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Esbozos y rasguños

José María de Pereda · 1888 · Free in the US

73,732 words · about 5 h 10 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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About this book

Author
José María de Pereda
Language
Spanish
Published
1888
Length
73,732 words · about 5 h 10 min
Sections
17 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (17)
  1. Al Sr. D. Manuel Marañon about 3 min
  2. Las visitas about 32 min
  3. ¡Cómo se miente! about 19 min
  4. Las bellas teorías about 21 min
  5. Fisiología del baile about 10 min
  6. Los buenos muchachos about 22 min
  7. El primer sombrero about 15 min
  8. La guantería about 18 min
  9. El peor bicho about 15 min
  10. La mujer del ciego ¿para quién se afeita? about 16 min
  11. El tirano de la aldea about 24 min
  12. Reminiscencias about 18 min
  13. Más reminiscencias about 24 min
  14. Las tres infancias about 19 min
  15. Manías about 16 min
  16. La intolerancia about 18 min
  17. El cervantismo about 20 min

Continue:

Al Sr. D. Manuel Marañon

Queridísimo amigo e inolvidable conterráneo: Perdone usted la franqueza con que le elijo para presentar al bondadoso público, a quien tantas atenciones inmerecidas debo, estos rebuscos de mis cartapacios, obras, las más de ellas, que ni siquiera tienen el atractivo de ser inéditas; pero precisamente para las malas causas es para lo que se necesitan los buenos abogados; y he aquí por qué, en la presente ocasión, le cargo con el peso de esta dedicatoria. Mas no se entienda por ello que reputo el libro por enteramente indigno de andar en letras de molde, porque si tal creyera no le publicara: observación que se me ocurre cada vez que leo al frente de una obra pueriles e insistentes declaraciones del autor, de que la tal obra no vale un pito. Pues si tal cree, ¿para qué la da a luz?; y ya que la da, ¿para qué lo dice? Con franqueza, amigo mío: creo que entre mucho, menos que regular, hay en este libro algo que merece los honores de la imprenta, y por eso no comienzo poniéndole a los pies de los caballos, aunque lamente de todo corazón que no sea, en conjunto, tan excelente como yo quisiera, para que el público le recibiera con palmas y usted me agradeciera el cargo que le encomiendo.

Lo que podrá muy bien ocurrir (y aquí está lo grave del negocio) es que el lector y yo discordemos grandemente en lo relativo a la bondad de lo que yo reputo por no malo.

Él no verá, pongo por caso, donaire, ni color, ni dibujo, ni ingenio en tal Rasguño o en cuál Esbozo, y yo le pondré sobre mi cabeza porque me recuerda tiempos, hombres, cosas, motivos y ocasiones que, al pasar por mi memoria, tócanme en el corazón y remózanme el espíritu. Diráme que nada de esto le sucede a él, y que, por ende, la obra es mala; a lo cual replico que pasan de media docena los lectores que la esperan y han de juzgarla por el mismo lado que usted y yo, porque fueron unos actores y otros testigos presenciales de los sucesos, y hasta de la pintura de ellos, y saben y aprecian el por qué de cada trazo y el motivo de cada línea... y no digamos tan mal de un libro que cuenta con siete lectores, por lo menos, hoy que tantos mueren intonsos, pasto de polillas y ratones.

Hay, además, otra razón que justifica la aparición de este volumen; y es la de habérsele ofrecido al público en dos ocasiones, llevado yo de esta candorosa sinceridad que no me consiente ocultarle el más mínimo propósito que tenga alguna conexión con estas mis literarias aficiones...

De todas maneras, ruégole a usted, mi buen amigo, que si oye lamentarse a alguien del dinero que invirtió en comprar el libro, le excite a volver los ojos al rótulo de la portada: verá entonces cómo no tiene derecho a pedirme más de lo que le doy, o miente el diccionario de la Academia; y hasta le sería a usted fácil demostrarle que me debe gratitud, puesto que, al limpiar los fondos de mis cartapacios, no agregué a los presentes papelejos más de otros tantos que, en su obsequio, condené a perpetua oscuridad.

