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título| {++}EL SOMBRERO {++++++}DE TRES PICOS
HISTORIA VERDADERA DE UN SUCEDIDO QUE ANDA EN ROMANCES ESCRITA AHORA TAL Y COMO PASÓ
{-}POR
Capítulo II
En Andalucía, por ejemplo (pues precisamente aconteció en una ciudad de Andalucía lo que vais á oir); las personas de suposicion continuaban levantándose muy temprano, yendo á la catedral á misa de prima, aunque no fuese dia de precepto; almorzando á las nueve un huevo frito y una jícara de chocolate con picatostes; comiendo de una á dos de la tarde puchero y principio, si habia caza, y si no, puchero sólo; durmiendo la siesta despues de comer; paseando luego por el campo; yendo al ro- sario entre dos luces à su respectiva parroquia; tomando otro chocolate á la oracion (éste con bizcochos); asistiendo los muy encopetados à la tertulia del corregidor, del dean ó del título que residia en el pueblo; retirándose á casa á las ánimas; cerrando el porton antes del toque de la queda; cenando ensalada y guisado por antonomasia, si no habian entrado boquerones frescos, y acostándose incontinenti con su señora,—no sin hacerse calentar antes la cama durante nueve meses del año...
¡Dichosísimo tiempo aquel en que nuestra tierra seguia en quieta y pacífica posesion de todas las telarañas, de todo el polvo, de toda la polilla, de todos los respetos, de todas las creencias, de todas las tradiciones, de todos los usos y de todos los abusos santificados por los siglos! ¡Dichosísimo tiempo aquel en que habia en la sociedad humana variedad de clases, de afectos y de costumbres! ¡Dichosísimo tiempo, digo,... para los poetas especialmente, que encontraban una leyenda, un cuento, una comedia, un drama, una novela, un sainete, un entremés, un auto sacramental ó una epopeya detrás de cada esquina, en vez de esta prosáica uniformidad Y desabrido realismo que nos legó al eabo la revolucion francesa!—¡Dichosísimo tiempo, si...
Pero esto es volver à las andadas: basta ya de generalidades y de circunloquios, y entremos resueltamente en la historia del Sombrero de tres picos.
Capítulo III
En aquel tiempo, pues, habia cerca de la ciudad de ***(perteneciente al reino de Granada, y cabeza de corregimiento) un magnífico molino harinero (que ya no existe), situado como á un cuarto de legua de la poblacion, en un delicioso paraje, entre una colina poblada de guindos y cerezos y una fertilísima huerta que servia de márgen (y algunas veces de lecho) á un traicionero é intermitente rio.
Por varias y diversas razones, hacia ya algun tiempo que aquel molino era el pre- dilecto punto de llegada y descanso de los paseantes más caracterizados de la mencionada ciudad...—Primeramente, conducia á él un camino carretero, ménos intransitable que los restantes de aquellos contornos.—En segundo lugar, delante del molino habia una plazoletilla empedrada, cubierta por un parral enorme, debajo del cual se tomaba muy bien el fresco en el verano, Y el sol en el invierno, merced á la alternada ida y venida de los pámpanos...—En tercer lugar, el molinero era un hombre muy respetuoso, muy discreto, muy fino, que tenia lo que se llama dón de gentes, y que obsequiaba á los señorones que solían honrarlo con su tertulia vespertina, ofreciéndoles... lo que daba el tiempo; ora habas verdes, ora cerezas y guindas, ora lechugas en rama y sin sazonar (que están muy buenas cuando se las acompaña de macarros de pan de aceite; macarros que se encargaban de enviar por delante sus señorías), ora melones, ora uvas de aquella misma parra que les servia de dosel, ora rosetas de maiz, si era invierno, y castañas asadas, y almendras, y nueces, y, de vez en cuando, en las tardes muy frias, un trago de vino de pulso (dentro ya de la casa y al amor de la lumbre), á lo que por Pascuas se solia añadir algun pestiño, algun mantecado, algun rosco, ó alguna lonja de jamon alpujarreño.
