Acto PrimeroSegundoTerceroQuartoQuinto
POR EL CORONEL DON JOSEF CADALSO,
MADRID MDCCXCII.
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Se hallará en su Imprenta y Librería, calle de los Tudescos.
ARGUMENTO.
oña Ava, Condesa viuda de Castilla, madre y tutora del Conde D. Sancho Garcia, Príncipe de tierna edad, enamorada de Almanzor, Rey Moro de Córdoba, intenta dar veneno á su hijo por complacer á su amante; cuya ambicion aspiraba á ocupar el Trouo de Castilla, mas que á reinar en el corazon de la Condesa. El cielo, visible y único Juez de los Soberanos, dispone que la Condesa beba el veneno que sus impias manos habian preparado para su hijo.
Este asunto ha sido tratado en las tablas de nuestro antiguo Teatro segun el gusto que dominaba en el siglo pasado.
He compuesto este drama conformándome al estilo de esta Era. Conozco yo mismo algunos defectos en mi Tragedia: el Público notará muchos mas. Creo merecer el perdon de los primeros por la sinceridad con que los confieso; y espero obtener el de los segundos por el docil carácter del Público Español, acostumbrado á disimular las faltas de los AA., en cuyas obras se ven afectos de religion, honor, patriotísmo y vasallaje.
ACTORES.
La Escena es en un Salon del Palacio de los Condes de Castilla.
NOTA.
En la primera Edicion que se hizo de esta Tragedia el año de 1771 se puso por Autor de ella á Juan del Valle, y en la de los Eruditos á la Violeta, Suplemento y Ocîos de mi Juventud, sacados por el mismo á Don Josef Bazquez, de cuyos nombres se valió la modestia de Don Josef Cadalso para ocultar el suyo. Pero habiendo ya cesado el motivo que obligó á ello, se ha estimado por conveniente no defraudarle squella gloria; tanto por hacer el honor que se debe á la memoria póstuma de un Oficial Distinguido, que sacrificó su vída por defender la Patria en el bloqueo de Gibraltar, como porque su nombre solo basta para recomendar el mérito de este Drama, no siendo la ûnica producción que ha dado á luz este ramo de literatura, y habiendo merecido el elogio de los hombres sensatos por su entusiasmo, viveza y expresion.
DE D. JOAQUIN JUAN DE FLORES, Abogado del Colegio de esta Corte, á la buena memoria del Autor.
SONETO.
Acto Primero
ESCENA PRIMERA.
Almanzor y la Condesa sin guardias ni acompañamiento.
Condesa.
No te encuentro, Almanzor, como solia, el rostro y pecho lleno de alegria. Dime la causa atroz de tu disgusto, mi alma hasta saberlo está con susto. Quanto placer tu amor me ha concedido, no equivale al dolor con que he sabido tu tristeza: si me amas, dilo presto. ¡Ay! Mientras mas continúo, mas funesto es tu silencio. Un alma vacilante, ¿con quién podrá mejor que con su amante su tristeza contar para aliviarla? Acaba de matarme, ó relatarla; si alguna vez mi pecho.......... Alm. No, Condesa; no bastará el amor que me profesa. Mayor que tu cariño es el cuidado que ves en mi semblante, fiel traslado de lo que mi alma siente: es un abismo en que peleo yo conmigo mismo. En ansias tales consultar debía con tu talento la desgracia mia; pero lejos, te juro, de aliviarme, la primera serás á atormentarme.
