Capítulo I: Los cazadores furtivos
Fridolín era un niño precioso, que tenía un corazón excelente y estaba siempre de muy buen humor. Un día encaminose muy temprano al bosque a coger ramas secas. Él fue quien el verano anterior, a pesar de sus pocos años, llevó a cuestas a la choza casi toda la leña que había de servirles para calentarse durante el invierno. Gozoso de poder ayudar a sus padres en sus penosas tareas, se dirigió aquel día al cercano bosque y empezó a trabajar. Recogió cuantas ramas secas pudo encontrar, y no descansó hasta que hubo reunido mucha leña; tanta como sus débiles fuerzas le permitían llevar.
Cargado con el pesado haz, se encaminó a su casa. Al salir del umbrío bosque entró en un delicioso valle, al cual daban luz y calor los ardientes rayos del Sol. Por entre la hierba, cuajada de flores, deslizábase un riachuelo, junto al cual crecían diversas plantas y espinosas zarzas. Fridolín le remontó hasta su nacimiento, en donde el agua límpida y cristalina brotaba de una roca a la que daba sombra una corpulenta encina. A poca distancia vio las primeras fresas del año: cogió muchas, y luego se sentó al pie del árbol para comer su modesto almuerzo, que consistía en un pedazo de pan moreno. Bebió el agua fresca y clara del manantial, y las rojas fresas le sirvieron de postre.
Pero antes de empezar a comer se quitó la gorra, cruzó sus manitas, y elevando el alma a Dios, rezó con ese infantil candor que rara vez se encuentra entre los ricos, los cuales se sientan ante mesas cubiertas con preciosas vajillas y llenas de diversos manjares, sin tomarse el trabajo de bendecir al Autor de todas estas mercedes. En cuanto a Fridolín, la alegría y el apetito sazonaban su frugal almuerzo.
-¡Oh! -pensaba-. ¡Cuán feliz debo considerarme, porque puedo venir a comer a la sombra de este árbol tan hermoso! ¡Qué bien sabe el pan cuando se lo gana uno con su trabajo! ¡Vos, oh Dios mío, me dais todos los días pan, salud y apetito! ¡Cuánto os lo agradezco! ¡Qué fresca y qué agradable es esta sombra! Ni el mismo rey puede almorzar tan ricamente. Verdad es que mi mesa no es tan suntuosa como la suya: los ricos tienen blancos manteles; el mío es de color verde brillante y está cuajado de flores silvestres tan lindas, que no podría hacerlas más bonitas la más hábil bordadora. Mi postre -añadió sonriendo y mirando las fresas- ha sido preparado por alguien cuyo poder es superior al del mejor confitero de la ciudad: por el mismo Dios. No estoy rodeado de guardias; pero los árboles me ofrecen su deliciosa sombra, y vosotros, queridos pajarillos, que revoloteáis de rama en rama, me obsequiáis con una música que vale tanto como otra cualquiera.
En tanto que Fridolín hablaba de esta suerte consigo mismo vio salir de un espeso bosquecillo situado en la cima de la colina una corza seguida de su cría.
El animalito permaneció inmóvil durante un segundo, miró tímidamente en torno suyo enderezando las orejas, y bajó luego al valle, levantando con delicadeza sus finas patitas para saltar por encima de los setos y de los troncos: el corzo brincaba junto a su madre. Ésta, después de beber en el manantial, se puso a pastar, en tanto que su cría saltaba alegremente por el prado.
Ante aquel espectáculo, completamente nuevo para él, Fridolín permanecía inmóvil; apenas se atrevía a respirar. Su corazón latía de contento.
-¡Qué animales tan lindos! -pensaba-. ¡Qué formas tan graciosas, y qué vivacidad! ¡Cuánto me alegro de haber venido hoy al bosque! Todos los días admira uno algo nuevo.
