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EXILIO Y RENOVACIÓN
TRANSFERENCIA POLÍTICA DEL SOCIALISMO CHILENO EN EUROPA OCCIDENTAL, 1973-1988
INTERNATIONAL CONFERENCE IO SOLIDARITY WITH CHILE
Capítulo 1
Dimensión internacional de las ideas políticas de izquierda: Una visión histórica
La historia política de Chile, desde sus inicios como Estado Nación, ha estado altamente conectada con las dinámicas políticas globales, obligando una visión ampliada para entender sus vaivenes políticos. Como señala Fermandois (2005), por más finis terrae que se encuentre geográficamente, la universalidad de Chile, a lo largo de su historia, es indudable. Debido a que en el presente libro se busca analizar el desarrollo del vínculo del pensamiento político chileno con Europa Occidental en el marco del exilio, a partir de la crisis política que implicó el golpe de Estado, resulta necesario abordar los antecedentes históricos que preceden la vinculación del pensamiento chileno con la política mundial, especialmente desde el campo experiencial de la izquierda.
El objetivo será articular los debates que constituyeron el sistema de representaciones desde donde la izquierda se reconocía para 1973, lo que permitirá identificar el bagaje ideológico con el cual los exiliados chilenos arribaron a Europa Occidental. Su cuestionamiento y reflexión será el objeto de análisis de los capítulos siguientes. A través de dicho recorrido histórico se pondrá de relieve, asimismo, el debate identitario que surge a partir de esta vinculación con las ideas globales y que acompaña el desarrollo político chileno. El foco estará dado por los debates intelectuales que antecedieron y acompañaron el período de gobierno de la Unidad Popular por la necesidad de identificar las principales corrientes ideológicas políticas que son cuestionadas y sujetas a revisión durante el período del exilio.
El presente capítulo y siguiendo en parte a Devés (2004), se plantea cuestionar tanto a los enfoques colonialistas (en donde se asume que en Chile somos solo receptores de ideas que desde las metrópolis elaboran y promueven) como a los enfoques marxistas (en donde se sostiene que los intelectuales orgánicos de cada clase social van al centro a buscar las teorías que les son funcionales para sustentar sus posiciones) para plantear que en el caso chileno, los intelectuales formadores de tendencia política, se apropiaron de aquellas ideas circulantes una vez que fueron necesarias y exigidas por el contexto. Estas ideas, una vez transferidas, debieron competir por su lugar dentro del escenario político e ideológico del país. Esto explica el que hayan convivido propuestas de ideas antagónicas en las tendencias políticas chilenas. En este sentido, el énfasis de toda la investigación estará siempre puesto en la agencia del intelectual en la transferencia, pues ésta requiere un proceso activo de selección, aprendizaje y apropiación en vista de las demandas del contexto.
La transferencia de ideas políticas a códigos chilenos da paso a una realidad distinta tanto del contexto original de las ideas como del que las transfiere, dando paso a una hibridación de la cultura política chilena. Esta hibridación en el caso de Chile, no estuvo exenta de conflicto, puesto que la convivencia entre ideas globales y contextos locales implica un proceso complejo acompañado de polémica en donde las fuerzas de lo “propio” y lo “foráneo” chocan durante el proceso de transferencia y apropiación.! En este sentido las propuestas antagónicas usaron la denuncia del origen extranjero de las ideas como argumento para descalificar su pertinencia, lo que podrá ser identificado en diversas ocasiones a lo largo de toda la historia del pensamiento político chileno. Lo anterior es muestra de las múltiples versiones que dentro de un mismo contexto pueden existir con respecto a la pertinencia de una determinada transferencia.
