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“LA CULTURA ARGENTINA”
SANTIAGO CALZADILLA
Las beldades
Santiago Calzadilla
SANTIAGO CALZADILLA
Nació en Buenos Aires por el año 1818 (?). Distinguido hombre de mundo, frecuentó los salones porteños antes, durante y después de la dictadura de Rosas.
Algunos amigos joviales indujéronle en 1891 a publicar sus “memorias” sobre los tipos y costumbres de la sociedad que frecuentó en su juventud; reunidas, constituyeron el libro “Las Beldades de mi tiempo”, risueñamente célebre en la época de su aparición. Aunque la obra no se recomienda por su estilo, contiene informaciones curiosas sobre un aspecto de la historia que suelen desdeñar los historiadores; el innegable interés de algunas páginas contrasta con la banalidad de otras, impregnadas de cierto humorismo involuntario que no es posible distinguir de la tontería.
Iniciado bruscamente en las letras a una edad en que los buenos escritores suelen renunciar a ellas, Calzadilla no alcanzó al escribir la segunda parte de la obra, anunciada al final de la primera.
Falleció en Buenos Aires a fines del siglo en que vivió.
Carta
POR
I
Mi distinguido amigo:
No me ha sorprendido en modo alguno el manuscrito que usted se ha dignado remitirme. Lo que me ha sorprendido es que, al referirse a usted mismo, hable siempre en tiempo pasado, respecto de ciertos motivos que, en mi sentir, le son coetáneos.
Parece que usted quisiera despojarse de lo más caro para un hombre de su temple. Y tengo para mí que pocas veces habla en usted esa timidez a la que las pasiones no tocan sin que el rubor se levante, como le sucedía a Virgilio y a aquel apuesto amigo de Lucilo de quien Séneca decia: adeo illi ex alto suffusus est rubor.
Me permito creer que hay en ello algo de romanticismo convencional. ¿Recuerda usted cómo traducía yo sus impresiones respecto de aquella bellísima limeña cuyos ojos debían iluminar las noches que pasásemos en la cordillera?
Entonces le llamé a usted don Silva. ¿Era elogio? No; era 10 menos que se podía tributar a un corazón de 50 años (oro, como nos dijo aquel diplomático en la mesa de nuestro amigo T.) al que las pasiones estremecen con las palpitaciones de las primeras auroras de la vida.
Vamos al terreno... ¿Quién es Fausto? Un corazón joven que siente la necesidad de perpetuar esta juventud por el amor... ¿Cree usted en la lozanía juvenil del viejo Newton? Yo también. El joven que no crea, que prepare su inteligencia y su corazón para hacer lo que hizo el viejo aquél.
Renán ha puesto en relieve en su doctor Préspero un hecho humano, que se niega por habitud inconsciente, es a saber: el amor no mide el tiempo de los corazones grandes en que se anida; que el céfiro tampoco escoge las flores para dejar sus besos al pasar, aun en el cáliz de las ya marchitas. El amor no ha menester de fe de bautismo. porque no tiene edad, como no tiene color el pampero que embalsama nuestros campos.
¿No ve usted al sublime viejo Whitman cómo describe en bellísimas estrofas el incesante canto de amor que resuena en la creación; y como su corazón lozano so enardece ante los estímulos magnéticos de ese beso colosal de la naturaleza, hasta el punto de estremecerse cuando las hierbas pliegan los nervios a su paso, y de pedir a las aguas que-10 penetren de sus humedades amorosas?...
¡Don Silva!... Ciertos detalles absurdos de la trama de Hernani desaparecen para mí en presencia de la figura majestuosa de ese viejo que tiene los impulsos y los sentimientos de un joven.
El melancólico caer de la tarde de la vida encuentra digna compensación en el corazón grande y lozano de don Silva... Es cuando entre un deliquio supremo, piensa en que una virgen hará flo- recer sus ilusiones adormecidas en Vida apacible y pura, con un amor que le permita concebir el infinito. . . Dios. . . la eterna felicidad!. . .
Es la juventud que habla por el eco de un idealismo sublime, cuya misteriosa consagración ávido espera, con la conciencia de que el tiempo no ha transcurrido para él, porque siente henchido su corazón del fuego sagrado que lo abrió a las nobles pasiones de los veinte años.
