Read here

Todo un pueblo

Miguel Eduardo Pardo · 1899 · Free in the US

43,560 words · about 3 h 3 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

Free in the US: this text is in the public domain in the United States; it may still be in copyright elsewhere.

Licence: PD-US · Published in 1899 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=Todo_un_pueblo&action=history). · Wikisource contributors

Text from Wikisource and set out for reading on screen; no words of the book are rewritten or summarized. How RedLectern is built

About this book

Author
Miguel Eduardo Pardo
Language
Spanish
Published
1899
Length
43,560 words · about 3 h 3 min
Sections
34 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (34)
  1. I about 10 min
  2. II about 5 min
  3. III about 5 min
  4. IV about 8 min
  5. V about 4 min
  6. VI about 10 min
  7. VII about 5 min
  8. VIII about 18 min
  9. IX about 2 min
  10. X about 9 min
  11. XI about 6 min
  12. XII about 3 min
  13. XIII about 5 min
  14. XIV about 5 min
  15. XV about 7 min
  16. XVI about 4 min
  17. XVII about 3 min
  18. XVIII about 1 min
  19. XIX about 4 min
  20. XX about 5 min
  21. XXI about 4 min
  22. XXII about 4 min
  23. XXIII about 3 min
  24. XXIV about 4 min
  25. XXV about 6 min
  26. XXVI about 4 min
  27. XXVII about 7 min
  28. XXVIII about 3 min
  29. XXIX about 3 min
  30. XXX about 3 min
  31. XXXI about 3 min
  32. XXXII about 6 min
  33. XXXIII about 6 min
  34. XXXIV about 9 min

Continue:

I

- I -

Al asomarse a la ventana de su casa, Isabelita Espinosa queda absorta, deslumbrada, casi ciega.

¡Todo arde, todo brilla, todo es luz! Todo parece que palpita y gime bajo los rayos de un sol fogoso y casi bravío que, abriéndose paso a través de las nubes, señorea por los espacios su deslumbradora fiereza. Nada detiene su invasión: después de incendiar la atmósfera llega a la cumbre de la montaña, y la montaña adquiere cárdenos resplandores de volcán; hace de la llanura un océano de fuego; espanta las sombras de la campiña, que van despavoridas a esconderse no se sabe dónde; entra en los patios, en los jardines, en los corredores mismos de las casas; relampaguea en los tejados, inflama las paredes; arranca vivos, sangrientos centelleos de las piedras del arroyo, y al revolcarse, despiadado y frenético, sobre la tierra desnuda, la tierra se estremece, abre su seno voluptuoso y exhala un tibio y prolongado soplo de lujuria...

Herida de súbito por tan violentos resplandores, la señorita que acababa de asomarse a la ventana pestañea con precipitación dos o tres veces: se lleva instintivamente una mano a los ojos, a guisa de pantalla, y explora con ansiedad la calle.

La calle está desierta, a pesar de ser una de las más céntricas de la población y de formar su más ancha y renombrada vía, entre la vieja catedral y la Plaza Nueva, que acaba de inaugurarse.

A esta plazuela, destinada a la venta de flores y de pájaros, miran tres de las cinco ventanas que cuenta la casa de don Anselmo Espinosa; las otras dos caen sobre un callejón sucio, estrecho y mal empedrado, que sirve generalmente de refugio a los pilluelos, y donde resuena a la sazón, entre mil zumbidos de invisibles insectos, un lejano canto de mujer, que trae de los corrales vecinos una que otra ráfaga de aire.

El calor es cada vez más sofocante y la luz del sol cada vez más intensa. Pero la señorita resiste aún a pie firme la intensidad del medio día. Sin embargo, dijérase que va cansándose de su larga investigación, que empieza a ceder. Por lo menos ya no oculta su inquietud; se mueve incesantemente de este o de aquel lado; dirige la vista a todas partes: hacia la plazoleta, hacia la esquina, y calle arriba, calle abajo, pasea su inspectora e impaciente mirada.

Por fin, esta impaciencia tórnase en disgusto, y, no encontrando lo que busca en la incendiada travesía, se retira de la ventana, dejándola entreabierta.