Cond. Si supieras la pena con que veo, que lejos de agradar a mi deseo, aumentas con tus dudas mi quebranto, ese secreto no ocultaras tanto. ¿Qué habrá en el mundo que ocultarme debas? Alm. Mi pena contaré, como te atrevas a darme tú el remedio con tu brío; pero lo dudo. Cond. De este pecho mío, ¿qué dudas? Qué, ¿te olvidas que en él mandas? ¿Cuándo tus leyes no me han sido blandas? ¿No sabes cuánto anhelo a complacerte? ¿Qué me pides? ¿La vida? Dame muerte. Gustosa te daré el postrer aliento: ese sera mi más feliz momento. ¿A Córdoba me mandas que te siga? ¿Ser yo tu esclava? ¿España mi enemiga? ¿Qué habrá, Almanzor, que de tu amor me aparte? Alm. Haber nacido Rey. Cond. Llega a explicarte; haré cuanto me digas. Alm. ¿Lo aseguras? ¿Cumplirás lo que ofreces? ¿Me lo juras? Cond. ¡Ay cielos! Yo pensaba que tu pecho podía estar del mío satisfecho. Esas desconfianzas de tus labios son de mi tierno amor nuevos agravios. ¿Por qué me pides nuevo juramento? ¿Por qué nuevas sospechas? ¿Con qué intento me pides otra vez nueva promesa? Alm. Porque es mayor que todas, oh Condesa, la nueva gracia que a pedirte vengo,
por eso a tu pasión tanto prevengo. No recelo me falte tu fineza, mas sé de las mujeres la flaqueza: emprenden fácilmente cuanto intentan; mas si dificultad experimentan, se apartan de la empresa que intentaron tan fácilmente como la idearon. Cond. No con razón arguyes de ligero al sexo mío; acuérdate primero del tesón que he mostrado por mi parte: oh, quánto me ha costado el estimarte! Lo sabes; mis vasallos se opusieron luego que mi cariño conocieron en tu persona puesto. Ellos osados, y contra tu nación preocupados, de nuestro amor hablaban con injurias; corté sus vuelos y calmé sus furias. Yo sola, sin auxilio, ni consejos, rompí la nube que tronaba lejos. Calló Castilla ya. Ya no se opone al yugo extraño que mi amor te pone: qué habrá que yo no alcance y te conceda? Alm. Tal vez será lo que tu amor no pueda. Es tal, que no me atrevo a proferirlo; pero en este papel quiero escribirlo. Escribe. Cond. Cielos, qué miro! Qué turbado escribe! Qué nuevo susto el corazón recibe! Su mano tiembla, y tiembla el pecho mío! Ay! qué será? Parece desvarío el susto que al turbarle me conmueve; agüero infausto contenerse debe en el papel: parece que se anega
en sangre, que a mi mismo pecho llega. Ya lo acabó. Si dura más, ¡ay Cielos!, mi vida acabarían mis recelos. Alm. Si mi cariño, si mi bien deseas, lee el papel; y luego que lo veas, harás, Condesa, cuanto en él te pido. Dándola el papel. Si te falta valor, desde hoy te olvido.
SCENA II. Condesa sola.
Oh terrible amenaza, tente, espera... Qué dirá este papel! Suerte severa! Qué susto da su vista! Y qué tormento al leerle temblando experimento! Parece que una mano oculta y fuerte (ó funesto papel!) me quita el leerte. Leeré para salir de mis rezelos. Qué densa nube se interpone, ó cielos!, entre mi débil vista y tus renglones? Salgamos con valor de confusiones; bebamos de una vez todo el veneno con firme labio y corazón sereno. No tiembles, mano, vista no te alteres; porque vea Almanzor, que las mujeres no tienen menos brío que los hombres. Atiende, corazón, y no te asombres.Lee Mas, Cielo, qué he leído! Si me engaño! Si grande fue el temor, mayor el daño: O bárbaro Almanzor, indigno amante! Qué daño has de temer de un tierno infante? Del ídolo de amor, Deidad demente,
será mi hijo víctima inocente? Aceptarás mi mano ensangrentada en el seno filial (ay Dios!) manchada?
SCENA III. La Condesa, y Doña Elvira.
Elv. Llegó, señora, el deseado día, que ha de colmar tu alma de alegría. Hoy del moro Almanzor la regia mano, temor del granadino y sevillano, tuya será. A tu Corte fue traído por tu fama, y fue en ella detenido, su venida ocultando y su morada, con la tregua que al fin está paƈtada. Faltó yá la ficción; yá descubristeis ambos el fuego que ocultar quisisteis. De Castilla los pueblos y nobleza se opusieron en vano á tu fineza. Recibe de mi pecho... Mas, qué mira tu criada leal? Lloras? Cond. Elvira, cómo se muda en horroroso objeto el gústo que parece más completo! Verdad es cuanto dices, fiel amiga; pero si quieres que mi horror te diga... cómo podré? Almanzor, fiero y turbado, este papel con inquietud me ha dado, diciendo: si me quieres, ó Condesa! si mi bien y mi mal hoy te interesa, haz quanto este papel por mí te pida; si no te atreves, Almanzor te olvida. Fuese: tomé el papel, lo abrí: leílo...
