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SERGIO BITAR (EDITOR)
ESTRATEGIA INDUSTRIAL DE CHILE
PARA LA DÉCADA DE LOS AÑOS 70
CAPÍTULO 1 Importancia del Sector Industrial
La importancia del sector industrial en la economía de un país es algo que está fuera de discusión. La constatación es mucho más evidente en los países desarrollados, pero no cabe duda de que la aceleración del proceso de industrialización representa una meta básica para las naciones subdesatrolladas.
Específicamente pueden identificarse seis factores relevantes, que se refieren tanto a la situación actual como al rol futuro del sector.
El primer factor, que señala la importancia de la industria en el desarrollo económico es la constatación empírica para extensos períodos de tiempo y gran número de países, de un crecimiento más que proporcional de este sector con respecto al desarrollo global de la economía. El efecto mencionado se observa de una manera muy clara a través de la evolución que experimenta el aporte de la industria al producto global, a medida que un país se desarrolla. En el cuadro siguiente se han seleccionado países de muy diferente nivel y tipo de desarrollo, pudiéndose comprobar la aseveración anterior:
País % de aporte de la industria Ingreso per cápita al producto (1960) (dólares de 1953)
Argentina MA 656
Ceilán 5,0 165
Fuente: “Planificación del Desarrollo Industrial”, Héctor Soza V. 1966.
Con un crecimiento muy moderado de la economía chilena en su conjunto, el desenvolvimiento que particularmente corresponde a la industria ha sido bastante más intenso, lo cual se ha traducido en un aumento de la participación del sector en el producto desde un 19,5% en el período 1940-44 a un 25,3% en el año 1967.
Queda por recorrer al país un camino largo en el proceso de industrialización y esto no sólo se basa en lo que puede deducirse de la experiencia de países que ya han alcanzado un mayor nivel de desarrollo sino también en el hecho de que el progreso tecnológico confiere al sector industrial un rol cada día más destacado.
El segundo factor que marca la importancia del sector industrial es su efecto dinamizante con respecto a los restantes sectores de la economía. Dicho efecto proviene, a la vez, tanto de su alto encadenamiento respecto a casi todas las actividades, a través de las relaciones de insumo-producto como de una característica muy propia de la industria, cuál es su capacidad para crear, permanentemente, nuevos productos destinados a satisfacer nuevas necesidades ya sean de la producción o del consumo.
Un caso muy típico del encadenamiento y consiguiente efecto motriz de la industria se observa en relación con la agricultura. No sólo se puede constatar a este respecto que el sector agrícola requiere de insumos (fertilizantes, pesticidas, combustibles, etc.) y bienes de capital (tractores, cosechadoras, secadoras, etc.) provenientes de la industria, sino que, a la vez para lograr un desarrollo adecuado, la agricultura necesita de la industrialización de sus productos primarios en forma cada vez creciente. La implantación de la industria de azúcar de remolacha constituye en nuestro país un ejemplo muy concreto y claro acerca de cómo, a partir de la industria, se ejercen efectos modernizadores y dinamizantes en el sector agropecuario.
La capacidad de liderazgo o efecto motriz del sector industrial tiende a acrecentarse velozmente en la medida que el progreso tecnológico hace más complejos y especializados los procesos productivos, sustituye las materias primas naturales por artificiales e introduce aceleradamente la máquina en todo tipo de actividades. Esto no sólo es válido para los sectores productores de bienes, ya que se puede observar una influencia en la misma dirección en el transporte, el comercio, la educación, la salud e inclusive, en los servicios personales (sustitución del trabajo doméstico por artefactos).
Por todo esto, porque el sector industrial no es un “enclave” sino más bien la “trama” de la economía moderna, es posible afirmar que su tol es vital para el proceso de desarrollo futuro.
El tercer factor que destaca la importancia del sector industrial en la sociedad moderna es su alta vinculación con el bienestar social. Es posible constatar una muy creciente preferencia social por los bienes provenientes de la industria.