—¿Tan rico era el molinero, ó tan imprudentes sus tertulianos?—exclamareis, interrumpiéndome.
Ni lo uno ni lo otro. El molinero sólo tenia un pasar, y aquellos caballeros eran la delicadeza y el orgullo personificados. Pero en un tiempo en que se pagaban cincuenta y tantas contribuciones diferentes á la Iglesia y al Estado, poco arriesgaba un rústico de tan claras luces como aquel en tenerse ganada la voluntad de regidores, canónigos, frailes, escribanos y demas personas de campanillas. Así es, que no faltaba quien dijese que el tio Lúcas (tal era el nombre del molinero) se ahorraba un dineral al año á fuerza de agasajar á todo el mundo.— «Vuestra merced me va á dar aquella puertecilla vieja de la casa que ha derribado», le decia á uno.—«Vuestra señoría (le decia á otro) va á mandar que me rebajen el subsidio, ó la alcabala, ó la contribucion de frutos civiles.»—«Vuestra reverencia me va á dejar coger en la huerta del convento una poca hoja para mis gusanos de seda.»—«Vuestra ilustrísima me va á dar permiso para traer una poca leña del monte X.»—«Vuestra paternidad me va á poner una carta para qué me permitan cortar una poca madera en el pinar H.»—«Es menester que me haga usarcé una escriturilla que no me cueste nada.»—«Este año no puedo pagar el censo.»—«Espero que el pleito se falle á mi favor.»—«Hoy le he dado de bofetadas á uno, y creo que debe ir á la cárcel por haberme provocado.»— «Tendria su merced tal cosa de sobra?»—«Le sirve á V. de algo tal otra?»—«¿Me puede prestar la mula?»—«¿Tiene ocupado mañana el carro?»—«¿Le parece que envie por el burro?»...
Y estas canciones se repetían á todas ho- ras, obteniendo siempre por contestacion un gencroso «Como se pide.»
Conque ya veis que el tio Lúcas no estaba en camino de arruinarse.
Capítulo IV
La última y acaso la más poderosa razón que tenía el señorío de la ciudad para frecuentar por las tardes el molino del tío Lucas, era... que, así los clérigos como los seglares, empezando por el Sr. Obispo y el Sr. Corregidor, podían contemplar allí a sus anchas una de las obras más bellas, graciosas y admirables que hayan salido jamás de las manos de Dios, llamado entonces el Ser Supremo por Jovellanos y toda la escuela afrancesada de nuestro país.
Esta obra... se denominaba «la señá Frasquita».
Empiezo por responderos de que la señá Frasquita, legítima esposa del tío Lucas, era una mujer de bien, y de que así lo sabían todos los ilustres visitantes del molino. Digo más: ninguno de éstos daba muestras de considerarla con ojos de varón ni con trastienda pecaminosa. Admirábanla, sí, y requebrábanla en ocasiones (delante de su marido, por supuesto), lo mismo los frailes que los caballeros, los canónigos que los golillas, como un prodigio de belleza que honraba a su Criador, y como una diablesa de travesura y coquetería, que alegraba inocentemente los espíritus más melancólicos. «Es un hermoso animal», solía decir el virtuosísimo prelado. «Es una estatua de la antigüedad helénica», observaba un abogado muy erudito, académico correspondiente de la Historia. «Es la propia estampa de Eva», prorrumpía el prior de los franciscanos. «Es una real moza», exclamaba el coronel de milicias. «Es una sierpe, una sirena, ¡un demonio!», añadía el Corregidor. «Pero es una buena mujer, es un ángel, es una criatura, es una chiquilla de cuatro años», acababan por decir todos, al regresar del molino atiborrados de uvas o de nueces, en busca de sus tétricos y metódicos hogares.