Esta perpetuidad de la juventud por el amor puro; esta especie de transfiguración a impulses de ese soplo divino que hace vibrar todas las ilusiones del pasado como arpegios que por primera vez levantan al alma, es tan remota como la generosidad de la primera mujor que cedió al amor de uno de esos corazones sanos.
Pertenece a la mitología de los griegos, quienes parece la hubiesen escrito en la puerta de su Olimpo para realzar la gracia de sus dioses. Ellos hacían decir a sus primeros poetas que “el amor tiene las riendas del imperio del mundo.” Y por los romanos puso Virgilio en boca de Anquises, a los pies de Venus, estas dulces palabras:
“¡O quam memorem. Virgo; namque hauc tii vultus mortalis, nec vox hominem sonat. . ."
Y después. . . después el recuerdo, que acompaña en las horas leves, en las noches últimas, como armonías gratísimas que iluminan el más allá de la Vida donde vibrarán eternamente!. . .
Es entonces cuando recién se siente la fruición del recuerdo de la antigua llama. El dulce San Agustin llora en sus confesiones ante el Agnosco veteris vestigia flammæ de la infortunada reina de Cartago. Y yo he visto llorar a Sarmiento cuando leía la desesperación amorosa de Dido ante la partida de su inexorable Eneas.
Estoy seguro que su corazón sensible se estremece amablemente ante esta endecha amorosa. de esa reina de corazón grande, que así traduce nuestro don Juan Cruz Varela:
“Me miró, me incendió, y el labio suyo Trémulo hablando del infausto duelo, Más volcanes prendió dentro del pecho Que en el silencio de traidora, noche Allá en su Troya los rencores griegos."
No trasponga usted, pues, los sentimientos, ni varíe el orden de las cosas, ni use inmoderadamente de pretéritos que, por mucho que valgan, no val-en lo que un presente. Recuerde que en mi presencia le dijo usted a una dama: “Señora, ¿le consta a usted que yo he experimentado mi último amor. . .?”
II
Antes de presentar a los actores, describe usted el teatro en que actúan, dándole fisonomía peculiar.
¡Aquí de la gran capital del sud!
Un hombre de notorios antecedentes como los suyos, un cultor del arte, empalidecería si no hiciese gasto de fina observación, de sutileza de espíritu y aun de ciertos chispazos de ingenio para dar colorido al escenario por el método experimental. Así habrían procedido Cœlio, Catulo, Curion, Dolabella y Pison, si hubiesen escrito sobre la sociedad romana. de la época de César y Cicerón, de Augusto y de Ovidio. . . ¿Ovidio?. . . Tenga la complacencia de releer a Ovidio y de decirme si no encuentra analogías entre ciertas páginas suyas y las de ese poeta, sobre quien los años cayeron sin hacer ruido, tacitis senescimus annis, y que nunca se mostró mas chispeante que cuando en sus Fastos se prometió ser más serio.
Ahí de la gran capital del sud! Usted mete el escalpelo con mano pirovánica; corta, aparta, quiebra y lo hunde hasta el fondo; asienta los dedos, estimula los nervios, tritura la carne; y cuando ha obtenido el éxito buscado, suelta usted una risa que llega al oído de los operados como los gritos de las arpías que picotearon la comida de los compañeros de Eneas.
