Capítulo I
Dibujando los perfiles de su masa labrada y blanquizca sobre el fondo luminoso del horizonte, que los fuegos de un espléndido crepúsculo enrojecían; esbelto, airosamente asentado en lo alto de la barranca, desde donde se dominaba el majestuoso lecho del río, veíase El Ombú, palacio moderno, de propiedad de la joven y hermosa viuda de Levaresa.
A lo largo de la colina extendíase una no interrumpida sucesión de quintas, rodeadas de árboles las unas, solitarias enmedio del campo las otras; encerradas o divididas; la mayor parte, por cercos de alambres o similares hileras de arbustos.
Lucía -que este era el nombre de la dama- habitaba la suntuosa mansión sin más compañeros que su madre -doña Mercedes- y los dos hijitos que le habían quedado de su matrimonio.
Allí, en indolente placidez, disfrutaba la familia durante seis meses de cada año del panorama excepcional descubierto ante su vista, a la vez que le era permitido gozar de las ventajas de un clima deleitoso, a que daban mayor excelencia las sanas emanaciones del parque y las refrescantes brisas del río.
Aquella tarde, poco después de la puesta del sol, un joven de aspecto modesto, pero distinguido, llegaba de la capital a la posesión de Levaresa.
Cuando el carruaje que lo conducía se detuvo frente a las escalinatas, la viuda y su madre hallábanse sentadas alrededor de una liviana mesita portátil, dispuesta con frascos de licores y tazas de la China, en las cuales humeaba, acabado de servir, un café de aroma exquisito. Tres o cuatro personas acompañaban a los dueños de casa.
Grande fue el placer que experimentó el visitante al divisar entre ellas a Jorge Levaresa, amigo íntimo suyo. Ocho días antes se habían despedido en la ciudad ambos jóvenes con el deseo de volver a encontrarse pronto.
Al saludar el recién llegado a la hermosa propietaria, lo hizo con ademán marcadamente respetuoso, pudiendo observarse que ésta y su madre devolvían ese saludo de modo cortés, aunque exento de toda demostración expresiva.
En cuanto a Jorge -primo de Lucía-, el estrecho apretón de manos con que recibió a su amigo, demostró a las claras el placer con que le veía llegar.
Los desconocidos se inclinaron ceremoniosamente.
Eran estos: una señora, linda cincuentona, que aún conservaba muchos de sus pasados atractivos físicos; un joven de elevada estatura y presencia nada vulgar; y otro caballero, casi anciano ya, enjuto de cuerpo, moreno de tez y dotado de facciones nobles y austeras.
-El doctor Álvarez Viturbe, nuestro vecino. Su esposa e hijo, Miguel, dijo Lucía.
Y luego, indicando al visitante con el abanico.
-Rodolfo, añadió; el hijo de don Julio, empleado que fue de mi marido.
El caballero de más edad volvió a inclinarse. Pero la señora y el mozo, por lo contrario, parecieron hacer alarde de indiferencia ante esta llanísima presentación: la primera echándose hacia atrás en su asiento, el segundo limitándose a pasear por la persona del presentado una de esas insolentes miradas de «alto a bajo» que tanto lastiman o desconciertan.
La actitud del joven Rodolfo fue, sin embargo, reposada, correcta.
Y había motivos para lo contrario. Por vez primera después de la muerte de su padre se presentaba así, sólo, delante de personas a quienes habíase acostumbrado a considerar como a sus superiores. Eso, por una parte, y, acaso, acaso, por otra, aquel tono o modo particular con que la arrogante dama había pronunciado la palabra empleado, al referirse a su respetable antecesor; modo o tono en el cual, si bien se advertía algo de sincera condescendencia, notábase mucho de obligada urbanidad, ya que no de orgulloso y mortificante desdén.
Disimuló, sin embargo, dando con ello prueba de dignidad y tino superiores; afrontó valerosamente la situación y estuvo discreto.
Capítulo II
Rodolfo Montiano, hijo de casa pobre, había recibido en herencia buen ejemplo y excelente educación, ya que no bienes de fortuna. Formado en la escuela de la dignidad, vio, desde su niñez, en torno suyo, cierta modestia innata que jamás llegó a confundirse con el servilismo envilecedor. Integridad en el juicio, conciencia en el deber, esas fueron las prendas características de su padre. Y don Julio Montiano, el más popular de los empleados de banco, había sido, merced a ellas, universalmente conocido y respetado.
