A Teresa
Estos cuentos te dedico, amor mío, porque son lo más honrado que ha salido de mi pluma, y porque tu alma angelical y enamorada me ha hecho sentir mucho de lo hermoso y puro y santo que he pretendido trasladar a ellos.
Llámoles CUENTOS DE COLOR DE ROSA, porque son el reverso de la medalla de la literatura pesimista que se complace en presentar el mundo como un infinito desierto en que no brota una flor, y la vida como una perpetua noche en que no brilla una estrella.
Yo, pobre hijo de Adán, en quien la maldición del Señor a nuestros primeros padres no ha dejado de cumplirse un solo día desde que, niño aún, abandoné mis queridos valles de las Encartaciones; yo tendré amor a la vida y no me creeré desterrado en el mundo mientras en él existan Dios, la amistad, el amor, la familia, el sol que me sonríe cada mañana, la luna que me alumbra cada noche, y las flores y los pájaros que me visitan cada primavera.
En el momento en que esto te digo, a ambos nos sonríe a esperanza más hermosa de mi vida: antes que el sol canicular marchite las flores que están brotando, refrescarán nuestra frente las auras de las Encartaciones. El noble y sencillo anciano, que ya se honra y te honrará dándote el nombre de hija, recorre alborozado la aldea, y con el rostro bañado en lágrimas de regocijo, dice a los compañeros de mi infancia:
-¡Mis hijos vienen! ¡Mi hijo vuelve a saludar estos valles con el ardiente amor que les tenía al darles la despedida más de veinte años ha!
Y los compañeros de mi infancia, que, como yo, siguen la jornada de la vida glorificando a Dios, que les da aliento para no desmayar en ella, participan del regocijo de nuestro padre.
Y nuestro padre y nuestros hermanos piensan a todas horas en nosotros, y utilizan todas las galas de la pobreza para embellecer la morada que han de ofrecernos, y cada vez que se asoman a la ventana esperan vernos aparecer por aquella colina por donde me vieron desaparecer más de veinte años ha.
Si hasta al alcance de los que son tan pobres como nosotros pone Dios en el mundo esta felicidad que tú y yo sentimos, ¿qué es lo que quieren del mundo esos insensatos que se juzgan desterrados en él? Si esperaban hallar en la tierra el cielo, ¿qué es lo que esperaban hallar después de la vida?
Aceptemos, amor mío, el camino tal como Dios nos le ofrece, que, esperándonos al fin de la jornada un eterno paraíso, bastante ha hecho Dios con poner a nuestro paso un manantial y un árbol donde se refrigere el alma y descanse el cuerpo: la religión y la familia.
Al escribir los CUENTOS DE COLOR DE ROSA, cuyo mérito consiste para mí en ir unida a ellos tu memoria y la de mis valles nativos, esto pensaba y esto sentía tu
ANTONIO.
Madrid, abril de 1859.
Por qué hay un poeta más y un labrador menos
- I -
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, demos principio a LOS CUENTOS DE COLOR DE ROSA, y démosle evocando los amados recuerdos de aquel rinconcito del mundo que se llama las Encartaciones de Vizcaya, donde aprendí a amar a Dios, a la familia, a la Patria y al trabajo.
Inspirado por estos recuerdos y por ti, dulce amor mío, cuyo corazón ha de ser el primero que conmuevan, y cuyos ojos han de ser los primeros que humedezcan, ¡cómo no han de ser puras, sentidas, honradas, estas sencillas narraciones, que tienen por principal objeto la glorificación de Dios y la familia y la Patria!
La azada encalleció mis manos de niño, y la pluma, más pesada aún que la azada, seca mis manos de hombre. ¿Quieres saber por qué hay en el mundo un poeta más y un labrador menos? Pues escucha éste que sólo tiene de cuento la condición de cosa contada, y de color de rosa los matices que cubren su fondo pavoroso y negro.