Por tanto, se parte de la base de la universalidad de las ideas y que su contextualización a diversas realidades, mediante la acción de los agentes de la transferencia, obedece al uso político de las ideas, es decir el lenguaje político como “acto del habla” que posee una intencionalidad política performativa (Skinner, 1972). Así, se seguirá a Palti (2006), quien ilustra lo anterior al defender que no existe un solo “lugar de realidad” en donde se pueda determinar de manera absoluta qué ideas están “fuera de lugar”.? Lo que sí se puede aspirar es a reconocer qué significa que alguna idea esté “fuera de lugar” en cada contexto discursivo particular, identificando qué actores lo consideran así y porqué otros no. Conviene precisar que es un uso estratégico de las ideas circulantes, dado que los actores políticos, necesitan nuevas maneras de enfrentar los desafíos políticos luego de las
1 Esta tensión no es exclusiva de Chile y se encuentra en la historia de las ideas del resto de los países de América Latina. Un ejemplo es el contenido en el interesante debate que se desarrolló en la literatura académica brasilera en los años 1970s en relación a la importación de ideas extranjeras y su aplicación en el contexto sudamericano en general y brasilero en particular. El debate se inició con la publicación, en 1973, del artículo “As idéias fora do lugar” de Roberto Schwarz (1973), quien sostuvo —en contra de las tendencias nacionalistasque, si bien el proceso de adopción de conceptos extraños genera graves distorsiones, los latinoamericanos no lo podemos evitar puesto que desde la concepción cargamos con la síntesis de lo extraño con lo propio. No obstante, aquello, son estas distorsiones las que evidenciaban las particularidades latinoamericanas y las que se deben rastrear. Como respuesta, María Sylvia de Carvalho Franco (1976), argumentó que las ideas jamás están “fuera de lugar”, ya que si las mismas pueden circular en un contexto determinado es porque obedecen a alguna necesidad, lo que implica que están dadas las condiciones para su recepción. Esta discusión cruza toda la historia latinoamericana de las ideas y plantea interesantes debates intelectuales. Al respecto ver Cancino, Klengel y Leonzo (1999), Palti (20052) y Zea (1986).
2 Elías Palti recorre el debate de las historias de las ideas en América Latina a propósito de los artículos de Schwarz y de Carvalho para proponer una historia intelectual que considere el contexto. Revisar Palti (2006).
crisis. En este sentido, historizar las ideas requiere una distinción entre el contenido semántico de ellas y su uso. Es decir, diferenciar el “qué se dice” con el “cómo, cuándo, quién, a quién, para qué y porqué se dice”. Esta acotación teórica permite abordar la temática de las ideas superando la problemática en torno a su origen para aterrizar el análisis de su uso a través del lenguaje. Es a través del uso de las ideas que podemos identificar las características del contexto que determinan los modos de apropiación, circulación y transferencia de las ideas en discursos políticos públicos (Palti, 2006). En línea con esta idea, Ulianova sostiene para el caso chileno que:
Por un lado, como ya lo hemos señalado, los actores políticos chilenos se sirven de los discursos ideológicos globales para, a través de su relectura y teaproplación, construir sus discursos y proyectos aplicables a Chile. Por otro lado, las intervenciones externas pueden, en ciertos casos, reforzar las tendencias ya presentes en la política chilena, pero no crearlas artificialmente, ni operar al margen de relación de fuerzas políticas internas” (Ulianova, 2009a: 256).
Cambio de siglo y aparición del discurso político de izquierda
Desde la segunda mitad del siglo XIX chileno, si bien con crisis internas (revoluciones de 1851, 1859 y 1891) y conflictos externos (Guerra contra la confederación Perú-Boliviana en 1836, la Guerra contra España entre 1865 y 1866 y la Guerra del Pacífico en 1879), fue un período de importante crecimiento económico, de consolidación de una solidez político-institucional poco conocida en la región y grandes avances culturales que se orientaron a la formación de una Estado-Nación “en forma”. Sin embargo, las nuevas riquezas obtenidas producto de la Guerra del Pacifico, significaron la formación de grandes fortunas que contrastaron fuertemente con la realidad precaria de la inmensa mayoría del pueblo. Además, los frutos del crecimiento económico impactaban el orden económico y la composición social generando problemas derivados tanto de la migración interna como del sucesivo aumento de la población. Asimismo, el régimen parlamentario que siguió al derrocamiento de Balmaceda comenzaba a dar signos de tensión afectando el curso del país. Es así como el período que se inaugura luego de la guerra civil de 1891 tiene como característica una sensación compartida por un amplio espectro de la intelectualidad chilena de que el fin de siglo estaba siendo acompañado por una crisis amplia en todos los ámbitos de la sociedad. La inminencia del cambio de siglo incentivó balances y diagnósticos que condujeron a pensar que Chile estaba viviendo un período de decadencia y que se requerían soluciones estructurales para frenar dicho proceso. Las razones de esta situación variaban de acuerdo con el diagnóstico realizado, variando también las soluciones propuestas (Cancino, 2012). A pesar de que dicha sensación —sea cual sea el enfoque de la interpretación- encuentra sus raíces mayoritariamente en procesos internos, es posible encontrar antecedentes de este diagnóstico crítico en Europa y en la crisis de valores que muchos intelectuales identificaron a finales del siglo XIX, la que erosionó en algunos casos la creencia en el progreso y en los grandes correlatos socioculturales del siglo XIX (Hughes, 1976).