La chiquilla de cuatro años, esto es, la señá Frasquita, frisaría en los treinta. Tenía más de dos varas de estatura, y era recia a proporción, o quizás más gruesa todavía de lo correspondiente a su arrogante talla. Parecía una Niobe colosal, y eso que no había tenido hijos: parecía un Hércules... hembra; parecía una matrona romana de las que aún hay ejemplares en el Trastevere. Pero lo más notable en ella era la movilidad, la ligereza, la animación, la gracia de su respetable mole. Para ser una estatua, como pretendía el académico, le faltaba el reposo monumental. Se cimbraba como un junco, giraba como una veleta, bailaba como una peonza. Su rostro era más movible todavía, y, por tanto, menos escultural. Avivábanlo donosamente hasta cinco hoyuelos: dos en una mejilla; otro en otra; otro, muy chico, cerca de la comisura izquierda de sus rientes labios, y el último, muy grande, en medio de su redonda barba. Añadid a esto los picarescos mohínes, los graciosos guiños y las varias posturas de cabeza que amenizaban su conversación, y formaréis idea de aquella cara llena de sal y de hermosura y radiante siempre de salud y alegría.
Ni la señá Frasquita ni el tío Lucas eran andaluces: ella era navarra y él murciano. Él había ido a la ciudad de ***, a la edad de quince años, como medio paje, medio criado del obispo anterior al que entonces gobernaba aquella iglesia. Educábalo su protector para clérigo, y tal vez con esta mira y para que no careciese de congrua, dejole en su testamento el molino; pero el tío Lucas, que a la muerte de Su Ilustrísima no estaba ordenado más que de menores, ahorcó los hábitos en aquel punto y hora, y sentó plaza de soldado, más ganoso de ver mundo y correr aventuras que de decir misa o de moler trigo. En 1793 hizo la campaña de los Pirineos Occidentales, como ordenanza del valiente general don Ventura Caro; asistió al asalto del Castillo Piñón, y permaneció luego largo tiempo en las provincias del Norte, donde tomó la licencia absoluta. En Estella conoció a la señá Frasquita, que entonces sólo se llamaba Frasquita; la enamoró; se casó con ella, y se la llevó a Andalucía en busca de aquel molino que había de verlos tan pacíficos y dichosos durante el resto de su peregrinación por este valle de lágrimas y risas.
La señá Frasquita, pues, trasladada de Navarra a aquella soledad, no había adquirido ningún hábito andaluz, y se diferenciaba mucho de las mujeres campesinas de los contornos. Vestía con más sencillez, desenfado y elegancia que ellas; lavaba más sus carnes, y permitía al sol y al aire acariciar sus arremangados brazos y su descubierta garganta. Usaba, hasta cierto punto, el traje de las señoras de aquella época, el traje de las mujeres de Goya, el traje de la reina María Luisa: si no falda de medio paso, falda de un paso solo, sumamente corta, que dejaba ver sus menudos pies y el arranque de su soberana pierna; llevaba el escote redondo y bajo, al estilo de Madrid, donde se detuvo dos meses con su Lucas al trasladarse de Navarra a Andalucía; todo el pelo recogido en lo alto de la coronilla, lo cual dejaba campear la gallardía de su cabeza y de su cuello; sendas arracadas en las diminutas orejas, y muchas sortijas en los afilados dedos de sus duras pero limpias manos. Por último: la voz de la señá Frasquita tenía todos los tonos del más extenso y melodioso instrumento, y su carcajada era tan alegre y argentina, que parecía un repique de Sábado de Gloria.
Retratemos ahora al tío Lucas.
Capítulo VI
Amaba, pues, locamente la señá Frasquita al tío Lucas, y considerábase la mujer más feliz del mundo al verse adorada por él. No tenían hijos, según que ya sabemos, y habíase consagrado cada uno a cuidar y mimar al otro con esmero indecible, pero sin que aquella tierna solicitud ostentase el carácter sentimental y empalagoso, por lo zalamero, de casi todos los matrimonios sin sucesión. Al contrario, tratábanse con una llaneza, una alegría, una broma y una confianza semejantes a las de aquellos niños, camaradas de juegos y de diversiones, que se quieren con toda el alma sin decírselo jamás, ni darse a sí mismos cuenta de lo que sienten.