Mas, Cielos, qué rigor! ay Dios, qué estílo! No lo repetiré; si tú deseas saber del Moro el fin y las ideas, toma:::::: Elv. Señora, qué es lo que contiene? Cond. A los más fuertes sustos te previene al leerlo: en él verás... Pero no, Elvira, dígantelo tus ojos. Qué, te admira el principio? Prosigue. Amor tyrano! Elv. "No te puedo ofrecer mi regia mano, Leyendo. "si contigo no parto el poderío. "Como tú lo serás del reino mío, "he de ser yo señor de tus estados. "Deben ser a mi amor sacrificados "cuantos puedan el cetro disputarme; "un hijo tienes, si has de desposarme, "si tu mano, Condesa, ha de ser mía, "primero ha de morir Sancho García." Acaba de leer. Qué horror, señora! Cond. Elvira, quién creyera de dueño tan amable acción tan fiera? Tal me pide Almanzor! Un hijo mío! Dónde hallará mi pecho tanto brío? Elv. Qué resuelves? Cond. Acaso dudar puedo? Si tal delito a mi pasión concedo, qué fuego habrá en los cielos vengadores, que no prorrumpa en rayos y en horrores? Qué tierra habrá que sufra ser pisada por mujer tan infame y desgraciada?
Pero aun cuando la tierra me aguantase, cuando el cielo sus iras no ostentase, (pues sufre alguna vez su ofensa el Cielo) me dexaría el interior recelo? El pecho, de su culpa fiel testigo, de la interna quietud duro enemigo, me dexaría acaso un solo instante? Entre los mismos brazos de mi amante hallaría terror en vez de gustos. De su amor, qué lográra sino sustos? Junto al tálamo mismo yo vería la deplorable imagen de García; y su inocente pecho, atravesado por mi bárbaro brazo ensangrentado, fuera vista más triste y horrorosa que del Infierno la morada umbrosa, La imagen de su padre, que glorioso de esta infame mujer fue noble esposo, me parece que veo, y que me dice: de un esposo tan fiel, viuda infelice, no basta profanar mi augusto lecho con un dueño Africano? Satisfecho no estaba tu delirio? Aún no basta? A España privas de mi egrégia casta de nobles sucesores destinados a ser por todo el Orbe respetados? De amor, Elvira, abraseme la llama antes que yo consienta que la fama publique tanto horror. El cielo quiera que antes que Sancho por mi mano muera, mi brazo, al tiempo que el delito intente, salvando el corazón del inocente,
se vuelva contra mí, porque mi espada, librándole, me deje castigada. Elv. Allí viene Don Sancho por un lado: por otro viene á páso acelerado Alek, que es de Almanzor el confidente. Cond.Elvira, ó noble Elvira! aquí mantente: impide que Don Sancho hoy me mire; forzoso es que de aquí yo me retire, porque mi confusión me turbaría al ver y hablar al infeliz García. Dile que vuelva hacia mi propia estancia. A Alek oiré; tal vez la arrogancia. del moro Rey se habrá trocado el ceño. Ay! qué dirá de parte de su dueño? Salgo a encontrarle; tú con gran cuidado haz que no me halle Sancho desgraciado, y que Almanzor..... Elv. No pierdas un instante, pues ya llega García, y de tu amante el confidente. Entiendo tus ideas; y haré, señora, lo que tú deseas.
Don Sancho, Doña Elvira y Don Gonzalo.