Momentos después un joven asoma por el fondo de la plaza; la atraviesa a pasos rápidos, cruza la calle de igual modo y se acerca, decidido, a la casa de Espinosa. Allí se detiene o lo detiene un tropel de notas mágicas que, desprendidas de un piano, salen violentamente por la ventana. Son los preludios raros, fantásticos a ratos y a ratos insurrectos, del Lohengrin, que vienen a buscar espacio a su grandeza en sitio más amplio del que pretenden encerrarle. La música wagneriana no debe hacer muy buen efecto en el espíritu del parado caballero, a juzgar por la cara que pone.

No obstante, permanece inmóvil, atento al ruido de la vibrante partitura. El sol cae de plano sobre su cabeza, pero tampoco se da por entendido. La enfadosa creación le paraliza todos los movimientos.

Después de un rato de audición... y de sol, se acerca más a la ventana, introduce resueltamente un brazo a través de los espaciados balaustres y golpea con los nudillos dos veces repetidas sobre las entornadas hojas.

Inmediatamente cesa el preludio y aparece de nuevo Isabel, poseída, no ya de anhelante curiosidad, sino de extraña y visible turbación.

-¡Julián! -exclama al reconocer al joven-, creí que no venías. Te esperé mucho tiempo, y viendo que pasaba la hora, entré y me puse a estudiar.

El nombrado Julián, en vez de contestar a estas sencillas palabras, clava en el rostro de la muchacha una intensa mirada de reproche.

Es un mozo de regular estatura, delgado, pero recio y fuerte; trigueño, pronunciadamente trigueño, casi cetrino. Viste de negro y no del todo mal, aunque podía vestir mejor, con traje menos amplio y más adaptable a su edad. Unos ojos escudriñadores, insistentes, como los ojos de los miopes, juntamente con un pelo negro indómito, y un bigote también negro y un poco alborotado, completan su fisonomía física.

Hay algo más, algo que caracteriza y ensombrece a esa cara alegremente fea; y ese algo, que surge violento y duro del entrecejo, es una herida vieja, ya curada, una herida que, vista de perfil, creyérase una marca hecha con un hierro encendido.

La turbación de la muchacha crece ante la silenciosa persistencia del joven, y agrega como si contestara a una pregunta:

-Pero, ¿qué quieres tú, Julián; si papá se empeña en que yo figure en esa fiesta de caridad? Él es uno de los miembros de la junta, y ya sabes con el calor que toma papá las fiestas benéficas.

-Sí, ya lo sé -responde el joven, esforzándose en suavizar la entonación de su voz, algo alterada por la contrariedad que estas palabras le producen-; ya lo sé. Con demasiado calor. Por eso cree él que es un deber tuyo contribuir a sus éxitos tocando trocitos de ópera.

-Cosa que, después de todo, no tiene nada de particular.

-Sí tiene. Por lo menos es una ridiculez andar a todas horas cantando en los coros de las iglesias y saliendo a los escenarios a divertir al público.

-Pero yo no lo hago por mí gusto.

-A disgusto tuyo o no, lo haces.

-Me lo imponen.

-De modo que si a ti te imponen que te vistas de mamarracho, ¿te vistes?

-¡Ah, no, eso no! -contesta, muy decidida y con mucha ingenuidad, la señorita.

-¡Pues es lo mismo, mujer, lo mismo! ¿Crees tú que honra y enaltece mucho eso de figurar en las crónicas de los periódicos, después de cada fiesta, siempre bajo el mismo cliché? «La bella y espiritual Isabel, la hija de nuestro amigo el acaudalado banquero don Anselmo Espinosa, arrancó al piano por manera magistral la partitura del Caballero del Cisne.» Esto quisiera tu padre: ¡ser el Caballero del Cisne!

-¡Qué cosas tienes, Julián, qué exagerado eres!

-Me calificas de exagerado porque te rezo el Evangelio; bueno, no me importa. Lo que me importa es otra cosa: que no tomes parte en esa velada. Anoche me ofreciste obedecerme, y ahora sales con que si papá se enoja... ¡Qué se enoje! No irás. Puedes decírselo.