¡Imposible que haya habido sobre la tierra molinero mejor peinado, mejor vestido, más regalado en la mesa, rodeado de más comodidades en su casa, que el tío Lucas! ¡Imposible que ninguna molinera ni ninguna reina haya sido objeto de tantas atenciones, de tantos agasajos, de tantas finezas como la señá Frasquita! ¡Imposible también que ningún molino haya encerrado tantas cosas necesarias, útiles, agradables, recreativas y hasta superfluas, como el que va a servir de teatro a casi toda la presente historia!
Contribuía mucho a ello que la señá Frasquita, la pulcra, hacendosa, fuerte y saludable navarra, sabía, quería y podía guisar, coser, bordar, barrer, hacer dulce, lavar, planchar, blanquear la casa, fregar el cobre, amasar, tejer, hacer media, cantar, bailar, tocar la guitarra y los palillos, jugar a la brisca y al tute, y otras muchísimas cosas cuya relación fuera interminable. Y contribuía no menos al mismo resultado el que el tío Lucas sabía, quería y podía dirigir la molienda, cultivar el campo, cazar, pescar, trabajar de carpintero, de herrero y de albañil, ayudar a su mujer en todos los quehaceres de la casa, leer, escribir, contar, etc., etc.
Y esto sin hacer mención de los ramos de lujo, o sea, de sus habilidades extraordinarias...
Por ejemplo: el tío Lucas adoraba las flores (lo mismo que su mujer), y era floricultor tan consumado, que había conseguido producir ejemplares nuevos por medio de laboriosas combinaciones. Tenía algo de ingeniero natural, y lo había demostrado construyendo una presa, un sifón y un acueducto que triplicaron el agua del molino. Había enseñado a bailar a un perro, domesticado una culebra, y hecho que un loro diese la hora por medio de gritos, según las iba marcando un reloj de sol que el Molinero había trazado en una pared; de cuyas resultas, el loro daba ya la hora con toda precisión, hasta en los días nublados y durante la noche. Finalmente: en el molino había una huerta, que producía toda clase de frutas y legumbres; un estanque encerrado en una especie de kiosko de jazmines, donde se bañaban en verano el tío Lucas y la señá Frasquita; un jardín; una estufa o invernadero para las plantas exóticas; una fuente de agua potable; dos burras, en que el matrimonio iba a la ciudad o a los pueblos de las cercanías; gallinero, palomar, pajarera, criadero de peces, criadero de gusanos de seda; colmenas, cuyas abejas libaban en los jazmines; jaraíz o lagar, con su bodega correspondiente, ambas cosas en miniatura; horno, telar, fragua, taller de carpintería, etc., etc.; todo ello reducido a una casa de ocho habitaciones y a dos fanegas de tierra, y tasado en la cantidad de diez mil reales.
Capítulo VII
Adorábanse, sí, locamente el Molinero y la Molinera, y aun se hubiera creído que ella lo quería más a él que él a ella, no obstante ser él tan feo y ella tan hermosa. Dígolo porque la señá Frasquita solía tener celos y pedirle cuentas al tío Lucas cuando éste tardaba mucho en regresar de la ciudad o de los pueblos adonde iba por grano, mientras que el tío Lucas veía hasta con gusto las atenciones de que era objeto la señá Frasquita por parte de los señores que frecuentaban el molino; se ufanaba y regocijaba de que a todos les agradase tanto como a él; y, aunque comprendía que en el fondo del corazón se la envidiaban algunos de ellos, la codiciaban como simples mortales y hubieran dado cualquier cosa porque fuese menos mujer de bien, la dejaba sola días enteros sin el menor cuidado, y nunca le preguntaba luego qué había hecho ni quién había estado allí durante su ausencia...