Viejo ya para la modesta posición en que hasta entonces viviera, había llegado a merecer, don Julio, allá por los últimos años de su existencia, toda la confianza de su opulento principal, el célebre banquero Levaresa, quien no sólo concluyó por entregarle el manejo de delicados asuntos particulares, sino que lo hizo su amigo.
Colmolo de bondades llegando un día a cederle la posesión legal y absoluta, en premio de sus impagables servicios, de una finca situada no muy lejos del barrio más aristocrático de la ciudad; fortuna con la cual había soñado siempre la madre de Rodolfo, contemplándola anhelosamente a la distancia.
Rodolfo había hecho sus estudios en uno de los colegios más renombrados. Sus padres lo habían querido así, pues, siendo hijo único el muchacho, deseaban convertirlo en perfecciones, capaz de ilustrar un apellido exento, hasta entonces, no sólo de brillo, sino hasta de antecedentes.
Con efecto: el origen de don julio no podía ser más humilde. Dos palabras sobre este punto:
Su padre, «el viejo Montiano», como cariñosamente se le llamó durante largos años, había sido en otro tiempo capitán de barco mercante. Genovés de origen, marinero de profesión, guarda, poco después, de un faro que se alzaba enmedio de la inmensidad a treinta o cuarenta millas de las costas sicilianas, había permanecido largo tiempo allí, arrullado por la voz gigante del Océano, sin más patria que su peñón salvaje y sin otro hogar que la torre luminosa con la cual daba alerta y rumbo al navegante.
De este sitio salió, por fin, el aventurero hombre de mar, fatigado de soledad y de abandono forzoso; y viajando, viajando constantemente, al mando de un pequeño bergantín-goleta, arribó en hermosa mañana primaveral a las playas risueñas del Nuevo Mundo, donde, enamorado luego de la luz esplendorosa del sol, del verdor incomparable de los campos, y de los negros ojos de una linda compatriota suya -emigrada a su vez- echó ancla definitivamente, resuelto a cambiar la azarosa vida del marino por la más tranquila, segura y provechosa, del padre de familia y del modesto chacarero.
Pero los instintos que habían nacido con él y desarrolládose invencibles desde los primeros años de su infancia no lograron apaciguarse bajo la transformadora acción del tiempo. Casado en edad avanzada; viudo después y padre de un solo hijo; inválido, paralítico, más tarde; postrado en un lecho sombrío, desde donde tan sólo le era dado contemplar la superficie del ancho estuario del Plata, semejante a la del Océano, especialmente cuando la agitaban los vientos del sudeste, soñaba el viejo marino con las glorias del mar, renovando en la mente y en el corazón el recuerdo de sus emociones pasadas.
Cuando rugía con mayor fuerza el huracán y se encrespaban del todo las aguas del gigante río, mirábalas crecer y agitarse, a través de una ventanilla que le hacía recordar el pequeño tragaluz que, allá a bordo, había iluminado en otro tiempo su flotante covacha de contramaestre. Y entonces, aquel cuerpo agobiado por los años y por las dolencias; aquella cabeza abatida, colgante sobre el pecho, erguíanse de súbito a impulsos de fuerza extraña y poderosa, a la vez que los ojos, despojados habitualmente de luz, parecían encenderse como al reflejo de un relámpago vivaz.
Mas, así que calmaba el temporal, volvía a caer sin apoyo la cabeza; apagábase la ardiente mirada; moría en los labios la enérgica expresión que poco antes les diera vida, y, al revés de los pájaros que en esos mismos instantes se regocijaban entonando sus más dulces trinos a la dorada pompa de la naturaleza en calma, el anciano se sumía en un abatimiento profundo, que sólo lograba ser disipado poco a poco por el afán y cariñoso celo de su hijo Julio. La visión había desaparecido para el lobo de mar. Esa líquida superficie, muda e inerte, no era ya la del Océano soberbio, cuya sola memoria hacía vibrar en el fondo de su ser fibras que hasta entonces se creyera muertas para siempre. ¡Aquello era tan sólo un charco -inmenso en verdad-, pero despojado, para él, de fuerza, de voz y de movimiento!
Así vivir el viejo hasta el día mismo en que la muerte acabó con sus dolencias y sus recuerdos...
