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Coloquios espirituales y sacramentales y poesías sagradas

Fernán González de Eslava · 1877 · Free in the US

21,709 words · about 1 h 31 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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Author
Fernán González de Eslava
Language
Spanish
Published
1877
Length
21,709 words · about 1 h 31 min
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Y POESÍAS SAGRADAS

SEGUNDA EDICION,

Portada

Y POESÍAS SAGRADAS

SEGUNDA EDICION,

Introducción

a gran popularidad que alcanzaron en España las representaciones religiosas, especialmente en los siglos y , época de su mayor lustre, es un hecho innegable que bastaria para justificar el interes con que hoy se mira esa rama importantísima de la literatura española, aun cuando no lo aconsejaran así razones de mayor peso. No es mi ánimo relatar el origen y vicisitudes de esos espectáculos, y ménos calificar el mérito y oportunidad de ellos. Vasto asunto es ese, que ha dado ocupacion á escritores distinguidos. Pero al reproducir una colección mexicana de obras de ese género, me considero casi obligado a decir algo acerca de las representaciones religiosas de México, en los años que mediaron entre la conquista y el fin del siglo .

Católicos fervientes los conquistadores y primeros vecinos de esta tierra, no podian ménos de continuar en ella las fiestas religiosas de su patria. Pero habia aquí nuevas razones para celebrarlas con mayor solemnidad. El pueblo idólatra cuya conversion se procuraba con tanto empeño, estaba habituado á las frecuentes fiestas de su cruenta religion, y no era bastante haberlas abolido, sino que convenia mucho sustituirlas con otras que ocuparan la imaginacion de aquellos neófitos, y que, por el contraste con las antiguas, les hicieran comprender, hasta de un modo externo y material, la inmensa ventaja que los nuevos dogmas llevaban á las erradas creencias en que ántes hablan vivido. ¿Quién, por rústico que fuera, no habia de notar la diferencia entre el devoto sacerdote católico, revestido de sus simbólicos ornamentos, y el feroz ministro de Huitzilopochtli, greñudo, tiznado y cubierto con la ensangrentada piel del prisionero que acababa de inmolar? ¿Qué comparación cabia entre la horrenda piedra de los sacrificios, siempre destilando sangre humana, y la purísima ara donde era ofrecido el Cordero sin mancilla? ¿Cómo no preferir los acentos de música acordada, al lúgubre tañido del teponaxtli, precursor de la matanza? ¿Cómo no sentir aliviado de un gran peso el ánimo al ver por todas partes flores, luces, adornos, danzas y regocijo, en vez de inmundicia, sangre, tormentos y muertes? Y sobre todo, ¿era posible que álguien recordara entonces sin horror aquellos festines de antropófagos, digno remate, no de fiestas sino de abominables crímenes, cuando la nueva religion venia á ofrecerle la participacion del Sagrado Pan Eucarístico en el sacrificio incruento del Altar? Bien hicieron, pues, los misioneros en ostentar á la vista del pueblo, poco ántes infiel, todo el brillo de las ceremonias cristianas. Para ello aprovecharon cuantos medios les sugirió su celo, y dieron, con justicia, lugar preeminente á los autos ó representaciones de asuntos sagrados, no ya tan solo por seguir el uso de la madre patria, sino más todavía para que «la indocta muchedumbre apreciara y comprendiese debidamente los grandes misterios de la religion cristiana, y hallase en representaciones vivas la saludable doctrina» que por la escasez de operarios evangélicos no podia difundirse con la presteza necesaria entre unos conversos que, sobre ser innumerables, hablaban lenguas muy diversas, y no conocian el maravilloso arte de la escritura. Faltando el auxilio de los libros, era muy del caso poner en acción lo que ellos enseñaban.