El progreso social, concebido como un proceso creciente de apertura de nuevas oportunidades para el desarrollo de las relaciones sociales y de la personalidad de los individuos, exige crear nuevas formas de producir y consumir. Esto supone un permanente perfeccionamiento de los procesos productivos y de los bienes. En los países desarrollados, la capacidad del sector industrial para dar respuesta a estas necesidades de la sociedad ha llegado, inclusive, a causar preocupación por la celeridad con que el proceso se da y por la dirección hacia la cual éste tiende. En los países subdesarrollados el proceso es mucho menos drástico, pero sigue siendo válida la identificación entre progreso e industrialización.
El cuarto factor que pone énfasis en la importancia del sector industrial es su capacidad para mantener y desarrollar internamente la tecnología.
En un mundo que se moderniza tecnológicamente a una velocidad vertiginosa, el sector industrial, principal usuario y creador de tecnología, pasa a ser factor clave para sostener un nivel satisfactorio de creación y empleo de la ciencia y tecnología. Es difícil pensar, en efecto, que la creatividad y el dominio de estas disciplinas puedan lograrse con prescindencia de sus posibilidades concretas de aplicación.
El desenvolvimiento tecnológico convertido casi en sinónimo de industrialización es un fenómeno cada vez más trascendental en la sociedad moderna. Una visión de la rapidez creciente con que la industria adopta las invenciones se obtiene considerando el tiempo transcurrido entre la invención de un producto, O proceso, y su utilización práctica por la industria. Para algunos inventos históricos importantes los plazos de aprovechamiento han sido los siguientes:
Invento Fecha invento Utilización Plazo (años) Fotografía 1727 1830 112 Teléfono 1820 1876 56
Lo anterior está mostrando que, si los países como Chile no hacen un esfuerzo, no ya para estar al nivel mundial en la creación y utilización de tecnología, sino por lo menos, para mantener un cierto nivel mínimo, la brecha con los países desarrollados será en el futuro abrumadoramente insalvable.
El quinto factor que pone en evidencia la importancia del sector industrial es su significativa contribución al logro de la autonomía nacional.
En el mundo moderno, la dependencia política y económica es cada día más el resultado del retraso tecnológico y económico antes que del tamaño de los países y sus recursos naturales. Se pueden encontrar numerosos casos de naciones que son económicamente independientes, con una población y dotación de recursos naturales similares o inferiores a los de Chile. Es el caso de Suecia, Dinamarca, Suiza, Holanda y otros que han logrado un desarrollo basado en la especialización de su estructura productiva, en la exportación de productos altamente elaborados y en el dominio, a nivel mundial, de las tecnologías que utilizan en sus sectores claves.
El desarrollo autónomo no se logra hoy con una estructura productiva primaria. Esto no debe confundirse con la autarquía, que históricamente ha llevado a la creación de una industria ineficiente e incapaz de estar presente en el mercado mundial.
Desde el punto de vista de la capacidad para sustentar un desarrollo autónomo, conviene observar, además, que la dotación de recursos naturales tendería a convertirse en una limitante para el desarrollo global si el sector industrial no llega a ser un factor capaz de levantar gran parte de esta restricción. Esto es justamente lo que ha impulsado a países de mayor población que Chile, como Inglaterra y Japón, a convertir la industrialización en un imperativo nacional.
El sexto factor que contribuye a confirmar la importancia del sector industrial para Chile durante los próximos años, lo marca la secuencia lógica de importantes esfuerzos previos realizados por el país, como la reforma agraria, el desarrollo de la educación en todos sus niveles y la organización popular los cuales exigen un énfasis nacional en la industrialización. En efecto, gran parte de lo que Chile ha logrado hasta el presente puede ser considerado como una “infraestructura” para su desarrollo futuro, el que, deliberada o espontáneamente, deberá basarse en una mayor participación del sector industrial.
Un ejemplo del tol complementario que debe desempeñar el sector respecto a acciones ya emprendidas se obtiene analizando el problema de la generación de empleos. Por una parte, es la industria la que aparece con mayores posibilidades de dar ocupación productiva a los nuevos contingentes de más elevada calificación y, por otra, es también el sector industrial el que debe, en gran medida, dar ocupaciones urbanas a los inmigrantes provenientes de las áreas rurales.