Enrique Mac lver? en un discurso pronunciado el 1 de agosto de 1900 reflexionaba en torno a la sociedad chilena:
Me parece que no somos felices; se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan. La holganza antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha de la vida en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen intranquilidad (Mac Iver, 1900: 5).
Como se esbozó, la sensación de crisis, si bien generalizada, obedecía a distintas interpretaciones de lo que ocurría en el Chile de cambio de siglo. La visión de Mac Iver formaba parte de una óptica positivista de la crisis que aquejaba al país y culpaba a la descomposición de los partidos políticos, la corrupción administrativa del aparato estatal, la crisis económica y el rol del salitre y el oro que en vez de fuentes de energía “fue un torrente devastador que arrancó del alma la energía y la esperanza y arrastró con las virtudes públicas que nos engrandecieran” (Mac Iver, 1900: 23). No obstante, según Yáñez (2003), Mac Iver depositaba sus esperanzas en la misma elite como sujeto de cambio, una vez que ésta comprendiera que los problemas del país eran los problemas de la elite. Desde un tronco positivista también, pero desde otro enfoque, Valentín Letelier encontraba la causa de la crisis en la ausencia de una filosofía unificadora que reemplazara la cosmovisión metafísica del pasado (Letelier, 1895). Para otros positivistas ilustrados, como Emilio Rodríguez Mendoza, la decadencia se encontraba en un sistema en donde el Estado educaba al individuo para el Estado y no para el individuo. Así, resaltando la mirada al exterior para presentar soluciones a los desafíos locales, para este enfoque “la solución residía en el positivismo inglés y en el sistema pedagógico anglosajón, que situaba responsabilidad del progreso en la iniciativa individual”* (Subercaseaux, 2011a: 424). Para los modernistas, la
3 Enrique Mac Iver fue un político radical que jugó un importante rol en la política chilena del cambio de siglo. Fue diputado, senador y ministro de Estado en numerosas ocasiones.
4 Para una visión de esta tendencia ver el discurso “Ante la decadencia” de Emilio Rodríguez Mendoza de 1899 (citado en Gazmuri, 2001).
raíz de la crisis se encontraba en la ausencia de ideales espirituales y trascendentes (Subercaseaux, 2011a: 424). La vertiente católica en su versión más clerical y ultramontana leyó la crisis como consecuencia del pecado social, el que aquejaba no solo a Chile, sino a todo el mundo occidental, y cuyo origen se encontraba desde la Revolución francesa en adelante, siendo acentuada por las ideas liberales, positivistas y que hacia 1900 se manifestaba en la presencia de principios socialistas y anarquistas (Subercaseaux, 2011a).
De manera general, el diagnóstico positivista culpaba a la falta de racionalidad en el pensamiento y a la continuación de prácticas heredadas de la colonia. La solución se encontraba en la educación para lograr “la convergencia de todos los corazones a un mismo propósito y de todos los entendimientos a una misma fe, con el deliberado intento de producir el desarrollo armónico de todas las fuerzas activas de la sociedad” (Letelier, 1895: 47). La visión católica se mantuvo más o menos estable a lo largo del siglo XIX e inicios del siglo XX y en general actúa más bien en reacción a las innovaciones ideológicas que conlleva el proceso de modernización.