Era un caluroso día del mes de julio. Al sonar las doce en el campanario que se alzaba allá abajo, en el fondo del verde y hermoso valle, en una de cuyas vertientes estaba nuestra casa, todos los que trabajábamos en las heredados, unos en la siega del trigo, otros en la salla de la borona, soltamos la hoz o la azada y nos encaminamos alegremente a nuestros hogares, en cuyo camino nos habían precedido media hora antes las hacendosas madres de familia, que levantaban de cada hogar una azulada columnita de humo, preparando la comida para cuando el ansiado toque de la campana parroquial nos dijese: «Ea, al hogar, al hogar, que los que trabajan desde que el sol despunta, justo es que se alimenten y descansen cuando el sol llega al cenit».
Durante la canícula, el descanso era de doce a dos. Cuando las dos campanadas de la parroquia anunciaban que la siesta había terminado, ¡qué satisfechos tornábamos a las heredades! ¡Qué satisfechos de aquellas dos horas de solaz y descanso, cuya mayor parte había pasado la gente joven riendo y charlando a la sombra de los frutales!
Nuestra casa estaba aislada y medio escondida en un bosquecillo de nogales y cerezos, y como trescientos pasos más abajo, había otras tres unidas bajo un solo techo y también medio ocultas entre los árboles. Como el campo contiguo a nuestra casa era amenísimo en el verano, porque le daban sombra y fruta los árboles que le poblaban, y frescura un claro arroyuelo que a un extremo de él corría entre sauces y avellanos, allí era adonde subía a pasar la siesta la gente joven y aun la gente madura de las casas vecinas, y de otras esparcidas en aquellas inmediaciones.
Era, como he, dicho, un caluroso día del mes de julio, y en el campo contiguo a nuestra casa nos íbamos reuniendo a pasar la siesta todos los moradores del barriecillo.
Pero ¡ay!, al decir todos, incurro en una inexactitud, porque faltaban allí los jóvenes más lozanos y útiles de la aldea. La guerra civil desolaba entonces a España, y particularmente a las Provincias Vascongadas, si bien hacia algunos meses que sus estragos no se dejaban apenas sentir en las Encartaciones, y todos los mozos útiles para manejar el fusil estaban en el ejército carlista, en el que forzosamente se les hacía ingresar así que cumplían diez y siete años, y aun de menor edad si su desarrollo físico se anticipaba.
Aquel día la conversación era muy triste, pues giraba sobre los estragos que el anterior había causado una columna de tropas de la Reina en una aldea cercana.
Un chico que estaba subido en un cerezo, cogiendo cerezas en un cestillo de asa, exclamó con terror.
-¡Un cristino! ¡Un cristino!
-¡Un cristino! ¿Dónde? -le preguntamos todos, no menos aterrorizados que él y mirando todas partes.
-En las Pasadas -contestó el chico, bajando del cerezo con tal precipitación, que dejaba pendiente de una rama el cestillo medio lleno de cerezas.
Dirigimos todos la vista con ansiedad y espanto hacia las Pasadas, que era una alturita interpuesta entre la montaña y las heredades que se extendían más arriba de nuestra casa, y, e efecto, vimos a un cristino arrimado al grueso tronco de un castaño, como si quisiese oculta se de aquel modo.
El nombre de cristino se daba, generalmente a los defensores de la Reina Isabel, entonces niña y bajo la tutela de su madre la Reina gobernadora Doña María Cristina. El terror que inspiraba su presencia en nuestros valles y montañas era grande, y se concibe teniendo en cuenta que, como consideraban país enemigo al nuestro, cuyos jóvenes estaban en el ejército carlista, le estragaban horriblemente donde quiera que ponía la planta. La guerra, que Dios maldiga, y sobre todo la guerra civil, no tiene entrañas ni conoce la justicia, sea cual sufro la bandera que sustente.
A la parte opuesta de la alturita donde aparecía el cristino, cuya cualidad de tal nos manifestaba su uniforme; había una cañada, donde no dudamos se hallaría el cuerpo a que pertenecía aquel soldado.
En un instante quedó desierto el campo, porque no hubo quien no huyese despavorido a poner en salvo ganados, ropas, viandas, cuanto era posible ocultar, como se hacía siempre que los cristinos aparecían, y aun cuando aparecían los carlistas, en cuyas tropas no faltaban soldadesca que también tratase como país enemigo, al nuestro.