En aquel momento oyose una detonación, que retumbó en el bosque como un trueno. Fridolín se asustó tanto, que por poco rueda hasta el pie del cerrillo en que se había sentado: el pobre niño temblaba de miedo. Aquel ruido era el disparo de un arma de fuego. La corza, tendida en el suelo, agitábase en las convulsiones de la muerte lanzando angustiosos quejidos, y a su lado su hijito parecía compartir su dolor.
Pocos instantes después salió de entre unos matorrales un muchacho de tez pálida y con el traje destrozado. En la mano llevaba una escopeta, y precipitándose sobre el animal al cual acababa de herir, le remató a culatazos.
-¡Ah! ¡Ah! ¡Esta vez no erré el tiro! ¡Por fin caíste en mi poder! -decía.
Un individuo mal encarado, con el pelo sucio y enmarañado, la barba revuelta y cubierto de andrajos, apareció en aquel momento con una escopeta mohosa bajo el brazo. Aquel hombre cogió la corza que había matado el muchacho, se la echó al hombro, y al ver a Fridolín huyó velozmente.
Más animoso el niño, detúvose un instante, miró fijamente al bueno de Fridolín, y escapó como su compañero.
Fridolín, que aún no se había repuesto del susto, estaba estupefacto.
-Son cazadores furtivos -se dijo-. ¡Parece mentira que tengan valor para matar a un animalito delante de su cría, que queda expuesta a morirse de hambre! Se conoce que no tienen la conciencia muy tranquila, cuando al ver a un débil niño como yo tiemblan y huyen despavoridos. ¡Ah! ¡Esta mala acción no les traerá buena suerte!
En aquel instante salió el corzo de entre la matas en que se había escondido cuando aparecieron los cazadores. El pobre animalito iba de aquí para allá buscando a su madre. Fridolín se acercó muy despacito al corzo, que se acurrucó entre la hierba al pie de una encina, y empezó a acariciarle, diciendo:
-¡Ah! ¡Pobre animalito; cuán digno eres de lástima! Ya no tienes madre, y vas a morirte de hambre; porque, por lo que veo, aún no tienes dientes para comer hierba. ¡Pobrecito, cuánto te compadezco!
Entretanto Mauricio, el guarda, que a la sazón prestaba servicio en el bosque, acudió al sitio en donde había oído el disparo. Desde lejos vio a Fridolín arrodillado junto a un matorral y acariciando a un corzo, y tuvo el capricho de esconderse detrás de un árbol para escuchar y observar al niño.
Fridolín seguía acariciando y contemplando al animal con extraordinaria complacencia.
-¡Qué bonito eres! -decía-. ¡Qué manso pareces! ¡Cómo me miras con tus ojazos negros! ¡Cómo contrasta tu pelo oscuro junto a la blancura de tu pecho! ¡Y qué bien te sienta esa manchita negra que tienes en el hocico! ¡Cuánto me gustaría llevarte a casa y cuidarte y criarte! Pero no me atrevo; no me perteneces: perteneces al guardabosque. Voy a llevarte a su casa. ¡Con tal que no te mate! No, no te matará: se lo rogaré tanto, que te dejará vivir; es más, tal vez encuentre el medio de criarte.
Mauricio, que de árbol en árbol se había deslizado, sin ser visto, hasta esconderse tras la corpulenta encina, oyó al niño. Sonreía satisfecho mientras se acariciaba la barbilla. Cuando Fridolín se levantó para marcharse llevando en brazos al corzo, vio al guardabosque, y se asustó mucho; pero el excelente Mauricio le dijo con bondadoso acento:
-No tengas miedo, hijito; no te haré ningún daño. He oído todo lo que le has dicho a este pobre animalito, y sé que tenías la intención de entregármelo. Pues bien; si quieres, te lo regalo: llévatelo a tu casa. Te será fácil criarle con un poco de leche de vaca mezclada con agua. Cuando sea un poco más grande y tenga dientes, comerá hierba y se alimentará por sí solo.