CAPÍTULO II Características actuales del sector
La definición de los objetivos del desarrollo industrial en la próxima década debe realizarse a partir de los problemas derivados de la actual estructura interna de la industria y de aquéllos relacionados con el papel que el sector debe cumplir en el desarrollo nacional.
La identificación de estas características requiere considerar la triple exigencia de eficiencia que debe satisfacer el sector industrial como un todo: eficiencia técnica, a fin de obtener la máxima productividad de los recursos que utiliza; eficiencia económica, a fin de alcanzar la máxima producción con el total de recursos disponibles en la economía; eficiencia social, a fin de asegurar que la producción industrial satisface las necesidades prioritarias del país y que el proceso productivo a que da lugar es compatible con la consecución de los objetivos nacionales.
Por otra parte, conviene recordar, como punto de referencia, que las características actuales son el resultado de un proceso histórico de industrialización que se ha venido realizando bajo dos sistemas de condicionantes: en primer lugar, el que se deriva de las condiciones estructurales de la economía (por ejemplo, el rol que ha jugado la agricultura, la distribución del ingreso, la concentración de la propiedad, etc.) y, en segundo lugar, el que se deriva de la política económica.
Esta última se ha caracterizado por carecer de una definición clara con respecto al sector industrial. Esto es de la mayor importancia, porque ha significado, en la práctica, que la política industrial, como conjunto de decisiones armónicas y orientadas hacia un mismo fin, ha estado ausente en el proceso de industrialización. Ha habido sin duda, políticas que han afectado a este sector, pero éstas han sido parciales o han tenido otros objetivos de muy corto plazo: resolver una crisis de balanza de pagos, aumentar los ingresos fiscales o contener la inflación.
Una manifestación más definida de política ha sido el proceso creciente de participación del Estado en la economía industrial. Del Estado fiscalizador que imperó hasta 1930 se ha pasado al Estado keynesiano y luego al Estado empresario, primero en obras de infraestructura y servicios necesarios para la producción industrial y luego, abiertamente como empresario industrial. Pero esta intervención creciente ha brotado casi espontáneamente, sin un esquema integral de participación estatal.
Como resultado del proceso histórico, puede afirmarse que en la actualidad la industria chilena tiene tres características fundamentales que condicionan su desarrollo futuro. Estas características (que en realidad no son independientes unas de otras ya que forman parte de un proceso único) son la excesiva dispersión y diversificación de las empresas; una estructura productiva orientada hacia el consumo de sectores de altos ingresos; bajos niveles de productividad y de eficiencia tecnológica.
Estas características de la industria chilena son el producto de un fenómeno de largo plazo y han resultado fundamentalmente de factores estructurales, como la influencia que ejerce sobre los hábitos de consumo interno el desarrollo industrial de economías más avanzadas, especialmente la norteamericana, la desigual distribución del ingreso nacional, el reducido tamaño del mercado interno en relación a las escalas de producción requeridas por las tecnologías modernas; y algunas políticas (o falta de ellas) con especial incidencia sobre la estructura industrial, como el proteccionismo y los intentos fallidos de control de la inflación. Sin embargo, recientemente han comenzado a advertirse algunos síntomas que pueden llegar a constituir nuevas características de la industria en el futuro. Como los anteriores, estos síntomas también son el producto de la estructura económica vigente y de la falta de claridad en torno a los efectos de algunas políticas. Estos síntomas son dos: la debilidad del sector industrial para absorber fuerza de trabajo y un proceso creciente de dependencia externa.
Diversificación de las empresas industriales. Como consecuencia tanto de la falta de una política industrial con objetivos claros como de la aplicación de una política proteccionista, en principio destinada a controlar las crisis del comercio exterior, el proceso de industrialización de las últimas décadas se ha venido realizando a través de la sustitución indiscriminada de importaciones. El criterio de sustitución ha estado basado tradicionalmente en el volumen de importaciones y en las probabilidades de que la demanda de esos productos se mantenga o acreciente en el futuro.
De la consideración de estos factores se ha pasado a la fase de implementación de la protección, mediante el establecimiento de prohibiciones o derechos aduaneros muy altos. Así, asegurado el mercado, las empresas han iniciado la producción para sustituir importaciones, la que crece rápidamente en una primera fase y sigue con posterioridad al ritmo de crecimiento vegetativo de la demanda interna.