Nuestra casa era la que más inminente riesgo corría, pues era la que más cerca tenía a los cristinos, y mientras mi hermano y yo sacábamos de la cuadra los bueyes y las vacas para huir con ellos por una sombría estrada a un espeso castañar que se extendía a la falda de una de las montañas que dominaban la casa, mis padres escondían en ésta lo mejor que en ella quedaba.
Cuando mi padre hubo terminado esta tarea, se asomó a la ventana y vio que el cristino descendía lentamente y como temeroso de la alturita, parándose a cada instante y como procurando ocultarse entre los árboles, dando largos rodeos para evitar el terreno despejado. Por más que mi padre miraba a la cima de las colinas, no descubría más hombres que aquél.
-Marta -dijo a mi madre-, el cristino baja...
-¡Dios nos favorezca! -exclamó mi madre-, interrumpiéndole aterrada.
-Pero baja solo, y... no es tal cristino...
-¿Pues no lo ha de ser, si tiene capote gris, correaje blanco y morrión? Si fuera carlista, tendría capote castaño, canana y boina.
-Pero es posible que no sea cristino ni carlista.
-Pero hombre, ¿estás loco? ¿Qué ha de ser, si no?
-Ni una cosa ni otra: un desgraciado.
-¡Ah! ¡Dios quiera que eso sea! -exclamó mi madre alzando los ojos al cielo, consolada con un rayo de esperanza.
¡Mi madre pidiendo a Dios que un hombre fuese un desgraciado! ¡Santa y dulce madre mía! ¡Qué singulares paradojas ofrece la vida humana!
El cristino estaba ya bajo los nogales y los cerezos, y ninguno otro asomaba por ninguna parte. Tanto esto último, como el abatimiento y el terror de que daba muestras aquel hombre, tranquilizaron por completo a mis padres, que continuaban observándolo desde la parte interior de la ventana.
Mi padre, que si no era lo que se llama un valiente, tampoco era un gallina, como lo había probado en la guerra de la Independencia, se decidió a salir al encuentro del cristino; y, en efecto, un instante después apareció bajo los nogales, seguido de mi madre, que, a pesar de su natural tímido y dulce, quería participar del riesgo que corriera su marido.
-¡Patrón!... -murmuró el cristino tímidamente.
Y como no acertase a pronunciar más palabras que ésta, arrimó el fusil al tronco de un cerezo, como en señal de que rendía y abandonaba las armas, y se adelantó hacia mi padre.
-¿Qué es eso, militar? ¿Viene usted enfermo? -le preguntó mi padre cariñosamente.
¡Ah! ¡Sí, señor; enfermo del cuerpo y del alma! -contestó el cristino, arrasándosele los ojos en lágrimas.
Mi madre fuese por esta contestación o fuese porque aquellas lágrimas eran para ella lenguaje elocuentísimo, comprendió que aquel joven era un desgraciado, y que el primer auxilio que, necesitaba era el calor de la ternura maternal. Y como este calor de tan rico tesoro encerraba su alma, se apresuró a ofrecer un poco de él a aquel joven, o, mejor dicho, a aquel niño.
-¡Venga usted, venga usted con nosotros, pobre hijo mío, que madre soy, y para que Dios no me desampare nunca a los hijos de mis entrañas, yo le cuidaré y consolaré a usted como si fuera su propia madre! -exclamó la mía llena de emoción, echándole una de sus manos al hombro y estrechando con la otra la del militar, que estaba calenturienta y convulsa.
Expresando su gratitud, más con sus lágrimas que con sus palabras, el militar siguió a mi madre a casa, mientras mi padre se alejaba de ésta algunos pasos para anunciarnos a mi hermano y a mí con una señal convenida que no había peligro alguno.
-¡Vendrá usted muerto de cansancio y hambre!-, preguntó mi madre al soldado, disponiéndose a prepararle algún alimento.
-Lo que más me molesta, -contestó el joven- es este horrible desaseo...
-Pues verá usted, -dijo mi madre-, cómo en un abrir y cerrar de ojos le ponemos a usted más limpio que la plata y más fresco que una lechuga. Casualmente, la ropa de mi Antonio le debe estar a usted que ni pintada.
Y un momento después mi madre llevó al militar al mejor cuartito de la casa, donde ya había preparado agua y jabón para que se lavase, y un traje completo, pobre, eso si, pero limpio y casi nuevo, con que se mudara.