Loco de alegría, dio Fridolín las gracias a Mauricio, y con el haz de leña a la cabeza y el corzo bajo el brazo se dispuso a regresar a su casa.
-¡Adiós, amiguito! -díjole el guarda.- ¡Sé siempre probo y honrado, y seguramente serás dichoso!
Capítulo II: El corzo
Al llegar a su casa dejó Fridolín el haz de leña en un rincón y se apresuró a buscar a su madre para enseñarle su corzo.
-¡Desgraciado! -exclamó.- ¿Qué has hecho? ¡Has cogido este corzo en el bosque! Es como si le hubieses robado. Si el guarda lo supiera, no te dejaría volver a poner allí los pies, y este invierno te morirás de frío; porque ¿adónde iríamos por leña para calentarnos? ¡Quién sabe si te meterán en la cárcel para castigarte por haber robado! Y aun cuando este robo quede oculto a los ojos de los hombres, ¿crees tú que Dios lo ignora y que no piensa en castigarlo más adelante? ¿Cómo te has atrevido a cometer semejante acción delante de Aquel que todo lo ve? Mira, Fridolín: te mando que lleves inmediatamente este corzo al bosque, al mismo sitio en donde le has cogido, para que este pobre animalito pueda encontrar a su madre. Al mismo, sitio, ¿lo oyes? y corriendo.
-Pero, mamá, -respondió Fridolín,- escuchadme dos palabras antes de enfadaros.
Entonces le contó lo que había sucedido en el bosque, y le explicó cómo el guarda le había regalado el lindo corzo.
-¡Muy bien! -dijo la madre- Eso ya es otra cosa. Pero ¿cómo te arreglarás para criar y dar de comer a este animalito? Por la mañana sólo tomas un tazón de leche, un pedazo de pan moreno y unas patatas; ¿y todavía quieres partir tu almuerzo con tu corzo?
-¡Ah! ¿Y por qué no? -replicó alegremente Fridolín- ¿No debemos sacrificar gustosos parte de lo que poseemos para socorrer a los necesitados? ¿No debemos ser misericordiosos hasta con los animales? Sería una infamia dejar morir de hambre a este animalito. Vos misma me habéis dicho muchas veces que a los ojos de Dios no hay limosna más meritoria que la que un pobre da a otro pobre. Si me dais permiso para que me quede con este pobre corzo, lo que le dé para criarle será también una especie de limosna, y estoy seguro de que Dios me recompensará por ello algún día.
Sonrió la bondadosa madre, y ya no opuso ningún reparo. Fridolín crio el corzo dándole la mitad de la leche que a él le daban, le preparó en un rincón de la casa una blanda cama de paja, y le cuidó con el mayor esmero.
Al poco tiempo el animalito se dio cuenta de los cuidados de su amo; conocía su voz, salía a recibirle cuando el niño entraba en la casa, y, por último, se acostumbró a seguirle a todas partes, hasta al bosque.
Fridolín no tenía que tener el menor temor de que su fiel cervatillo se le escapara. Muchas veces, cuando se ocupaba en coger leña o en buscar fresas el corzo se alejaba para pastar durante unos segundos; pero cuando Fridolín, cansado del trabajo, se sentaba al pie de un árbol con objeto de reposar, se acercaba el animalito a su amo y se acostaba junto a él para descansar también.
Todo el mundo admiraba la belleza de aquel animal. Al principio cuando Fridolín volvía a su casa con el haz de leña en la cabeza y seguido de su corzo, que le obedecía con la inteligencia y la docilidad de un perro, casi siempre le acompañaba hasta la puerta de su casa un tropel de alborotadores chiquillos que le contemplaban con admiración.
El hijo de un rico propietario del pueblo fue un día a visitar a los padres de Fridolín, y quiso comprar el corzo; pero Fridolín le contestó que no lo vendería aunque le dieran doscientos francos.
-¡Bah! -exclamó su madre.- ¡No pensarás siempre lo mismo!