Dos pueblos, del todo distintos y apartados, ocupaban entonces este suelo, y de ahí resultó forzosamente la necesidad de apropiar las fiestas al estado social de cada uno, y á su idioma. Los españoles avecindados en México continuaron, como era natural, celebrándolas á su modo; pero los misioneros tuvieron que modificarlas en cuanto á lo externo y material. Desde luego se vieron precisados á componer ellos mismos las piezas que habian de repre- sentarse, ó por lo ménos á traducirlas y acomodarlas á la capacidad de los oyentes; tarea en que más adelante les ayudaron los colegiales indios de Tlatelolco. Tambien el lugar de la escena era muy otro. Los templos, aunque grandes y suficientes para los dias ordinarios, no bastaban á contener el numeroso concurso de las grandes solemnidades, y fué preciso inventar las capillas de muchas naves con el frente descubierto, para que la multitud congregada en los amplísimos atrios, gozara de las ceremonias y festejos. Modelo de tales capillas fué la famosa de S. José de México, construida por Fr. Pedro de Gante, y que venia á ser como la catedral de los indios; tan superior á la de los españoles, que estos mismos la preferian para sus fiestas extraordinarias. En ella se hicieron el año de 1559 las suntuosas exequias del Emperador Cárlos V. Pero ni ese ensanche bastó á los indios, quienes acabaron por sacar á campo abierto el regocijo que no cabia ya en templos ni atrios, aprovechando la carrera de las procesiones, para ostentar en toda ella sus invenciones de enramadas, arcos de flores, altares, músicas y danzas. Así pudieron también aumentar el aparato de las representaciones, y elegir asuntos que no se avenian á encerrarse en las iglesias ó en los patios. Los indios mismos eran, por supuesto, los actores, y parece que no desempeñaban mal sus papeles ; pero no hallo mencion de actrices, que acaso se suplian con muchachos. No era extraño, por otra parte, á los indios el oficio de representante, porque en su gentilidad le usaban, haciendo entremeses ó farsas, en que algunas veces se disfrazaban de animales; costumbre que conservaron aun en las fiestas cristianas.

En casi todas estas se representaban pasajes de la Escritura, y nunca se omitia el auto del ofrecimiento de los Reyes Magos al Niño Dios, en el dia de la Epifanía: festividad que los indios consideraban como propia suya, por ser la de la vocación de los gentiles á la fe. Las crónicas antiguas no nos han trasmitido únicamente la noticia general de las representaciones sacras de los indios, sino que dan tambien la relacion particular de varias de ellas; y aunque carecemos del texto de las piezas, se sabe lo bastante para comprender su argumento y estructura. A juzgar por los datos conocidos, no eran propiamente piezas dramáticas, ni se ocurria á la intervención de personajes alegóricos, sino que se reducian á poner en escena el hecho, tal como se encontraba referido, ó se suponía que debiera acontecer.

Fué famosa entre todas la fiesta que los tlaxcaltecas hicieron el dia de Corpus Christi del año de 1538, cuya descripcion nos ha trasmitido el P. Motolinia; y si bien no se habla en ella de representación de autos me parece oportuno trasladarla aquí, para que se vea cómo acostumbraban los indios realzar la pompa de sus solemnidades religiosas.

«Llegado (dice nuestro autor) este santo dia del Corpus Christi del año de 1538, hicieron aquí los tlaxcaltecas una tan solemne fiesta, que merece ser memorada, porque creo que si en ella se hallaran el Papa y Emperador con sus córtes, holgaran mucho de verla; y puesto que no habia ricas joyas ni brocados, habia otros aderezos tan de ver, en especial de flores y rosas que Dios cria en los árboles y en el campo, que habia bien en que poner los ojos, y notar cómo una gente que hasta ahora era tenida por bestial, supiesen hacer tal cosa.

«Iba en la procesión el Santísimo Sacramento, y muchas cruces y andas con sus santos: las mangas de las cruces y los aderezos de las andas hechas todas de oro y pluma, y en ellas imágenes de la misma obra de oro y pluma; que las bien labradas se preciarian en España más que de brocado. Habia muchas banderas de santos. Habia doce apóstoles vestidos con sus insignias: muchos de los que acompañaban la procesión llevaban velas encendidas en las manos. Todo el camino estaba cubierto de juncia y de espadañas y flores, y de nuevo habia quien siempre iba echando rosas y clavellinas, y hubo muchas maneras de danzas que regocijaban la procesión. Habia en el camino sus capillas con sus altares y retablos bien aderezados, para descansar, adonde salian de nuevo muchos cantores cantando y bailando delante del Santísimo Sacramento. Estaban diez arcos triunfales grandes muy gentilmente compuestos; y lo que era más de ver y para notar era, que tenian toda la calle á la larga hecha en tres partes como naves de iglesias: en la parte de en medio habia veinte piés de ancho; por esta iba el Santísimo Sacramento y ministros y cruces con todo el aparato de la procesion, y por las otras dos de los lados, que eran de cada quince piés, iba toda la gente, que en esta ciudad y provincia no hay poca; y este apartamiento era todo hecho de unos arcos medianos, que tenian de hueco á nueve piés; y de estos habia por cuenta mil y sesenta y ocho arcos, que como cosa notable y de admiracion, lo contaron tres españoles y otros niuchos. Estaban todos cubiertos de rosas y flores de diversas colores y maneras: apodaban (calculaban) que tenia cada arco carga y media de rosas (entiéndese carga de indios), y con las que habia en las capillas, y las que tenian los arcos triunfales, con otros sesenta y seis arcos pequeños, y las que la gente sobre sí y en las manos llevaban, se apodaron en dos mil cargas de rosas; y cerca de la quinta parte parecía ser de clavellinas de Castilla, y hánse multiplicado en tanta manera, que es cosa increible: las matas son muy mayores que en España, y todo el año tienen flores. Habia obra de mil rodelas hechas de labores de rosas, repartidas por los arcos; y en los otros arcos que no tenian rodelas habia unos florones grandes hechos de unos como cascos de cebolla, redondos, muy bien hechos, y tienden muy buen lustre: de estos habia tantos, que no se podian contar.

