Front matter
SEIS ANOS DE LA HISTORIA BE CHILE [23 DE DICIEMBRE DE 1598-9 DE ABRIL DE 1605.] MEMORIA HISTÓRICA, ESCRITA EN CUMPLIMIENTO DE LOS ESTATUTOS UNIVERSITARIOS PO B CRESCENTE ERRAZURIZ, Miembro académico de la Facultad de teolojía i ciencias sagradas de 1» Universidad de Chile i correspondiente do la Real Academia Española, TOMO I . SANTIAGO DE CHILE: Imprenta Nacio>-al, calí-e de la Bandera, num. 29. — 1881 — SEIS AÑOS DE LA HISTORIA DE CHILE. SEIS ANOS DE LA HISTORIA DE CHILE [23 DE DICIEMBRE DE 1598-9 DE ABRIL DE 1605,] MEMORIA HISTÓRICA, ESCRITA EN CUMPLIMIENTO DE LOS ESTATUTOS UNIVERSITARIOS POB CRESCENTE ERRAZURIZ, Miembro académico de la Facultad de teolojía i ciencias sagradas de la Universidad de Chile i correspondiente de la Real Academia Española; TOMO I . SANTIAGO DE CHILE: Imprenta Nacional, calle de la Bandera, num. 29, — 1881 — 05? la venerada memoria del segundo arzobispo de Santiago, don í\afael Valentín Valdivieso, en muestra, por demás pequeña, de profunda gratitud i cari" ño, dedica esta obra E L A l I O R .
INTRODUCCIÓN. La historia del mundo no registra caso semejante al que viene en Chile ofreciendo la interminable guerra de Arauco. Unas cuantas tribus de indios mal armados, casi desnudos, sin gobierno organizado, divididos entre sí, faltos de cuantos recursos suministra la civilización, han consegui do resistir al empuje de hombres acostumbrados a dominarlo todo i saben mantener su indepen dencia, defendida en constante i cruda guerra de tres siglos i medio. Considerando las empresas que llevaron a cabo los conquistadores de América, el alma, llena de admiración, casi de espanto, se imajina que esos hombres de acero no obedecian a las leyes de nuestra débil naturaleza. Nada era capaz de atemorizarlos, acostumbrados a vencerlo todo en el continente descubierto por Colon: a sus innu merables pobladores, que, mas o menos belicosos i valientes, hubieron de resignarse humildes a la dominación, i a la naturaleza con sus rios inva-r deables, sus altísimas cordilleras i sus inmensos desiertos.
Mas los que en ninguna parte habían encontrado obstáculo insuperable, se vieron detenidos ante la barrera que a su marcha triunfal opuso un puñado de indíjenas chilenos. De ordinario, es verdad, no podian los indios de Chile medirse en batalla campal con los españoles i cedian ante la superioridad que dan la dis ciplina i las armas; pero se desquitaban con sorpresas de todos los instantes, con audaces ataques, con incansable guerra de montoneros. I de este modo agotaban las fuerzas de su poderoso enemi go i le diezmaban una vez i otra sus ejércitos. En mas de una ocasión, sin embargo, pudieron creer los españoles que habian conseguido el do minio definitivo i tan deseado de Arauco; i en nin guna fué mas verosímil tal creencia que en los años que precedieron inmediatamente a la época que vamos a estudiar.
Capítulo I. Muerte De Loyola
I RECIBIMIENTO DE VIZCARRA. Estado del reino. — Establecimiento i despoblación del fuerte de Lnmaco. — Preparativos bélicos de los indios. — Sublevación de tiongotoro. — Sale de Ija Imperial el gobernador a sofocarla. — Plan de ataque ilo Pelantaro.— Sorpresa de Ouralaba. — Muerte de Loyola i sus compañeros.— Despojos cojidos por el enemigo. — Terrible impresión que en Chile causa el desastre del 23 de diciembre de 1508. — Los oficiales reformados.— Recibimiento de Vizcarra. — Títulos que este tenia para hacerse cargo del gobierno. Don Martin García Oílez de Loyola, del habito de Calatrava, después de felices sucesos en la guerra, habia logrado pacificar por completo la parte de Chile situada al norte del Biobio. I si bien al otro lado de este rio no habia seguridad ni siquiera para que los vecinos de Angol beneficiaran tranquilamente las villas de los alrededores, a causa de los continuos ataques de los indios que estaban a cuatro leguas de la ciudad (1), no se podia decir que hubiese guerra: esos enemigos eran partidas de ladrones mas bien que rebeldes capaces de presentar batalla.