Tomó entonces el padre la palabra y dijo a su mujer:
-Deja que nuestro hijo disfrute tranquilamente de lo que constituye su única alegría. Fridolín nos enseña que hasta el más pobre puede encontrar en este mundo alegrías y goces que no le cuestan un cuarto, y a los que no renuncia aunque le ofrezcan un imperio. Tú te entretienes con tu jardincito, te complaces en ver tus judías con sus flores color de fuego y tu lindo rosal; yo nunca estoy más contento que cuando me ocupo en cuidar los dos manzanos que yo mismo he plantado delante de nuestra puerta, y el contemplar las frondosas ramas del peral que da sombra a nuestra choza me produce singular satisfacción. Pues bien; Fridolín cifra toda su alegría en su corzo.
El que se conmueve al ver las bellezas de la Naturaleza, se complace en contemplar las innumerables obras hechas por la mano de Dios y sabe atribuirlo todo a la gloria del Eterno, ése, por pobre que sea, se considera siempre rico, porque en todas partes hallará objetos que le interesen y placeres puros e inocentes, infinitamente superiores a las fútiles y peligrosas diversiones del mundo.
Capítulo III: Los padres de Fridolín
Nicolás y Margarita, los padres de Fridolín, vivían a la salida de la aldea de Haselbach. Su choza, techada con bálago, parecía tan antigua como el peral centenario que le daba sombra. Una espesa capa de musgo cubría el tejado, y contrastaba por su verdor con el color grisáceo de las paredes.
Junto a la casa había un huertecillo que no ocupaba mayor espacio, y que estaba rodeado por un seto de espinos. Al ver una choza tan pobre y un huerto tan pequeño, los transeúntes no podían menos de decir:
-Los habitantes de esa cabaña deben de ser bien pobres.
Y, sin embargo, aquella pobreza no era un obstáculo para que Nicolás fuese el hombre más alegre de toda la comarca. Los ricos agricultores en cuyas tierras trabajaba en las faenas de la siega o de la trilla envidiaban su carácter, siempre jovial, y solían decirle:
-¿Cómo puedes estar siempre tan tranquilo y tan alegre, siendo, como eres, más pobre que Job?
-Os equivocáis -respondía Nicolás:- no soy tan pobre como creéis. Tengo un padre inmensamente rico que nunca me deja carecer de lo necesario: el Padre Eterno. Y además -añadía riendo-, bajo los harapos que me cubren guardo un tesoro que no daría por cien mil francos: este tesoro es una conciencia pura. Por otra parte, tengo salud, gracias a Dios, y dos buenos brazos para ganar mi pan y el de mi mujer y mi hijo. ¿Por qué voy a estar triste?
Margarita no siempre podía compartir la constante serenidad de su marido: muchas veces la oían lamentarse de ser pobre.
-¡Qué poco juicio tienes! -dijo a su marido una tarde que éste silbaba una canción mientras afilaba la hoz para ir a segar al día siguiente-. ¡Qué poco juicio tienes! ¡Nunca piensas en nada!
-¿En nada? -contestó Nicolás, riendo-. ¡Pues me gusta! ¡Estaría bueno! ¿No ves que estoy afilando la hoz para que mañana corte mejor? ¿En qué quieres que piense además?
-No tenemos un cuarto en casa. ¿Qué sería de nosotros si nos sucediese una desgracia?
-¡Ah! Si tuviésemos que tener dinero guardado para remediar todas las desgracias que pueden ocurrirnos, necesitaríamos una cantidad enorme. ¿Crees tú que hay en el mundo alguien que tenga el dinero suficiente para evitar todos los males que puedan sobrevenirle?
-¡Ay! Demasiado sabes que hay en la comarca una epidemia, y que también nosotros podemos enfermar.
-¡Claro que podemos enfermar! Pero ¿a qué atormentarnos por adelantado? Las preocupaciones y las penas no son nada a propósito para conservar la vida: por el contrario, son muy malas para la salud. Si cayésemos malos y no pudiésemos trabajar, Dios nos ayudaría: Él sabe mejor que tú lo que nos conviene. Su protección nos será provechosa, en tanto que tus preocupaciones no sirven para nada.