Citaré únicamente cierto orden de contornos. En la época a que usted se refiere, Buenos Aires era, en su sentir, una aldea de tejas, cortada por multitud de zanjones, por donde las aguas pluviales arrastraban hasta el sentido común del vecindario que, en general, comía muy mal. Celeste se pintaba el frente de las casas; y en los pasadizos, paisajes con pastoras que parecían furias, en medio de albahacas y bergamotas. Tras la indispensable puerta de reja había uno o dos mastines. Eran los que avisaban la llegada de visitas. Se observaba en los postes, a lo largo de las calzadas, el mismo rigorismo con que los ciudadanos estrenaban ropa negra el jueves santo. Por la calle Florida érales dado a don Francisco Chas y a don Martin Alzaga pasearse en las únicas calesas presentables que había. Tan inseparable como el sombrero era el farolillo, para orientarse por los pasos de bocacalle hasta la tertulia donde daban vueltas el agrio y el mate. Solo era comparable a la influencia política de don Valentin Alsina o de Héctor Varela, la influencia social del señor Infiestas, quien había descubierto recién los guantes de cabritilla. Las bandolas se habían refundido en las tiendas de Bonorino, de Volar y de D. Pepe el Cabezón, verdaderos tiranos de la elegancia femenina. Nadie se acordaba ya de las tertulias de Da. Joa- quina Izquierdo, donde don Juan Cruz Varela, Luca, Rojas y fray Cayetano, leían sus tragedias y poesías en presencia de doña Flora Azcuénaga, Isabel Casamayor, Remedies Escalada, Carmen Quintanilla, Antonia Palacios, etc. En cambio abundaban las comilonas político-pantagruélicas, aderezadas con la lava del Chimborazo que ardía en el meollo de Lacasa, con los rayos de las tempestades de Mármol, y con la elegía de Aniceto el Gallo. Verdad es que Oscar y Amanda, los Amantes de Teruel, Matilde y la trilogía de Los Mosqueteros hacían estragos, más o menos ruidosos, en el romanticismo militante; que las gentes cambiaban su nombre de pila por el de un héroe o heroína de novela, lo cual era más trascendental que decir “los dos fósforos” por “i due Foscari”, o llamar al doctor Vélez Sársfield “el señor Federis Arca”. A la Pretti, la Biscacianti y Vacani, habian reemplazado la Nina, la Medea y Lelmi, como a la Alvara Garcia, Culebras y Rosquellas reemplazaron la Duclós, Fragoso y Enamorado. La Reina de Chipre era la delicia de la grave aristocracia en el teatro de la Victoria. Lo más selecto acudía al teatro Argentino a llorar convenientemente en Espinas de una flor, arrojando pañuelos húmedos y conciencias blandas a los pies de Matilde Larrosa. En las noches de baño, en la playa junto al muelle, las ondas sonoras llevaban las endechas de Lola y de don Diego, que acompasadamente los aficionados repetían entre bocados de un asado de cordero y de una empanada saboreada con los dos dedos con que se toma la narigada...
Al introducir al lector en esa escena, tiene usted la originalidad de dividir las beldades que la lle- nan en tres grandes grupos o familias que escaparon a Linneo. "Para evitarme a mi mismo confusiones y desengaños a las veces irremediables,— dice usted—he partido siempre de la base de que en el trato social debía ajustarme a las exigencias que derivan del género de belleza respectiva que luce la mujer. En mi sentir ésta puede dividirse en belleza imponente, familiar o presentida, y primitiva. Puede haber mas categorías, pero con las mencionadas ya hay a que atenerse."
Estos capítulos valen un libro. Solo que, por un anacronismo romántico, presenta usted tipos modernisimos que, a fuer de conocidos, nos permiten ver la exactitud de algunas de sus conclusiones.
Por ejemplo describe usted la sala del teatro de la Victoria en la noche aquella de la batahola entre los partidarios de la Nina y los de la Merea: en el palco donde usted departe hay una dama "cuya fisonomia marmérea, cuya mirada fría, como lamina acerada que penetra hasta el hueso", se le impone a usted a punto que, desde hace tiempo, nota usted que hasta las palabras se le dan vuelta en la garganta. Con un ademán desdeñoso, con un monosílabo seco, casi estridente, ella le hace balbucear vulgaridades, y usted se pregunta si efectivamente lo sugestiona para mantenerlo en su presencia en un estado de cuasi imbecilidad.
No es difícil reconocerla por el retrato que de ella hace usted acentuando un tanto el pincel. Es la misma cuya madre debió usted haber presentado como modelo de amable buen tono. Si yo fuese susceptible de ciertas impresiones, diría que me ha producido impresión análoga. Sólo que al oírla hablar sin que se le mueva un músculo, y ante sus miradas fijas e impregnadas de cierta dureza que da frío, en vez de una lamina acerada, yo veo dos. ¡Pero es bella! Lástima que no tengamos por mano de Gustavo Doré el retrato de Goneril, de Regana y demás mujeres de Shakespeare!
El mismo anacronismo noto en su tipo de belleza familiar o presentida. De éste no tengo duda, porque recuerdo que, sin que atinasen con el motivo, me la indicó usted la, otra noche en el salón del Tigre Hotel.