«Una cosa muy de ver tenian. En cuatro esquinas ó vueltas que se hacian en el camino, en cada una su montaña, y de cada una salia un peñón bien alto; y desde abajo estaba hecho como prado con matas de yerba, y flores, y todo lo demás que hay en un campo fresco; y la montaña y el peñon tan al natural como si allí hubiese nacido. Era cosa maravillosa de ver, porque habia muchos árboles, unos silvestres y otros de frutas, otros de flores, y las setas y hongos y vello que nace en los árboles de montaña y en las peñas, hasta los árboles viejos quebrados: á una parte como monte espeso, y á otra más ralo; y en los árboles muchas aves chicas y grandes: habia halcones, cuervos, lechuzas, y en los mismos montes mucha caza de venados y liebres y conejos y adiyes, y muy muchas cule- bras: estas atadas y sacados los colmillos ó dientes, porque las más de ellas eran de género de víboras, tan largas como una braza, y tan gruesas como el brazo de un hombre por la muñeca. Tómanlas los indios con la mano como á los pájaros, porque para las bravas y ponzoñosas tienen una yerba que las adormece, la cual tambien es medicinal para muchas cosas: llámase esta yerba picietl (tabaco). Y porque no faltase nada para contrahacer á lo natural, estaban en las montañas unos cazadores muy encubiertos, con sus arcos y flechas, que comunmente los que usan este oñcio son de otra lengua (otomíes), y como habitan hácia los montes, son grandes cazadores. Para ver estos cazadores habia menester aguzar la vista: tan disimulados estaban, y tan llenos de rama y de vello de árboles, que á los así encubiertos, fácilmente se les vendria la caza hasta los piés: estaban haciendo mil ademanes antes que tirasen, con que hacian picar á los descuidados. Este dia fué el primero que estos tlaxcaltecas sacaron su escudo de armas que el Emperador les dió cuando á este pueblo hizo ciudad; la cual merced aun no se ha hecho con ningun otro de indios sino con este, que lo merece bien, porque ayudaron mucho, cuando se ganó toda la tierra, á D. Hernando Cortés por S. M. Tenían dos banderas de estas, y las armas del Emperador en medio, levantadas en una vara tan alta, que yo me maravillé adónde pudieron hallar palo tan largo y tan delgado: estas banderas tenian puestas encima del terrado de las casas de su ayuntamiento, porque pareciesen más altas. Iba en la procesion capilla de canto de órgano, de muchos cantores, y su música de flautas, que concertaban con los cantores, trompetas y atabales, campanas chicas y grandes, y esto todo sonó junto, á la entrada y salida de la iglesia, que parecia que se venia el cielo abajo.»

Si en ese dia no hubo representacion, acaso por falta de tiempo, bien reparada quedó luego la omision, porque el lúnes siguiente, diade S. Juan Bautista, hubo cuatro. Así lo refiere el mismo cronista, cuyas palabras sigo trasladando.