El hijo heredó la honradez, el amor al trabajo, la firmeza de carácter y otras de las cualidades que habían distinguido al padre. Se ha dicho ya que don Julio Montiano llegó a merecer, como empleado, toda la confianza de su jefe.
La reputación de generoso que había favorecido en vida al banquero Levaresa era por demás fundada. Largos años de trabajo incesante y de honorabilidad sin tacha; un espíritu emprendedor; el conocimiento perfecto del complicado engranaje de sus negocios; un caudal, en fin, de experiencia adquirida a costa del trato directo con la múltiple y variada calidad de gentes que de diversa manera acudían a solicitar su apoyo o protección, habían llegado, además, a merecerle el envidiable título de «Rey de la alta Banca» con que se le designó y distinguió por mucho tiempo.
El deseo manifestado en reiteradas ocasiones por el bienhechor de Montiano de iniciar al joven Rodolfo en la carrera del comercio había encontrado escollo en las inclinaciones de éste, abiertamente contrarias a tal género de trabajo. Prefería el estudio de las leyes y de las buenas letras, lo que no obstaba para que, a menudo, y cuando a ello era solicitado, ayudase a su padre en sus tareas; sobre todo en aquellas ocasiones en que, por exceso de labor, solía el buen viejo pasarse las noches de claro en claro, a la luz de una lámpara, haciendo números, formando «estados», y más «estados», «planillas» y más «planillas». De esa manera logró el muchacho adquirir conocimientos no despreciables en aquello de llevar cuentas, anotar «partidas» y hacer «balances», y -lo que era todavía de mayor consecuencia-, a imponerse muy regularmente de lo relativo a los negocios particulares de Levaresa; a conocer la ubicación, valor y rédito de sus propiedades urbanas y rurales más importantes.
Cuando falleció su padre, Rodolfo acababa de cumplir veintisiete años.
La esposa siguió muy de cerca al esposo.
Era Rodolfo a la sazón un mozo de gallardo talante, dotado de cualidades morales exquisitas. Y por lo que respecta a su inteligencia, bastará para su elogio hacer mención de que, en diversas circunstancias, durante los dos o tres años que siguieron a su luto, gacetillas y secciones de periódicos tuvieron especial motivo para referirse a ella, con ocasión de tal o cual notable trabajo suyo, o por este o aquel apreciable triunfo forense obtenido en buena lid. Lo que vale decir que no sólo publicó el mozo con éxito algo de su propia cosecha, sino que recibió muy pronto su diploma de abogado, anexo al título de doctor. Y en tales circunstancias estuvieron todos de acuerdo, al trazar la silueta o semblanza de estilo, para decir de él cosas que habrían hecho derramar lágrimas de gozo a su pobre madre si ella hubiera podido leerlas.
Describíasele dotado de prendas físicas, morales e intelectuales capaces de halagar la vanidad del menos vanidoso de los jóvenes de su edad y condición social. Todos los periódicos y publicaciones estuvieron de acuerdo en decir que su estatura era elevada; que su perfil era correcto y regular; que su frente era ancha y despejada. «Frente de pensador», añadía un discípulo de Gall. La «gracia viril» no se la escasearon; reconociéronle «una constitución vigorosa» y «una fisonomía franca, abierta y simpática». Agregaron que su pelo era obscuro, y claros, grandes y serenos sus ojos. Por fin, periodista hubo que, al continuar refiriéndose a sus atractivos externos, mencionó, de paso, la urbanidad delicada de sus modales, la reserva de su carácter, algo que, aunque pareciese paradoja, no lo era en modo alguno: su modestia «llena de amor propio y de dignidad...».
Durante los primeros días de su luto, recibió Rodolfo del banquero Levaresa ofrecimientos y palabras de consuelo.
Siguiendo el modo de ser de su padre, rechazó cortésmente los unos y aceptó las otras.
Hacía ya tres años, por otra parte, que era abogado, y, lo que es esencial, abogado con algunos pleitos. Eso, y dos cátedras desempeñadas animosamente y hasta con amor al oficio, en el mismo plantel de educación donde había recibido la que poseía a su vez, dieron al mozo por entonces con qué vivir, sin estrecheces ni compromisos.
Entre tanto, circunscrito a la relación de unos pocos amigos, ocupaba la heredada casa paterna, sin más compañía que la de Perico, su viejo criado, modelo de honradez, y de fidelidad.
