I
El dia 20 de Mayo de 1506 exhaló el último suspiro en un meson de Valladolid el virey de las Indias don Cristóbal Colon. En torno de su lecho estaban sus dos hijos, algunos frailes franciscanos y siete personas de su servicio.
La muerte del hombre, que habia descubierto un nuevo mundo, ni apenó á Castilla, ni se supo en el estranjero. En aquellos momentos preocupaba la atencion de las jentes la llegada de la infanta doña Juana, hija de Isabel la católica, que con su esposo el archiduque Felipe de Austria venia á tomar posesion de su herencia. El entusiasmo era jeneral, los grandes acudieron á recibirlos, apenas se tuvo noticia de su desembarco en la Coruña, despues de un viaje azaroso, y el hermano predilecto del almirante, su amigo de la infancia abandonó la cabecera del enfermo, y fué en su nombre y en provecho de sus sobrinos á felicitar á los nuevos soberanos. Pero desgraciadamente para Colon las indiscreciones tenidas sobre las contínuas reyertas de la jóven pareja, las desagradables desavenencias que se decia separaban ya á yerno y suegro, las divisiones de palacio, los partidos que de ellas se formaban, traian los ánimos inquietos sobre el porvenir, é hicieron olvidar su suerte. Ademas, hacia mucho que estaba en desgracia con don Fernando,* y como es natural, con los cortesanos tambien, no obteniendo por ese motivo el que legó á Castilla la mitad del globo, ni honras fúnebres, ni monumento, ni epitáfio.
Tal era la indiferencia por él, que un literato lombardo, entónces muy en boga, llamado Pedro Mártir de Angleria, que se preciaba en otra época de su amistad, y que vivia en España con la esperanza (son sus palabras) de inmortalizarse, si escribia la historia de los primeros sucesos del descubrimiento, ni siquiera se dignó mencionar esta pérdida, aconteciendo lo propio con el Cronicon de Valladolid, que desde el año de 1333 al de 1539 tuvo cuidado de consignar hasta las mas triviales noticias de interes local. Era visto que para Colon el silencio del desamparo precedia al del sepulcro. Sus restos gloriosos y desatendidos fueron depositados piadosamente en el convento de San Francisco, por los únicos amigos que le quedaron siempre fieles, los relijiosos de la Orden Seráfica.
No obstante; al cabo de siete años volvió en sí de su falta don Fernando, y queriendo dejar en sus anales un ejemplo de su real gratitud, pensó en el hombre que acrecentara el esplendor de España de un modo tan portentoso, y al que en recompensa habia asesinado con su mala fé, su política ruin, y sus calculadas demoras. Ordenó pues, que se hiciesen al finado funerales, conformes á su rango de grande almirante, y en su consecuencia trasladaron su ataud á la catedral de Sevilla, donde aquellos tuvieron lugar á espensas del soberano. Despues se puso en el subterráneo del convento de las Cuevas en la capilla de Cristo, y se grabaron en la piedra los dos versos de la leyenda de sus armas.
Colon, á quien la providencia trajo á España, estaba considerado en ella como estranjero; á pesar de sus cartas de naturaleza, y no dejó al partir de esta vida ninguna alianza poderosa, que volviese por su crédito, ni por su descendencia. Nueve años hacia que el camino abierto por la audacia de su injenio, al través de la mar Tenebrosa, tenida hasta entónces por inaccesible, lo surcaban aventureros intelijentes y afortunados. Numerosos descubrimientos habian sucedido á los suyos, haciendo olvidar el éxito fácil de lo presente, los rudos trabajos de un pasado, mas conocido por sus prodijios que por sus riquezas. Los de los portugueses al oriente, y los viajes de los castellanos por las Indias occidentales, daban fama eterna á nombres ignorados. Mientras que Vasco de Gama, doblando el cabo de las Tempestades, descubria á Mozambique, Melinda y Guzárate, y establecia factorias en Cochin y en Cananore; Vicente Yañez Pinzon franqueaba la línea equinoccial. Y al par que la sumision de Madagascar y de Zocotora, el descubrimiento de Sumatra y de Malaca y la conquista de Goa cubrian de gloria las armas portuguesas, un nuevo impulso ponia en movimiento á todos los puertos de España, que activaba los ensayos de colonizacion en el nuevo continente, en Uraba, en Darien y en Porto Bello, recibiendo en premio la Florida por Juan Ponce de Leon, y la mar del Sur por el jeneroso Vasco Nuñez de Balboa. ¿Quién habia de pensar en Cristóbal Colon en medio de tantos triunfos y de tantas esperanzas?