En esto se apoyaban muchos i principalmente los amigos del gobernador para creer que aquellas provincias se hallaban ya sometidas para siempre (2). Las únicas tribus que todos esceptuaban de (1) Carta de García Oiiez de Loyola, escrita en Concepción el 12 de ene ro de 1598. (2) Cartas escritas al rei por frai Antonio de Victoria, provincial do pr-«ii< adores el 12 de marzo do 15911; por Ion oñcialea renles, el 9 de enero i por el cabildo He Santiago el 110 de abril del mismo año; información le vantada en Saulia^o por Domingo de Erazo el 24 de enero de 1600. esta supuesta sumisión eran las que ocupaban las cercanías de La Imperial i Pur»n (3): lejos de cesar eu la lucha, acababan de obligar a García Oñez de Loyola a abandonar el fuerte de Lu maco. A fines del siglo dieziseis comenzaban Las Vegas de Lumaco a adquirir la nombradla que después tuvieron en la guerra de Arauco: servían de impenetrable asilo a los indíjenas que en aquellas islas ocultaban los ganados i aun dejaban con seguridad a sus mujeres e hijos mientras ellos combatían al espaflol.
Para quitar a los indios este reparo, don Martin levantó un fuerte en las inmediaciones de Las Vegas. Mientras estuvo en él Loyola, los indíjenas disimularon el despecho que tal establecimiento les ocasionaba; pero no bien salió con doscientos hombres de caballería i mil indios amigos a sofocar una revuelta en la provincia de Tucapel (4), atacaron el fuerte en grandísimo número i pusieron a su guarnición, compuesta de no' menos de ciento ochenta soldados, en la imposibilidad de moverse «mas de lo que alcanzaban los arcabuces dende la muralla» (5). El gobernador fué en ausilio de los sitiados; pero tanta era la pujanza de los enemigos, que juzgó no se podia mantener esa importante posición i desamparó el fuerte (6), por lo menos, hasta recibir de España refuerzos que le permitieran restablecerlo.
Este era el único serio contratiempo sufrido por Lovola en la guerra; mas, aunque único, bastó a impedir la completa paci ficación del reino i aumentó las alarmas de los que no lo veían todo color de rosa. Habia, en efecto, muchos, especialmente entre los guerreros, que no compartían la opinión de que los indios estaban leal i (3) I'iterrriiratoiio puesto el 6 de diciembre de 15911 por Quiñones a Vis carra i abstieli.o atirniativaiueiite por el último; poder dado el 27 de marzo de 1599 por el cabildo de La Imperial a don Bernardino de Quiroga. (4) Carta de Alonso de Rivera al rei, fechada en Córdoba el 20 de marzo de ltíOli. (5) Id. id. (tí) En la citada carta atribuye Alonso de Rivara a la falta de infantería la nee sitiad en que se vio Loyola do abaudouar ol faerto de Lumaco. Censura vivainento el que tuda su guarnición fuera de cabjllería. definitivamente sometidos (7).
