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IEL ECUADOE DE 1825 A lEL ECUADOR DE 1825 A 1875 SUS HOMBRES, SUS INSTITUCIONES , Y SUS LEYES E»OR. I». XIS. >iEh pourquoí s'est-il permi d'etre tiran. u (Mézeray. Historia de Francia.) SANTIAGO DE CHILE RAFAEL JOVER, EDITOR CALLE DEL PUENTE, NÚM. 15-D INTRODUCCIÓN El 15 de enero de 1881 hubo un incendio en la casa número seten ta i nueve de la calle de la Planchada, hoi Serrano. El incendio fué tan rápidoque dos ancianos que estaban alojados en ella apenas tu vieron el tiempo necesario para salvar su persona, i salieron abando nando su equipaje. Pero uno de ellos sufrió mas dolorosa pérdida. Se incendiaron todos sus libros, sus manuscritos i los documentos que habia reunido para escribir la historia cíe su patria. Este contratiempo era irreparable por las circunstancias especiales del escritor, anciano ya i postrado por una enfermedad incurable, que lo conduce lenta mente al sepulcro.
Desalentado dejó pasar tres años, sin determinarse a emprender de nuevo un trabajo tan difícil i complicado. Pero, al fin, las instancias de sus amigos i las diversas peripecias por que ha pasado su patria en estos últimos años, lo determinaron a quebrantar su resolución; i estos apuntes son el resultado de sus nuevos trabajos. No es ya la historia, porque le falta el tiempo, la salud i los materiales pa ra escribirla. Pero estos apuntes pueden servir de guía a los' escritores que vengan mas tarde a desempeñar tan grave e interesante trabajo. Lejos del teatro de los acontecimientos, sin teñera nuestra disposición los archivos públicos, hemos tropezado con infinitas dificultades. Pero el amor al pais i a la verdad nos ha dado aliento para seguir adelante en nuestro propósito, que es el de fijar bien los hechos i el carácter de los hombres que nos han hecho tanto mal.
El señor Ayguals de Izco ha colocado al jeneral Flores entre los verdugos de la humanidad, a pesar de que no conoce todas las iniquidades de este tirano. A esta palabra, salta de rabia el hijo de Flores i dice: Ese viejo octojenario debe estar decrepito cuando se atreve a llamar tiraal jeneral Flores que murió hace catorce asios. ¡Pobre charlatán! ignora que los tiranos no mueren i que viven siempre execrados en la memoria de los pueblos. Tiberio i Calígula no han muerto; Claudio i Nerón tampoco, i cuando recordamos a Felipe II nos imajinamos verle iluminado por las llamas que salian de las hogueras que mandó pren der para quemar a los herejes que eran mas morales i mas virtuo sos que él. I ¿qué diremos de ese monstruo de Luis XI, que, sentado en su taburete con el rosario en la mano i al pié de la Vírjen, decreta ba los suplicios atroces contra los súbditos mas notables de su reino?
Capítulo II
Regreso de Bolívar a Colombia.— Dictadura. — Actas pidiendo un Gobierno vitalicio, fuerte i vigoroso El 12 de enero de 1826, el bizarro jeneral Rodil entregó la plaza del Callao al jeneral colombiano-Bartolomé Salón que la sitiaba. La capitulación fué honrosa para el jeneral español que habia defendido la plaza con tanto valor como perseveran cia. Después de este acto, el territorio del Perú quedó entera mente libre de enemigos i en estado de constituirse i organizarse con entera independencia. ¿Por qué el Libertador no aprovechó de este momento propicio para volverse a Colombia con las huestes vencedoras? ¿Pensaba en el imperio andino bajo la sombra de una constitución vitalicia? Esta conducta dejó entonces en completa incertidumbre a sus EL ECUADOR admiradores, i así se mantienen hasta el dia. ¿Quiso o no quiso perpetuarse en el mando?
Apelemos a los hechos i ellos resol verán la cuestión. El libertador no se retiró de Lima hasta el dia en que se vio obligado a dejar la voluptuosa Capua por los acontecimientos de Valencia. El jeneral Paez se habia sublevado en esa cindad i amenazaba segregar Venezuela de la unidad colombiana. Acon tecimiento grave i de mucha trascendencia. Desaparecer Colombia, en los momentos en que Bolívar necesitaba de su apoyo para mantenerse en el puesto que habia con quistado durante la gloriosa guerra de la independencia, era ciertamente un triste presajio de su futura caida. El eclipse cd menzó en Valencia en 1826 i terminó en Santa Marta en 1831. Veamos entretanto los grandes acontecimientos que tuvie ron lugar en ese intermedio. Bolívar salió de Lima en junio de 1826, llevando siempre en su mente i en su espada la Consti tución boliviana que miraba como el gran descubrimiento de la época.