En vano solicitó del rey, durante dos años consecu- tivos, su hijo mayor, la investidura de los cargos y oficios de su padre, conforme á las capitulaciones firmadas el 17 de Abril de 1492 en los campos de Granada, ratificadas el 23 del mismo mes del año de 1497, y confirmadas en Valencia por carta real, fecha 14 de Marzo de 1502. Todo cuanto pudo obtener del receloso monarca fué la autorizacion de hacer valer jurídicamente sus derechos. Pero en el pleito que intentaba don Diego á la corona de Castilla tenia por adversario al ministerio fiscal, que en interes de la parte contraria, abrió una informacion en que fueron invitados á declarar contra el almirante todos sus enemigos. Oponia el fiscal á las pretensiones del hijo, que su padre no habia prestado ningun servicio eminente, y que no fué el verdadero autor de los descubrimientos acusándolo de haberse apropiado el proyecto, las cartas y las observaciones de un piloto desconocido que muriera en su casa de Porto Santo, y de que con la ayuda de esta espoliacion, casi sacrílega, efectuó su empresa. Y añadiendo á lo espuesto que si bien encontró islas, no fué el primero que puso el pié en el nuevo continente, se reprodujeron fortificadas y rejuvenecidas todas las calumnias que durante su vida habia esparcido la envidia en pos de él.
Mientras se proseguian estas actuaciones, Américo Vespucio, literato y matemático florentino, recibió el nombramiento de presidente de la Comision de Exámenes de la Marina. Empleado primero en la importante casa de espediciones marítimas que habia fundado en Sevilla el armador Juanoto Berardi, compatriota suyo, y como tal en íntimas relaciones con Cristóbal Colon, se aficionó, con su trato á la cosmografía y á los viajes, tanto que, dejando la pluma por el astrolábio y el ses- tante, hizo muchas navegaciones, y llegó á ser piloto mayor, poniéndose despues á la cabeza del Consejo Hidrográfico. Cuando mozo, su tio Jorje Antonio Vespucio, ilustrado relijioso de San Márcos, preceptor de muchos jóvenes de familias principales, lo asoció á sus estudios. Dotado Américo de un estilo florido y ameno, sostuvo mas tarde correspondencia con varios de sus antiguos condiscípulos colocados en elevada posicion; y adquirió gran celebridad con la descripcion de sus viajes á las rejiones recientemente descubiertas, dedicada al duque René de Lorena, á Lorenzo de Pier Francesco de Medicis y al gonfaloniero de Florencia, Pietro Soderini. En una de sus cuatro Relaciones, ciertas palabras ambiguas y vagas daban márjen á sospechar que fuese él quien vió primero la tierra firme, á la que parecía llamar nuevo mundo.
Nadie hasta entónces habia impuesto nombre al continente descubierto por Colon; pues como la espedicion se hizo por la cruz, y para la cruz, se le indicaba jeneralmente en los mapas con su signo y estas palabras: Tierra de la Santa Cruz ó Nuevo Mundo.