No faltaba razón a los pesimis tas, i los hechos parecen haberse encargado de manifestar que la supuesta sumisión de los indíjenas era solo habilísimo i con tinuado ardid. Si hemos de creer lo que después de los sucesos escribía al rei el cabildo de Santiago (8), esos seis años de paz fueron para los indios tiempo de secreta preparación a la guerra. No solo au mentaron considerablemente sus ganados, sino que poco a poco i por medio de incesantes cambios se proporcionaron gran cantidad de armas i caballos; de manera que, ejercitados en el manejo de las primeras i diestros jinetes, estaban a fines del siglo XVI, respecto de los españoles (9), en condiciones mui distintas de las en que éstos los habian encontrado sesenta años antes. El ojo esperto de los antiguos militares notaba semejantes cosas i mas de un capitán llamó a ellas la atención del gobernador, quien pudo aun convencerse, segun el documento a que nos vamos refiriendo, de que los indios intentaron mas de una vez asesinarlo por medio de mensajeros enviados a él en menti da prenda de amistad.
Sea que no creyese en la efectividad de tales intentos, o que juzgara prudente disimular o perdonar, Lo yola nada hizo a fin de iirecaverse contra los denunciados planes de sublevación. Así estallan las cosas cuando el gobernador, que se hallaba en La Imperial, recibió una carta del capitán Vallejo, correjidor de Angol, con alarmantes noticias. Le decia que, habiéndose apartado dos soldados del fuerte Longotoro a cojer frutilla, ha bian sido asesinados por los indios, i que este asesinato, conve nida señal de rebelión, acababa de poner en armas a toda aquella comarca. Fernando Álvarez da Toledo nos lo refiere así en su Purea (") Citada carta del cabildo de Santiago al rai, fechada el 30 de abril de 1599 (8) Id. id. (9) Siguiendo la manera de hablar entonces usada, que facilita mucho la narración, llamamos españoles no Rolo a los que por su oríjen lo eran, sino también a los criollos descendientes de los conquistadores.
En contraposi- Indómito (10), i agrega que el indio portador de la carta, bur lando la confianza de quien lo enviaba, preparó la ruina del go bernador. Llamábase el mensajero Navalburi, i, en lugar de llenar su cometido, llevó noticia i carta al cacique Pelantaro, a quien todos consideraban entre los indios el jefe principal. Resuelto Pelantaro a sublevarse abiertamente, vio en esto escelente oportunidad de comenzar cou un audaz hecho de ar mas que, acertado, produciría en el país conflagración jeneral: Hernando Vallejo llamaba urjentemente al gobernador i si, como debia esperarse, Loyola acudia con presteza a él, no iria sino con corto número de soldados i Pelantaro podria sorpren derlo i despedazarlo en el camino, advertido por el mismo Na valburi del dia de la partida. En consecuencia, ordenó al infiel mensajero que llevara la carta al gobernador i lo tuviera al corriente de los sucesos.
Don Martin García resolvió ir en el acto a Angol i salió de La Imperial el 21 de diciembre de 1598, acompañado de cincuenta soldados españoles (11), de Francisco Rodríguez de Gacion a les indio'», llevaban en toda América el nombre de españoles los lujos de la raza latina que obedecían al rei de ispaña, i basta hoi somos conoci dos con esta designación entre los indios cuantos descendemos de conquistadores o colonos. También, i aunque eu esto nos separemos de lo quo entonces se usaba para acomodamos al lenguaje de los siglos po»teriorea, llamaremos mu chas veces araucanos, no solo a los indios do la provincia de Ai ático sino también a todos los de tierra firme al sur do Biobio. (10) Canto I. Puren Indómito, de tan escaso mérito como poema, os inapreciuble como crónica. Comparando los mas insignificante i pormenores referidos en él con los doeunipnros de la época, s • conoce la figurosa exactitud con que relata Álvarez de Toledo: por eso no livpidamos en se guirlo cuando apunta circunstancias caHadas por los di nías.
