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La conquista del pan

Piotr Kropotkin · 1892 · Free in the US

74,678 words · about 5 h 14 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

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Licence: PD-US · Published in 1892 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=La_conquista_del_pan&action=history). · Wikisource contributors

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About this book

Author
Piotr Kropotkin
Language
Spanish
Published
1892
Length
74,678 words · about 5 h 14 min
Sections
54 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (54)
  1. Front matter about 22 min
  2. I about 2 min
  3. II about 6 min
  4. III about 6 min
  5. I about 6 min
  6. II about 5 min
  7. III about 3 min
  8. I about 8 min
  9. II about 7 min
  10. I about 4 min
  11. II about 6 min
  12. III about 7 min
  13. I about 4 min
  14. II about 4 min
  15. III about 6 min
  16. IV about 7 min
  17. V about 3 min
  18. VI about 5 min
  19. VII about 5 min
  20. I about 4 min
  21. II about 4 min
  22. III about 9 min
  23. I about 5 min
  24. II about 6 min
  25. I about 4 min
  26. II about 4 min
  27. III about 3 min
  28. IV about 5 min
  29. V about 6 min
  30. I about 4 min
  31. II about 9 min
  32. I about 5 min
  33. II about 4 min
  34. III about 12 min
  35. I about 7 min
  36. II about 6 min
  37. III about 6 min
  38. IV about 7 min
  39. I about 3 min
  40. II about 4 min
  41. III about 6 min
  42. IV about 10 min
  43. I about 6 min
  44. II about 5 min
  45. I about 5 min
  46. I about 7 min
  47. II about 3 min
  48. III about 5 min
  49. I about 6 min
  50. II about 7 min
  51. III about 7 min
  52. IV about 5 min
  53. V about 5 min
  54. VI about 6 min

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Front matter

PRÓLOGO

Tratar de no morirse de hambre es un problema que -sin contar a los niños que, padeciendo carencias alimenticias y nutridos con soja transgénica, serán adultos con deficiencias incurables-continúan teniendo muchos argentinos. Por eso comer, conquistar el pan de cada día es un problema acuciante en los tiempos de capitalismo neoliberal. La obra que publicamos es una denuncia de la injusticia, un grito por otra sociedad cuyas directrices se delinean y que fueron ya seguidas con éxito.

El autor, Kropotkin, sigue siendo en parte un desconocido porque no dio a conocer parte de su militancia con el movimiento ruso que no cesó durante su exilio de 1876 a 1917 (41 años). Su regreso a los 75 años, en 1917, a la Rusia revolucionaria, con el carisma de artífice de la lucha social y de científico de fama internacional, lo colocó en una situación de guía espiritual que tanto Kerensky como Lenin quisieron aprovechar y que él no siempre supo soslayar1. De paso se puede notar que Kropotkin se dedicó al militantismo a partir de los treinta años en plena creación social y científica y no cejó hasta la muerte. Esto explica cómo de hecho el posicionamiento revolucionario de La conquista de pan se exprese a través de múltiples artículos, informes y cartas sobre problemas concretos. Kropotkin ya se quejaba en 18972 del absurdo de no estar en y con la clase obrera3, con los oprimidos:

I

La humanidad ha recorrido bastante camino desde aquellos lejanos años en los que el hombre, construyendo en sñex herramientas rudimentarias, vivía del azar de la caza, y no dejaba a sus hijos más herencia que un refugio bajo las rocas, pobres instrumentos de piedra y la propia Naturaleza -inmensa, incomprendida, terrible- contra la que tenían que luchar para continuar con sus miserables existencias.