Elv. Adónde vas, señor? D. Sancho. Qué? No me admira en poco tu pregunta. Dexa, Elvira: siguiendo voy mi madre y mi señora, que he mirado de aquí salir ahora. D. Gonz. Luego que el sol ha comenzado el día,
á su madre tributa Don García su obsequio, en tantos modos merecido por madre y Soberana. No es debido el embarazo que á su anhelo pones. Elv. Yo tengo, Don Gonzalo, mis razones. Sanch. No las puedes tener. Elv. Mi soberano eres, Don Sancho, y dueño tan humano, que audacia altiva mi rigor parece, y que por tanto tu furor merece. Pero tu madre y mi señora...... Sanch. Aleve! Qué es lo que el labio a pronunciar se atreve? Mi madre acaso puede haber mandado que el paso impidas a su hijo amado? Elvira, no lo creo: está mi pecho del amor de mi madre satisfecho. Elv. Yo no tengo más causas que exponerte que la de la obediencia; y es tan fuerte, que ella me hará sufrir cuanto castigo invente airado tu rigor conmigo. Gonz. Señor, pues Doña Elvira se mantiene en observar las órdenes que tiene, y en no explicarlas, como injusto fuera obligarla a decirlas, ven, y espera á más tarde; vendrás, y así, García, podrás dejarte de la tiranía. mal dixe, la dureza con que quiso no verte, como sueles. Ya es preciso dejar para otro lance tu demanda. Sanch. Tú me persuades, y mi madre manda. Obedezco y venéro, como es justo;
pero mi corazón queda con susto. Elvira, volveré. Dirás, te pido, á mi madre, que la amo tan rendido, que ya la obedecí.
Elvira sola. Guardete el Cielo. Mas la Condesa vuelve. Qué rezelo y susto viene impreso en su semblante! Si tendrá nuevas priesas de su amante?
La Condesa, y Doña Elvira.
Cond. Volvióse Sancho? Elv. Sí. Cond. Y qué te dixo? Elv. Con dominio y dolor tu tierno hijo pidió y mandó que el paso le dexase; representéle; instó que no estorbase; mantúveme; irritóse; mas prudente Don Gonzalo calmó su pecho ardiente. Cond. O hijo tierno! ó Sancho! mi esperanza! y de toda Castilla confianza! Tu madre tu verdugo! El trono mío suplicio habrá de ser, en que mi brío condene y ejecute los horrores que te anuncian del Moro los rencores. Ay! no Mi pecho no se atreve á dár al uno lo que al otro debe. Elv. Con que al Moro despides?
Cond. Calla, calla. No sabes los asaltos en que se halla mi pecho combatido al escucharte. No es todo de García, mucha parte ocupa el Moro; y en afán dudoso, al bien de mi hijo cede el de mi esposo. Al ir á resolverme titubéo, segunda vez mudando mi deseo, despreciando á Almanzor, vuelvo á García; desecho mi pasión, la llámo impía; yo misma me echo en rostro la locura con que olvidé de madre la ternura; me cubro de rubor, horror y espanto al ver que cupo en mí delito tanto. Ya quiero publicar del Moro aleve el cruel designio que á formar se atreve; y cuando contra el Moro más me irrito, cuando mi error y su furor medito, á la dulzura de su nombre, Elvira, en tierno halago se convierte mi ira. Alek me acaba en este mismo instante de apresurar de parte de mi amante a que acelere el golpe. Alek, anciano, ignoraba el rigor del Soberano que daba la orden. Yo, temblando el labio, se lo expliqué; y él noble, humilde y sabio temblaba al escucharlo. Elv. Y tú, señora, resuelves por el hijo que te adora, o por el Moro, que á reinar aspira? Cond. Por quién resolverá mi pecho, Elvira? Aún dudo sin querer. Ay!, yo quisiera
un alma fuerte, que ahogar supiera de una indigna pasión el fuego aleve, y que quisiera a un tiempo lo que debe. Elv. Cedes al Moro acaso? Cond. Cielo santo! Teme mi corazón delito tanto; pero no obstante, en mi virtud no fío: dudo entre el hijo y el amante mío; qualquiera de los, dos que yo despida, una mitad fallece de mi vida. No me dejes en tantas confusiones, mezcladas de delirios y razones; escarmienta en mi pecho combatido. A ninguno el amor ha parecido más suave, más ameno y más gustoso en el principio amable y engañoso; y a ninguno ha causado tal tormento, como en su curso infausto experimento. Yo pensé que su imperio me sería blando sin su rigor, ni y al ligarme sus rígidas cadenas, cargada me miré de susto y penas. Huye, Elvira, de amor. ¡Ay! ¡Joven eres! Mira que en sus pesares y placeres la pena siempre fue mayor que el gusto: ligero el bien, y continuado el susto.