La falta de discriminación para otorgar protección, por una parte, y el reducido tamaño del mercado nacional, por otra, han inducido a las empresas instaladas a tratar de diversificar sus líneas de producción. De esta manera, al término de la expansión acelerada derivada de la fase inicial de la sustitución, ha sucedido un nuevo período de desarrollo rápido, esta vez proveniente de la ampliación de la empresa a una nueva línea de producción. En tal forma, la mayoría de las empresas que han crecido a largo plazo, han llegado a ser muy diversificadas, pero al mismo tiempo muy poco especializadas.
Desde otro punto de vista, puede señalarse que la política tributaria indirecta tampoco ha sido favorable para la promoción de una mayor especialización industrial. En efecto, al quedar gravada la transferencia de productos, piezas y partes entre industrias, por el impuesto a la compraventa, éstas han preferido optar por la alternativa de la producción interna de esos insumos para no incurrir así en el costo adicional del impuesto.
Esta política ha estimulado entonces, la excesiva integración vertical y la diversificación de las empresas industriales, lo cual aleja las posibilidades de obtener economías de escala propias de la especialización y quizás, lo que es más grave, desestimula la instalación de nuevas empresas de complementación alrededor de una gran industria terminal.
Por otra parte, el conocimiento del desarrollo de los productos en los países más industrializados, que se realiza por medio de las comunicaciones y de los contactos en el exterior, y el incentivo de las empresas por captar siempre nuevos mercados y un nuevo público consumidor, ha conducido a una dispersión de modelos de un mismo producto que no se compadece con las necesidades de la economía chilena ni con la eficiencia. Ejemplos se pueden encontrar en casi toda la gama de bienes de consumo, tanto corrientes como durables.
Pero el fenómeno de la excesiva diversificación no sólo alcanza a los productos que se encuentran en una misma empresa o a los modelos diferentes de un mismo producto. También se da el caso notorio de la existencia de varias empresas que producen un mismo producto sin que por esto se atenúe el carácter oligopólico de la industria chilena. En el fondo la diversidad de modelos resulta de la atomización de una industria específica ya que cada empresa que se incorpora busca crear su mercado, diferenciando su producto del que ofrecen las otras empresas competidoras. El ejemplo más conspicuo en Chile es el de la industria automotriz, atomizada en un excesivo número de empresas y cada una entregando un modelo diferenciado del resto. Cuando este fenómeno se da en empresas líderes de un complejo, ellas arrastran frecuentemente en el proceso de dispersión a las empresas de complementación. Por ejemplo, una empresa que fabrica tableros de control para un determinado modelo de automóvil se especializará en ese diseño, otra, en un diseño diferente y así sucesivamente. La ineficiencia de este proceso suele sufrir una multiplicación que afecta a todas las ramas industriales.
Ineficiencia de la estructura del consumo. La política de sustitución de importaciones indiscriminada a que se hizo mención antes y la desigualdad estructural en la distribución del ingreso de que adolece la economía chilena, han influido sobre la composición del gasto, tanto entre consumo e inversión, como entre distintos componentes del consumo.
Es un fenómeno reconocido que en Chile existen amplios sectores de población que han estado virtualmente marginados del proceso de la economía de mercado durante mucho tiempo, lográndose solamente en los últimos años una mayor incotporación. Estos sectores se encuentran especialmente entre los campesinos y entre los trabajadores urbanos y ellos no han sido capaces de influir económicamente a través de la demanda en el proceso industrial y, en consecuencia, este último ha estado adecuando su estructura productiva en función de la orientación de los estratos de más altos ingresos. Siendo estos estratos reducidos en su tamaño, la demanda de bienes de consumo industrial que generan tiende a saturarse rápidamente, por lo que la estructura productiva sólo ha podido ampliarse en la medida que se incorporen nuevos productos al consumo. El mismo proceso industrial y los contactos con países más desarrollados se encargan de crear nuevas necesidades de consumo mediante la publicidad y la utilización del crédito.