Sin embargo, desde ese confuso período que ha durado millares y millares de años, el género humano acumuló inauditos tesoros. Roturó la tierra, desecó los pantanos, abrió senderos en los bosques, trazó caminos; edificó, inventó, observó, razonó; creó instrumentos complejos, le arrancó sus secretos a la Naturaleza, dominó al vapor. Hoy, al nacer, el hijo del hombre civilizado encuentra a su servicio un capital inmenso, acumulado por sus predecesores. Y ese capital le permite obtener, nada más que con su trabajo, combinado con el de otros, riquezas que superan los sueños de los orientales en sus cuentos de Las mil y una noches. El suelo está en parte roturado, listo para recibir la labranza inteligente y las semillas escogidas, para adornarse con cosechas abundantes -más de las necesarias para satisfacer todos los requerimientos de la humanidad-. Los medios de cultivo se conocen. En el suelo virgen de las praderas de América, cien hombres, ayudados por poderosas máquinas, producen en pocos meses el trigo necesario para que puedan vivir un año diez mil personas. Donde el hombre quiere duplicar, triplicar, centuplicar sus productos, forma el suelo, da a cada planta los cuidados que requiere, y obtiene prodigiosas cosechas. Y en tanto el cazador tenía que recorrer en otro tiempo cien kilómetros cuadrados para encontrar allí el alimento de su familia, el hombre civilizado hace crecer con menos trabajo y más seguridad, en una diezmilésima parte de ese espacio, todo lo que necesita para que vivan los suyos. El clima ya no es un obstáculo. Cuando falta el sol, el hombre lo reemplaza con calor artificial, en la espera de que se haga también la luz para activar la vegetación. Utilizando el vidrio y conductos de agua caliente puede cosechar en un espacio dado diez veces más productos que los que en el pasado conseguía. Son más asombrosos los prodigios realizados en la industria. Con esos seres inteligentes, las máquinas modernas -fruto de tres o cuatro generaciones de inventores, en su mayor parte desconocidos- cien hombres fabrican con qué vestir a diez mil hombres durante dos años. En las minas de carbón bien organizadas, cien hombres extraen cada año suficiente combustible para que se calienten diez mil familias en un clima riguroso. Y últimamente pudo verse toda una ciudad maravillosa surgir en unos meses en el Campo de Marte sin que se produjera la menor interrupción en los trabajos regulares de la nación francesa. Y si bien es cierto que en la industria, en la agricultura y en el conjunto de nuestra organización social, la labor de nuestros antepasados sólo beneficia a un pequeñísimo número de personas, no es menos cierto que la humanidad entera podría gozar una existencia de riqueza y de lujo con la ayuda de los sirvientes de hierro y de acero que posee. Somos ricos, muchísimo más ricos de lo que creemos. Lo somos por lo que poseemos ya; y aún más por lo que podemos conseguir con los instrumentos actuales; somos infinitamente más ricos por lo que potencialmente podemos obtener de nuestro suelo, y por lo que nuestra ciencia y nuestras técnicas nos podrían dar, si estuviesen aplicadas a procurar el bienestar de todos.