Irrupción de la cuestión social en el discurso político: corolario de la crisis
Al igual que con las interpretaciones de crisis, la lectura en torno a la cuestión social también indicó distintas visiones de proyectos de país con un fuerte componente internacional. A pesar de esta divergencia, la problemática en torno a la cuestión social que emergió con fuerza a partit de 1880, vino a dar un marco conceptual de origen europeo a una realidad ya instalada en la sociedad chilena (Cruzat y Tironi, 1999), pero es durante el cambio de siglo que los intelectuales toman conciencia de sus alcances (Pinedo, 2011). La preocupación por la cuestión social —en línea del espíritu que guía el presente capítulo, representa “un hito en la historia de las ideas en Chile; revela un cuestionamiento de carácter bastante global; una reflexión en torno al futuro de nuestra sociedad de entonces” (Cruzat y Tironi, 1999: 152-153). Es por lo señalado que las lecturas en torno a los orígenes y soluciones globales de la “cuestión social” son esenciales para entender qué estimula la incorporación y apropiación de ideas en circulación universal en la realidad nacional en el Chile del cambio de siglo. Las autoras Cruzat y Tironi (1991) identifican tres corrientes diferentes a partir de la lectura que se hace de la cuestión social durante las últimas dos décadas del siglo XIX y que según Sergio Grez (1995), marcan la tendencia política de todo el siglo XX; la corriente conservadora-católica, corriente radical-reformista y nacionalista y la corriente demócrata socialista.
Desde la perspectiva cristiana, la preocupación por la cuestión social surge a partir de la publicación de la Encíclica de León XII, Rerum Novarum del 15 de mayo de 1891. Desde esta corriente, Augusto Orrego Luco y Fanor Velasco ya habían alertado sobre las problemáticas en torno a la miseria. Este último “quizás impresionado por los recientes sucesos de la commune de París, reconoce los gérmenes de la revolución social en la atmosfera del mundo” (Góngora, 1986: 98). Otros católicos, como el caso de Abdón Cifuentes, emprendieron la formación de círculos obreros “movidos por las experiencias conocidas de Alemania y Francia” (Góngora, 1986: 100). Sin embargo, el ámbito social que albergó a esta corriente fue principalmente desde la clase dirigente, por lo que sus proposiciones, sostiene Góngora, no alcanzaban más que arreglos parciales y acotados que garantizaran sus intereses, esta primera oleada del social-cristianismo se plantea sobre todo como un conjunto de obras de beneficencia de leyes de reformas puntuales; aunque marcan su distancia del liberalismo y del socialismo, no plantean un ideario positivo de orden social (...) El grueso del conservantismo no se interesó a fondo por la “cuestión social” (Góngora, 1986: 101).
Uno de sus mayores exponentes fue Enrique Concha Subercaseaux. Según las autoras Cruzat y Tironi (1999), su diagnóstico ubicó el origen del problema social en que la clase dirigente que, legítimamente a la cabeza de la estructura social por el orden natural, había descuidado sus obligaciones como patrones, dejando espacio abierto para nuevas ideas subversivas como las nuevas ideas de democracia moderna. La solución para Concha se encontraba en el orden social cristiano, donde se armonizaban los problemas originados por la riqueza, la que;
tenía deberes que cumplir inspiradas en la fe católica si quería conservar su influencia legítima sobre el pueblo. Este a su vez, debía obedecer en virtud de un hecho natural-providencial- económico, aceptar la condición en que nació, respeto por el Estado, la riqueza, la sociedad y la familia (Cruzat y Tironi, 1999: 134-135).
Esta autopercepción de la elite de principios de siglo se reafirma con la evaluación que Ricardo Krebs sostuvo: “La aristocracia de entonces (...) estaba aun sinceramente convencida de que ella era realmente una aristocracia, o sea, una clase de los mejores y que ella tenía legítimos derechos a estar en el lugar que ocupaba” (Krebs, 1986: 52).