Este traje era el dominguero mío. En efecto: mi ropa estaba como pintada al militar, porque aunque yo no tenía aún quince años, estaba ya casi tan alto como ahora, lo que si bien lisonjeaba en cierto concepto la vanidad de mi madre, tenía a ésta sobresaltada. Ya una partida carlista, que había estado últimamente en la aldea reclutando mozos, había fijado la atención en mí y querido llevarme consigo, diciendo que yo tenía la talla, y que lo que importaba para manejar el fusil era la talla y no la edad. Mi pobre madre decía en vista de esto:
-Si yo estuviera segura de que no me habían de llevar al hijo de mi corazón antes de que cumpla la edad, estaría tranquila, porque Dios nos permitirá que la guerra dure hasta que la cumpla; pero el mejor día me le llevan casi niño, y si no me le mata una bala, me lo mata su genio tímido y dulce como el de un cordero!
Razón tenía mi buena madre para creer que Dios no me había criado para los horrores de la guerra. En nuestros caseríos de Vizcaya es día de alborozo para los chicos el día próximo a Nochebuena, en que se mata el cerdo, porque para ellos tiene gran atractivo las operaciones que siguen al degüello, entre ellas la de chamuscar al animal en la portalada con helechos secos o manojos de paja, la de arrancarle las pezuñas calientes, que los chicos recogen para divertirse con ellas, y el obsequio de una morcilla y un chorizo en miniatura que la madre hace para cada chico. Este día, tan deseado por otros chicos, era mi pesadilla durante todo el año. Lejos yo de ayudar a la matanza del cerdo, corno hacían otros chicos de mi edad, bien sujetando las patas del animal en el acto de degollarle tendido sobre un banco, o revolviendo con un palo la sangre que cala humeante a la caldera, huía de casa al castañar inmediato, y allí me tapaba los oídos con ambas manos para no oír los dolorosos quejidos de la víctima.
Yo no acierto a explicarme ciertas crueldades de la especie humana. Críanse los animales casi en nuestro hogar, jugamos con ellos de niños, los queremos hasta el punto de extremar nuestras caricias como si las prodigásemos a racionales; nos buscan, nos acarician, nos aman ellos como si estuviesen dotados de razón, todo lo cual sucede con el cerdo, con la vaca, con la oveja, con la gallina, y, sin embargo, ¡nos alborozamos y regocijamos el día que darnos cruel muerte a los animales para saciar con sus carnes nuestro apetito!
Confiésote, amor mío, que hay en la vida una porción de cosas como ésta que suscitan en mí horribles dudas. O estas cosas no son justas y naturales, y si cruel y monstruosa violación de las leyes de la Naturaleza, o yo he venido al mundo por equivocación y soy en él planta parásita.
Mientras Juan, que así había dicho llamarse lo atendía en el cuarto a la primera necesidad de los limpios del alma, que es la limpieza del cuerpo, mi madre, le había preparado una sopa con torreznos y huevos, capaz de resucitar a un muerto.
Cuando Juan salió del cuarto, limpio como el sol y vestido de pies a cabeza con mi ropa dominguera, mi madre, so pretexto de que se parecía a mí, lo plantó un abrazo tan maternal, que le hizo sonreír y llorar a un tiempo; le condujo a la cocina, y quieras o no quieras, aduciendo todas esas razones que las madres tienen para echar por tierra la falta de apetito de los hijos, tales como la de que tiene pena de la vida el que no come, dio ánimos al pobre Juan para despachar la ración.
Entre tanto, mi padre cogía las armas y el uniforme del soldado y las ocultaba en el tronco de un castaño, que era seguro, enjuto y espacioso escondite para estas ocultaciones y otras de más valor y volumen, como lo habíamos experimentado muchas veces que venían, soldados a la aldea.
Todos los vecinos se habían enterado de que el cristino no era cristino ni carlista, sino un joven desgraciado, y durante la tarde habían trabajado tranquilos en sus heredades. Cuando abandonaban éstas, al toque de oración, en lugar de dirigirse hacia sus casas se dirigieron hacia la nuestra, deseosos de ver al forastero y saber algo más de su procedencia y del objeto con que había bajado a los Lugares, con cuyo nombre se designaban antonomásicamente los diferentes grupos de casas esparcidas en las cercanías de la nuestra.