Pero ya en aquel tiempo las Relaciones de Américo Vespucio, impresas en Vicencio el año precedente, se reimprimian en Milan, y sin quererlo la Francia robaba para siempre á Colon la gloria de legar su apellido al hemisferio, cuya existencia habia revelado. Un jeógrafo de Lorena, que vivia en Saint-Dié, en los Vosges, publicó bajo el seudónimo de Martinus Hylacomilus, dedicándola al emperador Maximiliano, una obra de cosmografía, seguida de las cuatro Relaciones de Américo Vespucio, cuyo título era: Introduccion á la cosmografia. En ella no menciona su autor Martin Waldsemüller á Cristóbal Colon, cuya personalidad parece ignorar, y atribuye sin rebozo el descubrimiento del nuevo continente á Vespucio. En su admiración por la sagacidad de este, dice: "que no encuentra qué motivo impida ponerle el nombre de su descubridor, y de llamarlo América; ya que la costumbre ha hecho femeninas las denominaciones de Europa y Asia."
La gran notoriedad de que gozaban las Relaciones de Vespucio que, como se observa en la edicion de Juan Gruniger de 1509, del español en que se escribieron, fueron traducidas al portugues, al italiano, al frances, y al latin, vino á preparar el asentimiento del público á la injusticia, que con tanta candidez proponia el jeógrafo de Saint-Dié.
En honor de la verdad, y con harto sentimiento nuestro, nos vemos obligados á confesar, que Francia fué la primera en poner el nombre de América en sus cartas de jeografía, pues las mas antiguas, impresas en Lyon designan de ese modo el nuevo mundo. Las prensas protestantes de Alemania multiplicaron á porfia esta grosera usurpacion. Florencia se dió prisa á recojer una palabra que la enorgullecia: toda Italia siguió su ejemplo, y el milanes Francisco Basso la grabó en 1570 en un globo de metal, con relieves y ricos adornos de oro y plata.
La posteridad de Colon, que hubiera podido reclamar contra este hurto, estaba estinguida por línea masculina, cuando todos conocian ya por América al nuevo mundo. Al formar su coleccion de viajes en 1507, Fracanzo de Montalbodo, no tan solo no averiguó si Cristóbal Colon vivia, sino que ignoraba hasta su último viaje. En el prefacio de la traduccion latina, que parece estar firmado por Madrignano el 1 de Junio de 1508, se lee: "que Cristóbal Colon y su hermano, libres ya de sus cadenas, vivian á la sazón honrosamente en la corte de España." El continuador de la célebre Crónica de los reyes católicos por Hernando del Pulgar atribuye el descubrimiento nó á un hombre, sino á una carabela, y alude á la fábula del piloto muerto en casa de Colon. Esta indiferencia, consecuencia lójica de tantos errores, provenia del profundo descrédito en que terminó la carrera del grande almirante. Júzguese de ella, al ver que Lucio Marineo, capellan de Fernando el católico, hombre de imajinacion amena, y que se hizo venir de Sicilia con el objeto de propagar en Castilla las letras latinas, hacia confusion en lo concerniente á este suceso en su Historia de las cosas memorables de España, y desfigurando el maravilloso y simbólico nombre de Cristóbal Colon, le llamaba sin ruborizarse Pedro Colon. Al obrar así, se puso al nivel del médico Jobst Ruchamer, que en el primer libro aleman que haya hablado de aquellas rejiones, se obstina en decirle Christoffel Dawber, que significa en nuestra lengua Cristóbal Palomo.
No tenian la conciencia de lo enorme de su profanacion.