No era ni el Imperio ni la República, sino nn artificio que le aseguraba el poder durante sus dias. Bolívar, joven, a la edad de veinte años, presenciando la coronación de Napoleón I esclamó con indignación: «Yo veneraba antes a este gran capitán por que lo creia sinceramente republicano, pero hoi lo de testo i lo miro como-nn usurpador, Témpora mutantu et nos cun Mis, agregamos nosotros. A su regreso a Colombia principiaron los pronunciamientos de los pueblos, excitados por las autoridades civiles i militares. Se aclamó al Libertador como dictador concediéndole la plenitud de poderes para obrar discrecionalmente segnn su voluntad. En Guayaquil, el jeneral Mosqueda provocó una junta popular en 28 de agosto de 1826 después del arribo del jeneral Bolívar a esa ciudad. Ante la junta espuso los motivos de la reunión i los peligros que corría la patria.
Pidió que todos los ciudadanos espresarau libremente sn opinión. Todos aclamaron al Liberta dor con excepción de una sola voz qne gritó de entre la multitud: «Señor Intendente, federación queremos.» Se estendió el acta, i desde ese momento cesó el réjimen de la lei i de las instituciones. Otro tanto sucedió en'Quito el 6 de setiembre con una sola diferencia, que el ajitador no fué el Intendente sino el comandante jeneral. El coronel Mnrgueitio se resistió i Flores lo obligó por medio de las amenazas. En Ibarra, capital de la provincia de Imbabura, el pueblo reunido en presencia del go bernador, coronel don Ensebio Borrero, declaró que estaría siempre por el gobierno popular representativo, alternativo i responsable. En el centro de Colombia se repitieron los pro nunciamientos en favor del Libertador, i quedó reconocida en la mayor parte de los pueblos la autoridad suprema del jeneral Bolívar.
Comienza a hacer ruido el jeneral Flores recibiendo las mues tras de distinción que le otorgaba Bolívar en pago de su traición a la patria i de sus ruines adulaciones.
Capítulo III
La tercera división en Lima.— Intriga de Santa Cruz para desmoralizarla. — Contrarrevolución en Cuenca. — Flores intriga i se recomienda a Bolívar. El Libertador al separarse de Lima dejó un gobierno de su elección, presidido por el jeneral Santa Cruz, uno de sus pala ciegos, pero en el fondo un émulo de su nombre i de su gloria. Para mantener la sumisión del pueblo peruano dejó en Lima la tercera división de Colombia a las órdenes del jeneral Lara. La elección no fué muí acertada. Lara era un valiente, pero no te nia la ilustración ni la sagacidad que exijian las circunstancias estraordinarias de aquel tiempo. Santa Cruz comenzó a intrigar desde el mismo dia en que se encargó de la presidencia del con sejo de gobierno. Bnscó ajentes para seducir i corromper la ter cera división colombiana i encontró en Iguala un ájente hábil i, sobre todo, apasionado.
Era amigo de algunos oficiales de la división i especialmente del capitán Castillo, quiteño, que merece una mención especial. Mui joven tomó parte en la revolución de Quito, el 10 de agosto de 1809. Al tiempo de la reacción fué preso con los próceres de la independencia, Morales, Arenas i demás, encerrados en el cuartel de Artillería. El 2 de agosto de 1810 los habitantes de los barrios de la ciudad i de algunos pueblos inmediatos se suble varon i acometieron al cuartel para dar libertad a los presos. Los españoles los batieron i los rechazaron, i volvieron furiosos sobre los presos para degollarlos impíamente; Castillo se mezcló entre nn grupo de cadáveres que estaban esteudidos en el snelo; de allí fué trasladado con los muertos a la iglesia de San Agustin sin que los soldados ni los cargadores se apercibieran del estado en que estaba Castillo.