- II -
La noche era de plenilunio y en extremo deliciosa. No ya en el nocedal, que estaba a la parte de arriba de nuestra casa, sino delante de ésta, en un campillo sobre el cual se inclinaban unos frondosos avellanos que sobresalían de la pared del huerto contiguo, se iban reuniendo todos los vecinos que venían de las heredades, sentándose unos en las cañas de la envenatada carreta, y otros en unos maderos que mi padre iba depositando allí en verano para que no faltara leña en invierno.
Juan estaba también en aquella asamblea a la luz de la luna, y los chicos, perritos de todas bodas, como decía mi madre, nos habíamos ya hecho muy amigotes suyos y le molíamos a preguntas sobre su vida militar, que es la vida que más interesa a la gente menuda, no viendo en ella la violencia y la sangre que suelen acompañarla, y sí sólo los colorines, la música y los movimientos acompasados.
-Callad, enemigos malos -exclamó mi madre, viendo nuestra impaciencia porque Juan hablase-, que cuando los mayores no necesitamos que nos dé cuenta de su vida para quererle como si hubiera nacido aquí, pues, demasiado dice su cara que es tan bueno como nosotros, no es cosa de que unos renacuajos se la pidan.
-Gracias, Marta -dijo el joven, con la emoción del agradecimiento ingenuo y sincero-; pero la curiosidad de estos pobres chicos, y aun la de todos ustedes, es muy natural, y voy a satisfacerla.
Yo soy de Burgos, en cuya ciudad nací y he vivido siempre, hasta que hace pocos meses caí quinto e ingresé en las tropas de la Reina. Mi padre era un empleado de modesto sueldo, que me hizo cursar la segunda enseñanza en el Instituto, con objeto de enviarme luego a Valladolid para que siguiese la carrera de Medicina, pues la consideraba más recompensada y segura que la de leyes u otras que, después de terminadas, tardan en dar resultados positivos o no los dan nunca; pero falleció joven aún, y mi madre, no pudiendo sobreponerse al dolor que le había causado su pérdida, que llevaba consigo la de la esperanza de poder darme una carrera decente, murió también pocos meses antes de caer yo soldado; lo que me privó de eximirme como hijo de viuda pobre. No tengo ya en mi pueblo nativo más que recuerdos, todos ellos tristes, porque hasta los alegres de la niñez se me aparecen bajo el velo negro con que se cubre a los muertos.
-¡Pobre muchacho! -exclamaron las mujeres, enjugándose los ojos con el cabo del delantal, y con más dolor que ninguna, una muchacha, que se llamaba Carmen y había sido recogida por unos tíos suyos, vecinos nuestros, con motivo de haber quedado huérfana de padre y madre, vecinos del valle de Mena.
-¡Anda!-, dijo uno de los chicos, reparando en el llanto de Carmen-. ¡Ya se conoce que Carmen es cristina!
-¡Calle usted, grandísimo trasto!-, le replicó su madre, dándole un pescozón-. Los cristinos ni los carlistas no tienen nada que ver con lo que hace llorar a Carmen, que se ha quedado sin padre ni madre, como el pobre militar.
Antes de seguir más adelante; y para que comprendas mejor esto, debo explicarte el fundamento de la salida de pie de banco de aquel pícaro chico.
Muchos vecinos del valle de Mena se declararon voluntariamente partidarios de la Reina, y tomaron las armas en su defensa como urbanos o milicianos nacionales, y se fortificaron en el antiguo torreón de Villanueva, en el centro del valle. Carmen que era sencilla e ingenua, no ocultó, al venir huérfana a mi aldea, sus inclinaciones a la causa de la Reina, a la que su padre había sacrificado la vida, pues había muerto de un balazo recibido en el pecho peleando contra los carlistas; pero respetando todos los vecinos el motivo y la buena fe de aquellas inclinaciones, nadie, aunque no participara de ellas, pensó en vituperarlas ni escatimarles el respeto que merecían.
Juan continuó su historia.