Era, en efecto, el buen Perico uno de los escasísimos ejemplares que van quedando ya del tipo del antiguo criado, aquel que entraba a servir en una casa y moría en ella, llegando a interesarse en tal manera por todo lo que a la familia se refiriese que podía considerársele, al fin, como a un verdadero miembro del hogar.
Repartiendo Rodolfo el tiempo entre sus tareas y el estudio -al cual cobró afición tan extremada que llegó a subordinarle todas las pasiones y todos los anhelos propios de su edad-, habíansele deslizado las horas sin que las sintiera pasar en el curso de su plácida y solitaria vida. Es, en efecto, la inteligencia, respecto de las demás potencias del alma lo que el sol respecto de los astros que giran dentro de su misma órbita sideral: centro de atracción, de luz y de fuerza subyugadora.
Entre los cuatro o cinco amigos más íntimos que frecuentaban su trato, distinguía el joven Montiano con particular afecto a Jorge Levaresa, muchacho calavera, pero dotado de corazón excelente y de no escaso talento. Levaresa era pobre en bienes de fortuna -a pesar de su estrecho parentesco con el banquero millonario-, y dedicábase por entonces en cuerpo y alma a los negocios de bolsa, con gran descontento de Rodolfo, a quien no dejaban de inquietar las exageradas aficiones de su amigo por todo lo que fuera especulación, riesgo o juego de azar.
Curiosa prueba de la falta de lógica que suele presidir a algunos hechos de la vida humana era esta amistad -cada día más estrecha, más verdadera y más leal-, entre el atolondrado, el travieso Jorge, y Montiano, el más serio, el más retraído de los jóvenes de su edad y de su círculo.
Alegre, franco, decidor el uno; reflexivo, reservado, sobrio de palabras el otro; enamorado aquél de la sociedad y de sus engañosos placeres: incrédulo éste, por inclinación y por convicciones, respecto de los efímeros encantos que ella proporciona a quien la frecuenta; entusiasta el primero: tranquilo el segundo ¡imposible hubiera sido reunir dos índoles y dos temperamentos más opuestos!
Rodolfo y Jorge veíanse a menudo y casi siempre reñían. No podía el calavera soportar las amonestaciones del retraído; éste los atolondramientos del calavera.
Y, sin embargo, jamás se separaban sin un apretón de manos. Discutían y discutían con calor; pero, a la larga, al escuchar Rodolfo la palabra fácil, simpática de su amigo; al contemplar su alegría ruidosa, sana e inagotable; al recibir la descarga de sus argumentos estrafalarios, pero presentados con tanta desfachatez cuanto graciosa apariencia de sinceridad en el tono; testigo, en fin, de todo aquel chisporroteo de ingenio vivaz e inofensivo, no podía menos que soltar una franca y sonora carcajada.
No tardó en seguir el banquero la suerte de las personas de su edad. Falleció poco después, rodeado y bendecido por los suyos y por cuantos le conocieron.
El bienhechor de los Montiano dejó como única descendencia al morir dos preciosas y delicadas criaturas, retoños tardíos de una vejez casi achacosa; pues, rebelde durante largo tiempo al matrimonio -sea por indiferencia, sea por cálculo-, sólo se había resuelto a contraerlo; allá en el último tercio de su vida.
La elegida en tal ocasión fue, como suele acontecer en casos semejantes, una linda niña, de la propia familia del novio, pues Lucía era sobrina del banquero.
Hija de madres distinguidos y no del todo exentos de bienes de fortuna, hallábase la joven dotada de condiciones tan propias para brillar en sociedad, que al año de casada se la citaba ya especialmente por su elegancia, su hermosura, su exquisita y soberana distinción.
Las bodas del banquero dieron mucho que hablar, así por el fausto con que fueron celebradas, como por la circunstancia de haberse unido dos miembros de una misma familia; y, sobre todo, por la notable diferencia de edad entre los cónyuges. Lucía, en efecto, contaba apenas diez y nueve años cuando unió su suerte a la de Levaresa, quien, a la sazón, frisaba ya en los sesenta. El cielo, sin embargo, al bendecir esa unión, no había querido dejarla estéril. Se ha dicho ya que dos hermosos chicuelos iluminaron más tarde de alegría el opulento hogar.