(11) Hablando del número de soldados españoles que acomnaña' on a Loyola, el cabildo de Santiago i los oficiales reales, en carta de 9 de enero de 1599 dirijida al rei, dicen que eran cuarenta; varios reli liosos de Val divia, en una nlacion que en setiembre de 1599 enviaron a Quiñones los hacen subir a cincuenta i siete; por fin, A'onso de Rivera, en mi r, sumen que el 25 de febrero de 1602 hizo do las pérdidas que habia sufrido Ciiiio desde la muerte de Loyola, afirma qne eran sesenta. Para estar por el número cin< lienta nos apoyamos en la1» mejores auto ridiiries. — Es el número que señalan: 1? Fernando Álvarez de lólulo, en el citado canto de Purev Indómito; 29 Frai Antoiio de Victoiia en curta al rei de 12 de marzo de 1599; 3'.' El cabildo de La Imperial, que mas 1 ion que todos debia de saber esto, eu el poder que dio adoa Bernardino de Quiroga el 27 de marzo de 1599; i 4?
El capitán Gregorio Serrano en una Rela ción en\iada por él al virei del Perú. Esta Relación, que comienza coa llego, quo hacia las veces de secretario (12), de un sacerdote secular, de tres relijiosos franciscanos (frai Juau de Tovar, pro vincial de la orden en Chile, su secretario frai Miguel Rosillo i el Hermano frai Melchor de Arteaga) i de trescientos indios amigos. Dejó instrucciones a Andrés Valiente, segun dice Álva rez de Toledo, para que el 27 del mismo mes enviara el resto de la tropa a Angol al mando de Pedro Olmos de Aguilera. El gobernador debió de salir tarde el dia 21, porque en la noche alojó con su comitiva en un sitio llamado Parlachaca, solo una legua distante de La Imperial. Navalburi, que hasta ese momento acompañaba a Loyola, envió de ahí a Millategua a dar el convenido aviso a Pelantaro (13).
La noche siguiente don Martin i su escolta, mui ajenos del pe ligro que los amenazaba, sin suponer ni siquiera la posibilidad de una sublevación en los alrededores, se entregaron al sueño en el sitio denominado Curalaba, junto a la Quebrada Honda, descuidando las mas elementales precauciones; descuido que, la muerte de Loyola i coucluye el 1? de marzo de l.r99, es un diario de los sucesos qne van ocurriend ■, i puede considerarse como el mas exacto i cuiio-o resumen do aquel período. Como veremos, S?rrauo fuécoaisioumlo por Vizci' ra para visitar las ciudades i fuertes del sur i pudo por lo tanto, dar los mas minuciosos pormenores Es el documento que mas nos ha ser vido para estudiar lo referente al gobierno intarino de Vizcarra. en el número de los iudíj -ñas que acompañaban a Loyoia, seguimos lo que dice el cabildo de La Imperial: habiendo salido el gobernador de o=a ciudad, nadie podiaconocer mas bien las cosas.
Por 'o que hace a la fecha de la muerte de don Martin García Oñez de Loyola, que la mayor arte de los cronistas suponen equivocadaui"nte a fines de noviemure'de 1596, no cabe la mas remota duda. Podemos citar eu apoyo de nuestro pserto, entre otros documentos i aut iridades, la Rela ción de Gregorio Serrano; la carta de los oficiales reales de 9 de enero de 1; 99; la información de Domingo de Erazo de 24 de enero de IftJO; el tes timonio dado a favor de Quiñones por el cabildo de Concep ion el 24 de agosto del mismo año 1600; i Alvaraz de Toledo, que nos da timbiea la facha de la salida de la Imperial: "Partióse lunes, dia señalado, "Del inciédulo santo i benemérito, "El que metió la mano en el costado "Del maestro a quien antes no dio crédito." El mismo nombra el lugar donde Loyola alojó la primera noche.
(12) Eneont-amos el nombre del secretario del gobernador en un testi monio dado por el escribano Damián de Jeria, en cumplimento de una orden de Alonso de Rivera, el tí de julio de 1602. Dice Damián de Jeria que Rodríguez de Gallego "servia la secretaria como mi teuieute." (13) Püren Indómito, citado canto. como tendremos ocasión do ver, era mal tan común como ines plicable entre los españoles de Chile: apesar de constante i dolo rosa esperiencia, parecia como que no quisieran convencerse de que los indios so atreviesen a atacarlos. Pelantaro no habia reunido un ejército para presentar comba te al gobernador. Decidido a pedirlo todo a la sorpresa, escojió solo trescientos hombres de los mas denodados i, dividiéndolos en tres partidas, dos de las cuales puso al mando de Anganamon i Guaiquimilla, reservándose el de la tercera (14), con cabal conocimiento del terreno, ordenó el ataque simultáneo por tres puntos diversos.