No consistía aquello, sin embargo, en que el amor del tío Lucas fuese menos vivo que el de la señá Frasquita. Consistía en que él tenía más confianza en la virtud de ella que ella en la de él; consistía en que él la aventajaba en penetración, y sabía hasta qué punto era amado y cuánto se respetaba su mujer a sí misma; y consistía principalmente en que el tío Lucas era todo un hombre: un hombre como el de Shakespeare, de pocos e indivisibles sentimientos; incapaz de dudas; que creía o moría; que amaba o mataba; que no admitía gradación ni tránsito entre la suprema felicidad y el exterminio de su dicha.
Era, en fin, un Otelo de Murcia, con alpargatas y montera, en el primer acto de una tragedia posible... Pero ¿a qué estas notas lúgubres en una tonadilla tan alegre? ¿A qué estos relámpagos fatídicos en una atmósfera tan serena? ¿A qué estas actitudes melodramáticas en un cuadro de género?
Vais a saberlo inmediatamente.
Capítulo VIII
Eran las dos de una tarde de octubre.
El esquilón de la catedral tocaba a vísperas, lo cual equivale a decir que ya habían comido todas las personas principales de la ciudad.
Los canónigos se dirigían al coro, y los seglares a sus alcobas a dormir la siesta, sobre todo aquellos que, por razón de oficio, v. gr., las autoridades, habían pasado la mañana entera trabajando.
Era, pues, muy de extrañar que a aquella hora, impropia además para dar un paseo, pues todavía hacía demasiado calor, saliese de la ciudad, a pie, y seguido de un solo alguacil, el ilustre señor Corregidor de la misma, a quien no podía confundirse con ninguna otra persona, ni de día ni de noche, así por la enormidad de su sombrero de tres picos y por lo vistoso de su capa de grana, como por lo particularísimo de su grotesco donaire...
De la capa de grana y del sombrero de tres picos, son muchas todavía las personas que pudieran hablar con pleno conocimiento de causa. Nosotros entre ellas, lo mismo que todos los nacidos en aquella ciudad en las postrimerías del reinado del señor don Fernando VII, recordamos haber visto colgados de un clavo, único adorno de desmantelada pared, en la ruinosa torre de la casa que habitó Su Señoría (torre destinada a la sazón a los infantiles juegos de sus nietos), aquellas dos anticuadas prendas, aquella capa y aquel sombrero, -el negro sombrero encima, y la roja capa debajo-, formando una especie de espectro del Absolutismo, una especie de sudario del Corregidor, una especie de caricatura retrospectiva de su poder, pintada con carbón y almagre, como tantas otras, por los párvulos constitucionales de la de 1837 que allí nos reuníamos; una especie, en fin, de espanta-pájaros, que en otro tiempo había sido espanta-hombres, y que hoy me da miedo de haber contribuido a escarnecer, paseándolo por aquella histórica ciudad, en días de Carnestolendas, en lo alto de un deshollinador, o sirviendo de disfraz irrisorio al idiota que más hacía reír a la plebe... ¡Pobre principio de autoridad! ¡Así te hemos puesto los mismos que hoy te invocamos tanto!
En cuanto al indicado grotesco donaire del señor Corregidor, consistía (dicen) en que era cargado de espaldas..., todavía más cargado de espaldas que el tío Lucas..., casi jorobado, por decirlo de una vez; de estatura menos que mediana; endeblillo; de mala salud; con las piernas arqueadas y una manera de andar sui generis (balanceándose de un lado a otro y de atrás hacia adelante), que sólo se puede describir con la absurda fórmula de que parecía cojo de los dos pies. En cambio (añade la tradición), su rostro era regular, aunque ya bastante arrugado por la falta absoluta de dientes y muelas; moreno verdoso, como el de casi todos los hijos de las Castillas; con grandes ojos obscuros, en que relampagueaban la cólera, el despotismo y la lujuria; con finas y traviesas facciones, que no tenían la expresión del valor personal, pero sí la de una malicia artera capaz de todo, y con cierto aire de satisfacción, medio aristocrático, medio libertino, que revelaba que aquel hombre habría sido, en su remota juventud, muy agradable y acepto a las mujeres, no obstante sus piernas y su joroba.
