas desnudas de las montañas sobre el fondo estrellado del cielo. Las auras del desierto pasaban por el jardín recogiendo aromas para venir a juguetear con los rosales que nos rodeaban. El viento voluble dejaba oír por instantes el rumor del río. Aquella naturaleza parecía ostentar toda la hermosura de sus noches, como para recibir a un huésped amigo.

Mi padre ocupó la cabecera de la mesa y me hizo colocar a su derecha; mi madre se sentó a la izquierda, como de costumbre; mis hermanas y los niños se situaron indistintamente, y María quedó frente a mí.

Mi padre, encanecido durante mi ausencia, me dirigía miradas de satisfacción, y sonreía con aquel su modo malicioso y dulce a un mismo tiempo, que no he visto nunca en otros labios. Mi madre hablaba poco, porque en esos momentos era más feliz que todos los que la rodeaban. Mis hermanas se empeñaban en hacerme probar las colaciones y cremas; y se sonrojaba aquélla a quien yo dirigía una palabra lisonjera o una mirada examinadora. María me ocultaba sus ojos tenazmente; pero pude admirar en ellos la brillantez y hermosura de los de las mujeres de su raza, en dos o tres veces que a su pesar se encontraron de lleno con los míos; sus labios rojos, húmedos y graciosamente imperativos, me mostraron sólo un instante el velado primor de su linda dentadura. Llevaba, como mis hermanas, la abundante cabellera castaño-oscura arreglada en dos trenzas, sobre el nacimiento de una de las cuales se veía un clavel encarnado. Vestía un traje de muselina ligera, casi azul, del cual sólo se descubría parte del corpiño y la falda, pues un pañolón de algodón fino color de púrpura, le ocultaba el seno hasta la base de su garganta de blancura mate. Al volver las trenzas a la espalda, de donde rodaban al inclinarse ella a servir, admiré el envés de sus brazos deliciosamente torneados, y sus manos cuidadas como las de una reina.

Concluida la cena, los esclavos levantaron los manteles; uno de ellos rezó el Padre nuestro, y sus amos completamos la oración.

La conversación se hizo entonces confidencial entre mis padres y yo.

María tomó en brazos el niño que dormía en su regazo, y mis hermanas la siguieron a los aposentos: ellas la amaban mucho y se disputaban su dulce afecto.

Ya en el salón, mi padre para retirarse, les besó la frente a sus hijas. Quiso mi madre que yo viera el cuarto que se me había destinado. Mis hermanas y María, menos tímidas ya, querían observar qué efecto me causaba el esmero con que estaba adornado. El cuarto quedaba en el extremo del corredor del frente de la casa: su única ventana tenía por la parte de adentro la altura de una mesa cómoda; en aquel momento, estando abiertas las hojas y rejas, entraban por ella floridas ramas de rosales a acabar de engalanar la mesa, en donde un hermoso florero de porcelana azul contenía trabajosamente en su copa azucenas y lirios, claveles y campanillas moradas del río. Las cortinas del lecho eran de gasa blanca atadas a las columnas con cintas anchas color de rosa; y cerca de la cabecera, por una fineza materna, estaba la Dolorosa pequeña que me había servido para mis altares cuando era niño. Algunos mapas, asientos cómodos y un hermoso juego de baño completaban el ajuar.

-¡Qué bellas flores! -exclamé al ver todas las que del jardín y del florero cubrían la mesa.

-María recordaba cuánto te agradaban -observó mi madre.

Volví los ojos para darle las gracias, y los suyos como que se esforzaban en soportar aquella vez mi mirada.

-María -dije- va a guardármelas, porque son nocivas en la pieza donde se duerme.

-¿Es verdad? -respondió-; pues las repondré mañana.

¡Qué dulce era su acento!

-¿Tantas así hay?

-Muchísimas; se repondrán todos los días.

Después que mi madre me abrazó, Emma me tendió la mano, y María, abandonándome por un instante la suya, sonrió como en la infancia me sonreía: esa sonrisa hoyuelada era la de la niña de mis amores infantiles sorprendida en el rostro de una virgen de Rafael.

IV

Dormí tranquilo, como cuando me adormecía en la niñez uno de los maravillosos cuentos del esclavo Pedro.

Soñé que María entraba a renovar las flores de mi mesa, y que al salir había rozado las cortinas de mi lecho con su falda de muselina vaporosa salpicada de florecillas azules.

Cuando desperté, las aves cantaban revoloteando en los follajes de los naranjos y pomarrosos, y los azahares llenaron mi estancia con su aroma tan luego como entreabrí la puerta.