-Siempre dices lo mismo; pero la verdad es que si muriésemos, no le dejaríamos nada a nuestro Fridolín.
-¿Nada? -exclamó Nicolás levantándose y dejando su hoz.- Te equivocas, Margarita. Yo, por el contrario, creo que le dejamos algo que vale más que una talega de dinero: una sólida instrucción cristiana y una buena educación. ¿Hay en el mundo un tesoro más precioso que el temor de Dios, el amor al trabajo, la modestia en los deseos y el horror al pecado? ¿Crees que semejante tesoro es una herencia despreciable? ¿No te parece que podemos considerar asegurada la felicidad de Fridolín mejor que si le dejásemos una gran fortuna? Procuremos educar a nuestro hijo en los principios de la piedad y de la virtud, y no nos preocupemos de su porvenir. Aunque pobre, siempre estará alegre y satisfecho como yo. Un corazón alegre y libre de penas: ¿qué más podemos desear en este mundo? ¿De qué sirve el dinero cuando esto falta? Confiemos en Dios, querida, seamos buenos, estemos alegres, y siempre seremos felices.
Capítulo IV: El herido
Nicolás consiguió por fin comunicar a su mujer su confianza en Dios y su alegría. Vivían felices y satisfechos, consagrados a la religión y a la virtud. Su hijo, cuyo corazón iban formando con su ejemplo más bien que con sus prudentes consejos, respiraba a su lado la honradez y la piedad, como se respira el aire. Los imitaba, y los tres vivían en la más dulce intimidad.
Pero una terrible desgracia sumió en la desesperación a esta simpática familia.
Hallábase un día Nicolás en el bosque haciendo provisión de leña, en tanto que otros leñadores a pocos pasos de distancia derribaban una corpulenta encina.
Por imprevisión, el árbol cayó repentinamente hacia el lado en donde trabajaba Nicolás. Los leñadores dieron grandes gritos para avisarle; pero no pudo huir con la ligereza necesaria, y una rama muy grande le alcanzó y le tiró al suelo. Se hizo varias heridas, entre otras una muy grave en el brazo derecho. Acudieron todos los obreros a socorrerle; le vendaron con sus pañuelos, y haciendo inmediatamente una especie de camilla, le llevaron a su casa.
Fridolín y su madre se asustaron mucho al oír los gritos de la multitud que se había reunido en la calle; pero ¡cuál no sería su espanto cuando desde la ventana vieron al pobre Nicolás en la camilla, más pálido que un muerto! Bajaron apresuradamente derramando un torrente de lágrimas.
-No os desesperéis de ese modo -les dijo el herido.- Dios es quien os envía esta desgracia. No se mueve una hoja sin que Él lo disponga: ha permitido que un árbol me alcanzase al caer. Aceptemos sin murmurar los sufrimientos que se digne enviarnos, y Él sabrá hacer que redunden en provecho nuestro. Todo lo que Dios hace está bien hecho: esta dulce convicción basta para dulcificar las amarguras de nuestra situación.
Fridolín corrió a buscar un médico. Éste, cuando hubo examinado la herida del brazo, dijo que le parecía muy grave pero que confiaba en curarla. Sin embargo, la herida, en lugar de mejorar, tenía un aspecto cada vez más alarmante, y un día al levantar el apósito dijo el médico moviendo la cabeza que tal vez fuese necesario cortar el brazo. ¡Figúrense nuestros lectores el terror de la madre y del niño!