Conste, pues, que, al salir a luz este libro, pago una deuda contraída con el público, y, que la pago con cosa que, aunque no buena, encaja perfectamente en los términos de la oferta. La recta justicia no obliga a más.

Y si, a pesar de éstas y de las otras razones, aún insiste el huraño lector, tentado del demonio, en dar una silba al libro, ¿qué hemos de hacerle?... En este triste caso, ruéguele usted, amigo mío, en nombre de los dos, que la reserve para un poco más adelante; pues entre manos traigo asunto de mayor empeño, y más digno que esta pequeñez, de encender sus iras o de alcanzar sus alabanzas.

Déme Dios bríos para merecer las últimas; inspírele a él, y no la idea de la silba; guárdele a usted, y reciba estos renglones y la pobre ofrenda que los acompaña, en testimonio de lo mucho que le quiere su amigo y paisano.

José María de Pereda

Santander, enero de 1881.

Las visitas

- I -

Ponte los guantes, lector; sacude el blanco polvo de la levita que llevabas puesta cuando despachaste el último correo (supongamos que eres hombre de pro); calza las charoladas botas que, de fijo, posees; ponte majo que hoy es día de huelga, no hay negocios en vamos a hacer visitas.

Este modo de pasar el tiempo no será muy productivo que digamos; no rendirá partidas para el debe de un libro de caja; pero es preciso hacer un pequeño sacrificio, lo menos una vez a la semana, en pro del hombre-especie de parte del hombre individuo; es decir, dejar de ser comerciante para ser una vez sociable.

Y para ser sociable, es de todo punto necesario atender a las exigencias del gran señor que se llama Buen-tono. Ser vecino honrado, independiente y hasta elector, son cualidades que puede tener un mozo de cuerda que haya sacado un premio gordo a la lotería.

Para vivir dignamente en medio de esta marejada social, es indispensable tener muchas «relaciones», hacer muchas visitas, aunque entre todas ellas no se tenga un amigo.

Porque amistad es hoy una palabra vana: es un papel sin valor, que nadie toma, aunque le encuentre en medio de la calle.

La amistad, tal como la comprenden los hombres de buena fe, es una señora que, si bien produce algunas satisfacciones, en cambio acarrea muy serios compromisos, y no es esto lo que nos conviene. Hállese un afecto, llámese como quiera, que aparentando las primeras evite los segundos, y entonces estaremos montados a la dernière. En esta época de grandes reformas todo lo viejo debe desaparecer como innecesario, si no quiere pintarse al uso moderno.

Dar los días a la señora de A.; despedirse de la condesa de B.; apretar la mano al barón de C.; refrescar con el capitalista D.; hablar en calles, plazas y cafés de la última reunión de las de Tal, o del té de las de Cual; decir «a los pies de usted» a cuantas hembras crucen por delante de uno, y no conocer a fondo a nadie, es lo que se llama vivir a la alta escuela moderna; ser un fuerte apoyo de la flamante sociedad.

¡No se concibe cómo se arreglaban las gentes cuando no se conocían las tarjetas, ni se pagaban los afectos con papel-visita!

Por eso tenemos el derecho de reírnos de su crasa ignorancia.

Pero no te rías, lector, en este momento, porque vamos a entrar de lleno en el asunto, y el asunto es tan serio, que la menor sonrisa le profana.

Descúbrete, pues, y chitito.

La visita de rigor es un vínculo sui géneris que une a dos familias entre sí. De estas dos familias no puede decirse que son amigas, ni tampoco simplemente conocidas: son bastante menos que lo uno y un poco más que lo otro; es decir, están autorizadas recíprocamente para no saludarse en la calle, para hacerse todo el daño que puedan; pero no deben de prescindir entre sí del ofrecimiento de la nueva habitación, ni de la despedida al emprender un viaje, ni de la visita al regreso, ni del regalo de los dulces después de una boda o de un bautizo.