II

Somos ricos en las sociedades civilizadas. ¿Por qué, entonces, esta miseria en torno de nosotros? ¿Por qué ese trabajo penoso y embrutecedor de las masas? ¿Por qué esa inseguridad sobre el mañana aún hasta para el trabajador mejor retribuido, en medio de las riquezas heredadas del ayer y a pesar de los poderosos medios de producción que darían a todos el bienestar a cambio de algunas horas de trabajo cotidiano? Los socialistas lo han dicho y repetido hasta el cansancio y lo han demostrado tomando los argumentos de todas las ciencias: porque todo lo necesario para la producción, el suelo, las minas, las máquinas, las vías de comunicación, los alimentos, el abrigo, la educación, el saber, ha sido acaparado por algunos en el transcurso de esta larga historia de saqueos, éxodos, guerras, ignorancia y opresión en que ha vivido la humanidad antes de aprender a dominar las fuerzas de la naturaleza. Porque esos mismos, amparándose en pretendidos derechos adquiridos en el pasado, hoy se apropian de dos tercios del producto del trabajo humano, dilapidándolo del modo más insensato y escandaloso. Porque reduciendo a las masas al punto de no tener con qué vivir un mes o una semana, permiten al hombre trabajar solamente si se deja quitar la parte del león. Porque le impiden producir lo que necesita y lo fuerzan a producir, no lo necesario para los demás, sino lo que más grandes beneficios promete al acaparador. ¡En esto estriba todo el socialismo! Consideremos el caso de un país civilizado. Se talaron los bosques que lo cubrían, se desecaron los pantanos y se saneó el clima: se lo hizo habitable. El suelo, que en otros tiempos sólo producía plantas silvestres, suministra hoy ricas mieses. Los roquedales forman terrazas por donde trepan las viñas de dorado fruto. Plantas que antes no daban sino un fruto áspero o unas raíces no comestibles, han sido transformadas por reiterados cultivos en sabrosas hortalizas o en árboles cargados de frutas exquisitas. Millares de caminos pavimentados y ferrocarriles surcan la tierra, horadan las montañas; en las gargantas de los Alpes, el Cáucaso o del Himalaya silba la locomotora. Los ríos se han hecho navegables; las costas, sondeadas y esmeradamente reproducidas en mapas, son de fácil acceso; puertos artificiales, trabajosamente construidos y resguardados contra los furores del océano, dan refugio a los buques. Se han perforado las rocas con pozos profundos, los laberintos de galerías subterráneas se extienden allí donde haya carbón que sacar o minerales que recoger. En todos los puntos donde se entrecruzan caminos han brotado y crecido ciudades que contienen todos los tesoros de la industria, de las artes y de las ciencias. Generaciones enteras, nacidas y muertas en la miseria, oprimidas y maltratadas por sus patrones, extenuadas por el trabajo, han legado esta inmensa herencia al siglo diecinueve. Durante millares de años, millones de hombres trabajaron aclarando bosques, desecando pantanos, abriendo caminos, endicando ríos. Cada hectárea de suelo que labramos en Europa ha sido regada con el sudor de muchas razas; cada camino tiene una historia de servidumbre personal, de trabajo sobrehumano, de sufrimientos del pueblo. Cada legua de vía férrea, cada metro de túnel, han recibido su porción de sangre humana. Los pozos de las minas conservan aún frescas las muescas hechas en la roca por el brazo del barrenador. De uno a otro pilar se pueden señalar las galerías subterráneas por las tumbas de mineros, arrebatados en la flor de la edad por la explosiones de grisú, los hundimientos o las inundaciones, y es fácil adivinar cuántas lágrimas, privaciones y miserias sin nombre han costado cada una de esas tumbas a las familias que vivían con el exiguo salario del hombre enterrado bajo los escombros. Las ciudades, conectadas entre sí con ferrocarriles y líneas de navegación, son organismos que han vivido siglos. Si cavásemos en sus suelos encontraríamos superpuestas calles, casas, teatros, circos y edificios públicos. Si profundizásemos en su historia, veríamos cómo la civilización de la ciudad, su industria y su genio, han crecido y madurado lentamente por acción de todos sus