Margarita, consternada, tomó inmediatamente el partido de ir a un pueblo inmediato para rogar a un médico muy célebre que allí vivía que fuera a asistir a su marido. El doctor era muy hábil, efectivamente; pero, por desgracia, era también muy interesado, y en cuanto supo que iban a buscarle para asistir a un jornalero, no quiso molestarse en hacer una caminata de tres leguas. Limitose, pues, a prescribir las plantas que debían aplicar en compresas sobre la herida, asegurando que aquello bastaría para curarla. Margarita, temiendo que estas palabras fueran un vano consuelo, le suplicó de rodillas que fuese a ver a su marido; pero no pudo conseguirlo.
Desesperada y con los ojos encarnados de tanto llorar, regresó a su casa, y apenas hubo dado cuenta a su marido del mal resultado de su viaje, añadió:
-¡Ah! ¡Ahora sí que estoy convencida de que el ser pobre es una gran desgracia!
Pero el prudente Nicolás le respondió:
-No te aflijas de ese modo, Margarita, y guárdate de tener más confianza en un despreciable metal que en Dios vivo. Los médicos me abandonan. Pues bien; el Señor nos ayudará. Él sabrá derramar un bálsamo bienhechor en mis heridas, y sanaré, si tal es su voluntad. Tranquilízate. Él sabe que somos muy pobres, y no nos abandonará.
El pobre Fridolín no cesaba de llorar. Estaba muy pálido, y su alegría había desaparecido; apenas hacía caso a su corzo, al que tanto quería, y siempre estaba rezando para que Dios curase a su padre.
-¡Señor -decía,- tened compasión de nosotros; ayudadnos antes de que sea tarde; dignaos cumplir vuestra promesa, Dios misericordioso y amantísimo, porque nos habéis dicho: «¡Invócame en la desgracia, y yo te ayudaré, y tú me glorificarás!»
Capítulo V: El socorro del cielo
A una legua de la aldea de Haselbach, al otro lado del bosque, alzábase el castillo del Conde de Finkenstein. Un día, después de almorzar este señor, que era muy aficionado a la caza, se dirigió al bosque acompañado del hermano de su mujer, comandante del ejército, el cual había ido a pasar unos días en su casa. Federico, el hijo del señor de Finkenstein, había obtenido permiso para ser de la partida. Mauricio, el guarda, los acompañaba también. Después de recorrer el bosque sin encontrar una sola pieza, Mauricio, deseoso de proporcionar al hijo de su amo el placer de disparar por lo menos un tiro, dijo a Federico:
-¿Veis ese prado de trébol junto a ese grupo de avellanos? Apostaría cualquier cosa a que ahí hay alguna liebre escondida. Vamos a verlo; pero mucho cuidado, no vayáis a errar el tiro.
En cuanto Mauricio hubo indicado a Federico el mejor sitio, y no bien los otros dos cazadores se hubieron puesto también en acecho, penetró en el bosquecillo con un excelente perro de caza y lo recorrió en todos sentidos. De pronto ladró el perro: el lindo corzo de Fridolín salió de entre unos matorrales, y se quedó parado a unos treinta pasos del sitio en que se encontraba Federico. Apuntó éste, salió el tiro, y el corzo, asustado, echó a correr. Afortunadamente, el lindo animalito no estaba herido, y Federico le siguió con los ojos, algo contrariado.
Se quedó mudo de asombro al ver que el corzo corría velozmente hacia la aldea, cruzaba con extraordinaria rapidez el estrecho tablón que hacía las veces de puente en el arroyo del molino, y se metía después resueltamente, y como el que entra en su casa, en la primera choza del lugar.
El Conde y el Comandante se acercaron a Federico y le preguntaron si había matado algo. El niño les respondió que había tirado a un corzo, pero que había errado el tiro, y que el corzo se habla refugiado en una choza a la entrada de la aldea, metiéndose en ella sin la menor vacilación.
Federico ignoraba que se pudiera domesticar a los corzos. Lo supo por Mauricio, el cual le contó la historia del lindo animal que en otro tiempo regaló a Fridolín. El Condesito, deseoso de ver de cerca al precioso corzo, pidió permiso para dirigirse a la choza. Concediéronselo, y con toda la ligereza propia de su edad corrió a la cabaña, en tanto que su padre, su tío y Mauricio le seguían lentamente.