«Porque se vea la habilidad de estas gentes, diré aquí lo que hicieron y representaron luego adelante, en el dia de S. Juan Bautista, que fué el lúnes siguiente, y fueron cuatro autos, que solo para sacarlos en prosa, que no es ménos devota la historia que en metro, fué bien menester todo el viérnes, y en solo dos dias que quedaban, que fueron sábado y domingo, lo deprendieron, y representaron harto devotamente la anunciacion de la Natividad de S. Juan Bautista, hecha á su padre Zacarías, que se tardó en ella obra de una hora, acabando con un gentil motete en canto de órgano. Y luego adelante, en otro tablado, representaron la Anunciacion de Nuestra Señora, que fué mucho de ver, que se tardó tanto como en el primero. Despues, en el patio de la iglesia de S. Juan, á do fué la procesion, luego en allegando, antes de misa, en otro cadalso, que no eran poco de ver los cadalsos cuán graciosamente estaban ataviados y enrosados, representaron la Visitacion de Nuestra Señora á Santa Isabel. Despues de misa se representó la Natividad de S. Juan, y en lugar de la circuncision, fué bautismo de un niño de ocho dias nacido, que se llamó Juan; y antes que diesen al mudo Zacarías las escribanías que pedia por señas, fué bien de reir lo que le daban, haciendo que no le entendian. Acabóse este auto con Benedictus Dominus Deus Israel; y los parientes y vecinos de Zacarías, que se regocijaron con el nacimiento del hijo, llevaron presentes y comidas de muchas maneras, y puesta la mesa asentáronse á comer, que ya era hora.»

No fué menos solemne la fiesta que celebraron el dia de la Encarnacion, precedida de una copiosa limosna, para santificar más el piadoso regocijo con la práctica de la caridad. Dejo hablar otra vez al apostólico padre Fr. Toribio, á fin de que el lector no pierda nada de tan bello trozo descriptivo.

«Lo más principal he dejado para la postre, que fué la fiesta que los confrades de Nuestra Señora de la Encarnacion celebraron; y porque no la pudieron celebrar en la cuaresma, guardáronla para el miércoles de las octavas. Lo primero que hicieron fué aparejar muy buena limosna para los indios pobres, que no contentos con los que tienen en el hospital, fueron por las casas de una legua á la redonda á repartirles setenta y cinco camisas de hombre, y cincuenta de mujer, y muchas mantas y zaragüelles: repartieron también por los dichos pobres necesitados diez carneros y un puerco, y veinte perrillos de los de la tierra, para comer con chile, como es costumbre. Repartieron muchas cargas de maíz y muchos tamales en lugar de roscas, y los diputados y mayordomos que lo fueron á repartir no quisieron tomar ninguna cosa por su trabajo, diciendo que antes habian ellos de dar de su hacienda al hospicio, que no tomársela.

«Tenian su cera hecha, para cada cofrade un rollo, y sin estos, que eran muchos, tenian sus velas y doce hachas, y sacaron de nuevo cuatro ciriales de oro y pluma, muy bien hechos, más vistosos que ricos. Tenian cerca de la puerta del hospital para representar aparejado un auto, que fué la caida de nuestros primeros padres, y al parecer de todos los que lo vieron, fué una de las cosas notables que se han hecho en esta Nueva España. Estaba tan adornada la morada de Adan y Eva, que bien parecía paraíso de la tierra, con diversos árboles con frutas y flores, de ellas naturales, y de ellas contrahechas de pluma y oro; en los árboles mucha diversidad de aves, desde buho y otras aves de rapiña, hasta pajaritos pequeños, y sobre todo tenian muy muchos papagayos, y era tanto el parlar y gritar que tenian, que á veces estorbaban la representacion: yo conté en un solo árbol catorce papagayos, entre pequeños y grandes. Habia también aves contrahechas de oro y pluma, que era cosa muy de mirar. Los conejos y liebres eran tantos, que todo estaba lleno de ellos, y otros muchos animalejos, que yo nunca hasta allí los habia visto. Estaban dos ocelotles atados, que son bravísi- mos, que ni son bien gato ni bien onza; y una vez descuidóse Eva, y fué á dar en el uno de ellos, y él de bien criado, desvióse: esto era antes del pecado, que si fuera despues, tan en hora buena ella no se hubiera llegado. Habia otros animales bien contrahechos, metidos dentro unos muchachos; estos andaban domésticos, y jugaban y burlaban con ellos Adan y Eva. Había cuatro rios ó fuentes que salian del paraíso, con sus rétulos que decian Phison, Gheon, Tigris, Euphrates; y el árbol de la vida en medio del paraíso, y cerca de él el árbol de la ciencia del bien y del mal, con muchas y muy hermosas frutas contrahechas de oro y pluma.