Desde la corriente radical-reformista, la cuestión social se puso al centro de su preocupación y programa político, especialmente en torno a la situación de los trabajadores. El Partido Radical, en particular, abandonó su inicial postura liberal e individualista para asignarle mayor relevancia al
Estado.? Esta transformación se vio alimentada por las nuevas realidades sociales que generaron el aumento del proletariado y la importancia creciente de los sectores medios. A lo anterior, se sumó la influencia de corrientes europeas más estatistas (Cruzat y Tironi, 1999). El mayor líder de esta transición, Valentín Letelier, interpretó la cuestión social como los efectos de haber “abandonado a los pobres a su propia suerte”. Como resultado, se estaban desatando luchas de clases “fatales para el funcionamiento regular de la verdadera democracia” (Cruzat y Tironi, 1999: 137). Para Letelier, la única solución a la cuestión social era fomentar la construcción de un Estado activo, fuerte y protector, que anticipe los problemas para evitarlos basado en una política científica, la que podría poner fin a las continuas huelgas, a la amenaza permanente del comunismo, a las crisis periódicas, entre otros males. De acuerdo con Silva (2008), y relevando la dimensión internacional de esta corriente, Letelier consolidó sus ideas políticas y filosóficas en torno al rol del Estado, durante su estadía en Alemania entre 1881 y 1885, tiempo que le permitió observar directamente la realidad política, social y cultural de la Prusia de Bismark. Entre otras cosas, sostuvo Silva, Letelier pudo observar las políticas de Bismark orientadas a reducir la influencia de la iglesia católica en Alemania a la vez que observaba las luchas político-religiosas en Francia. En particular, Letelier, rescató las reformas político-sociales orientadas al objetivo específico de frenar los movimientos revolucionarios socialistas. En su estadía en Berlín, Letelier concluyó que la labor activa del Estado puede desactivar las amenazas generadas tanto dentro de la elite como desde las masas. Otro connotado representante de esta corriente es Arturo Alessandri, quien, sin embargo, propone un rol más bien regulador del Estado, sin contravenir la libertad económica (Grez, 1995).
Dentro del propio Partido Radical, sin embargo, se fortaleció una facción que buscaba poner el énfasis del partido en la “emancipación política, social y económica del pueblo” y poner al centro del programa político la preocupación por la situación de los trabajadores.” Esta facción, junto a otros que no encontraban satisfacción en las propuestas mencionadas, fundaron el Partido Demócrata (PD) en 1887. La fundación encontró asidero también en la unificación de movimientos populares de protesta social que habían incentivado la discusión intelectual en torno a la
5 Esta transformación tiene su punto culmine en la Convención Radical de 1906 en donde se enfrentan las visiones del liberalismo económico de Enrique Mac Iver, versus el triunfador estatismo laicisista de Valentín Letelier en torno a las problemáticas del obrero y la clase trabajadora. El primero proponía moralizar al obrero manteniendo los principios liberales. El último proponía un socialismo de Estado fuerte “bebido por Letelier en Alemania”, que evitara el socialismo de lucha. Para Letelier, el liberalismo había sido útil para destruir el despotismo, pero “después solo desquicia el progreso, se opone a un servicio público de instrucción” (Góngora, 1986: 105-106).