Cuando llegó a la habitación, en extremo modesta, pero muy limpia donde el pobre Nicolás yacía en su lecho, vio Federico a Fridolín sentado en un banco partiendo su pan con el corzo, que de pie ante su amo cogía los pedazos de su misma mano. El que más comía era el corzo, porque en aquel momento de amargura el pobre Fridolín no tenía apetito.
Federico no hizo gran caso del enfermo; no tenía ojos más que para contemplar al gracioso animalito. Estaba entusiasmado al verle tan manso, tan sociable y poder acariciarle sin que se espantase.
Entretanto llegaron a la choza de Nicolás los dos caballeros y Mauricio. Entonces dijo el Comandante a su cuñado:
-Puesto que este pueblecillo te pertenece, voy a recorrerle, porque no le conozco todavía. Espérame en esa choza con Federico. No tardaré en volver.
Alejose el Comandante con el guarda, y el Conde entró en la cabaña. Al ver al enfermo mostró gran interés, y le interrogó bondadosamente por la causa de sus sufrimientos. En aquel momento llamó Federico a su padre y le dijo en voz baja que preguntase si querían venderle el corzo.
-Le dejaré correr por el parque del castillo -dijo- y os aseguro, papá, que disfrutaré mucho viendo constantemente a este lindo animalito.
Fridolín adivinó inmediatamente el deseo del Condesito y acercándose, le dijo:
-Hace mucho tiempo, me ofrecieron una cantidad bastante grande por mi corzo, y la rehusé porque no quería venderle; pero en este momento le vendería con mucho gusto, porque el dinero que me dieran por él serviría para pagar al cirujano de la ciudad, que de este modo vendría a curar a mi padre.
El señor de Finkenstein, conmovido al ver el amor filial de aquel excelente hijo y la angustiosa situación del padre, dio tres escudos de seis francos a Fridolín, el cual, como nunca había visto tanto dinero junto, se creyó inmensamente rico. Al aristócrata no le parecía tan grave el estado del herido, por lo que iba a retirarse limitándose por el momento a esta limosna. Pero en la angustiosa situación en que se hallaba aquellos dieciocho francos no le hubieran servido de mucho al pobre Nicolás si Dios, cuya sabiduría y bondad son admirables, no hubiese hecho que su enfermedad y hasta sus dolores fueran para él una fortuna. Así pues en aquella circunstancia el Todopoderoso mostró toda su bondad como quien sabe preparar anticipadamente y enviar en el momento más propicio el auxilio que necesita el hombre en momentos de angustia.
Capítulo VI: El encuentro
En tanto que conversaban el Conde, su hijo y Fridolín, el Comandante, que venía a reunirse a sus parientes, entraba en la habitación. Era un buen mozo, de elevada estatura, y tuvo que quitarse su sombrero adornado con una pluma para no tropezar con el techo. Se sentó cerca de la cama del enfermo; pareció interesarse mucho por él; le interrogó sobre su posición, y, entre otras cosas, le preguntó si no tenía en la aldea algunos parientes o amigos que estuviesen en disposición de ayudarle.
Respondió Nicolás que no había nacido en aquella aldea, y que no tenía en ella ningún pariente.
-¿De dónde sois, entonces? -preguntó el Comandante.
-He nacido en Grunval, un pueblecito que está a treinta leguas de aquí.
-¡Ah! ¡Sois de Grunval! Conozco mucho ese pueblo, y me acordaré de él mientras viva, porque allí me vi comprometido en una aventura que hubiese podido tener para mí funestas consecuencias a no ser por la oportuna intervención de un tal Nicolás Warner que me salvó de un peligro inminente.
-Ese es mí nombre -dijo el enfermo;- yo me llamo Nicolás Warner.
-¡Cómo! ¡Os llamáis Nicolás Warner! ¡Sois de Grunval! -exclamó fuera de sí el Comandante, cogiendo por una mano al enfermo y contemplándole atentamente sin añadir una palabra.