-¡Dios mío! ¡Y cómo le digo yo eso a papá! -exclama la muchacha, con angustia-. Se va a poner furioso; eso no puede ser.

-¿Qué no puede ser? -pregunta éste, frunciendo el ceño-. ¿Es que no quieres?

-Sí, quiero; pero no puedo.

-Podrás, ya lo creo que podrás. Busca un pretexto.

-¿Cuál?

-Cualquiera. ¡Qué sé yo! Te duele la cabeza, el corazón... En último caso te resistes. Cueste lo que cueste y suceda lo que suceda, faltarás ¿Quedamos en eso, sí o no? Responde.

Isabel no responde. Acometida de súbita tristeza, inclina la cabeza sobre el pecho y deja caer los brazos con desaliento, en actitud resignada Mientras, Julián, con su ceño habitual más profundamente pronunciado, ahora permanece impasible.

La pausa es larga y embarazosa.

Al cabo de un rato la muchacha balbucea una súplica, y esta súplica, que no tiene bastante vigor para salir clara y robusta de sus labios, se le asoma a los ojos transformada en lágrimas.

Julián, que la espía, levanta a su vez la mirada sorprendida hacia el rostro de la joven.

-¿Cómo, lloras? ¿Por qué lloras? ¿Es que te ofendo pidiéndote que me cumplas lo ofrecido?

-No, no es eso. Bien sabes que quiero lo mismo que tú quieres. Te digo que no es eso...

-Y ¿qué es entonces?

Isabel vacila un instante; después, con voz entrecortada, dice:

-¡Es que mamá, la pobre, está tan enferma! ¿Qué me importa a mí el sacrificio tratándose de ti? Pero ella, ella es la que sufre todas las intemperancias de mi padre...

Y luego, revelando en el acento, en la misma frase que pronuncia, toda una historia de dolor, añade:

-¡Ah, Julián, si tú supieras!

Quédase éste un tanto suspenso al oír las melancólicas frases de la hija que evoca las tribulaciones de la madre y, sintiendo que allá, en el fondo de su alma, se despierta de pronto el dormido recuerdo de la suya, tiene un rasgo de nobleza, que se traduce de este modo:

-Mira, tienes razón; soy un terco insoportable. No había pensado en la pobre Juana, que tanto nos quiere... Pero me indigna, ¿sabes? me subleva don Anselmo. ¡Ojalá pudiera decirle!...

-¡No le dirás nada, rebelde! -le interrumpe, ya repuesta de su pena, Isabelita, haciendo ademán de taparle la boca-. ¡Rebelde!

El exaltado joven se sonríe; arrepiéntese de lo que va a decir, y cambiando de entonación deja escapar una interminable serie de incoherencias entremezcladas de ternezas.

-Perdóname, Isabel... No sé, a veces, ni lo que hablo. Y es que me vuelvo loco cuando me acuerdo de las intransigencias de tu padre. Me enfurezco, no lo puedo remediar. Ya ves tú: ahora mismo te iba a dar un gran disgusto, por contrariarlo a él... Pero tú me perdonarás; ¿es verdad que me perdonarás? ¡Tú que eres la más buena, la más bonita de las mujeres!

En vano ha querido imprimir el caballero apasionado acento a sus palabras: resultan frías en sus labios y hasta impropias.

Isabel es algo más que buena; es algo más que bonita: un verdadero prodigio de hermosura. Tiene diez y ocho años y tiene además, para realce de su rozagante y espléndida juventud, una infinidad de admirables y sugestivos encantos físicos, tales como sus grandes ojos garzos, velados por largas pestañas; su pelo ondeado y rubio, como el oro; sus mejillas frescas, y su boca pequeña y húmeda, que es un verdadero nido de sonrisas.

Y para complemento de hermosura, un cuello hecho a torno, un seno arrogante, decidido, de firmes y punzadores atractivos, y un talle esbelto y muy bien formado, de donde arrancan en fugitivas y magníficas curvas unas opulentas y redondas caderas de estatua griega.