De esta manera, y en relación a su grado de desarrollo, en Chile se observa la existencia de un sector productor de bienes de consumo durable más desarrollado de lo que sería dable esperar, frente a un subdesarrollo relativo de sectores de bienes esenciales, como lo es, por ejemplo, la industria alimenticia. Los objetivos del desarrollo industrial en la próxima década deben tomar muy en cuenta esta realidad actual.
Débil aumento de la eficiencia técnica y económica. Un efecto inmediato de la política proteccionista seguida ha sido el encarecimiento de los productos sustituidos. La defensa contra este argumento ha consistido en sostener que con la experiencia que el mismo proceso de desarrollo industrial confiere, sería posible que las industrias fueran reduciendo sus márgenes de ineficiencia inicial y pudieran traspasar los aumentos de productividad a menores precios.
Sin embargo, no es evidente que esta respuesta se haya dado.
Por una parte, el proteccionismo llevado a extremos absolutos > > por otra parte, el énfasis en la sustitución de importaciones antes que, en la exportación de productos industriales, han restado el estímulo que hubiera podido originarse en la competencia con otros países por los mercados.
Además, puesto que el reducido tamaño del mercado nacional no garantiza la existencia de muchas empresas, excepto en algunas industrias tradicionales de consumo masivo, la sustitución de importaciones ha significado la instalación de industrias monopólicas, las que, al dominar el mercado, carecen de estímulo para traspasar al público consumidor las rebajas de precio que pudieran haber resultado de aumentos de productividad. Este fenómeno coexiste, sin embargo, con el establecimiento de varias empresas en algunas ramas industriales, aun sin alcanzar las escalas mínimas necesarias para una producción eficiente, o al menos, sin posibilidades de lograrlas en plazos razonables.
Pero hay condiciones estructurales de la economía chilena que redundan en ineficiencias técnicas del sector industrial. Una de ellas es el proceso inflacionista crónico. Éste y los reiterados intentos de dominarlo por medio del control de precios, han producido hábitos en los empresarios industriales que no son conducentes al logro de una mayor productividad. Cuando existen alzas de precios anuales del orden del 30%, resulta evidente que la importancia del aumento de la productividad es mínima frente al problema distributivo, más aún si como consecuencia de una “negociación exitosa”, ese 30% de aumento de los precios en promedio se puede convertir con facilidad en 35% o 40% para la industria en particular. Desde el punto de vista del aumento del ingreso de la empresa o de la industria, resulta más eficaz dedicar los esfuerzos empresariales a la negociación de los precios que al mejoramiento de la productividad.
Síntomas recientes. En parte debido a las características de la tecnología moderna, desarrollada en países industrializados y con alta disponibilidad de capital, y en parte debido a las políticas seguidas en materia de costos relativos de factores productivos y de empleo, la industria nacional está absorbiendo sólo una pequeña cuota del aumento de la fuerza de trabajo.
Es sabido que la tecnología se incorpora, en gran medida, en el diseño de los bienes de capital, razón por la cual los países que no producen sus propios equipos se ven obligados a importar simultáneamente tecnologías que pueden no ser las más económicas, desde el punto de vista de la dotación interna de recursos productivos. Esta tendencia aparece reforzada por otra, que actúa aun cuando no hubiera la rigidez tecnológica que se supone implícitamente en el razonamiento anterior. Esta otra tendencia es el producto de las políticas que se han seguido con respecto a los costos relativos de los factores y al empleo. En relación al primer aspecto, simultáneamente se ha encarecido el costo de la fuerza de trabajo por encima de las remuneraciones que ésta recibe, por los altos recargos que significan las contribuciones a la seguridad social. Al mismo tiempo, se ha rebajado de hecho el costo del capital, tanto por la tendencia a que la tasa de interés real sea negativa en períodos de aceleración inflacionaria, como por la rebaja o liberación de derechos a las importaciones de bienes de capital. Estos efectos inducen a los empresarios a utilizar técnicas más intensivas en capital de lo que correspondería según la disponibilidad de recursos o, alternativamente, a emprender con mayor facilidad proyectos de inversión intensivos en capital que intensivos en mano de obra.