Quieto i sin movimiento salió a las diez de la noche bañado en la sangre de sus compañeros i se presentó al provincial contándole su historia i pidiéndole protección. El provincial lo ocultó, i así perma neció algún tiempo hasta la llegada del batallón Numancia, en cuyas filas tomó l servicio en calidad de cadete, i pasó a Lima, donde fué bien acojido por los oficiales del cuerpo, que en su mayor parte eran colombianos. Tal era el hombre que se encar gó de revolucionar la tercera división. I ciertamente no pudiera haberse elejido otro mejor, porque era intelijente, vivo, perspicaz i profundamente adicto a la República. Castillo daba cnenta con frecuencia a Iguain i éste pasaba todos los secretos a Santa Cruz. Pero éste, sea por precipitar el movimiento o sea por ponerse en salvo en caso de que abortara la revolución, tomó el partido de denunciarlo al jeneral Lara i lo llevó a palacio para que escu chara la relación de los revolucionarios.
Lara fué, en escoto, i se colocó detras de las cortinas en el punto en que podia escuchar mejor a los delincuentes. Pocos momentos después llegaron Ignaíu i Castillo i dieron cuenta del estado en que se encontraba la trama revolucionaria, Lara/indignado, se dirijió a sn despacho, mandó llamar al capitán Dorronzoro, i le dio orden de prender inmediatamente a Castillo para someterlo a un consejo de gue rra. Dorronzoro estaba en el secreto de la revolución i se propu so salvar a Castillo a cualquiera costa. En efecto, buscó a Castillo i le dijo: «Ocúltate porque el viejo sabe todo i quiere fusilarte.» ✓ La revolución estalló en Lima el 26 de enero de 1827. El je neral Lara fué despachado a Colombia i el jeneral Herez se asiló a bordo de un buque francés que lo condujo a Guayaquil. El coronel Bustamante tomó el mando de los batallones Ri fles i Arauri i un rejimiento de Húsares de Junin compuesto de dos escuadrones. 1 dio el mando al coronel Juan Bautista Elizarde de los batallones Caracas i Vencedores.
El primero en tró al territorio colombiano por la vía de Macará i el segundo desembarcó en la provincia de Nanabí i se internó a Guayaquil. El capitán don Ramón Bravo cartajenero fué enviado a Bogotá por los revolucionarios a dar cuenta al Vice-presidente jeneral Santander de los motivos que habian inducido a los jefes i oficiales al pronunciamiento contra la dictadura i en favor de las instituciones republicanas que habian dado tantas gloria a la República. El jeueral Santander despachó al oficial, acompañado del jeneral Antonio Obando, para que se hiciera cargo del n»ando de la división. Obando era apático, inactivo i enteramente inadecuado' para el mando de tropas desmoralizadas. Bravo volvió disgustado i empezó a difundir propósitos subversivos entre sus compañeros de armas. Flores lo supo; se lo atrajo ofreciéndole ascensos i halagándolo de todos modos.
Bravo se dejó seducir i efectuó la contrarrevolución en Cuenca. Desterraron a Bnstamente i a los oficiales que no quisieron tomar parte en el contrapronunciamiento, entre ellos a los capitanes Castillo i Juan Manuel Gran, padre del héroe qite fué despedazado en el combate de Aligamos el 8 de octubre de 1879. Flores se apropió todos los honores de la contrarrevolución. Dio cuenta al Libertador enzalsándose i recomendándose como un jefe valiente i perspicaz. El Libertador lo nombró jeneral de brigada, i ya lo tenemos en actitud de hacer ruido i de llamar la atención del ejército i de los pueblos hacia su persona. Poco tiempo después murió el jeneral Pérez, jefe superior de los departamentos del sur, i Bolívar dio esa plaza al jeneral Flores por haberse negado a desempeñarla el jeneral Sucre.
I se estrenó con una proclama que hasta ahora se presenta como un modelo de estravagancia i ridícula pretensión. Era el 28 de octubre de 1827 i Flores empe zaba su proclama con esta frase sonora: «Colombianos, hoi es el dia de la fama.» El presbítero Larriva, peruano, comentando esa proclama, decia: «¡San Fama! Ese santo no reza el calen dario.» I agregábalos versos siguientes: Vitor que a Colombia diste Un nuevo César fortuna: Que ansí maneja la espada Como maneja la pluma. Catai del que se decia, Que nada escribir sabia, Pues catai que ya escribió I una proclama forjú. Sellaste con llave de oro, Echastes el resto al fin: Por eso en lugar de Flores Quiero llamarte jardín. Estamos en las vísperas de la guerra del Perú, i vamos a ocuparnos de esa terrible trajedia.