habitantes antes de llegar a ser lo que son. Y aún hoy, el valor de cada casa, de cada taller, de cada fábrica, de cada almacén, sólo es producto del trabajo acumulado de millones de trabajadores sepultados bajo tierra, y no se mantiene sino por el esfuerzo de las legiones de hombres que habitan ese punto del globo. Cada uno de los átomos de lo que llamamos la riqueza de las naciones no adquiere su valor más que por el hecho de ser una parte de este inmenso todo. ¿Qué sería de los docks de Londres, o de los grandes mercados de París, si no estuvieran situados en esos grandes centros del comercio internacional? ¿Qué sería de nuestras minas, de nuestras fábricas, de nuestros astilleros y de nuestras vías férreas, sin el cúmulo de mercaderías que son transportadas diariamente por mar y por tierra? Millones de seres humanos han trabajado para crear esta civilización que nos enorgullece. Otros millones, diseminados por todo el globo, trabajan para sostenerla. Sin ellos, en menos de cincuenta años no quedarían más que escombros. Hasta el pensamiento, hasta la invención, son hechos colectivos, producto del pasado y del presente. Millares de inventores, conocidos o desconocidos, muertos en la miseria, han concebido esas máquinas, en las cuales admira el hombre su genio. Miles de escritores, poetas y pensadores han trabajado para elaborar el saber, extinguir los errores y crear esa atmósfera de pensamiento científico, sin la cual no hubiera podido aparecer ninguna de las maravillas de nuestro siglo. Pero esos millares de filósofos, poetas, sabios e inventores, ¿no han sido también inspirados por la labor de los siglos anteriores? ¿No fueron durante su vida alimentados y sostenidos, tanto en lo físico como en lo moral, por legiones de trabajadores y artesanos de todas clases? ¿No tomaron su impulso de todo lo que les rodeaba? Ciertamente, el genio de un Seguin, de un Mayer o de un Grove, ha hecho más por el desarrollo de la industria que todos los capitalistas del mundo. Pero estos mismos genios son hijos de la propia industria, igual que de la ciencia, porque ha sido necesario que millares de máquinas de vapor transformasen, año tras año, a la vista de todos, el calor en fuerza dinámica, y esta fuerza en sonido, en luz y en electricidad, antes de que esas inteligencias geniales llegasen a proclamar el origen mecánico y la unidad de las fuerzas físicas. Y si nosotros, los hijos del siglo xix, al fin hemos comprendido esta idea y hemos sabido aplicarla, es también porque, para ello, estábamos preparados por la experiencia cotidiana. También los pensadores del siglo pasado la habían entrevisto y enunciado, pero quedó sin ser comprendida en su totalidad, porque el siglo XVIII no creció, como nosotros, junto a la máquina de vapor. Pensemos solamente en que si Watt no hubiese encontrado en Soho trabajadores hábiles para construir con metal sus presupuestos teóricos y perfeccionar todas sus partes -y hacer por fin el vapor, aprisionándolo dentro de un mecanismo completo, más dócil que el caballo, más manejable que el agua, hacerlo, en una palabra, el alma de la industria-, podrían haber transcurrido innumerables décadas sin que se hubieran descubierto las leyes que han permitido revolucionar la industria moderna. Cada máquina tiene la misma historia: una larga serie de noches en blanco y de miseria; de desilusiones y de alegrías, de mejoras parciales halladas por varias generaciones de obreros desconocidos que han añadido a la invención primitiva esas pequeñeces sin las cuales permanecería estéril la idea más fecunda. Aun más: cada nueva invención es una síntesis resultante de mil inventos anteriores en el inmenso campo de la mecánica y de la industria. Todo se entrelaza: ciencia e industria, saber y aplicación. Los descubrimientos y las realizaciones prácticas que conducen a nuevas invenciones, el trabajo intelectual y el trabajo manual, la idea y los brazos. Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen en la conjunción del trabajo manual e intelectual del pasado y del presente. Entonces, ¿con qué derecho alguien se apropia de la menor parcela de ese inmenso todo y dice: “Esto es sólo mío y no de todos”?