Por último dijo:
-Sí, sois vos efectivamente. Aunque no os he visto más que una vez en mi vida jamás olvidaré vuestras facciones. ¡Habéis cambiado mucho! Entonces estabais radiante de juventud, y vuestro cutis era terso, fresco; hoy os vuelvo a ver pálido y tostado por el sol. Pero esos ojos negros, tan dulces y tan expresivos al mismo tiempo siguen siendo los mismos y los reconozco perfectamente.
-Me parece que me tomáis por otro; no recuerdo haberos visto nunca.
-¡Oh! Sí, estoy seguro de que me habéis visto, y puesto que según parece lo habéis olvidado, voy a recordaros el sitio y las circunstancias en que se efectuó nuestro encuentro. Escuchadme; es una aventura de mi juventud.
Un día, tenía yo entonces diez y ocho años, atravesaba a caballo el bosque que hay cerca de Grunval y me dirigía a casa de un condiscípulo, con el cual iba a pasar las vacaciones. Mi traje era lujoso y mi maletín, sujeto a la grupa, estaba muy bien provisto. Iba a ponerse el sol, y yo seguía tranquilamente mi camino a través del bosque, cuando, de repente, una voz terrible me gritó desde unos matorrales: «¡Alto! ¡Detente!» Mi caballo salió al galope. Inmediatamente me hicieron fuego, sentí silbar la bala. Un instante después, resonó otro disparo en el bosque y la bala penetró en mi maletín, en donde la encontré después. Todavía la conservo como recuerdo. Al mismo tiempo oí los pasos de los ladrones que me perseguían gritando: «Párate, párate o eres hombre muerto!» Mi caballo volaba y yo tenía la seguridad de librarme de ellos. Desgraciadamente el camino era malo y en cuesta y mi caballo cayó al suelo y me cogió debajo. Como no me hice ningún daño, no pensé más que en levantarme rápidamente; pero en el momento en que iba a volver a montar, me alcanzó uno de los bandidos y se abalanzó a mí, sable en mano; iba a abrirme la cabeza de un sablazo. En aquel instante salió del bosque un joven robusto, con un haz de leña al hombro y un garrote en la mano. Verme en tan peligrosa situación, tirar la leña al suelo, volar en mi socorro y dar al bandido un vigoroso golpe en el brazo, fue para el generoso joven cosa de un segundo. Mi agresor dejó caer el sable y desapareció por entre los árboles lanzando espantosos alaridos. Yo recogí inmediatamente el arma que había caído a mis pies y me hallé en disposición de defenderme contra el otro malhechor, que me había alcanzado y me atacaba impetuosamente. Era un hombre de gigantesca estatura y de imponente aspecto; manejaba el sable con más habilidad que el maestro de esgrima que me daba lecciones, y seguramente hubiese acabado yo por sucumbir en lucha tan desigual, si el joven no le hubiera dado con su nudoso garrote dos palos tan terribles en la espalda, que el bandolero, viéndose perdido, aprovechó un momento oportuno, franqueó de un salto la cuneta del camino y desapareció en el bosque. Pues bien -añadió el Comandante dirigiéndose al Conde,- el valeroso joven que fue mi ángel guardián, el que me salvó la vida, es el pobre Nicolás: decid, amigo mío, ¿no fuisteis vos?
-Sí, señor, yo fui; todavía recuerdo que aquel día llevabais una casaca verde bordada en oro y un sombrero adornado con una pluma blanca. Vuestro caballo alazán tenía una mancha blanca en la frente, y apenas podía andar, porque al caer al suelo se había lastimado las patas delanteras. Tuvisteis que llevarle del diestro y hacer el resto de la jornada a pie; yo os acompañé. Pero ahora no me hubiese sido posible reconocer en este caballero de marcial continente al jovencito esbelto y de tez delicada que conocí en aquella época.
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The end
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