Capítulo IV
Misión del jeneral Gamarra a Bolívia.— Carta del jeneral Sucre.- Pretensiones peruanas. — Cédula de 1819. Libre el Perú de las tropas auxiliares, pensó en constituirse sin perder de vista a Bolivia que estaba todavía dominada por tropas estranjeras. Con el objeto de insubordinarlas i corrom perlas, mandó al jeneral Gamarra, hombre sin escrúpulos, que ocultaba en sn seno el odio profundo que tenia por Colombia i por todos los colombianos. Llegó a las fronteras en soa de alia do del Gobierno del jeneral Sucre i comenzó bajo ese disfraz su tarea sediciosa i corruptora, hasta el estremo de insubordinar la guardia del jeneral Sucre i de comprometer la vida del gran ma riscal entre los arranques impetuosos de los insubordinados. Su cre queria salir de Bolivia, i este atentado dio mayor fuerza a su resolución que se realizó poco tiempo después.
Pero oigamos al jeneral Sucre, cuya palabra es terminante i definitiva en esta cuestión. aChuquisaca, 27 de abril de 1828. «A S. E. el jeneral Bolívar, etc, etc. «Mi jeneral: «Esta carta será corta pero importante. El 18 de del corriente se sublevó la primera compañía de Granaderos a caballo, que sormaba toda la guarnición de esta ciudad, a pretesto de dinero. Creí contenerla echándomele encima, pero, habiéndome recibido a bala zos, me hirieron gravemente en el brazo derecho. Tras este amo tinamiento se apoderaron algunos facciosos de la tropa i pretendie ron dar al tumulto un aire de revolución popular. Hicieron rennir tres juntas de Corporaciones i del pueblo, en las cuales propusie ron desconocer al Gobierno. Fué rechazada hasta la indicación; pero, sin embargo, el Ministro del Interior fué arrestado, los otros dos huyeron, i yo mis'mo fui conducido a una casa cerca del cuartel. «Esta ciudad estuvo en un perfecto desorden porque para com pletar el mal llegaron a las provincias seis mil pesos para las Tesorerias, i una gran parte la invirtieron los facciosos eu em borrachar i gratificar a los cholos.
Tal estado de confusión duró cinco dias, mientras que el jeneral Lopez vino con cien hombres de Potosí. Los sublevados hicieron un momento de resistencia el dia 22, pero por la tarde abandonaran la ciudad, i dispersados andan por las inmediaciones, excepto unos treinta Granaderos qne se han dirijido a la provincia de Tomina. «Todas las cosas se han restablecido i las autoridades restituí dose a sus puestos. Hasta ayer han llegado de Potosí i Ornro mas de trescientos hombres de tropa, que al saber las novedades han marchado con una celeridad grande a salvarme i salvar las leyes. En Potosí habia mui poca guarnición, pero setecientos hombres, vecinos de allí, se presentaron a tomar las armas para cuidar del orden público, a fin de que toda la tropa viniese a esta ciudad. El coronel Blanco ha venido de la frontera a Potosí con su rejimiento pensando marchar para aquí, pero supo en Potosí el restablecimiento del orden, i me ha escrito una carta la mas fina i espresiva, a la vez que llena de indignación contra los tu multuarios. «Debo decir en honor de Chuquisaca que ninguna persona de respetabilidad se ha mezclado en este alboroto, i que. en medio de los malvados, mi casa estaba dia i noche llena de personas decentes.
Las señoras, sobre todo, i el clero me han mostrado una amistad i un afecto mas allá de cuanto yo puedo desear. Esto debia consolarme en medio de los ultrajes que pretendían hacer me los facciosos. Se admirará Ud. de saber que el doctor dáñe la era el Consejero i director de los malvados. «Mañana salen para Tomina ciento cincuenta soldados a per seguir los dispersos. Así quedará tranquilo el pais i restablecido de un escándalo de que todos están asombrados. Mientras tanto todo se compondrá. Mi brazo derecho está roto, i necesitaré tres meses de curación para usar de él. Será una fuerte lección para alejarme del servicio público. «Del batallón Pichincha marcharon el 15 de este cuatro com pañías a embarcarse en Arica; las otras dos salían luego. To do Bogotá se habia ya ido. Así, pues, solo queda por marchar la caballería en mayo. «Mi herida impide que ejerza el Gobierno, i lo delegué el mis mo dia 18 en el Consejo de Ministros, conforme a la Constitu ción.