Llama usted bellezas familiares a aquellas damas que dispensan a uno desde luego cierta cordialidad y bien entendida confianza, y a quienes se antoja que uno conoce desde hace ya mucho tiempo, como si en efecto las hubiese presentido. El tipo que usted presenta es bellísimo. Con razón dice usted que ese rostro tiene su parecido en las miniaturas pintadas en los abanicos antiguos.
“Yo no sé si es ilusión, agrega usted con verdadero entusiasmo, pero me ha sucedido más de una vez encontrar en ciertas flores un singular parecido con el rostro de ciertas mujeres. Al contemplar la más espléndida colección de orquídeas que se puede presentar en Buenos Aires, me detuve ante una en cuyo fondo sonrosado creí ver un rostro iluminado con el fuego del infierno. El rostro de la que sirve de tipo a mis bellezas familiares o presentidas, se retrata en una margarita blanca.”
La categoría de las bellezas primitivas es la más escabrosa. Aquí la emprende con ciertos usos y modas que en su sentir trastornan completamente las ideas respecto de la gracia de la mujer.
“Es preferible, dice usted, la mujer de Cervantes a la mujer de Bentham; la mujer que cose y reza, que se ruboriza, llora y vence con la dulzura, a la mujer que tira al blanco y se desenvuelve a impulso de la vanidad de saber hacer lo que los hombres hacen; que habla de negocios y de fisiología o anatomía y tritura la mano al apretarla entre las callosidades del remo o del trapecio. Hay gentes que creen de buena fe que sus hijas no se desarrollarán convenientemente sino mediante los ejercicios propios del hombre. Siguiendo la escala, hay que deducir que el ideal paternal se logrará cuando sus señoritas alcancen el desenvolvimiento muscular del señor Raffetto (a) 40 onzas! Atroz, atroz, atroz.”
Dedica usted algunos capítulos a las series de contrastes que ofrece nuestra sociedad en vías de transformación, por la acción de las diferentes razas que en ella se van fundiendo.
Y en el parangón que usted hace de hogaño y antaño, su imaginación abarca todo un estudio social cuyos motivos salientes se prestarían a reflexiones un tanto pesimistas, si ellos no proviniesen indistintamente de todas las sociedades. No son males nuestros: son males del siglo que, por fortuna, terminara en breve.
Usted es cartilla abierta, y se hace leer con avidez cuando, para resumir, se detiene en el bien que determina para el hombre la influencia que sobre él ejercita la mujer. A la luz de la sana filosofía hace usted resaltar el contraste que, en general, ofrecen los hombres en sociedad, prosternándose ante otro hombre, sobrellevando sin sonrojos el predominio completo o la tiranía vergonzante, pero resistiendo entretanto la influencia benéfica de una mujer.
“No es sino después de una lucha entre la dulzura y la obcecación, que ceden a esa influencia, dice usted, dando con ello, quizás, la mejor prueba de sentido común. Asimismo pretenden todavía en- gañarse y engañar, como no lo pretenderán nunca cuando se trata de un tirano, por ejemplo. Y sin embargo, nunca cometen mayor cantidad de tonterías que a partir del momento en que esa influencia llega a faltarles”.
Deseos no faltan de seguir, pero es forzoso detenerse aquí. Su libro será muy leído. Esta escrito con savia juvenil. Y con tal arte se desenvuelven ciertos tópicos que bien podría aplicarse al autor aquello de magister de lapidibus vivis, como llamaba Paul de Saint Victor al autor de la Leyenda de los Siglos.
ADOLFO SALDÍAS.
25 de Enero de 1891.
Introducción
A mis simpáticas lectoras, y si acaso... a mis lectores
Este libro, o como ustedes quieran llamarle por su forma, sale a luz sin pretensiones de ningún género, como si dijéramos huérfano; no causaré dejos amargos a nadie, por la muy sencilla razón: de que no tiene principio ni fin; como quien diría, sin pies ni cabeza.
Y podría caracterizarse también con la cuarteta de Fray Grerundio, que dice:
"Se toma; como jugando, Se empieza como naciendo; Y va creciendo, creciendo Lo que entró, burla burlando."