Isabel y Julián, sobre ser novios, son parientes muy cercanos: él, hijo de José Andrés Hidalgo -malamente asesinado hace dos años, a la vuelta de una esquina-, y ella, hija de don Anselmo Espinosa y Juana Méndez Hidalgo, prima del difunto José Andrés.

Los jóvenes negaban que el vínculo de la sangre hubiese alcanzado entre ellos el excelso grado de la jerarquía amorosa. Más recio de convencer el intransigente padre; creyó siempre en un enigmático y no muy disimulado cariño, que encubría mal la parentela y que a menudo lo ponía fuera de sí, dándole margen a acaloradísimas disputas con su mujer sobre los fatales enlaces y funestísimos cruzamientos de familia. Juana, no obstante las reyertas y enfermedades que el noviazgo de la hija y el pariente le proporcionaban casi a diario, lo consentía y lo alentaba, en lucha con la hostilidad de su marido.

De aquella fiera persecución paternal se desprendían los furtivos coloquios, las citas azarosas, los apretones de manos al paso, a las salidas de los teatros, de los bailes, de las reuniones en que por casualidad se veían.

En Isabel el cariño fue como una espontánea y natural eflorescencia; brotó de su corazón bello y hermoso; tomó cuerpo, creció y creció cada día más; amó en Julián el contraste, la energía de carácter, la rebelión, la fuerza.

En Julián puede decirse que el amor estaba sostenido por la contrariedad de un padre arisco: el señuelo más eficaz para los cariños que vacilan.

Y aun así y todo se veía que luchaba a brazo partido con un sentimiento extraño, inexplicable; y que por ende su amor, no estando completamente definido, más bien que pasión de enamorado parecía satisfacción de rebelde que triunfaba.

De aquí que las frases brotaran de sus labios ahora bruscas y tiernas juntamente, mezcladas de imposiciones y de afectos.

Isabel se ruboriza oyéndose llamar por él buena y bonita. Esto te basta para juzgarse feliz. Una sola expresión de su afecto la sugestiona; un llamamiento suyo la atrae, y confusa, temblorosa de dicha, se inclina sobre el alféizar.

Él, olvidando su disgusto, olvidado del sitio en que se halla, viendo que la alegría se refleja en la cara de su novia, se apodera de una de sus manos, y mano sobre mano comienza entre los dos un diálogo suave, discreto, que flota como un vago y desmayado murmullo en aquel ambiente cargado de luz y de bochorno.

Mas cuando ya se entregan por entero a su deliquio, cuando Julián empieza a ser amante e Isabel a ser dichosa, se oyen dentro, en la sala, los pasos precipitados y enérgicos de un hombre que se acerca a la ventana.

Isabel apenas tiene tiempo para incorporarse y decirle con angustiosa voz a su novio:

-¡Vete, vete!... Es papá.

Aún no lo acaba de decir cuando aparece detrás de ella la terrible, enorme y apoplética figura de don Anselmo Espinosa. Isabelita se vuelve, aterrada, muda de miedo y de vergüenza. A Julián la sorpresa lo deja clavado en la acera.

El irritado y cejijunto padre ni siquiera pronuncia una palabra; pero agarra brutalmente a la hija por un brazo y la sacude con tal fuerza, con tal ferocidad, que la muchacha vacila, da un traspiés y tiene que apoyarse en la ventana para no caer.

Vuelto entonces de su estupor, indignado de aquella acción inicua, loco de pena y de ira, con las mejillas inflamadas, con los ojos fulgurantes de odio, con las manos crispadas y cogidas rabiosamente a los balaustres, Julián Hidalgo se levanta sobre la punta de los pies y vomita, más que profiere, estas palabras:

-¡Cobarde!... ¡Es usted un cobarde, señor Espinosa!...

A este estentóreo grito de furor contesta don Anselmo cerrando de un golpazo formidable la ventana. Y el sol, aquel sol fogoso y bravío que señorea por las espacios su deslumbradora fiereza, que incendia la atmósfera y relampaguea en los tejados y arranca vahos de inmensa lujuria al seno hinchado de la tierra, dijérase que se revuelve también y se enrojece aún más y golpea furioso, despiadado, frenético, con sus sangrientos rayos, la ventana que acaba de cerrarse.