Esta definición parecerá un poco ambigua a primera vista; pero si se reflexiona un poco sobre ella, se comprenderá menos.

Y lo peor es que no se puede dar otra más clara, porque lo definido es incomprensible.

Vaya un ejemplo, en su defecto.

Doña Epifanía Mijo de Soconusco, y doña Severa Cueto de Guzmán, son visita.

Ricas hasta la saciedad y envidiadas de cuantas se quedaron unos grados más abajo en la rueda de la voluble diosa, son la esencia de buen tono provinciano, que es la equivalencia o copia de la etiqueta cortesana, si bien, como todas las copias, bastante amanerada, o, como diría un pintor, desentonada. Mas la entonación de cuya falta adolece el cuadro, está perfectamente compensada con la riqueza del marco que le rodea; lo cual, en los tiempos que alcanzamos, vale algo más que los rancios pergaminos de un marqués tronado.

Y no se crea por esto que doña Epifanía despreciaría una ejecutoria si la hubiera a sus alcances. Dios y ella saben lo que ha trabajado para encontrar, entre las facturas de su marido don Frutos, algún viejo manuscrito que la autorizara para pintar en sus carruajes algún garabato heráldico; ya que no león rampante en campo de gules, siquiera una mala barra de bastardía entre un famélico raposo y una caldera vieja en campo verde; pero siempre tan nobilísimos deseos han tenido un éxito desdichado. Los únicos manuscritos que parecieron de algún valor, eran efectos a cobrar; las barras eran más de las precisas, pero de hierro dulce y ya estaban vendidas; la caldera se halló en la cocina, pero era la de fregar; por lo que hace al raposo, le dijeron que, aunque abundaban en el país, eran muy astutos y difíciles de atrapar.

A pesar de tan funestos desengaños, no vayan ustedes a creer que doña Epifanía desistió de su proyecto. Persuadida, por lo que había oído alguna vez, de que la heráldica es una farsa, y que cada cual se la aplica según le parece, concibió un proyecto magnífico si se le hubieran dejado llevar a cabo. Ideó cruzar en una gran lámina de oro, la barra, colgando de ella la caldera; en el cuartel que quedaba vacío, retratar el gato, ya que el raposo no se prestaba a ello, y para orla, a manera de toisón, encajar un rosario de peluconas de don Félix Utroque. Todo esto cubierto por detrás con un pañolón de Manila, en defecto de un manto santiagués, debía hacer un efecto sorprendente, y sobre todo, un escudo que si aristocráticamente valía poco, en cambio, en riqueza intrínseca, mal año para todos los más empingorotados de la historia. Tal fue el proyecto de doña Epifanía; mas a don Frutos, que, aparte de ser hombre de gran peso, es bastante aprensivo con sus puntas de visionario, se le antojó que aquel grupo de figuras era una batería de cocina; que el gato mayaba; que la caldera sonaba contra la barra, y que bajo los pliegues del pañuelo asomaba la punta de un estropajo, lo cual era hablar muy recio en heráldica y exponer a grave riesgo su posición entonada.

Dos Frutos negó su consentimiento, por primera vez en su vida, a un capricho de doña Epifanía. Por eso no gasta librea su servidumbre.