Cuando en el seno de la amistad refería yo algunos cuentos o episodios alegres de mi vida viajera, a mis amigos íntimos, a la hora en que cumplía 48 años a Oro, me incitaban a que los publicara y con ellos mis impresiones en un libro. Al efecto, remití algunos apuntes a mi distinguido amigo el notable publicista, doctor don Adolfo Saldías, que adelantándose a mi propósito publicó el precioso articulo prestigiando la idea en que principia la obra, en el diario La Nación, y obligándome asi, en cierto modo, a realizarla, lo que tal vez no habría hecho sin esta especie de aguijón, porque ante todo me precio de perezoso.
En prueba de mi última aserción, pasaban los días y los meses, y el propósito se envejecía a la par del autor.
Hacer un libro de cuentos de cosas viejas, podía parecer un colmo de vanidad, pues no es otra cosa que parodiar a las modistas de confecciones, que con un montón de trapos y de retazos, de más o menos lindos colores vivos, hacen un vestido con titulo de nuevo; pero que si se le examina, no tiene valor alguno, ni intrínseco, ni artístico.
Así es este mi libro, el cual si fuere acogido con benevolencia, como parece que lo fueron los capítulos sueltos que el distinguido Argos publicó en su amena, sección del diario La Nación, colmaría las esperanzas del improvisado autor, alcanzando un éxito piramidal.
Pero si no fuese así, y el respetable público lo recibe con indiferencia o frialdad, daré un fiasco colosal que a ninguno habré hecho mal, si no es a las finanzas del autor, finanzas ya muy comprometidas por la crisis actual.
¡Que más quieren ustedes que les diga!
SANTIAGO CALZADILLA.
Buenos Aires, Julio de 1891.
I
La necesidad de dar a mis elucubraciones hasta donde posible sea un orden cronológico, me obliga no solo a invertir el de los capítulos, sino a rectificaciones y supresiones indispensables en favor de mis lectoras.
Cuando se ha vivido mucho, y se ha observado mucho también, es de ver el espíritu de despilfarro de la vida de que hace alarde la juventud de estos tiempos, sobre todo la del sexo femenino; por el apresuramiento de las madres para hacer figurar a sus hijas en el torbellino de las fiestas, de que se separaron durante su educación y su crecimiento. Si es bonita, la presentan a los 15 años a las miradas curiosas de la sociedad, a gozar con ellas de las ventajas de su aparición repentina e inesperada. No piensan que colocan al precioso retoño en la falsa posición de que apareciendo tan temprano le tome después por de más edad que la que realmente tiene.
Es un principio inconcuso, que el que comienza temprano, acaba temprano también; y que a fuerza de mostrarse en todas partes una señorita, pierde el prestigio de la novedad cuando le llega la época en que la mujer está en la plenitud de su crecimiento como de su belleza; que es a los 20 años a lo menos: En apoyo de lo que vengo exponiendo estamparé aquí un diálogo que al respecto no le falta oportunidad:
— ¿Quién? fulanita.
— ¡Si!
— ¡Pues si tiene mas de 30 años!
— ¡Qué ha de tener 30 años, doña Escolástica, si esa niña es de ayer!
— ¡Pues misia Cándida, si está usted equivocada! Hace diez años, cuando menos, en aquel baile que le dieron a Sarmiento en el Progreso, fué una de las mas festejadas y la pusieron en la crónica... hasta dijeron que se casaba, porque anduvo toda la noche de temporada con Pedrito, mi sobrino.
— Pero usted vió que no se casó... ¡y todavía no tiene novio!
— ¡Perfectamente! y desde entonces figura, y no seria extraño que ahora la sacaran entre las bellezas de aquel tiempo cuyo libro se anuncia...
Las ventajas de la educación europea al respecto son incuestionables. Por eso la vida de la mujer que entre nosotros termina a los 35 años, allí dura hasta los 60, porque las jóvenes no salen a la sociedad sino bien preparadas y fortalecidas por la edad. Así la vida de la madre es más extensa y más duradera, pues cuando se presenta con ella lo hace como una amiga, y no con una niña inexperta a quien es preciso enseñarle hasta el sentarse bien.
No ha mucho asistía en Burdeos a un baile, y vi señoras de mas de 50 abriles que valsaban como unas jóvenes, y se hacían admirar (buenas mozas todavía), más aún por la cultura de su trato y el encanto de sus maneras que por el lujo de sus tocados y el brillo de sus joyas.