II

- II -

De herencia le venía a Julián Hidalgo el ser levantisco: de los abuelos rebeldes, de aquellos viejos épicos, caudillos de tribus vencidas, a quienes la historia de la conquista negó el valor y regateó el heroísmo porque no quisieron admitir la civilización a latigazos.

Insurrectos de esa talla, bravíos guardianes de sus mujeres y sus tierras, fueron los predecesores del primer indio anónimo que apellidó «Hidalgo» el invasor.

El indio sometido, pero no domado, escondió el odio en no se sabe qué rincón del alma y lo transmitió a sus hijos.

José Andrés lo extrajo íntegro, y el sombrío rencor de José Andrés peregrinó por la ciudad conquistada hasta hacer nido caliente en el seno harto joven de Susana Pinto, criolla de pasiones prematuras, imprevistas, involuntarias, volcánicas todas.

De aquel rencor de hombre y de esta fiereza de hembra de juventud precoz, nació Julián, y nació rebelde como nació feo, por atavismo de raza, rompiendo bruscamente las entrañas de una madre casi niña que no podía darlo al mundo.

Los primeros años de Julián, revoltosos y terribles, ofrecen algunos menudos y variados lances a la claridad de esta historia.

Por una multitud de crímenes infantiles encerraron a nuestro héroe en un colegio donde, a vuelta de dos o tres semanas de lloriqueos y protestas, encontró, para consuelo de sus penas, un amiguito ten travieso como él, y que atendía a la lista de los réprobos del severo instituto por el nombre de Luis Acosta.

Luis era inteligente, muchacho audaz, simpático, pero díscolo y pendenciero hasta dejarlo de sobra.

Decíase que era un expósito, hijo de nadie, y que el director del instituto le había hecho el favor de prestarle su apellido para igualarlo a los otros condiscípulos. Esto lo decían sotto voce, en las tertulias de asueto, en el fondo del corral, cuando él estaba ausente; porque Luis «se mataba con cualquiera», y gastaba cuerpo de gigante, y los tenía a todos metidos en un puno; sobre todos ellos a un tal Teodorito Cuevas, niño elegante, si los hay, tan ufano de su persona y de su nombre que solía firmarse al pie de las planas: «Teodoro César de las Cuevas y del Milagro de la Concha.»

Este aristocrático feto pagaba a menudo las rabietas de Luis Acosta; cuando no le llenaba las botas de carbón, le rompía las narices de una bofetada.

El natural fogoso y emprendedor de Julián halló cumplido molde en el carácter de Luis, y de esta guisa, unidos y estrechados, marcharon de bracete por la senda de las diabluras infantiles: estas diabluras le proporcionaban con frecuencia muy tremendos y rigurosísimos castigos; pero los castigos que hacían reír a Luis enfurecían a Julián, enardeciéndolo hasta el punto de hacerlo airado y atrevido con sus maestros.

Una tarde se armó una gran pedrea en el jardín del colegio, y Teodorito Cuevas, que no pensaba más que en vengarse de los maltratos de Luis Acosta, parapetose detrás de un árbol y le arrojó brutalmente un cascote lleno de clavos y otras materias «criminales»; y lo hizo con tan mala fortuna que, en vez de partirle la cabeza a su verdugo, como él quería, encontró blanco en la frente de Julián, que andaba cerca.

De aquella frente brotó sangre en abundancia, y hubo alaridos de espanto y carreras en tropel y lavatorios furiosos en el agua de la pila; y, para completar, una cura maravillosa de telas de araña, aceite y otros menjurjes que resultaron providencialmente eficaces, volviendo de esta suerte el alma al cuerpo de los desasosegados colegiales, temerosos, y con razón, de que el suceso llegara a oídos del inflexible director.

Y el director al fin y al cabo se enteró, es claro, y llamó a capítulo a todo el mundo y prometió un castigo ejemplar para el autor de la hazaña.