Más afortunada doña Severa por haber dado su mano a un Guzmán, le ha sido muy fácil llenar su antesala y sus carruajes de coronas y blasones, sin más trabajo que encargar a un pintor unas cuantas copias de las armas del defensor de Tarifa, armas que, dicho sea de paso, apenas fueron expuestas a la pública consideración, produjeron terribles disgustos al infeliz que las consideraba como su mejor obra. ¡Pobre Apeles, y cómo le pusieron las visitas de doña Severa, y hasta gentes que nada tenían que ver con ella! ¡En mal hora para su fama emprendiera aquella obra! Nadie quiere reconocer en los cuarteles del escudo el pensamiento de la de Guzmán. Quien toma la torre por un barril de aceitunas; quien por un balde de taberna; a unos recuerda el tajo de un herrador; a otros el yunque de un herrero; a éste un cuévano pasiego; al otro la cubeta de un zapatero; y en su afán etimológico, no falta quien le compare con el tamboril del Reganche. El puñal del héroe, que aparece en el espacio, también varía de nombre a medida que le van observando. Ya es una lesna, ya una navaja de afeitar, el flemen de un albéitar... en lontananza, es decir, allá a lo lejos, como existen en la mente los recuerdos de lo ya pasado.

Entre tantas divergencias, doña Epifanía endereza su opinión hacia otro lado. Sostiene, siempre que viene a pelo y aunque no venga, que las alhajas y los blasones valen tanto como el que los lleva; lo cual en el asunto de que se trata podrá ser un poco exagerado, pero en tesis general es la mayor verdad que ha salido de los labios de la señora de don Frutos. El fragmento de un vaso sobre la pechera de un rico negociante, pone en grave riesgo la reputación de un diamantista, al paso que el mismo Soberano lanzando sus rayos de luz bajo las solapas del humilde gabán de un hortera, parece un cristal mezquino; la espada de Alejandro en la diestra de un cocinero, no vale más que un asador. Todo lo cual, traducido libremente, significa que el hábito no hace al monje.

Pero sea de esto lo que fuere, es indudable que la blasonada señora figura en el gran mundo (no se olvide que estamos en una provincia), y es individua de cuantas asociaciones filantrópicas se crean; circunstancia que, por sí sola, constituye el crisol en que se prueba hoy el verdadero valor social de las gentes principales.

Al grano, lector.

La señora de don Frutos ha dado la última mano a su prendido; y enterada, por su libro de memorias, de las visitas con quienes está en descubierto (técnicas), se ha decidido a cumplir (id.) primero con doña Epifanía, o expresándonos a mayor altura, con la de Guzmán.

Provista la visitante de todo lo necesario para el caso (sombrilla, abanico y tarjetero), sale a la calle a pie, no por falta de carruaje, sino porque la distancia no le exige; y sin alterar por nada ni por nadie su grave marcha, llega a pisar el lujosísimo estrado de su visita, que aparece, a poco rato, con la sonrisa en los labios.

Oprímense ligeramente las manos (la etiqueta no permite más); y, después de las preguntas de ordenanza, añade doña Epifanía:

-¿Y ese caballero?

(Con permiso del dómine de mi lugar, ese caballero es Guzmán).

-Bien, gracias -dice su costilla-: está en el escritorio y siente mucho no poder saludar a usted. ¿Y Soconusco?

-Pues está bien, gracias: ocupado, corno siempre, en sus negocios.

Aquí se constipa doña Epifanía, y su abanico revuelve un huracán. Hay que advertir que esta señora trata, siempre que puede, de mencionar a su marido con el nombre de pila, y por lo mismo sus visitas se empeñan en usar el apellido.

Como de ordinario le sucede, esta vez le amargó el Soconusco, y quedó la conversación interrumpida un breve rato, hasta que doña Severa, algo más diplomática y traviesa, volvió a anudarla.

-¿Conque usted, según eso, no se ha movido de su casa este verano? -dijo la de Guzmán, después de haber tocado el capítulo de los viajes.

-¡Como pienso ir muy pronto a París por dos o tres meses, o por todo el ivierno, si me acomoda!... -contestó la de don Frutos, poniendo un gesto que quería decir: «chúpate esa».

-¡Ay, dichosa de usted que sale de este destierro! Yo también había pensado en ese viaje; mas con el trastorno de los baños primero, y ahora con la indisposición de la niña, temo no poder hacerle hasta la primavera.

-Pero lo de Mariquita no es cosa de importancia.