La madrugada del 23 de diciembre de 1598 presenció un san griento drama, cuyas consecuencias habian de ser incalculable mente funestas al porvenir de Chile. Dormian los españoles i los indios amigos cuando cayeron sobre el campamento los enemigos, sembrando por todo la muer te i el espanto. Los indios amigos perecieron cas! todos i los pocos que salva ron de la matanza solo debieron la vida a su presteza en tomar la fuga. No mas serenos los españoles que no habian sido muertos en sus lechos, para librar de los terribles asaltantes se echaron al rio, ahí mui caudaloso; lo cual equivale a decir que «murieron ahogados o hechos pedazos» (15). En medio de la jeneral confusión casi nadie pensó en defen derse i un solo tiro de arcabuz se dejó oir: Araujo se llamaba el (14) Álvarez de Toledo i Gregorio Serrano mencionan ¡a división hecha por Pelautaro de su pequen» tropa.
Serrano nombra solo dos de los capi tanes de esas partidas: el mismo Pelantaro i Arganamon, i Álvarez de To ledo da también el nombre del terceto: Guaiquimilla. Seiscientos dice Álvarez de Toledo que fueron los indios que ¡"compaña ron a Pelantaro i Anganamon en i] ataque de Cnralaba. No lo en eito porque cuantos mencionan el número de asaltantes están contestes en decir qne eran trei-cien os: Gregorio Serrano, el Padre Victoria i el ca bildo de Santiago eu la Relación i las cartas ya citadas. I de seguro que la inclinación de los españoles habria sido la cíe aumentar i no la de dismi nuir el número de los asal antes. (lü) Citada carta del padre Victoria. Álvarez de Toledo cálenla en quin ce o veinte el número de españole i que para' huir se arrojan n al rio i pe rccieíou ahogado;. soldado que lo disparói mui luego pagó con la vida su intento de resistencia (16).
Don Martin García Oñez de Loyola era conocido por su de nuedo i, ya que vencer no podia, quiso, a lo menos, vender cara la vida i trabó' encarnizado combate, ayudado por solo dos españoles, llamados Galleguillos i Juan Guirao,. que acudieron, ea su ausilio i que murieron con las armas en las manos, como el bizarro i desgraciado gobernador (17). La sorpresa de Cnralaba no fué,, pues,, un combate: fué tre menda matanza, de la cual solo escaparon con vida cuatro españoles: unsoldado herido, llamado Guznian, i el capitán Esca lante, prisioneros i mui luego asesinados en medio. de las orjías con que los vencedores celebraban el triunfo (18);, el clérigo (16) Alvares do Toledo, citado canto I. (17) Álvarez de Toledo El padre Victoria, refiriéndose a lo que asegurar ba uno de los que consiguieron escapar de aquella matanza, dice que fueron siete los españoles que se pusieron al lado de Loyola i murieron con él.