Acto Segundo
Alek, y Almanzor.
Alm. Como te dixe, a la Condesa viste?
Di, cómo la encontraste? Alek. Señor, triste. Al verme conocí se conmovía; apenas al principio profería, en llanto prorrumpió; yo, que ignorante del secreto me hallé, quedé un instante inmóvil, sin saber de qué pendía; pero en medio del llanto que vertía, su pecho abrió, me reveló el secreto. Luego que me explicó tu fiero objeto...... Alm. Qué hiciste, Alek...... Alek. Temblar, como temblaba la amante y madre, la infeliz Doña Ava. Alm. Después del susto, que a tu edad anciana causó mi idea, al parecer tirana, como de un Rey prudente consejero... Alek. Prudente sí, mas nada lisonjero. Alm. No lo apruebas acaso? Alek. Hablar me mandas? Pero ha de ser con las palabras blandas con que la adulación dora el veneno; o con el firme estilo con que el bueno guarda de la verdad las sacras leyes? Alm. Habla como se debe con los Reyes. Alek. Un Rey del Ser supremo es un retrato; a Dios solo será lenguaje grato la voz de la verdad; así es debido que te hable con estilo no fingido. Adule, finja y mienta, si gustare, quien menos tu carácter venerare; tal vez de sus lisonjas más gustoso oirás el atractivo delicioso,
que el acento severo que pronuncia la dura voz que la verdad anuncia. Yo te diré verdades: satisfecho quedará con decirlas este pecho, como queda tu oído desgraciado cuando necias lisonjas ha escuchado. Alm. Es áspero el principio, duro y fuerte. Alek. Paso pues, ¡oh mi Rey!, a responderte. Que la Condesa mate al niño tierno, objeto digno de su amor materno, por su consejo, es crimen más tirano que si tú lo mataras con tu mano. Y di, señor, tu diestra no temblara si al inocente pecho se acercara con el hierro, o veneno, conducido solo de tu ambición? A su gemido y blandas manos, que alzaría al cielo, pidiendo al Ser supremo su consuelo, no temblaras? No temes la venganza del pueblo, que en él funda su esperanza. Y de su misma madre el triste llanto al ver su infante muerto; y el quebranto de toda aquesta Corte conmovida, tu mano no apartaran atrevida? Pero supón que el cielo tolerase delito tan atroz, y te dexase en el trono usurpado castellano: te gustara ser Rey, siendo tirano? Ay!, no señor. La Púrpura manchada con la inocente sangre derramada, fuera carga a tus hombros horrorosa. Dexa á la fama que coloque ansiosa
entre los Dioses sacros á los hombres, que por el lustre de gloriosos nombres roban despojos para adorno infame; deja que a fieras semejantes llame hijos amados la fortuna ciega; al darles triunfos, la quietud les niega. Los prospectos, yá sé, de una conquista son agradables á la régia vista; y los que la ambicion llenar desean, no distinguen los medios que se emplean. Mas no conoces tú del castellano el invencible amor al Soberano. Adora a su Monarca. Aunque pudieras sus pueblos añadir á tus primeras tierras, en que dominas coronado, nunca conservarás este Condado. Soberbio el español su sangre vierte defendiendo a su Rey. Gustosa muerte se le ofrece en la sangre que derrama, donde la guardia de su Rey le llama. Del Padre hereda el hijo la constancia: éste es el alimento de su infancia. Las madres comunican fortaleza con la leche que nutre su terneza. Al páso que leales son valientes: en las fatigas duros y pacientes. En mi joven edad, señor, mi mano mandó tu tropa contra el castellano: venciome, y le vencí, mas siempre fiero de batallar con pueblo tan guerrero. Su exército no tiene el aparato, superflua compostura y falso ornato,