«Estaban en el redondo del paraíso tres peñoles grandes y una sierra grande: todo esto lleno de cuanto se puede hallar en una sierra muy fuerte y fresca montaña, y todas las particularidades que en Abril y Mayo se pueden hallar, porque en contrahacer una cosa al natural, estos indios tienen gracia singular. Pues aves no faltaban, chicas ni grandes, en especial de los papagayos grandes, que son tan grandes como gallos de España: de estos habia muchos, y dos gallos y una gallina de las monteses, que ciertos son las más hermosas aves que yo he visto en parte ninguna: tendria un gallo de aquellos tanta carne como dos pavos de Castilla......

«Habia en estos peñoles animales naturales y contrahechos. En uno de los contrahechos estaba un muchacho vestido como leon y estaba desgarrando y comiendo un venado que tenia muerto: el venado era verdadero, y estaba en un risco que se hacia entre unas peñas, y fué cosa muy notada. Llegada la procesion, comenzóse luego el auto; tardóse en él gran rato, porque antes que Eva comiese, ni Adán consintiese, fué y vino Eva, de la serpiente á su marido, y de su marido á la serpiente, tres ó cuatro veces, siempre Adan resistiendo, y como indignado, alanzaba de sí á Eva: ella ro- gándole y molestándole decia, que bien parecia el poco amor que le tenia, y que más le amaba ella á él, que no él á ella; y echándole en su regazo, tanto le importunó, que fué con ella al árbol vedado, y Eva en presencia de Adán comió, y dióle á él también que comiese; y en comiendo, luego conocieron el mal que habian hecho; y aunque ellos se escondian cuanto podian, no pudieron hacer tanto, que Dios no los viese; y vino con gran majestad, acompañado de muchos ángeles; y después que hubo llamado á Adan, él se excusó con su mujer, y ella echó la culpa á la serpiente, maldiciéndolos Dios y dando á cada uno su penitencia. Trajeron los ángeles dos vestiduras bien contrahechas, como de pieles de animales, y vistieron á Adán y á Eva. Lo que más fué de notar fué el verlos salir desterrados y llorando: llevaban á Adan tres ángeles, y á Eva otros tres, é iban cantando en canto de órgano Circumdederunt me. Esto fué tan bien representado, que nadie lo vió que no llorase muy recio: quedó un querubin guardando la puerta del paraíso, con su espada en la mano. Luego allí estaba el mundo, otra tierra cierto bien diferente de la que dejaban, porque estaba llena de cardos y de espinas, y muchas culebras: tambien habia conejos y liebres. Llegados alli los recien moradores del mundo, los ángeles mostraron á Adan cómo habia de labrar y cultivar la tierra, y á Eva diéronle husos para hilar y hacer ropa para su marido é hijos; y consolando á los que quedaban muy desconsolados, se fueron cantando por desechas, en canto de órgano, un villancico que decía:

«Este auto fué representado por los indios en su propia lengua, y así muchos de ellos tuvieron lágrimas y mucho sentimiento, en especial cuando Adán fué desterrado y puesto en el mundo.»

Es digno de notar que se cantaran esos versos castellanos por remate de un auto en lengua mexicana; y más cuando esta se prestaba bien á la forma poética. De todas maneras, ese villancico de 1538 es la muestra más antigua que conozco de la poesía colonial.

A todas las fiestas referidas excedió en aparato la que los mismos indios de Tlaxcala celebraron «por las paces hechas entre el Emperador y el rey de Francia:» alusion que sin duda se refiere á la tregua de diez años ajustada entre ambos soberanos el 18 de Junio de 1538. Los indios, para aumentar el brillo de su función, determinaron hacerla el dia de Corpus: no dice el cronista de qué año, pero fué indudablemente de 1539, porque la obra de que tomamos esta noticia se escribió en 1540. Los españoles habian representado, con igual ocasión, la conquista de Rodas, y los indios determinaron representar la de Jerusalen: «pronóstico que Dios cumpla en nuestros dias,» dice el cronista,

pero cuyo cumplimiento aun no vemos.