Por su parte, la política de inamovilidad de los empleos y la creciente presión sindical por mayores remuneraciones han derivado hacia una drástica restricción de nuevas contrataciones por parte de la industria, a fin de no incurrir en costos fijos que en períodos de baja de la producción no se podrían eliminar.
El resultado de estos hechos es que la industria manufacturera no es un sector que esté aportando una cuota creciente al empleo de la población, como es el aporte que realiza al producto nacional.
Otro síntoma reciente es la dependencia externa que se manifiesta desde varios puntos de vista. Ya se ha hecho referencia a la dependencia tecnológica, la que se expresa no sólo en la incapacidad para elaborar nuevas técnicas de producción, tarea que justificadamente podría decirse que rebasa las posibilidades de una economía poco desarrollada, como la chilena; sino principalmente se manifiesta en la incapacidad para escoger técnicas de entre la inmensa variedad que han desarrollado los países que marchan a la vanguardia en esta materia.
La falta de desarrollo tecnológico y la dependencia del exterior aun en las industrias más tradicionales, como la del vestuatio o los alimentos, queda de manifiesto igualmente en el monto de los pagos de royalties y patentes al exterior.
Una segunda manifestación de la dependencia externa de la industria es la que se origina en las importaciones de materias primas y bienes intermedios. Es un hecho ampliamente aceptado que la forma que adoptó el proceso de industrialización, cubriendo extensamente la gama de industrias terminales y dando prioridad a la producción de bienes de consumo durables, con un alto componente importado, ha significado una fuerte dependencia de la industria de insumos importados. Puesto que el sector industrial no participa sino en un muy pequeño margen en el total de exportaciones, la operación normal de este sector está sujeta a un desarrollo normal de las exportaciones tradicionales, o en su defecto, al financiamiento internacional de la balanza de pagos, en los casos de crisis externas.
Para la manifestación más drástica y reciente del proceso de dependencia externa de la industria, radica, sin duda, en la participación creciente que está teniendo el capital extranjero.
CAPÍTULO III Objetivos fundamentales para la década del 70
Una estrategia de desarrollo para el sector industrial debe insertarse evidentemente en una estrategia global de desarrollo, de tal manera que los objetivos que se establezcan para la industria en la próxima década deben derivarse de los objetivos que se fijen para la economía en su conjunto.
Sin embargo, en la práctica, el proceso de definición de objetivos y de fijación de políticas es iterativo, es decir, se hace a través de una serie de aproximaciones sucesivas entre los organismos sectoriales y los responsables de la coordinación global. Por esta razón, ahora se intentará señalar lo que debiera constituir las tareas esenciales del sector industrial en la próxima década, sin que ella implique en forma definitiva un pronunciamiento sobre los objetivos globales. Es solamente una primera aproximación al problema.
Los objetivos básicos que deben guiar la definición de una política industrial para la década del 70 son cinco:
Primero: Elevar la tasa de crecimiento del producto y cambiar la estructura del consumo.
Segundo: Incorporar gradualmente el sector industrial a la economía mundial.
Tercero: Estructurar una economía eficiente con técnicas modernas, pero sujeta a una condición de empleo.
Cuarto: Lograr una sólida autonomía económica.
Quinto: Operar un cambio importante en la estructura institucional del Estado y de las empresas.
Estas tareas se encuentran íntimamente ligadas entre sí y pueden, en determinadas circunstancias, ser parcialmente antagónicas; pero, una definición clara y precisa debe contribuir a explicitar las interrelaciones de las distintas metas y, por lo tanto, facilitar la adopción de medidas de política económica coherentes con la estrategia que se fije.
Crecimiento y cambio de la estructura del consumo. El sector industrial deberá crecer a un ritmo más acelerado que el resto de la economía para provocar un efecto dinamizante sobre los otros sectores. Así ha sido en Chile en los últimos años y un fenómeno similar se puede observar en las economías más desarrolladas, en las cuales el sector industrial ha ido adquiriendo una participación creciente en el producto bruto. En el período 60-68 la tasa de crecimiento del sector industrial ha sido del orden del 6% y el de la economía global, alcanza al 4,5%. Si se piensa que en la década del 70 el producto bruto deberá crecer a una tasa mayor, por ejemplo, del 7%, al sector industrial le correspondería una tasa de incremento aproximado del orden de 8% o 9% anual, esto implicaría un aumento importante con respecto al ritmo de crecimiento alcanzado por el sector industrial en los últimos 8 años.