-Ya mi padre en sus últimos años se iba convenciendo de que yo no servía para médico, y se iba decidiendo a darme otra carrera más en armonía con mis sentimientos e inclinaciones, porque mi madre solía decirle, y él convenía en ello:
-Hay dos carreras para las que Dios no ha criado a este chico; la de medicina y la militar. ¿Cómo esta criatura que es todo dulzura y compasión, ha de ser feliz viviendo como los médicos, entre los que padecen, y a veces haciendo padecer horriblemente para aliviar? Muy santa y noble es la profesión de médico, que es el sacerdote del cuerpo, como el párroco es el sacerdote del alma; pero para ejercerla se necesitan almas enérgicas y fuertes, y no delicadas y tímidas como la de este pobre hijo mío, que está siempre soñando con un mundo de ángeles y un cielo sin nubes ni tempestades. Ni aun puede el médico preservar a sus inocentes hijos de los peligros de su profesión, pues al abrazarlos cuando vuelve al hogar para descansar de sus fatigas del cuerpo y del alma, no está seguro de que no les lleva el contagio y la muerte en aquellas ropas que tocan al acercar sus cabecitas a su seno, o en aquellas manos con que ordena su rubia cabellera, que han descompuesto sus caricias. Tampoco en la milicia puede encontrar la dicha nuestro hijo, y si la suerte le destina a ella, necesitamos a toda costa arrancarlo de una profesión donde encontraría la muerte, no tanto peleando con los hombres como peleando con sus inclinaciones, opuestas a la violencia y el derramamiento de sangre humana, que son el principal oficio del soldado.
Mi madre se estremeció al oír esto, sin duda pensando en mí.
Y tenía razón mi madre al pensar así -continuó Juan-. Nunca quise pasar por la puerta de San Martín, sólo porque allí vivía el verdugo; nunca quise acercarme al matadero, por no oír el doloroso bramido que lanzan las reses al hundir su cráneo el martillo del matachín; nunca quise ir a los toros, por no presenciar tan bárbaro y sangriento espectáculo, y siempre me indigné al ver y pensar que el pueblo español no sospeche siquiera que sean dignos de compasión los animales, como lo prueba la saña con que los maltrata y la diferencia con que ve sus tormentos y su muerte.
Mi madre volvió los ojos hacia mí, exclamando conmovida:
-¡Lo mismo, lo mismo que este pobre hijo mío!
-Mis gustos y diversiones -continuó Juan eran muy distintos de los que enamoran a la generalidad de las gentes. Para mi constituían los mayores encantos de la vida una buena música, una buena comedia, un buen libro, un buen cuadro, una buena escultura; pasar las horas enteras en la catedral con el alma absorta en las maravillas de la fe y del arte que aquel admirable templo atesora; recorrer los campos ricos de flores o mieses; contemplar el sol, cuando nace o cuando muere, desde la cima de un collado; olvidarme del mundo en una noche serena, fijos los ojos y el pensamiento en el cielo azul tachonado de estrellas, u oír en torno de un hogar historias maravillosas o sencillas que relata un venerable anciano o una bondadosa madre de familia y escuchan con emoción e interés niños de cabecita rubia y ojos azules y adolescentes de uno y otro sexo, cuya alma vuela por horizontes infinitos, luminosos y sonrosados.
-¡Lo mismo, lo mismo que este pobre hijo de nuestro corazón! -repitió mi madre en voz; baja, dirigiéndose a mi padre, que estaba a su derecha, y extendiendo su cariñosa mano hacía mí, que estaba a su izquierda.
Juan continuó:
-Caí soldado, y entonces comenzaron para mí dolores que ni yo podré explicar ni ustedes comprender. Cadenas de hierro en el cuerpo y en el alma a todas horas y en todas partes son las que sustituyen para el pobre soldado a las dulcísimas de los brazos de su madre, a que estaba acostumbrado en su hogar.