6 Artículo Primero del Programa de la Democracia (Concha, 1905: 15).
cuestión social dentro de la clase dirigente (Grez, 1995). La gran diferencia con las otras corrientes radicaba en que la solución a la “cuestión social”, no vendría ni de las clases dirigentes, ni del Estado, sino que del pueblo mismo. En este sentido el movimiento popular representado en el PD manifestó su fe en la lucha política y electoral como una herramienta válida para renovar la sociedad. Su fundador, Malaquías Concha, reconoció la influencia del socialismo belga y alemán en la redacción de los principios programáticos del PD (Cruzat y Tironi, 1999: 145). Para Concha el origen de la “cuestión social” radicaba en la desigualdad de las fortunas y en la opresión que surgía de esa desigualdad. Su denuncia iba hacia la organización social misma, la que impedía el desarrollo en igualdad de derechos entre los individuos. Asimismo, Concha culpaba al pueblo mismo por desinteresarse de la lucha política, a quien acusaba de:
no haber sabido ejercer el noble atributo de la soberanía que radica en sus manos la generación de todos los poderes públicos y por tanto los medios para alcanzar su bienestar y felicidad. Falto de ilustración, esclavizado a la fe de una religión que tampoco comprende, corrompido por los mismos que debían moralizarlo, hastiado de luchas políticas (...) concluyó por desinteresarse” (Concha, 1905: 18).
Solo a través de la acción del pueblo ilustrado y consciente sería posible salir del círculo de la desigualdad que obstaculiza el ejercicio de la democracia (Concha, 1905: 29-35). Es a través del Partido Democrático que los pobres irrumpen en política (Grez, 1995).7
Origen del pensamiento socialista a través de la figura de Luis Emilio Recabarren
Las corrientes socialistas surgen al interior y al exterior del PD (Grez, 1995) y sus propuestas se difunden a través de conferencias y periódicos vinculados a las nuevas organizaciones de obreros y artesanos que habían comenzado a surgir en las últimas décadas del siglo XIX en directa relación al desarrollo de la moderna economía del capitalismo industrial. Como sostuvo Subercaseaux, destacando la dimensión internacional de las ideas socialistas que surgieron en esta época,
En la difusión de las ideas socialistas en estos ámbitos predominó un tono milenarista y teleológico, con frecuentes sincretismos entre las ideas de Marx, las de Darwin, Rousseau, Spencer, Zola y Víctor Hugo, o se proclamó como socialismo científico lo que en la literatura especializada correspondía al socialismo utópico (Subercaseaux, 2011a: 408).
7 Para una introducción al origen y desarrollo del PD ver: Grez (2013).
El primer pensador en Chile, con ideas socialistas propiamente tal fue Víctor José Arellano, quien expuso sus ideas a raíz de un folleto del arzobispo de Santiago, Mariano Casanova, quien criticaba duramente las ideas socialistas (Grez, 1995). Arellano, en su folleto de 1893 construyó una genealogía socialista “que parte de Platón, pasa por Giordano Bruno y Campanella, para llegar a una conceptualización del socialismo cercana a la actual” (Subercaseaux, 2011la: 407-408), demostrando un buen conocimiento de las ideas socialistas y de la influencia marxista en circulación (Grez, 1995). Su doctrina se apoyaba en los socialistas utópicos, y ubicaba el origen de los problemas en el surgimiento de la propiedad privada, la que en Chile había comenzado con la conquista y el desalojo de los indígenas. Este pensador rechazó las ideas de los economistas liberales y advirtió que el Estado no es un ente neutral, sino que por el contrario es el instrumento al servicio de una clase. La solución al conflicto social debía pasar por una apropiación por parte del Estado de las fuerzas productivas (Grez, 1995).
Siguiendo la misma visión clasista de la sociedad, emergió desde las filas del PD, la voz crítica y de denuncia de Luis Emilio Recabarren, quien ubicó la “cuestión social” como el desenlace de la miseria que aqueja a la sociedad. En una columna de noviembre de 1904, Recabarren sostuvo que con “La cuestión social”;
nace una agitación de los de abajo que quieren desasirse de las garras de la miseria, sedientos de justicia y de vida, contra los de arriba que en su egoísmo se creen con derecho a encarcelar los goces de los pobres y encerrar sus raciones de vida, privándoles de sus derechos sin que exista necesidad alguna para ello (Recabarren, 2015a: 250-251).