Despues de su tercer viaje, cayó tanto Cristóbal Colon en el concepto público, que nadie se dignaba ocuparse de él; y mientras muchos lo creian ya muerto, otros no dando ninguna importancia á cuanto le concernia, ni se tomaban el trabajo de comprobar las fechas. Esta desestimacion era jeneral, cuando aparecieron las tres primeras Decadas oceánicas de Pedro Mártir, en Alcalá de Henares el año de 1516, diez antes de la primera edicion de los primeros libros de la Historia de las Indias, publicada en Toledo por Oviedo; y cuando el veneciano Ramusio habia empezado su Coleccion de viajes, pues todos tienen que vindicarlo de las acusaciones, que la malquerencia estendió contra él. Pero los esfuerzos de los historiadores españoles fueron impotentes para encaminar la opinion por varias causas: primero, porque sus obras exijian grande estudio, y no podían popularizarse nunca, y segundo, porque ninguna de ellas se terminó completamente, quedando inéditas la mayor parte. Don Fernando Colon, cronista de su padre, que no acabó su trabajo hasta el año de 1536, lo dejó manuscrito; y el P. Las Casas que dió principio al suyo muy tarde, lo terminó cuando hacia cincuenta y tres años que no existia el almirante. Los ánimos quedaron pues bajo la influencia de las mas erróneas preocupaciones , y la calumnia, que se habia ensañado en la fama del grande hombre, desde que volvió victorioso de la Española, implacable y rencorosa fué á sentarse sobre su sepulcro.
II
Solo el pontificado romano tenia el presentimiento de la grandeza apostólica de Cristóbal Colon.
Tres papas sucesivos honraron con su confianza al heraldo de la cruz: confianza que nunca le retiró la santa sede, adhiriéndose los cardenales á tan digna simpatia. En vida suya, cuando tanto se le difamaba en esta España, transformada por él en la nacion mas grande y poderosa del universo, el santo padre y el Sacro Colejio ensalzaban sus empresas inmortales, y gracias á su influencia no llegó Italia á olvidar del todo á Cristóbal Colon. El canto de los poetas inspirados por el cardenalato despertó su patriotismo del letargo en que yacia, y así como en los tiempos heróicos de la injeniosa Grecia
El ilustre cardenal Bembo, intercaló en su Historia de Venecia un libro entero sobre el descubrimiento de Colon.
El papa Leon X se hacia leer en las noches de invierno en medio de la corte pontificia las Decadas oceánicas de Pedro Mártir.
Casi todo el cardenalato romano instó á un noble de la ciudad, llamado Giulio Cesare Stella, á que escribiese en versos latinos la epopeya del nuevo mundo. El cardenal Alejandro Farnesio la dió una gran celebridad haciendo leer el manuscrito en su villa de Farnesio, en presencia de las togas purpuradas, é hizo que el jesuita Francesco Benci le pusiera un prefacio.
El cardenal Benedetto Pamphili aconsejó al P. Ubertino Carrara , jesuita tambien, que compusiera un poema sobre el mismo asunto.
El cardenal obispo de Verona, el grande Agostino Valerio, en su libro De consolatione Ecclesiæ mencionó el descubrimiento por su importancia católica, y glorificó implicitamente á Colon, aplicando á su mision testos notables de las profecias de Isaias.
El cardenal Sforza Pallavicino celebró la obra de Colon en sus Fasti sacri.
Bajo los auspicios del papa Inocencio IX y del cardenal Gabriel Paleotto el sábio orador Tomás Bozius, publicó la parte de su obra titulada: De signis Ecclesiæ Dei en que se apropian á Colon diferentes pasajes de las profecias.
El primero que hizo celebrar en lengua italiana los viajes de Colon era un frances, el cardenal de Granvelle, y es preciso convenir en que el poeta de Brescia, Lorenzo Gambara, satisfizo sus deseos.
En Roma fué donde Uberto Foglieta, historiador de las grandezas de la Liguria, manifestó su indignacion contra ”el vergonzoso silencio y la inconcebible apatia de su patria, que levantaba estatuas á algunos ciudadanos por motivos triviales, y no erijia ninguna al solo de sus hijos, cuya gloria no tuviera igual.” (Turpis silentii, oblivione... sed civiorum tuorum supina negligentia incredibili cæcitate conjuncta lugenda est—Clarorum ligurium elogia, p. XXXVI. Impreso en Roma en casa de José de los Angeles, 1577.) De allí partió la jenerosa protesta y la declaracion del servicio incomparable, rendido por su compatriota á la Iglesia de Jesu-Cristo. (Ac neutiquam comparabile in christianam Ecclessiam promeritum.—Clarorum ligurium elogia.) Pero hasta el año de 1577, la república de Jénova, participando de la indiferencia de los demas estados, no pensó en consagrar á Colon un pedazo de ese mármol de que tanto abundan sus palacios.