Aquellas cadenas eran insufribles para mí, que nunca había sentido más que las de flores y estaba acostumbrado a volar por la tierra y el cielo libre como los pájaros; pero aún había para mí en la milicia tormento mayor que las cadenas de la Ordenanza y las de la instintiva tiranía de los jefes militares, altos o bajos. Estábamos en tiempo de guerra, y el saqueo y el incendio y la matanza era nuestra diaria ocupación. Para mí esta ocupación era horrible, y mi alma la rechazaba indignada; y como ni entre mis jefes ni entre mis compañeros apenas había quien comprendiese la razón del horror y la profunda repugnancia con que me constituía en instrumento de desolación y muerte, la nota de mal soldado, de cobarde, de rebelde y de desafecto a la causa que defendíamos pesaba siempre sobre mí, y el castigo material era casi diariamente su consecuencia.
Mi alma y mi cuerpo estaban ya quebrantados con la espantosa tiranía que pesaba sobre ellos, y el término de mi vida se acercaba, a pesar de lo mucho que resiste la juventud todas las tiranías. Hace un mes tocóme formar parte del piquete que había de fusilar a una infeliz mujer, cuyo delito era haber salvado a una partida carlista, de la que formaban parte dos hijos suyos, avisándola que nosotros nos dirigíamos a sorprenderla. Cuando vi caer a aquella desventurada con el cráneo despedazado, tal vez por la bala salida de mi fusil, caí también al suelo sin sentido, y fui conducido al hospital entre el desprecio y la indignación que causaba a mis jefes y compañeros lo que unánimes llamaban mi cobardía.
Ayer, apenas repuesto un poco de mis últimos padecimientos, salí de Balmaseda con mi compañía y vinimos a esa aldea que está al otro lado de la montaña, con objeto de castigar a sus moradores, porque hace pocos días facilitaron raciones y alojamiento a una partida carlista que pernoctó en ella.
No sintiéndome con valor para presenciar, y menos para ejecutar los horrores a que la columna se entregaba en la aldea, separéme disimuladamente de mis compañeros y me interné en los castañares del pie de la montaña. Como mi anhelo continuo es descubrir nuevos horizontes, buscando alguno por donde mi alma pueda volar libre de los horrores y la opresión que la espanta y encadenan, subí, subí hasta la cima de la montaña sin darme cuenta de lo que hacía y huyendo por instinto de las llamas y los lamentos que se alzaban alla abajo en la desdichada aldea.
Llegué a la cima de la montañas, y un grito de admiración y alegría se escapó de mis labios al descubrir de repente la apacible hermosura de este valle; y cuando vi estos grupos de alegres caserías esparcidas entre verdes arboledas y heredades en el regazo de las colinas que servían de escalones a la montaña desde cuya cumbre contemplaba yo todo esto, un ansía invencible o inexplicable de vivir y morir en este hermoso y apacible rinconcillo del mundo se apoderó de mi alma.
Allí permanecí horas enteras absorto en sueños y esperanzas imposibles de explicar; pero de aquellos sueños me sacó de repente el toque de cornetas y tambores que anunciaba la partida de mis compañeros de la aldea desolada.
-¡Desertor! -exclamé con espanto y vergüenza.
Y dí algunos pasos para descender a reunirme con mis compañeros; pero no tardé en detenerme, pensando que, dado caso lograse alcanzarlos, sería cruelmente castigado por haberme separado de ellos durante muchas horas, y que, de todos modos, la vida militar en tiempo de guerra era para mi muerte segura, próxima y precedida de tormentos aún más crueles que la muerte misma.
Volví a subir a la cima de la montaña y a fijar, mi vista en este hermoso valle, y sobre todo en estas aldeitas, tan cercenas a mí, que oía las campanillas del ganado que volvía del monte, porque la noche se acercaba, y las risas de las muchachas que volvían de la fuente, y las vocecitas de los niños que recogían los bueyes y las vacas de los prados, y las conversaciones de las mujeres y los hombres, que echando la azada al hombro, dejaban las heredades y se encaminaban a sus hogares, y entonces dije con toda la profunda decisión de mi alma:
-Bajaré a este rinconcillo del mundo y en él viviré y trabajaré y amaré y moriré y descansaré a la sombra de aquella iglesia, cuyas campanas tocan a la oración en el fondo del valle. Ese valle será mi mundo y mi patria y mi hogar, y sus ancianos serán mis padres, y sus jóvenes serán mis hermanos, y una de las hermanas de esos jóvenes será la elegida de mi corazón.
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