D. Eugenio de Zúñiga y Ponce de León (que así se llamaba Su Señoría) había nacido en Madrid, de familia ilustre; frisaría a la sazón en los cincuenta y cinco años, y llevaba cuatro de Corregidor en la ciudad de que tratamos, donde se casó, a poco de llegar, con la principalísima señora que diremos más adelante. Las medias de D. Eugenio (única parte que, además de los zapatos, dejaba ver de su vestido la extensísima capa de grana) eran blancas, y los zapatos negros, con hebilla de oro. Pero luego que el calor del campo lo obligó a desembozarse, vídose que llevaba gran corbata de batista; chupa de sarga de color de tórtola, muy festoneada de ramillos verdes, bordados de realce; calzón corto, negro, de seda; una enorme casaca de la misma estofa que la chupa; espadín con guarnición de acero; bastón con borlas, y un respetable par de guantes (o quirotecas) de gamuza pajiza, que no se ponía nunca y que empuñaba a guisa de cetro.
El alguacil, que seguía veinte pasos de distancia al señor Corregidor, se llamaba Garduña, y era la propia estampa de su nombre. Flaco, agilísimo; mirando adelante y atrás y a derecha e izquierda al propio tiempo que andaba; de largo cuello; de diminuto y repugnante rostro, y con dos manos como dos manojos de disciplinas, parecía juntamente un hurón en busca de criminales, la cuerda que había de atarlos, y el instrumento destinado a su castigo.
El primer corregidor que le echó la vista encima, le dijo sin más informes: «Tú serás mi verdadero alguacil...» Y ya lo había sido de cuatro corregidores. Tenía cuarenta y ocho años, y llevaba sombrero de tres picos, mucho más pequeño que el de su señor (pues repetimos que el de éste era descomunal), capa negra como las medias y todo el traje, bastón sin borlas, y una especie de asador por espada.
Aquel espantajo negro parecía la sombra de su vistoso amo.
Capítulo IX
Por dondequiera que pasaban el personaje y su apéndice, los labradores dejaban sus faenas y se descubrían hasta los pies, con más miedo que respeto; después de lo cual decían en voz baja:
-¡Temprano va esta tarde el señor Corregidor a ver a la señá Frasquita!
-¡Temprano... y solo! -añadían algunos, acostumbrados a verlo siempre dar aquel paseo en compañía de otras varias personas.
-Oye, tú, Manuel: ¿por qué irá solo esta tarde el señor Corregidor a ver a la navarra? -le preguntó una lugareña a su marido, el cual la llevaba a grupas en la bestia.
Y, al mismo tiempo que la pregunta, le hizo cosquillas por vía del retintín.
-¡No seas mal pensada, Josefa! -exclamó el buen hombre-. La señá Frasquita es incapaz...
-No digo lo contrario... Pero el Corregidor no es por eso incapaz de estar enamorado de ella... Yo he oído decir que, de todos los que van a las francachelas del molino, el único que lleva mal fin es ese madrileño tan aficionado a faldas...
-¿Y qué sabes tú si es o no aficionado a faldas? -preguntó a su vez el marido.
-No lo digo por mí... ¡Ya se hubiera guardado, por más Corregidor que sea, de decirme los ojos tienes negros!
La que así hablaba era fea en grado superlativo.
-Pues mira, hija, ¡allá ellos! -replicó el llamado Manuel-. Yo no creo al tío Lucas hombre de consentir... ¡Bonito genio tiene el tío Lucas cuando se enfada!...
-Pero, en fin, ¡si ve que le conviene!... -añadió la tía Josefa, retorciendo el hocico.