-¡Jesús!, ya se ve que no; pero, con todo, ¿cómo había de salir yo de casa dejándola tan delicada?... ¡La pobre!... ¡Quince días con dolor de muelas! ¡Bien tranquila estaría yo!...

-Eso se le pasará pronto -insistió doña Epifanía, que a todo trance quería obligarla a confesar la verdadera causa que le impedía el viaje.

-También yo lo creo así, pero la convalecencia.

-Cuestión de dos días, hija...

-No te hace, siempre quedará algo delicada.., y ¡qué sé yo! -añadió ya picada-, la inquietud... y... porque el amor de madre...

-(¡A quién se lo cuenta) -díjose la otra señora; y en voz alta:

-Tiene usted razón; para no ir con toda libertad, más vale quedarse en casa.

Doña Severa no contestó. Esta vez venció doña Epifanía, que enseguida mudó de conversación.

-¿Y cómo han estado los baños?

-Pues como siempre: mucho barullo y nada en limpio. Aquello se va poniendo incapaz... Yo, gracias a que estaban allí la marquesa A, la generala B y la condesa Z, con quienes pasaba el rato, que si no, me hubiera vuelto en cuanto llegué. ¡Qué bromas! ¡Qué bailes! Aquella gente parece que no tiene prencipios.

-Por supuesto que no los tiene, y por aquí sucede lo mismo; hay una mescolanza que nadie la entiende.

-Pero por Dios, señora, que sepan distinguir de colores tan siquiera.

-A buena parte va usted.

-¡Si yo estoy atontada con lo que veo! Esa gente de todo saca partido; lo mismo de una boda que de un intierro.

-Así anda ello -dice la de don Frutos con cierto retintín-. Por algo menos se ha visto muchas veces intervenir a los de policía.

-¡Ya se desengañarán alguna vez! -exclama entonces en tono profético la de Guzmán.

-Sí; pero entretanto, como dicen ellas, «gozamos y vivimos».

-Y luego extrañarán que... Más vale callar.

-Dice usted bien: hay cosas que no valen la pena de que una trate de ellas.

La conversación toma otro giro nuevo; pero le toma como la tijera de un sastre, sobre el mismo paño.

Cuando la visitante cree que ha pasado el tiempo preciso para la visita (la de rigor le tiene rigorosamente marcado), cambia el abanico a la mano izquierda, pónese de pie, tiende la diestra a la visitada, asegúranse por la milésima vez sus profundas simpatías, dánse el último adiós en la escalera, y poco después está doña Epifanía en la calle, haciendo rumbo a otra visita, con quien se halla también en descubierto.

No trataremos de seguirla, porque las visitas de rigor todas son lo mismo, con ligerísimas variantes.

Despidámonos, pues, de ella con toda la galante gravedad que el caso exige, y vamos a hacer otra de distinto carácter.

- II -

Si te estorban los guantes, amigo lector, puedes quitártelos; si el charol te oprime los pies, puedes sustituirle con anchas botas de becerro; si las tirillas te sofocan, aflójate sin reparo la corbata; si el négligé, en fin, te gusta más que el acicalamiento, adóptale enhorabuena, que la visita que vamos a hacer es de confianza y admite la comodidad en todas sus formas, como no le falte el asco.

Todas las horas del día y de la noche, hasta las diez, son hábiles para esta ceremonia, excepto la de la una de la tarde, que es la de comer, y la en que las señoritas de la casa se están vistiendo. En la primera suele transigirse algunas veces en obsequio a la franqueza; pero en la segunda no se abre la puerta, ni a cañonazos, especialmente a los que gastamos pelos debajo de la nariz. El tocador de una dama ha sido, es y será siempre una fortaleza inaccesible (no por ello inexpugnable); porque las mujeres, desde que la primera satisfizo aquel antojo que tan caro nos costó, han tenido, tienen y tendrán un misterio bajo cada pliegue, misterios que sólo conocen ellas y los que, por dejarse arrastrar del demonio de la curiosidad, no reparan en condiciones.