III

Pero sucedió que todo cuanto permite al hombre producir y acrecentar sus fuerzas productivas fue acaparado por algunos. Un día tal vez contemos cómo ocurrió. Por el momento nos alcanza con constatar el hecho y analizar sus consecuencias. El suelo, que precisamente saca su valor de las necesidades de una población que crece sin cesar, pertenece hoy a minorías que pueden impedir e impiden al pueblo el cultivarlo o le impiden el cultivarlo de acuerdo con los requerimientos actuales. Las minas, que representan el trabajo de muchas generaciones y cuyo valor no deriva sino de las necesidades de la industria y la densidad de la población, pertenecen también a unos pocos, y esos pocos limitan la extracción del carbón, o la prohíben en su totalidad si encuentran una colocación más ventajosa para sus capitales. Tampoco deja de pertenecer a algunos pocos patrones la maquinaria actual, aunque contiene, sin duda alguna, los perfeccionamientos al diseño original aportados por varias generaciones de trabajadores. Si los nietos del mismo inventor que construyó la primera máquina de hacer encajes se presentasen hoy en una fábrica de Basilea o de Nottingham y reclamasen sus derechos, les gritarían: “¡Fuera; estas máquinas son nuestras!”. Y si quisiesen tomar posesión de ellas, los harían fusilar. Los ferrocarriles, que no serían más que inútil hierro viejo sin la densa población de Europa, sin su industria y su comercio, pertenecen a algunos accionistas, ignorantes quizá de dónde se encuentran las vías que les dan rentas superiores a las de un rey de la Edad Media. Y si los hijos de los que murieron a millares cavando las trincheras y abriendo los túneles se reuniesen un día y fueran, andrajosos y hambrientos, a pedir pan a los accionistas, encontrarían las bayonetas y la metralla para dispersarlos y defender los “derechos adquiridos”. En virtud de esta organización monstruosa, cuando el hijo del trabajador entra en la vida, no halla campo que cultivar, máquina que conducir ni mina que acometer con el pico, si no cede a un patrón la mayor parte de lo que él pueda producir. Tiene que vender su fuerza de trabajo por una ración mezquina e insegura. Su padre y su abuelo trabajaron en desecar aquel campo, en edificar aquella fábrica, en perfeccionarla. Si él obtiene permiso para dedicarse al cultivo de ese campo, es a condición de ceder la cuarta parte del producto a su patrón, y otra cuarta al gobierno y a los intermediarios. Y ese impuesto que le sacan el Estado, el capitalista, el patrón y el negociante, irá creciendo sin cesar. Si se dedica a la industria, se le permitirá que trabaje a condición de no recibir más que el tercio o la mitad del producto, siendo el resto para aquel a quien la ley reconoce como propietario de la fábrica. Clamamos contra el barón feudal que no permitía al cultivador tocar la tierra, a menos de entregarle el cuarto de la cosecha. Llamamos bárbaros a esos tiempos. Y ahora el trabajador, con el nombre de libre contratación, acepta obligaciones feudales, porque no encuentra condiciones más aceptables en ninguna parte. Como todo tiene dueño, tiene que ceder o morirse de hambre. De tal estado de cosas resulta que toda nuestra producción va a contramano. A la empresa no la conmueven las necesidades de la sociedad; su único objetivo es aumentar los beneficios del empresario. De ahí las continuas las crisis crónicas y las fluctuaciones en la industria, que dejan en la calle a cientos de miles de trabajadores. No pudiendo los obreros comprar con su salario las riquezas que ellos mismos producen, la industria busca mercados afuera, entre los acaparadores de las demás naciones. En Oriente, en África -no importa dónde-, Egipto, Tonkin, El Congo, el europeo, en estas condiciones, debe incrementar el número de sus siervos. Pero en todas partes encuentra competidores, ya que la evolución de todas las naciones se realiza en el mismo sentido. Y las guerras -la guerra permanente- tienen que estallar por el derecho de ser dueños de los mercados. Guerras por las posesiones en Oriente, por el imperio de los mares, para imponer derechos