Eu febrero do 1608 alnunos indios, al someteise al gobernador Alonso García Ramón, le entregaron en prenda de fidelidad,, la cabeza de dou Martin García Oñez de Loyola, qne hasta entonces habian conservado co mo trofeo de guerra. Evo, a lo menos, aseguraron ellos if«o creyó Alonso García ¿Carta escrita por éste al rei i fechada el 9 de marzo de 160o en el estero de Vergara. i , Rosales en el capítulo XVIII del libro V, dice que Quinónos, después de despoblar La Imperial, "lmo dilijencia por buscar el cuerpo del goberna dor Mar in Oñez de Loyola para darle decente sepultura, porque hasta " entonces estaba t«"did'o en el campo, hecho pasto de las aves i espuesto " a las injurias de los tiempos, desnuts d» haber sufrido las de los bárba " ros, i hallados cus hucs^ s los llevó a la Concencion, dándoles honorífica " sepultura, los nales, llevándolos después a Lima, en una recia tempes " tad los. echaron al* n^ar, qne aun después de muerto le siguieron las " tempestades a es'e buen • abaUero " Sumamente inverosímil nos parece que re descnbrie°e i reconociese el cadáver de Loyols. diezlsiet' me<es después de la muerte del desgmeiado gobernador; pues la despoblación de La Imperial pe verificó en abril do Si llegaron a encontrarse los insepultos cadáveres délas víctimas de Cu ralabs, ¿cómo pudo distinznirse de les demás el de Loyola?
Lo probable es que los indios lo despedazarlo, como solian hacer coa los d^ los españoles importantes, para repartir les mutilados restos entre Jas diversas provin cias que lupgo lauzarou el grito de rebelio •. Juzíamoque naipe i reía lo chm refiere Rosales tanto por no encontrar lo mencionado en ningDm de los minuciosos documentos que hablan del viaje de Quiñones cuanto por lo que acallamos de decir de la cabeza de Loyola, No habria dado crédito a loindios García Ra-non, si el cadáver de Loyol i hubiera sido encoiu rado i enterrado ocho anos antes. (18) De Escalante hablan Gregorio Serrano i Álvarez de Ti ledo. Este último es ol único eu mencionar lo de Guzruau (PülíKN Indómito, can to III ) Bartolomé Pérez (19), natural de la provincia de Valdivia, también prisionero, que gracias a la perfección con que hablaba el araucano pudo alcanzar piedad i pronto consiguió ser rescata do;!
Bernardo de Pereda, vecino de La Imperial, a quien deja ron en el campo por muerto; pero que, sacando fuerzas de flaqueza, se arrastró hasta la ciudad i curó de las heridas (20). «Tomaron los indios, dice la citada relación de Serrano, cua- « trecientos caballos, los ochenta regalados, cincuenta i seis cotas « i otras tantas sillas cuarenta lanzas, dieziseis arcabuces, « tres vajillas de plata, siete mil pesos de oro de Valdivia que « traia el gobernador suyos; tomaron otros dos mil pesos de oro i< a su secretario i capitán Galleguillos i gran suma de i( ropa de Castilla i de la tierra Perdiéronse en este dia •i todos los libros de las encomiendas, que los gobernadores an ii tepasados habian hecho, i ansí mismo se perdieron muchas « cédulas de Su Majestad e algunas se han rescatado.» Desde la trájica muerte de Pedro de Valdivia no habia caido sobre Chile desgracia comparable a ésta.
I, atendiendo a las cir cunstancias en que acaecía i a lo preparado que se encontraban los indios para resistir a los españoles, la trajedia del 23 de di ciembre de 1598 iba a tener consecuencias harto mas desastrosas que la del 1.° de enero de 1554. La terrible noticia se esparció en todo el pais con esa velocidad sorprendente i casi inesplicable con que suele difundirse el conocimiento de las grandes desgracias. A Santiago llegó, segun lo asegura el minucioso i exacto Gregorio Serrano, el 27 de di ciembre, es decir, cuatro dias después de haber sueedido: la tra jeron dos de los indios amigos que habian escapado de la matanza. La muerte de don Martin García Oflez de Loyola i de sus (19) Relación de Gregorio Seriano, Álvarez de Toledo apellida Vallejo al clérig" que quedó en poder de los iLdíjenas i dice que fué caiijeado por un indio llamado Millacalquin.