Por estas y otras razones de no menor calibre, doña Narcisa y su linda polluela, la segunda de sus tres hijas, han ido al anochecer a casa de doña Circuncisión, madre de dos pimpollos que son el encanto de los paseos y la ilusión de su casa.

Dos meses hace que las visitantes y las visitadas no se han visto juntas; pero no por eso carece de oportunidad la visita, porque sobre ser ésta de confianza, las tres niñas han sido compañeras de enseñanza, y las dos mamás cuentan una amistad de muchos años. ¿Qué importa, con estas circunstancias solas, un olvido de dos meses?

La cara de doña Narcisa está radiante de elocuencia; su paso es decidido, su respiración visiblemente anhelosa. Su hija la sigue con dificultad y con menos risueño semblante, aunque no por eso te lleva triste. Llegan a la puerta de doña Circuncisión, llama con los nudillos de la mano doña Narcisa, abre una doncella, introduce a las visitantes en un gabinete, salen las visitadas, y lo que allí pasa es un verdadero motín, aunque sin la gravedad trágica de los que se usan en calles y plazuelas en estos días de confraternidad y bienandanza: refiérome al estrépito y al movimiento.-¡Carolina! -¡Doña Circuncisión! -¡Elisa! -¡Soledad! -¡Doña Narcisa!... -¡Pícara! -¡Ingratas!... Voces en todos los tonos, chillidos, exclamaciones, estallido de besos, crujido de muebles, ruido de seda... Todo ello junto hace temblar la casa por algunos instantes. Al fin se calma la tormenta. Las mamás se sientan en el sofá, y las tres polluelas en las sillas inmediatas, pero agrupadas, compactas, como las flores de un ramillete.

-¡Dos meses sin venir a vernos!

-Hijas, otros tantos habéis pasado vosotras sin poner los pies en mi casa.

-¡Anda, pícara!

-¡Andad, ingratas!

-¡Y al cabo de tanto tiempo vienes tú sola! ¿Por qué no te acompañó Mercedes?

Carolina contesta con una sonrisa particular, y mira de reojo a su mamá.

Doña Narcisa no lo ve, porque está hablando con su amiga, a quien dice en el mismo momento:

-¡Qué ganas traía de llegar!... Por supuesto, por ver a ustedes, en primer lugar, y después por descansar un rato... Como que ya había pensado dejar esta visita para mañana.

-Muchas gracias por la atención.

-Ya se ve que sí... Precisamente porque no me gusta venir a esta casa de cumplido. ¡Y como hoy tengo el tiempo tan escaso!... Hija, gracias a que estas cosas suceden muy pocas veces en la vida, que si no... ¡Las escaleras que yo he subido hoy!

-¿Tantas visitas han hecho ustedes?

-Figuréselo usted, doña Circuncisión: desde mi casa hasta aquí, que es una regular distancia, he visitado a todas mis relaciones... y ya sabe usted que son algunas.

-¡Ave María Purísima! Comprendo que esté usted rendida... ¿Pero qué idea le ha dado a usted hoy de hacer tanta visita?

-Va usted a saberlo, que a eso he venido... y por lo mismo dije antes que estas cosas suceden pocas veces en la vida.

-¡Hola! -exclama doña Circuncisión, haciéndose toda oídos.

-A ver, a ver -dicen sus hijas con una sonrisilla maliciosa, acercándose más a doña Narcisa.

Carolina abre el abanico, le mira por ambos lados y se hace la distraída.

Doña Narcisa, después que es dueña de todo el auditorio, le dirige, sonriendo, estas palabras:

-Tengo que dar a ustedes una noticia que, me parece, les ha de ser agradable.

-Si lo es para ustedes, desde luego -contesta el auditorio.

-Sí, por cierto... Pues la noticia es... que se casa mi hija Mercedes.