aduaneros y dictar condiciones a sus vecinos, ¡Guerras contra los que se sublevan! En Europa no cesa el ruido del cañón; generaciones enteras son asesinadas; los estados europeos gastan en armamentos el tercio de sus presupuestos -y ya se sabe lo que son los impuestos y lo que le cuestan al pobre-. La educación también es privilegio de ínfimas minorías. ¿Puede hablarse de educación cuando el hijo del obrero se ve obligado a la edad de trece años a bajar a la mina o ayudar a su padre en las labores del campo? ¿Puede hablársele de estudios al obrero que regresa de noche, deshecho por una jornada de trabajo forzado, casi siempre embrutecedor? Las sociedades se dividen en dos campos hostiles y en estas condiciones la libertad no es más que una palabra vana. Los radicales que piden mayor extensión de las libertades políticas, muy pronto advierten que el hálito de la libertad produce con rapidez el levantamiento de los proletarios, entonces cambian de camisa, mudan de opinión y retornan a las leyes excepcionales y al gobierno del sable. Un vasto conjunto de tribunales, jueces, verdugos, policías y carceleros es necesario para mantener los privilegios. Y este conjunto se convierte en el origen de todo un sistema de delaciones, engaños, amenazas y corrupción. Por otra parte este sistema frena el desarrollo de los sentimientos sociales. Cualquiera comprende que sin rectitud, sin respeto por sí mismo, sin simpatía y apoyos mutuos, la especie debe desaparecer, como desaparecen las pocas especies animales que viven del merodeo y de la servidumbre. Pero esto atentaría contra los intereses de las clases dirigentes, las cuales inventan toda una ciencia absolutamente falsa para probar lo contrario. Se han dicho cosas muy bonitas acerca de la necesidad de compartir lo que se posee con aquellos que no tienen nada. Pero cuando se le ocurre a cualquiera poner en práctica este principio, rápidamente es advertido que todos esos grandes sentimientos son buenos en los libros poéticos, pero no en la vida. “Mentir es envilecerse, rebajarse”, decimos nosotros, y toda la existencia civilizada se trueca en una inmensa mentira. ¡Y nos habituamos, acostumbrando a nuestros hijos a practicar como hipócritas una moralidad de dos caras! Y como el cerebro no se presta a ello con facilidad, lo acostumbramos al sofismo. Hipocresía y sofismo se convierten en la segunda naturaleza del hombre civilizado. Pero una sociedad no puede vivir así. Hay que volver a la verdad o desaparecer. El simple hecho del acaparamiento extiende sus consecuencias al conjunto de la vida social. A riesgo de desaparecer, las sociedades humanas necesitan recurrir a los principios fundamentales: siendo los medios de producción obra colectiva de la humanidad, deberán volver al poder de la colectividad humana. La apropiación personal de ellos no es justa ni útil. Todo es de todos, ya que todos lo necesitan, y todos han trabajado en la medida de sus fuerzas, siendo imposible determinar la parte que pudiera corresponder a cada uno en la actual producción de las riquezas. ¡Todo es de todos! Consideremos el ingente equipamiento que el siglo xix ha creado; consideremos los millones de esclavos de hierro que llamamos máquinas que cepillan y sierran, tejen e hilan para nosotros, que descomponen y recomponen la materia prima y forjan las maravillas de nuestra época. Nadie tiene derecho a apoderarse de una sola de esas máquinas y decir: “Es mía; por su uso pagarás un tributo por cada elemento que con ella produzcas”. Como tampoco el señor de la Edad Media tenía derecho para decir al labrador: “Esta colina, ese prado, son míos, y me pagarás por cada trigo que recojas, por cada montón de heno que formes”. ¡Todo es de todos! Y con tal que el hombre y la mujer contribuyan con su cuota individual de trabajo, tienen derecho a una cuota de todo lo que será producido por todos. Y con sólo esta parte alcanzarán el bienestar. Basta ya de fórmulas ambiguas, tales como “el derecho al trabajo”, o “a cada uno el producto íntegro de su trabajo”. Lo que nosotros proclamamos es el DERECHO AL BIENESTAR, EL BIENESTAR PARA TODOS.