Al sobrevenir la muerte del banquero, Lucía acababa de cumplir veinticinco años. Viuda, así, en la flor de la edad; hermosa y riquísima, fácil será comprender cuánto tema prestó a comentarios de corrillos en los salones, y en qué grado de espectabilidad se colocó, de hecho, desde ese instante ante los curiosos y los impertinentes que se dedicaron a observarla en todos sus actos, imponiéndose hasta de los más ínfimos de su vida, y entrometiéndose en ellos, como si la hermosa mujer hubiera estado obligada a vivir tan sólo para los de afuera. Y a la verdad que si la chismografía buscó asunto que explotar, debió sufrir desagradable desengaño. Los primeros veinticuatro meses lo fueron de riguroso luto para Lucía. Retirada casi constantemente con sus hijitos y su madre en una propiedad de campo lejana, pasáronse en ella ambas señoras lo más del tiempo, y sólo allá por las postrimerías del último de esos dos años se instalaron en El Ombú, permitiendo que las acompañasen algunos íntimos de su propia familia.
Por esa misma época había solicitado Rodolfo permiso de la viuda de su bienhechor para visitarla.
En la esquela con que se satisfizo al deseo del joven, expresósele que «sería grato a los de casa verle llegar a El Ombú resuelto a pasar allí algunos días».
Tal era, pues, la causa de la presencia de Rodolfo Montiano en la posesión de Levaresa.
Capítulo III
Al cabo de una hora de conversación, durante la cual, si bien habló Rodolfo menos que sus interlocutores, observó y estudió mucho más, pudo formarse juicio suficientemente exacto, no sólo sobre ciertos rasgos típicos de la fisonomía moral de Lucia, sino, también, sobre las peculiaridades características que aquejaban a la esposa del excelente doctor Álvarez Viturbe -vecino de El Ombú-, y a su hijo Miguel; de quienes sólo entonces recordó haber oído hablar en diversas ocasiones. Una serie de chistosos epigramas sociales relacionados con estos personajes, le vinieron en aquellos momentos a la memoria.
Por lo que respecta a la joven dueño de casa, era indudable que había experimentado alguna transformación durante el corto espacio de tiempo transcurrido desde la muerte de su esposo.
Si bien es verdad que volvía a encontrarse Rodolfo con la misma hermosa y arrogante mujer de siempre, observando en ella más de cerca y con mayor detenimiento aquella juventud opulenta, aquella distinción suprema que tanto le imponían e impresionaban cuando solía antes admirarlas en silencio y desde lejos; es cierto, también, que por lo que atañe a lo moral, parecíale reconocer que el rasgo característico, de antiguo dominante: -el culto de las grandezas y del «rango» se hallaba acentuado; sin duda, por las naturales influencias de un nuevo género de vida, o, tal vez, porque no existía ya quien templara de cuando en cuando sus arranques excesivos con el ejemplo refrenados o con la palabra persuasiva y cariñosa.
Exagerado en este punto, tenía, sin embargo, mucho de complaciente el carácter de Lucía, de esa misma Lucía a quien los menesterosos y desamparados consideraban como a un ángel tutelar.
Practicaba ella, en efecto, los principios de la caridad cristiana. Pero esa práctica era hecha «por lo alto», conservando quien la ejercía, en presencia de la desgracia, lo que pudiera llamarse la dignidad del papel.
No descendía la linda viuda hasta el antro obscuro donde sufre y se lamenta la miseria, por no respirar su frío y tenebroso ambiente; ni tocaba el tosco harapo del mendigo, por no sentir la impresión ingrata de su áspero contacto. Alargaba a menudo su mano blanca y delicada para dejar caer un flamante billete en el grasiento sombrero del que se allegaba a pedirle una limosna por amor de Dios; pero, si al hacerlo veíase obligada a detenerse un instante por no dejar de cumplir con lo que juzgaba un deber estricto, observábase en su fisonomía un gesto involuntario de violencia o repulsión instintivas, que durante algunos segundos arrugaba y descomponía su ceño, de ordinario grave, si bien nunca severo ni adusto.
No escuchaba, tampoco, los lamentos del desconsolado, a quien sólo pedía silencio y disimulo a cambio del socorro que le daba a manos llenas; y la vista del decrépito, del valetudinario o del herido, le producía trastornos y marcos que la ponían en el caso de alejarse inmediatamente. Sus mayordomos derramaban oro en su nombre, haciéndolo con prodigalidad inagotable; todos los establecimientos de caridad la contaban entre sus protectores más generosos; y, por donde quiera, la viuda, el huérfano, el desamparado y hasta el criminal arrepentido, le debían una dádiva ocasional o una pensión vitalicia.