No desempeñaré otro acto de la Presidencia que instalar el Congreso i leer mi mensaje. Pienso abreviar la rennion del Congreso. «Adiós, mi querido jeneral; por setiembre estaré en Quito, pero nadie me hará emplear en servicio público. Llevo la señal de la ingratitud de los hombres en ua brazo roto, cuando hasta en la guerra de la independencia pude salir sano. Como no podré firmar en dos o tres meses, lo hará por mí el comandante Andrade. «Siempre soi su amigo i servidor. «Por el jeneral Sucre, J. E. Andrade.» Los pueblos del Perú habian sido citados a elecciones para una Constituyente que se reunió en Lima a fines de 1820. En esta Asamblea dominaba el Memento liberal republicano, obedeciendo a la voz de los prohombres de aquél tiempo. Todos eran enemigos dé Colombia, del Libertador i de los grandes capita nes que habian dado tanta fama i celebridad a la América Espa ñola.
Esta Asamblea, tan celosa de sus prerrogativas i de los fueros de su patria, elijió en enero de 1827 Presidente de la Re pública a un estranjero. ¿Qué significaba ese nombramiento? Guerra a Colombia i anexión del importante departamento del Guayas i de toda la costa que corre desde la puuta de Santa Ele na hasta la entrada del Patía en el mar Pacífico. Esta pretensión del Perú era contraria, no solo a los títulos primitivos de la Presidencia de Quito, sino a las líltinias disposiciones dictadas por el rei de España. He1 aquí la cédula de 1819: «El rei al gobernador de la ciudad i provincia de Guayaquil i a su partido. Con esta fecha espido a mi virrei del Perú la cédu la del tenor siguiente: «El Rei. — Virrei, Gobernador i Capitán Je neral de las provincias del Perú i Presidente de mi Real Audien cia de Lima.
Conformándose mi augusto padre, que esté en gloria con lo que le propuso la Junta de Fortificaciones de América so bre la defensa de la plaza i puerto de Guayaquil, se sirvió resolver por su real orden comunicada a mi consejo de las Indias en siete de julio de mil ochocientos tres que el Gobierno de Guayaquil de bía depender de ese Virreinato i no del de Santa Fé por las causas que se espresaron con motivo de la capitulación que dirijió a ese Superior Gobierno Jacinto Vejarano, vecino de Guayaquil, con tra don Bartolomé Cucalón, Gobernador que fué de aquel puerto i provincia, se espidieron varias providencias, de cuyo modo de pro ceder se quejó el Presidente que fué de Quito, Barón de Caronde let, manifestando no deber tener ese superior Gobierno inter vención ninguna en Guayaquil, en el Gobierno político de Real Hacienda ni de comercio, i solo sí en lo militar, pidiendo se decía- . re así.
Remitida esta queja con Real orden de primero de jimio de mil ochocientos siete al enunciado mi consejo, i una representa ción del referido Vejarano sobre el asunto, hizo presente su dic tamen en consulta de nueve de noviembre siguiente, i habiéndose conformado con él mi Augusto Padre i Señor, se sirvió desa probar los procedemientos del Virrei que entonces era de esas provincias en haber admitido la capitulación contra el tenor de la espresada real orden de siete de julio de mil ochocientos tres, que solamente le concedía jurisdicción i superioridad en lo res pectivo a la defensa de la ciudad i puerto de Guayaquil i aprobar los del Presidente i audiencia de Quito, admitiendo estos a Vé jarano la capitulación contra el Gobernador Cucalón bajo de la fianza de la lei, cuya real resolución no pudo comunicarse por la inmediata entrada en Madrid de los franceses.
La ciudad de Guayaquil en representación de veinte i ocho de octubre de mil ochocientos quince ha espuesto que su vecindario i el de su vasta provincia sufre el yugo mas pesado por estar agregado a ese Virreinato en todos ramos desde el año de mil ochocientos diez en que nuestro antecesor el Marqués de la Concordia lo de cretó así, separándola de la Audiencia de Quito, que como mas inmediata conocía de los asuntos contenciosos: desde cuyo tiem- EI. ECUADOR J po viven sin consuelo todos aquellos beneméritos habitantes, pues hai mui pocos que puedan entablar sus recursos a esa audiencia i a ese superior Gobierno por oprimidos que se vean, a causa de que la distancia de mas de trescientas leguas los desalienta, necesitando el correo ordinario un mes para la ida i otro para la vuelta, cuando no se atrasa por las frecuentes crecientes de los rios, que si.se intenta hacer un propio cuesta trecientos pesos lo menos, el despacho de los negocios es mni tardío, porque con la multitud de los que se agolpan en todo el reino no se dictan las providencias con la brevedad que exijenlas materias, siendo lo mas sensible que los reos dignos por su infeliz situación de la mayor consideración, se hallan desatendidos, ocupando las cárceles i calabozos sin ningún alivio, de modo que parece yacen sepultados por todavsu vida en los calabozos.