-El tío Lucas es hombre de bien... -repuso el lugareño-; y a un hombre de bien nunca pueden convenirle ciertas cosas...
-Pues entonces, tienes razón. ¡Allá ellos! ¡Si yo fuera la señá Frasquita!...
-¡Arre, burra! -gritó el marido, para mudar de conversación.
Y la burra salió al trote; con lo que no pudo oírse el resto del diálogo.
Capítulo XI
-Dios te guarde, Frasquita... -dijo el Corregidor a media voz, apareciendo bajo el emparrado y andando de puntillas.
-¡Tanto bueno, señor Corregidor! -respondió ella en voz natural, haciéndole mil reverencias-. ¡Usía por aquí a estas horas! ¡Y con el calor que hace! ¡Vaya, siéntese Su Señoría!... Esto está fresquito. ¿Cómo no ha aguardado Su Señoría a los demás señores? Aquí tienen ya preparados sus asientos... Esta tarde esperamos al señor Obispo en persona, que le ha prometido a mi Lucas venir a probar las primeras uvas de la parra. ¿Y cómo lo pasa Su Señoría? ¿Cómo está la Señora?
El Corregidor se había turbado. La ansiada soledad en que encontraba a la señá Frasquita le parecía un sueño, o un lazo que le tendía la enemiga suerte para hacerle caer en el abismo de un desengaño. Limitose, pues, a contestar:
-No es tan temprano como dices... Serán las tres y media...
El loro dio en aquel momento un chillido.
-Son las dos y cuarto -dijo la navarra, mirando de hito en hito al madrileño.
Éste calló, como reo convicto que renuncia a la defensa.
-¿Y Lucas? ¿Duerme? -preguntó al cabo de un rato.
(Debemos advertir aquí que el Corregidor, lo mismo que todos los que no tienen dientes, hablaba con una pronunciación floja y sibilante, como si se estuviese comiendo sus propios labios.)
-¡De seguro! -contestó la señá Frasquita-. En llegando estas horas se queda dormido donde primero le coge, aunque sea en el borde de un precipicio...
-Pues, mira... ¡déjalo dormir!... -exclamó el viejo Corregidor, poniéndose más pálido de lo que ya era-. Y tú, mi querida Frasquita, escúchame..., oye..., ven acá... ¡Siéntate aquí, a mi lado!... Tengo muchas cosas que decirte...
-Ya estoy sentada -respondió la Molinera, agarrando una silla baja y plantándola delante del Corregidor, a cortísima distancia de la suya.
Sentado que se hubo, Frasquita echó una pierna sobre la otra, inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyó un codo sobre la rodilla cabalgadora, y la fresca y hermosa cara en una de sus manos; y así, con la cabeza un poco ladeada, la sonrisa en los labios, los cinco hoyos en actividad, y las serenas pupilas clavadas en el Corregidor, aguardó la declaración de Su Señoría. Hubiera podido comparársela con Pamplona esperando un bombardeo.
El pobre hombre fue a hablar, y se quedó con la boca abierta, embelesado ante aquella grandiosa hermosura, ante aquella esplendidez de gracias, ante aquella formidable mujer, de alabastrino color, de lujosas carnes, de limpia y riente boca, de azules e insondables ojos, que parecía creada por el pincel de Rubens.
-¡Frasquita!... -murmuró al fin el delegado del Rey, con acento desfallecido, mientras que su marchito rostro, cubierto de sudor, destacándose sobre su joroba, expresaba una inmensa angustia-. ¡Frasquita!...
-¡Me llamo! -contestó la hija de los Pirineos-. ¿Y qué?
-Lo que tú quieras... -repuso el viejo con una ternura sin límites.
-Pues lo que yo quiero... -dijo la Molinera-, ya lo sabe Usía. Lo que yo quiero es que Usía nombre secretario del ayuntamiento de la ciudad a un sobrino mío que tengo en Estella..., y que así podrá venirse de aquellas montañas, donde está pasando muchos apuros...