-¡Que sea enhorabuena mil veces! -grita a doña Narcisa su amiga doña Circuncisión, estrujándole la mano y mirando con cierta languidez a sus dos hijas.

Éstas, al mismo tiempo, abrazan a Carolina colmándola de plácemes y asediándola a preguntas.

-¡Pero qué callado se lo tenían ustedes! -dice doña Circuncisión.

-No hay tal cosa -replica doña Narcisa.

-Crean ustedes que hasta hace tres días no se ha espontaneado ese señor.

-¿Y quién es él?... si se puede saber, se entiende.

-Claro está que sí... Pues un tal don Simeón Carúpano, sujeto muy recomendable, aunque poco conocido aquí.

-Efectivamente; yo no recuerdo... ¿Le conocéis vosotras, chicas?

Las dos polluelas, después de reflexionar un rato, dicen que no; pero la mayor de ellas, arrepintiéndose enseguida, exclama:

-Espere usted; creo que le conozco. ¿Es un señor... de alguna edad?

-Ese mismo -contesta Carolina-; cetrino, bajito... no conoceréis otra cosa.

-¡Eh, mujer! -repone su mamá con disgusto-; no es para tanto. Es verdad que no es alto, pero tampoco choca por lo bajo; y si no fuera tan cargado de hombros, sería hasta esbelto. El color, es verdad que no es de rosa, ni muy sano; pero sería preciso un cutis de cera para que no perdiese muchísimo al lado de un pelo tan blanco como el suyo. La edad no es la de un joven; pero no es tan avanzada como cualquiera creería al oír a esta chiquilla: cincuenta años... poco más.

-¡Bah!... ¿eso qué vale? -contesta doña Circuncisión, como si hablara con la mayor sinceridad.

-Es que las mujeres de ahora no quieren más que donceles; como si la vida de un matrimonio estuviese reducida al día de la boda. Lo que yo le dije a Mercedes: «mira que en el día hay muchas necesidades, y el amor de un hombre hermoso no puede satisfacerlas todas; y cuando hay privaciones, hasta el amor se entibia. Por el contrario, cuando hay recursos, todos los obstáculos se allanan; y el hombre que los tiene, si además es honrado y caballero, acaba por hacerse amar, aunque no sea un Adonis. Ahora haz tu gusto». Y como dio la casualidad de que don Simeón es tan rico como hombre de bien y Mercedes no es tonta, no ha habido más dificultades para el asunto que las que usted acaba de oír.

-Ni era de creer otra cosa. ¡Ave María!

-Adivine usted, doña Circuncisión, lo que se dirá por ahí: lo menos que su padre, porque el pretendiente es rico, la ha obligado, «la ha sacrificado», que es la frase de moda entre la gente sensible.

-¡Cómo se va a creer eso, doña Narcisa! No sea usted aprensiva.

-¡Ay, doña Circuncisión!, yo conozco bien el mundo y sé cómo juzga de las cosas.

-Sí, pero el mundo les conoce bien a ustedes, y no puede, en justicia, atribuirles ciertas miras... Yo, por mi parte, encuentro muy en su lugar la boda, pues que es del gusto de toda la familia y especialmente de la novia; y la vuelvo a felicitar a usted con todo mi corazón.

-Y yo se lo agradezco a usted con el mío, porque sé lo mucho que ustedes nos aprecian.

-Ustedes se merecen eso y mucho más.

-Usted nos honra demasiado, doña Circuncisión.

-Les hago a ustedes justicia, doña Narcisa.

-Gracias, amiga mía.

A la vez que las dos mamás en este diálogo, se han ido enredando en otro muy animado las tres polluelas, y separando poco a poco del sofá hasta formar grupo aparte.

-¿Sabes, Carolina, hablándote con franqueza, que yo no esperaba esta noticia? -dice muy bajito la mayor de las dos hermanas.

-Ni yo tampoco -añade la pequeña.