(20) Dice Álvarez de Toledo (canto IV) qne Beruardo de Pereda recibió veintitrés heridas; que tardó setenta dias en andar diez leguas i que llegó a La Imperial tan desfigurado que sus mas ceicauos parientes no podían reccnecerlj. compañeros, era desgracia capaz de amedrentar a los mas valientes. Después de tanta lucha i de tan numerosos desengaños; cuando todos los gobernadores, unos en pos de otros, esperaban i prometian concluir con la ya tan larga guerra de Chile; cuan do, en fin, durante seis años habia reinado la paz al parecer mas profunda, i cuando no habia habido ni leve pretesto para la re belión de los indíjenas, la trájica muerte del gobernador i de cincuenta militares escojidos no podia menos de llenar de estu por i espanto al reino. ¿Qué iba a ser de Chile? ¿Hasta dónde llegaría la pujanza del indíjena i cuál no seria la confianza que él tenia en sus fuerzas cuando se atrevía a comenzar la guerra con un hecho que lo ponia en la necesidad de continuarla a sangre i fuego, ya que le era imposible aguardar cuartel? ¿Cómo, por otra parte, resistirían los españoles, escasos en número i diseminados por tantas partes, a un enemigo numeroso, valiente i soberbio con su gran victoria?
Cada cual se hacia estas reflexiones al saber el inmenso desastre del 23 de diciembre i ellas in fundían en todos los ánimos el mayor desaliento (21), mal no menos grave que la causa que lo producía. Mas motivos de dolor que las otras ciudades tenia Santiago: los cincuenta soldados que formaban la guardia de don Martin García Oñez de Loyola i que acababan de morir con el desgraciado gobernador, pertenecían a la compañía de oficiales reformados, lo mas escojido del ejército. Llamábanse entre nosotros oficiales reformados los que, a causa de los frecuentes cambios que solia haber en el ejército de Chile, quedaban sin mando en él; pero que conservaban su graduación i un sueldo superior al de los demás soldados. La mayor parte de ellos, si no todos, eran vecinos de Santiago, tenian aquí sus familias i no salian a (21) En la citada Relación que varios relijiosos de Valdivia hicieron al gobernador Quiñones, eu setiembre de 1590, se lee: — "I estas adversidades " no se debeu sentir tanto como otras mayores que se esperan, resultante!
" de un temor desconsiderado que reina eu los corazones de muchos con " plática ajena de la nación española, en decir que ya los indios son tan '■buenos como los españoles, razón por cierfo abominable, i que se debe " desterrar, pues el enemigo no es mas de lo que se sabia ni tiene mas fuer " za de la que los españoles le han dado por mal gobierno." la guerra sino cu ciertas i raras ocasiones. Por lo mismo, la muerte de esos cincuenta hombres traia el luto a un sinnúmero de familias i aumentaba en modo indecible el malestar en quo todo el reino i principalmente Santiago se encontraba sumido. Santiago, sin embargo, debia proveer a la salvacionde Chile; porque, al fin i al cabo, cualesquiera que fuesen sns desgracias i miseria, era la capital de la colonia i la que estaba habituada a no ahorrar padecimiento en bien del procomún.
Por eso, todas las miradas se dirijieron desde el primer momento al cabildo de Santiago, siempre digno representante de los vecinos dela ca pital i que, haciendo valer sus servicios, pretendía i ocupaba en los destinos del reino lugar mucho mas alto que el que e.i realidad le asignaban las leyes: los capitanes o comandantes de An gol, Concepción, Santa Cruz i Arauco, cada cual separadamente, se dirijieron a él, comunicándole la terrible noticia de Cnralaba, segun él mismo lo dice en su carta de 9 de enero de 1599. De este modo, a los quince dias de la catástrofe se sabian en San tiago por diversos i autorizados conductos hasta los pormenores de lo ocurrido. No habia tiempo para ocuparse en llorar las propias desgracias i las ajenas: urjia precaverse, en cuanto fuera posible, contra los grandes peligros que amenazaban a la colonia i comenzar para ello por nombrar al que reemplazase al desgraciado García Oñez de Loyola en el gobierno de Chile, mientras proveía el virei del Perú.