El BIENESTAR PARA TODOS

I

El bienestar para todos no es un sueño. Es posible, realizable, después de lo que han hecho nuestros antepasados para hacer fecunda nuestra fuerza de trabajo. Sabemos que los productores, que apenas son un tercio de los habitantes en los países civilizados, producen ya lo suficiente para que exista cierto bienestar en el hogar de cada familia. Sabemos, además, que si todos cuantos derrochan hoy los frutos del trabajo ajeno se viesen obligados a ocupar su tiempo ocioso en trabajos útiles, nuestra riqueza crecería en proporción al número de brazos productores. Y sabemos en fin que, en contra de la teoría de Malthus -pontífice de la ciencia burguesa- el hombre acrecienta su fuerza productiva con mucha más rapidez de lo que él mismo se multiplica. Cuanto mayor número de hombres hay en un territorio, tanto más rápido es el progreso de las fuerzas productivas. Mientras que la población de Inglaterra sólo ha aumentado en un 62% desde 1844, su fuerza de producción ha crecido más del doble, en un 130%. En Francia, donde la población ha aumentado menos, el crecimiento es, sin embargo, rapidísimo. A pesar de la crisis agrícola, de la injerencia del Estado, del impuesto de sangre, de la banca, de las contribuciones y de la industria, la producción de trigo se ha cuadruplicado y la producción industrial se ha decuplicado en el transcurso de los últimos ochenta años. En los Estados Unidos el progreso es aún más pasmoso: a pesar de la inmigración, o más bien, precisamente a causa de ese aumento de trabajadores europeos, los Estados Unidos han duplicado su producción. Pero estas cifras no dan más que una pálida idea de lo que podría incrementarse la producción en mejores condiciones. Hoy, a medida que se desarrolla la capacidad de producir, aumenta en una proporción sorprendente el número de vagos e intermediarios. Al revés de lo que se decía en otros tiempos entre socialistas -que el capital llegaría a reconcentrarse bien pronto en tan pequeño número de manos, que sólo sería menester expropiar a algunos millonarios para entrar en posesión de las riquezas comunes- cada vez es más considerable el número de los que viven a costa del trabajo ajeno. En Francia no se llega a diez productores directos por cada treinta habitantes. Toda la riqueza agrícola del país es obra de menos de siete millones de hombres, y en las dos grandes industrias, las minas y los tejidos, se cuentan menos de dos millones quinientos mil obreros. ¿Cuál es el número de explotadores? En Inglaterra (sin Escocia e Irlanda), un millón treinta mil obreros, hombres, mujeres y niños, fabrican todos los tejidos; un poco más de medio millón explotan las minas, menos de medio millón labran la tierra, y los estadísticos tienen que exagerar las cifras para obtener un máximo de ocho millones de productores para veintiséis millones de habitantes. En realidad, son de seis a siete millones de trabajadores quienes crean las riquezas enviadas a las cuatro partes del mundo. ¿Y cuántos son los rentistas o los intermediarios que añaden a sus rentas las que se adjudican haciendo pagar al consumidor de cinco a veinte veces más de lo que han pagado al productor? Esto no es todo. Los que detentan el capital reducen o impiden constantemente la producción. No hablemos de esos toneles de ostras arrojados al mar para impedir que la ostra llegue a ser un alimento de la plebe y deje de ser una golosina propia de la gente acomodada; no hablemos de los miles y miles de objetos de lujo -tejidos, alimentos, etc.- tratados de igual manera que las ostras. Recordemos tan sólo cómo se limita la producción de las cosas necesarias a todo el mundo. Ejércitos de mineros no desean más que extraer todos los días carbón y enviarlo a quienes tiritan de frío. Pero con frecuencia uno o dos tercios de esos ejércitos se ven impedidos de trabajar más de tres días por semana, para que se mantengan los precios altos. Millares de tejedores no pueden manejar los telares, mientras que sus mujeres y sus hijos no tienen sino harapos para cubrirse y las tres cuartas partes de los europeos no cuentan con un vestido que merezca tal nombre. Centenares de altos hornos, miles de fábricas permanecen regularmente inactivas; otras no trabajan más que la mitad del tiempo, y en cada nación civilizada hay siempre una población de unos dos millones de individuos que buscan trabajo y no lo encuentran. Millones de hombres serían felices con transformar los grandes latifundios mal cultivados