Carolina mira hacia su mamá, y viéndola engolfada en conversación con la otra señora se vuelve hacia sus amigas, y haciendo un graciosísimo gesto en el que se revela su disgusto, les dice lacónicamente:

-Ni yo.

-Yo esperaba otra cosa.

-Y yo.

-Y yo también.

-César es un chico muy guapo, muy fino y de talento, según dicen. No tiene una gran fortuna, pero está bien acomodado, quería mucho a Mercedes... y Mercedes a él, si no me engañó cuando me lo dijo.

-No te engañó.

-Pues, hija, no comprendo lo que está pasando.

-Ni yo.

-Ni yo.

-Pues yo sí lo comprendo, vamos, ¿a qué te he de engañar?

Apostaría una oreja a que a César se le despidió en cuanto se presentó ese hombre.

-Algo ha habido de eso.

-¿Lo ves?

-¡Eh!, ¿por qué no se ha de decir la verdad entre amigas de confianza como nosotras? ¿Queréis saber lo que hubo?

-Sí.

-Sí.

-Pues bien: César era muy bien recibido en casa, como sabéis; Mercedes le quería... y toda la familia le quería también. En esto, viene recomendado a papá ese hombre, da en visitarnos a todas horas... y yo no sé lo que pasaría en el escritorio y con mamá; pero es lo cierto que a ellos todo se les volvía hablar de los hombres ricos, y de lo buenos que eran para las jóvenes; decir que «oro es lo que oro vale», ponderar a don Simeón y marear a Mercedes con sus gracias. A todo esto, no se le ponía muy buena cara a César; y tan cierto es, que él lo conoció, tuvo una pelotera con Mercedes y faltó algunos días de casa. Diose Mercedes por ofendida, riñó algo con él, y como al mismo tiempo mamá no se cansaba en obsequiarle, creyó el infeliz que mi hermana no le quería ya... y se largó para no volver. Entonces apretó de firme el otro, mamá le ayudó más que nunca, y Mercedes, por pique, dijo que sí. Le pesó al principio; pero dice que ha encontrado luego tan fino y tan complaciente a don Simeón, que se casa con él muy a gusto. Ahí tenéis todo lo que ha pasado.

-Ya me sospechaba yo algo de eso... Pero, hija, francamente, aunque me lo jures, no creo que Mercedes llegue a querer a ese vejestorio.

-Ella lo asegura.

-Ella dirá lo que quiera... Y puede que tenga razón después de todo; que, según yo voy viendo, las mujeres, cuando se trata de mejorar de fortuna, nos dejamos convencer enseguida...

🙝🙟

Pero doña Narcisa ha concluido su párrafo con su amiga, y quiere marcharse.

-Pon los huesos de punta, Carolina; que tu papá nos estará esperando.

-¡Tan pronto! -exclaman las tres niñas.

-Para vosotras, cuando estáis reunidas, nunca alcanza el tiempo. Otra vez hablaréis más despacio... Vámonos, hija.

Nuevo estrépito en la casa, nueva confusión.

-Conque repito la enhorabuena, y désela usted de mi parte a Mercedes.

-Y de la mía.

-Y de la mía... ¡Que no se te olvide, Carolina!

-Gracias.

-Gracias.

-Ya iremos un día de éstos a verla.

-Cuando ustedes gusten. (Muchos besos.)

-Adiós, doña Circuncisión. -Adiós, doña Narcisa. -Adiós, niñas. -No me olvidéis, ingratas. -Ven a vernos a menudo. (Siguen los besos.) -¡Hija, qué gruesa te vas poniendo, Carolina! -Es muy precoz esta chica; tiene más pantorrilla que yo. -Lo dicho, y memorias. -¡Agur!... -¡Adiós!... -¡Adiós!...

Los últimos ósculos resuenan en la escalera.

Dejemos en ella a nuestras conocidas, y vámonos a otra parte.

- III -

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