La primera parte de la fiesta, aunque pasó delante del Santísimo Sacramento, que estaba puesto en un tablado ó cadalso y acompañado de Papa, cardenales y obispos fingidos, no fué propiamente un auto, sino un simulacro de la deseada y no verificada conquista de Jerusalen por el Emperador Cárlos V. Al efecto aprovecharon los indios unos edificios comenzados á levantar en una llanura inmediata a Tlaxcala, y destinados para nueva casa de cabildo. Hincheron de tierra la parte ya labrada, que tenia de altura un estado, y sobre ese terraplen levantaron cinco torres: la más alta en el centro, y las otras en los ángulos. Enlazaba las torres una cerca almenada, y toda la fábrica estaba muy adornada de flores. Aquella especie de castillo representaba la ciudad de Jerusalen. Enfrente, á la parte oriental, se hallaba aposentado el Emperador: á la derecha de Jerusalen quedaba el real del ejército español: al otro lado el de las tropas de Nueva España. En medio de la plaza estaba Santa Fé, nombre que traia luego á la memoria la conquista de Granada por los Reyes Católicos, y allí habia de situarse el Emperador con su ejército. Todos estos lugares estaban cercados á imitación de fortalezas.

Llegada la hora de comenzar el espectáculo, y sentados en el tablado del Santísimo Sacramento los que componian la procesion, comenzó á entrar en la plaza el ejército de España, en que se distinguian las banderas de sus diferentes provincias, y en la retaguardia iban los alemanes é italianos. «Habia entre todos pocas diferencias de trajes, porque como los indios no los han visto ni lo saben, no lo usan hacer, y por eso entraron todos como españoles soldados, con sus trompetas contrahaciendo las de España, y con sus atambores y pífanos muy ordenados: iban de cinco en cinco en hilera, á su paso de los atambores.» Era general de este ejército D. Antonio Pimentel, conde de Benavente.

Entró en seguida el de la Nueva España, repartido en diez capitanías, y los que las formaban vestidos con ricos trajes, «porque todos cuantos en este auto entraron eran señores y principales.» Iban en la vanguardia Tlaxcala y México; seguian los huaxtecos, zempoaltecos, mixtecos, colhuaques, y unos «que se decian los del Perú é islas de Santo Domingo y Cuba.» Cerraban la marcha tarascos y cuautemaltecos, y capitaneaba á todos D. Antonio de Mendoza, virey á la sazon de la Nueva España.

Bien se deja entender, que ni el conde de Benavente, que nunca vino á México, ni un personaje como el virey Mendoza, tomaron parte personalmente en aquel simulacro, sino que algunos señores indios los representaban. Lo propio sucedia con los gefes de los infieles; estos eran, según el cronista, D. Hernando Cortés, que hacia oficio de Soldan y D. Pedro de Alvarado, capitan general. Habia en esto último una doble ficcion, porque ni los conquistadores podian capitanear infieles, ellos que hablan venido á plantear aquí la verdadera fe, ni las personas que desempeñaban esos papeles eran los conquistadores mismos. No se alcanza la razón que los religiosos, autores ú ordenadores de todas las fiestas, tuvieron para agraviar á los conquistadores, poniéndolos por gefes en el bando de los moros; ni cómo se toleraba tan poco honrosa ficcion, aun por los mismos tlaxcaltecas, que no hacia mucho habian peleado de veras al lado de los que ahora, en el simulacro, tenian al frente como enemigos.

El ejército español fué el primero en salir al campo, encaminándose en derechura á Jerusalen, y el Soldan D. Hernando Cortés le salió al encuentro con su gente ataviada á manera, de moros. Pelearon un rato, y los enemigos cedieron, retrayéndose á la ciudad. Igual cosa sucedió con el ejército de Nueva España, que vino á pelear despues. Mas presto se trocaron los papeles, porque habiendo recibido los moros un gran refuerzo, hicieron una salida, y vencieron, uno en pos de otro, á los dos ejércitos. Sus capitanes, el conde de Benavente y el virey Mendoza, participaron al Emperador lo sucedido, por medio de cartas que el cronista copia textualmente, así como las respuestas del soberano. Este acudió en persona al socorro de los suyos, acompañado de los reyes de Francia y de Hungría, «con sus coronas en las cabezas,» y fué á aposentarse á Santa Fe. Sin desalentarse por el pasado revés, acometieron todos á los moros, quienes no solamente se defendieron bien, sino que verificaron otra salida, y rechazaron de nuevo á los españoles. En tal aprieto, escribió el Emperador al Papa la noticia de lo ocurrido, concluyendo con pedirle que rogara á Dios por el buen suceso de sus armas, «pues estaba determinado de tomar a Jerusalen y á todos los otros Santos Lugares, ó morir en la demanda.» El Papa, consultado el caso con los cardenales, contestó al Emperador, díciéndole que ya mandaba hacer plegarias en todas partes, y conce- día un gran jubileo á toda la cristiandad.