Con la “irrupción temprana de Luis Emilio Recabarren, que incorpora al mundo obrero y su necesaria organización se desarrolla al sujeto social popular que es el más avanzado de una época” (Pinedo, 2011: 30). Asimismo, y retomando la noción de la agencia en la transferencia política, Recabarren es quien conecta la situación social interna de Chile con las corrientes mundiales del marxismo internacional. La “nacionalización del marxismo” en Recabarren (Varas, 2010: 61) tiene un interesante camino muy relacionado con la evolución política que vivió tanto él mismo como el socialismo en Chile. En palabras de Ronald Wilson, analizando su obra, es posible identificar el camino recorrido, desde posiciones anarcosindicalistas, pasando por un socialismo de tendencias utopistas hasta llegar al dirigente que ha asumido creadoramente la ideología propia de la clase obrera, el marxismo, aún con todas las limitaciones que en esos años había en Chile para conocer dicho pensamiento (Wilson, 1986: 94-95).
En 1894, Recabarren ingresó a las filas del PD, que por entonces estaba conformado principalmente por obreros, artesanos y algunos profesionales. En paralelo se destacó en su labor como periodista del semanario, La Democracia, y luego de su relocalización en el norte del país, destacó también en su labor de denuncia de las condiciones sociales de los trabajadores desde el diario El trabajo de Tocopilla. En 1905 fue elegido diputado por las circunscripciones de Taltal y Tocopilla de la provincia de Antofagasta. Sin embargo, representantes del Congreso le impidieron la toma de posesión del cargo, y se vio obligado al autoexilio.?
El conocimiento que adquiere en los viajes a Argentina, Bélgica y Francia en 1906 y 1908 lo habilitarán para revisar especialmente aquellos aspectos relativos a la caracterización de las fuerzas revolucionarias en países dependientes o neocoloniales, las formas y vías originales de acción y las alternativas locales de emancipación socialista (Varas, 2010: 61).
En Bruselas se quedó tres meses recopilando material y estudiando la organización de cooperativas. Ahí asistió a una reunión del Bureau de la Internacional Socialista en 1909, en donde habría conocido a Vladimir Lenin (Ljubetic, 2013; Lara, 2013). Especial importancia representó también su estadía en Argentina, donde formó parte activa del Partido Socialista Argentino, y donde habría tomado contacto con enviados de la Komintern (Ulianova, 2008). Pinto sostiene que durante su primera estadía en Buenos Aires y bajo el influjo del Partido Socialista Argentino, Recabarren, invitaba a sus correligionarios “a reconocer que la democracia no satisface la aspiración del presente de los proletarios, siendo muy superior para ese efecto la adscripción franca al socialismo” (Pinto, 1999: 317). Por la misma época, sostiene Pinto, en una colaboración para el Pueblo Obrero de Iquique, Recabarren llamaba al PD a “ponerse al nivel de los grandes partidos obreros del mundo” y cambiar su nombre a Partido Demócrata Socialista (Pinto, 1999: 317).
Observando la centralidad de la dimensión internacional en el temprano pensamiento de Recabarren, estos viajes, marcaron sin duda un hito fundamental en su proceso político, y en los cambios que experimentó su pensamiento (Devés y Díaz, 1987), especialmente los primeros viajes, puesto que, se pone en contacto con dirigentes socialdemócratas como Juan B. Justo, Pablo Iglesias y Jean Jaurés, al mismo tiempo que conoce más a fondo la doctrina socialista y las experiencias de los movimientos obreros
8 Para mayor detalle revisar: Massardo (2008).
2 De sus viajes se reconocen dos etapas de transferencia política. La primera se da entre 1906 y 1908 luego de su autoexilio, y la segunda se da luego de la Revolución rusa, como se verá en la siguiente sección.
europeos. Y tercero, la influencia que por diversas vías le llega del socialismo utópico y luego del marxismo (Wilson, 1986: 95).
A regreso en Chile, es detenido y recluido en la cárcel de Los Andes, período en el cual se publicaron algunas de sus obras más importantes, entre ellas; Mi Juramento de 1910 y Ricos y pobres en un siglo de vida republicana también de 1910. En este último, Recabarren otorgó un análisis negativo de Chile en su centenario, cuando sostuvo que
No es posible mirar la nacionalidad chilena desde un solo punto de vista, porque toda observación resultaría incompleta. Es culpa común que existan dos clases sociales opuestas, y como si esto fuera poco, todavía tenemos una clase intermedia que complica más este mecanismo social de los pueblos (Recabarren, 1910: 167).