La voz de María llegó entonces a mis oídos dulce y pura: era su voz de niña, pero más grave y lista ya para prestarse a todas las modulaciones de la ternura y de la pasión. ¡Ay! ¡cuántas veces en mis sueños un eco de ese mismo acento ha llegado después a mi alma, y mis ojos han buscado en vano aquel huerto donde tan bella la vi en aquella mañana de agosto!

La niña cuyas inocentes caricias habían sido todas para mí, no sería ya la compañera de mis juegos; pero en las tardes doradas de verano estaría en los paseos a mi lado, en medio del grupo de mis hermanas; le ayudaría yo a cultivar sus flores predilectas; en las veladas oiría su voz, me mirarían sus ojos, nos separaría un solo paso.

Luego que me hube arreglado ligeramente los vestidos, abrí la ventana, y divisé a María en una de las calles del jardín, acompañada de Emma: llevaba un traje más oscuro que el de la víspera, y el pañolón color de púrpura, enlazado a la cintura, le caía en forma de banda sobre la falda; su larga cabellera, dividida en dos crenchas, ocultábale a medias parte de la espalda y pecho: ella y mi hermana tenían descalzos los pies. Llevaba una vasija de porcelana poco más blanca que los brazos que la sostenían, la que iba llenando de rosas abiertas durante la noche, desechando por marchitas las menos húmedas y lozanas. Ella, riendo con su compañera, hundía las mejillas, más frescas que las rosas, en el tazón rebosante. Descubrióme Emma: María lo notó, y sin volverse hacia mí, cayó de rodillas para ocultarme sus pies, desatóse del talle el pañolón, y cubriéndose con él los hombros, fingía jugar con las flores. Las hijas núbiles de los patriarcas no fueron más hermosas en las alboradas en que recogían flores para sus altares.

Pasado el almuerzo, me llamó mi madre a su costurero. Emma y María estaban bordando cerca de ella. Volvió ésta a sonrojarse cuando me presenté; recordaba tal vez la sorpresa que involuntariamente le había yo dado en la mañana.

Mi madre quería verme y oírme sin cesar.

Emma, más insinuante ya, me preguntaba mil cosas de Bogotá; me exigía que les describiera bailes espléndidos, hermosos vestidos de señora que estuvieran en uso, las más bellas mujeres que figuraran entonces en la alta sociedad. Oían sin dejar sus labores. María me miraba algunas veces al descuido, o hacía por lo bajo observaciones a su compañera de asiento; y al ponerse en pie para acercarse a mi madre a consultar algo sobre el bordado, pude ver sus pies primorosamente calzados: su paso ligero y digno revelaba todo el orgullo, no abatido, de nuestra raza, y el seductivo recato de la virgen cristiana. Ilumináronsele los ojos cuando mi madre manifestó deseo de que yo diese a las muchachas algunas lecciones de gramática y geografía, materias en que no tenían sino muy escasas nociones. Convínose en que daríamos principio a las lecciones pasados seis u ocho días, durante los cuales podría yo graduar el estado de los conocimientos de cada una.

Horas después me avisaron que el baño estaba preparado y fui a él. Un frondoso y corpulento naranjo, agobiado de frutos maduros, formaba pabellón sobre el ancho estanque de canteras bruñidas: sobrenadaban en el agua muchísimas rosas: semejábase a un baño oriental, y estaba perfumado con las flores que en la mañana había recogido María.

V

Habían pasado tres días cuando me convidó mi padre a visitar sus haciendas del valle, y fue preciso complacerlo; por otra parte, yo tenía interés real a favor de sus empresas. Mi madre se empeñó vivamente por nuestro pronto regreso. Mis hermanas se entristecieron. María no me suplicó, como ellas, que regresase en la misma semana; pero me seguía incesantemente con los ojos durante los preparativos de viaje.

En mi ausencia, mi padre había mejorado sus propiedades notablemente: una costosa y bella fábrica de azúcar, muchas fanegadas de caña para abastecerla, extensas dehesas con ganado vacuno y caballar, buenos cebaderos y una lujosa casa de habitación, constituían lo más notable de sus haciendas de tierra caliente. Los esclavos, bien vestidos y contentos, hasta donde es posible estarlo en la servidumbre, eran sumisos y afectuosos para con su amo. Hallé hombres a los que, niños poco antes, me habían enseñado a poner trampas a las chilacoas y guatines en la espesura de los bosques: sus padres y ellos volvieron a verme con inequívocas señales de placer. Solamente a Pedro, el buen amigo y fiel ayo, no debía encontrarlo: él había derramado lágrimas al colocarme sobre el caballo el día de mi partida para Bogotá, diciendo: «amito mío, ya no te veré más». El corazón le avisaba que moriría antes de mi regreso.