-Te he dicho, Frasquita, que eso es imposible. El secretario actual...
-¡Es un ladrón, un borracho y un bestia!
-Ya lo sé... Pero tiene buenas aldabas entre los regidores perpetuos, y yo no puedo nombrar otro sin acuerdo del cabildo. De lo contrario, me expongo...
-¡Me expongo!... ¡Me expongo!... ¿A qué no nos expondríamos por Vuestra Señoría hasta los gatos de esta casa?
-¿Me querrías a ese precio? -tartamudeó el Corregidor.
-No, señor; que lo quiero a Usía de balde.
-¡Mujer, no me des tratamiento! Háblame de V. o como se te antoje... ¿Conque vas a quererme? Di.
-¿No le digo a V. que lo quiero ya?
-Pero...
-No hay pero que valga. ¡Verá V. qué guapo y qué hombre de bien es mi sobrino!
-¡Tú sí que eres guapa, Frascuela!...
-¿Le gusto a V.?
-¡Que si me gustas!... ¡No hay mujer como tú!
-Pues mire V.... Aquí no hay nada postizo... -contestó la señá Frasquita, acabando de arrollar la manga de su jubón, y mostrando al Corregidor el resto de su brazo, digno de una cariátide y más blanco que una azucena.
-¡Que si me gustas!... -prosiguió el Corregidor-. ¡De día, de noche, a todas horas, en todas partes, sólo pienso en ti!...
-¡Pues, qué! ¿No le gusta a V. la señora Corregidora? -preguntó la señá Frasquita con tan mal fingida compasión, que hubiera hecho reír a un hipocondríaco-. ¡Qué lástima! Mi Lucas me ha dicho que tuvo el gusto de verla y de hablarle cuando fue a componerle a V. el reloj de la alcoba, y que es muy guapa, muy buena y de un trato muy cariñoso.
-¡No tanto! ¡No tanto! -murmuró el Corregidor con cierta amargura.
-En cambio, otros me han dicho -prosiguió la Molinera- que tiene muy mal genio, que es muy celosa y que V. le tiembla más que a una vara verde...
-¡No tanto, mujer!... -repitió don Eugenio de Zúñiga y Ponce de León, poniéndose colorado-. ¡Ni tanto ni tan poco! La Señora tiene sus manías, es cierto...; mas de ello a hacerme temblar, hay mucha diferencia. ¡Yo soy el Corregidor!...
-Pero, en fin, ¿la quiere V., o no la quiere?
-Te diré... Yo la quiero mucho... o, por mejor decir, la quería antes de conocerte. Pero desde que te vi, no sé lo que me pasa, y ella misma conoce que me pasa algo... Bástete saber que hoy... tomarle, por ejemplo, la cara a mi mujer me hace la misma operación que si me la tomara a mí propio... ¡Ya ves, que no puedo quererla más ni sentir menos!... ¡Mientras que por coger esa mano, ese brazo, esa cara, esa cintura, daría lo que no tengo!
Y, hablando así, el Corregidor trató de apoderarse del brazo desnudo que la señá Frasquita le estaba refregando materialmente por los ojos; pero ésta, sin descomponerse, extendió la mano, tocó el pecho de Su Señoría con la pacífica violencia e incontrastable rigidez de la trompa de un elefante, y lo tiró de espaldas con silla y todo.
-¡Ave María Purísima! -exclamó entonces la navarra, riéndose a más no poder-. Por lo visto, esa silla estaba rota...
-¿Qué pasa ahí? -exclamó en esto el tío Lucas, asomando su feo rostro entre los pámpanos de la parra.
El Corregidor estaba todavía en el suelo boca arriba, y miraba con un terror indecible a aquel hombre que aparecía en los aires boca abajo. Hubiérase dicho que Su Señoría era el diablo, vencido, no por San Miguel, sino por otro demonio del Infierno.
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