Es verdad que la designación de la persona no era difícil ni fué dudosa: el teniente de gobernador i justicia mayor de Chile, Pedro de Vizcarra, residía en la capital i su nombre salió en el acto de los labios de todos. ¿Elijió el cabildo a Vizcarra o asumió éste el mando por te ner, como él dice, su nombramiento del rei i por no haber en la colonia autoridad superior a la suya? Pedro de Vizcarra se hizo cargo del gobierno de Chile, ape nas llegó a Santiago la noticia de la muerte de Loyola: he ahí el hecho. En lo demás, cada cual se atribuía a sí propio el oríjen del poder de Vi'zcarra i hasta los oficiales reales, en su carta de 9 de enero de 1599, se suponen autores del nombramiento del gobernador interino: «Luego que se supo, dicen, la muerte del «gobernador, hicimos nombrar por tal al licenciado Pedro de « Vizcarra, teniente jeneral nombrado por Vuestra Majestad, por « convenir asi al servicio de Vuestra Majestad, quietud i buen «gobierno desta tierra, aunque él tiene tan ta edad que podria «suceder faltarnos mui en breve, que seria gran confusión.» Cuando todos pretend ¡un nombrar a Vizcarra i anadian nue vos títulos.a los que poseia para ser gobernador, alguien lo acu sa, sin embargo, al rei de haber usurpado el puesto: «Se hizo « recibir por gobernador i capitán jeneral sin tener poder ni sa is cuitad para ello.» Testigo a todas luces honorable i mui respe tado en la colonia, el padre frai Antonio de Victoria (22) que así acusaba a Vizcarra, es, sin embargo, sospechoso, porque, co mo aun tendremos oportunidad de notarlo mejor, carecía de imparcialidad, i se hallaba fuertemente impresionado contra el sucesor interino de García Ofíez de Loyola.
Quien, ajuicio nuestro, está en toda la verdad en lo relativo al nombramiento de que hablamos, es el mismo Pedro de Viz carra. En una provisión dada a favor de Luis de las Cuevas el 8 de febrero de 1599 (23), manifiesta que entró a gobernar por el derecho con que para ello se juzgaba i en virtud del nombra miento del cabildo, aceptado por él a «mayor abundancia.» «Por « cuanto por la muerte del gobernador de este reino, don Mar « tin García Ofiez de Loyola, mi antecesor, conforme a derecho i « a los títulos del Rei, Nuestro Señor, que tengo de lugar te « niente de gobernador i capitán jeneral de este reino, yo sucedí «en el dicho gobierno i en todas las facultades, provisiones i cé «dulas reales i privilejios en todas materias de gobierno, conce « didas i pertenecientes al dicho gobernador Loyola.
Demás de « que, no obstante, no (2-1) ser necesario, el cabildo, justicia i ñi) Citada carta de 12 de marzo de 1591). (23) Documento citado por Gay, historia tomo II, páiiria 24". (24) En la copia publicada por Gay, cu lugar de no se lee yo. Nos hs pa recido evidente e íor. « rejimiento de la ciudad de Santiago, como cabeza de este reino, « luego como se estendió en la muerte de dicho gobernador, me ii nombró por tal gobernador í capitán jeneral de este reino, o « yo, para mayor abundancia, lo acepté e hice el juramento entre « tanto que por Su Majestad otra cosa se provea etc. » La conducta observada por Pedro de Vizcarra en esta emer jeucia, era la única racional i prudente. Por mas cargado de títulos i razones que se encontrara el teniente jeneral para asu mir el mando después de la muerte de García Oslez de Loyola sin el nombramiento del cabildo de Santiago, siempre deseoso de tomarse mas autoridad de la que le correspondía, habria sido imperdonable falta entrar en competencias en aquellos críticos momentos: lo que importaba no era saber a quién tocaba non> brar gobernador interino, sino salvar a la colonia.
The opening of the book is shown; the full text loads in the reader.
Loading the full text…
The end
You’ve reached the end of Seis años de la historia de Chile, 23 de Diciembre de 1598-9 de Abril de 1605. Memoria historica, etc.