Pero en cuanto supo que la agresión fue involuntaria, y que había partido de Teodoro, a cuyos padres rendía él consideraciones casi serviles por lo mucho que le sonaba el apellido, limitó la terrible reprimenda a un profundo y filosófico sermón sobre la influencia de las pedreas en los destinos de los jóvenes.

Aquello exaltó, en vez de calmar, la cólera de Julián, que esperaba ver colgado de las vigas del techo al elegante caballerito; y la cólera recogida e impotente se convirtió luego en una lágrima, en una de esas lágrimas que dejan huella invisible, pero eterna, en las mejillas de los niños.

Y tan honda, o más honda aún que la herida de la frente hecha por la mano de un compañero de colegio, fue la otra, la hecha por la injusticia de los hombres, la que llevó a partir de aquel día en el fondo del alma el levantisco Julián.

La raza indómita de los Hidalgos, provocada y hostilizada en un espíritu infantil, empezaba a revelarse.

Y en esta situación de ánimo sorprendió al muchacho la época de exámenes y el reparto de premios, que él esperaba con ansia, satisfecho de haber ganado muchos. Bien poco le duró la satisfacción. Los maestros, que le habían tomado ojeriza por los muchos sobresaltos que les daba, repartieron sus tres premios, brillantemente ganados en las clases de Matemáticas, Filosofía y Letras, entre otros condiscípulos.

Así creyó morirse de coraje cuando oyó, en plena fiesta y delante de su padre, que aún vivía, y de su pariente don Anselmo, aquel continuo llamar a los demás alumnos.

A un desconocido Mengánez le dieron los de Matemáticas, y a un Fulano, también desconocido, el primero de Filosofía.

Oír aquellos nombres indeterminados y sentirse poseído de santísimo furor de protesta, todo fue uno. Se levantó súbito del asiento, y sin respetar ni la presencia de sus parientes, ni lo selecto del concurso, exclamó, enseñando los puños:

-¡Eso no, caramba! ¡Esos premios son míos... míos! ¿Por qué se los dan a esos jumentos, a esos...

El asombro de los allí presentes no era para descripto: el director tomó un gran berrenchín; el tío, don Anselmo, dijo que aquella incalificable rebeldía estaba pidiendo algo así como el tormento de la Inquisición, y José Andrés, que en el fondo se regocijaba de la salida del muchacho, aunque otra cosa dijera, decidió separarlo del colegio para meterlo, no en la cárcel, como pretendía Espinosa, sino en la Universidad, que era más liberal que el Instituto. De la Universidad salió, sin completar sus estudios, a ponerse al frente de la secular posesión que su padre conservaba, como reliquia santa, allá en los mismos augustos montes donde fueron degollados sus abuelos.

III

- III -

Al poner el pie en aquella selva vigorosa y patente, entregada a la ciega energía de la procreación cargada de luz de sol, nutrida de aguas fecundantes, infatigable en su lujuria y magnífica en su salvajismo y en su fuerza, del pecho de Julián brotó un grito de admiración súbita.

El bosque sorprendido contestó rugiendo al saludo juvenil... Diríase que el augusto recinto, el inmenso refugio de sus mayores, reconocía en él al vástago de la vieja tribu, porque hubo como rumores de torrentes en las quebradas hondas y estremecimientos de árboles añosos, taciturnos testigos de injurias no olvidadas; y hubo también como diálogos de pájaros en huelga y palmas gigantescas que batieron sus lánguidos brazos en señal de regocijo, y un águila caudal extendió sus alas enormes y fue a cantarle en su idioma estridente de granizados al abierto espacio, la llegada del último Hidalgo a la montaña inaccesible.

Jamás un alma joven y aturdida se abrió tan rápida y espontáneamente a la regeneración como la de Julián. Salió desgarrado y triste de la ciudad, y la sola influencia, el hálito fecundo de la tierra generosa que pisaba, le volvió la vida.

Libre de la vulgaridad, de la pequeñez, de la rutina del medio ambiente que respiró su maleada juventud, una segunda juventud, sana, bella, floreciente y nueva se desprendió de la primera; recuperó su ser, casi perdido para toda cosa de provecho; se alegró de pronto su imaginación, y sus ojos adquirieron esa gozosa mirada de felicidad que puso la poesía en la pupila de Adán, cuando Adán despertó para asistir a la aurora del mundo.