Frente a este diagnóstico Recabarren justificó la importancia de la organización popular y la ilustración del pueblo como ruta a seguir para generar el cambio necesario. Para Recabarren este cambio no se operaría por la acción de la burguesía sino por el proletariado “que empuja la acción de la sociedad” pues es el pueblo quien poseía “el espíritu regenerador de los pueblos” (Cruzat y Tironi, 1999: 151). En este punto es que Varas identifica la originalidad de Recabarren en tanto agente de transferencia, puesto que, a diferencia de Marx, “que hace depender la capacidad revolucionaria de la clase obrera del propio desarrollo y dominio del capital industrial?’ el pensador chileno, “identifica los límites de la acción económica de la oligarquía para, después de constatar su incapacidad como clase, proyectar las tareas de transformación socialista a partir de las propias fuerzas de la clase trabajadora” (Varas, 2010: 63). De este modo, Recabarren en su discurso político sentó las bases “de la primera expresión popular del ideal socialista” (Varas, 2010: 61). Esta visión -en esta primera etapa de Recabarren- sugiere un importante elemento para los objetivos del presente capítulo, en tanto Recabarren, representó una apuesta por trasferit a códigos propios las ideas globales en circulación.
En paralelo, las tensiones entre la dirigencia general del PD y las secciones del partido principalmente del norte, representantes de un ala socialista, se fueron endureciendo durante la primera década del siglo XX. El punto culmine se desenvolvió por las tratativas de la Dirección General del partido por formar alianza con “partidos burgueses” en directa oposición a lo esperado por el ala más socialista del partido. Luego de los fracasos en las elecciones de 1912, los obreros demócratas de las oficinas salitreras del norte desataron la inminencia de la escisión al proponer la separación del PD y la fundación de un Partido Obrero Socialista. Recabarren y otros asumieron la propuesta y fundaron en junio de 1912 el Partido Obrero Socialista (POS) en Iquique (Grez, 2011). Con el objetivo de sistematizar las ideas del POS y aclarar la confusión generalizada sobre el socialismo, Recabarren publicó en 1912 su obra: “El Socialismo. ¿Qué es y cómo se realizará?” en El despertar del Pueblo.* El folletín exponía los fundamentos doctrinarios de la propuesta socialista incluyendo un diagnóstico sobre los defectos en la organización popular. Además, detallaba las razones de la existencia del socialismo las que eran de “carácter histórico, económicas, científicas, motales y de derecho”. Aclaraba además que la base del socialismo consistía en “el reemplazo de la propiedad privada por una propiedad colectiva”, cuyo objetivo radicaba en “aumentar los goces humanos”. Esto pues el socialismo, señalaba, “es una doctrina de sentimientos de justicia y moral (...) en suma: única doctrina capaz de garantizar la plena humanización de todas las personas, y por ende la felicidad humana sobra la tierra”. Dicha transformación, aclaraba Recabarren, no se debe desviar del “espíritu de amor y justicia”, apartándose del tema de la revolución, cuya connotación violenta, lo incomodaba (Pinto, 1999: 344-346). Este folleto pasó a ser la base programática del recién fundado partido y se extendió por varios años al socialismo en todo el país. La temprana emergencia del POS en Chile presenta elementos innovadores y revolucionarios para su contexto. De partida, su énfasis en la organización de sindicatos y cooperativas como modo de resguardar los derechos de los trabajadores, lo transformaba en un partido vanguardista y lo acercaba a otros movimientos anarcosindicalistas presentes en el país. Otros rasgos ideológicos a destacar del POS se encontraban en su anticlericalismo, antimilitarismo y fuerte perfil internacionalista (Barnard, 1978). Este último especialmente vinculado al estilo ya referido de Recabarren, quien decididamente vio afectado su pensamiento político en su propia vinculación personal con el movimiento socialista internacional, principalmente a través de sus viajes.
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