Por eso allí la mujer no pierde sus formas plásticas, ni engorda desmesuradamente, como sucede a nuestras señoras, hasta llegar muchas de ellas a la obesidad al quinto lustro. El abandono y la falta de coquetería en una mujer es su peor enemigo.
¡¡Es preciso reaccionar, pues, a toda costa!! Y no me digan a fe que esto no es regla infalible por algunos casos aislados, verbi-grotia: la bellísima Agustina Rozas de Mansilla, dicen que se casó a los 15 años, y ha durado hasta hace poco; lo mismo que su rival la señora Avelina Sáenz de Sáenz Valiente y Manuela Machado la cordobesa, porque estas mujeres encantadoras son la excepción de la regla. Fueron estrellas rutilantes que brillaron en el cielo argentino de tal manera que el astrónomo de aquellos tiempos, el clérigo don Bartolito Muñoz, que observaba los astros y era el que hacia los almanaques, las puso (por equivocación, sin duda, no creo que por malicia) en el catálogo de las constelaciones mas brillantes del cielo austral.
También es un principio higiénico para la belleza de la mujer, y para contribuir a vigorizarla, para llenar su gran misión maternal, el de fortalecerla durante su desarrollo, ha dicho Larroche foucauld, si queremos que nos den ópimos frutos o sea generaciones fuertes y viriles, antes de entregarlas en tan tierna edad a los embates de las pasiones que vienen desgraciadamente sin buscarlos, demasiado temprano en este mundo bendito!
Y con perdón de ustedes me sacaré a ejemplo yo mismo, que estoy escribiendo este libro de los recuerdos de una vida agitada y viajera, como ha dicho mi brillante biógrafo exponiendo el éxito de mi obra, con un elogio inmerecido, a que no la terminen y juzguen las que tanto se empeñan en hacer figurar antes de tiempo a las jóvenes, lo que vale a la humanidad, el hacerlas despertar lo mas tarde. Es verdad que también es cuestión de temperamento, como decía Tartás, el asiduo asistente a todos los funerales que terminaban acompañando a los doloridos a la casa, y que los obsequiaban con sabrosas jícaras de verdadero chocolate, ofrecido con marcadas muestras de agradecimiento. En aquel entonces no se almorzaba de tenedor como ahora, en que se hace una verdadera comida, y el obsequio de los funerales era un aliciente para no faltar a la cita (los mas). Ahora todo ha cambiado, y ya no hay atención ninguna con el que se molesta dejando sus ocupaciones más premiosas y se contentan con solo poner estas sacramentales palabras ¡EL DUELO SE DESPEDIRÁ EN LA PUERTA DEL TEMPLO! ¡Única invitación!... de invención moderna, fruto de la época de las luces y de las cruces, con lo que todo termina y se van los doloridos derechito a ver y escudriñar la herencia que les dejo el difunto.
Pero vamos al cuento.
Yo atribuyo la, larga vida que desde tantos años me viene atravesando, 48 años... a oro, según agregÓ mi excelente amigo el señor ministro de Chile, don Guillermo Matta, que oyó la cifra; y que también estoy dispuesto a dársela, de barato. La inocencia de mis primeros años y los hábitos de buena educación, cuyo cuidado tuvieron mis padres, sin ejemplo entre los de mi edad, seguramente dieron su fruto. Ahora voy a entrar en materia, y que no se me enojen los personajes biografados que presento si salen como eran entonces, en que no había ni polvos de riz ni veloutine para tapar los defectos del rostro y de la edad.
A mis 18 años, en que ahora los jovencitos imberbes pasean en caballos ingleses con el estribo en la garganta del pie, como dicen que les han enseñado en la equitación, y que les hacen guiños a las pollitas como si fueran hombres; en esta época me puse el primer casaquín, especie de jaquet que me duró hasta los 20 años, en que recién comencé a perderles el miedo a los difuntos. Buen cuidado tenía yo al acostarme, de registrar debajo de mi cama, a ver si se había escondido el diablo y que me pegara un susto después. ¡Oh! qué tiempos aquéllos tan dichosos; y éstos ¡¡cuán calamitosos!! pero cómo ha de ser!... todo se ha de componer, como dice el presidente cada vez que le llega la ocasión de echar un párrafo sobre la situación financiera que nos consume.