que otras tropas ostentan en campaña, pues solo tiene de marcial la saña. Lo ví descalzo, flaco, pobre, hambriento buscar al enemigo, no al sustento. Si alguna vez murmura un orden dado, ejecuta obediente lo mandado; y el enemigo paga la imprudencia del jefe que mandó sin experiencia. No es fácil que jamás tal pueblo admita el yugo atroz que tu ambición medita. Si quieres dar á siglos venideros timbres para tu fama verdaderos, imita á los Monarcas virtuosos, que se tienen por grandes y gloriosos, como sus pueblos venturosos sean. Cuán dignamente su vigor emplean en hacer respetar á la justicia, en cortar el progreso á la malicia premiar virtudes castigando vicios, y ofrecer a los cielos sacrificios en tantas aras, como son los pechos de vasallos que viven satisfechos. De mi verdad el cielo me es testigo: esto pienso, señor, y esto te digo. Alm. Corta fue mi pregunta; y tu respuesta no fue menos osada que molesta. Yo pedí pareceres, no consejos. Desde hoy de mi persona vive lejos, y no contristes más mi augusta mente. Huye de mi presencia prontamente. Alek. Señor, no extraño la desgracia mía, aun antes de empezar ya la sabia;
mas la veía mientras más hablaba. La verdad contra el riesgo me alentaba; si ésta te ofende, tu desgracia siento; obedezco, mi Rey, de tí me ausento,
Alma. solo.De qué sirve vasallo que no adula De qué sirve ser Rey, si se le anula, por rígidos consejos de un anciano, el despotismo, que hace al Soberano?
Almanzor, y la Condesa.
Alma. En tu semblante hermoso, aunque tan triste, ya conozco, Señora, que leíste aquel papel que mis designios muestra. Alek también, aunque su voz siniestra solo me vaticina culpa o muerte, me ha dicho que te ha visto: he de deberte fineza tal, que si parece odiosa a tus ojos por madre, es más gloriosa mirada como Reina, á quien se humilla con el noble Condado de Castilla el cordobés Imperio. Lo presento á tus plantas en prueba y monumento de que sabe Almanzor agradecido premiar el beneficio recibido. Bien sé que en la pueril ternura amante cuesta resolución tan arrogante; pero espero, que ya considerado el gran valor de la razón de estado, habras juzgado acción menos impia
sacrificar la vida de García. Por si su muerte causa en esta tierra alboroto civil é interna guerra, en Córdoba tendré dispuesta gente, que sostenga mi idea. Diligente á verte volveré, donde tu mano me asegure el Condado castellano. Esto pienso, Condesa, y me asegura mi amor, que me lo aprueba tu hermosura. Cond. Pues yo pensé, Almanzor, bien al contrario: creí, que si al principio temerario la muerte pretendías de García, porque obstáculo fuerte parecía a tu ambición para obtener ufano el supremo dominio castellano, al conocer el crimen horroroso, que cruel propusiste á mi piadoso materno corazón, que siempre viste colmado de blandura, te corriste de idea tan atroz; y que rendido me querías pedir diese al olvido las líneas, que tu crimen comprehendían, y en que a un tiempo ofendidos quedarían la humildad, el Cielo, la nobleza, tu fama, mi virtud y mi terneza. Creí que un héroe como tú tendría por falta de valor la tiranía, y por carga insufrible al brío hermano el cetro y el puñal en una mano. Alm. No, Condesa, no pienses que yo pueda ceder: tu corazón al mío ceda. No me puedo apartar de lo propuesto:
sin este sacrificio me es funesto tu amor; con él me fuera delicioso, y á mí y á mis vasallos ventajoso. El tiempo por instantes va faltando: mi genio altivo con el tuyo blando lo pasará en superfluas reflexiones. A la razón de estado no hay razones que superiores sean, ni hay ideas que pesen más. Cond. Tyrano! Porque veas cuánto anhela mi pecho a complacerte, y a costa de un delito obedecerte, me resuelvo a que Sancho separado de mí, y en un castillo aprisionado, (diciendo yo que ha muerto) pase triste la vida, que arrancarle pretendiste. Así conseguirás tu idea basta. No te basta este crimen? Alm. No me basta. No pienses con tal arte entretenerme: ó Sancho ha de morir, o has de perderme. Resuelve, y breve, lo que más te importe, o déjame ausentarme de tu Corte. Condesa. Qué escucho? Qué impiedades me propones? Trataste con humanos corazones, ó solo con las fieras, que produce la adusta tierra, de que se deduce tu origen africano? ¿Al pecho mío propone tu ambición tal desvarío? La pérdida de un hijo o de un amante? Ay! Cómo merecieras que inconstante
te negase, tyrano !mi cariño, y le ofreciese entero al régio niño! Pero tú me conoces dominada de esta pasión, y mi alma esclavizada. Bien lo sabes; y abusa tu fineza de mi pecho embriagado con terneza; pero no apures, no, mi pecho altivo: sabré morir si con martirio vivo, por no perderte, ni á mi Sancho amado; (duda, que tiene á el pecho acongojado). Yo moriré; Almanzor, y con qué gusto. Acaso al inocente imprime susto el lúgubre aparato de la muerte? Alm. Fuera causa más breve, y aun más fuerte de la muerte de Sancho. Sin respeto mi brazo emprendería tanto objeto. Esta menor edad de Don García disensión en Castilla sembraría; y con tan favorable coyuntura sería su conquista más segura. Y pues esa amenaza de matarte puede ser en tus labios sutil arte, te digo, que bien muerta ó viva, quiero coronarme en Castilla. Cond. Tan severo, prosigues con tu intento? Alm. Sí, Condesa. Yo parto, pues mi ausencia me interesa, oh muera el que se opone a mi fortuna. Cualquiera dilación es importuna. Firma en estos papeles, fementida, el órden que acompañe mi partida
hasta llegar al fin de tu frontera; ó toma aqueste acero, con que muera Sancho. No digo más. Condesa, advierte que mi ausencia decretas, ó su muerte.
Cond. Qué es esto, cielos! Qué fatal conflicto! Cada mano cargada de un delito, y el débil pecho a cada cual propenso, mirando á la virtud, queda suspenso! En tanta confusión, en duda tanta, lo que más me complace, más me espanta.... Pero qué digo? El pecho acongojado no caiga bajo el peso del cuidado. No con vanas fantasmas de terrores han de dudar las almas superiores. En su ignorancia temblará la plebe: el noble pecho más vigor se debe. Sí: vamos. Pero dónde? Yo lo ignoro: a mi hijo quiero, y a mi amante adoro. Pero mi amante una maldad me pide; merece por su crimen que le olvide. Pero mi hijo me priva de un amante; debe ser inmolado el tierno infante. Seré, si mató á Sancho, madre impía; si se ausenta Almanzor, ay triste día! Qué pocos seguirán tu luz, ingrata! Mas, ¿qué interior impulso me arrebata? Sí, ya siento de madre la terneza; yá me habla al pecho la naturaleza. Ay, Sancho! Vive; sí, vive, y la suerte dexe á tu madre que consiga verte
reynar como tu padre. Quiera el cielo que seas tú de mi vejéz consuelo; y que después de verte, ¡oh Sancho amado! mandar gloriosamente este Condado, yo muera entre tus brazos quietamente. Entonces sí que miraré presente del ciego amor el sacrificio que hago; entonces sí que me sería aciago el haberte pospuesto á mis amores. Dame, virtud, tus fuerzas superiores. Sí: de Almanzor firmemos la partida. De mi Almanzor? Del dueño de mi vida? Ay! No puede caber accion tan dura en quien él mismo halló tanta blandura. Aparta, pluma, de mi mano impía, y no marche Almanzor; muera García.
La Condesa, y Doña Elvira.