siete ciudades se disputaron la cuna de Homero, se vió entónces á siete villas y ciudades reclamar la honra de haber producido á Cristóbal Colon. Savona, Pradello, Nérvi, Cugureo, Bugiasco y Cuccaro osaron alzar banderas contra la soberbia Jénova. Mas aparte de esta liza parcial esclusivamente de amor propio, el resto de Europa y en particular la Francia no prestó la atencion que merecia ni á la persona del almirante, ni á sus hechos sobre humanos; á nadie se antojó escribir su biografía ni menos tomarse la pena de traducir por entero lo que relativo al nuevo mundo se habia publicado en España bajo el título de Historia de las Indias occidentales, ateniéndose á rumores vagos, y á falsedades notorias. La sola cosa que tal vez impidió perder de vista á Colon fué la estúpida conseja en que se le hacia esplicar su descubrimiento, poniendo derecho un huevo sobre una mesa. Con este cuento reasumian las jentes los dos puntos principales de su vida, y como divertia tanto á los niños, la primera historia suya que se dio á luz en Alemania, se destinó para recreo de la infancia.
¿Cómo habian de ocuparse seriamente del virey cuando su obra merecia tan poca consideracion de los filósofos, oráculos del siglo XVIII, entonces que la totalidad del continente americano estaba conocida, y determinada la estension como la forma de la tierra? ¿Como era posible que comprendieran y apreciaran en su justo valor la mision de aquel, que puso en contacto el antiguo mundo con el nuevo, los que creyeron encontrar en América objeciones que oponer á Moisés y á los libros santos?
No nos sorprende el error del vulgo, cuando vemos que el célebre Raynal, autor de la famosa Historia fi- losófica de las Indias, coloca á Vasco de Gama mas alto que á Colon, y considera el paso del Cabo como el suceso mas grande de la historia; y que para dar las gracias á la Academia de Lyon por haberlo elejido miembro suyo, ofreció un premio al que ventilase la siguiente vulgaridad, que calificaba de proposicion: "¿El descubrimiento de América ha sido útil, ó perjudicial al jénero humano?"
Entre aquellos enciclopedistas, que según su título poseian todas las ciencias, ni uno solo sospechaba siquiera el injénio de Cristóbal Colon, ni lo sublime de su obra, tanto que el sabio Buffon, participando del error jeneral acerca de la importancia del nuevo mundo, puso los descubrimientos de Portugal ántes que los de España.
El protestantismo vino en auxilio de la filosofía francesa.
Robertson dice: "Si la sagacidad de Colon no nos hubiera hecho conocer las Américas, algunos años mas tarde, una feliz casualidad nos habria llevado á ellas". Como si fuera posible que jamas se hubiesen atrevido á penetrar por las temidas latitudes de la mar Tenebrosa, sin que un Cristóbal Colon abriese sus puertas. Al ver que con tanta facilidad se podia pasar sin él, Mr. Otto, diplomático francés, creyó dar una prueba de perspicacia filosófica, y merecer bien de la arqueolojía, queriendo probar que Colon no hizo el descubrimiento, puesto que América se conocia de antes, y el 1 de Abril de 1786 dirijió desde New-York una memoria sobre el asunto al célebre Franklin. Al año siguiente, en las observaciones y adiciones materialistas de la traducción de las Memorias filosóficas de Ulloa, se resucitaron las añejas acusaciones de los enemigos del virey de las Indias, y se calificó de navegante al célebre cuanto desconocido piloto que le confiara sus planos. Otros, no limitándose á despojarle de su conquista, pusieron en tela de juicio su estudio y sus meditaciones. Todos sabemos que la primera observacion de magnetismo terrestre se hizo en la brújula el 13 de Setiembre de 1492 por Cristóbal Colon; pero Fontenelle en su Historia de la real academia de ciencias, no vacila en atribuirla á Sebastian Cabot, que no salió hasta el de 1497, ó al diepes Grignon, posterior en treinta y ocho años al último.