Capítulo IV
Por la noche, tuvo Rodolfo oportunidad de entablar más inmediata relación con los amigos de la propiedad vecina. Al retirarse más tarde a su alojamiento, logró charlar a sus anchas con Jorge.
El tema escogido fue, naturalmente, la Villa Umbrosa (este era el nombre de la quinta del Doctor) y sus habitantes.
He aquí lo que sobre la materia le comunicó su alegre y decidor amigo:
A pesar de los rigores del luto, la familia Levaresa recibía con frecuencia, durante los veranos, a la familia Álvarez Viturbe. El seco y apergaminado doctor era un respetable médico a quien mucho conocía Rodolfo de nombre, pues su fama en el país, como hombre de ciencia, más dedicado al estudio que al lucro, era considerable.
Este personaje, retraído, discreto, alejado del mundo, formaba singular contraste, por su carácter serio, frío y austero, con su esposa: ejemplar acatado del tipo de la mujer vanidosa, intrigante y ladina.
Y, sin embargo, pocas serían las que, a la edad de doña Melchora, se hallasen dotadas de prendas exteriores más atrayentes que las que a ella la adornaban.
Pequeña y delgada de cuerpo, fina de facciones, burlona en la sonrisa, maligna en el mirar; de modales seductores, de gesto vivo de expresión maliciosa, dejaba entrever, bajo el ruedo de su falda de seda, la punta de un piececito que -irreprochablemente calzado- hubiera podido causar envidia a las muchachas de quince. Otro tanto sucedía con sus manos; blancas, perfectas de forma; cuidadas con esmero; semiprotegidas del contacto del aire por la diáfana red de dos negros mitones que las hacían aparecer más puras aún, más delicadas, más primorosas.
¿Que era mala, perversa, doña Melchora...?
-¿Y acaso el ilustrísimo demonio -había dicho Jorge con su buen humor habitual, cuando su amigo le hiciera la observación-, por ser tan bello no se llamó Luzbel?
El afán constante de doña Melchora era imitar a las de Levaresa.
Dentro del exiguo espacio de su villa se había propuesto reunir, reproducidas en compendio no poco desfigurado, las suntuosidades del palacio vecino. A fuerza de lustre y de artificio había llegado, así, a producir cierto efecto aparatoso y empírico con el cual admiraba a sus visitantes.
En las comidas, sobre todo, era donde doña Melchora daba de sí hasta lo increíble y hacía verdadero derroche de originalidad y de ingenio.
Un sólo rasgo típico bastará para probarlo.
Sabía por experiencia que el buen vino burdeos gana en sabor y en aroma cuando se le entibia un tanto. Pues bien, doña Melchora se aprovechaba maravillosamente de esta circunstancia para el logro de su objeto: colocaban una cantidad dada de un mismo vino en dos botellas iguales; sometía la una a enfriamiento por medio del hielo, y entibiaba la otra en baño-maría preparado ad hoc. Hecha esta operación, decoraba sus botellas con las etiquetas que le convenía exhibir, y que habían sido previa y cuidadosamente arrancadas por su propia mano de otras ya consumidas; y, entregándolas, después, a su correcto y bien adiestrado mayordomo, recomendábale no olvidara cantar, según la moda francesa, el título de las dos supuestas y distintas marcas, al servir de copa en copa el dualizable vino.
Desde su llegada a El Ombú, pudo Rodolfo observar que Miguel no se separaba un instante de Lucía. Jorge iluminó del todo su criterio a este respecto. El elegante Viturbe hacía la corte a la opulenta viuda, y doña Melchora, la más acomodaticia de las madres, protegíale en la empresa; para lo cual se dedicaba a mantener a su hijo único y mimado en un pie de lujo muy superior a su posición real, obligando con ello al pasivo esposo a verdaderos heroísmos de prodigalidad paterna.
Miguel, que había heredado las condiciones morales de la madre, prestábase admirablemente a desempeñar el cómodo y agradable papel de pretendiente. Recién llegado del viejo mundo, donde, por voluntad terminante de doña Melchora, había sido educado a costa de grandes sacrificios, era, a la sazón, un europista de altísima ley. Todo lo inherente a este clásico tipo hallábase corregido y aumentado en él.