En 1836 los barrios del sur de Buenos Aires eran el Saint-Germain de la aristocracia porteña. Las familias de Darregueira -de don Antonio Sáenz, rector de la universidad (en el convento de San Francisco), —la casa de los Luca — la de correos regenteada por uno de ellos, cuya esposa la señora doña Isabel Casamayor, fué una de las mujeres más cultas que acompañada de las distinguidas señoras Lucía Riera de López, y doña María Sánchez de Mendeville, fueron de las que fundaron la Sociedad de Beneficencia instituída por Rivadavia (que también vivía frente al paredón de Santo Domingo en ese barrio). La familia del cantor del Himno Nacional don Vicente López y Planes, las de Esperón, la de Agüero, la de Sarratea, la señora Pascuala Beláustegui de Arana, la gran casa de don Juan Vivot frente a la iglesia de los Belermitas transformada hoy en casa de moneda, donde dicen que se fabrican los argentinos de oro de cinco duros, de los que muchos, como yo, no hemos visto ni la muestra.
También se encontraba aquí la gran casa de la señora doña Juana Cazon, casada con don Joaquín Almeida Portugués (alias, mameta). Vivía y murió en la casa de su propiedad calle del Perú es- quina a Belgrano, que era conocida por de la virreina vieja, y hoy está en ella el Monte de Piedad. Al morir, el año de 1848, dejó esa casa a la administración de la Cofradía del Santísimo Rosario, para que de sus alquileres se hicieran cuatro partes: una, para el hospital de mujeres; otra, para el de hombres; otra, para la Santa Casa de Ejercicios, y la última para que la misma Cofradía costeara la misa de Una todos los domingos y días de fiesta en Santo Domingo, y además una función anual al Patriarca San José. Lo que se ha estado cumpliendo por sus Mayordomos y se cumple actualmente como el primer día.
Esta misma casa tiene al frente de su puerta principal un escudo de nobleza perteneciente a la familia del padre del Obispo Medrano, rótulo que está cubierto por el gran tablero anuncio del Monte de Piedad. Las temporalidades, frente al Mercado Central. Todo esto apiñado y formando el centro de los estrados más distinguidos de aquel tiempo inolvidable, pero que muchos no recuerdan, sin embargo.
Pero sigamos. La familia de don Martín Alzaga; la del general don Félix Alzaga; la respetable señora doña Damacia Caviedes, en su casa esquina frente a la iglesia de Santo Domingo, donde había el café de este nombre. A la derecha de la misma iglesia la linda señora del ministro Tagle, doña Máxima Olmos, los Martínez de Hoz, la casa del general don Eustoquio Diaz Vélez, que se ha hecho célebre por la invención de aquella exclamación convertida en aforismo argentino: "pobre patria en manos de mi hijo Eustoquio". La de la señora doña Joaquina Izquierdo, donde se daban tertulias científicas de literatura y música; mujer muy instruída en achaques de literatura. La familia numerosa del señor don Vicente Casares, cuya hi- ja Agustina, notable belleza de aquel tiempo, fué también una de las más elegantes amazonas que jineteaba en briosos y asustadizos caballos criollos de la pampa; siempre acompañada de los dos buenos amigos, su señor padre y el mío, don Santiago Calzadilla. En fin, esta relación sería interminable, pues como he dicho ya, aquí estaban la flor y nata de aquellas familias aristocráticas que todas se conocían, sin que ninguna, ni aun teniéndolo, se pusieran el "de" del título nobiliario con que hoy quieren aparecer disfrazados "ilustres desconocidos", como dice Mansilla.
Pero, cómo dejar en el olvido el bazar de Infiestas, donde se vendieron los primeros fósforos de cera, que como una novedad vinieron a meter barullo en aquellos tiempos; y el célebre baratillo de Cagan Dando y una fábrica de cristales que lapidaba, vasos, en ese edificio de las Temporalidades, esquina de Perú y Alsina, que también fué asiento de la filarmónica!
¡Y las confiterías!
Pero hasta las casas donde se elaboraban las más ricas masitas (en el puente de Las Beatitas), que se llevaron el secreto de la receta con gran desesperación de Manuel Tobal. Las tortas apetitosas, y los célebres pastelitos de hojaldre finísima de los Granados, que no se necesitaba el olfato de Caliba, el célebre rastreador, para dar con la alacena que los guardaba.
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The end
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