Viéndose por dos veces rechazados, acudieron tambien los españoles á la oración, y fueron á arrodillarse ante el Santísimo Sacramento, con el Papa y cardenales. Aparecióseles entonces un ángel para decirles, que Dios habia oido sus oraciones: que no desmayasen, porque al fin conseguirian victoria; y que «para más seguridad» les enviaria el Señor á su patrono Santiago. Luego á la hora entró el apóstol en un caballo «blanco como la nieve,» y los españoles le siguieron contra los moros, que aun estaban fuera de Jerusalen: estos se retrajeron á la ciudad, y los españoles se volvieron á su real. Acometieron entonces á su vez los de la Nueva España; pero los moros salieron contra ellos, y los obligaron tambien á retirarse.

Como la ayuda del apóstol Santiago no habia sido de provecho, fué preciso ocurrir de nuevo á la oracion. De nuevo apareció el ángel, á participarles que Dios habia permitido fuesen humillados, á fin de probarlos y hacerles ver que sin su ayuda nada valian; pero que ya vendría al socorro el abogado y patrono de la Nueva España, San Hipólito. A la promesa siguió el cumplimiento, porque llegó el santo mártir en un caballo morcillo; juntóse con Santiago, y á la cabeza ambos de toda la gente, española é india, emprendie- ron un furioso ataque á la ciudad. «Todos juntos, dice el autor que seguimos, comenzaron la batería, de manera que los que en ella estaban, aun en las torres, no se podian valer, de las pelotas y va- ras que les tiraban. Por las espaldas de Jerusalen, entre dos torres, estaba hecha una casa de paja, harto larga, á la cual, al tiempo de la batería, pusieron fuego, y por todas las otras partes andaba la bateria muy recia, y los moros, al parecer, con determinación de ántes morir, que entregarse á ningun partido. De dentro y de fuera andaba el combate muy recio, tirándose unas pelotas grandes, hechas de espadañas, y alcancías de barro secas al sol, llenas de almagre mojado, que al que acertaban parecia que quedaba mal herido y lleno de sangre, y lo mismo hacian con unas tunas coloradas. Los flecheros tenian en las cabezas de las viras unas bolsillas llenas de almagre, que doquiera que daban parecia que sacaban sangre: tirábanse también cañas gruesas de maiz. Estando en el mayor hervor de la batería, apareció en el homenaje el arcángel San Miguel, de cuya voz y vision, así los moros como los cristianos, espantados, dejaron el combate é hicieron silencio. Entonces el arcángel dijo á los moros: «Si Dios mirase á vuestras maldades y pecados, y no á su gran misericordia, ya os habria puesto en el profundo del infierno, y la tierra se hubiera abierto y tragadoos vivos; pero porque habeis tenido reverencia á los Lugares Santos, quiere usar con vosotros su misericordia y esperaros á penitencia, si de todo corazon á él os convertís; por tanto, conoced al Señor de la Majestad, Criador de todas las cosas, y creed en su preciosísimo Hijo Jesucristo, y aplacadle con lágrimas y verdadera penitencia;» y esto dicho des- apareció.»

Las palabras del arcángel produjeron el efecto negado á las armas, porque los moros reconocieron su error, é hicieron señal de paz. Envió el Soldan un parlamentario con carta para el Emperador en que se reconocia vasallo suyo; y recibida, se acercó el Emperador á la ciudad, cuyas puertas encontró ya abiertas: á ellas salió el Soldán á recibirle y prestarle vasallaje. Tomóle el Emperador de la mano, le llevó adonde estaban el Papa y cardenales, delante del Sacramento, y allí dieron todos gracias á Dios por tanta merced. Lo más singular de este simulacro fué su remate. Traia consigo el Soldán muchos al parecer moros, pero que no eran sino indios adultos, prevenidos al intento, los cuales pidieron el bautismo al Papa, y fueron luego allí mismo real y verdaderamente bautizados. Solo las circunstancias especiales de la época y del país hacian posible ese fin de fiesta, que dudo se haya visto en otra parte.

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