Decididamente el espíritu de aquel mozo había sido hecho para la grandeza. Se asimiló el bosque como se asimilan ciertas personas, sin saberlo, las costumbres y las cosas, el idioma y el estilo del país extranjero que frecuentan; y el frecuente roce con la selva le comunicó a Julián toda su existencia: algo de su poder, mucho de su serenidad y un poco de su fiereza hermosa.

Acabó por amar todo aquello que era suyo. Abismos y vertientes y picachos, merced a sus fantásticas creaciones, se despojaban a veces de su materialidad de cosas y adquirían, según sus sueños, figuras vivientes de personas que lo amaban. Los criados de la finca, que lo vieron nacer y lo querían como a un hijo, constituyeron su hogar, y a vuelta de dos o tres años recordaba apenas de una manera vaga, a modo de confusa pesadilla, casi con horror, la ficticia alegría de su pasado.

¡Qué feliz se consideró entonces! Faltábale, no obstante, una persona a quien comunicarle aquella ruda, semibárbara felicidad, y cometió la torpeza de manifestársela en extensa carta a su imprescindible amigo Luis Acosta.

Aquella carta fue su perdición.

Luis había llegado a gozar en la sociedad de los mismos privilegios que gozó de niño en el colegio. Vivía de una cuantiosa pensión que «el maestro» le fijó, sin decirle su procedencia, y vivía bien, gastaba a manos llenas, entrando porque sí, porque le daba la gana, a todas partes, como Pedro por su casa, y tratando a todo el mundo con un desenfado inaudito, como si todo el mundo estuviera obligado a rendirle homenaje a su valor y al grueso bastón con que a veces ayudaba por modo elocuente sus habituales descaros.

Luis le contestó a Julián extensamente y le narró historias y le habló de todas aquellas rencillas y mezquindades de pueblo que él había olvidado. La correspondencia desde aquel momento fue asidua, semanal, indispensable; cuando Luis escribía sobre esta o aquella atrocidad, Julián, indignado, pedía regeneraciones inmediatas, hombres nuevos, cosas imposibles.

Y en aquel ir y venir de informaciones y juicios y protestas, acabó por formarse en su alma una prevención sorda y tenaz: no sabía contra quién; pero aquella prevención, que no halló en la selva donde posarse, tomó cuerpo al cabo, y se fijó en una parte de la Humanidad, que no trataba precisamente, cuando, urgido y solicitado por Susana, tuvo que regresar, nada menos que a enterarse del asesinato cometido en la persona de su padre.

Fue un crimen misterioso, extraño, horrible, realizado a la vuelta de una esquina. Nadie vio, nadie supo nada hasta el día siguiente, que se encontró el cadáver tirado sobre el arroyo, y junto a él un bastón roto y un puñal, cuyo mango, de plata oxidada, tenía adherido, como muestra trágica del hecho, un mechón de cabellos ensangrentados.

Primero se habló de un crimen político, después de una venganza, y, por fin, de un «acto pasional», por lo que salieron a relucir sus facultades analíticas todos los Lombrosos, Tardes y Ferés de la gentil ciudad. Todo el mundo habló del crimen como si lo hubiera presenciado, y, sin embargo, el crimen quedó impune.

Dijérase que por uno de esos raros sports de los pueblos poco socorridos de sucesos espeluznantes, quién más quién menos quería ser allí cómplice del asesinato de José Andrés.

El golpe, a pesar de la cólera de león que se traía Julián del bosque, lo anonadó; lo anonadó de tal suerte, que no se dio cuenta de que algo más siniestro, si cabe, que la muerte de su padre empezaba a flotar con temblores de deshonra sobre su desolado hogar... ¡Ignoraba todo! No sabía nada, no comprendía, no sospechaba siquiera que la por muchos títulos virtuosa Susana Pinto, la madre queridísima, la viuda infeliz, sufría en silencio unas tan brutales proposiciones amorosas de don Anselmo Espinosa, que tocaban los límites del cinismo.