Alto, bien plantado, podía considerársele, por su estatura, como el vivo contraste de su madre, a la cual asemejábase, sin embargo, en la hermosura de las facciones. Espécimen completo de lo que en lenguaje de salón se llama un hombre afortunado, era Miguel Viturbe ágil y robusto, elegante en el andar, en el vestir y en los modales. Fascinaba fácilmente con su ligereza, su gracia y su desparpajo.
Más alto, más esbelto que Jorge Levaresa, tenía mucho de parecido con éste en lo charlador, en lo ingenioso, en lo ocurrente; pero se le diferenciaba en algo muy esencial: Jorge atraía por su franqueza, por la sinceridad de todos sus actos; por el timbre simpático de su voz, metálica y sonora; por la viveza de su mirada, abierta y límpida. Miguel llamaba la atención por lo contrario: por lo visiblemente fingido de sus ademanes y palabras; por cierto velo en la voz empañada, silbosa, enronquecida y poco grata al oído; por cierta falta de energía y de fuego en los ojos, que nunca sostenían por más de un segundo la mirada escudriñadora del interlocutor curioso de averiguar lo que tras ella pudiera ocultarse.
Tan varonil éste como aquél, buscaba, sin embargo, de preferencia, y a todo momento, la compañía de las mujeres, con las cuales entreteníase en discutir sobre modas, siendo capaz como ninguno de hacer la más afilada y chistosa crítica sobre un traje mal concebido o mal llevado. En suma: había entre ambos la misma diferencia que existe entre una moneda de oro verdadero, y otra semejante de metal sin valor -nueva, reluciente, primorosamente acuñada- pero falsa.
Diestro en artificios amatorios y seducciones de salón, era Miguel Viturbe, a la vez, gran jugador de whist y de bésigue; prestidigitador de sociedad; declamador de monólogos en francés; músico consumado y acérrimo cotillonista. Usaba monocle y llevaba siempre en la mano, y vuelto al revés, un enorme bastón con el cual jugueteaba incesantemente, balanceándolo y luciéndolo girar entre sus macizos dedos de boxeador.
Era, además, ocioso, noctámbulo y amigo de cenas y jolgorios, y acostumbraba distribuir las horas de su existencia entre el club, sus diversiones y la cama, a la cual, como todo buen vividor, dedicaba el tiempo que otros que no lo son, destinan al trabajo. No ponía un pie en la Bolsa y de ello hacía ostentación, con grande agrado de la madre de Lucía, quien le elogiaba a menudo por esta virtud.
Pero, en cambio, tenía Miguel desarrolladas en extremo dos pasiones: la pasión por los caballos, y la pasión por las armas. Sus talentos en ambos casos eran considerables.
Tipo perfecto, no del sportman, sino del dandy del sport, habíase leído de cabo a rabo cuantos libros de caballerías cayeran en sus manos, llenándosele la cabeza de tales lecturas; bien así como al famoso hidalgo de la Mancha se le llenara en otro tiempo la suya de lo propio; con la única diferencia de que mientras a éste habían interesado con particularidad las hazañas del jinete -su héroe, a aquel trastornábanle el seso tan sólo las de la cabalgadura- su dios: diferencia esencial entre dos quijotismos de índole distinta, pero que, por parecidos caminos, conducen a idéntico fin: la monomanía.
De esta manera, sabíase Viturbe de memoria -y entusiasmábase con invocarlos-, los menores detalles de las vidas de caballos célebres, pudiendo decir a punto fijo cuáles eran los vacíos más notables en los pedigrees que pasaban por las manos de sus amigos, y hallándose en el caso de disertar, con la autoridad de un discípulo de Lord Palmerston, sobre los orígenes de Eclipse, Orlando o el White Turk.
Una simple mirada bastábale para saber si el potrillo X o la yegua Z eran aptos para la carrera o para el paseo, para la caza o para el tiro; y si por sus formas y externas demostraciones tendría el petizo tal más mañas que cualidades, o más imbecilidad que inteligencia.
No era, sin embargo, Miguel, el acaudalado y progresista criador -hombre de gusto y de trabajo que posee en sus estancias valiosos tipos de las más nobles razas caballares extranjeras, cuyos productos tiende a difundir con laudable empeño y beneficio público, dentro del país que habita -era el desheredado de la fortuna, que, sin elementos para realizar tal propósito, busca, ante todo, en la pasión que lo domina, un medio de hacerse notar, de procurarse fondos por los azares del juego, y de sentar plaza de elegante.
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