El ningun aprecio en que se tuvo al almirante, la incertidumbre en que se estaba sobre su oríjen, su patria y sus hechos fueron causa de que se hablase de él á la ventura, sin darle importancia, y de que los hombres mas graves no procurasen en manera alguna ser exactos al narrar los sucesos de su vida. Montesquieu condena en su Espíritu de las leyes á los que se lamentaron de que Francisco I no hubiera provisto de bajeles á "Cristóbal Colon, que le ofrecia las Indias." Sin duda no se acordaba de que América estaba descubierta veintitres años antes de que Francisco I subiera al trono. Un majistrado contemporáneo nues- tro, autor de la Gaule poétique, no mienta sino como una cosa de órden secundario el descubrimiento, y despues de haber hablado de Vasco de Gama, solo dice del almirante estas palabras: "Hácia la misma época el descubrimiento de América hecho por Cristóbal Colon, abrió nuevos horizontes á los activos comerciantes, y á los aficionados á las espediciones lejanas"... Pero la espedicion de Vasco de Gama, que data de 1497, no fué sino la consecuencia del descubrimiento de Colon, que tuvo lugar en 1492!... El jeógrafo Malte-Brun, adhiriéndose á los detractores de su gloria, supone que, para llevar su empresa á buen fin se sirvió del diario particular del veneciano Antonio Zeno, siendo así que este manuscrito se habia perdido y olvidado en su familia, y no se conoció, hasta que apenas encontrado lo publicó Marcolini, en 1558, mas de medio siglo despues de muerto aquel á quien supone que aprovechó.
No era España mas escrupulosa, y proseguía tratando con demasiada lijereza al hombre inmortal.
El P. Mariana no le dá ningún mérito de invencion ni de iniciativa. Para él el descubrimiento fué una obra colectiva, puesto que dice: "Con cuanta felicidad y prodijioso éxito atravesaron espacios inmensos de mar estos hombres intrépidos"; y despues de haber referido la indigna falsedad del piloto muerto en casa de Colon y despojado por este de sus apuntes, añade, que con ayuda de las cartas usurpadas al difunto, reconoció "todas las costas que están entre los dos polos, desde el estrecho de Magallanes hasta el cabo de Vacallao", recorriendo de esta suerte "mas de cinco mil leguas," Ferreras, lo atribuye todo á Vespucio, al que confunde con el piloto fabuloso, y pretende que, por medio de las notas y las cartas de Américo, hizo Colon lo que hizo! El jeneral marques de la Solana, se atrevió á escribir estas líneas, al famoso príncipe de la Paz: "Colon no fué mas que un descubridor.... la conquista de tan hermosos paises estaba reservada á los Corteses, á los Sandovales, á los Pizarros, á los Alvarez". Ascargorta está de todo punto equivocado en lo que concierne al almirante, ignora la mitad de su vida, no conoce mas que dos de sus viajes, confunde los acontecimientos y las fechas, y cree que dió con la tierra firme en su segunda espedicion.