Aquel hombre impúdico, codicioso, sensual, turbado por las involuntarias voluptuosidades de la viuda, en plena sazón de belleza, aguijoneado, en fin, por un repentino deseo que se le agarró a la sangre, quiso violar el respeto que debía al cercano parentesco; y Susana, temerosa del disgusto que tal relato pudiese ocasionar a su hijo, no se atrevía a decírselo.

Julián presentía, no obstante, algo inexplicable; presintió la lucha, adivinó la catástrofe de lejos, y todo ello fue en él instinto de raza, de aquella raza indómita, vencida, pero no domada, a latigazos en los laberintos mismos de su selva.

Adiestrado ya para el combate, se preparó inconscientemente y se declaró de una vez para siempre aquel carácter impetuoso, vehemente, que no conoció nunca el perdón. Al primer rozamiento del colegio, a aquella injusticia manifiesta se añadió la antipatía anticipada de la gente, y a ésta la desgracia de su padre, junto con el presagio de su deshonra.

De ahí que todo mal proceder, cualquiera cosa, nada, le lastimaba la herida, y la herida tuvo siempre una boca abierta, por donde manaba a veces sangre en abundancia.

Ni el tiempo, ni la alegría, ni el amor mismo de Isabel, triunfaron de la rebeldía insólita que se irguió desde entonces en la airada memoria de Julián Hidalgo.

IV

- IV -

Para festejar debidamente la entrada del nuevo año se ha embellecido, por espléndida manera, con banderolas, arcos, lazos, gallardetes, juegos de luz e hileras maravillosas de farolillos de mil colores, la Plaza Central de Villabrava.

Aquello está que arde.

La alegría estrecha las distancias y anuncia y despierta en todas las almas idénticas sensaciones de placer, porque aristocracia y pueblo se confunden, se amontonan, se estrujan y desfilan, furiosamente apiñados, bajo una granizada de tropicales notas que impunemente les dispara desde su doble trinchera de atriles la atronadora banda municipal.

El vocerío es extraordinario; los fuegos artificiales no cesan; la muchedumbre crece... Numerosas y respetables familias se autorizan el mágico placer de admirar desde sus asientos, colocados a derecha e izquierda del paseo, aquel compacto desfile; y apuestos, elegantísimos mancebos, que con el sombrero ladeado y el bastón empuñado al revés, en señal de distinción, cruzan de punta a punta la revuelta plaza, se arrancan de vez en cuando el supradicho sombrero para saludar heroicamente a las damas que encuentran al paso.

Uno de estos heroicos saludantes es Teodorito Cuevas, más conocido por Teodoro de las Cuevas y del Milagro de la Concha, condiscípulo de Julián ayer, y hoy figurín inmarcesible, terror de casadas y solteras, orgullo de la Plaza y pasmo de la arrebatadora cursilería villabravense quien a fuerza de imitar la flamante indumentaria al «elegante» joven, porque había llegado de París en esos días, acabó por plagiarle definitivamente, no sólo las corbatas, los pantalones, los sombreros y los zapatos de punta afilada y primorosa, y sobre todo esto un idioma especial, exclusivamente de Teodoro, y el cual idioma consistía en intercalar en toda conversación palabras exóticas y mal aprendidas en el trote del boulevard.

Teodoro saluda en este momento a una enmarañada, deliciosísima selva de plumas, sombreros, encajes, cintas e inverosímiles volantes que se destacan en primera fila y que pertenecen a las esposas e hijas respectivas del doctor Pérez Linaza y del general León Tasajo, famosos caballeros éstos por su inquebrantable amistad y por el prodigioso número de muchachas casaderas que ofrecían a la juventud villabravense.

No se concebía en Villabrava a una Pérez Linaza sin una Tasajo al lado, como no era posible ver al general sin su inseparable amigo; de tal suerte que la malicia, tan diestra en averiguar vidas ajenas, principió por saber cosas muy feas entre las señoras y señoritas mencionadas, terminando por colgar otras más feas aún al ardoroso afecto del valiente general y del perínclito doctor Linaza.

The opening of the book is shown; the full text loads in the reader.

Loading the full text…