en campos cubiertos de cereal. Un año de trabajo inteligente les bastaría para quintuplicar el producto de tierras que hoy no dan más que ocho hectolitros de trigo por hectárea. Pero estos audaces pioneros tienen que seguir parados porque los poseedores de la tierra, de la mina, de la fábrica, prefieren dedicar los capitales a préstamos a los turcos o egipcios, o en acciones de oro de la Patagonia, que trabajen para ellos los fellahs egipcios, los italianos emigrados de su país de origen o los coolies chinos. Esta es la limitación consciente y directa de la producción. Pero hay también una limitación indirecta e inconsciente, que consiste en malgastar el trabajo humano en objetos inútiles, o destinados tan sólo a satisfacer la necia vanidad de los ricos. Ni siquiera podría evaluarse en cifras hasta qué punto la productividad resulta reducida indirectamente a causa del desperdicio de las fuerzas que podrían servir para producir y, sobre todo, para preparar las herramientas y máquinas necesarias para esta producción. Basta citar los miles de millones gastados por Europa en armamento, sin más fin que conquistar mercados, para imponer la ley económica a los vecinos y facilitar su explotación; los millones pagados cada año a funcionarios de todo tipo, cuya misión es mantener el derecho de las minorías a gobernar la vida económica de la nación; los millones gastados en jueces, cárceles, policías y todo ese embrollo que llaman justicia, cuando alcanza, como es sabido, con aligerar tan sólo un poco la miseria de las grandes ciudades para que la criminalidad disminuya en proporciones considerables; en fin, los millones empleados en propagar por medio de la prensa ideas nocivas y noticias falsas, en provecho de partidos, personajes políticos y compañías explotadoras. Pero esto no es todo. Aún se gasta más trabajo inútilmente, aquí para mantener la caballeriza, la perrera y la servidumbre doméstica del rico; allá para responder a los caprichos de las prostitutas de alto copete y al depravado lujo de los viciosos elegantes; en otra parte, para forzar al consumidor a que compre lo que no necesita o para imponerle con la publicidad un artículo de mala calidad; más allá para producir sustancias alimenticias, provechosas para el industrial y para el comerciante, pero nocivas para el que las consume. Lo que se malgasta de esta manera bastaría para duplicar la producción útil, o para crear talleres y fábricas que bien pronto inundarían los almacenes con todas las provisiones de las cuales carecen dos tercios de la nación. De aquí resulta que de los que en cada país se dedican a los trabajos productivos, la cuarta parte por lo menos se ven obligados con regularidad a un paro forzoso de tres o cuatro meses al año, y otra cuarta parte, si no la mitad, no puede producir con su labor otros resultados que divertir a los ricos o explotar al público. Así, pues, por un lado si se considera la rapidez con que las naciones civilizadas aumentan su fuerza de producción, y por otro los límites puestos a ésta, debe deducirse que una organización económica medianamente razonable permitiría a las naciones civilizadas amontonar en pocos años tantos productos útiles, que deberíamos exclamar: “¡Basta de carbón, basta de trigo, basta de ropas! ¡Descansemos para utilizar mejor nuestras fuerzas, para emplear mejor nuestros ocios!”. No; el bienestar para todos no es un sueño. Puede haberlo sido cuando a duras penas se lograban recoger ocho o diez hectolitros de trigo por hectárea, o había que construir artesanalmente los instrumentos mecánicos necesarios para la agricultura y la industria. Ya no es un sueño desde que se inventara el motor que, con un poco de hierro y algunos kilos de carbón, proporciona la fuerza de un caballo dócil, manejable, capaz de poner en movimiento la máquina más complicada. Mas para que el bienestar llegue a ser una realidad, es preciso que este inmenso capital -ciudades, casas, campos labrados, vías de comunicación, educación- deje de ser considerado como propiedad privada de los capitalistas que disponen de ella a su antojo. Es preciso que estos ricos instrumentos para la producción, duramente obtenidos, edificados, fabricados e inventados por nuestros antepasados sean de propiedad común, para que el espíritu colectivo saquen de ellos los mayores beneficios para todos: se impone la EXPROPIACIÓN. El bienestar de todos como fin; la expropiación como medio.

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