Al ver que los mismos españoles cometen tales errores no nos sentimos con fuerza para vituperar cual se merecen, ni á Mr. Paquis, que hace venir á Colon por primera vez á Portugal, de vuelta de su segundo viaje; ni á Dumas, (Alejandro), el que diga que había pasado en la cárcel una parte de su vida, siendo así que no le duraron ni tres meses las cadenas; ni á Lamartine que lo traiga á España en 1471, quince años antes de la fecha verdadera; ni á Granier de Cassagnac el que asegure que descubrió las islas Vírjenes en Noviembre de 1493, en su última navegacion, cuando esta empezó en Mayo de 1502, y terminó en Noviembre de 1504; ni á Rosseeuw-Saint-Hilaire, que designe al P. Las- Casas entre los doce misioneros que llevaba el P. Boyl en 1493, sabiendo que este sacerdote no se embarcó sino en el año de 1502, y no cantó misa hasta el de 1510, y de consiguiente diez y siete despues; ni á dos ex-ministros de Instruccion pública, miembros del Instituto, publicistas eminentes y por lo regular exactos, que no hayan tenido reparo en incurrir con respecto á nuestro héroe en graves equivocaciones.
A pesar de esto y de los anacronismos y contradicciones de multitud de literatos de menos cuantía y que no mencionaremos, es preciso reconocer en justicia que, la falta de reflexion de los escritores franceses para con el virey, no es otra cosa que una herencia del siglo pasado, y que al presente se advierte en todas partes un impulso reparador, pues se buscan los medios de honrar su memoria con estátuas y monumentos, se multiplican sus retratos, y los libros y periódicos tienden á popularizar su biografia. Pero sin embargo de los buenos deseos, permanece envuelto en las tinieblas de la falsa erudicion. Y como quiera que nunca ha estado su gloria en mayor peligro que ahora, nosotros, que hemos descubierto los misterios de su primera edad, seguido sus huellas una tras otra desde la cuna al sepulcro, y comprendido el móvil de sus acciones, abrigamos la esperanza de disipar la obscuridad, y presentarlo como fué.
Echemos antes una ojeada sobre las simpatias de nuestra época, por el ser que aun no le está completamente revelado.
III
A principios del siglo actual, un caballero francés, á quien hemos conocido personalmente, vino á Paris con el objeto de imprimir un libro, en que dejaba entreveer su admiracion por el inventor del nuevo mundo; y casi al mismo tiempo la Academia de Turin recibia comunicaciones relativas á Cristóbal Colon.
En 1805, el conde Galeani Napione (piamontes) publicó una disertacion sobre la patria de aquel, y pretendia que nació en Cuccaro en el Monferrato. Tres años mas tarde, el conde Damián Priocca la reprodujo en Florencia comentándola.
En 1809, el abate Francisco Cancellieri dio á luz en Roma cartas acerca de Colon, y animado con su buen éxito Napione, publicó una disertación sobre el mismo asunto.
En 1810, el bibliófilo Morrelli hizo conocer bajo el epígrafe de: Lettera rarissima, una carta, redactada por el virey en Jamaica. Este documento, que yacia en el olvido, causó gran sensacion en las sociedades científicas. Savona tuvo celos de Cuccaro y quiso volver por sus derechos: Jénova alegó los suyos, y su Academia de Ciencias, Literatura y Bellas Artes nombró una comision con el encargo de averiguar lo que hubiese de cierto en lo concerniente á la patria del almirante. Su informe remitido en 1812 escitó la mas viva curiosidad.
La calda del imperio frances y la reorganización de los estados italianos aplazó la discusión sin terminarla, y en 1816, a Revista de Edimburgo volvió de nuevo á tan irritantes debates.
En 1817, Luis Bossi preparaba en Milan su Vida de Cristóbal Colon.
En 1818, el cardenal Zurla se ocupó de él en sus Viajes de los venecianos mas ilustres.
En 1819, el barnabita P. Spotorno (bibliógrafo) publicaba en Jénova su obra en tres libros titulada: Del oríjen y de la patria de Cristóbal Colon.
En 1821, un autor anónimo hizo imprimir en Milan el Elojio de los descubrimientos del nuevo mundo, acompañado de notas históricas sobre la patria del héroe; y por aquel tiempo, el gran Víctor Manuel dio á la municipalidad de Jénova la coleccion de privilejios de Cristóbal Colon, conservada por el senador Miguel Anjel Cambiaso.