I haciendo espresion de la diferencia mui notable que hai en los costos Curiales de esa ciudad con los de la de Quito distante solo ochenta leguas de Guayaquil, concluyó el ayuntamiente suplicando me digne mandar agregar aquella provincia a la Presidencia de Quito, como estaba antes, o a la menos en lo contencioso; cuya instancia la repitió i recomendó mi real audiencia de Quito. Visto en el espresado mi consejo de las Indias, en el pleno de tres salas, i con los que me han representado sobre el asuuto los presidentes de Quito don Toribio Montes i don Juau Ramírez, lo informado por la Contaduría Jeneral i lo que dijeron mis Fiscales; me hizo presente su dictamen en consulta de diezisiete de mayo próximo ¡lasado, i penetrado mi real ánimo de las poderosas razones con que lo apoya, he tenido a bien conformarme con él; en cuya consecuencia he venido en declarar que estando ya establecido el Vi- Virreinato de Santa Fé, i en ejercicio de sus funciones el Presidente i audiencia de Quito, a ésta toca entender en todas las causas civiles i criminales del Gobierno de Guayaquil, como en los asuntos de mi real Hacienda, permaneciendo el mismo Gobierno sujeto en lo militar en el mismo Virreinato.
I para que esta mi real determinación tenga su mas puntual cumplimiento he resuelto preveniros, como por la presente mi real cédula os prevengo, dis pongáis inmediatamente la posesión de la ciudad de Guayaquil i su partido al ser i estado en que.se hallaba antes de acordar en el año de mil ochocientos diez vuestro antecesor el Marques de la Concordia su agregación a ese Virreinato: i que así vos como esa mi Real Audiencia arregléis vuestros procedimientos a lo dispues to por las leyes en este punto, sin avocarse ni tomar conocimien to alguuo en los asuntos de justicia civil i criminal, ni de real Hacienda de dicha ciudad de Guayaquil i su Provincia, que co rresponden privativamente a la Audiencia de Quito, por ser de su distrito, en intelijencia que la menor contravención, retardación o demora en este asunto será de mi real desaprobación.
I de es ta cédula se tomará razón en la Contaduría Jeneral del referido mi consejo. Lo que os participo para vuestra intelijencia, satisfacción de esos mis amados vasallos habitantes en el distrito de ese Gobierno, i debido cumplimiento en la parte que os toca de la espresada mi real resolución, a cuyo efecto lo comunico así mis mo con la propia fecha a mi Virrei de Santa Fé, al Presidente de Quito i a mis Reales Audiencias de Lima i Quito. Dada en Ma drid a veinticuatro de junio de mil ochocientos diez i nueve. aYo el rei, «Por mandato del Rei Nuesto Señor, Silvestre Collai.» He aquí descubierta la tela misteriosa con que los peruanos han querido mantener envuelta la cuestión de límites para apro piarse esos territorios que se habian civilizado por sus propios esfuerzos bajo la influencia de un clima fecundo en talento, valor i patriotismo.
Esta cédula pone término a toda disputa porque manifiesta clara i distintamente que en 1810 esos territorios pertenecían al reino de Quito, i que el Marques de de la Concordia tomó1 medidas precautorias, es decir, pasajeras, para salvar los dominios de la corona del contajio revolucionario. El Marques, como espa ñol i como súbdito de la monarquía peninsular, llevado por un celo exajerado, puso guarnición en Tumbes, en Guayaquil i en Cuen ca; i en 1812 mandó una espedicion a Quito para someter los pueblos de ese distrito con tropas i recursos sacados del Perú en contra de la independencia americana. Vencido Quito i entrege do al saqueo de los Pardos de Lima, volvieron a rejir las autoridades españolas i estas reclamaron del Rei la plenitud de juris dicción que habian ejercido hasta el 10 de agosto de 1810.