Elv. Señora, con cuidado...... Mas, qué veo? Lo que turbada miro apenas creo. En tu mano un puñal? Ay!, dí: qué es esto? Cond. Otro tengo en el pecho más funesto. Todo mi pecho ocupan los terrores, negros remordimientos y rencores. Qué sombras! Qué visiones me amedrentan! Qué invisibles verdugos me atormentan! Conózco el mal horrible, lo aborrezco; y lo que á otros preparo, yo padezco. Elv. Y de qué nace tu infeliz estado? Cond. La muerte de Don Sancho he decretado. Elv. Qué delito! Señora, no decías
que á la virtud sacrificar querías tan horrenda pasion? Tu pecho mismo no te mostró de errores un abismo, al ver del Moro Rey las pretensiones? Cond. Qué leves sois, humanos corazones! A un ímpetu de amor, ó de locura cedió de justa madre la ternura. Pintóme amor del Moro la partida con tan tristes colores, que la vida perdiera por no verle yá marchando. Su bella imagen, su atractivo blando, fueron fuertes motivos que se unieron, y á un crimen suficientes parecíeron. Con tal resolucion la mano mia firmó la injusta muerte de García. Pero fuerzas del vicio producidas, cuando han sido algún tiempo mantenidas. Desvanece sus sombras el delirio, y entonces, qué dolores !qué martirio! Ahora que con justas reflexiones exâmino el rigor de mis pasiones, ahora que yá veo quán mudado está en sensible mi felíz estado; al ver que en otros tiempos yo pasaba quieta la vida, que felíz lograba; y al presente entre sustos comprimida, toda muerte es más dulce que mi vida; yo misma me aborrezco, me abomino; contra mi vida, con rigor camino; y no tengo valor para arrancarme un corazon, que supo acriminarme? Elv. Qué intentas, pues, señora?
Cond. Yo lo ignoro: solo sé que suspiro, gimo y lloro; que cada vez se aumenta mi tormento; que temo el crimen, y temerle siento. Llama á García, y dile... No, detente; sigueme; y mira en mi dolor presente lo que cuesta el delito más gustoso: qué lejos de la culpa está el reposo, y qué cerca del crimen el castigo! Elv. Desgraciada Condesa, yá te sigo.
Acto Segundo
Alek solo.
Inconstante fortuna, aquí me tienes (firme en tus variaciones y vayvenes) no como en otros tiempos estimado de mi Rey Almanzor, sino arrojodo de lo alto de la cumbre al precipicio. Hiciste, ó suerte! tu común oficio. Felíz aquel que de la humilde vida nunca subió; no teme la caída. Aquél que sube á la mayor privanza con susto fuerte y débil esperanza, previendo en cada caso de la suerte la vida triste; ó la infelice muerte, comprando con peligros los favores, apura de los hados los rigores.
La Condesa, y Alek
Cond. Yá sé de tu desgracia el fundamento.
Alek. Decirtelo no puedo; no me siento capáz de revelarte por mis labios la falta de mi Rey, ni mis agravios. Cond. Cruel es Almanzor. Alek. Pero es mi dueño. Con rostro humilde adoraré su ceño; y si de Rey pasando á ser tyrano, me mata, besaré su régia mano. Estas del buen vasallo son las leyes, por mas faltas que se hallen en los Reyes. Cond. Buen vasallo, y tan mal recompensado! Quién te defiende del rigor del hado? Quién te conserva contra su inclemencia? Quién consuela tu pecho? Alek. La inocencia. Ella sola me basta, y es sobrada contra los golpes de la suerte ayrada. El infelíz que en su inocencia piensa, encuentra en su virtud su recompensa. Y de qué la virtud nos serviria contra el acaso, fraude y tiranía, si no hubiese dispuesto el justo Cielo que en ella hallemos superior consuelo? Su hermosa luz más clara resplandece, cuanto más la fortuna se obscurece. Caí; mientras más bajo, más lo estimo; del arte de la Corte así me exîmo. A Córdoba me vuelvo: humildemente en mi casa tranquila é inocente mi vida pasaré. No es sacrificio el que hago de la Corte; su bullicio, qual juguete de niños ignorantes,
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The end
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