En 1823, el consejo municipal de Jénova hizo con ayuda de suscriciones, imprimir todos los títulos y documentos relativos á Colon, en un magnífico volumen titulado: Códice diplomático Colombo Americano, y encar- gó al P. Spotorno lo enriqueciera con una introduccion biográfica.
Francia, que no podia permanecer indiferente á tantas simpatias como inspiraba la gloria de Colon, tuvo una traduccion de la historia de su vida por Bossi.
En España, que no estaba libre de esta preocupacion, don Martin Fernandez de Navarrete, presidente de la Real Academia de la Historia, trabajaba por órden del rey en la coleccion de documentos relativos á la historia de América, y á los progresos de la marina; y en 1825 dio á la prensa el primer tomo.
En 1826, mientras el abogado Juan Bautista Belloro defendia en Jénova las pretensiones de Savona á llamarse patria de Cristóbal Colon, é intercalaba su discurso en la Correspondencia astronómica del baron de Zach, Méjico impriraia las dos obras de la Vega y de Bustamante sobre el descubrimiento del nuevo mundo, y un literato americano, que vivia en Madrid, relacionado con los bibliotecarios, y teniendo á su disposición materiales ya preparados, escribió la Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colon que fué muy bien recibida, y se estendió en pocos años por toda Europa.
En 1828, Fernando Denis vistió con las galas de la poesia la historia del descubrimiento, espresando con tanta exactitud como acierto el carácter distintivo de Colon. Ismael ben Kaissar es el título de esta com- posicion, en que la riqueza y galanura de las descripciones liga perfectamente con la verdad. Hemos visto despues á Fenimore Cooper, célebre novelista de los Estados Unidos, inspirarse con este asunto, y querer apropiárselo y ponerlo en su lengua; pero sin conseguir darle ni el brillo, ni la poesia, ni el aroma de la vejetacion intertropical, que exhala la producción de Fernando Denis. En seguida se tradujo en Jénova en italiano la obra de Washington Irving, aumentada con notas, y algunos años mas tarde, Humboldt comentó los descubrimientos de Cristóbal Colon en cinco tomos, con el título de: Exámen crítico de la historia de la jeografía del nuevo continente.*
Despues, Félix Isnardi tornó á comenzar la disputa sobre la patria de Colon, y quiso hacerlo de la aldea de Cogoletto; pero en 1839, el infatigable Belloro echó por tierra sus razones en su Revista crítica y la puso un apéndice, al ver que Isnardi no se daba por vencido.
En 1843, en nuestro libro titulado: La cruz en los dos mundos, se reveló por primera vez la misión providencial de Cristóbal Colon, se afirmó terminantemente la casi santidad de su carácter, y se enseñó á considerar bajo su verdadero punto de vista al heraldo de la Cruz.
En 1844, Carlos Alberto, rey caballero y cristiano, grande apreciador del heroísmo, y entusiasta por Colon dispuso que se levantara en Jénova á costa del tesoro un monumento á su memoria. Pero el patriotismo de los ligurianos no permitió recibir como un don de la real munificencia un testimonio que querian tributar por sí mismos al mas grande de sus hijos, y á la par que aceptaron con agradecimiento esta prueba de interes, pidieron se les permitiese contribuir á ella. En su consecuencia una junta de notables jenoveses, presidida por el marques Durazzo y Lorenzo Paretto, abrió la suscricion, á que daba un carácter eminentemente nacional el congreso de sabios italianos, que debia tener lugar allí.
En 1846,* para aprovechar la oportunidad, se hizo una edicion popular de la lujosa obra Ligurianos ilustres, bajo la inspeccion del abate Luis Grillo, capellán de la marina sarda, en la que se buscaba con avidez el artículo del P. Gavotti sobre el almirante del Océano. Lorenzo Costa dio su vehemente poema acerca del héroe jenoves, y Angelo Sanginetti un compendio de su vida. En esto, la historia del Monferratto, por Vicencio de Conti, volvió al debate sobre la verdadera patria de Colon.
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