Pude notar que mi padre, sin dejar de ser amo, daba un trato cariñoso a sus esclavos, se mostraba celoso por la buena conducta de sus esposas y acariciaba a los niños.

Una tarde, ya a puestas del sol, regresábamos de las labranzas a la fábrica mi padre, Higinio (el mayordomo) y yo. Ellos hablaban de trabajos hechos y por hacer; a mí me ocupaban cosas menos serias: pensaba en los días de mi infancia. El olor peculiar de los bosques recién derribados y el de las piñuelas en sazón; la greguería de los loros en los guaduales y guayabales vecinos; el tañido lejano del cuerno de algún pastor, repetido por los montes: las castrueras de los esclavos que volvían espaciosamente de las labores con las herramientas al hombro; los arreboles vistos al través de los cañaverales movedizos: todo me recordaba las tardes en que abusando mis hermanas, María y yo de alguna licencia de mí madre, obtenida a fuerza de tenacidad, nos solazábamos recogiendo guayabas de nuestros árboles predilectos, sacando nidos de piñuelas, muchas veces con grave lesión de brazos y manos, y espiando polluelos de pericos en las cercas de los corrales.

Al encontrarnos con un grupo de esclavos, dijo mi padre a un joven negro de notable apostura:

-Conque, Bruno, ¿todo lo de tu matrimonio está arreglado para pasado mañana?

-Sí, mi amo -le respondió quitándose el sombrero de junco y apoyándose en el mango de su pala.

-¿Quiénes son los padrinos?

-Ña Dolores y ñor Anselmo, si su merced quiere.

-Bueno. Remigia y tú estaréis bien confesados. ¿Compraste todo lo que necesitabas para ella y para ti con el dinero que mandé darte?

-Todo está ya, mi amo.

-¿Y nada más deseas?

-Su merced verá.

-El cuarto que te ha señalado Higinio ¿es bueno?

-Sí, mi amo.

-¡Ah! ya sé. Lo que quieres es baile.

Rióse entonces Bruno, mostrando sus dientes de blancura deslumbrante, volviendo a mirar a sus compañeros.

-Justo es; te portas muy bien. Ya sabes -agregó dirigiéndose a Higinio-: arregla eso, y que queden contentos.

-¿Y sus mercedes se van antes? -preguntó Bruno.

-No -le respondí-; nos damos por convidados.

En la madrugada del sábado próximo se casaron Bruno y Remigia. Esa noche a las siete montamos mi padre y yo para ir al baile, cuya música empezábamos a oír. Cuando llegamos, Julián, el esclavo capitán de la cuadrilla, salió a tomarnos el estribo y a recibir nuestros caballos. Estaba lujoso con su vestido de domingo, y le pendía de la cintura el largo machete de guarnición plateada, insignia de su empleo. Una sala de nuestra antigua casa de habitación había sido desocupada de los enseres de labor que contenía, para hacer el baile en ella. Habíanla rodeado de tarimas: en una araña de madera suspendida de una de las vigas, daba vueltas media docena de luces: los músicos y cantores, mezcla de agregados, esclavos y manumisos, ocupaban una de las puertas. No había sino dos flautas de caña, un tambor improvisado, dos alfandoques y una pandereta; pero las finas voces de los negritos entonaban los bambucos con maestría tal; había en sus cantos tan sentida combinación de melancólicos, alegres y ligeros acordes; los versos que cantaban eran tan tiernamente sencillos, que el más culto diletante hubiera escuchado en éxtasis aquella música semisalvaje. Penetramos en la sala con zamarros y sombreros. Bailaban en ese momento Remigia y Bruno: ella con follao de boleros azules, tumbadillo de flores rojas, camisa blanca bordada de negro y gargantilla y zarcillos de cristal color de rubí, danzaba con toda la gentileza y donaire que eran de esperarse de su talle cimbrador. Bruno, doblados sobre los hombros los paños de su ruana de hilo, calzón de vistosa manta, camisa blanca aplanchada, y un cabiblanco nuevo a la cintura, zapateaba con destreza admirable.

Pasada aquella mano, que así llaman los campesinos cada pieza de baile, tocaron los músicos su más hermoso bambuco, porque Julián les anunció que era para el amo. Remigia, animada por su marido y por el capitán, se resolvió al fin a bailar unos momentos con mi padre: pero entonces no se atrevía a levantar los ojos, y sus movimientos en la danza eran menos espontáneos. Al cabo de una hora nos retiramos.

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