No basta que el crecimiento tenga un promedio alto; se requiere, además, que sea sostenido y no sujeto a oscilaciones que en definitiva redundan en una inestabilidad de la economía, con efectos nocivos sobre la eficiencia y la dinámica misma del sistema. Para lograr un desarrollo sostenido se necesitará de una política industrial clara, de un mejoramiento en el manejo de los instrumentos de política industrial y, finalmente, de un aparato estadístico capaz de proporcionar a tiempo y con precisión las indicaciones necesarias sobre la marcha de la economía.
La expansión de la demanda interna deberá jugar un papel fundamental en los próximos años, aun cuando deben seguir utilizándose otros factores que estimulen el crecimiento industrial por el lado de la demanda como son las exportaciones y la sustitución de importaciones.
El aporte de estos dos últimos factores puede ser algo restringido en la primera mitad de la próxima década. En el caso de las exportaciones, por la necesidad de realizar un estricto proceso de selección, disminución de costos de producción y condicionamiento de los precios a fin de poder competir en los mercados internacionales. En cuanto a la sustitución de importaciones, también es necesario asegurar una evolución capaz de corregir las deficiencias observadas en las primeras etapas, ya casi cumplidas. En tales circunstancias la expansión de la demanda interna de bienes de consumo tendrá especial importancia, pues permitirá lograr tasas de crecimiento más altas en el primer quinquenio, dada su alta ponderación en el producto industrial, que alcanza casi un 50%. La reducción relativa debe ser paulatina y no convendría pensar en una disminución brusca de su crecimiento, en beneficio de los sectores intermedios y básicos, por cuanto provocaría en los primeros años una baja importante del ritmo de crecimiento.
Por otra parte, el país enfrenta un desequilibrio importante en la estructura de su consumo. Existen déficits significativos en algunas áreas esenciales, como la alimenticia y la provisión de algunos servicios de infraestructura, como la vivienda y su equipamiento, la salud ambiental, etc. Este desequilibrio refleja la desigualdad en la distribución del ingreso, en una economía de mercado. Una acción en estas áreas y una ampliación importante del mercado de ciertos bienes durables pueden constituir algunos caminos para materializar un cambio en la estructura del consumo.
Resulta evidente por esta razón que la redistribución del ingreso representa un requisito esencial para el desarrollo del sector industrial.
Incorporación gradual del sector a la economía mundial. La tendencia universal de las economías actuales está dirigida a una creciente integración, la cual se materializa fundamentalmente a través del sector industrial. La rapidez de creación y de difusión del progreso tecnológico, la universalización de las comunicaciones y la creación de expectativas, la necesidad de contar cada vez con mercados más amplios, el esfuerzo sistemático por mejorar la eficiencia a nivel mundial, obligan a orientar el desarrollo industrial de manera que pueda incorporarse gradualmente a la economía internacional.
Una política de cierre y de protección indiscriminada de la industria sólo tendría sentido como una etapa transitoria que hiciera posible en el intertanto ir habilitando a las empresas para una apertura posterior. No parece posible pensar en un cierre y en un proteccionismo “per se”; ello es insostenible, y lo irá siendo cada vez más en el futuro ya que requeriría cada vez de medidas económicas más drásticas las cuales podrían significar restricciones importantes en el sistema social pudiendo ser contradictorias con la realidad histórica del país.
Esta integración creciente debería ser gradual y verdaderamente selectiva, por cuanto un país como Chile debe concentrar su esfuerzo en algunos rubros. La presencia de la industria chilena en el campo internacional, aunque ella sea en muy pocos productos, le confiere al país un poder de negociación más igualitario con los países más desarrollados. Se trata de un problema cualitativo donde se demuestre la capacidad de abordar tareas a nivel mundial. En otras palabras, para tener una presencia en el concierto mundial se debe competir a un nivel mundial, aunque sea en muy pocas áreas.
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