Los señores don Toribio Montes i don Juan Ramírez se referían en sus reclamos a la provincia de Guayaquil i sus dependencias; i el Barón de Carondelet que dejó de ser Presidente en 1803 dirijia sn protesta contra la cédula de 1802 acusándola de apó crifa porque el señor Requena, sorprendiendo i engañando a Car los IV, habían obtenido esa cédula con obrepción i subrepción, circunstancia que invalida i anula todas sus disposiciones. La cidula de 1S19 rsvoca todos los actos hechos en favor del Vi rreinato i restituye los casos a su primitivo tiempo. Esta cédula sirvió de argumento al negociador colombiano en Guayaquil, i el del Perú no teniendo razones que oponer apeló al sistema de concesiones i compensaciones. El convenio de Jirón i el tratado de 25 de diciembre de 1829 estáu ajustados exactamente a las determinaciones de la cédula.
I, sin embargo, el Perú antes de Tasqui i después de Tasqui, antes de la guerra i después de la guerra se ha obstinado en sus pretensiones tan contra rias a las reglas i principios prefijados por la América Espa ñola en cuestiones de este especie. Pero hai mas. Se pretende despojar al reino de Quito de sus vastas posesiones por haber sido el primero. en proclamar la independencia americana. I ¿quién intenta semejante cosa? El Perú, que fué el último eh llegar a los campos de batalla en esa gueria sangrienta que co ronó de gloria a los que supieron servir la América con desin terés i lealtad. Los peruanos no han querido perder nunca el legado que qui so hacerles el Marques de la Concordia. La visita del jeneral San Martin en julio de 1822 no tuvo otro objeto que persuadir a los habitantes de la provincia de Guayaquil a incorporarse al Perú; pero llegó después que la provincia habia proclamado la Constitución de Cuenta i su unión fraternal a la República de Colombia. ¿Podia esperar el jeneral San Martin que un pueblo tan animoso e ilustrado presidiera la anexión a Lima que habia repugnado en todo tiempo?
El Perú entonces era una república en embrión i esperaba la mano omnipotente de sus vecinos para elaborar su independencia, al paso que la gloriosa Colombia lle naba ya con sn nombre la América Española. Lo que sorprende es que teniendo Guayaquil en su favor las disposiciones termi nantes de la Cédula de 1819 no haya tomado posesión de Tum bes ni en tiempo de los españoles, ni en tiempo de Colombia, ni en tiempo de su independencia particular ; a pesar de lo que de clara espresamente el artículo sesto del tratado celebrado en Guayaquil en 1829. La demarcación, segun ese articulo, debe principiar por el rio Tumbes en el Pacífico.
Capítulo V
La guerra entre Colombia i el Perú.— Opinión del Jeneral Sucre.— Su carta. Sea lo que fuere, se acerca ya el dia en que el Dios de las batallas haga justicia al pueblo noble i jeneroso i castigue al pueblo inquieto, injusto i temerario. Entretanto las dos repviblicas se preparaban a la guerra co mo si tuviesen odios inveterados i grandes agravios que vengar. El Perú formaba i organizaba su ejército i lo ponia bajo las órdenes de nu capitán distinguido, el jeneral Lámar, colombiano, venerado i respetado por sus conciudadanos, aunque él no corres pondió jamas a esas nobles distinciones. Sucre salió de Chnquisaca el 2 de agosto de 1828 con todas las tropas auxiliares que estaban a sus órdenes. I a su paso por el Callao ofreció su mediación al Gobierno del Perú, que no la aceptó. Desde entonces la guerra era inevitable.
I el invencible Sucre tenia que desenvainar la espada para dar una victoria mas a Colombia i una lección a los ingratos üpérfidos enemigos que pagaban los servicios prestados en la guerra de la independencia con una invasión injusta, i mas que injusta, temeraria. El Perú declaró la guerra a esta República en 20 de julio de 1828; i ésta se preparaba como en las grandes luchas de la independencia, confiando la estrella de sus destinos a los grandes capitanes que la habian servido en todo tiempo. El Libertador organizaba dos divisiones en el centro al mando de los jenerales Córdova i Car mona. En el sur, las tropas que regresaron de Bolivia i del Perú sirvieron de núcleo al ejército que, debia combatir en Tarqui i dar un buen escarmiento a los ingratos que pagaban su emanci pación con la guerra i la devastación de un pueblo hermano.
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